JULIO ALONSO AMPUERO

Exodo

El Señor de la historia

Introducción

El presente comentario responde a una preocupación de hace años. Como cristiano primero, como sacerdote y profesor de Sagrada Escritura después, siempre he echado de menos comentarios fáciles, sencillos, asequibles que pusieran las riquezas de la Palabra de Dios al alcance de los cristianos corrientes. Los estudios bíblicos han progresado muchísimo, pero el Pueblo de Dios sigue lejos de la Biblia. Tal vez sea la falta de este tipo de comentarios una de las causas. Estos sencillos comentarios pretenden trazar un puente entre la exégesis científica y la lectura creyente de los hombres y mujeres de hoy.

Mi objetivo, por tanto, es claro: acercar la Palabra de Dios a la gente y acercar la gente a la Palabra de Dios. Para ello no he ahorrado esfuerzos de claridad. Y sobre todo me he colocado en una actitud muy vital, pues la Sagrada Escritura ha sido inspirada para que hable de hecho a los hombres en su vida concreta e ilumine su camino.

Todo el comentario está basado en la más exacta fidelidad al texto bíblico. He tenido en cuenta las aportaciones de la mejor exégesis, pero nunca he entrado a justificar exegéticamente las explicaciones y he eludido positivamente toda referencia técnica. Soy consciente de que muchas veces he ido en mi comentario más allá del texto, pero ha sido en mi afán de actualizarlo de modo que ilumine la vida práctica de los creyentes; otras veces simplemente he recogido virtualidades o sugerencias que brotan del texto mismo, o he aplicado el criterio que el Concilio llama «atención a la unidad de toda la Sagrada Escritura» (DV 12). Según el principio origeniano de «la Sagrada Escritura es intérprete de sí misma».

Orientaciones para la lectura de la Palabra

«Habla, Señor...»

1.- La lectura de estas páginas no tiene sentido sin una referencia continua al texto bíblico. No pretenden sustituir a la Palabra de Dios, sino ayudar a entender mejor y a aplicarla a la propia vida. Por eso sugiero que se lea primero el texto que uno se propone meditar, que le deje hablar, que se deje interpelar por él; sólo en un segundo momento se debe leer el comentario... para volver de nuevo al texto bíblico.

2.- Dios nos ha revelado su palabra para dársenos a conocer El mismo y sus planes, para que entremos en comunión con El. Por tanto, hay que evitar a toda costa quedarse en «ideas». La lectura o meditación de la Palabra de Dios debe ponernos en contacto con El. Se trata de escucharle a El. Para ello es preciso ponerse en clima de oración, estar en presencia de Dios, atender al Dios que nos habla. Nada más contrario a la verdadera lectura de la Biblia que una lectura puramente intelectual, fria, impersonal...

3.- Aun contando con la ayuda de este comentario, con las notas de la propia Biblia o con otras ayudas, la Palabra de Dios es siempre misteriosa. Supera nuestra lógica humana, nuestra razón. Por eso necesitamos invocar al Espíritu Santo, para que El nos ilumine «por dentro» lo que la Biblia nos dice «por fuera».

4.- Como además hay en nosotros suciedad y desorden, fruto del pecado, necesitamos acercarnos a la Palabra de Dios con un corazón contrito y humilde, pidiendo que no manipulemos la Palabra de Dios haciéndole decir lo que a nosotros nos gusta. Es decir, hemos de acercarnos a ella en actitud de conversión, dispuestos a dejarnos transformar por la Palabra de Dios.

5.- Por la misma razón, hay que procurar ser objetivos. No tener demasiada prisa en ver «qué me dice» este texto a mí. Es muy fácil proyectar en la Palabra de Dios nuestras ideas o experiencias, nuestros gustos o nuestros planes... Por eso, antes de preguntarme «qué me dice», debo buscar atentamente «qué dice» el texto en sí mismo, con objetividad. Sólo en un segundo momento debo prestar atención a lo que me dice a mí, en mis circunstancias concretas, en mi vida personal o familiar, en mi trabajo o en mis dificultades... pero desde la objetividad del mensaje que Dios ha querido comunicar en ese texto.

6.- Esto supone una profunda actitud de escucha. Escucha quiere decir atención, acogida, docilidad, obediencia. Quiere decir salir de mí mismo y ponerme a disposición del Dios que me habla. Quiere decir deseo de dejarme tranformar por dentro. Quiere decir deseo de poner en práctica aquello que Dios me dice...

7.- En la lectura de la Biblia en grupo es necesario tener en cuenta además que el Señor puede hablarnos a través de los demás y puede servirse de nosotros para hablar a los demás. Por eso es necesario evitar la tentación de buscar ideas originales o bonitas, hay que evitar discusiones inútiles (las dudas se podrán aclarar en otro momento; ahora lo que importa es escuchar lo que Dios nos dice), hablar por hablar o que alguno o algunos acaparen todas las intervenciones...

Capítulo 1

1-6: La historia continúa...

«Los que bajaron a Egipto». El relato empalma con la situación en que ha terminado el libro del Génesis: la historia de la salvación continúa, el Dios que ha intervenido en la vida de los patriarcas va a seguir interviniendo.

Por otra parte, se trata de un grupo minúsculo, insignificante. Encontramos una especie de ley de la acción de Dios, en toda la historia de la salvación: para realizar su obra Dios parece tener predilección por lo pequeño, lo que no cuenta, lo que no es (cfr. 1Cor 1,18-25; 2Cor 12,1-10; Jue 6,12-16; 7,1-7; 1Sam 16,6-12; 17,45-47). De este pequeño grupo de personas Dios va a suscitar un gran pueblo, que será el pueblo elegido para ser depositario de las promesas, el pueblo de Dios. «No porque seáis el pueblo más numeroso se ha prendado el Señor de vosotros y os ha elegido, sino por el amor que os tiene...» (Dt 7,7-8). Dios no tiene en cuenta las cualidades que ve en los hombres. Su amor, su inmenso amor es la única norma de su actuar.

7

«Fueron fecundos y se multiplicaron»: se repiten las mismas palabras de Gén 1,28. La bendición-mandato de Dios se ha cumplido. Su palabra es siempre eficaz. Es preciso saber descubrir a Dios en los signos en que se manifiesta. Donde hay vida, ahí está Dios, pues Dios es el Dios de la vida (Lc 20,38). Incluso aunque no se le mencione, aunque parezca ausente...

8-14: Un pueblo oprimido

«Se alzó en Egipto un nuevo rey que nada sabía de José...» Para el pueblo elegido comienza el calvario: se trata de aplastarlos, de reducirlos a cruel servidumbre... El camino del pueblo elegido no es un camino de rosas. No lo fue para Israel, no lo fue para Jesús, no lo fue para los santos... ¿Por qué empeñarnos en pensar que la vida tiene que ser un camino facilón y sin obstáculos?

«Pero cuanto más los oprimían, tanto más crecían y se multiplicaban» (v. 12). He aquí la paradoja: la opresión no termina en la destrucción, sino todo lo contrario. Crecían y se multiplicaban en proporción al grado de opresión. Esto va contra toda lógica humana. Y exige una explicación: se trata de un nuevo signo de la presencia oculta de Dios, del Dios que multiplica la vida precisamente en medio del dolor y del sufrimiento. ¿No atisbamos ya aquí el misterio de la cruz, la locura de la cruz que es fuerza de Dios (1Cor 1,23-25), fuente de vida y bendición?

«Cuanto más les oprimían, tanto más crecían y se multiplicaban». La Iglesia tiene abundante experiencia de esto. Sabe de sobra que «la sangre de mártires es semilla de cristianos» (Tertuliano). Sabe que es en las épocas de persecución cuando más ha crecido, en número y en santidad. ¿Por qué seguir renegando de las dificultades, de las contradicciones y persecuciones? Y lo mismo cabe decir a nivel personal. La situación óptima no es la paz idílica, carente de todo conflicto exterior o interior: «Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas...» (Sant 1,2-4).

15-22: «Temían a Dios...»

No contentos con oprimir a los israelitas, los egipcios les declaran una auténtica guerra a muerte: «Todo niño que nazca lo echaréis al Río». Una guerra en la que está implicado todo el pueblo de Egipto (v. 22). Más aún, el Faraón pretende involucrar en esta lucha contra la vida a las mismas comadronas hebreas...

«Pero las parteras temían a Dios y no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños». Por primera vez se menciona a Dios, aunque de manera indirecta, y no como actuando, sino sólo para decir que las comadronas temían a Dios. Parecía que los propósitos del Faraón acabarían inevitablemente cumpliéndose. Pero de repente aparece en el horizonte un personaje oculto, invisible. «Las parteras temían a Dios...» Entendemos que la guerra contra «todo niño» es en realidad guerra contra Dios, porque la vida viene de Dios, porque Él es fuente de la fecundidad y de la vida (v. 7).

«No hicieron lo que había mandado el rey...» Encontramos aquí un acto explícito de «desobediencia civil». Y la razón que se nos da es que «temían a Dios».

Ningún hombre tiene poder alguno sobre la vida de sus semejantes, porque la vida sólo a Dios pertenece. Ninguna autoridad humana tiene derecho a mandar nada contra la ley de Dios. Sin embargo, la única manera de evitar someterse a la altanería y a la prepotencia de los hombres es el «temor de Dios». Temer a Dios en la Biblia no significa tenerle miedo, sino tener esa actitud de sumisión religiosa y respeto humilde a Él, propia de quien le considera Dios y único Señor.

Porque «temen a Dios», al Dios de la vida, las parteras se ponen al servicio de la vida y se niegan a obedecer al rey que les manda matar. Sólo el que «teme a Dios» no teme a los hombres. Sólo el que teme a Dios puede ser libre de las presiones y de las injustas exigencias de los hombres, aunque sean las más altas autoridades humanas.

Capítulo 2

1-10: Un Dios escondido

Lo primero que llama la atención en este relato del nacimiento de Moisés es la manera de actuar el Señor. En el capítulo 1 hemos visto que la opresión llega a una situación insostenible, sin salida. Humanamente hablando, la destrucción del pueblo parece inevitable. Por otra parte, Dios calla; ni siquiera se le menciona. Parece ajeno al sufrimiento de su pueblo. Parece ausente o al menos inactivo. Parece desentenderse.

En este capítulo la situación es la misma. Y sin embargo, si miramos un poco más atentamente, descubrimos que Dios está actuando: ha hecho nacer al que será el instrumento de la liberación de su pueblo. Pero esta intervención de Dios es discreta, oculta: todo parece seguir igual... Dios sigue sin aparecer en escena... Y sin embargo, ya ha puesto en marcha su plan de salvación, ha desencadenado los acontecimientos que van a conducir la historia hacia donde Él quiere... ¡Lección sublime para nosotros que tantas veces pensamos que Dios no actúa o que quisiéramos unas intervenciones suyas más aparatosas!

Más aún, Dios actúa sirviéndose incluso de sus enemigos, de los enemigos de su pueblo: ¡es precisamente la hija del Faraón la que va a salvar a Moisés del Nilo, le va a adoptar como hijo y le va a dar una educación completa en la corte! Son las ironías de Dios. Es el estilo de Dios, que domina la historia hasta en sus más minúsculos detalles. Es su modo de actuar, que incluso de los males saca bienes. Son los planes de Dios, siempre desconcertantes...

Por otra parte, es interesante subrayar este detalle: Moisés, el futuro salvador, es salvado de las aguas. El vive en su propia carne de antemano la experiencia que el pueblo vivirá después: es salvado a través de las aguas, arrancado de una situación desesperada, a la deriva, sentenciado a muerte por el Faraón (1,22), a merced de las aguas... Es así como Dios prepara al que será salvador de su pueblo. Sólo el que tiene experiencia de haber sido salvado puede colaborar en la salvación de los demás.

11-15: Fracaso de Moisés

Moisés ha crecido y un día contempla la opresión de su pueblo. A pesar de su educación egipcia, se pone de parte de sus hermanos. Pero decide tomarse la justicia por su cuenta. La consecuencia: no sólo no consigue salvar a nadie, sino que pone en peligro su propia vida: el Faraón le busca para matarle (v. 15) y Moisés tiene que huir al desierto, a un país extranjero, donde perderá su «status» social y económico y será un «don nadie».

