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Biblioteca: A |
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- 01/11/1983 -
INDICE
ALGUNOS
PRINCIPIOS FUNDAMENTALES
Concepción
cristiana de la sexualidad
Naturaleza,
finalidad y medios de la educación sexual
RESPONSABILIDAD
EN LA REALIZACIÓN DE LA EDUCACIÓN SEXUAL
Orientaciones para los adultos
Responsabilidad en la educación para el uso de los instrumentos de
comunicación social
Función de la escuela en relación a la educación sexual
CONDICIONES
Y MODALIDAD DE LA EDUCACIÓN SEXUAL
Cualidades de los métodos educativos
Exigencias del sujeto e intervención educativa
Cualidades de las intervenciones educativas
Educación para el pudor y la amistad
ALGUNOS
PROBLEMAS PARTICULARES
1. El desarrollo armónico de la
personalidad humana revela progresivamente en el hombre la imagen de hijo de
Dios. "La verdadera educación se propone la formación de la persona humana
en orden a su fin último". Tratando de la educación cristiana, el Concilio
Vaticano II ha señalado la necesidad de ofrecer "una positiva y prudente
educación sexual" a los niños y a los jóvenes.
La Congregación para la Educación
Católica, dentro del ámbito de su competencia, considera un deber contribuir a
la aplicación de la Declaración Conciliar, así como lo vienen haciendo las
Conferencias Episcopales en sus demarcaciones respectivas.
2. Este documento, elaborado con la
ayuda de expertos en problemas educativos y sometido a una vasta consulta, se
propone un objetivo concreto: examinar el aspecto pedagógico de la educación
indicando orientaciones oportunas para la formación integral del cristiano,
según la vocación de cada uno.
Aunque no se descienda en cada ocasión
a la cita explícita, se presuponen siempre los principios doctrinales y las
normas morales correspondientes, según el Magisterio.
3. La Congregación es muy consciente de
las diferencias culturales y sociales existentes en los diversos países. Por
tanto, estas orientaciones deberán ser adaptadas por los respectivos
episcopados a las necesidades propias de cada Iglesia local.
4. La sexualidad es un elemento básico
de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con
los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano. Por eso, es parte
integrante del desarrollo de la personalidad y de su proceso educativo: "A
la verdad en el sexo radican las notas características que constituyen a las
personas como hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y
espiritual, teniendo así mucha parte en su evolución individual y en su inserción
en la sociedad".
5. La sexualidad caracteriza al hombre
y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico y
espiritual con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones. Esta
diversidad, aneja a la complementariedad de los dos sexos, responde
cumplidamente al diseño de Dios en la vocación enderezada a cada uno.
La genitalidad, orientada a la
procreación, es la expresión máxima, en el plano físico, de la comunión de amor
de los cónyuges. Arrancada de este contexto de don recíproco -realidad que el
cristiano vive sostenido y enriquecido de una manera muy especial, por la
gracia de Dios- la genitalidad pierde su significado, cede al egoísmo
individual y pasa a ser un desorden moral.
6. La sexualidad orientada, elevada e
integrada por el amor adquiere verdadera calidad humana. En el cuadro del
desarrollo biológico y psíquico, crece armónicamente y sólo se realiza en
sentido pleno con la conquista de la madurez afectiva que se manifiesta en el
amor desinteresado y en la total donación de sí.
7. Se pueden observar actualmente, aun
entre cristianos, notables divergencias respecto a la educación sexual. En el
clima presente de desorientación moral amaga el peligro tanto del conformismo
que acarrea no leves daños, como el prejuicio que falsea la íntima naturaleza
del ser humano salida íntegra de las manos del Creador.
8. Reactivo necesario frente a tal
situación, es para muchos una oportuna educación sexual. Conviene observar que
si bien la necesidad es una convicción ampliamente difundida en teoría, en la
práctica persisten incertidumbres y divergencias notables sea respecto a las
personas e instituciones que deberían asumir la responsabilidad educativa, sea
en relación al contenido y metodología.
9. Los educadores y los padres
reconocen con frecuencia no estar suficientemente preparados para llevar a cabo
una adecuada educación sexual. La escuela no siempre está capacitada para
ofrecer una visión integral del tema; la cual quedaría incompleta con la sola
información científica.
10. Particulares dificultades se
encuentran en países donde la urgencia del problema no se advierte o se piensa,
tal vez, que pueda resolverse por sí mismo, al margen de una educación
específica.
11. En general, es necesario reconocer
que se trata de una empresa difícil por la complejidad de los diversos
elementos (fisiológicos, psicológicos, pedagógicos, socioculturales, jurídicos,
morales y religiosos) que intervienen en la acción educativa.
12. Algunos organismos católicos, en
diversas partes -con la aprobación y el estímulo del Episcopado local-, han
comenzado a desarrollar una positiva tarea de educación sexual, dirigida no
sólo a ayudar a los niños y adolescentes en el camino hacia la madurez
psicológica y espiritual, sino también, y sobre todo, a prevenirlos contra los
peligros provenientes de la ignorancia y degradación ambientales.
13. Es también laudable el esfuerzo de
cuantos, con seriedad científica, estudian el problema, a partir de las
ciencias humanas integrando los resultados de tales investigaciones en un
proyecto conforme a las exigencias de la dignidad humana, como aparece en el
Evangelio.
14. Las declaraciones del Magisterio
sobre educación sexual reflejan un progreso que responde a las justas
exigencias de la historia en plena fidelidad a la tradición.
El Concilio Vaticano II en la
Declaración sobre la Educación cristiana presenta la perspectiva
correspondiente a la educación sexual tras afirmar el derecho de la juventud a
recibir una educación adecuada a las exigencias personales.
