|
Carta
apostólica Mulieris dignitatem del Sumo Pontífice Juan Pablo II sobre
la
dignidad y la vocación de la mujer con
ocasión del Año Mariano Venerables Hermanos, amadísimos hijos e hijas, salud y Bendición
Apostólica I. INTRODUCCIÓN Un signo de los tiempos 1. LA DIGNIDAD DE LA MUJER y su vocación, objeto constante de la
reflexión humana y cristiana, ha asumido en estos últimos años una importancia
muy particular. Esto lo demuestran, entre otras cosas, las intervenciones del
Magisterio de la Iglesia, reflejadas en varios documentos del Concilio Vaticano
II, que en el Mensaje final afirma: "Llega la hora, ha llegado la hora en
que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer
adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta
ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan
profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a
que la humanidad no decaiga".1 Las palabras de este Mensaje
resumen lo que ya se había expresado en el Magisterio conciliar, especialmente
en la Constitución Pastoral Gaudium et spes2 y en el Decreto
Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los seglares.3 Tomas de posición similares se habían manifestado ya en el período
preconciliar, por ejemplo, en varios discursos del Papa Pío XII 4 y
en la Encíclica Pacem in terris del Papa Juan XXIII.5 Después del
Concilio Vaticano II, mi predecesor Pablo VI expresó también el alcance de este
"signo de los tiempos", atribuyendo el título de Doctoras de la
Iglesia a Santa Teresa de Jesús y a Santa Catalina de Siena, 6 y
además instituyendo, a petición de la Asamblea del Sínodo de los Obispos en
1971, una Comisión especial cuya finalidad era el estudio de los problemas
contemporáneos en relación con la "efectiva promoción de la dignidad y de
la responsabilidad de las mujeres".7 Pablo VI, en uno de sus
discursos, decía entre otras cosas: "En efecto, en el cristianismo, más
que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto
especial de dignidad, del cual el Nuevo Testamento da testimonio en no pocos de
sus importantes aspectos (...); es evidente que la mujer está llamada a formar
parte de la estructura viva y operante del Cristianismo de un modo tan
prominente que acaso no se hayan todavía puesto en evidencia todas sus
virtualidades".8 Los Padres de la reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos
(octubre de 1987), que fue dedicada a "la vocación y misión de los laicos
en la Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio Vaticano II",
se ocuparon nuevamente de la dignidad y de la vocación de la mujer. Entre otras
cosas, abogaron por la profundización de los fundamentos antropológicos y teológicos
necesarios para resolver los problemas referentes al significado y dignidad del
ser mujer y del ser hombre. Se trata de comprender la razón y las consecuencias
de la decisión del Creador que ha hecho que el ser humano pueda existir sólo
como mujer o como varón. Solamente partiendo de estos fundamentos, que permiten
descubrir la profundidad de la dignidad y vocación de la mujer, es posible
hablar de la presencia activa que desempeña en la Iglesia y en la sociedad. Esto es lo que deseo tratar en el presente Documento. La
Exhortación postsinodal, que se hará pública después de éste, presentará las
propuestas de carácter pastoral sobre el cometido de la mujer en la Iglesia y
en la sociedad, sobre las que los Padres sinodales han hecho importantes
consideraciones, teniendo también en cuenta los testimonios de los Auditores
seglares —tanto mujeres como hombres— provenientes de las Iglesias particulares
de todos los continentes. El Año Mariano 2. El último Sínodo se ha desarrollado durante el Año Mariano,
lo cual ofrece un particular impulso para afrontar este tema, como lo indica
también la Encíclica Redemptoris Mater.9 Esta Encíclica desarrolla y
actualiza la enseñanza del Concilio Vaticano II contenida en el capítulo VIII
de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia. Dicho capítulo
lleva un título significativo: "La Santísima Virgen María, Madre de Dios,
en el Misterio de Cristo y de la Iglesia". María —esta "mujer"
de la Biblia (cf. Gén 3, 15; Jn 2, 4; 19, 26)— pertenece íntimamente al
misterio salvífico de Cristo y por esto está presente también de un modo
especial en el misterio de la Iglesia. Puesto que "la Iglesia es en Cristo
como un sacramento (...) de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano",10 la presencia especial de la Madre de Dios en
el Misterio de la Iglesia nos hace pensar en el vínculo excepcional entre esta
"mujer" y toda la familia humana. Se trata aquí de todos y cada uno
de los hijos e hijas del género humano, en los que, en el transcurso de las
generaciones, se realiza aquella herencia fundamental de la humanidad entera,
unida al misterio del principio bíblico: "creó, pues, Dios al ser humano a
imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó" (Gén 1,
27).11 Esta eterna verdad sobre el ser humano,hombre y mujer —verdad
que está también impresa de modo inmutable en la experiencia de todos—
constituye en nuestros días el misterio que sólo en el "Verbo encarnado
encuentra verdadera luz (...). Cristo desvela plenamente el hombre al hombre y
le hace consciente de su altísima vocación", como enseña el Concilio.12
En este "desvelar el hombre al hombre" ¿no se debe quizás descubrir
un puesto particular para aquella "mujer" que fue la Madre de Cristo?
El mensaje de Cristo, contenido en el Evangelio, que tiene como fondo toda la
Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, ¿no puede quizá decir
mucho a la Iglesia y a la humanidad sobre la dignidad y la vocación de la
mujer? Precisamente ésta quiere ser la trama del presente Documento,
que se sitúa en el más amplio contexto del Año Mariano, mientras nos
encaminamos hacia el final del segundo milenio del nacimiento de Cristo y el
inicio del tercero. Por otra parte, me ha parecido lo más conveniente dar a
este documento el estilo y el carácter de una meditación. II. MUJER - MADRE DE DIOS (THEOTÓKOS)
Unión con Dios 3. "Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su
Hijo, nacido de mujer". Con estas palabras de la Carta a los Gálatas (4,
4) el apóstol Pablo relaciona entre sí los momentos principales que determinan
de modo esencial el cumplimiento del misterio "preestablecido en
Dios" (cf. Ef 1,9). El Hijo,Verbo consubstancial al Padre, nace como
hombre de una mujer cuando llega "la plenitud de los tiempos". Este
acontecimiento nos lleva al punto clave en la historia del hombre en la tierra,
entendida como historia de la salvación. Es significativo que el Apóstol no
llama a la Madre de Cristo con el nombre propio de "María", sino que
la llama "mujer", lo cual establece una concordancia con las palabras
del Protoevangelio en el Libro del Génesis (cf. 3, 15). Precisamente aquella
"mujer" está presente en el acontecimiento salvífico central, que
decide la "plenitud de los tiempos" y que se realiza en ella y por
medio de ella. De esta manera inicia el acontecimiento central, acontecimiento
clave en la historia de la salvación: la Pascua del Señor. Sin embargo, quizás
vale la pena considerarlo a partir de la historia espiritual del hombre
entendida de un modo más amplio, como se manifiesta a través de las diversas
religiones del mundo. Citamos aquí las palabras del Concilio Vaticano II:
"Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas
recónditos de la condición humana que, ayer como hoy, conmueven íntimamente su
corazón: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué
es el bien y qué es el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor? ¿Cuál es
el camino para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio y
cuál la retribución después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e
inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia
el cual nos dirigimos?".13 "Ya desde la antigüedad y hasta
nuestros días se encuentra en los distintos pueblos una cierta percepción de
aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en
los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el conocimiento de la
suma Divinidad e incluso del Padre".14 Desde la perspectiva de este vasto panorama, que pone en
evidencia las aspiraciones del espíritu humano a la búsqueda de Dios —a veces
casi como "caminando a tientas" (cf. Act 17, 27)—, la "plenitud
de los tiempos", de la que habla Pablo en su Carta, pone de relieve la
respuesta de Dios mismo "en el cual vivimos, nos movemos y existimos"
(cf. Act 17, 28). Este es el Dios que "muchas veces y de muchos modos habló
en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas; en estos últimos
tiempos nos ha hablado por medio del Hijo" (cf. Heb 1, 1-2). El envío de
este Hijo, consubstancial al Padre, como hombre "nacido de mujer",
constituye el punto culminante y definitivo de la autorrevelación de Dios a la
humanidad. Esta autorrevelación posee un carácter salvífico, como enseña en
otro lugar el Concilio Vaticano II: "Quiso Dios con su bondad y sabiduría
revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9): por
Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres
llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18;2 Pe
1, 4)".15 La mujer se encuentra en el corazón mismo de este acontecimiento
salvífico. La autorrevelación de Dios, que es la inescrutable unidad de la
Trinidad, está contenida, en sus líneas fundamentales, en la anunciación de
Nazaret. "Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien
pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo".
"¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?" "El Espíritu
Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso
el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios (...) ninguna cosa es
imposible para Dios" (Lc 1, 31. 37).16 Es fácil recordar este acontecimiento en la perspectiva de la
historia de Israel —el pueblo elegido del cual es hija María—, aunque también
es fácil recordarlo en la perspectiva de todos aquellos caminos en los que la
humanidad desde siempre busca una respuesta a las preguntas fundamentales y, a
la vez, definitivas que más le angustian. ¿No se encuentra quizás en la
Anunciación de Nazaret el comienzo de aquella respuesta definitiva, mediante la
cual Dios mismo sale al encuentro de las inquietudes del corazón del hombre?17
Aquí no se trata solamente de palabras reveladas por Dios a través de los
Profetas, sino que con la respuesta de María realmente "el Verbo se hace
carne" (cf. Jn 1, 14).De esta manera, María alcanza tal unión con Dios que
supera todas las expectativas del espíritu humano. Supera incluso las
expectativas de todo Israel y, en particular, de las hijas del pueblo elegido,
las cuales, basándose en la promesa, podían esperar que una de ellas llegaría a
ser un día madre del Mesías. Sin embargo, ¿quién podía suponer que el Mesías
prometido sería el "Hijo del Altísimo"? Esto era algo difícilmente
imaginable según la fe monoteísta veterotestamentaria. Solamente en virtud del
Espíritu Santo, que "extendió su sombra" sobre ella, María pudo
aceptar lo que era "imposible para los hombres, pero posible para
Dios" (cf. Mc 10, 27). Theotókos 4. De esta manera "la plenitud de los tiempos"
manifiesta la dignidad extraordinaria de la "mujer". Esta dignidad
consiste, por una parte, en la elevación sobrenatural a la unión con Dios en
Jesucristo, que determina la finalidad tan profunda de la existencia de cada
hombre tanto sobre la tierra como en la eternidad. Desde este punto de vista,
la "mujer" es la representante y arquetipo de todo el género humano,
es decir, representa aquella humanidad que es propia de todos los seres
humanos, ya sean hombres o mujeres. Por otra parte, el acontecimiento de
Nazaret pone en evidencia un modo de unión con el Dios vivo, que es propio sólo
de la "mujer", de María, esto es, la unión entre madre e hijo. En
efecto, la Virgen de Nazaret se convierte en la Madre de Dios. Esta verdad, asumida desde el principio por la fe cristiana,
tuvo una formulación solemne en el Concilio de Efeso (a. 431).18 En
contraposición a Nestorio, que consideraba a María exclusivamente como madre de
Jesús-hombre, este Concilio puso de relieve el significado esencial de la
maternidad de la Virgen María. En el momento de la Anunciación, pronunciando su
"fiat", María concibió un hombre que era Hijo de Dios, consubstancial
al Padre. Por consiguiente, es verdaderamente la Madre de Dios, puesto que la
maternidad abarca toda la persona y no sólo el cuerpo, así como tampoco la
"naturaleza" humana. De este modo, el nombre "Theotókos" —Madre
de Dios— viene a ser el nombre propio de la unión con Dios, concedido a la
Virgen María. La unión particular de la "Theotókos" con Dios, —que
realiza del modo más eminente la predestinación sobrenatural a la unión con el
Padre concedida a todos los hombres ("filii in Filio")— es pura
gracia y, como tal, un don del Espíritu. Sin embargo, y mediante una respuesta
desde la fe, María expresa al mismo tiempo su libre voluntad y, por
consiguiente, la participación plena del "yo" personal y femenino en
el hecho de la encarnación. Con su "fiat" María se convirtió en el
sujeto auténtico de aquella unión con Dios que se realizó en el Misterio de la
encarnación del Verbo consubstancial al Padre. Toda la acción de Dios en la
historia de los hombres respeta siempre la voluntad libre del "yo"
humano. Lo mismo acontece en la anunciación de Nazaret. "Servir quiere decir reinar"
5. Este acontecimiento posee un claro carácter interpersonal: es
un diálogo. No lo comprendemos plenamente si no situamos toda la conversación
entre el ángel y María en el saludo: "llena de gracia".19
Todo el diálogo de la anunciación revela la dimensión esencial del
acontecimiento: la dimensión sobrenatural (***). Pero la gracia no prescinde
nunca de la naturaleza ni la anula, antes bien la perfecciona y la ennoblece.
