"Somos MSC" - Testimonios personales


Capítulo 22

“Un MSC que impresionaba e inspira”

Edgard Meli, 44 años (Papua Nueva Guinea)

Creo que mi deseo sincero de ser MSC vino a raíz de un cambio. Conocí un joven sacerdote MSC de Irlanda, el P. James, que llegó a nuestra parroquia como párroco. Tenía la suerte de estar con mi pa­dre, que era el Catequista en aquel tiempo. El sacerdote era joven y muy entusiasta en sus encuentros con nosotros. Siempre estaba sonriente y tranquilo, y no tenia inconveniente en perder el tiempo para saludarnos. También me impresionaba su buena disposición a comer lo que la gente le ofrecía. Recuerdo una vez que mi mamá preparó taro al fuego y, después de echar cenizas sobre él y de ponérselo en una hoja, se lo dio al sacerdote. Ahí lo tienes. El se lo comió en el acto, con toda naturalidad. Tanto que la gente decía de él : "Real­mente come como nosotros".

Más tarde, cuando ya era alumno de la escuela parroquial, este sacerdote seguía impresionándome e inspirándome. Todas las mañanas lo encontraba rezando en la iglesia. A veces se le veía rezando el Rosario, paseando arriba y abajo por el pasillo central, mientras nos esperaba para la Eucaristía de la mañana. Otras veces prefería rezar el Rosario por la carretera que había entre su casa y la playa. Se cruzó en mi vida como un hombre verdaderamente santo. Su santidad me impactó, sobre todo por su piedad.

Otra cosa que aprendí de este hombre fue su laboriosidad. Trabajaba con nosotros en diferentes proyectos. No sólo coordinaba la construcción del hospital, del colegio y de la iglesia, sino que también venía con nosotros a las plantaciones de coco, y nos ayudaba en el trabajo.

El coraje del P. James era algo maravilloso. Trabajaba con los gru­pos más apartados y difíciles del poblado. En más de una ocasión hubo divergencias entre ellos. A pesar de todo, nunca se echó atrás ni los abandonó. Una y otra vez volvía a celebrar con ellos los Sacramentos.

Su compromiso era claro, y su puntualidad y fidelidad a las visitas programadas estaban aseguradas. Incluso cuando el tiempo era más desapacible se podía oír el motor de MV Francis, la barca de la misión, surcando las olas a través del mar abierto y adentrándose en el pasillo entre rocas hacia nuestras aldeas del atolón.

Lo que realmente más me impresionó de su persona fue su total entrega al trabajo y a la misión. Supongo que era su fe la que le condujo a través de todos aquellos tiempos difíciles. Y hubo muchos momentos difíciles, si él nos contara sinceramente su historia. Su sencillez en vivir con la gente sencilla y su constante presencia eran maravillosas. Era perfectamente fiel al programa pastoral que se había proyectado. La gente lo quería por su constancia, su fe, su compromiso, su sencillez y su presencia.

En mi deseo de hacerme sacerdote latía la idea de ser como él. Siempre se encontraba feliz, y yo quería ser feliz como él. Recuerdo una vez en que se acercó a mí después de la misa que había celebrado para nosotros por la mañana. Puso su mano derecha sobre mi hombro y me preguntó: ¿Piensas ir a la Universidad después de la Escuela Secundaria y hacerte médico?. Mirándole fijamente a él, le dije en mi pobre inglés : "No, como tú". Me llenó de admiración al recordarme las mismas palabras cuando fui ordenado sacerdote algunos años más tarde. Al felicitarme añadió: "No, como tú".

Yo, en mi infancia y en mi adolescencia en la escuela secundaria, nunca le había visto como un MSC. Sin embargo, cuando estaba en el Seminario Menor comencé a darme un poco cuenta de la clase de sacerdote que era, al ver otros MSC sacerdotes en el equipo de Forma-dores. El espíritu que él manifestaba pude constatarlo claramente también en los sacerdotes del Seminario Menor. Estaba seguro de que tomaría la decisión de ser un MSC cuando finalizase el último curso en San Pedro Chanel, Seminario Menor de Ulapia, RABAUL ENBP, de Papua Nueva Guinea.

Creo que los rasgos del P. James Corbally que más influyeron en mí fueron los siguientes: su compromiso en la vida de piedad; la sinceridad de su propia entrega al servicio de la gente; su constancia en visitarlos; su sencillez y la capacidad de adaptación a sus situaciones y circunstancias; su fidelidad en realizar las visitas programadas; su interés general por la gente y su bienestar tanto espiritual como ma­terial y, me atrevería a decir, su equilibrio emocional.

El P. James Corbally fue mi héroe y lo sigue siendo. Él es un gran Misionero del Sagrado Corazón de Jesús.