JOSE MARIA IRABURU

"El matrimonio en Cristo"

 

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La transmisión de la vida humana

Habéis podido reflexionar hasta aquí en el matrimonio, fijándoos especialmente en la calidad del amor conyugal, por el que se unen para siempre un hombre y una mujer. Pero ahora es preciso que consideréis esa unión en cuanto fuente sagrada de nuevas vidas humanas. Ésta es la otra vertiente, igualmente grandiosa, del matrimonio humano.

Sexología y moral

La sexología es una joven ciencia, que ha tenido notables desarrollos en los últimos tiempos. La sexología biológica, ligada a la medicina, estudia la vida sexual en relación con la salud. Y la sexología psico-sociológica investiga las conductas sexuales. Ésta -aunque no tendría por qué ser así- tiene hoy frecuentemente la tendencia a confundir lo mayoritario con lo normal, es decir, con lo sano, más aún, con lo lícito. Pero, fijáos bien en esto, lo mismo que no ha de confundirse lo mayoritario con lo lícito, tampoco pueden deducirse las normas morales de las simples prescripciones médicas, pues sanidad y moral son categorías diversas.

Pues bien, la moral de la sexualidad conyugal recibe datos valiosos de la sexología biológica, psicológica y sociológica, pero ella se atiene a normas propias más altas, las que rigen el amor verdadero y guardan la dignidad de la persona humana. La moral sexual, en efecto, que expresa el mandato del amor, manifiesta qué es lo que el hombre debe a la mujer, y ésta a aquél, tanto en el orden del amor como de la justicia.

Ahora bien, merece la pena considerar algunos datos que la sexología proporciona a la moral conyugal, siquiera sea brevemente:

1.-La vida sexual del hombre es muy diferente de la de los animales. Éstos se unen sólamente en los tiempos aptos para la procreación, en tanto que la tendencia sexual en la pareja humana permanece también despierta en el tiempo infecundo de la mujer. En ello vemos que la sexualidad humana es algo más que sólo reproducción; es también amor interpersonal.

2.-Que el sexo está directamente vinculado a la procreación es algo obvio para el análisis biológico. Las diferencias y complementaciones fisiológicas entre hombre y mujer expresan en forma inequívoca que el sexo está orientado naturalmente hacia el fin de la procreación.

3.-El acto sexual requiere la participación de la voluntad, y no es el resultado automático de una excitación de la sensualidad. Una conciencia volitiva, siquiera al comienzo del proceso que lleva al acto sexual, es necesaria, al menos si se quiere que el acto sexual tenga la dignidad propia de lo que es un acto humano.

4.-Una educación sexual, del hombre para acomodarse a la mujer, y de la mujer para armonizarse con el hombre, es indispensable. El hombre, muy especialmente, por su actitud más determinante en el acto sexual, debe tener sumo cuidado en no someter a la mujer de modo egoísta a las exigencias de su propio cuerpo y psiquismo. Por lo demás, es indudable que el amor verdadero -el que es casto, libre y abnegado-, buscando apasionadamente el bien del otro, y no sólo el propio, es el mejor maestro para la vida sexual. Cuando cada uno de los esposos estima que «el otro es más importante que yo» será muy raro que surgan problemas serios de armonía sexual, o que si éstos se producen -por inexperiencia o por ciertas anomalías psicológicas- no se superen más o menos pronto. Otra cosa hará pensar en la necesidad de consultar con un médico sexólogo. Pero éste no podrá prestar grandes ayudas si no halla en los esposos un amor conyugal auténtico: él podrá liberar este amor, pero no podrá suplirlo con su ciencia y sus técnicas.

5.-La armonía sexual no es algo sobre todo físico, sino que está principalmente en función de factores psicológicos y morales. Los sexólogos comprueban que las relaciones sexuales más armoniosas son aquéllas realizadas con amor, sin tensiones de conciencia, en una entrega plenamente confiada. Graves perturbaciones de la vida sexual proceden, por ejemplo, del miedo morboso a tener un hijo (actitud anticonceptiva) o del temor a verse abandonado por el cónyuge (posibilidad de divorcio). El matrimonio monógamo e indisoluble, abierto a la transmisión de la vida, es sin duda, desde el punto de vista estrictamente sexual, y en todos los sentidos, el más sano.