Por lo tanto, aquella "plenitud de gracia" concedida a la Virgen de
Nazaret, en previsión de que llegaría a ser "Theotókos", significa al
mismo tiempo la plenitud de la perfección de lo "que es característico de
la mujer", de "lo que es femenino". Nos encontramos aquí, en
cierto sentido, en el punto culminante, el arquetipo de la dignidad personal de
la mujer. Cuando María, la "llena de gracia", responde a las
palabras del mensajero celestial con su "fiat", siente la necesidad
de expresar su relación personal ante el don que le ha sido revelado diciendo:
"He aquí la esclava del Señor" (Lc 1, 38). A esta frase no se la
puede privar ni disminuir de su sentido profundo, sacándola artificialmente del
contexto del acontecimiento y de todo el contenido de la verdad revelada sobre
Dios y sobre el hombre. En la expresión "esclava del Señor" se deja
traslucir toda la conciencia que María tiene de ser criatura en relación con
Dios. Sin embargo, la palabra "esclava", que encontramos hacia el
final del diálogo de la Anunciación, se encuadra en la perspectiva de la
historia de la Madre y del Hijo. De hecho, este Hijo, que es el verdadero y
consubstancial "Hijo del Altísimo", dirá muchas veces de sí mismo,
especialmente en el momento culminante de su misión: "El Hijo del hombre no
ha venido a ser servido, sino a servir" (Mc 10, 45). Cristo es siempre consciente de ser el "Siervo del Señor",
según la profecía de Isaías (cf. 42, 1; 49, 3. 6; 52, 13), en la cual se
encierra el contenido esencial de su misión mesiánica: la conciencia de ser el
Redentor del mundo. María, desde el primer momento de su maternidad divina, de
su unión con el Hijo que "el Padre ha enviado al mundo, para que el mundo
se salve por él" (cf. Jn 3, 17), se inserta en el servicio mesiánico de
Cristo.20 Precisamente este servicio constituye el fundamento mismo
de aquel Reino, en el cual "servir" (...) quiere decir
"reinar".21 Cristo, "Siervo del Señor",
manifestará a todos los hombres la dignidad real del servicio, con la cual se
relaciona directamente la vocación de cada hombre. De esta manera, considerando la realidad mujer-Madre de Dios,
entramos del modo más oportuno en la presente meditación del Año Mariano. Esta
realidad determina también el horizonte esencial de la reflexión sobre la
dignidad y sobre la vocación de la mujer. Al pensar, decir o hacer algo en
orden a la dignidad y vocación de la mujer, no se deben separar de esta
perspectiva el pensamiento, el corazón y las obras. La dignidad de cada hombre
y su vocación correspondiente encuentran su realización definitiva en la unión
con Dios. María —la mujer de la Biblia— es la expresión más completa de esta
dignidad y de esta vocación. En efecto, cada hombre —varón o mujer— creado a
imagen y semejanza de Dios, no puede llegar a realizarse fuera de la dimensión
de esta imagen y semejanza. III. IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS Libro del Génesis 6. Hemos de situarnos en el contexto de aquel
"principio" bíblico según el cual la verdad revelada sobre el hombre
como "imagen y semejanza de Dios" constituye la base inmutable de
toda la antropología cristiana.22 "Creó pues Dios al ser humano
a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó" (Gén 1,
27 ). Este conciso fragmento contiene las verdades antropológicas
fundamentales: el hombre es el ápice de todo lo creado en el mundo visible, y
el género humano, que tiene su origen en la llamada a la existencia del hombre
y de la mujer, corona todo la obra de la creación; ambos son seres humanos en
el mismo grado, tanto el hombre como la mujer; ambos fueron creados a imagen de
Dios. Esta imagen y semejanza con Dios, esencial al ser humano, es transmitida
a sus descendientes por el hombre y la mujer, como esposos y padres: "Sed
fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla" (Gén 1, 28). El
Creador confía el "dominio" de la tierra al género humano, a todas
las personas, tanto hombres como mujeres, que reciben su dignidad y vocación de
aquel "principio" común. En el Génesis encontramos aún otra descripción de la creación
del hombre —varón y mujer (cf. 2, 18-25)— de la que nos ocuparemos a continuación.
Sin embargo, ya desde ahora, conviene afirmar que de la reflexión bíblica
emerge la verdad sobre el carácter personal del ser humano. El hombre —ya sea
hombre o mujer— es persona igualmente; en efecto, ambos, han sido creados a
imagen y semejanza del Dios personal. Lo que hace al hombre semejante a Dios es
el hecho de que —a diferencia del mundo de los seres vivientes, incluso los
dotados de sentidos (animalia)— sea también un ser racional (animal rationale).23
Gracias a esta propiedad, el hombre y la mujer pueden "dominar" a las
demás criaturas del mundo visible (cf. Gén 1, 28). En la segunda descripción de la creación del hombre (cf. Gén 2,
18-25) el lenguaje con el que se expresa la verdad sobre la creación del
hombre, y especialmente de la mujer, es diverso, y en cierto sentido menos
preciso; es, podríamos decir, más descriptivo y metafórico, más cercano al
lenguaje de los mitos conocidos en aquel tiempo. Sin embargo, no existe una
contradicción esencial entre los dos textos. El texto del Génesis 2, 18-25
ayuda a la comprensión de lo que encontramos en el fragmento conciso del Génesis
1, 27-28 y, al mismo tiempo, si se leen juntos, nos ayudan a comprender de un
modo todavía más profundo la verdad fundamental, encerrada en el mismo, sobre
el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios, como hombre y mujer. En la descripción del Génesis (2, 18-25) la mujer es creada por
Dios "de la costilla" del hombre y es puesta como otro
"yo", es decir, como un interlocutor junto al hombre, el cual se
siente solo en el mundo de las criaturas animadas que lo circunda y no halla en
ninguna de ellas una "ayuda" adecuada a él. La mujer, llamada así a
la existencia, es reconocida inmediatamente por el hombre como "carne de
su carne y hueso de sus huesos" (cf. Gén 2, 25) y por eso es llamada
"mujer". En el lenguaje bíblico este nombre indica la identidad
esencial con el hombre: 'is - issah, cosa que, por lo general, las lenguas
modernas, desgraciadamente, no logran expresar. "Esta será llamada mujer
('issah), porque del varón ('is) ha sido tomada" (Gén 2, 25). El texto bíblico proporciona bases suficientes para reconocer la
igualdad esencial entre el hombre y la mujer desde el punto de vista de su
humanidad.24 Ambos desde el comienzo son personas, a diferencia de
los demás seres vivientes del mundo que los circunda. La mujer es otro
"yo" en la humanidad común. Desde el principio aparecen como
"unidad de los dos", y esto significa la superación de la soledad
original, en la que el hombre no encontraba "una ayuda que fuese semejante
a él" (Gén 2, 20). ¿Se trata aquí solamente de la "ayuda" en
orden a la acción, a "someter la tierra" (cf. Gén 1, 28)? Ciertamente
se trata de la compañera de la vida con la que el hombre se puede unir, como
esposa, llegando a ser con ella "una sola carne" y abandonando por
esto a "su padre y a su madre" (cf. Gén 2, 24). La descripción
"bíblica" habla, por consiguiente, de la institución del matrimonio
por parte de Dios en el contexto de la creación del hombre y de la mujer, como
condición indispensable para la transmisión de la vida a las nuevas
generaciones de los hombres, a la que el matrimonio y el amor conyugal están
ordenados: "Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y
sometedla" (Gén 1, 28). Persona - Comunión - Don 7. Penetrando con el pensamiento el conjunto de la descripción
del Libro del Génesis 2, 18-25, e interpretándola a la luz de la verdad sobre
la imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 26-27), podemos comprender mejor en
qué consiste el carácter personal del ser humano, gracias al cual ambos —hombre
y mujer— son semejantes a Dios. En efecto, cada hombre es imagen de Dios como
criatura racional y libre, capaz de conocerlo y amarlo. Leemos además que el
hombre no puede existir "solo" (cf. Gén 2, 18); puede existir
solamente como "unidad de los dos" y, por consiguiente, en relación
con otra persona humana. Se trata de una relación recíproca, del hombre con la
mujer y de la mujer con el hombre. Ser persona a imagen y semejanza de Dios
comporta también existir en relación al otro "yo". Esto es preludio
de la definitiva autorrevelación de Dios, Uno y Trino: unidad viviente en la
comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Al comienzo de la Biblia no se dice esto de modo directo. El
Antiguo Testamento es, sobre todo, la revelación de la verdad acerca de la
unicidad y unidad de Dios. En esta verdad fundamental sobre Dios, el Nuevo
Testamento introducirá la revelación del inescrutable misterio de su vida íntima.