El Concilio concreta: "Hay que
ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes, teniendo en cuenta el progreso
de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, para desarrollar
armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales, a fin de que
adquieran gradualmente un sentido más perfecto de la responsabilidad en el
recto y laborioso desarrollo de la vida, y en la consecución de la verdadera
libertad, superando los obstáculos con grandeza y constancia de alma. Hay que
iniciarlos, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación
sexual".
15. La Constitución Pastoral Gaudium et
spes, a propósito de la dignidad del matrimonio y de la familia, presenta esta
última como el lugar preferente para la formación de los jóvenes en la
castidad. Pero siendo ésta un aspecto de la educación integral, exige la
cooperación de los educadores con los padres en el cumplimiento de su misión.
Esta educación, en definitiva, se debe ofrecer a los niños y jóvenes en el
ámbito de la familia y darla de manera gradual, mirando siempre a la formación
integral de la persona.
16. En la Exhortación apostólica sobre
la misión de la familia cristiana en el mundo actual, Juan Pablo II reserva un
puesto destacado a la educación sexual como un valor de la persona. "La
educación para el amor como don de sí mismo, dice el Santo Padre, constituye
también la premisa indispensable para los padres, llamados a ofrecer a los
hijos una educación sexual clara y delicada. Ante una cultura que 'banaliza’ en
gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera
reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer
egoísta, el servicio educativo de los padres debe basarse sobre una cultura sexual
que sea verdadera y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una
riqueza de toda la persona -cuerpo, sentimiento y espíritu- y manifiesta su
significado íntimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el
amor".
17. El Papa, inmediatamente después,
hace a la escuela responsable de esta educación al servicio y en sintonía con
los padres. "La educación sexual, derecho y deber fundamental de los
padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como
en los centros educativos elegidos y controlados por ellos. En este sentido la
Iglesia reafirma la ley de la subsidiariedad, que la escuela tiene que observar
cuando coopera en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que
anima a los padres".
18. Para que el valor de la sexualidad
alcance su plena realización, "es del todo irrenunciable la educación para
la castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la
hace capaz de respetar y promover el 'significado esponsal’ del cuerpo".
La castidad consiste en el dominio de sí, en la capacidad de orientar el
instinto sexual al servicio del amor y de integrarlo en el desarrollo de la
persona. Fruto de la gracia de Dios y de nuestra colaboración, la castidad
tiende a armonizar los diversos elementos que componen la persona y a superar
la debilidad de la naturaleza humana, marcada por el pecado, para que cada uno
pueda seguir la vocación a la que Dios lo llame.
En el esfuerzo por conseguir una
completa educación para la castidad, "los padres cristianos reservarán una
atención y cuidado especial -discerniendo los signos de la llamada de Dios- a
la educación para la virginidad, como forma suprema del don de uno mismo que
constituye el sentido genuino de la sexualidad humana".
19. En la enseñanza de Juan Pablo II, a
consideración positiva de los valores que se deben descubrir y apreciar,
antecede a la norma que no se debe violar. Esta, sin embargo, interpreta y
formula los valores a que el hombre debe tender.
"Por los vínculos estrechos que
hay entre la dimensión sexual de la persona y sus valores éticos, esta
educación debe llevar a los hijos a conocer y estimar las normas morales como
garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable en la
sexualidad humana. Por esto la Iglesia se opone firmemente a un sistema de
información sexual separado de los principios morales y tan frecuentemente
difundido, el cual no sería más que una introducción a la experiencia del
placer y un estímulo que lleva a perder la serenidad, abriendo el camino al
vicio desde los años de la inocencia".
20. Este documento, por tanto,
partiendo de la visión cristiana del hombre y anclado en los principios
enunciados recientemente por el Magisterio, desea ofrecer a los educadores
algunas orientaciones fundamentales sobre la educación sexual y las condiciones
y modalidades a tener presentes en el plano operativo.
I .
21. Toda educación se inspira en una
determinada concepción del hombre. La educación cristiana aspira a conseguir la
realización del hombre a través del desarrollo de todo su ser, espíritu
encarnado, y de los dones de naturaleza y gracia de que ha sido enriquecido por
Dios. Está enraizada en la fe que "todo lo ilumina con nueva luz y
manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre".
22. La visión cristiana del hombre,
reconoce al cuerpo una particular función, puesto que contribuye a revelar el
sentido de la vida y de la vocación humana. La corporeidad es, en efecto, el
modo específico de existir y de obrar del espíritu humano. Este significado es
ante todo de naturaleza antropológica: "el cuerpo revela el hombre",
"expresa la persona" y por eso es el primer mensaje de Dios al hombre
mismo, casi una especie de "sacramento primordial, entendido como signo
que transmite eficazmente en el mundo visible, el misterio invisible escondido
en Dios desde la eternidad".
23. Hay un segundo significado de
naturaleza teologal: el cuerpo contribuye a revelar a Dios y su amor creador en
cuanto manifiesta la creaturidad del hombre, su dependencia de un don
fundamental que es don del amor. "Esto es el cuerpo: testigo de la
creación como de un don fundamental, testigo, pues, del Amor como fuente de la
que nació este mismo donar".
24. El cuerpo, en cuanto sexuado,
manifiesta la vocación del hombre a la reciprocidad, esto es, al amor y al
mutuo don de sí. El cuerpo en fin llama al hombre y a la mujer a su
constitutiva vocación a la fecundidad, como uno de los significados
fundamentales de su ser sexuado.
25. La distinción sexual, que aparece
como una determinación del ser humano, supone diferencias pero en igualdad de
naturaleza y dignidad.
La persona humana, por su íntima
naturaleza, exige una relación de alteridad que implica una reciprocidad de
amor. Los sexos son complementarios: iguales y distintos al mismo tiempo; no
idénticos, pero sí iguales en dignidad personal; son semejantes para
entenderse, diferentes para completarse recíprocamente.