6.-Los ensayos sexuales anteriores al matrimonio en modo alguno ayudan a la felicidad conyugal. No ayudan a elegir la pareja, pues la vida conyugal estable es cualitativamente diversa de la cohabitación temporal; es otra cosa. Tampoco ayudan en nada al aprendizaje de la armonía sexual, que sólo puede ser adquirida entre dos personas que se entregan mutuamente para siempre, y que saben ejercitarse cuando conviene, como hemos visto, en la virtud de la continencia.

Ley natural y leyes de la naturaleza

Antes de que entréis en el formidable tema de la transmisión de la vida humana, conviene que tengáis en cuenta una distinción importante. Mientras que las leyes de la naturaleza rigen la esfera necesaria de los fenómenos naturales, físicos, químicos, vegetativos, etc., es la ley natural la que gobierna la esfera libre de los actos humanos. El hombre, como es obvio, aunque también está sujeto a las leyes de la naturaleza -la ley de la gravedad, por ejemplo-, puede estudiarlas, combinar su virtualidad, y hasta manipularlas, en cierto sentido, y ponerlas a su servicio. Puede, por ejemplo, extirparse un riñón, disminuyendo así la propia vitalidad, para salvar la vida de otra persona; puede construir una nave espacial que escape a la ley de la gravedad terrestre. Precisamente es vocación del hombre dominar la tierra, y ponerla al servicio del género humano (Gén 1,28).

Según esto, la vida moral del hombre no se guía tanto por las leyes de la naturaleza, sino por la ley natural, que es distinta de aquéllas. La ley natural transciende las leyes de la naturaleza y se eleva sobre ellas tanto como la persona humana supera cualitativamente todo el mundo de los seres no-libres. Por tanto, en el mundo de los hombres, la aplicación concreta de las leyes de la naturaleza está siempre subordinada a la guía superior de la ley natural, es decir, de la moral. Y así como es posible conocer las leyes de la naturaleza, es también posible conocer la ley natural, que obliga a las personas humanas en conciencia.

Amor conyugal y procreación responsable

Pues bien, es ley natural que ni la procreación se realice sin amor conyugal, ni el amor conyugal se cierre a una posible procreación. Lo primero denuncia como ilícita toda concepción realizada de modo violento (violación) o de manera artificial (fertilización in vitro), al margen de su propia forma amorosa conyugal. La persona humana no debe fabricarse, sino engendrarse. Lo segundo señala como intrínsecamente deshonesta la anticoncepción, es decir, aquella unión sexual de los esposos que suprime radicalmente por medios artificiales toda referencia a una posible transmisión de vida.

Pero esta ley moral que rige el amor conyugal humano no prohibe, llegado el caso, una prudente y honesta limitación en el número de las concepciones. Aunque en principio es un gran bien tener muchos hijos, no sólo por la gran ventaja que ello implica para la educación y maduración de los mismos, sino sobre todo por el valor supremo de las personas humanas que surgen a la vida, de hecho, pueden darse circunstancias que aconsejen a los padres renunciar a tener más hijos o distanciar más o menos la concepción -enfermedades graves psíquicas o somáticas, condiciones económicas muy precarias, etc.-.

Ahora bien, si ha de mantenerse siempre la posible conexión entre amor y procreación ¿cómo realizar esta limitación honestamente? Sólo hay dos modos fundamentales de limitar las concepciones: uno es moral, la regulación natural; y el otro, la anticoncepción, es inmoral, indigno del matrimonio entre personas humanas.