Dios, que se deja conocer por los hombres por medio de Cristo, es unidad en la
Trinidad: es unidad en la comunión. De este modo se proyecta también una nueva
luz sobre aquella semejanza e imagen de Dios en el hombre de la que habla el
Libro del Génesis. El hecho de que el ser humano, creado como hombre y mujer,
sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos individualmente
es semejante a Dios como ser racional y libre; significa además que el hombre y
la mujer, creados como "unidad de los dos" en su común humanidad, están
llamados a vivir una comunión de amor y, de este modo, reflejar en el mundo la
comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres Personas se aman en el íntimo
misterio de la única vida divina. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo —un
solo Dios en la unidad de la divinidad— existen como personas por las
inexcrutables relaciones divinas. Solamente así se hace comprensible la verdad
de que Dios en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4, 16). La imagen y semejanza de Dios en el hombre, creado como hombre y
mujer (por la analogía que se presupone entre el Creador y la criatura),
expresa también, por consiguiente, la "unidad de los dos" en la común
humanidad. Esta "unidad de los dos", que es signo de la comunión
interpersonal, indica que en la creación del hombre se da también una cierta
semejanza con la comunión divina ("communio"). Esta semejanza se da
como cualidad del ser personal de ambos, del hombre y de la mujer, y al mismo
tiempo como una llamada y tarea. Sobre la imagen y semejanza de Dios, que el género
humano lleva consigo desde el "principio", se halla el fundamento de
todo el "ethos" humano. El Antiguo y el Nuevo Testamento desarrollarán
este "ethos", cuyo vértice es el mandamiento del amor .25 En la "unidad de los dos" el hombre y la mujer son
llamados desde su origen no sólo a existir "uno al lado del otro", o
simplemente "juntos", sino que son llamados también a existir recíprocamente,
"el uno para el otro". De esta manera se explica también el significado de aquella
"ayuda" de la que se habla en el Génesis 2, 18-25: "Voy a
hacerle una ayuda adecuada". El contexto bíblico permite entenderlo también
en el sentido de que la mujer debe "ayudar" al hombre, así como éste
debe ayudar a aquella; en primer lugar por el hecho mismo de "ser persona
humana", lo cual les permite, en cierto sentido, descubrir y confirmar
siempre el sentido integral de su propia humanidad. Se entiende fácilmente que —desde
esta perspectiva fundamental— se trata de una "ayuda" de ambas
partes, que ha de ser "ayuda" recíproca. Humanidad significa llamada
a la comunión interpersonal. El texto del Génesis 2, 18-25 indica que el
matrimonio es la dimensión primera y, en cierto sentido, fundamental de esta
llamada. Pero no es la única. Toda la historia del hombre sobre la tierra se
realiza en el ámbito de esta llamada. Basándose en el principio del ser recíproco
"para" el otro en la "comunión" interpersonal, se
desarrolla en esta historia la integración en la humanidad misma, querida por
Dios, de lo "masculino" y de lo "femenino". Los textos bíblicos,
comenzando por el Génesis, nos permiten encontrar constantemente el terreno
sobre el que radica la verdad sobre el hombre, terreno sólido e inviolable en
medio de tantos cambios de la existencia humana. Esta verdad concierne también a la historia de la salvación. A
este respecto es particularmente significativa una afirmación del Concilio
Vaticano II. En el capítulo sobre la "comunidad de los hombres", de
la Constitución pastoral Gaudium et spes, leemos: "El Señor, cuando ruega
al Padre que "todos sean uno, como nosotros también somos uno" (Jn
17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una
cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos
de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única
criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su
propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás".26
Con estas palabras el texto conciliar presenta sintéticamente el
conjunto de la verdad sobre el hombre y sobre la mujer (verdad que se delinea
ya en los primeros capítulos del Libro del Génesis) como estructura de la
antropología bíblica y cristiana. El ser humano —ya sea hombre o mujer— es el único
ser entre las criaturas del mundo visible que Dios Creador "ha amado por sí
mismo"; es, por consiguiente, una persona. El ser persona significa tender
a su realización (el texto conciliar habla de "encontrar su propia
plenitud"), cosa que no puede llevar a cabo si no es "en la entrega
sincera de sí mismo a los demás". El modelo de esta interpretación de la
persona es Dios mismo como Trinidad, como comunión de Personas. Decir que el
hombre ha sido creado a imagen y semejanza de este Dios quiere decir también
que el hombre está llamado a existir "para" los demás, a convertirse
en un don. Esto concierne a cada ser humano, tanto mujer como hombre, los
cuales lo llevan a cabo según su propia peculiaridad. En el ámbito de la
presente meditación acerca de la dignidad y vocación de la mujer, esta verdad
sobre el ser humano constituye el punto de partida indispensable. Ya el Libro
del Génesis permite captar, como un primer esbozo, este carácter esponsal de la
relación entre las personas, sobre el que se desarrollará a su vez la verdad
sobre la maternidad, así como sobre la virginidad, como dos dimensiones
particulares de la vocación de la mujer a la luz de la Revelación divina. Estas
dos dimensiones encontrarán su expresión más elevada en el cumplimiento de la
"plenitud de los tiempos" (cf. Gál 4, 4), esto es, en la figura de la
"mujer" de Nazaret: Madre-Virgen. Antropomorfismo del lenguaje bíblico
8. La presentación del hombre como "imagen y semejanza de
Dios", así como aparece inmediatamente al comienzo de la Sagrada
Escritura, reviste también otro significado. Este hecho constituye la clave
para comprender la Revelación bíblica como manifestación de Dios sobre sí mismo.
Hablando de sí, ya sea "por medio de los profetas, ya sea por medio del
Hijo" hecho hombre (cf. Heb 1, 1-2), Dios habla un lenguaje humano, usa
conceptos e imágenes humanas. Si este modo de expresarse está caracterizado por
un cierto antropomorfismo, su razón está en el hecho de que el hombre es
"semejante" a Dios, esto es, creado a su imagen y semejanza.