¿Qué es lo que ha sucedido? La clave está en el v. 14, en la pregunta de su hermano hebreo : «¿Quién te ha puesto de jefe y juez sobre nosotros?». Moisés ha fracasado porque ha pretendido meterse a salvador por cuenta propia. Ha funcionado por iniciativa suya. Y el resultado es el fracaso más absoluto...

Sin embargo, necesitaba pasar por esta situación para poder escuchar: «Ve, yo te envío a Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas, de Egipto» (Ex 3,10). Necesitaba aprender por experiencia que sólo Dios puede salvar y que él no iba a ser más que un «siervo inútil» (cfr. Lc 17,10). Sólo desposeído de sí mismo podía recibir la misión de ser instrumento de la salvación de Dios. La pregunta de su hermano hebreo («¿quién te ha puesto de jefe y juez sobre nosotros?») queda sin respuesta. Sólo la obtendrá cuando Dios mismo tome la iniciativa de salvar a su pueblo; entonces Moisés podrá decir: «"Yo soy" me ha enviado a vosotros» (Ex 3,14). E irá investido de la fuerza y el poder de Dios...

16-22

Las circunstancias «casuales» -es decir, providenciales- continúan dirigiendo la historia de Moisés. Una circunstancia cotidiana e inesperada le lleva a conocer a la que había de ser su mujer...

23-25: Dios escucha

«Murió el rey de Egipto». La situación de los israelitas se había hecho extremadamente grave. El Faraón se había erigido en lugar de Dios, poniéndose como dueño de la vida. Y sin embargo ahora se nos dice escuetamente: «Murió el rey de Egipto». El que pretendía ponerse en lugar de Dios es un mortal como los demás... Ahora entendemos mejor lo que se apuntaba en 1,12: su conducta opresiva brotaba del miedo; no de la auténtica autoridad que procede de Dios y a Él se somete, sino del miedo que no comprende esa fuerza misteriosa que lleva a Israel a crecer ilimitadamente.

La historia se repite. Ayer como hoy, la tentación de ponerse en lugar de Dios acecha a los gobernantes y a todos los que se hallan revestidos de alguna autoridad: «Tu corazón se ha engreído y has dicho: "Soy un dios, estoy sentado en un trono divino"... Tú que eres un hombre y no un dios, equiparas tu corazón al de Dios» (Ez 28,2). Ayer como hoy, los poderes de este mundo se alzan contra Dios (Dan 11, 36). Pero los creyentes saben que estos planes son vanos e inconsistentes (Sal 2,1s), porque al hombre impío que se yergue contra Dios (2Tes 2,3ss) «el Señor le destruirá con el soplo de su boca» (2Tes 2,8); su arrogancia será precipitada al abismo (Is 14,3-15).

Por otra parte, en estos versículos comienza a revelarse la presencia activa de Dios. Un Dios que ha esperado a que el pueblo se encuentre en una situación límite y clame desde el fondo de su esclavitud. Quizá Dios sólo actúa cuando el hombre reconoce su incapacidad para liberarse a sí mismo y clama desde su impotencia...

En todo caso, se nos revela como un Dios vivo y activo. Los verbos de los versículos 24-25 tiene todos a Dios por sujeto. Un Dios que oye los gemidos, que no olvida su alianza, que se hace cargo de la situación, que conoce a sus hijos. Una convicción firme a lo largo de toda la Biblia es que Dios escucha siempre las súplica y responde el clamor del indigente (Sal 116,1-2). Está en juego su justicia y su fidelidad a su alianza.

Capítulo 3

1-6: La llamada

En los versículos finales del capítulo anterior hemos comprobado que Dios no está dormido. Al decirnos que Dios oye los gemidos, se acuerda de su alianza, mira y conoce, percibimos que se dispone a intervenir. En este capítulo asistimos a la primera intervención «visible» del Señor. A lo largo de él y del siguiente Dios va a invadir progresivamente la personalidad de Moisés, hasta convertirle en instrumento suyo. Esto es lo que simboliza la zarza que arde sin consumirse: el fuego cambia todo lo que toca, transformándolo en fuego o en otra materia; pero aquí el fuego arde sin consumir, sin destruir: es una bella y expresiva imagen de la acción de Dios sobre el hombre...

Dios se manifiesta a Moisés. Pero ha tenido que esperar a este momento, a que Moisés perdiera pie, a que se encontrase en el desierto. Dios se manifiesta en el desierto, donde no hay nada, donde el hombre no tiene nada, donde no significa nada para nadie. «Para venir de todo al Todo, has de dejar del todo a todo» (San Juan de la Cruz).

«Quita las sandalias de tus pies». Dios llama a Moisés. Toma Él la iniciativa. Y le llama por su nombre. Le llama hacia Él. Hacia el «terreno sagrado». Por eso es preciso que se despoje. En ese terreno Moisés no es dueño, no domina. Debe seguir perdiendo pie. Debe abandonarse a la acción de Dios. Sólo así podrá ser transformado.

Moisés responde: «Heme aquí». Es la única respuesta adecuada ante un Dios que ha comenzado a tomar la iniciativa. «Aquí estoy». Es la repuesta de disponibilidad y acogida. Es la actitud de dejar hacer a Dios. Será la respuesta de Samuel (1Sam 3,4) y de Isaías (Is 6,8)... Será la respuesta de María (Lc 1,38) y de Cristo (Hb 10, 7).

«Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Dios «se identifica», «se presenta». El Dios que pretende invadir la existencia de Moisés no es un ser abstracto. Tampoco es desconocido. Es el Dios vivo y personal que ha estado en relación cercana con sus antepasados. Sus «credenciales» son lo que ya ha realizado en la vida de sus padres. Moisés entra en esa historia de gracia inaugurada desde antiguo. También nosotros nos incorporamos a ella: ¿no deberíamos prestar más atención a los que nos han precedido en el signo de la fe, a los santos, a la historia de la Iglesia, para fortalecer nuestra fe y aprender los modos de la acción de Dios?

«Moisés se cubrió el rostro». Un nuevo paso en el despojamiento de Moisés: su vista queda velada, entra en la noche de la fe. Con el rostro cubierto ya no puede hacer uso de lo más precioso -y a la vez más necesario- que el hombre tiene: la capacidad de ver. Con ello reconoce que en el «terreno sagrado» en que ha sido introducido, la visión natural es inadecuada. Necesita cubrirse el rostro, necesita dejarse conducir. Moisés se abandona a la obediencia de la fe (cfr. Rom 1,5; 16,26). Ahora ya sí podrá Dios comenzar a iluminarle sus planes de salvación (vv. 7-12) y su propio Nombre divino (vv. 13-14). «Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes» (San Juan de la Cruz).

7-12: El envío

Y de la experiencia de Dios arranca la misión. Ya vimos en el capítulo 2 cómo Moisés fracasó en su intentona liberadora porque la había emprendido por iniciativa propia. Ahora la emprenderá por iniciativa de Dios, que le envía. Y que le envía a partir de su encuentro vivo con Él. Moisés irá en nombre del Dios vivo que ha salido a su encuentro. Sólo quien tiene experiencia de Dios puede ser enviado en nombre de Dios. Sólo quien tiene experiencia de Dios puede aportar de verdad a los hombres algo que transcienda las fronteras de lo humano...

Ante todo, Dios hace a Moisés partícipe de sus planes: «He visto... he escuchado... conozco... He bajado para liberarle de la mano de los egipcios...» Moisés es levantado al nivel de los designios de Dios. Ya no es Moisés el que ve la situación penosa de sus hermanos (Ex 2,11) y actúa en consecuencia. Es Dios el que ve la opresión de su pueblo (Ex 3,7) y se hace cargo de ella; Moisés es llamado a entrar en la óptica de Dios y sólo desde ella es enviado a actuar.

Moisés es llamado a ser instrumento y colaborador de Dios. Dios ha comenzado a invadir su existencia y ésta ya sólo podrá entenderse desde Él. Dios dice: «He bajado a librar a mi pueblo...» (v. 8) y a continuación añade: «Ve... para que saques a mi pueblo...» (v. 10). Va a asumir no sólo los planes, sino la acción misma de Dios. Al «he bajado» de Dios corresponde el «ve» de Moisés. La acción de Dios se prolonga en la de Moisés, la dinamiza, la impulsa.

Pero Moisés no comprende tanto. De ahí su objeción: «¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?» (v. 11). ¡Ya no es aquel Moisés que se creía capaz de librar a su hermano hebreo o de poner paz entre sus hermanos! La expresión «¿quién soy yo?» denota un Moisés más realista, más conocedor de sí mismo, que reconoce la absoluta desproporción entre sus capacidades y la tarea que se le encomienda.

Sin embargo, Dios le responde: «Yo estaré contigo». Eso es todo. Esa es su seguridad y su garantía. Nada más... ¡y nada menos! El yo pequeño e insignificante de Moisés es apoyado y sostenido por el Yo infinito de Dios. Se puede decir que los dos están identificados en un único «yo» que tiene la fuerza y el alcance del Yo divino. Ahora entendemos mejor el «Ve» o el «Yo te envío» del versículo 10: Dios no le encarga esta misión como quedándose fuera; Dios va con él, de tal manera que las acciones de Moisés serán sobrehumanas, divinas; serán de Dios, de Dios en él, de Dios con él.

Es verdad que Dios le da una señal («esta será para ti la señal de que yo te envío») (v. 12), pero se trata de una señal futura, posterior a la realización de la misión: «Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte». Es decir, Moisés debe caminar en fe. Su única seguridad es Dios y su palabra. El signo vendrá después. No se trata de ver signos para creer, sino de creer para ver prodigios (cfr. Jn 2,23-25 y 4,46-53 comparados entre sí).

Un último detalle: Dios baja para hacer subir. «He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel» (v. 8). Es típico de toda acción de Dios abajarse hasta el hombre para levantarlo (Sal 113,5-8). Para ello es preciso liberar al hombre, pero con el fin de levantarlo hasta Él, de hacerle capaz de darle culto (v. 12). Esta será la dinámica de la encarnación: el Hijo de Dios se abaja hasta nuestra nada (Fil 2,6-7), pero ya no sube solo: levanta consigo a una multitud (cfr. Ef 4,8).

13-15: El nombre de Dios

Dios revela su nombre. No le basta entrar en contacto con Moisés. Quiere además dar a conocer algo de sí mismo. Es verdad que el hombre puede conocer a Dios (Éx 33,20), en cuanto que Dios es absolutamente libre y soberano y el hombre no puede establecer ningún control o dominio sobre Él conociendo su ser íntimo. Pero no es menos cierto que uno de los presupuestos fundamentales de toda la Biblia es que Dios se manifiesta a sí mismo y que el hombre puede conocer al menos algo de Dios.

En este sentido, una de las interpretaciones del nombre de Yahveh es que la expresión «Soy el que Soy» es una especie de evasiva. Dios es inefable. La infinita riqueza de su ser no puede ser encerrada en un nombre. De ahí que de algún modo se niegue a responder a la petición de Moisés. «Soy el que Soy» remite al misterio de Dios, un misterio al que el hombre puede levemente asomarse, pero no puede en absoluto agotar, ni menos dominar.

En el pasaje de Ex 33,18-23 Dios permite a Moisés ver sólo «sus espaldas», pero no su rostro. Algo atisba de Dios, pero no puede comprender su plenitud inagotable. «De Dios sabemos más lo que no es que lo que es» (Santo Tomás de Aquino). Nuestra búsqueda de Dios ha de ser insaciable, pero hemos de acercarnos a Él con los pies descalzos, como Moisés, con inmenso respeto a su misterio y con enorme humildad, reconociendo que Dios nos desborda por todas partes, que muchas de nuestras conceptualizaciones en realidad desfiguran y hasta profanan el misterio de Dios, que al hablar de Dios o de sus actuaciones casi siempre nos equivocamos. Como Job, deberíamos concluir: «Era yo el que empañaba tus designios con razones sin sentido. Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro... Te conocía sólo de oidas... Por eso me retracto y me arrepiento...» (Job 42,3-6).

Y sin embargo, algo podemos conocer. Dios revela su nombre «Yo soy el que Soy» puede significar también «Soy el que está» contigo (cfr. v. 12); el que está con vosotros. Siendo inaccesible, inefable, incontrolable, Dios está presente. Se niega a encerrarse en una definición, pero se le percibe por su presencia, y una presencia que acompaña, que guía, que sostiene. El hombre no puede conocer la infinita trascendencia del Dios tres veces santo. Le basta conocer que está y que estará siempre. «Yo soy el que es y era y viene» (Ap 1,8). «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,10).

