JOSE MARIA IRABURU

"El matrimonio en Cristo"

 

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El pudor

Si sobre la castidad habéis oído con frecuencia muchas mentiras y calumnias, tantas o más, acompañadas de ridiculaciones y desprecios, habréis captado en referencia al pudor. Para muchos insensatos el pudor sería un sentimiento morboso que todavía se da en personas de dudosa salud psíquica y moral. Pero ya veréis, si ponéis en ello un poco de buena voluntad, que la verdad es muy otra.

El pudor y la vergüenza

El pudor está en relación con el sentimiento de vergüenza. La Biblia afirma que el hombre primero, antes del pecado, no se avergonzaba de su desnudez corporal. «El hombre y su mujer estaban desnudos, sin avergonzarse de ello» (Gén 2,25). Pero después del pecado, que trastorna profundamente todo su ser psicosomático, el hombre es consciente de que en su íntima esfera de la sexualidad se producen ciertas turbulencias de las que siente vergüenza, pues ve que apenas puede dominarlas, que escapan en buena medida del dominio de su voluntad. En efecto, «se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron» (3,7). Y según la Escritura, el Creador aprueba esta actitud del hombre pecador, y la confirma: «Yavé Dios les hizo al hombre y a la mujer unas túnicas de pieles, y los vistió» (3,21).

Esta interpretación del misterio del pudor es maravillosamente verdadera. Sin embargo, lógicamente, es incompleta, y exige ulteriores desarrollos. No se puede vincular simplemente el impudor a la desnudez. Puede darse, en ciertas regiones, una desnudez púdica; y por el contrario, una persona bien vestida puede hablar, mirar, sonreir, y mantener actitudes abiertamente impúdicas. Ya véis, pues, que es necesario el complemento de otros argumentos para penetrar más el misterio del pudor.

El pudor y la intimidad

El pudor es un sentimiento de protección de la intimidad personal. La persona posee una interioridad y una corporalidad que, ambas, pertenecen a su misterio personal como algo propio y exclusivo, y que sólo libremente manifiesta a otras personas de su elección. El pudor, pues, tiende a guardar un equilibrio constante entre privacidad y comunicación.

Concretamente, el pudor sexual oculta las partes corporales de más clara significación sexual, sobre todo a las personas del sexo opuesto. Sin embargo, fijáos en la naturaleza exacta de este ocultamiento, que normalmente es físico, pero que a veces es un ocultamiento de modalidad exclusivamente psicológica. En efecto, como vimos, no se identifican impudor y desnudez, o pudor y vestido. En una tribu primitiva, en donde lo normal sea la desnudez, una mujer que se cubriera parcialmente con ciertas prendas delicadas occidentales podría resultar impúdica. Y otra, en cambio, que se mantuviera en la normal desnudez, sentiría gran vergüenza si fuera despojada de un cierto cordoncillo femenino que en aquella tribu es llevado por toda mujer honesta.

Manifestación y ocultamiento

La persona es por sí misma libre, dueña de sí, inalienable, inviolable, y por eso mismo se manifiesta o se oculta según su elección. Esta autopertenencia natural de la persona halla una de sus expresiones en el fenómeno del pudor sexual. Los animales no experimentan el pudor, ni tampoco los niños, cuya personalidad está todavía en estado incipiente. El pudor, por tanto, es algo que pertenece exclusivamente a la persona humana, y que se desarrolla con el crecimiento de ésta.

La persona intuye siempre, aunque no siempre de modo consciente, que puede ser apreciada por otros en cuanto exclusivo objeto de placer. Por eso la necesidad espontánea de ocultar los valores sexuales es una manera de procurar que se descubran los valores de la persona. Adviértase además en esto que el pudor no sólamente protege el valor de la persona, que no acepta descubrirse a cualquiera, sino que revela su valor, y precisamente en relación con los valores sexuales ligados a ella. Dicho en otras palabras, la persona -la persona en cuanto tal- es más atractiva en el pudor que en el impudor. Y concretamente, por lo que al vestido se refiere, la persona se expresa con mayor elocuencia en el lenguaje no-verbal del vestido que en la desnudez, que por sí misma es muda. En una playa masiva, miles de personas quedan ocultas en su anónima desnudez.

Existe, por otra parte, un pudor natural acerca de la unión sexual, por el cual el hombre y la mujer procuran sustraerse a miradas ajenas, que observarían el acto captando sólamente sus manifestaciones corporales. Y es que el mismo pudor que tiende a encubrir los valores sexuales para proteger el valor de la persona, tiende igualmente a ocultar el acto sexual para proteger el valor del amor mutuo.

