Bienaventurados los de puro corazón II


Una carta pastoral
 
Al clero, a los religiosos,
y a los laicos creyentes de la diócesis
y a todos de buena voluntad:

sobre la dignidad de la persona humana
y los peligros de la pornografía

Monseñor Roberto W. Finn
Obispo de la diócesis de Kansas City
San José
(descargar carta)
21 de febrero de 2007

 

Capítulo I

LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

Hagamos al hombre según nuestra imagen y semejanza (Génesis 1, 26): El respeto debido a la persona humana tiene su raíz en Dios.

Como seres humanos hemos sido creados según la imagen y semejanza de Dios. La dignidad y el respeto debidos a toda persona humana no corresponde definirlo a un grupo de personas o se nos conceden por medio del gobierno. Nuestra dignidad no depende tampoco de lo que poseemos, ni de lo que hacemos. No podemos comprar y vender la dignidad. Esta dignidad y su valor provienen de Dios como un don completo e inestimable.

¿De qué manera somos semejantes a Dios? Tenemos un alma inmortal y nuestro destino consiste en vivir siempre con Dios en el cielo. Somos llamados a ser santos como Dios es Santo; y por medio de Jesucristo y su Iglesia podemos recibir los medios para alcanzar la santidad. Igual que Dios tenemos una naturaleza racional, la habilidad de razonar. Sin embargo, no es solamente la razón que representa la imagen divina dentro de nosotros. Somos como Dios porque somos capaces de amar. Podemos donarnos a nosotros mismos a otra persona.

"Han sido comprados con un precio. Por eso glorifiquen a Dios en su cuerpo" (1 Corintios 6, 20): Nueva vida en Cristo.

  Aunque por causa del pecado el  hombre ha caído  dañando seriamente ese don de nuestra dignidad Dios no ha dejado de amarnos y nos ha enviado al Redentor.   Hemos sido comprados - a un enorme precio.

 La vida humana ha sido asumida y elevada en la encarnación por medio de la  venida de Cristo. En la carne Dios se ha unido a sí mismo en cierta manera con toda persona humana[1]. En el misterio pascual que es el paso de Jesús a través de la muerte a la resurrección y la nueva vida, él ha ganado la victoria definitiva por nosotros y ha establecido para nosotros una esperanza en la vida eterna en lo alto. Por medio del bautismo participamos en la vida de Dios por medio de la adopción divina. En este primer sacramento, nuestra purificación se cumple por medio del signo eficaz del agua que se derrama y da vida. Dios ha reestablecido nuestro valor eterno. Cada uno de nosotros está ante el reto: "¡Hijo de Dios, conviértete plenamente en lo que eres!"

¿Acaso somos dignos de que alguien muera por nosotros? ¿Acaso tenemos tanto valor que alguien sea crucificado por nosotros? La respuesta de Dios es un sí. La pregunta que tenemos que hacer a nosotros mismos, debería ser: "¿Dios vale que vivamos por él?"

 

 Desde el comienzo de la creación, "Dios los hizo hombre y mujer" (Marcos 10, 6): Dignidad de la sexualidad humana.

Esta dignidad de la persona humana incluye nuestra sexualidad. Nuestra sexualidad es más que un género. Forma parte de nuestra persona. Nos da la capacidad de relacionarnos y entregarnos con amor a otra persona. Nuestra sexualidad es un medio importante por  medio del cual podremos compartir el amor y el poder creador de Dios. En el matrimonio, un hombre y una mujer son llamados a establecer una unión de dos individuos para que sean uno sólo, unión que es completa, que es exclusiva y que dura toda la vida. Esa unión es la relación apropiada por medio de la cual es posible de convertirse en co–creadores junto con Dios y así permiten que su amor del uno por el otro fructifique al traer al mundo una nueva vida.

En mal uso de la sexualidad humana pueden poner de manifiesto la debilidad y el egoísmo, algunas veces de manera terrible. La sexualidad humana es un don no un juguete. Es un don que hay que respetar y encaminarlo hacia su propio fin: una comunión de amor entre dos personas.

