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INTIMIDADES
-LOS JÓVENES NOS CUENTAN-
Hasta dónde llegar en el noviazgo
Por Yusi Cervantes Leyzaola

 

PREGUNTAS
Tengo 25 años y una buena relación de noviazgo. Estoy convencida de que no quiero tener relaciones prematrimoniales, tanto por convicción como por precaución; sin duda no quisiera un embarazo no deseado y el mejor anticonceptivo es la abstención... Muchas de mis amigas ya han tenido relaciones y, en general, es lo normal entre las parejas de ahora, aunque al respecto yo todavía no cambio de opinión. Sin embargo, no sé qué tanto está bien o mal en las caricias con mi pareja, más allá de un beso. En mi casa, principalmente mi mamá y su familia, es muy conservador; para ella incluso un beso apasionado está mal, para mí es lo normal en una pareja. En la Iglesia, Biblia, Catecismo, «El Observador», etc., o no me ha tocado o no se habla de esto, simplemente no se dice claro, sólo de manera ambigua: que hay que portarse bien, evitar tentaciones, etc., etc., etc. Mi novio sabe que quiero esperar respecto a las relaciones sexuales y está de acuerdo, el también es católico y entiende mi punto. Sobre las caricias apasionadas no le ve nada malo, dice que es una manera de conocernos y también de demostrar amor. A veces me dejo llevar, otras me siento mal porque siento que avanza demasiado o que les estoy fallando a mis papás, porque me han educado de que eso significa que no me están respetando; tampoco quiero tener conflictos con mi novio, más porque no sé exactamente qué decir; es algo que me confunde ¡y a estas alturas! No sé qué está bien o mal de acuerdo a mis creencias religiosas; en fin, quisiera que me aconsejaras.
Otro caso
Yo tengo novio e intento vivir el Evangelio tal cual (aunque con todos mis fallos y errores), aplicarlo a mi vida en cualquier aspecto y situación. Mi novio ni va a Misa, apenas cree en Dios y pasa de todo el tema este. Con el tiempo él me insinuó lo de tener sexo, pero yo le dije que hasta el matrimonio na de na, el flipó en colores y estuvimos a punto de dejarlo por eso, pero al final lo aceptó tal cual pero en situaciones de intimidad la cosa se subía de tono y él me volvía a sacar el tema. Yo sé que acostarme no debo, pero hacer todo lo demás (ya me entiendes), ¿estaría mal? Yo también lo comprendo porque yo sé que a un hombre es muy difícil mantenerlo a base de besos. He hablado con varios sacerdotes, todos me dicen que de hacerlo, nada; yo les pregunto que hasta dónde está el límite, pero me dicen que eso va en mi conciencia y creo que eso es una respuesta muy subjetiva. Quiero saber si provocar situaciones que conduzcan a sentir placer está mal o no. La verdad es que no sé hasta qué punto llegar para que esté él bien y yo también. Estoy a gusto cuando estoy con él, pero a la vez temo quedarme a solas porque pienso que hay veces en que la situación no puedo controlarla. Necesito tener mi conciencia limpia y tranquila pero no sé como compaginarlo bien con tener pareja.

RESPUESTA
Vivimos en un mundo donde se ha perdido en gran medida el sentido profundo de la sexualidad, a cambio del placer y la excitación. En realidad, el acto sexual es una expresión del amor conyugal pleno, total, libre y fecundo, y, por lo tanto, únicamente puede manifestarse como verdaderamente es en el matrimonio. Esto está en el fundamento de los principios que ustedes defienden. Es reconfortante encontrar chicas que tengan esto en mente y defiendan sus valores.

