"Somos MSC" - Testimonios personales


Capítulo 13

“Descubrir al Cristo oculto en los demás”

Tomás Mulcahy, 61 años  (Irlanda)

Sentí la llamada bastante joven pero no sabía bien cómo responder o dónde. Me sentía muy atraído por los hermanos de S. Juan de Dios y tuve varios contactos con ellos pero nunca hice nada práctico para seguir adelante con esa atracción. Debido a mi delicado estado de salud mis padres pensaron que debería proseguir mis estudios de secundaria en el colegio local de La Salle. Tenía una cierta reputación por mis resultados académicos. Encontré un ambiente demasiado rígido y unos métodos nada conductivos hacia un crecimiento emocional. En diciembre de mi primer año anuncié a mis padres que no deseaba regresar allí. Me encontraron una plaza en el colegio Sagrado Corazón de Cork. Era más que natural que podría intentar realizar mi vocación allá ya que una hermana, una tía y una prima pertenecían a las hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, no era un motivo muy espiritual. Todos los años un misionero o dos regresaban de vacaciones desde Papua Nueva Guinea. Hablaban a los estudiantes y nos mostraban películas o fotos de la misión. Me impactaron profundamente. Despertaron en mí el deseo de imitarles. Eran mis héroes.

Durante los dos últimos años de la escuela apostólica estuvimos en Carrignavar, cerca de la ciudad de Cork (Irlanda). Normalmente durante los fines de semana todos los sacerdotes ayudaban a las diversas parroquias locales dejando sólo a uno para la casa. Cuando le tocaba el turno al P. Jim Murphy, a menudo no nos distribuía estudio los sábados por la noche. En lugar de eso, nos llevaba al campo y nos explicaba el sistema planetario y uno que otro misterio de la naturaleza. En esas ocasiones el tiempo se paraba. A mí, incluso en las noches de invierno, se me olvidaba que hacía frío. De estos encuentros la curiosidad por la naturaleza y los misterios de la vida crecieron en mí.

Desde que me hice MSC siempre me ha impresionado la hospitalidad MSC. Nunca me he sentido un extraño o no bienvenido en una casa MSC. Prefiero mucho más estar con mis hermanos que en ningún otro lugar. En 1971 mientras estudiaba español en Madrid, el Provincial de aquél entonces, el R Abel Robles, viendo que andaba perdido, se tomó un día libre para enseñarme todo Madrid y explicarme cosas en un español comprensible para mí. No fue el único, pero él era el Provincial y no es exactamente este tipo de cosas el trabajo de los Provinciales, pero son estos detalles los que te dejan huella.

Hay un gran sentido de humor en los MSC. La dedicación a la misión es genial pero no hay que olvidar el aspecto humano y el lado simpático de la vida. La vida es algo serio, por eso los MSC la toman en serio pero no tanto como para llegar a convertirla en algo solemne y majestuoso.

Como joven religioso sentía que nos tomábamos nuestras Constituciones muy seriamente en lo de "amando ser desconocidos y tomados en nada". Miraba con una especie de envidia a esas grandes congregaciones que estaban, me lo parecía a mí, en la frontera de la vida. Con los años he llegado a ver que nuestro carisma es central para lo que significa ser cristiano en nuestros días. El Cristo que ama con un corazón humano y cuyos contactos con los débiles, los pecadores y los esclavos les conduce a la libertad, a descubrir su humanidad y a estar abiertos ante la vida, los otros y el Otro, este es el Cristo que se necesita conocer hoy. En mi propio camino he descubierto que esa persona que necesita ser libre empieza por mí mismo. Esa luz me ha permitido descubrir al Cristo oculto en los débiles, los pisoteados y los desconocidos. La belleza del ser humano está a menudo oculta, su misterio nublado. Es una gracia y un privilegio compartir este carisma y esta misión. Si no hubiera ninguna otra razón para ser MSC ésta justifica del todo nuestra existencia. No tenemos nada que envidiar a otras congregaciones. Vincent Bilotta, el fundador de los servicios de formación de consulta, me remarcó una vez que no estaba seguro si los MSC apreciaban su carisma o si reconocían que la espiritualidad del corazón es central para la Iglesia de hoy. Nosotros también podemos cantar nuestro Magníficat.

¿Qué MSC me ha influenciado más y por qué?

Esta es una tarea bastante difícil y, quizás, un poco injusta. Cuando escojo uno he de eliminar a los otros y hay un buen número.

Preferiría hablar de dos en vez de uno sólo. Brian Dunleavy fue nuestro confesor en el noviciado y este fue mi primer contacto con él. Tras el noviciado le escogí como mi acompañante espiritual. Realmente no puedo dar una razón lógica de mi decisión. Otros tenían más fama por su santidad y discernimiento. Fue más una intuición y fue acertada. En aquellos momentos estaba pasando por un período de grandes escrúpulos. Brian estaba siempre alegre, ingenioso, sabio y comprensivo. Parecía que todo le daba igual. Poco a poco llegué a comprender que su cruz era mucho más pesada que la mía. Aún no sé el nombre clínico de su enfermedad pero ésta se manifestaba en una continua depresión. Llevó su cruz con dignidad, ingenio y un peculiar modo de mirar al mundo que al menos para los que estábamos sufriendo nos era de gran ayuda. Nunca se quejó. Simplemente vivió a tope dentro de las limitaciones de su propia enfermedad.

Muchos años después volviendo de Venezuela le fui a visitar y no parecía que me reconociera. Me dijo: "no me digas tu nombre, lo adivinaré" tras unos minutos me dijo: "lo siento pero no se quién eres". Tenía la enfermedad de Alzheimer. ¿Por qué algunos han de sufrir tanto? ¿Por qué el sufrimiento destroza a algunos y a otros les ayuda a ser más humanos y más héroes silenciosos?. Es uno de los misterios de esta vida. Yo sólo sé que Brian Dunleavy vivió una vida muy humana con gran sufrimiento y que fue una inspiración para mí y para muchos.

Cuando dejé el filosofado en Myross Wood fui a estudiar teología a Moyne Park. Allí encontré a otro MSC que me impresionó profundamente. Un gran predicador que sabía como adaptar sus homilías a las enseñanzas del Vaticano II, un hombre de oración, serio pero no solemne, chistoso con una sonrisa que le salía del corazón. Jack Sanan representaba para mí el tipo de MSC que quería llegar a ser. Nunca fue mi profesor y a menudo estaba fuera en las misiones o dando retiros pero avalaba su sabiduría cuando estaba presente. Fue sobre todo su ejemplo lo que más me impresionó.