Y «Soy el que Soy» puede significar también «Soy el que seré»: es decir, Dios se irá dando a conocer no en un nombre abstracto, sino con las acciones maravillosas que irá realizando a lo largo de toda la historia del éxodo. Es ahí donde el pueblo conocerá de verdad quién es su Dios (Éx 6,7), su verdadera identidad, su «mano fuerte» (expresión que tanto se repetirá en los siguientes capítulos). De hecho, en el futuro Dios se remitirá constantemente a los prodigios realizados para hacerse identificar: «Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado de Egipto, de la casa de servidumbre» (Ex 20,2).

16-20: El plan de Dios

En estos versículos vemos cómo Dios hace partícipe a Moisés de sus planes. Los versículos 16-17 (misión confiada a Moisés) repiten casi literalmente los versículos 7-9 (designio de Dios): enviado en nombre del Señor, Moisés es introducido en los planes de Dios. La tarea que debe realizar no es de iniciativa suya y no puede ser llevada a cabo según unos planes propios. Dios trasforma a Moisés comunicándole sus propios planes.

Se diría que casi le detalla las etapas de su misión: «Reúne a los ancianos de Israel... diles... ellos escucharán tu voz... irás con los ancianos de Israel donde el rey de Egipto... le diréis...» Del principio al final se trata de realizar un plan que no es suyo. Le son indicadas las acciones que debe llevar a cabo y las palabras que debe transmitir. Moisés es totalmente y solamente el enviado de Dios, el profeta, el instrumento.

Pero lo que más llama la atención es que Dios le manifiesta incluso las dificultades que encontrará en su misión: «Ya sé yo que el rey de Egipto no os dejará ir...» Moisés queda así perfectamente equipado para su misión. Ni siquiera las dificultades deberán sorprenderle o desconcertarle. De antemano sabe que existirán. Y, lo que es más importante, sabe que Dios las tiene previstas, que forman parte incluso de su plan, que no escapan de la omnisciencia y de la omnipotencia del Señor. Dios cuenta con ellas para llevar a cabo su plan, que se realizará infaliblemente, irrevocablemente: «Yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con toda suerte de prodigios que obraré en medio de ellos y después os dejará salir». El plan de Dios se realizará ciertamente, pero no por el camino más recto... según la lógica humana.

21-22

Chocan estos versículos que suenan a venganza. Y sin embargo, nada tienen de eso, pues son iniciativa y acción de Dios mismo («Yo haré que este pueblo halle gracia...»). También forman parte de su plan. En realidad están anunciando una de las características de la acción de Dios que hace justicia volviendo del revés las situaciones: «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,52-53). «Los últimos serán primeros y los primeros, serán últimos» (Mt 20,16).

Capítulo 4

Encontramos en este capítulo un Moisés muy cercano a nosotros. Ha recibido una misión de Dios. No puede tener dudas de que es Dios mismo quien se le ha aparecido en el Horeb. Hasta cierto punto ha hecho suyos los planes de Dios. Y sin embargo, se resiste, pone objeciones... Necesita dejarse convencer por Dios. Asistimos así a un proceso de educación y transformación de Moisés por Dios.

1-9

La primera dificultad que presenta es la carencia de signos que prueben que es un enviado de Dios. Él está convencido de ello, pero ¿y la gente? «No van a creerme», objeta.

Dios accede a la petición de Moisés y le hace capaz de realizar tres signos. Son signos en el sentido más estricto. Mediante ellos se le concede a Moisés realizar prodigios propios de Dios, que exceden las capacidades humanas. Así, Moisés es investido del poder de Dios. Recibe una participación del poder de Dios. En adelante, irá en nombre de Dios, con su misma autoridad, revestido de su capacidad de realizar prodigios extraordinarios. Cuando Dios da una misión -la que sea- concede al mismo tiempo la capacidad y los dones necesarios para realizarla...

10-17

La segunda objeción que presenta Moisés es también muy razonable: «No he sido nunca un hombre de palabra fácil... sino que soy pesado de boca y de lengua». Dios le encarga hablar al Faraón, al pueblo, a los ancianos... ¡y es tartamudo!

Dios se remite a su omnipotencia creadora: «¿Quién ha dado al hombre la boca?... ¿No soy yo, el Señor?». Si Dios es el Creador de todo, el que da al hombre la boca y la capacidad de hablar, ¿no podrá transmitir su palabra a través de un hombre tartamudo?

Este «argumento» es tan definitivo que cuando Moisés vuelve a poner reparos (v. 13), el texto sagrado nos dice: «Entonces se encendió la ira del Señor contra Moisés» (v. 14). En efecto, la dificultad es real, pero quedarse detenido en ella es desconfiar del Señor y de su omnipotencia, capaz de suscitar todo de la nada.

De hecho, esta paradoja nos introduce un poco más en el estilo de Dios: la tartamudez de Moisés no sólo no es dificultad para que Dios realice su obra, sino que es más bien una condición necesaria para la misma. Si Moisés hubiera tenido un gran don de palabra, habría transmitido una palabra humana; siendo tartamudo, torpe de palabra, pesado de labios y de lengua, será instrumento adecuado para transmitir la palabra divina. Así no podrá quedar oscurecido el mensaje divino con luces humanas. Por la misma razón los grandes instrumentos de Dios nacerán de mujeres estériles o ancianas (Jue 13,2ss; 1Sam 1; Gen 11,30; Lc 1,5ss). Por la misma razón, el Hijo de Dios nacerá de una virgen (Lc 1,26ss).

Esto es lo que significan las palabras que Dios le repite reiteradamente: «Yo estaré en tu boca». Moisés queda expropiado. Ha sido constituido profeta y Dios ha tomado posesión de su lenguaje. Su palabra ya no será suya sino del que le ha enviado (cfr. Jn 7,16). No tiene sentido pretender apoyarse en dotes humanas. La seguridad proviene exclusivamente de su misión divina: «Yo estaré en tu boca».

Por lo demás, Dios mismo muestra la solución concreta a la dificultad de Moisés. Le da a su hermano Aarón como colaborador: «Él será tu boca». Si Dios es el que da al hombre la boca (v. 11), ahora le da a Moisés como boca a su hermano Aarón. Moisés sigue siendo el profeta, de forma irrevocable; y Dios mismo provee a la dificultad para serlo.

18-23

Moisés vuelve a Egipto. Vuelve para encontrar a sus hermanos. Pero ¡qué distinto es este Moisés del que tuvo que huir! La experiencia del desierto le ha desposeído de sí mismo. Si vuelve a Egipto es porque Dios mismo le manda (v. 19). Sólo va equipado con «el cayado de Dios» (v. 20), el que Dios mismo le ha entregado (v. 17) y que simboliza la fuerza de la misión divina, y con un más adecuado conocimiento de los planes de Dios (v. 21-23).

24-26

Versículos difíciles y misteriosos. Partiendo del contexto en que se encuentran situados, podemos comentarlos así: lo mismo que Jacob (Gén 32,25-33), Moisés lucha con Dios. Desde su encuentro con Él en la zarza ardiente, la historia de Moisés ha sido una lucha continua con el Señor. «Dios quiso darle muerte»: en efecto, hemos asistido al proceso de aniquilación del Moisés autosuficiente y pagado de sí. Progresivamente Moisés ha sido transformado... Pero no sin lucha: hemos visto sus resistencias. Por fin se ha dejado vencer. Y ahora surge un Moisés nuevo, capaz de colaborar en los designios de Dios. La circuncisión simboliza un Moisés completamente a disposición del Señor... y la sangre es el símbolo de la vida que hay que perder para encontrarla...

Capítulo 5

En los capítulos 3 y 4 hemos visto que Dios comenzaba a intervenir, pero sólo en la persona de Moisés. Antes de actuar «públicamente» se ha dedicado a preparar a su instrumento. Moisés no una, sino cinco veces ha presentado dificultades y se ha resistido a la misión que se le confiaba (3,11.13; 4,1.10.13): con ello queda muy de relieve que no va por iniciativa suya, por interés o inclinación alguna personal. Moisés se resiste a hablar o actuar en nombre del Señor. A diferencia de lo ocurrido en el capítulo 2, si ahora se decide a actuar resulta claro que es porque «Dios se empeña».

Y, sin embargo, al menos de momento ésta misión no va a triunfar. Más aún, a lo largo del capítulo la situación irá empeorando...

1-14: Faraón contra Yaveh

Hasta ahora Dios no ha dado respuesta al clamor del pueblo en 2,23. Es verdad que le hemos visto intervenir preparando a Moisés, pero el pueblo sigue bajo la opresión. ¿Defraudará el Señor el grito de su pueblo?

En 4,27-31 por fin Moisés se pone en camino para realizar su misión: «Partió, pues...» (Ya antes le habíamos visto regresar a Egipto: 4,20). Y de momento todo parece funcionar: encuentra a Aarón, le relata los planes que Dios le ha confiado; juntos van a los ancianos de Israel... y «el pueblo creyó, y al oir que el Señor había visitado a los israelitas y había visto su aflicción, se postraron y adoraron».

En los primeros versículos del capítulo V, Moisés y Aarón, van ante el Faraón. Pero la oposición de este a los planes de ellos es total y absoluta; «No dejaré salir a Israel». Más aún, puesto que la orden viene del Señor, es a Él a quien el Faraón se opone explícitamente, llegando a desafiarle: «¿Quién es el Señor, para que yo escuche su voz y deje salir a Israel? No conozco al Señor» (v. 2).

La oposición a Dios que aparecía implícitamente en al actitud de Faráon en el capítulo 1, aquí se hace totalmente explícita. El pueblo pretende salir para «servir» a su Dios (v. 3). Pero él se afirma en que es a él a quien el pueblo ha de servir mediante trabajos cada vez más opresivos (v. 4s).

La expresión «no conozco al Señor» se puede traducir por «no le reconozco», no le acepto, no me someto a Él, no quiero obecederle ni hacer caso de sus palabras... Más aún, a las palabras de Moisés y Aarón: «Así dice el Señor, el Dios de Israel» (v. 1) se contraponen frontalmente las de los escribas y capataces: «Así dice el Faraón» (v. 10). A una orden se opone otra. Es un reto formal, una guerra declarada. El Faraón, en su actitud despótica, se ha colocado en el lugar que corresponde al Señor y no está dispuesto a ceder. Se ha erigido en dueño y señor de sus semejantes, tiranizándolos y esclavizándolos y planta cara a Dios.

¿Quién tendrá razón? Si Dios es verdaderamente el Señor deberá demostrarlo. Tendrá que responder a este reto. Ya no sólo tiene pendiente responder al clamor de los israelitas dirigiéndose a Él (2,23), sino también al desafío del Faraón. Y el caso es que el Faraón parece vencer. Es su orden (vv. 10-11) la que comienza a ejecutarse, mientras que la de Dios (v. 1) parece haber caído en el vacío. El Faraón parece triunfar...

15-23: Contra toda esperanza

La situación de los israelitas ha empeorado notablemente. En los vv. 1-14 hemos asistido a un endurecimiento de su servidumbre. En los vv. 15-18, ante las protestas de los israelitas, el Faraón se afianza en su postura. La situación se recrudece. Y los hechos parecen darle la razón...

En consecuencia, todo se vuelve contra Moisés y Aarón. El pueblo había dado fe a su palabra (4,31) como palabra del Señor. Ahora, en cambio, quedan desacreditados ante el pueblo, pues les desacreditan los hechos. Más aún, les piden cuentas de su actuación, ya que su intervención ha causado un empeoramiento de todo. Les hacen responsables ante Dios mismo: «Que el Señor os examine y os juzgue por habernos hecho odiosos a Faraón y a sus siervos y haber puesto la espada en sus manos para matarnos» (v. 21).

Pero Moisés esta vez tiene certeza absoluta de que no ha ido por iniciativa propia. Sabe que el responsable último de la situación es Dios mismo. Por eso a Él se queja: «Señor ¿por qué maltratas a este pueblo? ¿Por qué me has enviado? Pues desde que fui a Faraón para hablarle en tu nombre está maltratando a este pueblo» (vv. 22-23).

