Teología de la Persecución
LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA
de don Nicola Bux y
don Salvatore Vitiello
La urgencia de una
"Teología de la Persecución”
La liturgia romana afirma que el sacrificio del Hijo de Dios es "principio y
modelo" de todo martirio (cfr. Misal Romano: oración sobre las ofrendas, en la
memoria de los Ssntos Cosme y Damián). Es "principio" porque Jesús dijo a sus
discípulos que serían perseguidos a causa de su nombre. Declarándose Hijo de
Jahweh, Cristo no abolió sino que dio cumplimiento a la concepción judía del
martirio: la muerte durante la persecución se produce a causa del nombre de
Dios. Éste equivale a gastar la vida para que en el mundo reine la justicia; y
esto sólo es posible si se reconoce la primacía de Dios. Los mártires no buscan,
en efecto, el martirio en cuánto tal, sino la santificación del nombre de Dios,
principio de toda justicia en el mundo.
El sacrificio del Hijo de Dios es también modelo de martirio. El hecho de que
Jesús sea Dios venido al mundo es la verdad original que los cristianos deben
testimoniar y esto incluye, de modo escandaloso, el amor a los enemigos y la
benevolencia hacia los perseguidores. ¿Qué justicia, en efecto, podría
establecerse en el mundo sin la conversión de los perseguidores y los enemigos?
La sangre de Cristo y, por medio de ella, la de los cristianos constituye su
sello. El mundo no ha conocido a Dios, nos ha recordado san Juan. Ésta es la
razón por la que el mundo persigue a la Iglesia. La persecución del mundo se
encarniza contra sus miembros, culpables de proclamar y testimoniar como debería
ser el mundo para poder vivir en él. La Iglesia en efecto, se presenta como el
mundo ya resucitado. Entre las páginas de los dos mil años de su historia,
aquellas teñidas de color rojo sangre son mucho más numerosas que las teñidas de
blanco, cuando la Iglesia ha vivido en paz, y de las negras, cuando ha estado
particularmente ofuscada por el pecado de sus miembros; porque la Iglesia, como
Jesús profetizó, tiene que seguir en esto, y sobre todo en esto, a su Maestro.
El mártir realiza en su cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo, y esto
favorece la resurrección, del crecimiento y de la vida de la Iglesia. El
cristiano en efecto está dispuesto a sufrir la injusticia en vez de cometerla,
por tanto a morir. La fe de este modo hace sitio a la caridad que no tendrá
nunca fin (cfr N.Bux, "Porque los cristianos no temen el martirio", ed.Piemme
2000, p 147-148).
Pablo trazó sumamente las líneas de la teología de la persecución, en particular
cuando afirma en la Primera carta a los Corintios: "Si nos difaman, respondemos
con bondad. Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el
desecho de todos" (4,13). Como Cristo, ha estado y debe estar dispuesta a pagar
el precio, no de la pérdida de identidad, sino de la pérdida de la vida, es
decir el martirio.
La Congregación para la Evangelización de los Pueblos documenta cada año el
número de misioneros católicos que dan tal supremo testimonio, por el diálogo
salvador con los pueblos del mundo. Permítaseme decir que necesitaríamos, más
que una teología de la liberación, una "teología de la persecución”, que refleje
la condición normal del cristianismo en el mundo.
Pero ella está ya admirablemente encerrada en la teología crucis. El camino de
la persecución es un camino obligado; sin el sacrificio no hay para el
cristianismo - decía Soltgenicyn - posibilidad de desarrollo (cfr N.Bux, "El
Quinto sello", Librería Editorial Vaticana 1997,p 163). Que sea cruenta o menos
cruenta, la persecución constituye el estatuto ordinario de la Iglesia. El
Martirologio es pues el necesario vademécum del cristiano y de todo aquel que
busque la unidad y trabaje por la paz. Desde la primera llegada de Cristo hasta
su vuelta, la suprema bienaventuranza continua siendo la persecución. (Agencia
Fides 8/3/2007)