26. El hombre y la mujer constituyen
dos modos de realizar, por parte de la criatura humana, una determinada
participación del Ser divino: han sido creados "a imagen y semejanza de
Dios" y llenan esa vocación no sólo como personas individuales, sino
asociados en pareja, como comunidad de amor. Orientados a la unión y a la
fecundidad, el marido y la esposa participan del amor creador de Dios, viviendo
a través del otro la comunión con Él.
27. La presencia del pecado, que
oscurece la inocencia original del hombre, dificulta la percepción de estos mensajes;
su interpretación se ha convertido así
en quehacer ético, objeto de una ardua tarea confiada al hombre: "El
hombre y la mujer después del pecado original perderán la inocencia originaria.
El descubrimiento del significado esponsalicio del cuerpo dejará de ser para
ellos una simple realidad de la revelación y de la gracia. Sin embargo, este
significado permanecerá como una prenda dada al hombre por el "ethos"
del don, inscrito en lo profundo del corazón humano, como eco lejano de la inocencia
originaria".
En presencia de esta capacidad del
cuerpo de ser al mismo tiempo signo e instrumento de vocación ética cabe
descubrir una analogía entre el cuerpo mismo y la economía sacramental, que es
el camino concreto a través del cual alcanza el hombre la gracia y la
salvación.
28. Dada la inclinación del hombre
"histórico" a reducir la sexualidad a la sola experiencia genital, se
explican las reacciones tendientes a desvalorizar el sexo, como si por
naturaleza fuese indigno del hombre. Las presentes orientaciones pretenden oponerse a tal desvalorización.
29. "El misterio del hombre sólo
se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado" y la existencia humana
adquiere su significado pleno en la vocación a la vida divina. Sólo siguiendo a
Cristo, responde el hombre a esta vocación y se afirma plenamente creciendo
hasta llegar a ser "hombre perfecto, a la medida de la plenitud de
Cristo".
30. A la luz del misterio de Cristo, la
sexualidad aparece como una vocación a realizar el amor que el Espíritu Santo
infunde en el corazón de los redimidos. Jesucristo ha sublimado tal vocación
con el Sacramento del matrimonio.
31. Jesús ha indicado, por otra parte,
con el ejemplo y la palabra, la vocación a la virginidad por el reino de los
cielos. La virginidad es vocación al amor: hace que el corazón esté más libre
para amar a Dios. Exento de los deberes propios del amor conyugal, el corazón
virgen puede sentirse, por tanto, más disponible para el amor gratuito hacia
los hermanos.
En consecuencia, la virginidad por el
reino de los cielos, expresa mejor la donación de Cristo al Padre por los
hermanos y prefigura con mayor exactitud la realidad de la vida eterna, que
será esencialmente caridad.
La virginidad implica, ciertamente,
renuncia a la forma de amor típica del matrimonio, pero asume a nivel más
profundo el dinamismo, inherente a la sexualidad, de apertura oblativa a los
otros, potenciado y transfigurado por la presencia del Espíritu el cual enseña
a amar al Padre y a los hermanos como el Señor Jesús.
32. En síntesis, la sexualidad está
llamada a expresar valores diversos a los que corresponden exigencias morales
específicas; orientada hacia el diálogo interpersonal, contribuye a la
maduración integral del hombre abriéndolo al don de sí en el amor; vinculada,
por otra parte, en el orden de la creación, a la fecundidad y a la transmisión
de la vida, está llamada a ser fiel también, a esta finalidad suya interna.
Amor y fecundidad son, por tanto, significados y valores de la sexualidad que
se incluyen y reclaman mutuamente y no pueden, en consecuencia, ser
considerados ni alternativos ni opuestos.
33. La vida afectiva, propia de cada
sexo, se manifiesta de modo característico en los diversos estados de vida: la
unión de los cónyuges, el celibato consagrado elegido por el Reino, la
condición del cristiano que no ha llegado al momento de su compromiso
matrimonial o porque es todavía célibe o porque ha elegido permanecer tal. En
todos los casos esta vida afectiva debe ser acogida e integrada en la persona
humana.
34. Objetivo fundamental de esta
educación es un conocimiento adecuado de la naturaleza e importancia de la
sexualidad y del desarrollo armónico e integral de la persona hacia su madurez
psicológica con vistas a la plenitud de vida espiritual, a la que todos los
creyentes están llamados.
A este fin el educador cristiano
recordará los principios de fe y los diversos métodos de intervención, teniendo
en cuenta la positiva valoración que la pedagogía actual hace de la sexualidad.
35. En perspectiva antropológica
cristiana, la educación afectivo-sexual considera la totalidad de la persona y
exige, por tanto, la integración de los elementos biológicos, psico-afectivos,
sociales y espirituales. Esta integración resulta difícil porque también el
creyente lleva las consecuencias del pecado original.
Una verdadera "formación", no
se limita a informar la inteligencia, sino que presta particular atención a la educación de la voluntad, de los
sentimientos y de las emociones. En efecto, para tender a la madurez de la vida
afectivo-sexual, es necesario el dominio de sí, el cual presupone virtudes como
el pudor, la templanza, el respeto propio y ajeno y la apertura al prójimo.
Todo
esto no es posible sino en virtud de la salvación que viene de nuestro Señor
Jesucristo.
36. Aunque son diversas las modalidades
que asume la sexualidad en cada persona, la educación debe promover sobre todo
aquella madurez que "comporta no sólo la aceptación del valor sexual
integrado en el conjunto de los valores, sino también la potencialidad
'oblativa', es decir la capacidad de donación, de amor altruista. Cuando esta
capacidad se realiza en la medida adecuada, la persona se hace idónea para
establecer un contacto espontáneo, para dominarse emocionalmente y
comprometerse con seriedad".
37. La pedagogía contemporánea de
inspiración cristiana ve en el educando, considerado en su totalidad compleja,
el principal sujeto de la educación. Debe ser ayudado, creando un clima de
confianza, a desarrollar todas sus capacidades para el bien. Demasiado
fácilmente se olvida esto cuando se da excesivo peso a la simple información en
detrimento de las otras dimensiones de la educación sexual. En la educación, en
efecto, es de máxima importancia el conocimiento de nuevas nociones, pero
vivificado por la asimilación de los valores correspondientes y de una viva
toma de conciencia de las responsabilidades personales relacionadas con la edad
adulta.