A esta razón ha de añadirse otra, que ya he apuntado antes. De tal modo el hombre es consciente de la dignidad de su libertad, que experimenta una cierta vergüenza natural en todo acto que escapa al dominio pleno de su voluntad. Y en este sentido, el ocultamiento del acto sexual viene determinado por el mismo impulso que lleva al hombre, por ejemplo, a ocultarse -o al menos a ocultar su rostro- cuando se ve dominado por un llanto incontenible.

Todo esto nos hace comprender que, sin duda alguna, el pudor es algo natural, es algo que nace de la misma naturaleza humana, aunque, como ya hemos indicado con algunos ejemplos, puede tener, en los modos íntimos o externos de experimentarlo, formas muy diversas, sujetas en gran medida a influjos socioculturales.

El pudor femenino y el masculino

El pudor femenino suele darse en modo ambivalente. Por una parte, la mujer tiende a ser especialmente pudorosa, como medida instintiva de defensa ante la sensualidad más agresiva del hombre, y para suscitar así la valoración de su propia persona. Por otra, al ser ella más afectiva que sensual, experimenta menos la necesidad de ocultar su cuerpo, en cuanto objeto de placer. En este sentido, algunas mujeres hay que, más que impúdicas, parecen tontas.

El pudor masculino surge con motivaciones semejantes, pero también diversas. Siendo el hombre más consciente de su propia sensualidad, tiene pudor de su propio cuerpo, porque siente vergüenza de la manera como puede reaccionar en presencia de la mujer.

El pudor en el amor conyugal

Así las cosas, es obvio que el sentimiento de vergüenza se ve absorbido por el amor cuando las personas se unen en la recíproca donación conyugal. Como vimos, el pudor constituye una defensa natural de la persona, que quiere ser apreciada por sí misma, en una valoración que, por supuesto, incluye los valores sexuales. Pues bien, cuando en una pareja se da el amor mutuo conyugal, desaparecen las defensas naturales del pudor, pues ya no tienen razón de ser. Es decir, cuando las personas son conscientes de que por el amor han hecho donación y aceptación mutua de sí mismas, no queda ya lugar para el pudor: son ya «una sola carne».

En este sentido, las relaciones sexuales entre los esposos no son una forma de impudor legalizada gracias al matrimonio, sino que son naturalmente conformes a las exigencias interiores del pudor. Incluso los novios más pudibundos llegan a comprender rápidamente en el matrimonio lo que dice la Escritura: «Y vio Dios que era muy bueno cuanto había hecho» (Gén 1,31).

Ahora bien, según lo dicho, no es aceptable que la vergüenza sea vencida por cualquier amor, pues esto es precisamente lo que el pudor genuino trata de evitar. Como ya hemos visto, el amor de los sentidos o el amor del sentimiento, aunque sea auténtico y recíproco, no se identifica con aquel amor de la voluntad que, integrando el sentimiento, es capaz de impulsar una donación real y mutua de las personas. Y por eso es preciso decir que el verdadero pudor sólamente acepta ser vencido por el verdadero amor. Precisamente la facilidad con que una persona pierde la vergüenza ante cualquier situación erótica sensual-afectiva, es signo claro de impudor y desvergüenza.

Y aún conviene afirmar otra verdad: es falso que sea imposible o morboso el impudor entre los esposos. Una persona, incluso, puede mostrarse indecente consigo misma. «Todo es lícito, pero no todo conviene» (1Cor 10,23).

La naturalidad del pudor

Algunas concepciones, tan ingenuas como falsas, llevan a ver como natural el impudor de ciertos hombres primitivos. El vestido, por ejemplo, según esto, sería una desviación maligna de lo natural. Más aún, el pudor sería un sentimiento morboso, anti-natural. Ya vimos, sin embargo, que no se identifica sin más desnudez e impudor, y que el cordoncito de aquella mujer desnuda y primitiva significa mucho en el lenguaje no-verbal del pudor. En todo caso, es testimonio común de los etnólogos que el sentido del pudor existe, más o menos desarrollado, en los pueblos más primitivos, aunque sus modalidades concretas puedan resultarnos desconcertantes.