La anticoncepción

Los métodos anticonceptivos son aquéllos que, por medios químicos o mecánicos, desconectan radical y artificialmente la sexualidad de su posible consecuencia natural procreativa. Todos ellos, más o menos, son gravemente insanos. Los anticonceptivos químicos producen efectos secundarios negativos de mayor o menor importancia. Las barreras mecánicas quitan espontaneidad y dignidad al acto sexual, y pueden causar lesiones a la mujer. La interrupción del coito, cuando es una práctica reiterada, puede producir anomalías importantes, neurosis, eyaculación precoz, frigidez femenina.

Pero lo peor de la regulación artificial de las concepciones es su inmoralidad. La anticoncepción es intrínsecamente deshonesta, y por tanto la paternidad responsable no puede realizarse mediante su ejercicio. Es una acción tan ciertamente mala que ninguna circunstancia, ni tampoco ninguna finalidad posible, por noble que sea, puede justificarla y hacerla moralmente buena.

1.-La anticoncepción impide la recíproca donación plena de las personas, que no llegan a entregarse mutuamente del todo, como es propio del amor conyugal, sino que se unen sin comunicarse la virtualidad genésica que poseen. La anticoncepción desvirtúa así la verdad íntima del acto sexual, falsifica el amor conyugal, y es indigna del amor entre personas.

2.-La anticoncepción ofende a Dios Creador, que es quien infunde un alma humana a lo concebido en la unión sexual. Como ya vimos, la razón natural es capaz de conocer que en el hombre hay un alma, y que esta alma no puede tener origen en los padres, sino que sólo puede proceder del Creador. Pues bien, la anticoncepción, haciendo necesariamente infecunda la unión sexual que de suyo puede ser fértil, llama a Dios, en el acto sexual, y al mismo tiempo lo hecha fuera, pues es una unión sexual anticonceptiva.

Es falso pensar que la anticoncepción se justifica cuando busca fortalecer el amor conyugal, pues la sexualidad anticonceptiva no es un amor conyugal, sino una desfiguración y una perversión del mismo. Las prácticas conyugales anticonceptivas, cerrándose a la posible transmisión de vida, es decir, clausurándose en el egocentrismo, no son más que la expresión de un amor sensual, que al no expresar la verdadera donación interpersonal, sólo conseguirá ir arruinando el verdadero amor del matrimonio. En este sentido, la anticoncepción es una vía abierta hacia el aborto y hacia el divorcio.

Por lo demás, la anticoncepción es inmoral por ser abiertamente contraria a la ley natural, que rige el orden de las personas humanas, y no por infringir las leyes de la naturaleza, por las que se gobiernan necesariamente las criaturas inferiores.

La regulación natural de la fertilidad

La regulación natural de las concepciones consiste en abstenerse totalmente de las relaciones sexuales, o bien en abstenerse de ellas sólamente durante los períodos fecundos de la mujer, es decir, unos cuantos días en cada ciclo. Esta segunda solución se ha hecho muy viable con los conocimientos modernos de la medicina genética, que ofrece métodos fáciles y seguros -Billings, sintotérmico, etc.- para distinguir en la mujer sus períodos de fecundidad o esterilidad.

En efecto, la fecundidad biológica de la mujer es periódica, y la ciencia actual permite conocer en cada caso concreto no sólo el ritmo que divide los tiempos genésicos de los agenésicos, sino también la fase de la ovulación; con lo cual la continencia periódica, según métodos fáciles y seguros, puede aplicarse eficazmente aun cuando el ciclo femenino sea irregular.

Estos conocimientos facilitan a los esposos dos posibilidades bien importantes: de un lado, elegir los momentos más favorables para la procreación, lo cual implica, evidentemente, muy grandes ventajas; y de otro, distanciar o evitar una nueva concepción, cuando ésta parezca inconveniente. Aquí consideraremos ahora esta segunda posibilidad, estudiándola desde el punto de vista moral.

