El profesor Müller, a los polemistas contra la petición de perdón de Juan Pablo II
Las injurias al Papa:

un boomerang

De un artículo de Gerhard Ludwig Müller, catedrático de Teología en Munich,

publicado en el periódico alemán Die Tagespost, recogemos lo esencial

Con un click del ratón estabamos dentro de la red del complejo antirromano: no importa lo que venga de Roma: siempre es malo. Y cuando es bueno, se debe hablar mal de ello. En pantalla aparecían los sumos sacerdotes del espíritu antieclesial dominante y sus esbirros. Como siempre, la correspondiente página de Internet venía llena de palabras agresivas y no de argumentos objetivos.

Küng sigue especulando todavía sobre el Papado de Roma, fundado por el diablo, en cuya existencia y maquinaciones malvadas, por cierto, a diferencia de Lutero, ya no cree; Drewermann se considera a sí mismo como un nuevo Giordano Bruno; Denzler celebra la publicación de una chapuza indescriptible, en la que se difama al cardenal Faulhaber como promotor y protector de Hitler.

Mientras las agencias de prensa especulaban todavía si la petición de perdón iba a ser pronunciada el Miércoles de Ceniza o el primer domingo de Cuaresma, los conocidos críticos del Papa emitían ya sus comentarios, obviamente sin conocer el texto: Todo demasiado poco concreto y muy vago.

ACONTECIMIENTO HISTORICO


Para granjearse de nuevo popularidad, le recomiendan los críticos renunciar de una vez a su manía de infalibilidad y a su pretensión de poder, reconocer delante de todo el mundo los numerosos pecados de su pontificado, y comenzar a rehabilitar a los teólogos sancionados y a los obispos favorables a la Reforma. Tendrá que excusarse públicamente ante las mujeres humilladas y los sacerdotes que se sienten estafados en la realización de su sexualidad. Sería la hora de una reparación eficaz. En la memoria histórica de la Iglesia, la liturgia del primer domingo de Cuaresma del Año Santo 2000, con sus peticiones de perdón y con el compromiso de una más coherente imitación de Cristo, se recordará como un acontecimiento histórico único de gracia y de reconciliación. Sólo en la fuerza de la reconciliación es posible también una nueva unidad entre todos.

 

LA IGLESIA, FORTALECIDA POR LA RECONCILIACION QUE SOLO DIOS PUEDE CONCEDER A LOS HOMBRES, DEBE SER TESTIGO MAS FIDEDIGNO DEL EVANGELIO, CUYA PROCLAMACION ES SU UNICA RAZON DE SER


Surge la pregunta: quién es, en realidad, la Iglesia. Habrá diferentes respuestas. A la pregunta, ¿quién cree la gente que es el Hijo del Hombre?, algunos responden que es un profeta. Sólo Pedro y los otros discípulos de Jesús le reconocen como el Hijo del Dios vivo. Igualmente opinan muchos hoy que la Iglesia es una institución ético-religiosa más, organizada por hombres, mientras que los apóstoles de Jesús, en el Espíritu Santo, reconocen correctamente a la Iglesia como la comunidad de la fe en Jesús, el Cristo. La Iglesia no actúa simplemente por encargo de Cristo. Actúa, más bien, Cristo mismo en ella y a través de ella, hasta el final de los tiempos, para la salvación de los hombres. En su origen, en su vida y en su misión sólo se la puede entender desde Dios. El Señor resucitado mismo nos bautiza en nuestro Bautismo y nos parte el Pan en la Eucaristía; el Espíritu Santo da el poder a los obispos, en el Sacramento de la Ordenación, para pastorear y dirigir a la Iglesia de Dios.

No sólo la estructura visible, sino también la arquitectura interna de la Iglesia es obra de Dios. La estructura de la Iglesia no es precisamente una forma de organización copiada de los modelos sociales de poder dominantes, a la que se somete un grupo religioso en la medida que le conviene. La Iglesia no es santa en virtud de los esfuerzos humanos ni de proezas morales, sino porque Dios actúa sobre ella, en ella y a través de ella. Por eso la Iglesia, como tal, es infalible, en la confesión de la fe y en su interpretación vinculante, y también lo es en los portadores de la misión apostólica de su anuncio auténtico (los obispos en comunión con el Papa). Por eso, la palabra de la predicación no es mera información o propaganda, sino Palabra de Dios operante. Por eso, los Sacramentos actúan de un modo objetivo a través del cumplimiento obediente de su forma instituida por Cristo, y no por el grado de devoción subjetiva de sus dispensadores humanos.

