Tercer Congreso Americano Misionero (CAM 3 comla8)


MENSAJE
A LA HUMANIDAD
FAMILIA DE DIOS


1. Don del Espíritu Santo para la Humanidad.
Este Tercer Congreso Americano Misionero (CAM 3 comla8) celebrado en Quito, mitad del mundo acontecimiento que congrega a hombres y mujeres, discípulos y discípulas, llegados de todos los confines a esta fiesta Pascual "paso de Dios por su pueblo". La Humanidad, la familia de Dios congregada con pasión por la misión para el mundo.

Somos Iglesia de América y queremos sentir con el corazón del mundo. Hemos oído y hemos aprendido.

El Evangelio se amplía y universaliza en nuestra conciencia, ensancha la tienda. Es el Espíritu el que nos impulsa a sentir con Asia, África, Europa y Oceanía; a querer compartir nuestra fe y hacer juntos el camino del Reino. Se hace viva la comunidad misionera, una y universal, comunidad para la humanidad.

"A este Congreso, como a un cenáculo continental, llega la fuerza potente del Espíritu Santo, que con sus dones y carismas continúa impulsando a la Iglesia a pregonar la Buena Noticia de la salvación a cada persona, en particular a las que desconocen a Cristo o, tal vez, lo han olvidado, llegando hasta los extremos confines de la tierra".

Sentimos de nuevo el Pentecostés, la Iglesia, comunidad de discípulos y discípulas, congregada con María, la Madre, vuelve a renacer y se siente enviada a toda la tierra. Celebramos la experiencia de unidad que obra el Espíritu entre nosotros de la diversidad de pueblos, razas y culturas. Unidad en un mundo fragmentado, unidad coherente y valiente de fragmentos que se hacen comunión plural por la vida del mundo.

Somos Iglesia peregrina, nacida de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio del Padre (Cf AG 2), gestora de amor y acción, con radical seguimiento a Jesús, atenta a la encrucijada de la realidad y pronta a responder con ternura, amor y acción concretas para una profecía creíble.


2. El discipulado del Señor en la Pascua comienza en amor por Jesús y en la experiencia por el Espíritu.
Comienza en el amor de Jesús que llama y en el amor del discípulo que se compromete a irse con él, en la misma aventura y misión. Un estilo de vida, provocador y contracorriente, dispuesto a asumir la lógica de lo pequeño y de lo pobre de Jesús. Brota de la fascinante pregunta de Jesús "¿Me amas más que estos?", ¿estás dispuesto a seguirme exponiendo tu vida por la causa del Reino? Descubrimos que Jesús nos ha llamado con impresionante autoridad y libertad.

Aprendemos a ser discípulos de Jesús en el signo silencioso del Bautismo entre la gente. Aprendemos de su cariño y compasión por todos, de su modo de tocar el corazón y comunicar la Buena Noticia de liberación.
Nos fascina la belleza de su rostro transfigurado y su reflejo en la dignidad humana. Aprendemos a ver los paradigmas humanos a la luz de Dios; a amar la salvación como humanización y vida abundante. Aprendemos de Jesús a orar, padecer y amar contemplando su cuerpo crucificado y estando junto a las victimas. Discípulos que pregustan felicidad, belleza y resurrección.

Queremos permanecer siempre como discípulos que escuchamos y aprendemos con fidelidad y aventura creativa. Seguirle dejando atrás situaciones establecidas, redes, barcas, padres, tierra, todo; estructuras, éxitos y estilos que establecen y dan seguridad porque Jesús nos ofrece compartir su causa, identificarnos con él. Nos ha cautivado la radicalidad de su vida y la autoridad libre y vigorosa con las que nos invita a dejar nuestras seguridades y a seguirle en la misión.

Somos testigos de Jesús, de su vida y su proyecto, porque él nos ha configurado consigo mismo desde dentro como evangelizadores en la experiencia de una íntima comunión y amistad con Él. La centralidad de Cristo en nuestra vida de discípulos es la raíz de la identidad misionera, crea y renueva constantemente la comunión fraterna y sostiene el compromiso en la transformación del mundo por medio del servicio misionero.

