"Somos MSC" - Testimonios personales


Capítulo 24

"Seguir la misión de Cristo"

Toussaint Iluku, 39 años (Congo)

Misionero del Sagrado Corazón, ¿cómo y por qué?

1. Los orígenes de mi vocación

Cuando en 1985 me disponía a reunirme con los Misioneros del Sagrado Corazón, me hice esta pregunta más de una vez y durante largo tiempo después en circunstancias diferentes de tiempo y de lugar. 17 años más tarde, heme aquí ante la misma cuestión que me coloca en el corazón de mis opciones fundamentales para la "Sequela Christi" y el servicio al género humano por el que Cristo dio toda su vida.

Podría decir que la elección fue una respuesta a una llamada de Dios, el iniciador de toda vocación. A través de las personas y los acontecimientos, Él tiene con cada uno de nosotros un diálogo. En la escucha de su palabra, mediante un trabajo paciente y laborioso de acompañamiento y de discernimiento con mis formadores, percibí la misión que me asignó: continuar aquí en la tierra la misión redentora de su Hijo siendo testigo del amor del Corazón de Cristo para el género humano.

Desde joven he vivido en la misión católica de Bokote en el corazón de la selva en la provincia del Ecuador en el Noroeste de la actual República Democrática del Congo en la que trabajan nuestros Padres MSC belgas (1924) y los de Alemania del Sur-Austria (1956). La misión de Bokote es la primera recibida de los Padres Trapenses por los MSC. Ha servido mucho tiempo de base para otras implantaciones misioneras tierras adentro. Procedente de una familia de once hijos, mi padre, hoy fallecido, fue durante mucho tiempo un servidor adic­to a la misión protestante, y mi madre aún viva presidía la asociación de las mujeres protestantes. Seis de los ocho hermanos y una hermana han pasado al catolicismo y los otros han seguido siendo protestantes de los que un hermano es pastor local.

Bautizado a la edad de trece años en esta misión católica, he vivido como todos los jóvenes de esta época en contacto frecuente con los Misioneros del Sagrado Corazón bien conocidos por mi familia. He visto a valerosos Padres y Hermanos trabajar para hacer a este rincón perdido habitable con infraestructuras escolares, sanitarias y sociales. En la imaginación colectiva de los jóvenes de la misión, estos misioneros parecían seres excepcionales a causa de su estilo de vida.

Mi vocación es la historia de una paradoja

Viniendo de una familia protestante practicante, he vivido esta elección y esta orientación como una gracia. A finales de los años 70, no había problemas de guerras de religión sino que los espíritus permanecían todavía abiertos al ecumenismo sano. En África negra, no existe el pesado contencioso entre el catolicismo y el protestantis­mo. Ciertamente, la competencia religiosa ha engendrado rivalidades locales, pero estas disputas de campanario no han degenerado nunca en enfrentamientos doctrinales y no han alterado el sentido africano de la comunión. Al principio de mi camino con los Misioneros del Sa­grado Corazón, no encontré problemas particulares. ¡Grande gracia la de una familia unida que no me ha impedido servir al Señor allí donde Él me llamaba! Siendo muy joven, participé en el culto protestante e incluso confeccioné los panes de la Cena cuando oficiaba mi Padre. Su deseo era el de ayudarme a responder fielmente y con alegría a la llamada del Señor. Doy gracias al Señor por este ambiente familiar, este marco de vida propicia a la eclosión de mi vocación.

Varias razones motivaron mi elección: la admiración por los misioneros y su estilo de vida, pero también su asiduidad a la oración, su adhesión a Cristo y a su Evangelio. ¡Llegar a ser y ser como ellos! Imitaba a menudo al sacerdote organizando yo también misas con sotana improvisada, y celebrando sobre una mesa imitando en todo el tono y el estilo del sacerdote. Mucho más tarde comencé a comprender los ideales MSC, la espiritualidad y su carisma. Los comienzos del pre-noviciado se parecían a un verdadero recorrido de combatiente: era la época de las exploraciones, de los sondeos, de las elecciones insegu­ras y difíciles alrededor de una formación espartana con aires de un verdadero psicodrama que se desarrollaba entre los maestros de la época y sus discípulos. Al recordar estos momentos de iniciación, y al releerlos con una mirada de fe, se comprende mejor cuán bueno es el Señor. El jubileo de la Congregación es para mí la ocasión de la purificación de la memoria: la de recordar los beneficios de Dios en una Congregación en marcha hacia el cumplimiento de la misión divina recibida por ella siguiendo al Padre Julio Chevalier. "Si Dios quiere una obra, escribía, los obstáculos son medios para Él" Este recuerdo mantiene, en una constan­te oración, una relación de amor filial con Dios.