38. Debido a las repercusiones de la
sexualidad en toda la persona humana, es necesario tener presentes multitud de
aspectos: las condiciones de salud, las influencias del ambiente familiar y
social, las impresiones recibidas y las reacciones del sujeto, la educación de
la voluntad y el grado de desarrollo de la vida espiritual sostenida por el
auxilio de la gracia.
39. Todo lo que se ha dicho hasta aquí
sirve a los educadores como ayuda y guía en la formación de la personalidad de
los jóvenes. Los educadores deben estimularlos a una reflexión crítica sobre
las impresiones recibidas y, al mismo tiempo que les proponen valores, deben
darles testimonio de una vida espiritual auténtica tanto personal como
comunitaria.
40. Vistos los estrechos lazos
existentes entre moral y sexualidad, es necesario que el conocimiento de las normas
morales esté acompañado de claras motivaciones a fin de conseguir una sincera
adhesión personal.
41. La pedagogía contemporánea tiene
plena conciencia de que la vida humana está sometida a una evolución constante
y que la formación personal es un proceso permanente. Esto es también
verdadero respecto a la sexualidad que
se manifiesta con características particulares en las diversas fases de la
vida. Lo cual conlleva evidentemente, riquezas y dificultades no leves en cada
etapa de su maduración.
42. Los educadores tienen presente las
etapas fundamentales de tal evolución: el instinto primitivo, que al principio
presenta carácter rudimentario, pasa luego a un clima de ambivalencia entre el
bien y el mal; después con ayuda de la educación los sentimientos se
estabilizan a la vez que aumenta el sentido de responsabilidad. Gradualmente el
egoísmo se elimina, se establece un cierto ascetismo, el otro es aceptado y
amado por sí mismo; se integran los elementos de la sexualidad: genitalidad,
erotismo, amor y caridad. Aunque no se obtiene siempre el resultado completo,
son más numerosos de lo que se piensa, los que se aproximan a la meta a que
aspiran.
43. Los educadores cristianos están
persuadidos de que la educación sexual sólo se realiza plenamente en el ámbito
de la fe. Incorporado por el bautismo a Cristo resucitado, el cristiano sabe
que también su cuerpo ha sido vivificado y purificado por el Espíritu que Jesús
le comunica.
La fe en el misterio de Cristo
resucitado, que por su Espíritu actúa y prolonga en los fieles el misterio de
la pascua, descubre al creyente la vocación a la resurrección de la carne, ya
incoada gracias al Espíritu que habita en el justo como prenda y germen de la
resurrección total y definitiva.
44. El desorden provocado por el pecado,
presente y operante en el individuo como también en la cultura que caracteriza
la sociedad, ejerce una presión fuerte a concebir y vivir la sexualidad en
oposición a la ley de Cristo, al compás de lo que san Pablo denominara la ley
del pecado. A veces, las estructuras económicas, las leyes estatales, los
mass-media, los sistemas de vida de las grandes metrópolis son factores que
inciden negativamente sobre el hombre. De todo ello la educación cristiana toma
nota e indica orientaciones oportunas para oponerse responsablemente a tales
incentivos.
45. Este esfuerzo constante es
sostenido y aun hecho posible por la gracia divina mediante la Palabra de Dios
recibida con fe, la oración filial y la participación en los sacramentos.
Figura en primer término la Eucaristía, comunión con Cristo en el acto mismo de
su sacrificio, donde, efectivamente, el creyente encuentra el Pan de vida como
"viático" para afrontar y superar los obstáculos de su terreno
peregrinar. El sacramento de la Reconciliación, a través de la gracia que le es
propia y con la ayuda de la dirección espiritual, no solamente refuerza la
capacidad de resistencia al mal, sino que confiere energía para levantarse
después de una caída.
Estos sacramentos son ofrecidos y
celebrados en la comunidad eclesial. Quien se inscribe vitalmente en el seno de
tal comunidad, halla en los sacramentos la fuerza para llevar, en su estado,
una vida casta.
46. La oración personal y comunitaria
es el medio insustituible para obtener de Dios fidelidad a las promesas del
bautismo, resistencia a los impulsos de la naturaleza humana herida por el
pecado y equilibrio de las emociones que surgen por influencias negativas del
medio ambiente.
El espíritu de oración ayuda a vivir
coherentemente la práctica de los valores evangélicos cuales son la lealtad y
sinceridad de corazón y la pobreza y humildad, en el esfuerzo diario de trabajo
y de interés por el prójimo. La vida interior lleva a la alegría cristiana,
siempre victoriosa, más allá de todo moralismo y ayuda psicológica, en la lucha
contra el mal.
Del contacto íntimo y frecuente con el
Señor todos, y los jóvenes en particular, recaban fuerza y entusiasmo para
vivir con pureza y realizar su vocación humana y cristiana con un sereno
dominio de sí y con una donación generosa a los demás.
A nadie debe escapársele la importancia
de estas afirmaciones, pues hay muchas personas que, implícita o
explícitamente, tienen una actitud pesimista respecto a la capacidad de la
naturaleza humana para asumir un compromiso definitivo para toda la vida,
especialmente en el matrimonio. La educación cristiana debe reforzar la
confianza de los jóvenes de manera que su comprensión y preparación para un
compromiso de este género esté acompañada de la certeza de que Dios les ayuda
con su Gracia para que puedan llevar a cabo sus designios sobre ellos.
47. La imitación y unión con Cristo,
vividos y transmitidos por los santos, son las motivaciones más profundas de
nuestra esperanza de realizar el alto ideal de vida casta inalcanzable con las
solas fuerzas humanas.