El cambio de época y el pluralismo cultural, religioso nos acucia a preguntarnos por el modo de configurarnos con Cristo. El discipulado con sus criterios evangélicos nos coloca a contracorriente de esta sociedad. Nos urge a asumir el gran reto del crecimiento de la pobreza que afecta a la mayoría de la población mundial y que es consecuencia de la expansión de estructuras y sistemas socioeconómicos y políticos injustos.

Esto nos lleva a reafirmar nuestras convicciones y opciones creyentes, para ser luz encendida en gratuidad y para dar razón de nuestra esperanza. Nos lleva a beber el agua vivificante del Evangelio y compartirla con los sedientos de justicia, paz y verdad; con quienes no ven o se mueven en la violencia. Estos retos exigen superar el individualismo y el aislamiento y reclaman robustecer el sentido de pertenencia eclesial y la colaboración leal con los Pastores, con el fin de formar comunidades cristianas orantes, concordes, fraternas y misioneras.
 

3. Comunidad llevada por el Espíritu, Iglesia para todos, sirvienta de la Humanidad.

El Espíritu Santo promueve una nueva época de la humanidad, un nuevo modo de ser iglesia. Hemos vivido y recordado relatos vivientes de misioneros y misioneras, muchos de ellos también presentes en el congreso. Nos han animado. Hemos revivido con la memoria de nuestros mártires de América, que por amor dieron su vida como Jesús a favor de sus hermanos. En ellos la misión se hace transparencia de Evangelio, fecundidad de humanismo. Son testigos y mártires que nos contagian el entusiasmo por la misión.

Nuestra espiritualidad misionera es vida según el Espíritu, el cual da testimonio (cf Jn 15,26-27). Nuestro santos y mártires de América hablaron con su sangre la verdad de Dios que libera. Ellos nos indican la fuente de la vida, que viene de Jesús, encarnada en nuestra tierra. Profunda espiritualidad de Evangelio.

El Espíritu nos lleva a hacer de la misión, encarnación en las culturas y pueblos, a sembrarse y renacer en nuevos rostros y fecundidad de frutos; al diálogo y a la colaboración ecuménica e interreligiosa. Nos lleva a hacernos pan partido y compartido que junta a todos en la mesa de amistad y fraternidad, sentirnos comunión con la humanidad para ser redención y alabanza de gloria. Hacemos proyecto del Reino desde la gratuidad y pequeñez, con los pobres y víctimas de este mundo para ser justicia y liberación, amor y alternativa social con un corazón recreado de Iglesia.

El Espíritu irrumpe, nos toca y nos empuja hacia Dios, a la historia, a la interioridad y a la acción. Amor que brota del Padre y del Hijo, se traduce en la historia como solidaridad más allá de las fronteras. El Espíritu que unge a Jesús para llevar la buena noticia a los pobres, es constructor de unidad y relación, anuncia libertad a los presos, da vista a los ciegos, libera a los oprimidos y anuncia el año favorable del Señor (cf. Lc 4, 18ss).
4. Misión en el corazón del mundo
La Comunidad Misionera para la Humanidad está llamada a vivir en el Misterio de Dios, en su corazón salvífico por todos, llenos de amor y humanización. Misión de Dios para todos los hombres y mujeres a fin de constituir una sola familia en la casa común de la creación. Por eso nos preguntamos ¿hacia dónde va la configuración de la humanidad hoy?

Todo lo humano es nuestro, la situación y los problemas de la humanidad son también nuestros. Queremos aportar el anuncio de Jesús y el Evangelio como luz de Dios y paradigma de Humanidad, es una sola realidad como lo es el amor a Dios y al prójimo. Por eso, miramos a la sociedad entera en sus aspiraciones, proyectos, humanismo y sed de Dios. Nos duele verla sufrida por la crisis del modelo económico y social, por la crisis ecológica, cultural y democrática; más aún por la pobreza, la exclusión, la violencia y la persecución.


¿Qué podemos hacer o proponer?
Un Mundo de Dios. La comunidad misionera es enviada por el Espíritu Santo para articular universalmente los pueblos y culturas en una gran "red" de solidaridad, diversa y una a la vez (cf. Jn 21,11); desde la periferia hacia el centro para su liberación. Deseamos con el sueño de Dios un mundo sin periferia y sin centro. Un mundo de Dios.

