"Somos MSC" - Testimonios personales


Capítulo 8

”Amor incondicional y desinteresado de Dios"

Ben Bergen. 68 años (Países Bajos)

Mi primer amor no fue la Congregación de los Misioneros del Sa­grado Corazón. Un día, en los años de escuela secundaria (nuestra HBS-B Holandesa), hice una visita a los monjes Cisterciences en el monasterio de Achelse Kluis, muy cerca de la frontera con Bélgica, y fue allí donde inmediatamente me sentí atraído por su estilo de vida. Y allí es donde deseé entrar para dedicar toda mi vida cantando la gloria de Dios. Por esta razón comencé a aprender Latín y Griego en la Schola Carolina en la Haya. El libro de Thomas Merton "La montaña de los siete círculos", que se encontraba en la estantería de mi casa, y El vagabundo de Cristo, que pedí prestado en la biblioteca de la escuela, fueron muy importantes para mí durante aquel tiempo.

Después de mi graduación en la escuela, me sometí a un test de personalidad para ver si era apto para la vida de monje cisterciense. ¡Cuál fue mi disgusto cuando recibí una carta del abad informándome de que no podría aceptarme debido a mi débil constitución y a un largo período de asma que había sufrido en mi infancia! Me sentí como si todo mi mundo se viniese abajo.

¿Qué hacer?. Tenía un hermano mayor que desde su infancia había deseado ser sacerdote. Estudiaba en la Instituto de los Jesuitas, y era un entusiasta Scout. Había trabado contacto con un sacerdote MSC que era capellán del movimiento scout: Cees Benne. Por una razón u otra le había causado una grata impresión, y por ello decidió hacerse Misionero del Sagrado Corazón. Su interés fue también trabajar finalmente en las Misiones. Ingresó en el noviciado de Berg, en Dal. Por aquel tiempo, el Maestro de Novicios era el P. Kouw. Con ocasión de la primera profesión de mi hermano, fuimos invitados toda la familia para asistir a la ceremonia. Así fue cómo conocí un poco más la Congregación de los MSC, y, puesto que la vida monástica ya la había descartado, solicité mi ingreso en los MSC. Quise conservar algo de mi primera inclinación. En aquel tiempo nuestra formación teológica tenía un carácter marcadamente monástico; de ahí que me sintiese muy cómodo. Pero, más tarde, el corte entre nuestra vida más bien enclaustrada durante los años de formación y la vida de apostolado significó un profundo cambio para mí.

No obstante, echando ahora una mirada hacia atrás, me siento feliz con mi elección, ya que la decisión estaba en armonía con el contexto de mi todavía corto "currículum vitae". Había sido un niño piadoso, y todavía recuerdo la fuerte impresión que dejó en mí la Primera Comunión. Aquel encuentro con el Señor, el Santo, fue un misterio fascinante y, al mismo tiempo, tremendo. Por una parte, era consciente de su cercanía, y por otra parte me daba cuenta de mi insignificancia. Esta última sensación era fruto de la educación religi­osa que recibí en los años de Enseñanza Primaria. Las enseñanzas acerca del purgatorio y del infierno me habían causado un fuerte impacto. Recuerdo que por la noche no podía conciliar el sueño en la cama pensando en la eternidad del infierno...,en aquel reloj tremendamen­te espantoso, sin maquinaria, pero con un péndulo oscilante que mantenía el tic-tac invariable: "siempre...siempre". No podía comprenderlo y lloraba. En cierta ocasión, mi padre subió a mi habitación y me preguntó qué me ocurría, pero yo no quise decírselo y sólo le contesté que tenía dolor de cabeza. Él entonces me acarició el pelo y me dijo que se me pasaría y que tratara de dormirme. No puedo negar que las mencionadas enseñanzas, junto con la práctica de la confesión, más bien me han perjudicado interiormente y me produjeron un trauma que creció durante la adolescencia. Una vez, años más tarde, hice un dibujo de aquel reloj como parte de una sesión terapéutica.

Así fue cómo ya en la infancia me di cuenta del temor de Dios con su infierno como castigo por mis pecados; pero, por otra parte, también tenía un sentido de seguridad por la cercanía de Dios en la oración y en los actos litúrgicos, así como en el cuidado amoroso de mis padres.