La Virgen María es ejemplo eminente de
vida cristiana. La Iglesia, por secular experiencia, certifica que los fieles,
especialmente los jóvenes, que le son devotos, han sabido realizar este sublime
ideal.
II.
48. La educación corresponde,
especialmente, a la familia que "es escuela del más rico humanismo".
La familia, en efecto, es el mejor ambiente para llenar el deber de asegurar
una gradual educación de la vida sexual. Ella cuenta con reservas afectivas
capaces de hacer aceptar, sin traumas, aun las realidades más delicadas e
integrarlas armónicamente en una personalidad equilibrada y rica.
49. El afecto y la confianza recíproca
que se viven en la familia ayudan al desarrollo armónico y equilibrado del niño
desde su nacimiento. Para que los lazos afectivos naturales que unen a los
padres con los hijos sean positivos en el máximo grado, los padres, sobre la
base de un sereno equilibrio sexual, establezcan una relación de confianza y
diálogo con sus hijos, siempre adecuada a su edad y desarrollo.
50. Para brindar a los hijos
orientaciones eficaces necesarias para resolver los problemas del momento,
antes de dar conocimientos teóricos, sean los adultos ejemplo con el propio
comportamiento. Los padres cristianos deben tener conciencia de que ese ejemplo
constituye la aportación más válida a la educación de sus hijos. Estos, a su
vez, podrán adquirir la certeza de que el ideal cristiano es una realidad
vivida en el seno de la propia familia.
51. La apertura y la colaboración de
los padres con los otros educadores corresponsables de la formación, influirán
positivamente en la maduración del joven. La preparación teórica y la
experiencia de los padres ayudarán a los hijos a comprender el valor y el papel
específicos de la realidad masculina y femenina.
52. La plena realización de la vida
conyugal y, en consecuencia, la estabilidad y santidad de la familia dependen
de la formación de la conciencia y de los valores asimilados durante todo el
proceso formativo de los mismos padres. Los valores morales vividos en familia
se transmiten más fácilmente a los hijos. Entre estos valores morales hay que
destacar el respeto a la vida desde el seno materno y, en general, el respeto a
la persona de cualquier edad y condición. Se debe ayudar a los jóvenes a
conocer, apreciar y respetar estos valores fundamentales de la existencia.
Dada la importancia de los mismos para
la vida cristiana, e incluso en la perspectiva de una llamada divina de los
hijos al sacerdocio o a la vida consagrada, la educación sexual adquiere
también una dimensión eclesial.
53. La Iglesia, madre de los fieles
engendrados en la fe por ella en el Bautismo, tiene, confiada por Cristo, una misión
educativa que se realiza especialmente a través del anuncio, la plena comunión
con Dios y los hermanos y la participación consciente y activa en la liturgia
eucarística y en la actividad apostólica. La comunidad eclesial constituye,
desde el abrirse a la vida, un ambiente adecuado a la asimilación de la ética
cristiana en la que los fieles aprenden a testimoniar la Buena Nueva.
54. Las dificultades que la educación
sexual encuentra a menudo en el seno de la familia, requieren una mayor
atención por parte de la comunidad cristiana y, en particular de los
sacerdotes, para lograr la educación de los bautizados. En este campo están
llamados a cooperar con la familia, la escuela católica, la parroquia y otras
instituciones eclesiales.
55. Del carácter eclesial de la fe
deriva la corresponsabilidad de la comunidad cristiana en ayudar a los
bautizados a vivir coherente y conscientemente las obligaciones asumidas en el
bautismo. Corresponde a los obispos dar normas y orientaciones adaptadas a las
necesidades de las Iglesias particulares.
56. La catequesis está llamada a ser
terreno fecundo para la renovación de toda la comunidad eclesial. Por tanto,
para llevar a los fieles a la madurez de la fe, aquélla debe ilustrar los
valores positivos de la sexualidad, integrándolos con los de la virginidad y el
matrimonio, a la luz del misterio de Cristo y de la Iglesia.
Esta catequesis debería poner de
relieve que la primera vocación del cristiano es amar, y que la vocación al
amor se realiza por dos caminos diversos: el matrimonio o el celibato por el
Reino. "El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir
el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo".
57. Para que las familias tengan la
certeza de que la catequesis no se separa en absoluto del Magisterio de la
Iglesia, los Pastores deben preocuparse tanto de la elección y preparación del
personal responsable cuanto del determinar los contenidos y métodos.
58. Persiste en su pleno valor la norma
indicada en el número 48: en lo que concierne a los aspectos más íntimos,
biológicos o afectivos, se debería privilegiar la educación individual,
preferiblemente en el ámbito de la familia.
59. Siendo siempre válido que la
catequesis realizada en familia constituye una forma privilegiada, si en
algunas circunstancias, los padres no se sienten capacitados para asumir este
deber, pueden acudir a otras personas que gocen de su confianza. Una iniciación
sabia, prudente y adaptada a la edad y al ambiente, puede evitar traumas a los
niños y hacerles más fácil la solución de los problemas sexuales. En todo caso,
no bastan lecciones formales; para impartir estas enseñanzas lo mejor es
aprovechar las múltiples ocasiones ofrecidas por la vida cotidiana.
60. Un aspecto fundamental de la
preparación de los jóvenes para el matrimonio consiste en darles una visión
exacta de la ética cristiana respecto a la sexualidad. La catequesis ofrece la
ventaja de situarse en la
perspectiva inmediata del matrimonio. Pero, para conseguir plenamente el
objetivo, esta catequesis debe ser continuada convenientemente de manera que
constituya un verdadero y propio catecumenado. Aspira, además, a sostener y
robustecer la castidad propia de los novios, a prepararlos para la vida
conyugal, vivida cristianamente, y para la misión específica que los esposos
tienen en el Pueblo de Dios.