 

Yo conozco mis culpas; y pecado siempre está delante de mí (Salmos 51, 5): La realidad del pecado.

Esta visión de lo que somos en Dios es una visión maravillosa. Con todo sabemos que es marcada por la realidad tan amarga y dolorosa del pecado. La capacidad de elegir a amar significa que podremos elegir al mismo tiempo del herir o ignorar unos a los otros. El pecado es agresivo y es destructivo.

La unidad original de Adán y Eva ha sido quebrantada por el pecado original. Ya que nuestra sexualidad humana es importante y fundamental y nos provee de medios con los cuales la naturaleza humana se expresa a sí misma de manera profunda y a veces horripilante. Adulterio, fornicación, prostitución, violación, abuso sexual y explotación, elemento de la esclavitud de nuestros días, crímenes de pasión y pornografía... todas estas realidades ilustran el aspecto de la caída de nuestra naturaleza humana. La dignidad de la persona humana ha sido herida y vulnerada por el pecado. Cuando pecamos somos cada vez menos la persona  la que nos destinado que seamos según nuestra vocación cristiana. El pecado nos deshumaniza. El hecho de que Jesús no tenía pecado no lo hace menos humano sino más humano. El pecado nos hace menos humanos. La gracia de Cristo nos restaura.

La comprensión de la dignidad de la persona humana nos permite examinar con mayor precisión todo aquello que compromete esta dignidad. Jesús dijo: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Marcos 12, 31).

Todo hombre debería considerar a su prójimo como otro yo, siendo consciente, por encima de todo, que tiene que proteger su vida y proveerlo de todos los medios necesarios para vivir la vida de una manera digna. A esto nos invita el ejemplo del rico epulón que ignoraba al pobre Lázaro. También hoy existe el deber ineludible de convertirnos en prójimos de toda persona no importa quién sea[2].

Para expresarlo de manera simple: el pecado nos separa los unos de los otros y de Dios. El pecado destruye la relación entre las criaturas y entre la persona humana y Dios. En última instancia el pecado debe entenderse en términos de libertad y amor. El pecado es abuso de la libertad y fracaso del amor.

Solamente al conocer del plan de Dios para con el hombre nos permite comprender que el pecado es el abuso de la libertad que Dios da a las personas que ha creado, de manera que sean capaces de amarlo a él y amarse los unos a los otros[3].

Todo atleta se disciplina... para ganar la corona imperecedera" (1 Corintios 9, 25): La vida virtuosa.

El pecado nos separa de Dios mientras que la apertura hacia Él busca unirnos a Dios. Cuando descubrimos el amor que Dios tiene por nosotros y cuando descubrimos ese maravilloso destino que es nuestro, nos esforzaremos una y otra vez para conseguir todo lo que Dios tiene preparado en este sentido. Y por ello, las virtudes son parte vitalmente importante de la vida cristiana. Por virtud que queremos decir "... una disposición habitual y firme de hacer el bien"[4]. Al crecer en la virtud buscamos crecer cada vez más en semejanza con Dios, llegamos a ser más santos. El pecado puede producir una especie de atrofia que debilita y hasta paraliza nuestro músculo moral. La virtud es el entrenamiento de nuestro músculo moral que nos hace fuertes y nos ayuda a maximizar nuestro potencial. En nuestra vida moral se da toda una constelación de virtudes que enfocan las diferentes situaciones de la vida. Existe entre ellas una virtud que nos llama a respetar y cuidar la sexualidad humana, esa virtud la llamamos castidad.

 

Crea en mí un corazón puro o Dios (Salmo 51, 12): músculo inicial de la virtud de la castidad

Para algunos la castidad puede tener una connotación más bien negativa. Como parte de la virtud cardenal de la intemperancia, la castidad nos llama a ser moderados en cuanto a los placeres de los sentidos, manteniendo el uso de nuestra sexualidad dentro de los límites de lo que es apropiado, utilizando su poder de dar la vida solamente para una meta que valga la pena[5].

