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Muerte, Carretera y Educación para los Conductores

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Además de la falta de inversiones en infraestructuras por ineficacia y corrupción del Sistema en la asignación de los recursos públicos, una parte importante en la siniestralidad viaria es la falta de responsabilidad personal de los conductores. En una sociedad de `pseudo-derechos es tabú pedir responsabilidades personales.
 

Cuenta mi madre que siendo ella pequeña, uno de mis abuelos, cuando escribía a su madre desde su temprana vida laboral le avisaba preocupado por que no fuera el coche de Don Fulanito a atropellar a su hermano. Estamos hablando de antes de la primera guerra mundial y el tal Don Fulanito era el dueño del único vehículo a motor que circulaba en esos tiempos por las calles de mi villa natal, junto al mar de Arosa.

Como se puede ver las preocupaciones sobre la seguridad vial no son de ayer, ni de anteayer. Desde que se inventó el vehículo a motor comenzó a causar fascinación y miedo a partes casi iguales.

Recuerdo en mi infancia y adolescencia, hace muchos años, que las tasas de muertes en carretera no eran, o al menos no se consideraban, alarmantes. A partir de la extensión social del uso del coche como un artefacto imprescindible para el “hombre moderno”, y aquí no puedo menos que recordar y homenajear a mi paisano Julio Camba, y la generalización de su uso comienza a producirse una rápida escalada en el número de víctimas mortales.

Siempre existe una razón para que se produzcan los fenómenos sociales, y pocas cosas se quedan sin una explicación que la sociología o la antropología social nos pueda dar u orientar siquiera, en los motivos profundos.

Así, en los años 70, se nos dijo que las vías de comunicación, las carreteras españolas eran muy malas, lo que era efectivamente cierto si las comparamos con las redes de autopistas que cruzaban la Europa a la que, entonces, anhelábamos unirnos.

La construcción de carreteras que se emprendió en España a mediados de los 80 mejoró de forma ostensible la red de carreteras existente, salvo alguna deshonrosa excepción como la tristemente famosa A-92. Las autovías y autopistas hicieron que los viajes en coche de los españoles fueran más seguros y cómodos.

Esta nueva red de autovías, que aun crece hoy en día, nos hizo casi olvidar los pequeños y dignos pueblecitos que daban nombre a los finales de las escasas autopistas de peaje de los años 70, como Adanero o Behovia.

Lamentablemente el número de accidentes y de muertes siguió creciendo. Parecía que lo de las carreteras, que mejoró algo el problema, no era la clave. Había que buscar otro motivo como fuera y lo encontramos. Vaya si lo encontramos. El abultado número de muertos en carretera era debido a lo obsoleto del parque móvil, es decir que nuestros coches que tenían una media de siete a diez años estaban muy anticuados comparado con los de nuestros espejos europeos, que a los tres ó cuatro años cambiaban de vehículo. Si a esto añadimos las deficientes medidas de seguridad de nuestros coches, teníamos el porqué de tanto muerto.

Muerte por accidente

 

Fue el boom de la seguridad vial de los 90. Comenzaron los planes “Renove”, el cinturón de seguridad obligatorio, airbag hasta en el maletero, los utilitarios con sistemas de seguridad que para sí quisieran los aviones de treinta años antes… Y el casco en las motos,
 claro.

Acabamos de entrar en el siglo XXI, mediamos la primera década y nos damos cuenta de que con buenas carreteras, modernos y seguros coches, la cifra de muertos no ha dejado de crecer.

¡Menudo patinazo! Habrá que buscar otro motivo.

A la vuelta de la Semana Santa de 2006, las muertes en carretera batieron otro triste record. La DGT señaló en todos los paneles luminosos de las carreteras de España que el año pasado había habido 105 muertos. Los superamos. Como bien decía un locutor de radio antes de que nos fuéramos de vacaciones: “¿Es que si se producen 97 muertos, lo vamos a considerar un éxito?”. Peligroso juego, este de las cifras.

En algunas tertulias ya empezaba a aparecer un nuevo culpable: La escasez de Guardia Civil en las carreteras eran el motivo de tanto muerto. Así de claro lo dijeron algunos. Haciendo silogismos similares en lo demencial a otros como por ejemplo: “Se producen incendios por que los bomberos duermen la siesta” o “En Etiopia, los niños se mueren de hambre por la falta de control de las madres sobre sus pequeños”.

Las autoridades españolas, nuestros líderes políticos, periodistas, tertulianos y demás “opinantes” tienen la rara virtud de no ser capaces de dar con la clave del problema. Son incapaces de analizar cuál es realmente el problema, para poder aplicar la solución idónea.

Y aquí es donde doy mi opinión particular. Está claro que las mejoras en las carreteras, las medidas de seguridad en los coches y el rejuvenecimiento del parque fueron procesos importantes y necesarios, pero no suficientes. Porque el problema reside no en el coche ni en la carretera sino en el tercer actor, el conductor, al que jamás nadie pidió cuentas.

Nos encontramos ante un caso claro de falta de educación cívica y el problema se agrava, porque los niveles de educación y respeto disminuyen a mayor velocidad que aumentan las medidas de seguridad en carreteras y vehículos, con el luctuoso resultado que todos conocemos.

educación vial

Estamos viviendo, repito, en una sociedad maleducada. Y no hablo de los éxitos o fracasos de la colección de leyes de educación ni de los respectivos “contenidos curriculares” o “materias transversales” que pronto se olvidan. Por el contrario estoy hablando de eso que jamás enseñan en los colegios, lo que no forma parte de ninguna asignatura y no es objeto de exámenes. Hablo de la verdadera “educación para la ciudadanía” que es la que desde tiempo inmemorial se aprendía con mayor o menor fortuna en todos los hogares. Son esas actitudes que resultaban naturales ante el prójimo y ante la propia vida. Es ese conocimiento sutil e indeleble que todos, ricos o pobres, sabios o iletrados, alcanzaban antes de lanzarse a la vida fuera del hogar. Esa sensación de libertad que solo se ejercía con responsabilidad y respeto. Es eso que todos sabemos y que no hace falta nombrar, quizás porque no tenga nombre, lo que nos falta y lo que, en definitiva, nos mata en las carreteras de España (y en todos los países).

 

Luis Martínez Viqueira, Revista Arbil

 


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