La queja de Moisés es desinteresada: no protesta de que él haya fracasado, de que haya quedado mal ante el pueblo... sino de que el pueblo es maltratado. Pero refleja una fe todavía imperfecta: «Tú no haces nada por librarle». ¿Acaso Dios no le había anunciado claramente: «Ya sé yo que el rey de Egipto no os dejará ir sino forzado por mano poderosa»? (3,19). No percibe que Dios sí está «haciendo» pero según otros planes, según otra lógica. Aún no ha entrado del todo en los planes de Dios... y también este nuevo «fracaso» era necesario para completar su «educación» como mensajero e instrumento el Señor.

En 6,1 Dios le responde: «Ahora verás lo que voy a hacer con Faraón, porque bajo fuerte mano tendrá que dejarles partir...» «Verás»: se trata de algo todavía futuro, y por tanto un reclamo a la fe. Cuando a lo largo de todo el capítulo hemos visto que el Faraón triunfaba y los hechos parecían darle la razón, una nueva palabra de Dios parece infundir nuevas esperanzas. Pero se trata sólo de una palabra; Faraón ha mostrado hechos, Dios sólo una palabra. Es verdad que es una palabra que se remite a hechos (Dios viene a decir: «verás... los hechos hablarán»), pero estos hechos son todavía futuros. Por consiguiente, todo queda como colgado de esta palabra de Dios. Y a Moisés se le llama a agarrarse a ella, a fiarse de ella, a pesar de los hechos que parecen contradecirla. Se le llama a ser plenamente el hombre de la fe, a «esperar contra toda esperanza» (cfr. Rom 4,18)...

Capítulo 6

En el capítulo V hemos llegado a una situación en extremo desconcertante. Todo parece derrumbarse. La misión de Moisés parece fracasar. El pueblo es maltratado con dureza. Dios mismo queda mal, pues no cumple sus promesas...

Sin embargo, el versículo 1 del capítulo 6 recalca que el plan de Dios sigue en pie. Dios no se inmuta ni desconcierta por la situación creada. Por el contrario, este empeoramiento de las circunstancias estaba previsto por Él (3,19). El plan de Dios se realizará infaliblemente. «El Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos, pero el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón, de edad en edad» (Sal 32,10-11). Dios no se equivoca, su plan se cumple siempre; somos nosotros quienes hemos de adecuar nuestro plan al suyo: «Mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos; como se levanta el cielo sobre la tierra, así mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes que vuestros planes» (Is 55,8-9).

2-13: A pesar de todo y de todos

En estos versículos asistimos a una renovación de la vocación de Moisés. La situación creada en el capítulo anterior había dejado todo como detenido, paralizado. Se hace necesario que Dios retome la iniciativa. No sólo que reafirme su plan (v. 1), sino que ponga todo en marcha de nuevo. Por eso vuelve a llamar a Moisés, le repite su misión, le da sus órdenes... Con ello quedará patente que Dios va a realiazar la salvación de su pueblo a pesar de todo y de todos. Sacará adelante su plan a pesar de la obstinación de Faraón, a pesar de la incredulidad del pueblo, a pesar de los desfallecimientos de Moisés...

Con ello se pondrá sobre todo de relieve que Él es el Señor. Esto es precisamente lo que había quedado en entredicho en el capítulo anterior. Dios había revelado su nombre de «el Señor» (3,14-15) y había prometido en consecuencia liberar a su pueblo; pero las palabras de Faráon en Ex 5,2 («¿Quién es el Señor...? No reconozco al Señor ni dejaré salir a Israel») parecía desmentir la presentación del Señor de Israel, que tiene ante sí el reto de demostrar que es «el Señor». Por eso, en estos breves versículos reafirmará (nada menos que cuatro veces: vv. 2.6.7.8) que es «el Señor»: Nada escapa de su control, ni las dificultades, ni las demoras, ni las aparentes contradicciones... Dios domina y conduce la historia hasta en sus más minúsculos detalles y en sus acontecimientos más insignificantes. Es el Señor de la historia.

«He recordado mi alianza» (v. 5). Dios es siempre libre en su actuar. Sin embargo, libremente, ha querido ligarse. Con los patriarcas establece su alianza (v. 4) y ha quedado obligado. Pero Dios es fiel (1Cor 1,9). Cumple siempre sus promesas. Por otro lado, no es olvidadizo: Recuerda su alianza. Los hombres seremos infieles, pero El «permanece fiel» (2Tim 3,13). Los hombres podremos olvidarnos, pero El recuerda siempre su alianza (Sal 105,8-9). Por eso aquí encontraremos un motivo permanente para la esperanza, sobre todo en medio de las dificultades, como lo encontraba el pueblo de Israel en las situaciones calamitosas: «Recuerda tu alianza ...» (Sal 74,20).

«Yo os haré mi pueblo, y seré vuestro Dios». Fórmula de alianza empleada para subrayar que Israel ha sido elegido por Dios para entrar en una relación nueva con Él. Dios le toma como cosa suya, como «propiedad personal» (19,5). Tenemos aquí una de las claves de la acción de Dios. Si Él libera a Israel es ciertamente por amor (Dt 7,7-8), pero la libertad no es un fin en sí misma: Está orientada a ser del Señor, a pertenecerle, a vivir en su intimidad. En adelante Israel deberá encontrar su seguridad y su gozo únicamente en ser «el pueblo del Señor».

«Sabréis que yo soy el Señor...» Si hay una certerza que atraviesa toda la Biblia, ésta es el hecho de que Dios es un Dios vivo, presente y activo. Se le conoce -y se le reconoce- en las obras maravillosas que realiza. Lo mismo que a una persona humana la conocemos en su obrar, así también a Dios le conocemos por el calibre de sus acciones. Este es el verdadero «conocimiento» de Dios: No el teórico y frío que proporciona un libro, sino el conocimiento vital y experimental de Dios en su actuar en nosotros y en el mundo. Un actuar que también para nosotros consiste en liberarnos de la esclavitud e introducirnos en su alianza, en su intimidad.

Sin embargo, después de esta reiteración de la llamada de Moisés, la situación permanece igual: los israelitas no le escuchan (v. 9), con mayor motivo tampoco Faraón le hará caso (v. 12), el propio Moisés experimenta el desaliento (v. 12)... Todo permanece colgado exclusivamente de la palabra del Señor, de sus «órdenes» (v. 13). Pero esto es precisamente lo que está por verificar: ¿Se cumplirán estas palabras?, ¿serán eficaces estas órdenes?

14-27: Genealogía

La genealogía presenta a un Moisés profundamente radicado en la historia de su pueblo y formando plenamente parte de ella. Un Moisés que forma parte de una familia que habiendo sido maldecida a causa de un crimen de antepasados (Gn 34,25-29; 49,5-7) ha sido, sin embargo, llamada por elección divina a ser la tribu «santa» por excelencia, el bien particular de Dios, para la función más santa en la comunidad de la alianza (Éx 32,26-29; Dt 33,8-11; Núm 3,6-13; 8,14-19). Un Moisés que ha sido elegido como instrumento de la salvación de Dios a pesar de sus vacilaciones (vv. 12 y 30)...

Capítulos 7-11

Las plagas

Premisa

Este relato impresionante suele ser leído por muchos con más curiosidad que otra cosa. A lo más que se llega es a formular la típica pregunta: «Pero ¿todo esto sucedió realmente así, al pie de la letra?». Esta visión pierde de vista lo más importante: el mensaje religioso que estos textos sagrados transmiten.

La verdad es que al autor sagrado -y a los israelitas con él- no les interesaba tanto la crónica detallada de lo que sucedió cuanto la enseñanaza, el sentido de esos hechos. Se trata de una lectura sagrada, creyente, de los acontecimientos. La mirada de fe taladra la materialidad de los hechos para descubrir en ellos la presencia y la intervención del Señor de la historia que actúa en favor de su pueblo.

Pues bien, ésta ha de ser también nuestra perspectiva. Mientras nos quedemos en la curiosidad de cómo sucedió aquello, no entenderemos nada. Es preciso dejarse guiar por el texto sagrado en esa mirada de fe que detecta la acción del Señor. Es preciso escudriñar (Sal 111,2) el mensaje religioso que los textos encierran y dejarse iluminar por su esplendor deslumbrante.

Precisamente en esta perspectiva la palabra de Dios se convierte en «lámpara para nuestros pasos» (Sal 119, 105), pues nos enseña a leer nuestra propia vida y los acontecimientos de la historia desde esta clave de fe. Pues es cierto que lo que sucede se puede interpretar desde muchas claves (psicológica, sociólogica, económica...), pero al creyente le interesa sobre todo la clave de fe. Ella nos enseña el sentido último de los acontecimientos, su significado a la luz de Dios, dentro de su plan de salvación.

Así leído, descubrimos que todo lo que sucede en nuestra vida o en la historia del mundo, conlleva un mensaje de Dios para nosotros. Son los signos de Dios en el tiempo. Dios nos habla en los acontecimeintos y a través de ellos. Más aún, nos interpela, provocando en nosotros una respuesta. He aquí cómo la Biblia se convierte en maestra de la vida, en guía para nuestro camino.

De la servidumbre al servicio

Este es el título de un famoso comentario del libro del Exodo, y da ciertamente una de sus claves. Es sobre todo una de las claves del relato de las plagas. En efecto, estas claves las descubrimos en los estribillos que van repitiéndose a lo largo del relato. Y uno de esos estribillos es éste: «Deja salir a mi pueblo para que me dé culto» (7,16. 26; 8,4.16.23; 9,1.13; 10,3.24).

Por lo demás, este tema ya lo habíamos encontrado antes del relato de las plagas (3,12.18; 5,1) y nos da el sentido y la finalidad de la liberación que Dios va a realizar en favor de su pueblo.

Ante todo, es preciso notar que la palabra que se suele traducir por «dar culto» es literalmente «servir». «Servir a Dios» es una fórmula muy frecuente en la Biblia que significa «darle culto en la liturgia» (Ex 10,26; 12,25-26; 13,5 etc.), pero también indica un compromiso del hombre en todas las acciones de la vida, hasta el punto de que en el libro del Deuteronomio «servir a Dios» es precisamente sinónimo de «temerle», «amarle», «obedecerle», «seguirle» «con todo el corazón» (Dt 6,13; 10,13. 20; 28,47-48). Así, el «servicio de Dios» es un conjunto de disposiciones del corazón y del espíritu, de todo el hombre, una actitud y una vida animada por una fe profunda que encuentra su expresión más alta y más elocuente en el culto, pero que compromete la existencia entera en el don de sí, la dedicación a Dios, la obediencia a Dios, la fidelidad a Él y el cumplimiento de sus mandamientos.

Pues bien, la acción liberadora de Dios para con su pueblo tiene este fin. La liberación no es un fin en sí misma. Su fin es servir al Señor. Se puede decir que la libertad no es un valor absoluto. La liberación «de» algo produce una situación de libertad; pero esta libertad no es un fin en sí misma: es libertad «para» algo.

En el fondo, Israel, lo único que hace es cambiar de dueño. Del dominio del Faraón, que esclaviza, oprime y degrada, al dominio del Señor, que libera y dignifica. De la servidumbre impuesta tiránicamente al servicio voluntario y gozoso.

Importante esta enseñanza del libro del Exodo. Sobre todo en un mundo que tanto cacarea la palabra libertad. Una libertad que no conduce al servicio de Dios (y de los hombres) acaba en la mayor de las esclavitudes: hace al hombre presa de sus propios egoismos. Sólo en el servicio -que es entrega y donación de sí- a Dios y a los hombres puede el hombre realizarse como hombre.

El Nuevo Testamento lo explicitará aún más: «Erais esclavos del pecado... Pero al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructificáis para la santidad, y el fin es la vida eterna...» (Rom 6,20-23 y todo el capítulo). «Ninguno vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor. Si morimos, morimos para el Señor. Ya vivamos, ya muramos, del Señor somos. Para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos» (Rom 14,7-9). «Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud» (Gal 5,1). «Habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (Gal 5,13).

«Sabrán que soy el Señor»

Ya en Ex 6,7 habíamos encontrado esta expresión: «Sabréis que Yo soy el Señor, vuestro Dios, que os sacaré de la esclavitud de Egipto». Pero en este texto se refería al pueblo de Israel. Sin embargo, en el relato de las plagas la expresión se refiere al Faraón y al pueblo de Egipto.

Leemos ya al inicio del capítulo 7: «Los egipcios reconocerán que Yo soy el Señor, cuando extienda mi mano sobre Egipto y saque de en medio de ellos a los hijos de Israel» (7,5). Y el estribillo se repertirá varias veces a lo largo del relato de las plagas (Ex 7,17; 8,18; 10,2).