61. Los futuros esposos deben conocer
el significado profundo del matrimonio, entendido como unión de amor para su
pleno desarrollo personal y para la procreación. La estabilidad del matrimonio
y del amor conyugal exige, como condición indispensable, la castidad y el
dominio de sí, la formación del carácter y el espíritu de sacrificio. En vista
de las dificultades de la vida matrimonial, agudizadas en las condiciones de
nuestro tiempo, la castidad juvenil, en cuanto preparación adecuada para la
castidad matrimonial, será de ayuda decisiva para los esposos. Estos, por otra
parte, serán instruidos sobre la ley divina, declarada por el Magisterio eclesiástico,
necesaria para la formación de su conciencia.
62. Instruidos sobre el valor y la
grandeza del sacramento del matrimonio, que especifica para ellos la gracia y
la vocación del bautismo, los esposos cristianos estarán en grado de vivir
conscientemente los valores y las obligaciones propias de su vida moral como
exigencia y fruto de la gracia y de la acción del Espíritu, ya que "para
cumplir dignamente su deber de estado, están fortificados y como consagrados
por un sacramento especial".
Por otra parte, a fin de vivir su
sexualidad y llevar a cabo sus responsabilidades de acuerdo con el designio
divino es importante que los esposos tengan conocimiento de los métodos
naturales para regular su fertilidad. Como ha dicho Juan Pablo II:
"Conviene hacer lo posible para que semejante conocimiento se haga
accesible a todos los esposos, y ante todo a las personas jóvenes, mediante una
información y una educación clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de
médicos y de expertos". Hay que hacer notar que la contracepción, de la
que actualmente se hace intensa propaganda, contrasta con estos ideales
cristianos y estas normas de moralidad en que la Iglesia es maestra. Este hecho
hace todavía más urgente la necesidad de que la enseñanza de la Iglesia sobre
los medios artificiales de contracepción y los motivos de tales enseñanzas,
sean transmitidos a los jóvenes a la edad conveniente para prepararlos a
vivir su matrimonio responsablemente,
pleno de amor y abierto a la vida.
63. Una sólida preparación catequística
de los adultos, sobre el amor humano, pone las bases para la educación sexual
de los niños. Así se asegura la posesión de la madurez humana iluminada por la
fe, que será decisiva en el diálogo que los adultos deben establecer con las
nuevas generaciones. Además de las indicaciones concernientes a los métodos a
usarse, dicha catequesis favorecerá un oportuno cambio de ideas sobre problemas
particulares, hará conocer mejor el material a utilizar y permitirá eventuales
encuentros con expertos, cuya colaboración podría ser particularmente útil en
los casos difíciles.
64. La persona debería encontrar en la
sociedad, expresados y vividos, los valores que ejercen un influjo no
secundario en el proceso formativo. Será, por tanto, deber de la sociedad
civil, en cuanto se trata del bien común, vigilar con el fin de que se asegure
un sano ambiente físico y moral en las escuelas y se promuevan las condiciones
que respondan a la positiva petición de los padres o cuenten con su libre
adhesión.
65. Es deber del Estado tutelar a los
ciudadanos contra las injusticias y desórdenes morales como el abuso de los
menores y toda forma de violencia sexual, la degradación de costumbres, la
permisividad y la pornografía, y la manipulación de los datos demográficos.
66. En el mundo actual los instrumentos
de comunicación social, con su irrupción arrolladora y fuerza de sugestión,
ejercen sobre los jóvenes y los menores, en general y sobre todo en el campo de
la educación sexual, una continua y condicionante obra de información y de
amaestramiento bastante más incisiva que aquella propia de la familia.
Juan Pablo II ha indicado la situación
en la que vienen a encontrarse los niños frente a los instrumentos de
comunicación social: "Fascinados y privados de defensas ante el mundo y
ante los adultos, los niños están naturalmente dispuestos a acoger lo que se
les ofrece, ya se trate del bien o del mal... Los niños se sienten atraídos por
la "pequeña pantalla" y por la "pantalla grande": siguen
todos los gestos que aparecen en ellas y perciben, antes y mejor que cualquier
otra persona, las emociones y sentimientos consiguientes".
67. Hay que destacar, además, que por
la misma evolución tecnológica se hace menos fácil el realizar oportunamente el
necesario control. De aquí la urgencia, aun con miras a una recta educación
sexual, de que "los destinatarios, sobre todo los jóvenes procuren acostumbrarse
a ser moderados y disciplinados en el uso de estos instrumentos; pongan,
además, empeño en entender bien lo oído, visto y leído; dialoguen con
educadores y peritos en la materia y aprendan a formar recto juicio".
68. En defensa de los derechos del niño
en este campo, Juan Pablo II estimula la conciencia de todos los cristianos
responsables, en particular de los padres y de los operadores de los medios de
comunicación social, para que no escondan, bajo pretexto de neutralidad o de
respeto por el espontáneo desarrollo del niño, lo que en realidad constituye un
comportamiento de preocupante desinterés.
"Las autoridades civiles tienen
peculiares deberes en esta materia en razón del bien común", el cual exige
que un reglamento jurídico de los instrumentos de comunicación social proteja
la moralidad pública, en particular el mundo juvenil, especialmente en lo que
concierne a revistas, filmes, programas radio-televisivos, exposiciones,
espectáculos y publicidad.
69. Supuesto el deber primario de la
familia, cometido propio de la escuela es el de asistir y completar la obra de
los padres, proporcionando a los niños y jóvenes una estima de la
"sexualidad como valor y función de toda la persona creada, varón y mujer,
a imagen de Dios".
70. El diálogo interpersonal, exigido
por la educación sexual, tiende a suscitar en el educando una disposición
interior apta para motivar y guiar el comportamiento de la persona.
Ahora bien, tal actitud está
estrechamente conectada con los valores inspirados en la concepción de la vida.