Consiguientemente, también Dios es, en cierta medida, "semejante" al
hombre y, precisamente basándose en esta similitud, puede llegar a ser conocido
por los hombres. Al mismo tiempo, el lenguaje de la Biblia es suficientemente
preciso para mostrar los límites de la "semejanza", los límites de la
"analogía". En efecto, la revelación bíblica afirma que si bien es
verdadera la "semejanza" del hombre con Dios, es aún más
esencialmente verdadera la "no-semejanza",27 que distingue
toda la creación del Creador. En definitiva, para el hombre creado a semejanza
de Dios, el mismo Dios es aquél "que habita en una luz inaccesible"
(1 Tim 6, 16): Él es el "Diverso" por esencia, el "totalmente
Otro". Esta observación sobre los límites de la analogía —límites de la
semejanza del hombre con Dios en el lenguaje bíblico— se debe tener muy en
cuenta también cuando, en diversos lugares de la Sagrada Escritura
(especialmente del Antiguo Testamento), encontramos comparaciones que atribuyen
a Dios cualidades "masculinas" o también "femeninas". En
ellas podemos ver la confirmación indirecta de la verdad de que ambos, tanto el
hombre como la mujer, han sido creados a imagen y semejanza de Dios. Si existe
semejanza entre el Creador y las criaturas, es comprensible que la Biblia haya
usado expresiones que le atribuyen cualidades tanto "masculinas" como
"femeninas". Queremos referirnos aquí a varios textos característicos del
profeta Isaías: "Pero dice Sión: "Yahveh me ha abandonado, el Señor
me ha olvidado" ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin
compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo
no te olvido" (49, 14-15). Y en otro lugar: "Como uno a quien su
madre le consuela, así yo os consolaré (y por Jerusalén seréis
consolados)" (Is 66, 13). También en los Salmos Dios es parangonado a una
madre solícita: "No, mantengo mi alma en paz y silencio como niño
destetado en el regazo de su madre. ¡Como niño destetado está mi alma en mí! ¡Espera,
Israel, en Yahveh desde ahora y por siempre!" (Sal 131 [130], 2-3). En
diversos pasajes el amor de Dios, siempre solícito para con su Pueblo, es
presentado como el amor de una madre: como una madre Dios ha llevado a la
humanidad, y en particular a su pueblo elegido, en el propio seno, lo ha dado a
luz en el dolor, lo ha nutrido y consolado (cf. Is 42, 14; 46, 3-4). El amor de
Dios es presentado en muchos pasajes como amor "masculino" del esposo
y padre (cf. Os 11, 1-4; Jer 3, 4-19), pero a veces también como amor
"femenino" de la madre. Esta característica del lenguaje bíblico, su modo antropomórfico
de hablar de Dios, indica también, indirectamente, el misterio del eterno
"engendrar", que pertenece a la vida íntima de Dios. Sin embargo,
este "engendrar" no posee en sí mismo cualidades
"masculinas" ni "femeninas". Es de naturaleza totalmente
divina. Es espiritual del modo más perfecto, ya que "Dios es espíritu"
(Jn 4, 24) y no posee ninguna propiedad típica del cuerpo, ni
"femenina" ni "masculina". Por consiguiente, también la
"paternidad" en Dios es completamente divina. libre de la característica
corporal "masculina", propia de la paternidad humana. En este sentido
el Antiguo Testamento hablaba de Dios como de un Padre y a él se dirigía como a
un Padre. Jesucristo, que se dirigía a Dios llamándole "Abba-Padre"
(Mc 14, 36) —por ser su Hijo unigénito y consubstancial—, y que situó esta
verdad en el centro mismo del Evangelio como normativa de la oración cristiana,
indicaba la paternidad en este sentido ultracorporal, sobrehumano, totalmente
divino. Hablaba como Hijo, unido al Padre por el eterno misterio del engendrar
divino, y lo hacía así siendo al mismo tiempo Hijo auténticamente humano de su
Madre Virgen. Si bien no se pueden atribuir cualidades humanas a la generación
eterna del Verbo de Dios, ni la paternidad divina tiene elementos
"masculinos" en sentido físico, sin embargo se debe buscar en Dios el
modelo absoluto de toda "generación" en el mundo de los seres
humanos. En este sentido —parece— leemos en la Carta a los Efesios: "Doblo
mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en
la tierra" (3, 14-15). Todo "engendrar" en la dimensión de las
criaturas encuentra su primer modelo en aquel engendrar que se da en Dios de
modo completamente divino, es decir, espiritual. A este modelo absoluto,
no-creado, se asemeja todo el "engendrar" en el mundo creado. Por
consiguiente, lo que en el engendrar humano es propio del hombre o de la mujer —esto
es, la "paternidad" y la "maternidad" humanas— lleva
consigo la semejanza, o sea, la analogía con el "engendrar" divino y
con aquella "paternidad" que en Dios es "totalmente
diversa": completamente espiritual y divina por esencia. En cambio, en el
orden humano el engendrar es propio de la "unidad de los dos": ambos
son "progenitores", tanto el hombre como la mujer. IV. EVA - MARÍA El "principio" y el pecado
9. "Constituído por Dios en un estado de santidad, el
hombre, tentado por el Maligno, desde los comienzos de la historia abusó de su
libertad, erigiéndose contra Dios y anhelando conseguir su fin fuera de
Dios".28 Con estas palabras la enseñanza del último concilio
evoca la doctrina revelada sobre el pecado y, en particular, sobre aquel primer
pecado, que es el "original". El "principio" bíblico —la
creación del mundo y del hombre en el mundo— contiene en sí al mismo tiempo la
verdad sobre este pecado, que puede ser llamado también el pecado del
"principio" del hombre sobre la tierra. Aunque la narración del Libro
del Génesis sobre este hecho está expresada de forma simbólica, como en la
descripción de la creación del hombre como varón y mujer (cf. Gén 2, 15-25),
desvela sin embargo lo que hay que llamar "el misterio del pecado" y,
más propiamente aún, "el misterio del mal" en el mundo creado por
Dios. No es posible entender el "misterio del pecado" sin
hacer referencia a toda la verdad acerca de la "imagen y semejanza"
con Dios, que es la base de la antropología bíblica. Esta verdad muestra la
creación del hombre como una donación especial por parte del Creador, en la que
están contenidos no solamente el fundamento y la fuente de la dignidad esencial
del ser humano —hombre y mujer— en el mundo creado, sino también el comienzo de
la llamada de ambos a participar de la vida íntima de Dios mismo. A la luz de
la Revelación, creación significa también comienzo de la historia de la salvación.
Precisamente en este comienzo el pecado se inserta y configura como contraste y
negación. Se puede decir, paradójicamente, que el pecado presentado en el Génesis
(c. 3) es la confirmación de la verdad acerca de la imagen y semejanza de Dios
en el hombre, si esta verdad significa libertad, es decir, la voluntad libre de
la que el hombre puede usar eligiendo el bien o de la que puede abusar
eligiendo el mal contra la voluntad de Dios. No obstante, en su significado
esencial, el pecado es la negación de lo que es Dios —como Creador— en relación
con el hombre, y de lo que Dios quiere desde el comienzo y siempre para el
hombre. Creando el hombre y la mujer a su propia imagen y semejanza Dios quiere
para ellos la plenitud del bien, es decir, la felicidad sobrenatural, que brota
de la participación de su misma vida. Cometiendo el pecado, el hombre rechaza
este don y al mismo tiempo quiere llegar a ser él mismo "como Dios,
conociendo el bien y el mal" (cf. Gén 3, 5), es decir, decidiendo sobre el
bien y el mal independientemente de Dios, su Creador. El pecado de los orígenes
tiene su "medida" humana, su metro interior, en la voluntad libre del
hombre, y lleva consigo además una cierta característica "diabólica",29
como lo pone claramente de relieve el Libro del Génesis (3, 1-5). El pecado
provoca la ruptura de la unidad originaria, de la que gozaba el hombre en el
estado de justicia original: la unión con Dios como fuente de la unidad interior
de su propio "yo", en la recíproca relación entre el hombre y la
mujer ("communio personarum"), y, por último, en relación con el
mundo exterior, con la naturaleza. La descripción bíblica del pecado original en el Génesis (c. 3)
en cierto modo "distribuye los papeles" que en él han tenido la mujer
y el hombre. A ello harán referencia más tarde algunos textos de la Biblia
como, por ejemplo, la Carta de S. Pablo a Timoteo: "Porque Adán fue
formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la
mujer" (1 Tim 2, 13-14). Sin embargo, no cabe duda de que —independientemente
de esta "distribución de los papeles" en la descripción bíblica—
aquel primer pecado es el pecado del hombre, creado por Dios varón y mujer.