En efecto, encontramos en estas palabras otra de las claves del relato de las plagas. Dios tiene pendiente responder al desafío lanzado por el Faraón: «¿Quién es el Señor para que yo escuche su voz y deje salir a Israel? No conozco al Señor ni dejaré salir a Israel» (Ex 5,2). Dios tiene que demostrar que existe, y que actúa, y que tiene poder. Está en juego su gloria, su honor (cfr. Is 42,8; 48,11: «Yo soy el Señor, y mi gloria no la cedo a nadie»).

Pues bien, ésta es una de las finalidades de las plagas: Dios debe hacerse reconocer como Señor. Hasta ahora sólo ha habido palabras, las que Él ha dirigido al Faraón a través de Moisés. Pero las palabras no bastan. Deben hablar los hechos. Sólo ellos podrán demostrar realmente y eficazmente que las pretensiones de Dios son justas.

Esto nos lo atestiguan las palabras que la Biblia usa para designar estas acciones de Dios: signos y prodigios (Éx 3,20; 4,21; 7,3 etc). La palabra que se traduce por «prodigios» significa algo sorprendente, no corriente, que es a la vez una advertencia, un presagio. Y la que se traduce por «signos» designa muchas veces en la Biblia algo que revela la presencia y la acción de Dios; es lo que permite reconocer a alguien o algo.

De hecho, las tres primeras plagas manifiestan que el Señor existe y muestra su poder en Egipto (Ex 7,17; 8,6), que tiene poder sobre el Nilo y sobre el suelo de Egipto (incluso los magos acaban reconociendo el poder de Dios: Ex 8,15). La segunda serie (4, 5 y 6) demuestra el poder de Dios sobre la vida humana y animal: Dios es el Señor de la vida y de la muerte (en la 6ª plaga los mismos magos son heridos y deben desaparecer: la sabiduría de Egipto no puede nada contra Dios y los que deben defender a su país contra las fuerzas de la muerte están ellos mismos bajo el poder de la enfermedad y la muerte). Finalmente, el carácter único de las plagas 7, 8 y 9 (Ex 9,18.24; 10,6.14.23).

Muestra el carácter único de su autor, el Señor de Israel (Ex 9,14.16.29; 10,2): Dios es el único Señor del universo (Ex 9,29) y su poder es único, sin parangón (Ex 9,14.16); incluso algunos egipcios escuchan a Moisés más que al Faraón, porque «temen al Señor» (Ex 9,20-21), y le aconsejan al Faraón ceder (Ex 10,7).

Por consiguiente, Dios se hace conocer con este elocuente lenguaje de los hechos. Demuestra que no hay nadie comparable a Él (Ex 8,6; 9,14), que «su brazo» es invencible (Ex 7,5; 9,3). Los hechos han hablado. Dios ha revelado claramente quién es. Los israelitas (Ex 6,7) y los egipcios (Ex 7,5) han podido conocer por experiencia su grandeza, su poder, su señorío. Y es que cuando Dios actúa no se queda en dircursos vacíos, sino que demuestra el esplendoroso poder de su Espíritu (cfr. 1Cor 2,4)...

Una llamada a la conversión

Sin embargo, hay más. Dios se da a conocer mediante signos y prodigios que permiten experimentar su presencia y su poder. Pero ya vimos en Ex 5,2 que las palabras del Faraón «no conozco al Señor» no significan «no tengo noticia de Él», sino «no quiero reconocerle a Él, no le reconozco poder alguno sobre mí». Pues bien, de igual manera la fórmula «conocerán que soy el Señor» significa «me reconocerán como el único y verdadero Señor, se someterán a mí». Mediante las plagas Dios no sólo busca manifestar quién es y ser conocido, sino ser reconocido y aceptado conforme a lo que es. Si es el Señor debe ser reconocido como Señor y el hombre debe relacionarse con Él como Señor y actuar en consecuencia.

Con otras palabras, las plagas son también una llamada a la conversión. Lo ponen de relieve -como hemos visto- los términos usados: «prodigios» (algo sorprendente que sirve de advertencia) y «signos» (lo que permite conocer y detectar a alguien o algo). Y lo pone de relieve todo el relato.

En efecto, lo mismo que en los profetas, las plagas constituyen la «lección» de los hechos. Es significativo, por ejemplo, el texto de Amós 4,6-12; Dios ha enviado diversas plagas a su pueblo (carestía, sequía, peste, incendio...), pero después de cada plaga termina: «Pero vosotros no habéis vuelto a mí»: los israelitas, dice el profeta, deberían haber «comprendido» el lenguaje de Dios en aquellos acontecimientos, que son signos, advertencias, «lecciones». Pero como no se han convertido, sino que se han endurecido, deben prepararse para el castigo.

Pues bien, en el relato Ex 7-11 los infortunios del país de Egipto han de ser comprendidos como mensaje de Dios que invita a cambiar de actitud, a reconocer que Él es efectivamente el Señor. De hecho, vemos que algunos egipcios captan este mensaje y llegan a «temer el Señor» (Ex 9,20), con el profundo sentido religioso de esta expresión que es un verdadero reconocimiento del señorío de Dios y una sumisión a sus planes expresados en su palabra. Incluso los magos llegan a reconocer su poder: «Es el el dedo de Dios» (Ex 8,15), expresión que significa que esas acciones son humanamente inexplicables y han de ser atribuidas a Dios.

Pero el que, como el Faraón, no quiere reconocer a Dios (Ex 5,2) y no le teme (Ex 9,30), porque «endurece su corazón» (Ex 8,15), tendrá que reconocerle a la fuerza, en el castigo decisivo (cap. 14), pero ya demasiado tarde para él.

En efecto, Dios no sólo quiere «vencer», sino ser reconocido, incluso por los adversarios («sabrán los egipcios que yo soy el Señor»). Los que lo reconozcan y lo acepten experimentarán su salvación; los que no hagan caso de su palabra y rehusen someterse experimentarán que la situación se hace más dura y el castigo más intenso (en el lenguaje de Am 4,12; 5,16-18 tendrán que «prepararse a encontrar a Dios» en catástrofes decisivas).

Esto es lo que ponen de relieve las plagas 9 y 10. La oposición luz-tinieblas en la plaga 9 es un signo claro del juicio que viene: luz, vida para Israel (Ex 10,23b), y las tinieblas, muerte para Egipto (cfr. los presentimientos de los siervos del Faraón en Ex 10,7 y del propio Faraón en Ex 10,17). La obstinación del Faraón en no reconocer al Señor y el rechazo de los signos que Dios le va poniendo delante le colocan cada vez más del lado de la muerte. Sigue empeñado en autoafirmarse como dueño y señor y se hunde en la mentira y en el fracaso total. No reconoce la realidad: sólo Dios es el Señor y a Él hay que someterse acatando su poder soberano. La ruptura del diálogo entre Faraón y Moisés (Ex 11,8.10) significa la ruptura del diálogo entre Faraón y Dios, y con ello Faraón entra de una manera consciente y deliberada en el mundo de la muerte, significada por la muerte de los primogénitos y el «gran alarido» (Ex 11,6).

El endurecimiento del Faraón

Frente a esta llamada a cambiar de actitud, a reconocer a Dios como Señor, a someterse a Él y a no erigirse a sí mismo en «dios», Faraón se obstina. Lejos de reconocer su condición de criatura, pequeña y frágil, «planta cara» a Dios. No hace caso del lenguaje de los hechos, que va poniendo de relieve de forma cada vez más evidente que Dios es el único Dueño y Señor de todos y de todo.

Esto es lo que pone de relieve el estribillo ampliamente repetido «el Faraón endureció su corazón» (Ex 7,13.14.22; 8,11.15.28; 9,7.35). El «corazón entiende» (Dt 29,3; Is 6,10); es la sede de los sentimientos, pero sobre todo de las decisiones. Por consiguiente, al decir que «Faraón endureció el corazón» la Biblia está afirmando una opción personal plenamente consciente y voluntaria. El propio Faraón es el sujeto de esta obstinación. En los diversos «signos» (las plagas) ha tenido otras tantas oportunidades de reconocer sus límites y aceptar el señorío de Dios. Sin embargo, deliberadamente se ha ido afianzando en el rechazo de Dios.

El desenlace final (c. 14) no será un castigo arbitrario o vengativo de Dios contra el Faraón. Será más bien la consecuencia lógica e inevitable de la postura que él ha tomado y mantenido. Su soberbia y autosuficiencia le han cegado y se niega a aceptar la realidad de las cosas. Al rechazar a Dios y sus repetidos mensajes, él mismo se encierra en el reino de la muerte de manera cada vez más obstinada hasta que su situación se haga irreversible.

En este sentido, el Faraón aparece como símbolo de los poderes del mundo que se yerguen contra Dios. Ayer como hoy, estos poderes han negado al Señor y han pretendido quitarle de en medio usurpando su puesto. Es la postura de Satanás (a quien la Escritura designa como «el Adversario», Job 1,6; Ap 12,10, y el «Príncipe de este mundo», Jn 12,31) y de sus secuaces. Su actitud insolente, endurecida, calculadora, sorda a las advertencias de Dios, no impedirá que antes o después se ponga de relieve su absoluta inconsistencia y lo infundado de sus pretensiones. Su ruina definitiva resaltará el poder absoluto y soberano del único Señor (cfr. 2Tes 2,3-8; Ap 13,1-10; 19,11-21). La historia antigua y reciente lo demuestra...

Sin embargo, lo que más sorprende en el asunto del endurecimiento del Faraón es que en otro buen número de textos (Ex 4,21; 7,3; 9,12; 10,1.20.27; 11,10; 14,17) se atribuye a Dios: «el Señor endureció el corazón de Faraón». Con ello no se quita nada a la libertad del Faraón (que como hemos visto, queda claramente subrayada), pero se pone de relieve otro aspecto del misterio: el Señor no es ajeno a este endurecimiento.

La Biblia nos dice que sólo Dios tiene acceso al corazón del hombre para conocerlo e influir en él (Jr 17,9-10). Afirmar que «el Señor endureció el corazón del Faraón» significa no sólo que Dios ha previsto su rechazo (Ex 3,19) sino que Dios manda incluso en el corazón del Faraón cuando éste le rechaza. El Señorío de Dios es absoluto. Todo sucede según sus previsiones. Nada escapa a su omnisciencia y a su omnipotencia. Para Él no hay sorpresa. El mismo rechazo del Faraón forma parte de su plan, está bajo el dominio de su soberanía absoluta de Señor de la historia.

Con ello el texto bíblico toca el misterio de la relación entre la acción de Dios y la del hombre. Llega hasta donde se puede llegar. Dice lo más que se puede decir. Pero subrayando la acción de Dios. Evidentemente hay que excluir que Dios sea «causa» del mal, que Él provoque el rechazo del Faraón. Pero la Biblia afirma hasta el máximo la intervención de Dios. Nosotros nos asustamos en seguida porque parece que eso anula la libertad del hombre. Hay que partir de que se trata de un misterio, que no podemos comprender -y menos expresar- adecuadamente. Pero si hay peligro de hablar de modo que parezca anulada la libertad del hombre, no es menor el peligro de minimizar la acción de Dios, reduciéndole a mero espectador de las decisiones y actuaciones de los hombres. Espontáneamente nos parece que si el hombre es libre Dios no debe intervenir y que si interviene bloquea la libertad del hombre. Sin embargo, la realidad es que Dios interviene en el decidir y en el actuar del hombre... sin violentar su libertad. ¿Cómo? Ahí está precisamente el misterio.

Por lo demás, el texto bíblico indica que este endurecimiento del Faraón tiene una función en el plan de Dios: «Multiplicaré mis señales y prodigios en el país de Egipto» (Ex 7,3). O como dirá más explícitamente en el momento de la partida: «Yo manifestaré mi gloria a costa de Faraón y de todo su ejército» (Ex 14,4). Los obstáculos, y de modo particular esta pertinaz resistencia del Faraón, van a permitir que el Señor manifieste más patentemente su gloria, es decir, su calidad de Dios. A mayores dificultades, mayores prodigios realizará, unos prodigios caracterizados por ser propios y exclusivos de Dios. Los obstáculos no sólo están «permitidos» por Dios, sino que forman parte positiva de su plan. Dios cuenta positivamente con ellos dentro de su plan total y de hecho van a ser la ocasión de que Dios, manifieste más nítidamente su gloria. Del mismo modo, San Pablo subraya que el pecado de Adán y sus consecuencias han sido la ocasión para que el nuevo Adán, Cristo, manifestase más elocuente y palpablemente su grandeza, su poder, su misericordia (Rom 5,12-21).