La educación sexual no se reduce a simple materia de enseñanza o a sólo
conocimientos teóricos; no consiste en un programa a desarrollar
progresivamente, sino que tiene un objetivo específico: la maduración afectiva
del alumno, el hacerlo llegar a ser dueño de sí y el formarlo para el recto
comportamiento en las relaciones sociales.
71. La escuela puede contribuir a la
consecución de este objetivo de diversas maneras. Todas las materias se prestan
al desarrollo de los temas relativos a la sexualidad; el profesor lo hará
siempre en clave positiva y con gran delicadeza, discerniendo concretamente la
oportunidad y el modo.
La educación sexual individual por su
valor prioritario, no puede ser confiada indistintamente a cualquier miembro de
la comunidad escolar. En efecto, como se especificará más adelante, además de
recto juicio, sentido de responsabilidad, competencia profesional, madurez
afectiva y pudor, esta educación exige en el educador una sensibilidad
exquisita para iniciar al niño y al adolescente en los problemas del amor y de
la vida sin perturbar su desarrollo psicológico.
72. Aun cuando el educador posea las
cualidades necesarias para una educación sexual en grupo, hay que tener en
cuenta la situación concreta del grupo mismo. Esto se aplica, sobre todo, en el
caso de grupos mixtos que reclaman especiales precauciones. En todo caso, las
autoridades responsables deben juzgar con los padres la oportunidad de proceder
de este modo. Dada la complejidad del problema, es bueno proporcionar al
educando ocasión para coloquios personales en los que se le facilite el pedir
los consejos o aclaraciones que, por un instintivo sentido del pudor, no se
atrevería a manifestar en público. Sólo una estrecha colaboración entre la
escuela y la familia asegura un provechoso cambio de experiencias entre padres
y profesores, en bien de los alumnos.
Corresponde a los obispos, teniendo en
cuenta las legislaciones escolásticas y las circunstancias locales, dar
indicaciones sobre la educación sexual en grupos, sobre todo si son mixtos.
73. Puede, tal vez, ocurrir que
determinados sucesos de la vida escolar exijan una intervención oportuna. En
cuyo caso, las autoridades escolares, coherentes con el principio de
colaboración, se pondrán en contacto con los padres interesados para acordar la
solución oportuna.
74. Personas particularmente aptas por
su competencia y equilibrio y que gozan de la confianza de los padres, podrán
ser invitadas y tener coloquios privados con los alumnos para ayudarlos a
desarrollar su maduración afectiva y a dar el justo equilibrio a sus
relaciones. Tales intervenciones de orientación personal se imponen en especial
en los casos más difíciles, a menos que la gravedad de la situación no haga
necesario el recurso al especialista en materia.
75. La formación y el desarrollo de una
personalidad armónica exigen una atmósfera serena, fruto de comprensión,
confianza recíproca y colaboración entre los responsables. Esto se logra con el
mutuo respeto a la competencia especifica de los diversos operadores de la
educación, a las respectivas responsabilidades y a la elección de los medios
diferenciados a disposición de cada uno.
76. Facilita la educación sexual
correcta, un material didáctico apropiado. Para prepararlo adecuadamente, se
requiere la colaboración de especialistas en teología moral y pastoral, de
catequistas y de pedagogos y psicólogos católicos. Póngase particular atención
al material destinado al uso inmediato de los alumnos.
Ciertos textos escolares sobre la
sexualidad, por su carácter naturalista, resultan nocivos al niño y al
adolescente. Aún más nocivo es el material gráfico y audiovisual, cuando
presenta crudamente realidades sexuales para las que el alumno no está
preparado y así le proporciona impresiones traumáticas o suscita en él malsanas
curiosidades que lo inducen al mal. Los educadores piensen seriamente en los
graves daños que una irresponsable actitud en materia tan delicada puede causar
a los alumnos.
77. Existe en la educación un factor no
despreciable que se asocia a la acción de la familia y de la escuela y, a
menudo, tiene una influencia aún mayor en la formación de la persona: son los
grupos juveniles que se constituyen en las actividades del tiempo libre y que
ocupan intensamente la vida del adolescente y del joven. Las ciencias humanas
consideran los "grupos" como una condición positiva para la
formación, porque no es posible la maduración de la personalidad sin eficaces
relaciones interpersonales.
III.
78. La complejidad y delicadeza de esta
tarea requiere esmerada preparación de los educadores, cualidades específicas
para esta acción educativa y particular atención a objetivos precisos.
79. La personalidad madura de los
educadores, su preparación y equilibrio psíquico influyen fuertemente sobre los
educandos. Una exacta y completa visión del significado y del valor de la
sexualidad y una serena integración de la misma en la propia personalidad son
indispensables a los educadores para una constructiva acción educativa. Su
capacitación no es tanto fruto de conocimiento teórico como resultado de su
madurez afectiva, lo cual no dispensa de la adquisición de conocimientos
científicos adaptados a su tarea educativa, particularmente ardua en nuestros
días. Los encuentros con las familias podrán ser de gran ayuda.
80. Las disposiciones que deben
caracterizar al educador son el resultado de una formación general, fundada en
una concepción positiva y constructiva de la vida, y en el esfuerzo constante
por realizarla. Una tal formación rebasa la necesaria preparación profesional y
penetra los aspectos más íntimos de la personalidad, incluso el religioso y
espiritual. Este último, garantiza el recurso tanto a los principios cristianos
como a los medios sobrenaturales que deben sostener las intervenciones
educativas.
81. El educador que desarrolla su tarea
fuera del ambiente familiar, necesita una preparación psico-pedagógica adaptada
y seria, que le permita captar situaciones particulares que requieren una
especial solicitud. Así, estará en disposición de aconsejar aun a los mismos
padres, sobre todo cuando el muchacho o la muchacha necesitan un psicólogo.
82. Entre los sujetos normales y los
casos patológicos, existe toda una gama de individuos con problemas, más o
menos agudos y persistentes amenazados de escasa atención pese a su gran
necesidad de ayuda. En estos casos, más que una terapia a nivel médico, se
requiere una constante obra de apoyo y guía por parte de los educadores.