Este es también el pecado de los "progenitores" y a ello se debe su
carácter hereditario. En este sentido lo llamamos "pecado original". Este pecado, como ya se ha dicho, no se puede comprender de
manera adecuada sin referirnos al misterio de la creación del ser humano —hombre
y mujer— a imagen y semejanza de Dios. Mediante esta relación se puede
comprender también el misterio de aquella "no-semejanza" con Dios, en
la cual consiste el pecado y que se manifiesta en el mal presente en la
historia del mundo; aquella "no-semejanza" con Dios, "el único
bueno" (cf. Mt 19, 17), que es la plenitud del bien. Si esta
"no-semejanza" del pecado con Dios, santidad misma, presupone la
"semejanza" en el campo de la libertad y de la voluntad libre, se
puede decir que, precisamente por esta razón, la "no-semejanza"
contenida en el pecado es más dramática y más dolorosa. Además, es necesario
admitir que Dios, como Creador y Padre, es aquí agraviado,
"ofendido", y ofendido ciertamente en el corazón mismo de aquella
donación que pertenece al designio eterno de Dios en su relación con el hombre.
Al mismo tiempo, sin embargo, también el ser humano —hombre y
mujer— es herido por el mal del pecado del cual es autor. El texto del Libro
del Génesis (c. 3) lo muestra con las palabras con las que claramente describe
la nueva situación del hombre en el mundo creado. En dicho texto se muestra la
perspectiva de la "fatiga" con la que el hombre habrá de procurarse
los medios para vivir (cf. Gén 3, 17-19), así como los grandes
"dolores" con que la mujer dará a luz a sus hijos (cf. Gén 3, 16).
Todo esto, además, está marcado por la necesidad de la muerte, que constituye
el final de la vida humana sobre la tierra. De este modo el hombre, como polvo,
"volverá a la tierra, porque de ella ha sido extraído": "eres
polvo y en polvo te convertirás" (cf. Gén 3, 19). Estas palabras son confirmadas generación tras generación. Pero
esto no significa que la imagen y la semejanza de Dios en el ser humano, tanto
mujer como hombre, haya sido destruída por el pecado; significa, en cambio, que
ha sido "ofuscada" 30 y, en cierto sentido,
"rebajada". En efecto, el pecado "rebaja" al hombre, como
nos lo recuerda también el Concilio Vaticano II.31 Si el hombre —por
su misma naturaleza de persona— es ya imagen y semejanza de Dios quiere decir
que su grandeza y dignidad se realizan en la alianza con Dios, en su unión con él,
en el tender hacia aquella unidad fundamental que pertenece a la "lógica"
interna del misterio mismo de la creación. Esta unidad corresponde a la verdad
profunda de todas las criaturas dotadas de inteligencia y, en particular, del
hombre, el cual ha sido elevado desde el principio entre las criaturas del
mundo visible mediante la eterna elección por parte de Dios en Jesús: "En
Cristo (...) nos ha elegido antes de la fundación del mundo (...) en el amor,
eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo
según el beneplácito de su voluntad" (cf. Ef 1, 4-6). La enseñanza bíblica
en su conjunto nos permite afirmar que la predestinación concierne a las
personas humanas, hombres y mujeres, a todos y a cada uno sin excepción. "Él te dominará" 10. La descripción bíblica del Libro del Génesis delinea la
verdad acerca de las consecuencias del pecado del hombre, así como indica
igualmente la alteración de aquella originaria relación entre el hombre y la
mujer, que corresponde a la dignidad personal de cada uno de ellos. El hombre,
tanto varón como mujer, es una persona y, por consiguiente, "la única
criatura sobre la tierra que Dios ha amado por sí misma"; y al mismo
tiempo precisamente esta criatura única e irrepetible "no puede encontrar
su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás".32
De aquí surge la relación de "comunión", en la que se expresan la
"unidad de los dos" y la dignidad como persona tanto del hombre como
de la mujer. Por tanto, cuando leemos en la descripción bíblica las palabras
dirigidas a la mujer: "Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará"
(Gén 3, 16), descubrimos una ruptura y una constante amenaza precisamente en
relación a esta "unidad de los dos", que corresponde a la dignidad de
la imagen y de la semejanza de Dios en ambos. Pero esta amenaza es más grave
para la mujer. En efecto, al ser un don sincero y, por consiguiente, al vivir
"para" el otro aparece el dominio: "él te dominará". Este
"dominio" indica la alteración y la pérdida de la estabilidad de
aquella igualdad fundamental, que en la "unidad de los dos" poseen el
hombre y la mujer; y esto, sobre todo, con desventaja para la mujer, mientras
que sólo la igualdad, resultante de la dignidad de ambos como personas, puede
dar a la relación recíproca el carácter de una auténtica "communio
personarum". Si la violación de esta igualdad, que es conjuntamente don y
derecho que deriva del mismo Dios Creador, comporta un elemento de desventaja
para la mujer, al mismo tiempo disminuye también la verdadera dignidad del
hombre. Tocamos aquí un punto extremadamente delicado de la dimensión de aquel
"ethos", inscrito originariamente por el Creador en el hecho mismo de
la creación de ambos a su imagen y semejanza. Esta afirmación del Génesis 3, 16 tiene un alcance grande y
significativo. Implica una referencia a la relación recíproca del hombre y de
la mujer en el matrimonio. Se trata del deseo que nace en el clima del amor
esponsal, el cual hace que "el don sincero de sí misma" por parte de
la mujer halle respuesta y complemento en un "don" análogo por parte
del marido. Solamente basándose en este principio ambos —y en particular la
mujer— pueden "encontrarse" como verdadera "unidad de los
dos" según la dignidad de la persona. La unión matrimonial exige el
respeto y el perfeccionamiento de la verdadera subjetividad personal de ambos.