2. El testimonio de mi vida

Me han preguntado qué recuerdos guardaba de algunos Misioneros del Sagrado Corazón cuya vida y ejemplo me han atraído. La gran humildad, la entrega al servicio de Dios y de los demás me han marca­do mucho. Todo depende un poco del retrato ideal que cada uno tiene de los demás y de las cualidades que ha apreciado en ellos. Algunos subrayarían las cualidades del corazón (compasión, bondad, humildad), otros las del espíritu (inteligencia, apertura, comprensión) y otros las morales (honradez, rectitud). Sin querer citar nombres, recuerdo haber estado en contacto con una generación de hermanos mayores MSC de grandes cualidades de corazón que vivían en una gran sencillez y una entrega ejemplar. Admiro todavía su fidelidad al Evangelio y a la Misión.

La Fidelidad de nuestros mayores: un motivo de interpelación para las jóvenes generaciones de los MSC africanos.

Muy joven, he conservado la imagen del misionero cuya vida comenzaba muy pronto por el rezo del breviario, la misa matinal y las actividades pastorales: animación de los jóvenes, catequesis, desplazamientos, acogida y escucha de los fieles. A pesar de las limitaciones humanas y de la dureza del medio ambiente (un clima cálido y húmedo), su constancia en la enseñanza del Evangelio, a veces contra viento y marea, su aplicación asidua a los ejercicios siguen siendo para mí un reto permanente. ¿Cómo proseguir nuestra misión con la constancia de lo esencial, el aguante en la prueba, la fidelidad al Evangelio? ¿Cómo continuar la misión de Cristo en tierra africana con la fidelidad creadora a nuestro carisma, por el testimonio eficaz y verdadero de mi consagración religiosa permaneciendo arraigado en mi cultura? Tantas cuestiones que me empujan a buscar respuestas a la luz de la vida y de la obra del Fundador.

Evangelizar en África negra: un reto permanente para los Misioneros del Sagrado Corazón

Una segunda interpelación viene de la situación africana: ¿Cómo recordar al mundo entero que el continente africano es el continente olvidado? Económica y políticamente, la situación de África no hace más que empeorar, sin hablar de la epidemia del sida. La deuda exte­rior se ha triplicado desde 1980 y las tentativas de democratización y de multipartidismo son a menudo la ocasión de una vuelta a un tribalismo sangriento. ¿Cómo ser la conciencia de los gobernantes y de la sociedad a fin de ayudar un poco al África negra en su búsqueda de felicidad y de un mayor bienestar frenado por el egoísmo y la corrupción de los jefes políticos y militares? Una minoría se ha apoderado de los medios de subsistencia dejando a la mayoría en una pobreza extrema. ¿Qué conducta de vida me conviene adoptar para estar a la altura de los problemas y de los sueños de nuestros pueblos?. ¿Qué opciones de vida debo tomar para fecundar las grandes utopías de nuestros cristianos?. ¿Qué compromisos tendré que asumir prioritariamente para responder concretamente a las preocupaciones que agitan a nuestras sociedades?.

En este contexto, el reto mayor de la evangelización será el de promover en la Iglesia una fe personalizada y vivida según los valores evangélicos. En la precariedad de una existencia amenazada por fuerzas negativas, mi adhesión a Cristo y mi consagración a Dios deben ser cada día un testimonio. Un testimonio del misionero del Corazón de Cristo que tanto ha amado al mundo y se ha entregado para su salvación. Más allá de las barreras lingüísticas y tribales, el amor compasivo de Cristo y las riquezas de su Corazón pueden ser un principio unificador para mayores solidaridades en la vida africana. Se trata finalmente de ayudar al africano a hacer esta experiencia del amor del Corazón de Cristo en su vida para que éste se convierta en el principio de inspiración y en la norma fundamental de su vida en sociedad.