83. Se impone un conocimiento claro de
la situación, porque el método utilizado no sólo condiciona grandemente el
resultado de esta delicada educación, sino también la colaboración entre los
diversos responsables. En realidad las críticas en curso, ordinariamente, se
refieren más a los métodos usados por algunos educadores que al hecho de su
intervención. Estos métodos deben tener determinadas cualidades, relativas unas
al sujeto y a los educadores mismos y otras a la finalidad que tal educación se
propone.
84. La educación afectivo-sexual,
estando más condicionada que otras por el grado de desarrollo físico y
psicológico del educando, debe ser siempre adaptada al individuo. En ciertos
casos, es necesario prevenir al sujeto preparándolo para situaciones
particularmente difíciles, cuando se prevé que deberá afrontarlas, o avisándole
acerca de peligros inminentes o constantes.
85. Sin embargo, es preciso respetar el
carácter progresivo de esta educación. Se debe intervenir gradualmente
prestando atención a los momentos del desarrollo físico y psicológico que
requieren una preparación más cuidadosa y un tiempo de maduración prolongado.
Es necesario asegurarse de que el educando ha asimilado los valores, los
conocimientos y las motivaciones que le han sido propuestos o los cambios y
evoluciones que ha podido observar en sí mismo y de los que el educador indica
oportunamente las causas, las relaciones y la finalidad.
86. Una válida contribución al
desarrollo armónico y equilibrado de los jóvenes impone a los educadores
regular sus intervenciones de acuerdo al particular papel que desempeñan. El
sujeto no percibe ni acepta de la misma manera de parte de los diversos
educadores las informaciones y motivaciones que le son dadas, porque afectan de
modo diverso su intimidad. Objetividad y prudencia deben caracterizar tales
intervenciones.
87. La información progresiva requiere
una explicación incompleta, pero siempre ajustada a la verdad. Han de evitarse
explicaciones deformadas por reticencias o falta de franqueza. Sin embargo, la
prudencia exige al educador no sólo una oportuna adaptación del argumento a las
expectativas del sujeto, sino también la elección del lenguaje, del modo y del
tiempo en el que intervenir; exige también que se tenga en cuenta el pudor del
niño. El educador recuerde, además, la influencia de los padres: su
preocupación por esta dimensión de la educación, el carácter particular de la
educación familiar, su concepción de la vida y el grado de apertura a los otros
ambientes educativos.
88. Se debe insistir, sobre todo, en
los valores humanos y cristianos de la sexualidad para procurar su aprecio y
para suscitar el deseo de proyectarlos en la vida personal y en las relaciones
con los demás. Sin desconocer las dificultades que el desarrollo sexual supone,
pero sin obsesionarse con ello, el educador tenga confianza en la acción
educativa: ésta puede contar con la resonancia que los verdaderos valores
encuentran en los jóvenes, cuando son presentados con convicción y confirmados
por el testimonio de vida.
89. Dada la importancia de la educación
sexual en la formación integral de la persona, los educadores, habida cuenta de
los varios aspectos de la sexualidad y de su incidencia sobre la personalidad
global, se esfuercen, especialmente, por no separar los conocimientos de los
valores correspondientes que dan un sentido y una orientación a las
informaciones biológicas, psicológicas y sociales. Por tanto, cuando presenten
las normas morales, es necesario que muestren su respaldo y los valores que
involucran.
90. El pudor, elemento fundamental de
la personalidad, se puede considerar -en el plano educativo- como la conciencia
vigilante en defensa de la dignidad del hombre y del amor auténtico. Tiende a
reaccionar ante ciertas actitudes y a frenar comportamientos que ensombrecen la
dignidad de la persona. Es un medio necesario y eficaz para dominar los
instintos, hacer florecer el amor verdadero e integrar la vida afectivo-sexual
en el marco armonioso de la persona. El pudor entraña grandes posibilidades
pedagógicas y merece por tanto, ser valorizado. Niños y jóvenes aprenderán así
a respetar el propio cuerpo como don de Dios, miembro de Cristo y templo del
Espíritu Santo; aprenderán a resistir al mal que les rodea, a tener una mirada
y una imaginación limpias y a buscar el manifestar en el encuentro afectivo con
los demás un amor verdaderamente humano con todos sus elementos espirituales.
91. Con este fin se les presenten
modelos concretos y atrayentes de virtud, se les desarrolle el sentido
estético, despertándoles el gusto por la belleza presente en la naturaleza, en
el arte y en la vida moral; se eduque a los jóvenes para asimilar un sistema de
valores, sensibles y espirituales, en un despliegue desinteresado de fe y de
amor.
92. La amistad es el vértice de la
maduración afectiva y se diferencia de la simple camaradería por su dimensión
interior, por una comunicación que permite y favorece la verdadera comunión,
por la recíproca generosidad y la estabilidad. La educación para la amistad
puede llegar a ser un factor de extraordinaria importancia para la construcción
de la personalidad en su dimensión individual y social.
93. Los vínculos de amistad que unen a
los jóvenes de distinto sexo, contribuyen a la comprensión y a la estima
recíproca, siempre que se mantengan en los límites de normales expresiones
afectivas. Si en cambio, se convierten o tienden a convertirse en
manifestaciones de tipo genital, esos vínculos pierden el auténtico significado
de amistad madura, perjudicando los aspectos relacionales de ese momento y las
perspectivas de un posible matrimonio futuro, y restando atención a una
eventual vocación a la vida consagrada.
IV.
El educador podrá encontrarse, en el
ejercicio de su misión, adelante de algunos problemas particulares sobre los
que, ahora, se juzga oportuno detenerse.
94. La educación sexual debe conducir a los jóvenes a tomar conciencia de las diversas expresiones y de los dinamismos de la sexualidad, así como de los valores humanos que