CRISTIANOS PECADORES


Pero esta Iglesia está compuesta por hombres, que no corresponden automáticamente al don sacramental de la santidad, que recibimos en el Bautismo. Cada cristiano y la Iglesia como comunidad visible, que se compone de cristianos individuales, puede tener flaquezas en la fuerza de la fe y en el poder transformador del amor. Sólo en Cristo hay una concordancia perfecta entre la santificación objetiva de la naturaleza del hombre y la santidad subjetiva, que es para siempre la fuente de la santidad indestructible de la Iglesia. Por eso en los miembros de la Iglesia peregrinante son posibles los pecados personales, hasta la apostasía. La Iglesia, santa en Dios y desde Dios, necesita al mismo tiempo y siempre de la conversión, penitencia y renovación de sus fieles desde el Evangelio. Reforma de la Iglesia no significa precisamente cerrarse a priori a las tendencias mayoritarias de la actualidad (conservadurismo), o entregrarse a ellas sin reservas (progresismo). La Iglesia toma el Evangelio como medida crítica y también desde el Evangelio critica a la sociedad, en la que vive, en beneficio de los hombres (derecho a la vida de los no nacidos, dignidad hasta la muerte natural, puesta en práctica de los derechos de los explotados y marginados).

La Iglesia de hoy no se lanza a juzgar a la de ayer, puesto que sólo Dios juzga los pensamientos de los corazones, que, por sus hechos, responden en conciencia a Dios. Pero la Iglesia es una comunidad en la responsabilidad, universal, que trasciende los tiempos. Por ello, en un acto de asunción de la culpa de los hombres y en la petición de perdón a Dios, la Iglesia asume la culpa de sus antepasados, que en sus repercusiones y consecuencias negativas llegan hasta nuestros días y pesan sobre la memoria histórica de las culturas y comunidades religiosas que persisten hasta hoy. Sólo así es posible una memoria reconciliada.

MAGISTERIO Y TEOLOGIA


No es verdad que a Hans Küng le fuera retirado el permiso de docencia eclesial sólo por su negación de la infalibilidad del Papa. La infalibilidad de la Iglesia, que Küng puso primero en duda, figura en la jerarquía de las verdades ciertamente en un lugar subordinado, pero, por otra parte, es también un indicador del posicionamiento respecto a las verdades más esenciales. Nada tiene pues de extraño que Küng relativizara también la divinidad de Cristo y la Trinidad, lo que finalmente hizo necesaria la decisión del Magisterio.

Ciertamente puede haber en la decisión de conceder o retirar el permiso de docencia eclesial un juicio erróneo en casos concretos, e incluso puede que todo el procedimiento sea susceptible de mejoras. Pero esto no modifica el hecho de que las Facultades de Teología no están al servicio de una ciencia de las religiones. Su pretensión científica se sostiene y desaparece con su objeto y su tarea: interpretar la Palabra de Dios en la fe de la Iglesia. Nadie puede reivindicar una cátedra, para poder dedicarse desde ella a sus hobbies de investigación, libre y sin preocupaciones, mientras, al mismo tiempo, ya tiene la vida resuelta, gracias a su estatus de funcionario público. La libertad de la Teología no es otra cosa que la obediencia de la fe, con la cual el hombre, con su inteligencia y voluntad libre, se pone en manos de la Palabra revelada de Dios (Vaticano II: Dei Verbum, 4). El ministerio episcopal es de derecho divino. El estatus funcionarial de los profesores de Teología sólo es de derecho eclesiástico del Estado. Una Iglesia que profesa lo que cree, y cree lo que profesa, no podrá permitir tampoco en el futuro que se pongan en duda los fundamentos de la fe en nombre de la Iglesia.

En el Süddeutsche Zeitung, Denzler exigía que el Papa se disculpase ante toda una serie de teólogos, que en algún modo tuvieron dificultades con las autoridades eclesiales, o bien con instituciones eclesiales oficiales. Por lo que respecta a los grandes teólogos, como de Lubac, Congar, Rahner y Teilhard de Chardin, se debe hacer resaltar su lealtad inquebrantable a la Iglesia como característica decisiva, a diferencia de aquellos que han negado las afirmaciones fundamentales de la Revelación. Por eso no le sale la cuenta a Denzler, cuando, refiriéndose a estos casos concretos, pretende desautorizar, en general, la credibilidad del Magisterio y demostrar errores del Magisterio en su propuesta vinculante de la verdad.

