Dios probablemente existe  



Juan Antonio Herrero Brasas
el 7 de Febrero de 2009 en
Cultura y Libros.
 


El autor analiza la gran repercusión de la campaña impulsada por el ateísmo en los autobuses urbanos. La dialéctica ciencia y religión, que ocupan ámbitos separados, vuelve al primer plano del debate.

La campaña de promoción del ateísmo en los autobuses urbanos, inicialmente impulsada por la Asociación Humanista Británica y después trasladada a España por la Unión de Ateos y Librepensadores de España, fue concebida como respuesta a una provocación del fundamentalismo religioso. Entusiasta y económicamente apoyada por el biólogo evolucionista y ateo militante Richard Dawkins, dicha campaña ha conseguido al menos abrir un incipiente debate sobre una cuestión que nunca ha dejado de ser vital: ¿existe Dios?

En 2004, el filósofo Antony Flew, tras toda una vida dedicada a promover el ateísmo, anunció haber llegado a la irrefutable conclusión de que Dios existe. Las razones para este cambio de convicción las explica en su libro There Is a God. En él nos informa de que su lema siempre ha sido seguir la evidencia racional, le lleve a donde le lleve. En este caso, la evidencia procede de los últimos avances de la ciencia y de la matemática. El origen de la vida, la extrema complejidad y carácter arbitrario de las leyes físicas y lo estadísticamente improbabilísimo de que por un proceso de ciego azar la evolución haya dado lugar al mundo en que vivimos son las cuestiones que han llevado a Flew a afirmar la existencia de un Poder y una Inteligencia supremas más allá del mundo físico. Un mismo Einstein, extasiado ante la complejidad de las leyes de la física y el insospechado orden que revelan, afirmó la existencia de Dios, de quien dijo que «no juega a los dados» con el universo, pues todo parece responder a un perfecto cálculo.

No hace falta ser un intelectual de élite para entender el argumento más común para la existencia de Dios, argumento que a lo largo de los siglos han ponderado tantos pensadores en el mundo occidental. Me refiero al llamado argumento cosmológico. Se trata de un argumento cuasi-intuitivo que delinearé aquí del modo más simple posible para beneficio del lector no familiarizado con los formalismos del lenguaje filosófico. Dicho argumento se basa en la imposibilidad de entender el origen del universo sin postular un creador.

Contrariamente a lo que afirmaba Aristóteles, y a lo que muchos sostenían hasta el mismo siglo XIX, ahora sabemos con certeza que el Universo no es eterno. Tiene una edad (unos 13.700 millones de años) y, por tanto, tuvo un principio. Y de la misma manera que todo lo que tiene una edad y un principio, el Universo no existía antes de ese principio. Si no existe nada más que materia, si no hay Dios, nos encontramos con que el Universo -en última instancia una roca inmensa- ha decidido existir y ha dado lugar a su propia existencia. Pero esa es una conclusión poco plausible. Normalmente no vemos piedras aparecer en el aire sin motivo ni causa alguna. Es más, pensaríamos que es algo imposible, o al menos extremadamente improbable, y eso en un mundo donde existen piedras y donde podría existir una misteriosa ley física que permitiera tal fenómeno. Si eso nos parece imposible, cuánto más el pensar que una roca de las dimensiones del Universo vaya a dar lugar a su propia existencia a partir de la nada, de la absoluta no existencia.

En su conocido ensayo Por qué no soy cristiano, Bertrand Russell nos informa de que a los 18 años de edad descartó el argumento cosmológico porque si Dios ha creado el Universo entonces habría que preguntarse quién ha creado a Dios, y ello nos llevaría a una infinita y absurda cadena de dioses. Mejor quedarse con el Universo sin más. Mal ejemplo de filosofía el de Bertrand Russell. Evidentemente, tener un principio, y con ello implícitamente una edad, es una condición de los objetos naturales. De Dios precisamente lo que se afirma es que está por encima de la naturaleza (es «sobrenatural») y, por tanto, no está sujeto a las condiciones de la naturaleza, condiciones que El mismo ha legislado. Preguntarse por la edad de Dios es análogo a preguntar cuánto pesa, cuánto mide, cómo huele. Son preguntas que sólo tienen sentido en los seres naturales.