La palabra del Señor se cumple

Otro de los estribillos que se repiten en la historia de las plagas es que todo sucede «como había dicho el Señor» (Ex 7,13.22; 8,11.15; 9,12.35). Y también: «Cumplió el Señor su palabra» (Ex 9,6).

En efecto, la resistencia del Faraón no sólo había puesto en duda el poder y el Señorío de Dios, sino su veracidad y su fidelidad. Sus reiteradas promesas a Moisés en los capítulos 3-6, ¿caerán en el vacío?

El relato de las plagas nos muestra que la palabra del Señor se cumple siempre. Como dirá Jos 21,45: «No falló una sola de todas las espléndidas promesas que el Señor había hecho a la casa de Israel. Todo se cumplió». Dios es infinitamente veraz y absolutamente fiel a la palabra dada. Su palabra, que es expresión de sus planes, se cumple siempre (Is 40,8). Al Señor no se le puede achacar que una cosa es lo que dice y otra lo que hace (cfr. Mt 23,3). En frase feliz de Santa Teresa, «su querer es obra». Su palabra se cumple siempre. Más aún, no puede dejar de cumplirse; no sólo porque es fiel a sí mismo, sino porque siendo su palabra participación y expresión de su poder infinito, esta palabra es infinitamente eficaz: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,10-11). Vale la pena fiarse del Señor y de su palabra...

Un Dios providente

Ahora al final de este comentario de las plagas, estamos en mejores condiciones de afrontar la cuestión de su historicidad. Nunca sabremos con exactitud lo que pasó (y lo mismo podemos decir de la «salida» de Egipto, del paso del Mar Rojo...) No nos han quedado filmados estos acontecimientos. Pero tampoco hacía falta.

Ya hemos indicado que al autor sagrado le interesa la perspectiva de Dios, la lectura creyente de los acontecimientos. Pues bien, los estudiosos suelen decir que la mayoría de estos prodigios o plagas eran fenómenos naturales conocidos sobradamente en Egipto (sólo el granizo parece raro en Egipto). Por tanto, no hay que pensar en milagros en sentido estricto. Pero tampoco eso quiere decir que estos hechos sean inventados por los autores sagrados o artificialmente atribuidos a Dios.

Se trata más bien de otra cosa. Las plagas son intervenciones reales de Dios. Pero no aparatosas. Forman parte de su providencia ordinaria. Lo cual es muy iluminador para nosotros. Porque también aquí -como en el tema de la acción de Dios y la libertad del hombre- tendemos a separar y a contraponer. Parece que si son fenómenos naturales, originados según determinadas leyes físicas, ahí Dios no interviene. Sin embargo, las cosas son muy distintas, y el pueblo de Israel lo captaba perfectamente. La mirada de fe les llevaba a penetrar los hechos «naturales» para detectar una presencia oculta e invisible: la de un Dios que guía y gobierna todo, y no aparatosamente, sino según las leyes y los ritmos que Él mismo ha establecido. Pero no se desentiende de su creación, ni de su pueblo, sino que actúa realmente, eficazmente, discretamente, de una manera que sólo descubre el que mira las cosas con fe.

En esos fenómenos «naturales» encadenados, el pueblo de Israel ha sabido descubrir «la mano del Señor» que actuaba en favor suyo. Ha reconocido la acción de un Dios providente que vela amorosamente por su pueblo. «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman, de aquellos que han sido llamados según su designio» (Rom 8,28). ¡Magnífica lección para nuestra mentalidad tan naturalista y secularizada!

Capítulos 12-13

La Pascua

A nuestra mentalidad le choca que la narración se interrumpa de repente -y más en el momento culminante de relato- para introducir una serie de normas y prescripciones de tipo litúrgico. Sin embargo, para la mentalidad de los autores sagrados tienen un significado profundo: subraya la importancia del momento. Lejos de desviar la atención de los acontecimientos que se nos van narrando, la acentúa, al hacer de este momento una celebración litúrgica, y una celebración para todas las generaciones del pueblo de Israel.

La acción se ralentiza y el acontecimiento de la liberación y de la salida de Egipto se engrandece hasta alcanzar unas dimensiones universales, por encima de las contingencias de la historia. Es un acontecimiento que no pertenece sólo al pasado, sino también al presente, «para todas las generaciones»; por eso usa el lenguaje de la liturgia. Es un acontecimiento que tiene consecuencias para la historia de Israel hasta el fin de los tiempos.

Veamos algunas claves de estos capítulos:

«Pascua»

En Exodo 12,11 se dice: «Es la Pascua del Señor». Y en el versículo siguiente lo explica: «Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto... y me tomaré justicia... Yo, el Señor». Por tanto, la Pascua está constituida por el paso del Señor. El pasa salvando. Pasa «haciendo justicia». Pasa liberando. Al pasar El, hace pasar a los suyos de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida (Ex 12,37-42).

Para nosotros cristianos, Cristo mismo es nuestra pascua (1Cor 5,7). En El Dios ha pasado por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el Diablo (Hb 10,38). El mismo ha vivido su Pascua pasando de este mundo -la condición terrena- al Padre -la condición gloriosa- (Jn 13,1). Así se ha convertido para nosotros en víctima pascual («nuestra pascua ha sido inmolada», 1Cor. 5,7) y de ese modo nos ha pasado a nosotros del dominio de las tinieblas a su propio reino de luz (Col 1,13).

Pero la expresión de Ex 12,11 se puede traducir también: es «pascua para el Señor», «pascua consagrada al Señor»: es una celebración de fe en honor del Dios que se ha revelado y ha salvado en la historia (cfr. 12, 21-27). Celebrar la Pascua es una respuesta a la acción del Señor. La liturgia es reconocer y agradecer las intervenciones de Dios en nuestro favor.

Además, el paso del Señor es un paso de juicio (Ex 12,12; cfr. novena plaga): castigo para los que le han rechazado como Señor, salvación para los que le acogen. Siempre es así. La venida o el paso del Señor no deja las cosas igual. El viene a salvar, pero a la vez a mostrar su señorío, que exige acatamiento y sumisión. En este sentido no cabe «neutralidad». Permanecer indiferentes es en realidad rechazarle. «O conmigo o contra mí» (Mt 12,30).

A este respecto resulta significativa y profética la expresión de Ex 12,13: «La sangre será vuestra señal». Las casas de los israelitas, marcadas por la sangre de la Pascua, quedan libres de la acción del Exterminador; no sufren ningún mal o castigo. La marca de la sangre es liberadora. «La sangre será vuestra señal»: esta expresión cobra pleno significado en nosotros cristianos. Hemos sido lavados en la sangre del Cordero (Ap 7,14; 5,9). Esta es nuestra señal, nuestro signo distintivo. Es la sangre de Cristo, verdadera víctima pascual, la que nos salva. Gracias a ella Dios pronuncia sobre nosotros su juicio de misericordia (Rom 3,24-25). Gracias a ella vencemos al Maligno (Ap 12,11). Verdaderamente, la sangre es nuestra señal.

«Memorial» (Ex 12,14)

Se trata de un «recuerdo» que no consiste sólo en referirse al pasado con el espíritu, sino en realizar una acción que hace presente y actual la realidad recordada. Con toda verdad podrán repetir las generaciones futuras: «Esto es con motivo de lo que hizo conmigo el Señor cuando salí de Egipto. Y esto te servirá de señal... porque con mano fuerte te sacó el Señor de Egipto» (Ex 13,8-7).

En cada celebración anual el rito de pascua hará actual y eficaz el acontecimiento representado: lo que Dios hizo en favor de su pueblo liberándolo del yugo de Egipto lo hace cada vez que se realiza la celebración ritual de la pascua liberando de sus servidumbres a los que en ella participan. Así, de Pascua en Pascua la gracia se renueva haciendo al pueblo más libre para servir al propio Señor y alcanzar la salvación que está en el designio de Dios. Mediante la liturgia, el único acontecimiento de la liberación se hace presente, superando los límites del tiempo, a lo largo de toda la historia de Israel.

Este es el sentido que para nosotros cristianos tiene la Eucaristía y toda celebración litúrgica. No se trata de algo que nosotros hacemos, sino que mediante la acción litúrgica entramos en contacto con el único acontecimiento salvador (la muerte y resurrección de Cristo) y recibimos sus frutos. En la Eucaristía asistimos al sacrificio mismo del Calvario, tocamos al Resucitado... En ella es el Señor mismo quien pasa salvando... Cuando alguien bautiza, Cristo es quien bautiza...

Servir, festejar, sacrificar

Ya hemos visto cómo una de las claves de todo el libro del Exodo es que el pueblo es liberado para servir al Señor. Pues bien, ahora por primera vez el pueblo puede servir al Señor (Ex 12,25-26.31; 13,5) dándole culto en la liturgia y sirviéndole con toda su vida. Sólo cuando el pueblo llega a ser libre puede realmente servir a su Dios. Sólo el que es verdaderamente libre de la esclavitud del pecado puede servir al Señor; sólo él puede agradarle de veras, sólo él puede amarle con todo el corazón y con todas las fuerzas (Dt 6,5), sólo él puede darle un culto que no sea vacío (cfr. Sal 50; Is 1,10-20).

Ha sido el Señor solo, con su «mano fuerte», su brazo potente (Ex 13,3.9. 14) el que ha liberado a Israel. Por consiguiente, se ha convertido en su Señor y a Israel corresponde servirle. El culto es reconocimiento adorante de esta soberanía de Dios y expresión gozosa de la pertenencia a El. En el culto vivido «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23) encuentra el hombre su verdadero lugar de criatura y experimenta agradecido su condición de beneficiario de los dones de Dios.

Por todo ello, la liturgia es una fiesta. Repetidas veces (Ex 12,14; 13,6...) se habla de «festejar», celebrar una fiesta. La liturgia es una fiesta, pues es celebrar el acontecimiento de la liberación, es un momento de gozo intenso pues es festejar al Dios que hace a Israel el don de la libertad. La liturgia vivida con pleno sentido es gozosa y es fuente de gozo.

También se habla de «sacrificio» (Ex 12,27), de «sacrificar» (Ex 13,15). La pascua es un sacrificio que se ofrece, una víctima que se inmola, una comida que se comparte. El rito del sacrificio expresa la soberanía absoluta de Dios y su bondad. La comida de comunión le da su pleno significado: la unión de los participantes con Dios y la unión entre ellos a través de la víctima agradable a Dios.

Los cristianos celebramos el sacrificio de Cristo. En la Misa se hace presente el único sacrificio que quita los pecados del mundo. «Sin derramamiento de sangre no hay redención» (Hb 9,22; cfr. Lev 17,11). Y nosotros hemos sido comprados para Dios con la Sangre del Cordero (Ap 5,9). La sangre es nuestro precio. La Sangre de Cristo es nuestra redención. Bebiéndola, entramos en comunión con El (1Cor 10,16). Ella es nuestro distintivo. Verdaderamente, la sangre de Cristo es nuestra señal.

Asamblea y Comunidad

La celebración de la Pascua no es asunto privado. Quien celebra la Pascua es la asamblea o comunidad del pueblo rescatado (12,6). Quien no forma parte del pueblo de Israel no celebra la pascua (Ex 12,43-48). Celebrar la pascua y ser miembros del pueblo de Dios son prácticamente sinónimos. Esa minoría, humanamente incapaz de salvarse por sí misma, ha sido rescatada por Dios y se ha convertido así en el pueblo de Dios, el pueblo que Dios se ha adquirido, el pueblo de su propiedad (Ex 19,5). Es la comunidad de los salvados, de los rescatados de su condición de opresión y servidumbre, la que celebra la Pascua. Y la celebración de la pascua será para siempre memorial de esa salvación.

Los ázimos (Ex 12,15-20; 13,3-10)

Se prohibe el pan fermentado porque en el antiguo oriente próximo se consideraba impuro y malo, veneno y ruina de la vida todo lo que es causa de corrupción, de disgregación, porque se identifica con lo nocivo, con la malicia y la perversidad, y conduce a la muerte (cfr. 1Cor 5,6-8). Por eso, los fermentos están prohibidos en los sacrificios (Ex 29,2; Lev 2,11).