Es muy comprensible la herida de los judíos a causa del crimen de la Shoa; pero también es importante no confundir el amigo con el enemigo. ¿Hasta qué punto debe estar uno ciego y sordo para afirmar que el Papa Juan Pablo II no ha condenado con toda franqueza el genocidio contra los judíos? A pesar de todo el antisemitismo
teórico y práctico, deplorable, que hubo en las sociedades de cristiandad de la Edad Media, que no se pueden equiparar sin más con la Iglesia como Sacramento de Salvación, no se puede hablar de un antijudaísmo de principio en el cristianismo. La entrega de la vida hecha por Jesús, por la que es donada a todos los hombres la cercanía amorosa de Dios, no tiene en sí misma nada de antijudío, sino que es el anuncio de la Salvación aportada por Dios mismo, en la que llega a cumplimiento la búsqueda de verdad de todo hombre y la misión de Israel. La fe en Cristo es el apogeo del filosemitismo. Así, por ejemplo, el evangelio de Juan no es de ninguna manera antijudío, puesto que los judíos son la gente a la que hablaba Jesús; en parte creyeron en Él, y en parte no. Quienes discuten la cristofinalidad del Antiguo Testamento, hecha visible en la fe en Cristo como Hijo de Dios, no deberían instrumentalizar los sucesos terribles de Auschwitz. ¿Con qué derecho se denuncia la fe de la Iglesia en Jesús, el Redentor de judíos y gentiles, como punto de partida de un cadena causal que conduce a la Shoa?

Cristianos y judíos deben aprender del pasado, también de la experiencia de que fueron perseguidos a causa de la fe común en el Dios de Abrahám, a quien Jesús se dirigía como Abba, a mantener sus diferencias como hermanos, sin intervenciones que relativizan la substancia de la fe del otro. Antijudío es aquel que pone en duda el derecho de existencia del pueblo judío, o niega a la comunidad religiosa judía el derecho de definirse a sí misma en su profesión de fe.

MUJERES EN LA IGLESIA


Era inevitable que la confesión de culpa del Papa por la violencia y opresión que las mujeres han sufrido y sufren fuese traducida en seguida en la pregunta teológica sobre los candidatos al sacramento de la Ordenación. La confesión de la verdadera e igual dignidad personal de hombre y mujer, fundada en el orden de la creación y de la gracia, debería tener como consecuencia natural la ordenación de mujeres al sacerdocio y diaconado; de lo contrario, sería un reconocimiento a medias. El pastor alemán evangelista de Roma polemizó, en un programa de la cadena de noticias alemana ntv, al decir que las mujeres tienen sólo un significado marginal en la Iglesia católica. Por lo visto, identifica a la Iglesia con el clero, al que parece considerar al menos como el centro de la Iglesia.

El tema de si las mujeres pueden recibir la ordenación sacerdotal no se puede tratar desde la perspectiva mundana de hacer carrera o desde el ideal de la autorrealización, y menos aún se puede resolver así. El sacerdocio, como el apostolado, no es una profesión que se pueda escoger, sino una vocación para un servicio, a través del cual Cristo se hace presente en su relación con la Iglesia, su esposa, de una forma simbólica pero real, es decir, sacramental. Se trata de una cuestión eminentemente teológica: el signo de la natural referencia del hombre respecto a la mujer pertenece a la substancia del sacramento del Orden, del mismo modo que la diferencia de los sexos pertenece constitutivamente a la sacramentalidad del matrimonio. En vez de lecciones arrogantes al Papa, lo que aquí se reclama es la propia conversión.

La finalidad de la petición de perdón era la curación o cicatrización de las heridas, que los hombres se causaron en el pasado, y por las cuales sufrimos también hoy sus descendientes, reales o ideológicos. Podrá tener un efecto positivo para el futuro, sólo si todos toman la propia historia como ocasión para un mea culpa y no se muestran decepcionados, si sus prejuicios y su idea de sus enemigos no quedan confirmados.

Las injurias personales a Juan Pablo II se vuelven contra los que las propagan.

Gerhard Ludwig Müller
(traducción de Benjamín R. Manzanares)
 

 


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