El tratado de "Gracia", en el que nuestro profesor de Dogma, el P. Van Rijen, recalcó el amor incondicional y desinteresado de Dios, me hizo mucho bien, y sus clases han influido en mi espiritualidad del Sagrado Corazón más profundamente que muchos libros acerca de esta devoción.

Años más tarde, durante mi actividad pastoral, he descubierto que dentro de la Iglesia un gran número de personas verdaderamente creyentes sufrían con el temor de un Dios que juzga y castiga a los humanos. Estoy recordando a una mujer que vivía en la casa de al lado. Tendría la mitad de mi altura; era mayor y tenía un rostro cruza­do por miles de arrugas. Todavía veo cómo sus consumidos labios se estremecían cuando hablaba de Dios porque no estaba segura de si después de la muerte la aceptaría en su gloria. Aquello me entristeció profundamente, porque reconocí muy bien aquella angustia. Pero, por ello mismo, me resultó más fácil confortarla y animarla hablándole del inconmensurable amor de Cristo.

Recuerdo también otro momento en mi trabajo pastoral. Uno de mis conocidos más íntimos estaba muriéndose de cáncer de garganta. Sus parientes habían invitado a un pastor, a quien yo no conocía, pidiéndole que tuviese una charla con él. Vino a verlo; también yo visité después al hombre moribundo. Su primera pregunta fue: "¿Es verdad que mi enfermedad viene del demonio?". En aquel momento un montón de pensamientos asaltaron mi cabeza... Me dolía la enfermedad de aquel hombre que se estaba muriendo, pero más aún la conversación de aquel pastor desconocido, en la que obviamente se había mencionado el demonio. Mis ojos se arrasaron en lágrimas y mientras estrechaba sus manos sólo le dije: "No, olvídalo". Después de permanecer con él un buen rato me dijo: "Ahora siento calor..., después de haber sentido frío toda esta mañana".

En mi trabajo pastoral he tratado de liberar a la gente de esta clase de miedos, escrúpulos y neurosis. La imagen de aquella mujer encorvada que aparece en el Evangelio y que fue curada por Jesús siempre ha estado llena de significado para mí. Además, en mis compromisos pastorales he tratado de orientar a la gente en tomar sus decisiones personales, sin tener en cuenta si éstas estaban en consonancia con la enseñanza de la Iglesia, porque yo concebía a Dios como Aquél que no da la espalda a ningún ser humano y que ama no solamente a los fieles seguidores sino también a tos rebeldes y a los que rehúsan caminar sólo por los senderos trillados.

Por estas razones admiro a mi compañero Cor van Boekel. Siendo profesor de lenguas clásicas en nuestra Escuela Apostólica, se apuntó a un curso de Psicología con el fin de estar mejor preparado para la dirección espiritual y como consejero, actividades que él practicó du­rante muchos años en horas sin cuento.

También admiro a los hermanos que decidieron optar por los po­bres en sentido material, tal como se formuló más tarde en uno de los Capítulos Generales. Estoy pensando en la Comunidad de Chesed en Nijmegen que acoge en su casa a gente joven, y también en Gerrit Poels en Tilburg que da pan a los pobres. Es uno de los héroes de nuestros días, tal como fue reconocido en una reciente encuesta hecha en Holanda.

Yo no he sido capaz de tal conversión, aunque por algún tiempo estuve trabajando con "Frank Second Hand", un centro de acogida para jóvenes adictos a la droga, en Rótterdam, pues quería averiguar si era para mí aquel trabajo. Sin embargo, eché en falta la necesaria soltura en el trato con ellos, y me di cuenta de lo que cuesta reconocer las propias limitaciones. Por ejemplo: en una ocasión un joven me pidió un cigarrillo, y se lo di. A la mañana siguiente volvió a pedírmelo y me negué. Dijo: " Pero si tienes un paquete entero, ¿por qué no me das uno?"... No tengo precisamente la habilidad para actuar en situaciones semejantes, pues me siento manipulado e incapaz de pro­ceder de una forma suave y satisfactoria. Por eso me dedico a asuntos más inmateriales de la gente.

Ésta es una de las razones por las que aprecio a nuestra Congregación, al menos aquí, en Holanda. La siento como una comunidad donde hay lugar para la persona y para las posibilidades individuales que tiene cada uno y que le permiten funcionar debidamente y según su propio estilo. También aquí reconozco al Corazón del Señor, que se preocupa más por la gente que por su trabajo.