Pero ustedes van contracorriente. Tienen claro que no quieren tener relaciones sexuales con sus novios, pese a la opinión contraria de gran parte de la sociedad. Pero, ¿hasta dónde llegar? Han encontrado respuestas ambiguas y subjetivas a sus dudas. Es un tema difícil, entre otras cosas porque cada quien responde de diferente manera ante el mismo estímulo. El beso, que para uno puede ser una intensa expresión de amor, para otro puede ser fuente de fantasías y de pensamientos impuros. Ante la misma caricia, una persona puede mantener el control y otra puede perderlo. Pero quiero ser más concreta: para preservar el valor de su virginidad, no deben permitir:

+ Lo que las haga sentir incómodas, inquietas o avergonzadas. Éstas son señales internas de que algo no está bien.
+ Aquello que sientan que les puede hacer perder el control de la situación a ustedes o a sus novios.
+ Besos, abrazos y caricias en situaciones peligrosas. Es decir, si están a solas por mucho tiempo, los mismos besos y caricias que en otras circunstancias no provocan ningún problema, podrían convertirse en una ocasión para ir más allá.
+ Contacto con las zonas genitales, ni siquiera por encima de la ropa.
+ Demasiado tiempo dedicado al contacto físico. La relación física durante el noviazgo con las manifestaciones adecuadas es importante; a través de ella expresan su amor y se conocen más. Pero debe haber un equilibrio en la relación. Los besos, abrazos y caricias son solamente una parte. Necesitan tener también una buena comunicación, compartir ideas y experiencias, hacer cosas juntos, cumplir cada uno con su trabajo o sus estudios, dedicar tiempo a sus familias, desarrollarse cada uno en lo individual, incluida la parte espiritual, ir construyendo un proyecto en común si planean casarse... en suma, tener una vida completa. Largas horas dedicas a estar pegados como lapas no conducen a nada bueno, no sólo porque favorece el ir a donde no quieren, es decir, a tener relaciones sexuales, sino porque no permite que el noviazgo se desarrolle sanamente.

Si bien es cierto que los hombres se encienden más fácilmente, no lo es el que ellos «necesiten» tener relaciones sexuales. Ellos también pueden ser castos. Este ejercicio de dominio sobre sí mismos es una magnifica preparación para la vida matrimonial.

Sean fieles a sus principios y vivan un noviazgo lleno de alegría, de ternura, alejadas de todo aquello que pueda inquietar sus almas.

La psicóloga Yusi Cervantes Leyzaola responderá por este medio las preguntas que le envíen a la dirección de El Observador: Reforma 48, apdo. 49, Santiago de Querétaro, Qro. C.P. 76000; o que se le hagan al teléfono 228-02-16. Citas al 215-67-68. Correo electrónico: cervleyza@msn.com

 

Fuente: EL OBSERVADOR 522-5

 

LA VIRGINIDAD
Por Walter Turnbull Plaza
«Para mí la virginidad es sólo una membrana», dijo hace poco un personaje en la televisión. Qué difícil es para el hombre sin Dios encontrar la verdad...

Para el creyente, virginidad significa fidelidad al ser amado —aún antes de encontrarlo— en un amor exclusivo, en un amor para siempre; significa esperar para una donación completa y definitiva en el momento oportuno; sacrificar la diversión y el placer para buscar la felicidad verdadera; es renunciar a lo material y pasajero por lo espiritual y permanente, renunciar a muchos falsos remedos de amor por un amor auténtico y santificante.

Es difícil de entender para el pagano porque esto es parte de un misterio, como el perdón, como el sentido del dolor, como el valor de la vida, incomprensibles para el hombre sin Dios. Para él la virginidad es sólo una membrana, el sacrificio una estupidez y el amor verdadero una utopía; y supongo que Dios, el cielo y el infierno son cuentos de abuelitas. No se da cuenta de que el rompimiento de una inofensiva membrana a veces (muchísimas veces) va acompañado de un rompimiento del plan de Dios para una persona y también de los planes personales y de su expectativa de un deseable matrimonio feliz; en fin, del rompimiento de toda una vida.

Cuando vemos que mentes como ésta invaden las aulas, los medios de comunicación, los libros, las revistas y las cámaras de gobierno, y que los que sí creemos no somos coherentes con lo que creemos, uno no puede menos que decir: «por eso estamos como estamos».

Me deja una cierta sensación de intranquilidad. Por un lado, algo —o mucho— tenemos que hacer los cristianos que, obviamente, no hemos hecho. Por el otro, da miedo ver lo fácil que es desorientarse. Por algo dijo Jesús «Entren por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida! y poco son los que lo encuentran»(Mt 7, 13-14).

 

EL OBSERVADOR 522-10

 


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