Con todo, la castidad es una virtud que gobierna su propio ambiente: es una fuerza. No es solamente la ausencia de algo malo. Es la presencia de algo bueno. Y ese algo es el respeto. La virtud de la castidad redunda en los actos de respeto de cara a otros y de cara a nosotros mismos.

La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo entero y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer. La virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y la integralidad del don.[6]

Aquellos que tratan a los demás como objetos podrán experimentar algún placer pasajero pero nunca serán felices. La castidad existe no para prevenir la felicidad sino permite que la felicidad madure y florezca. La castidad nos ayuda a ver a las personas lo que son realmente. Nos ayuda en cimentarnos en la verdad.

La castidad no es un obstáculo en el camino hacia el amor sino existe más bien para protegerlo. La castidad expresa amor. Antes de convertirse en Papa Juan Pablo II escribió un libro con el título " Amor y Responsabilidad”. Este escrito surgió de su labor pastoral con los estudiantes universitarios que incluía también la preparación al matrimonio. Mientras algunos dirían que lo contrario del amor es el odio, él enseñaba que lo contrario del amor es el uso. La idea es que si no amas a alguien terminarás con usar a esta persona. Esto se conoce como la norma personalista. Para decirlo de manera negativa significa que uno nunca debería utilizar a otra persona como objeto para su placer propio. Diciéndolo de manera positiva sostiene que la respuesta apropiada de cara a una persona es el amor.

Amor y responsabilidad reclama que la estructura del amor es la de una comunión interpersonal. En esto encontraremos un reflejo de la bendita Trinidad, o comunión de amor. El futuro Papa insistía que la castidad siempre se refiere a personas. Argumentaba "... amor es la afirmación de la persona y si no lo es, no es amor de ninguna manera"[7]. La virtud moral de la castidad solamente se puede pensar en relación con la virtud del amor. Sólo los castos son capaces de amar. Seremos castos en la misma proporción que estemos amando a los demás; mientras que del otro lado no seremos castos en la proporción que utilicemos a los demás. De esta manera la castidad es al mismo tiempo pre-requisito y expresión del amor. La castidad no es un "no" sino un "si", un "si" a la otra persona como persona y no como un objeto que podemos usar. La castidad puede entrañar un "no" pero siempre éste “no” está al servicio de una meta positiva más grande.

La castidad es necesaria para todos los cristianos no importa su estado de vida si son solteros, casados o célibes. Todos son llamados a respetar la dignidad humana. Todos son llamados a amar.

Aquellos que son solteros son llamados a vivir una castidad que respeta los demás y no se permite actuar de una manera que es apropiada y exclusiva de los casados.

La castidad también es importante para aquellos que están casados. Para ellos la castidad normalmente no significa abstención sexual sino fidelidad y, dentro del matrimonio, un respeto profundo y un amor que nunca trata al otro cónyuge como un objeto. Por medio de este amor profundo son llamados a revelar el amor que existe entre Cristo y su Iglesia y así presentar una intuición del mismo misterio de Dios.

Aquellos que son llamados al celibato también son llamados a la castidad. Por medio de una continencia perfecta deben amar a Dios y al prójimo por amor al reino de Dios y como signo de la vida futura.

La castidad es importante para todos los cristianos y para toda persona de buena voluntad. La castidad nos llama a amar como ama Dios. Consiste en ordenar nuestra sexualidad de acuerdo al plan de Dios. La castidad es amarnos unos a otros con sinceridad y verdad.

 


 


[1] Gaudium et spes, n. 22. Vaticano II

[2] Gaudium et spes, 27.

[3] Catecismo 387

[4] Catecismo. 1803

[5] Catecismo 1809

[6] Ibídem 2337

[7] Karol Wojtyla, Amor y Responsabilidad, 123.