Somos aprendices. Ante la gravedad de los problemas todos somos aprendices. No tenemos una receta sino la confianza en el Señor, el corazón abierto y dar razón de nuestra esperanza a la luz del Evangelio. La esperanza es mensaje central de la fe bíblica (Cfr SpS 2). La esperanza y la alternativa se evidencia cuando pobres y víctimas comienzan a hablar, a hacerse presentes. Todo lo humano es nuestro aunque hay excluidos.

La misión se recrea con la solidaridad, el compartir y la gratuidad. Jesús nos dice con su práctica que los expropiados y excluidos son también gestores de la misión de la Iglesia, partícipes del proyecto de Dios, con ellos se nos abren espacios amplios, signos de justicia y razones de esperanza.

Cooperamos a la unidad de la humanidad, con la universalidad plural del Espíritu Santo obrada en la gratuidad y en la esperanza junto con los pobres. Tarea permanente que se realizará al final, somos caminantes en la fe, el Evangelio nos abre el horizonte de la cosecha final sin arrancar ya la cizaña (cf. Mt 13,24-30).

La misionalización de la vida y misión de la Iglesia. Estamos convocados a comprometernos con nuestra iglesia y sociedad, colaborando en definir y realizar etapas, prioridades y metas de esta historia; a vivir la solidaridad, el compartir y la gratuidad vividas por la comunidad misionera.
Queremos una humanidad plenamente realizada en el amor de Dios. "Tenemos mucho que ofrecer, ya que "no cabe duda de que la Doctrina Social de la Iglesia es capaz de suscitar esperanza en medio de las situaciones más difíciles, porque, si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos" (PG 67). (DA 395). La opción preferencial por los pobres "debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades pastorales" (DA 396). Iglesia misionera consoladora, mediadora y abogada de los pobres (DA 395, 533).

Entrar al corazón de los hombres y mujeres de América. Queremos ponernos con la Iglesia en estado permanente de misión. "Llevemos nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas" (DA 551).
 

5. Estar en el mundo entero
Queremos sentir en nuestro corazón el mundo entero y la humanidad, con una gran empatía de Dios y de humanismo. Acompañándonos, todos juntos. Llamados a salir de nuestra tierra, sin saber a dónde nos llevará la misión en caminos y situaciones, pero siempre con la esperanza y la confianza puesta en Dios, en su promesa que se realiza con creces. Hacia un mundo nuevo como metáfora y símbolo de que la novedad del Reino ya se vislumbra entre nosotros. La humanidad nueva es obra del Espíritu, nosotros la aguardamos, esperamos y colaboramos con todo nuestro ser. La Iglesia de América debe intervenir con signos de justicia en el mundo injusto y lanzar las semillas del Reino.

La pasión por Jesús y el deseo de que sea conocido y amado es el corazón de la misión:

Todos nosotros discípulos, que vivimos de Jesús, queremos que sea conocido y amado. Queremos ser servidores entre los pobres, consuelo y fortaleza del corazón. Somos llamados a dar vida por toda la humanidad, a comunicar la belleza y el vigor de Jesús, a reconciliar y unir a la familia humana en protagonismo social y eclesial.

Los jóvenes fascinados por la fuerza y aventura de Jesús e impulsados por el Espíritu, han sido constituidos por Dios como testigos de la fe y de la esperanza. Son Iglesia en novedad, alternativa social y de la humanidad.

Con María la Madre
Queremos ser discípulos, emprender la misma misión de Jesús. Ella nos enseña que sin corazón, sin ternura, sin amor, no hay profecía creíble. María profirió la Palabra, porque antes la concibió en su corazón; proclamó un Magnificat profético, porque antes creyó; estuvo junto a la Cruz y en Pentecostés porque fue la tierra buena que acogió la Palabra con un corazón alegre, la hizo fructificar el ciento por uno y pidió a los demás que lo hicieran. "A su lado volvemos a escuchar de sus labios: "Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19).


Quito, 17 de Agosto de 2008
Mensaje final del CAM 3 y Comla 8