La mujer no puede convertirse en "objeto" de "dominio" y de
"posesión" masculina. Las palabras del texto bíblico se refieren
directamente al pecado original y a sus consecuencias permanentes en el hombre
y en la mujer. Ellos, cargados con la pecaminosidad hereditaria, llevan consigo
el constante "aguijón del pecado", es decir, la tendencia a
quebrantar aquel orden moral que corresponde a la misma naturaleza racional y a
la dignidad del hombre como persona. Esta tendencia se expresa en la triple
concupiscencia que el texto apostólico precisa como concupiscencia de los ojos,
concupiscencia de la carne y soberbia de la vida (cf. 1 Jn 2, 16). Las palabras
ya citadas del Génesis (3, 16) indican el modo con que esta triple
concupiscencia, como "aguijón del pecado", se dejará sentir en la relación
recíproca del hombre y la mujer. Las mismas palabras se refieren directamente al matrimonio, pero
indirectamente conciernen también a los diversos campos de la convivencia
social: aquellas situaciones en las que la mujer se encuentra en desventaja o
discriminada por el hecho de ser mujer. La verdad revelada sobre la creación
del ser humano, como hombre y mujer, constituye el principal argumento contra
todas las situaciones que, siendo objetivamente dañinas, es decir injustas,
contienen y expresan la herencia del pecado que todos los seres humanos llevan
en sí. Los Libros de la Sagrada Escritura confirman en diversos puntos la
existencia efectiva de tales situaciones y proclaman al mismo tiempo la
necesidad de convertirse, es decir, purificarse del mal y librarse del pecado:
de cuanto ofende al otro, de cuanto "disminuye" al hombre, y no sólo
al que es ofendido, sino también al que ofende. Este es el mensaje inmutable de
la Palabra revelada por Dios. De esta manera se explicita el "ethos"
bíblico en toda su amplitud.33 En nuestro tiempo la cuestión de los "derechos de la
mujer" ha adquirido un nuevo significado en el vasto contexto de los
derechos de la persona humana. Iluminando este programa, declarado
constantemente y recordado de diversos modos, el mensaje bíblico y evangélico
custodia la verdad sobre la "unidad" de los "dos", es
decir, sobre aquella dignidad y vocación que resultan de la diversidad específica
y de la originalidad personal del hombre y de la mujer. Por tanto, también la
justa oposición de la mujer frente a lo que expresan las palabras bíblicas
"el te dominará" (Gén 3, 16) no puede de ninguna manera conducir a la
"masculinización" de las mujeres. La mujer —en nombre de la liberación
del "dominio" del hombre— no puede tender a apropiarse de las
características masculinas, en contra de su propia "originalidad"
femenina. Existe el fundado temor de que por este camino la mujer no llegará a
"realizarse" y podría, en cambio, deformar y perder lo que constituye
su riqueza esencial. Se trata de una riqueza enorme. En la descripción bíblica
la exclamación del primer hombre, al ver la mujer que ha sido creada, es una
exclamación de admiración y de encanto, que abarca toda la historia del hombre
sobre la tierra. Los recursos personales de la femineidad no son ciertamente
menores que los recursos de la masculinidad; son sólo diferentes. Por
consiguiente, la mujer —como por su parte también el hombre— debe entender su
"realización" como persona, su dignidad y vocación, sobre la base de
estos recursos, de acuerdo con la riqueza de la femineidad, que recibió el día
de la creación y que hereda como expresión peculiar de la "imagen y semejanza
de Dios". Solamente de este modo puede ser superada también aquella
herencia del pecado que está contenida en las palabras de la Biblia:
"Tendrás ansia de tu marido y él te dominará". La superación de esta
herencia mala es, generación tras generación, tarea de todo hombre, tanto mujer
como hombre. En efecto, en todos los casos en los que el hombre es responsable
de lo que ofende la dignidad personal y la vocación de la mujer, actúa contra
su propia dignidad personal y su propia vocación. Protoevangelio 11. El Libro del Génesis da testimonio del pecado que es el mal
del "principio" del hombre, así como de sus consecuencias que desde
entonces pesan sobre todo el género humano, y al mismo tiempo contiene el
primer anuncio de la victoria sobre el mal, sobre el pecado. Lo prueban las
palabras que leemos en el Génesis 3, 15, llamadas generalmente
"Protoevangelio": "Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre
tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar".
Es significativo que el anuncio del redentor, del salvador del mundo, contenido
en estas palabras, se refiera a "la mujer", la cual es nombrada en el
Protoevangelio en primer lugar, como progenitora de aquél que será el redentor
del hombre.34 Y si la redención debe llevarse a cabo mediante la
lucha contra el mal, por medio "de la enemistad" entre la estirpe de
la mujer y la estirpe de aquél que como "padre de la mentira" (Jn 8,
44) es el primer autor del pecado en la historia del hombre, ésta será también
la enemistad entre él y la mujer. En estas palabras se abre la perspectiva de toda la Revelación,
primero como preparación al Evangelio y después como Evangelio mismo. En esta
perspectiva se unen bajo el nombre de la mujer las dos figuras femeninas: Eva y
María. Las palabras del Protoevangelio, releídas a la luz del Nuevo
Testamento, expresan adecuadamente la misión de la mujer en la lucha salvífica
del redentor contra el autor del mal en la historia del hombre. La confrontación Eva - María reaparece constantemente en el curso
de la reflexión sobre el depósito de la fe recibida por la Revelación divina y
es uno de los temas comentados frecuentemente por los Padres, por los
escritores eclesiásticos y por los teólogos.35 De ordinario, de esta
comparación emerge a primera vista una diferencia, una contraposición. Eva,
como "madre de todos los vivientes" (Gén 3, 20), es testigo del
"comienzo" bíblico en el que están contenidas la verdad sobre la
creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, y la verdad sobre el pecado
original. María es testigo del nuevo "principio" y de la "nueva
criatura" (cf. 2 Cor 5, 17). Es más, ella misma, como la primera redimida
en la historia de la salvación, es "una nueva criatura"; es la
"llena de gracia". Es difícil comprender por qué las palabras del
Protoevangelio ponen tan fuertemente en evidencia a la "mujer" si no
se admite que en ella tiene su comienzo la nueva y definitiva Alianza de Dios
con la humanidad, la Alianza en la Sangre redentora de Cristo. Esta Alianza tiene
su comienzo con una mujer, la "mujer", en la Anunciación de Nazaret.
Esta es la absoluta novedad del Evangelio. En el Antiguo Testamento otras veces
Dios, para intervenir en la historia de su pueblo, se había dirigido a algunas
mujeres, como, por ejemplo, a la madre de Samuel y de Sansón; pero para
estipular su Alianza con la humanidad se había dirigido solamente a hombres: Noé,
Abraham, Moisés. Al comienzo de la Nueva Alianza, que debe ser eterna e
irrevocable, está la mujer: la Virgen de Nazaret. Se trata de un signo
indicativo de que "en Jesucristo" "no hay ni hombre ni
mujer" (Gál 3, 28). En él la contraposición recíproca entre el hombre y la
mujer —como herencia del pecado original— está esencialmente superada.
"Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús", escribe el Apóstol (Gál 3,
28). Estas palabras tratan sobre aquella originaria "unidad de
los dos", que está vinculada a la creación del hombre, como varón y mujer,
a imagen y semejanza de Dios, según el modelo de aquella perfectísima comunión
de Personas que es Dios mismo. Las palabras de la epístola paulina constatan
que el misterio de la redención del hombre en Jesucristo, hijo de María, toma y
renueva lo que en el misterio de la creación correspondía al eterno designio de
Dios Creador. Precisamente por esto, el día de la creación del hombre como varón
y mujer "Dios vio cuanto había hecho y todo estaba muy bien" (Gén 1,
31). La redención, en cierto sentido, restituye en su misma raíz el bien que ha
sido esencialmente "rebajado" por el pecado y por su herencia en la
historia del hombre. La "mujer" del Protoevangelio está situada en la
perspectiva de la redención. La confrontación Eva - María puede entenderse
también en el sentido de que María asume y abraza en sí misma este misterio de
la "mujer", cuyo comienzo es Eva, "la madre de todos los
vivientes" (Gén 3, 20). En primer lugar lo asume y lo abraza en el
interior del misterio de Cristo, "nuevo y último Adán" (cf. 1 Cor 15,
45), el cual ha asumido en la propia persona la naturaleza del primer Adán. En
efecto, la esencia de la nueva Alianza consiste en el hecho de que el Hijo de
Dios, consubstancial al eterno Padre, se hace hombre y asume la humanidad en la
unidad de la Persona divina del Verbo. El que obra la Redención es al mismo
tiempo verdadero hombre. El misterio de la Redención del mundo presupone que
Dios-Hijo ha asumido ya la humanidad como herencia de Adán, llegando a ser
semejante a él y a cada hombre en todo, "excepto en el pecado"(Heb 4,
15). De este modo él "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y
le descubre la sublimidad de su vocación", como enseña el Concilio
Vaticano II;36 en cierto sentido, le ha ayudado a descubrir "qué
es el hombre" (cf. Sal 8, 5). A través de todas las generaciones, en la tradición de la fe y
de la reflexión cristiana, la correlación Adán - Cristo frecuentemente acompaña
a la de Eva - María. Dado que a María se la llama también "nueva
Eva", ¿cuál puede ser el significado de esta analogía? Ciertamente es múltiple.