Como parte del argumento cosmológico se suele incluir el misterio que representan las leyes de la física, su carácter arbitrario y el hecho de que todas, en su inconcebible complejidad, estuvieran en pleno funcionamiento desde el primer instante del Big Bang (de lo contrario la expansión del Universo no podría haber tenido lugar). Una mera roca, la pura materia, si es que eso es lo único que hay, no tiene capacidad para inventar leyes de semejante complejidad y ponerlas en marcha en el mismo momento de su nacimiento.

Pero es la Teoría de la Evolución lo que con más frecuencia se ha convertido en arma arrojadiza del ateísmo militante. La evolución biológica, se conciba como se conciba, no plantea un problema especial para la religión. Es, en última instancia, una expresión más de la inteligencia divina. La cuestión crucial está en el origen de la psique humana, es decir, el alma. Incluso Alfred Russell Wallace, hombre de izquierdas y originador, junto con Darwin, de la Teoría de la Evolución, no pensaba que la psique humana, por su naturaleza tan diferente, pudiera ser resultado de la selección natural.

La relación entre cerebro y pensamiento es algo que no entendemos, pero una analogía quizás nos ayude. Si pudiéramos traer a nuestro tiempo a un entusiasta científico del siglo XVIII y le pusiéramos a chatear por Internet en un ordenador portátil sin conexiones visibles de cable, seguramente concluiría que los hombres del siglo XXI hemos logrado crear máquinas que piensan, el objetivo final de la ciencia. Sería muy difícil explicarle la enorme complejidad del sistema, y que nos creyera. Pues bien, si Dios existe, la relación entre cerebro y alma/pensamiento representaría el Internet final, por así decir, una creación más de la mente divina, que en su extrema complejidad tan sólo la ciencia del final de la historia podría llegar a entender.

Ciencia y religión ocupan dos ámbitos de pensamiento estrictamente separados. La religión habla de verdades últimas. La ciencia sólo puede hablarnos de lo que aquí y ahora conocemos, que es necesariamente muy limitado. La ciencia de ayer es el chiste de hoy y, sin ninguna duda, la ciencia de hoy será el chiste de mañana. Sobre aquellas cosas que la ciencia no sabe simplemente debe callar, y no ponerse al servicio de ideologías. Las lagunas de la ciencia no se pueden cubrir con actos de fe. Que la ciencia un día averiguará o demostrará tal o cual cosa es una expresión de fe. Es convertir a la ciencia en algo que no es: una religión, o peor aún una superstición. Lo que la ciencia no sabe simplemente no lo sabe. Y no hay que construir conjeturas ideológicamente motivadas ni actos de fe sobre ello porque entonces lo que se está haciendo es ciencia ficción en sentido estricto.

Una buena parte del mundo científico ha adoptado el llamado ateísmo o materialismo metodológico. Es decir, la exclusión sistemática, como cuestión de principio, de cualquier causa no material. Ello a veces lleva a hacer afirmaciones disparatadas, como es el caso de Dawkins en algunos de sus más conocidos libros. En otros casos esa militancia científica conduce a ignorar, o incluso falsear, datos y eventos que constituyen un reto al conocimiento científico.

El mayor obstáculo que presenta la religión convencional es su falta de respuesta satisfactoria al problema del mal y el sufrimiento. Eso es lo que lleva a muchos al abandono de la religión y al ateísmo, y es un problema que es imposible tratar ni someramente en la brevedad de estas líneas. El ateísmo, por otra parte, es difícil de sustentar intelectualmente. El problema es que frecuentemente se sustenta en una percepción extremadamente selectiva de la realidad, y se reviste de la característica arrogancia de quien cree saberlo todo cuando en realidad es víctima de la más patética ignorancia