La estructura del Pueblo de Dios



 Todos los bautizados
tenemos la misma dignidad de hijos de Dios,
y esta dignidad que nos incorpora a la Iglesia
es muy grande.
Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado
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Igualmente servidores y llamados a la santidad
Después de hablar de las notas de la Iglesia —una, santa, católica y apostólica—, el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica pasa a tratar de los fieles, es decir, de todos aquéllos que, incorporados a Cristo mediante el bautismo, son constituidos miembros del pueblo de Dios.

Tenemos que revalorizar el hecho de haber recibido el bautismo que nos hace a todos participantes de la misión sacerdotal, profética y real de Cristo. Ya se ve que desde esta perspectiva hay una verdadera igualdad entre todos los miembros del pueblo de Dios: todos tenemos la misma dignidad de hijos de Dios, y esta dignidad que nos incorpora a la Iglesia es muy grande: no estamos en la Iglesia, sino que formamos parte, somos la Iglesia.

La estructuración del pueblo de Dios, teniendo en cuenta la igualdad radical de todos los fieles, la da el sacramento del orden. Por institución divina hay ministros sagrados que formamos la jerarquía de la Iglesia. Su razón de ser es el servicio —ministro quiere decir 'servidor'— a todos los fieles. Por lo tanto, igualdad radical de todos, y jerarquía al servicio de todos.

Los fieles que no han recibido el sacramento del orden son llamados laicos. De éstos y de los ordenados provienen los fieles que se consagran de manera especial a Dios con la profesión de los consejos evangélicos de castidad —en el celibato y virginidad—, pobreza y obediencia, y que llamamos de manera genérica religiosos y religiosas.

La institución de la jerarquía eclesiástica tiene la finalidad de apacentar el pueblo de Dios en su nombre. Por eso lo ha instituido el mismo Cristo y por eso se le ha dado autoridad. Está formada por los ministros sagrados: obispos, presbíteros y diáconos. Por el sacramento del orden, los obispos y los presbíteros actúan, en el ejercicio de su ministerio, en el nombre y la persona de Cristo, cabeza de la Iglesia, y los diáconos sirven el pueblo de Dios en la diaconía 'servicio' de la palabra, de la liturgia y de los sacramentos.

Esta estructura del pueblo de Dios, querida por Dios mismo, tiene por finalidad ayudarnos a todos a alcanzar la salvación. Es importante resaltar que la jerarquía tiene un sentido de servicio y no de preeminencia, y que ella misma no indica una mayor santidad; más bien exige una responsabilidad mayor en la dedicación a las almas.

Rogamos para que los pastores sean santos y así podamos recibir de ellos toda la ayuda necesaria en nuestro camino hacia la santidad, y damos gracias a Dios, que ha querido que todos podamos ser igualmente santos, independientemente de nuestro trabajo en el mundo, de nuestras capacidades y de nuestra situación dentro de la Iglesia.

Desde hace muchos años los Papas han ostentado el título de «sirviente de los sirvientes de Dios». Ojalá que todos hiciéramos nuestra esta aspiración en bien de la comunión dentro de la Iglesia.