El Hombre Nuevo 


    

Espiritualidad del corazón.

 

a) Ante todo, la pureza de corazón

A propósito de la resurrección de Jesús hemos verificado algunos principios y verdades que no debemos pasar desapercibidos. Ante todo se da el caso de que Jesús fue ejecutado, en buena parte, debido a los numerosos conflictos que se entablaron entre él y algunos grupos contemporáneos, los fariseos de modo particular.

El núcleo de tales desavenencias consistió repetidamente en el distinto papel asignado al sábado, a los ritos y costumbres. Jesús siempre abogó por la pureza de corazón frente a los gestos externos. El sostuvo en todo momento que el hombre está limpio si mantiene su corazón alejado del pecado. Hay que preocuparse, por encima de todo, de las raíces, a fin de que los frutos maduren espontáneamente buenos. Los pensamientos más recónditos, las actitudes más profundas: eso hay que cuidar con esmero.

La defensa de estos principios, que contravenían en ocasiones a la Ley y las costumbres establecidas, provocó el recelo de sus conciudadanos y lo precipitó sobre la cruz. Pero precisamente Dios Padre, a través de la resurrección, ratificó que Jesús llevaba la razón. Mientras que sus verdugos fueron desautorizados; ellos que le habían crucificado en nombre del Dios santo.

En este marco resulta, pues, muy oportuno aludir con detención al motivo profundo de la muerte y resurrección de Jesús. Lo cual tiene que ver con lo que podríamos formular como la espiritualidad del corazón. Al respecto ayudará saber que la palabra corazón se encuentra 159 veces en el Nuevo Testamento. Teniendo en cuenta que los críticos rechazan tres veces este uso, por motivos varios, que una vez se refiere al corazón de Dios y otro al corazón de la tierra, tenemos 154 textos en los que el vocablo se refiere al corazón humano. Ya desde estos datos neutrales hay motivos para permanecer a la expectativa. Tanto más cuanto que los profetas atestiguaron la promesa de Dios de dar al hombre un corazón nuevo.

 

b) Las bienaventuranzas

Así como los diez mandamientos, otorgados por Dios en la cima del monte Sinaí, tienen un lugar de honor en el Antiguo Testamento, de igual modo las bienaventuranzas, proclamadas por Jesús en lo alto de un monte, lo tienen en el Nuevo Testamento. El evangelista S. Mateo hace notar que Jesús se permite corregir la perspectiva del gran legislador, Moisés. Por eso escoge también una montaña a la hora de resumir su mensaje. Pero antes ya había comparado a Jesús con Moisés en el hecho de la persecución, de la huida a Egipto (camino contrario al de Moisés, que fue de Egipto a la tierra prometida) y del regreso a Israel para salvar a su pueblo.

Ahora bien, los diez mandamientos se refieren a hechos muy concretos (como no matar, no robar...) y se exponen de forma negativa, exigiendo un mínimo. En cambio, las bienaventuranzas apuntan directamente a las actitudes fundamentales del cristiano. Y se refieren a la pobreza, a la mansedumbre, a la lucha por la justicia... De manera que proponen un panorama mucho más vasto y más radical. Más vasto porque nunca llegaremos al tope de la justicia ni la mansedumbre. Más radical porque no se trata de realizar gestos concretos, sino de adquirir una actitud interior que luego haga madurar los correspondientes frutos.

De este modo jamás podremos estar en paz con Dios y con nuestra conciencia, nunca la religión se prestará a una especie de intercambio comercial, ni dará motivo para exigir nada a Dios. Quien cumple las bienaventuranzas se libra de la autosuficiencia de los fariseos. No hay porqué enorgullecerse. Sólo somos unos siervos que han hecho lo que tenían que hacer. Nos hallamos en el centro mismo de la espiritualidad del corazón.

El asunto queda muy claro al abordar el tema de la impureza moral y ritual. Jesús destaca la primera y relativiza la segunda. Los fariseos le critican porque sus discípulos no se lavan las manos antes de comer (Cf. Mt 15, 1-20). Jesús les replica que ellos son capaces de traspasar los mandamientos de Dios en nombre de sus tradiciones. Los llama hipócritas y se refiere a unos textos proféticos de gran dureza (Cf. Is 29, 13).

La postura de Jesús es diáfana: lo que entra por la boca no hace impuro al hombre, pero sí mancha al hombre lo que sale de su boca... En efecto, del corazón proceden los malos deseos, asesinatos, adulterios, inmoralidad sexual, robos, mentiras, chismes. Esas son las cosas que hacen impuro al hombre; pero comer sin lavarse las manos, eso no hace impuro al hombre(Mt 15,11.19).

Es preciso interiorizar la Ley, vivir con un corazón nuevo. No sólo el homicidio es malo, también el odio al hermano. No solamente hay que evitar el adulterio, el mismo deseo impuro debe ser rehuido. Incluso las obras buenas, como la limosna, la oración y el ayuno, deben ser motivadas por intenciones sanas. De lo contrario sirven para alimentar el exhibicionismo (Cf. Mt 6, 1-8).

Jesús deja claro que existe un principio fundamental a tener muy en cuenta: cuando el corazón es bueno, también son buenas las acciones que salen del mismo. Porque el árbol bueno da frutos buenos. Y es que donde guarda uno su tesoro, allá mantiene su corazón (Cf. Mt 12, 34-35; 7, 17; 6, 20). Tan básicas son estas enseñanzas que Jesús las repite de una y otra manera. Por ejemplo, con la metáfora del ojo y la lámpara: Tu ojo es tu lámpara. S¡ tu ojo es limpio, toda tu persona aprovecha la luz. Pero, si es borroso, toda tu persona estará en la confusión. Si lo que había de luz en ti se volvió confusión, ¡cómo serán tus tinieblas! (Mt 6, 22-23).