Pero aun concediendo que en esta humanidad primitiva apenas exista, como sucede en los niños, el sentimiento del pudor, tendremos que reconocer que tal situación no designa el estado de naturaleza, y que más bien el impudor ha de ser entendido como un subdesarrollo en los valores naturales humanos. De hecho, en esos hombres y mujeres primitivos se aprecia a veces que apenas tienen conciencia de su propia personalidad individual: se consideran como una célula de la tribu, que, ella sí, es un ente personal -a no ser que la condición personal de la tribu quede asumida de modo exclusivo en el totem tribal-. Habrá, pues, que esperar -y que procurar- que estos hombres, desarrollando más la conciencia psicológica y moral de su propia personalidad individual, despierten del todo al sentido del pudor, pues éste es un sentimiento natural y exclusivo de la naturaleza humana.

Por todo esto, el impudor moderno significa una disminución en los valores naturales de personas y pueblos. Es, como en tantas otras cuestiones, un retroceso -exigido por quienes se dicen progresistas- hacia formas de vida humana más groseras, menos evolucionadas. En efecto, los que propugnan el empobrecimiento humano del impudor -con un celo, realmente, digno de mejor causa- trabajan contra la naturaleza del hombre, degradan la dignidad de la persona humana, y procuran difundir un analfabetismo que haga ininteligible el lenguaje del pudor.

Relatividad de las formas del pudor

Algunos hay que quieren legitimar el impudor alegando la relatividad de las normas del pudor: «El pudor es una mera convención social arbitraria, pues lo que ayer era inadmisible, hoy se ve como lícito, y lo que aquí se rechaza, es admitido en otras partes por gente honesta. Ya se ve, pues, que es algo completamente relativo, que conviene dejar a un lado».

Ahora bien, la variedad indudable de las modalidades del pudor -según condicionamientos de clima, cultura, tradición- no prueba en modo alguno que el mismo pudor/impudor sea algo relativo. No prueba que ese sentimiento sea ajeno a la naturaleza del hombre, y que sólo sea causado por convenciones sociales históricas. También existen muchas lenguas diferentes, y lo que aquí se dice de un modo, allí se dice de otro; pero deducir de ahí que el lenguaje humano no existe, o que, ya que es algo meramente convencional y relativo, debe ser ignorado o suprimido, parece una conclusión un tanto excesiva.

El lenguaje del pudor es una realidad evidente de la especie humana, y la variedad innumerable de sus dialectos, en los diferentes pueblos y épocas, lo único que demuestra es eso: que es una realidad innegable de la naturaleza humana. El impudor, destruyendo la belleza de este lenguaje del pudor, tan humano, significa retroceder de la palabra humana al gruñido del animal. Presentando al hombre y a la mujer como objetos principalmente eróticos, el impudor tiene siempre algo de lastimoso, y llega a veces a lo ridículo.

La mala antropología del impudor

El impudor denota un cierto dualismo antropológico completamente falso, según el cual el cuerpo no es propiamente el hombre, sino algo que le pertenece en forma externa y accidental. Cuando una persona, en este sentido, no se identifica con su propio cuerpo, y como que se extraña de él, puede mostrarlo -darlo a la vista- o entregarlo -darlo al tacto- sin que por eso ella misma se muestre o se dé. Esta moderna devaluación del cuerpo, señalada por varios psicólogos actuales, y muy frecuente en la antigüedad, vacía el pudor de sentido, trivializa completamente el acto sexual -que no vendría a ser mucho más que, por ejemplo, tomar una buena ducha-, y explica muchas degradaciones presentes de la vida sexual: «Yo puedo prestar mi cuerpo a quien me plazca, pues al entregarlo, no me entrego yo personalmente».

Hay en todo esto una inmensa ignorancia de la verdad del hombre. La persona humana es unión substancial entre alma y cuerpo. El hombre, la mujer, no sólo tiene un cuerpo, sino que es su cuerpo, aunque no sólo sea ello. Esta antropología es la única que puede dar una fundamentación adecuada al pudor sexual y a toda la moral referida a la vida sexual.

La pornografía

Hablando de estas cuestiones, no es posible olvidar la indecible miseria de la pornografía, que es el impudor en el arte, en la publicidad o en otros medios de expresión social. Acentuando el sexo en la presentación del cuerpo humano y del amor, lo disocia de toda referencia a los valores personales, y busca principalmente excitar la sensualidad del espectador o del consumidor. Es pues, evidentemente, una tendencia perversa, frecuentemente motivada por el interés económico. El arte, sin duda, tiene el derecho y aún el deber de reproducir el cuerpo humano, lo mismo que el amor del hombre y de la mujer, diciendo sobre ello toda la verdad y nada más que la verdad. Pero así como el arte verdadero dice la verdad sobre el sexo y el amor, la pornografía es un arte falso, una belleza miserable, una expresión que deshumaniza y degrada al hombre.

 

 

 

 


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