1.-La continencia periódica es lícita, supuesto que se ejercite por motivos realmente válidos. Respetando la estructura natural del acto conyugal, es decir, la plenitud de la donación recíproca y la apertura al Creador, es un modo natural de evitar las concepciones, que se atiene a la alternancia de tiempos fértiles o infértiles impuestos a la mujer por la misma naturaleza. Así pues, a diferencia de la anticoncepción, que impone una esterilidad contraria a las leyes de la naturaleza, la abstinencia periódica se ajusta a una esterilidad que viene ocasionada por la misma naturaleza femenina. Por lo demás, estas abstenciones temporales, decididas por el hombre y la mujer en acuerdo mutuo, no sólamente no debilitan el amor conyugal, sino que lo hacen más fuerte, más libre y más profundamente personal, como viene demostrado por la experiencia.

2.-Cuando los esposos alternan la unión sexual y la continencia periódica, han de mantener en sí mismos una apertura a la posibilidad de procrear; es decir, no pueden cerrar sus voluntades en un rechazo absoluto a toda concepción posible, de modo que si ésta se presentara inesperadamente, experimentaran frustración y amargura. Si los esposos pretendieran así una exclusión radical e incondicional de la concepción, se saldrían del amor conyugal y estarían usando un medio natural para contrariar la misma ley natural.

Ciertamente, sería excesivo afirmar que la unión conyugal sólo es lícita cuando intenta la procreación; pero sí puede pedirse a los esposos, que practican la continencia periódica por válidas razones, la aceptación anticipada de la concepción imprevista -consecuencia posible de sus actos, como el efecto nace de su causa-. La apertura a una posible procreación, aun cuando se esté procurando evitarla por medios lícitos, es condición indispensable para que el amor entre hombre y mujer pueda ser y llamarse verdaderamente conyugal. Ahora bien, sólo está unión es digna del matrimonio.

Observad, por último, que la aceptación anticipada del hijo posible facilita grandemente la observancia de la continencia periódica. En efecto, puesto que los principales factores de la irregularidad biológica de la mujer son de orden psíquico, un miedo morboso al embarazo no sólamente quita a la mujer, y al esposo, el gozo de experimentar un amor digno de la unión conyugal, sino que puede también ocasionar alteraciones imprevisibles que, justamente, provoquen la concepción no deseada. Así pues, en todos los sentidos la aceptación anticipada del hijo posible, aun en los casos en que se procure evitar la concepción, pertenece no sólo a la licitud, sino a la alegría del amor conyugal.

Paternidad y maternidad

Del amor conyugal nace un amor nuevo, el de la paternidad y la maternidad. Es un fenómeno largamente preparado, quizá de forma insconsciente, en el corazón del hombre, y quizá aún más en el de la mujer. Y si es verdad que la mujer gracias al hombre se hace madre, también es verdad que la paternidad de éste se forma interiormente gracias a la maternidad de la mujer. En efecto, la paternidad física tiene un lugar en el hombre mucho más reducido que la maternidad en la mujer. Y también en esto se complementan uno y otra.

La paternidad y la maternidad pertenecen a la madurez personal de los esposos, no sólo física, sino espiritual. Los padres encuentran en los hijos una sorprendente prolongación de sí mismos, y la obra generativa se desarrolla plenamente en la acción educativa, pues formar una persona es mucho más que formar su cuerpo.

«El bien es difusivo de sí mismo» -bonum est diffusivum sui-, y precisamente por eso el Creador crea el mundo, y los padres procrean los hijos. Los padres, aunque sean mediocres, sin duda alguna tratan de comunicar lo mejor de sí mismos a sus hijos. Y eso mismo les ayuda en su maduración personal. En este sentido, la paternidad y la maternidad suelen ser lo mejor que puede hallarse en los hombres y mujeres de este mundo, tantas veces egoísta y cruel.

La paternidad física debe, pues, culminarse en la paternidad espiritual, aunque ésta también puede realizarse sin aquélla, como en el caso del celibato y la virginidad. En uno y otro caso, el hombre adquiere la mayor semejanza con Dios cuando llega a ser padre o madre espiritual.

 

 

 


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