Conviene detenernos particularmente en el significado que ve en María la
manifestación de todo lo que está comprendido en la palabra bíblica
"mujer", esto es, una revelación correlativa al misterio de la
redención. María significa, en cierto sentido, superar aquel límite del que
habla el Libro del Génesis (3, 16) y volver a recorrer el camino hacia aquel
"principio" donde se encuentra la "mujer" como fue querida
en la creación y, consiguientemente, en el eterno designio de Dios, en el seno
de la Santísima Trinidad. María es "el nuevo principio" de la
dignidad y vocación de la mujer, de todas y cada una de las mujeres.37
La clave para comprender esto pueden ser, de modo particular,
las palabras que el evangelista pone en labios de María después de la Anunciación,
durante su visita a Isabel: "Ha hecho en mi favor maravillas el
Poderoso" (Lc 1, 49). Esto se refiere ciertamente a la concepción del
Hijo, que es "Hijo del Altísimo" (Lc 1, 32), el "santo" de
Dios; pero a la vez pueden significar el descubrimiento de la propia humanidad
femenina. "Ha hecho en mi favor maravillas": éste es el
descubrimiento de toda la riqueza, del don personal de la femineidad, de toda
la eterna originalidad de la "mujer" en la manera en que Dios la
quiso, como persona en sí misma y que al mismo tiempo puede realizarse en
plenitud "por medio de la entrega sincera de sí". Este descubrimiento se relaciona con una clara conciencia del
don, de la dádiva por parte de Dios. El pecado ya desde el "principio"
había ofuscado esta conciencia; en cierto sentido la había sofocado, como
indican las palabras de la primera tentación por obra del "padre de la
mentira" (cf. Gén 3, 1-5). Con la llegada de "la plenitud de los
tiempos" (cf. Gál 4, 4), mientras comienza ya a cumplirse en la historia
de la humanidad el misterio de la redención, esta conciencia irrumpe con toda
su fuerza en las palabras de la "mujer" bíblica de Nazaret. En María,
Eva vuelve a descubrir cuál es la verdadera dignidad de la mujer, de su humanidad
femenina. Y este descubrimiento debe llegar constantemente al corazón de cada
mujer, para dar forma a su propia vocación y a su vida. V. JESUCRISTO "Se sorprendían de que hablara con una mujer"
12. Las palabras del Protoevangelio en el Libro del Génesis nos
permiten pasar al ámbito del Evangelio. La redención del hombre anunciada allí
se hace aquí realidad en la persona y en la misión de Jesucristo, en quien
reconocemos también lo que significa la realidad de la redención para la
dignidad y la vocación de la mujer. Este significado es aclarado por las
palabras de Cristo y por el conjunto de sus actitudes hacia las mujeres, que es
sumamente sencillo y, precisamente por esto, extraordinario si se considera el
ambiente de su tiempo; se trata de una actitud caracterizada por una
extraordinaria transparencia y profundidad. Diversas mujeres aparecen en el
transcurso de la misión de Jesús de Nazaret, y el encuentro con cada una de
ellas es una confirmación de la "novedad de vida" evangélica, de la
que ya se ha hablado. Es algo universalmente admitido —incluso por parte de quienes se
ponen en actitud crítica ante el mensaje cristiano—que Cristo fue ante sus
contemporáneos el promotor de la verdadera dignidad de la mujer y de la vocación
correspondiente a esta dignidad. A veces esto provocaba estupor, sorpresa,
incluso llegaba hasta el límite del escándalo. "Se sorprendían de que
hablara con una mujer" (Jn 4, 27) porque este comportamiento era diverso
del de los israelitas de su tiempo. Es más, "se sorprendían" los
mismos discípulos de Cristo. Por su parte, el fariseo, a cuya casa fue la mujer
pecadora para ungir con aceite perfumado los pies de Jesús, "se decía para
sí: Si éste fuera profeta sabría quién y qué clase de mujer es la que le está
tocando, pues es una pecadora" (Lc 7, 39). Gran turbación e incluso
"santa indignación" debían causar en quienes escuchaban, satisfechos
de sí mismos, aquellas palabras de Cristo: "los publicanos y las
prostitutas os precederán en el reino de Dios" (Mt 21, 31). Quien así hablaba y actuaba daba a entender que conocía a fondo
"los misterios del Reino". También conocía "lo que en el hombre
había" (Jn 2, 25), es decir, en su intimidad, en su "corazón".
Era además testigo del eterno designio de Dios sobre el hombre creado por Él a
su imagen y semejanza, como hombre y mujer. Era también plenamente consciente
de las consecuencias del pecado, de aquel "misterio de iniquidad" que
actúa en los corazones humanos como fruto amargo del ofuscamiento de la imagen
divina. ¡Qué significativo es el hecho de que, en el coloquio fundamental sobre
el matrimonio y sobre su indisolubilidad, Jesús, delante de sus interlocutores,
que eran por oficio los conocedores de la ley, "los escribas",
hiciera referencia al "principio"! La pregunta que le habían hecho
era sobre el derecho "masculino" a "repudiar a la propia mujer
por un motivo cualquiera" (Mt 19, 3); y, consiguientemente, se refería
también al derecho de la mujer a su justa posición en el matrimonio, a su
dignidad. Los interlocutores de Jesús pensaban que tenían a su favor la
legislación mosaica vigente en Israel: "Moisés prescribió dar acta de
divorcio y repudiarla"(Mt 19, 7). A lo cual Jesús respondió: "Moisés
teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón os permitió repudiar a vuestras
mujeres; pero al principio no fue así" (Mt 19, 8). Jesús apela al
"principio", esto es, a la creación del hombre, como varón y mujer, y
a aquel designio divino que se fundamenta en el hecho de que ambos fueron
creados "a su imagen y semejanza". Por esto, cuando el hombre
"deja a su padre y a su madre" para unirse con la propia mujer,
llegando a ser "una sola carne", queda en vigor la ley que proviene
de Dios mismo: "Lo que Dios unió no lo separe el hombre" (Mt 19, 6). El principio de este "ethos", que desde el comienzo ha
sido inserto en la realidad de la creación, es ahora confirmado por Cristo
contradiciendo aquella tradición que comportaba la discriminación de la mujer.
En esta tradición el varón "dominaba", sin tener en cuenta
suficientemente a la mujer y a aquella dignidad que el "ethos" de la
creación ha puesto en la base de las relaciones recíprocas de dos personas
unidas en matrimonio. Este "ethos" es recordado y confirmado por las
palabras de Cristo: es el "ethos" del Evangelio y de la redención. Las mujeres del Evangelio |