Lo que parece ser una fiesta agrícola que los israelitas adoptaron después de hacerse sedentarios también es celebrado en referencia a la liberación de Egipto (Ex 13,3) de la cual son «señal y memorial» (Ex 13,9): el hecho de la liberación de Egipto -la gracia divina de la salvación- debe estar siempre presente a todo israelita, que de él es beneficiario, como si lo tuviese esculpido en sus manos y como si lo encontrase siempre ante sus ojos. Del mismo modo, debe tener siempre como en la boca -en el espíritu y en el corazón- la enseñanza que procede de este acontecimiento decisivo y lo prolonga, la cual se convierte en regla para observar siempre y en aniversario para celebrar (Ex 13,10).

Los primogénitos (Ex 13,1-2.11-16)

El sentido de este rito aparece en el v.2, en que el Señor dice a Moisés: «Conságrame todos los primogénitos» lo que significa «dámelos», «resérvalos para mí solo». Y da igualmente la razón: «Me pertenecen», «míos son todos», ya sea hombre o animal.

Consagrar a Dios todo primogénito es reconocer que la vida pertenece a Dios, que toda criatura -hombre o animal- le debe a Él su existencia. En el gesto de ofrecer el primogénito se ofrecen intencionalmente todos los que vienen después, venerando a Dios como dueño de la vida y agradeciéndole el don de esas vidas concretas.

Pero además el rito aparece unido a la décima plaga (Ex 13,14-16): por consiguiente este rito recordará simbólicamente la acción liberadora de Dios, y lo hará al inicio de cada generación -todo primogénito- en todas las familias del pueblo elegido. De este modo, la memoria del Dios que rescata está siempre ante el pueblo para que no la olvide (cfr. Sal 78,3-7) y viva siempre de ella, en referencia a ella.

El sacramento de la Pascua

Este carácter «sacramental» de la pascua judía hará que llegue a ser tipo de toda liberación. Ante cualquier opresión o dificultad el pueblo de Israel volverá los ojos a este acontecimiento fundante y con ello volverá los ojos al Dios que lo realizó. La acción que Dios realizó una vez puede volver a realizarla, porque Él es siempre el Señor que libera. La liberación de Egipto será por ello tipo y signo de la liberación de todas las potencias malvadas, de todas las servidumbres, de todo lo que es dañino y opuesto a la libertad y a la vida, y, por tanto, del mal, del pecado, de la muerte...

Por eso, cuando el pueblo se encuentre desterrado en Babilonia, la memoria de los acontecimientos del éxodo alimentará su esperanza de que Dios realice con ellos un nuevo éxodo (Is 43,16-21)...

Por eso, el Nuevo Testamento entenderá que la acción liberadora realizada por Cristo (Rom 3,24) es la nueva y definitiva pascua (1Cor 5,7), pues con ella hemos sido definitivamente arrancados del dominio de las tinieblas y de la esclavitud del pecado (Col 1,13-14).

Por ello también nosotros hemos de continuar haciendo memoria de esta redención (Lc 22,19; 1Cor 11,25) para recibir sus frutos. Por eso hemos de continuar haciendo memoria de estas acciones maravillosas para alimentar con ellas sin cesar nuestra fe y nuestra esperanza...

Capítulos 14-15

La salida de Egipto

13,17-22

Llegamos finalmente al momento decisivo del Exodo. Después de tantas incertidumbres, por fin escuchamos: «Los israelitas salieron...»

Se nos da también la clave: «El Señor iba al frente de ellos». La salida de Egipto, después de tantas dificultades y obstáculos, va a ser obra enteramente suya. El Señor camina con ellos; más aún, dirige las operaciones. Su presencia guiadora es real y, sin embargo, misteriosa, inasible: esto es lo que simboliza la nube. Y esta presencia los acompaña de día y de noche, es decir, siempre: la totalidad del Camino y de la vida de este pueblo, con todas sus peripecias, se realiza bajo la guía de esta nube, de esta presencia invisible... Lo mismo que la nuestra.

14,1-4: De nuevo, el plan de Dios

Como en todos los acontecimientos anteriores la palabra del Señor da las instrucciones sobre lo porvenir, con todo detalle y precisión. La palabra de Dios dirige la historia.

Esta palabra nos asoma al designio de Dios. Nos indica que aún aparecerán dificultades. Pero ya hemos comprobado ampliamente que su palabra se cumple siempre y que su designio es irrevocable. «El Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos, pero el plan del Señor subsiste por siempre...» (Sal 33,10-11).

Podemos mirar las dificultades con serenidad: Dios las conoce, las tiene previstas, forman parte de su plan; más aún, nos dice su sentido: «Manifestaré mi gloria a costa del Faraón y de todo su ejército». Todos los obstáculos para que se realice el plan de Dios en realidad son permitidos en función de esto: para que Dios manifieste más nítidamente su gloria, para que se ponga más de relieve quién es El y cuán grande es su poder salvador, su bondad, su sabiduría... Encontramos un eco de esta afirmación en las palabras de Jesús a propósito del ciego de nacimiento: «Ni pecó éste ni sus padres; es para que se manifiesten en él la obras de Dios» (Jn 9,3).

14,5-14: La hora de la fe

Una vez situados en el plan de Dios, el autor sagrado continúa el relato del éxodo. Y lo hace presentando una dificultad para la realización de este plan que parece ser definitiva. El texto se detiene ampliamente a considerar el alcance de la oposición que plantea el Faraón: «Tomó seiscientos carros escogidos, y todos los carros de Egipto, montados por sus combatientes...» «Los egipcios los persiguieron: todos los caballos, los carros del Faraón, con las gentes de los carros y su ejército...»

Hasta ahora el Faraón había respondido con su palabra, con sus órdenes; ahora responde con su ejército, desplegando todo su poder militar; más aún interviene él mismo en persona. (v.6).

Es importante resaltar este aspecto: precisamente cuando Dios ha empezado a actuar de manera decisiva, el Faraón pone en juego todo su poder para poner en jaque al pueblo de Dios. Es algo que contemplamos en toda la historia de la salvación. Lo vemos también en la vida de Cristo: justo en el momento de realizar la redención de la humanidad, Jesús exclama: «Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22,53). Lo vemos en el Apocalipsis, que pone de relieve el combate entre Cristo y Satanás, el adversario de Dios y de sus planes. Lo vemos en la historia de la Iglesia, pues cada vez que surge un verdadero santo, un hombre de Dios, todos los poderes del infierno se desatan contra él para impedir que se realicen los planes de Dios. Es ésta precisamente la razón última de las persecuciones...

Deberíamos ser más realistas, deberíamos tener más en cuenta la acción de Satanás y del Anticristo que actúan ya en este mundo (Ap 12,17; 1Pe 5,8; 1Jn 4,1-3). Deberíamos ser más realistas, para luchar con las armas de Dios (Ef 6,11ss), las únicas que pueden vencerle. Deberíamos ser más realistas para entender que toda esta situación es misteriosamente permitida por Dios para manifestar su gloria a costa de Satanás y de todo su ejército (cfr. v.4), pues todo ese poder Cristo lo aniquilará con el soplo de su boca (2Tes 2,8). Deberíamos ser más realistas para comprender toda la grandeza y todo el alcance del combate en que estamos embarcados.

Finalmente leemos: «Y les dieron alcance mientras acampaban junto al mar». Conviene caer bien en la cuenta de la situación: los israelitas se encuentran encerrados, sin salida, entre el enorme ejército del Faraón que viene en su persecución y el mar que les cierra el paso. La situación es ciertamente desesperada, sin salida... En este sentido tienen razón los israelitas cuando exclaman: «¿Acaso no había sepulturas en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto?» (vv.11-12). En este sentido son realistas: humanamente hablando no hay solución, la única perspectiva es la muerte.

En esta situación reniegan de haber hecho caso a Moisés y haber salido de Egipto. Por eso le echan en cara: «¿Qué has hecho con nosotros sacándonos de Egipto? ¿No te dijimos claramente en Egipto: Déjanos en paz, queremos servir a los egipcios?». Se sienten defraudados, engañados. Por otra parte, el pueblo que clamaba por su liberación ahora prefiere la esclavitud; aún habiendo experimentado que la esclavitud era peor que la muerte, la situación desesperada les hace exclamar: «Mejor nos es servir a los egipcios que morir en el desierto». La falta de esperanza conduce a la esclavitud e impide ser libres.

La historia se repite. Cuando Dios interviene (como en la primera actuación de Moisés en el cap.5) los cosas parecen ir a peor. Pero es que al Señor le agradan las situaciones-límite. Le gusta que el hombre compruebe por experiencia sus límites, su incapacidad, su nada de criatura. Sólo entonces puede percibirse que la obra es suya, que quien salva es El (Lc 5,4-7; Jn 21,1-8). Pero ¡cuidado!: si en esas situaciones-límite es donde Dios más visiblemente manifiesta su gloria, también en ellas es más grande que nunca el peligro de volver atrás, de volver a Egipto; ante esa situación que se experimenta como muerte es fuerte la tentación de tornar a la esclavitud con tal de vivir en paz.

Sobre todo, contrasta la postura del pueblo con la de Moisés (vv.13-14). Parece que estuvieran contemplando situaciones distintas y sin embargo la escena que está ante sus ojos es la misma. Estaríamos tentados de considerar a Moisés un iluso y acusarle de poco realista si no fuera porque el narrador nos ha situado de antemano en el plan de Dios (vv.1-4). Pues bien, en ese plan de Dios se encuentra situado Moisés, hasta el punto de que ve la salvación como ya realizada. Parece como si estuviera ya en la otra orilla...

¿Cuál es, por tanto, la diferencia entre Moisés y el pueblo? Una sola, pero decisiva. Mientras el pueblo se queda en Moisés (y por eso le acusan de haberles sacado de Egipto y traído a morir en el desierto), Moisés cuenta con la presencia, invisible pero todopoderosa, del Señor: «El Señor peleará por vosotros, que vosotros no tendréis que preocuparos». Mientras el pueblo «ve» sólo a los egipcios (v.10), Moisés «ve» la salvación que el Señor está a punto de realizar: «Veréis la salvación que el Señor os otorgará en este día, pues los egipcios que ahora véis no lo volveréis a ver nunca jamás». La grandeza de Moisés está en que «ve» de antemano lo que el pueblo sólo verá después de realizarse (vv.30-31). En consecuencia, mientras los israelitas «temieron mucho» (v.10), Moisés está tranquilo: «No temáis, estad firmes».

Atinadísimamente, aludiendo a este pasaje, la carta a los Hebreos comenta: «Por la fe, [Moisés] salió de Egipto sin temer la ira del rey; se mantuvo firme como viendo al Invisible» (Hb 11,27). Nos ha dado así la clave última de la postura de Moisés: «Como viendo al Invisible». Moisés aparece así como el hombre de la fe. Dios permanece invisible a los ojos humanos; pero la verdadera fe, cuando es intensa «casi» le ve, detecta su presencia, percibe su acción... Es esta fe la que causa la firmeza de Moisés y le libra del miedo. Es esta fe la que sostiene su esperanza y la proyecta hacia el futuro. Es esta fe la que le lleva a vencer las dificultades (1Jn 5,4: «Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe»).

Moisés, que tantas dudas y vacilaciones había experimentado, es ahora el hombre de la fe. Dios le ha ido preparando por medio de pruebas y dificultades, por medio de signos y prodigios, para guiar al pueblo en nombre suyo. Ahora es el hombre de la fe, y gracias a esa fe se produce el milagro del éxodo: un milagro que realiza el Señor, pero que es hecho posible por la fe de Moisés.

Y ahí brilla también el «realismo» de Moisés. Vistas las cosas superficialmente el pueblo parecía realista, Moisés parecía ingenuo. Ahora vemos que Moisés tenía razón: los hechos se la han dado. Vemos que Moisés era realista y el pueblo no; en efecto, el pueblo veía con lucidez las dificultades, pero nada más, y ellas le conducían a la desesperanza total; Moisés, en cambio, veía ante todo a Dios, y las dificultades desde El, desde su presencia protectora y todopoderosa. En consecuencia, Moisés era el realista, pues veía la realidad total. Y gracias a ese realismo se produce el milagro de la liberación. En cambio, el «realismo» del pueblo sólo habría conducido a la muerte y al fracaso, en el mejor de los casos, en un volver a Egipto, a la esclavitud, a una opresión probablemente más dura que la anterior...

14,15-31: De la muerte a la vida

Una vez más es la palabra del Señor la que pone la historia en marcha (vv.15-18). Son sus imperativos eficaces («di a los israelitas... alza tu cayado, extiende tu mano... divide el mar...») los que desencadenan la acción. La iniciativa de la salvación permanece suya de principio a fin. Y es su palabra la que da a conocer esta iniciativa y la realiza, la que da a conocer su plan y lo realiza. Una palabra eficaz...

Dios es así el protagonista de esta obra de salvación. Ya le habíamos visto ponerse «al frente» de su pueblo (13,21) como pastor, como jefe. Ahora, en el momento crítico y decisivo, se nos repite: «Se puso en marcha el Angel del Señor que iba al frente del ejército de Israel» (v.19). Y lo mismo simboliza la columna de nube... Más aún, se coloca entre los egipcios y los israelitas (v.20), como para impedir a Israel volver a Egipto, a la esclavitud (vv.11-12). El Señor no abandona a su pueblo, lo guía y lo conduce siempre... especialmente en los momentos más críticos, aunque su presencia siga siendo invisible.

De este modo, el pueblo pasa de la muerte a la vida. Se supera de la situación en que se encontraban y que ellos mismos consideraban de muerte inevitable (vv.11-12). Dios ha creado, literalmente, a su pueblo. No sólo lo ha arrancado de la esclavitud: lo ha sacado de la muerte, de la muerte inevitable, de la nada, de una situación humanamente insuperable.

Israel surge del fondo del mar. Sale de la muerte. La salvación del pueblo de Dios es verdadera creación, nueva creación. El éxodo ha sido un acto del Dios Creador. Israel ha sido creado como pueblo de Dios, ha pasado de la muerte a la vida.

Esta dinámica de muerte-vida aparece también en el símbolo de las aguas: aguas a derecha e izquierda es símbolo de situación agobiante, de amenaza de muerte. Y aparece también en el simbolismo tinieblas-luz. El aspecto de creación aparece apuntada también por diversas conexiones de vocabulario con el relato de la creación (mar, tierra seca, viento... cfr. Gen.1,9-10).

También para nosotros todo esto significa mucho. La salvación no es «echar una mano»; no se trata de una «pequeña ayuda». La salvación es arrancar de la muerte. Hemos sido salvados porque hemos sido sacados literalmente de las garras de la muerte (Col 1,13; Hch 26,18), de la condenación, del infierno. Esto es lo que pone de relieve el bautismo con su simbolismo de muerte y vida. Como Israel de las manos del Faraón, nosotros hemos sido liberados del poder de Satanás. Y ello ha sucedido a través del agua por el poder del Dios Creador. El cántico exultante de Israel (c.15) lo pondrá de relieve: no han sido librados de un peligro cualquiera, sino de la muerte misma. Nuestro canto no debería ser menos exultante ni menos victorioso: hemos sido liberados del Mal absoluto y de la muerte eterna al ser liberados del dominio de Satanás.

Estos aspectos que están en la liturgia del bautismo y -de modo más expresivo- en las catequesis bautismales de los Padres de la Iglesia deberían ser recordados más ampliamente para que todo creyente apreciase más el don de la salvación y la grandeza de su vocación cristiana. Es necesario apreciar de dónde hemos sido sacados...

Pues bien, una consecuencia de esta creación es la nueva actitud del pueblo de Israel, que pasa del miedo al gozo exultante. Los mismos de quienes se nos había dicho que «temieron mucho» (v.10), ayudados por la palabra y la fe de Moisés que les exhorta a «no temer» (v.13), son los que finalmente «temieron al Señor» (v.31). Y como consecuencia prorrumpen en cantos de júbilo y de victoria (c.15). Una vez más comprobamos que la fe en el Señor y en su palabra libera del miedo a la muerte, de la tristeza, de la desesperanza. Y todo ello gracias a la intervención del mediador...

Por el contrario, los egipcios quedan hundidos en el mar. Su arrogancia queda humillada y hasta ridiculizada. Se cumple también que el Señor «humilla a los soberbios» (Lc 1,51). Todas sus pretensiones se demuestran vanas e inconsistentes. Sus planes fracasan. Su actitud opresora manifiesta su verdadera cara, pues caen en su propias redes (Sal 9,16-17). Es la hora de la verdad, la hora del juicio de Dios.

Más aún, las palabras de los egipcios en el v.25 («el Señor pelea por ellos») son un verdadero acto de fe (cfr. v.14), y muestran que se cumple la palabra de Moisés (v.14) y la del mismo Dios (v.4.18). Por fin los egipcios reconocen que Dios es el Señor, el único Señor (cfr.5,2). Lo reconocen forzados por los hechos, por la realidad que se les impone. Pero ya es demasiado tarde, sus oportunidades de conversión han terminado (cfr. historia de las plagas) y el juicio de Dios se cierne sobre ellos implacable. Sólo ahora comprendemos toda la gravedad del endurecimiento del corazón...

Ahora comprobamos con toda evidencia que Moisés tenía razón, que el Señor tenía razón, y el Faraón y los egipcios no. La verdad triunfa siempre, pero al final. La hora del juicio último y definitivo es la hora de la verdad. Mientras tanto, la mentira, la injusticia parecen triunfar. Y corremos el peligro de dejarnos llevar por la apariencia, por lo que se ve, por lo que parece más real... Vale la pena vivir ya desde ahora cada momento y cada acción con la mirada puesta en la hora de la verdad, en el juicio de Dios. Lo demás se disipará como el humo (Sal 37,20).

15,1-21: El gozo de la salvación experimentada

Se trata de un cántico triunfal, un canto que brota de la fe (14,31) y de la experiencia «en propia carne» de la acción del Señor. Es el canto de los nuevos nacidos, de los que palpaban la angustia de la muerte y ahora experimentan la dicha de la vida. Es un canto de gozo exultante por la victoria. Es un canto al Señor de las victorias, que es «un guerrero» (v.3). Es un canto de admiración ante el Señor y ante sus obras («¿Quién como tú, Señor...?: v.11).

Toda la atención queda acaparada por el Señor, que con esta acción increíble, insospechada, ha manifestado su gloria, más aún, «se ha cubierto de gloria» (v.1). Todo -el enemigo, las dificultades, el pasado, el reto del futuro...- todo se desvanece ante la figura sublime y majestuosa del Señor. Incluso las difíciles etapas del camino aún por realizar (el desierto, la conquista de la tierra) se ven ya como un hecho (vv.13-17) ante esta acción fulgurante del Señor. El es Señor y reinará por siempre jamás (v.18).

El pueblo canta, alaba, exulta... La salvación no es una teoría. Es una realidad, y una realidad experimentada. El que se experimenta alcanzando por la salvación de Dios desborda de gozo y de gratitud... Si la alegría y la alabanza no brillan en nuestra vida, deberemos preguntarnos si la salvación ha entrado en nosotros. Pues la acción de Dios en el mar Rojo es poca cosa al lado de la resurrección del Señor, y la liberación de la esclavitud de Egipto es sombra en comparación con los bienes que nos ha aportado la redención de Cristo.

Capítulos 16-18

El camino por el Desierto

15,22-27: La fe, probada

Estos versículos finales del c.15 introducen la marcha por el desierto. El pueblo liberado de la servidumbre, que ha experimentado las maravillas, las obras grandes del Señor, inicia su camino hacia la Tierra prometida. Pero antes de llegar a ella está el camino por el desierto. Camino largo, duro, difícil...

Sorprende enormemente que después de la experiencia del éxodo y del canto triunfal nos encontremos esta reacción: «El pueblo murmuró contra Moisés diciendo: «¿Qué vamos a beber?». Contrasta fuertemente con la confianza exultante expresada en el canto de Moisés y con lo afirmado en 14,31: «Viendo Israel la mano fuerte que el Señor había desplegado contra los egipcios temió el pueblo al Señor y creyeron en el Señor y en Moisés su siervo». Apenas experimentada «la mano fuerte» del Señor en la situación crítica del Mar Rojo, ante la primera nueva dificultad el pueblo se queja, se revela, se manifiesta duro de cerviz.

El contraste es grande, y la sorpresa comprensible. Sin embargo, conviene fijarnos con detenimiento. Estas quejas del pueblo parecen estar justificadas: el camino por el desierto es agotador, con sed, con hambre, con cansancio, con dificultades de todo tipo. ¿No tendrá razón el pueblo? ¿No será que Dios le pide demasiado?

Ciertamente las dificultades están ahí, son pruebas terribles. Pero el pueblo hace mal con quejarse y protestar. Con ello está manifestando su falta de fe. Al quejarse manifiesta que no se fía del Dios que les ha hecho libres y ahora les guía: también ahora son conducidos por la «mano fuerte», aunque invisible, del Señor. Al protestar dan a entender que no ven las dificultades presentes bajo el dominio de su Dios, que se ha mostrado Señor de la historia. No acaban de creer que el Señor seguirá sosteniéndolos en medio de todo tipo de pruebas y dificultades. No aceptan la voluntad de Dios que en su providencia permite estas dificultades ni creen en su poder que puede librarlos de ellas.

El texto bíblico nos da la clave de esta situación: El Señor «puso a prueba» a Israel (v.25). «Probar» es «poner a prueba», examinar en la práctica en situaciones-límite para ver hasta dónde el esfuerzo es posible y de qué la persona probada es capaz (Gen 22,1; Ex 20.20; Dt 8,2.16; 13,4). Se trata de una situación que no tiene solución fuera de la fe: ante la carencia de todo apoyo natural, Dios pide una confianza incondicional. Cuando Dios nos prueba nos está empujando a arrojarnos en sus brazos, a abandonarnos a su protección. Ante lo extremo de la dificultad, en la que se pierde pie, sólo quedan dos salidas: la confianza en Dios o la desesperación. Las situaciones de pruebas grandes son oportunidades preciosas para dar de lado apoyos falsos y apoyarse sólo en Dios, pero es grande también el peligro de renegar de Dios y hundirse en la desesperación. Dios, por su parte, manda o permite la prueba por amor, para sacarnos de la instalación, de los falsas seguridades, y hacernos vivir colgados de El.

Dios mismo apunta la solución (v.26): «Si de veras escuchas la voz del Señor, tu Dios...» En el camino del desierto, en medio de las pruebas y dificultades, nuestro agarradero, nuestra única garantía es la palabra del Señor. Se trata de permanecer atentos a su voz, pendientes de su palabra. Es ella la que guía, la que sostiene en medio de las pruebas. A través de su palabra es Dios mismo quien nos conduce y nos fortalece. Su palabra ilumina nuestra fe, conforta nuestra esperanza, enardece nuestro corazón...

16: El don del maná

El pecado del pueblo es siempre el mismo: bajo distintos aspectos y en diversas circunstancias es siempre su falta de fe lo que se pone de relieve. Aquí se manifiesta en que reniegan de la situación en que el Señor les ha colocado, lamentándose de no haber muerto en Egipto (v.3) y en que han perdido de vista que toda la aventura en que están embarcados tiene a Dios mismo como iniciador y protagonista (dicen a Moisés y Aarón: «Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea»). Y el pecado es tanto más grave cuanto más son reiteradas las pruebas que Dios da de su providencia amorosa: llega entonces a ser un pecado de obstinación, de rebeldía, de endurecimiento.

El salmo 106, una meditación sobre el pasado de Israel, presentará así los reiterados pecados del pueblo: «Hemos pecado como nuestros padres... Nuestros padres, en Egipto, no comprendieron tus prodigios. No se acordaron de tu inmenso amor, se rebelaron contra el Altísimo... Pronto se olvidaron de sus obras, no tuvieron en cuenta su consejo... A Dios tentaban en la estepa... Olvidaban a Dios que les salvaba, el autor de cosas grandes en Egipto, de prodigios en el país de Cam, de portentos en el mar Suf... En su palabra no tuvieron fe, murmuraron dentro de sus tiendas, no escucharon la voz del Señor...» He ahí el fondo de todo pecado: «olvidar» las grandes obras realizadas por el Señor, «no comprender» lo que hay detrás de ellas (su amor, su poder, su sabiduría), «no fiarse» de la palabra del Señor, «quejarse» de El (Parecidas reflexiones en el Sal 78).

A pesar de todo, Dios condesciende y da a su pueblo una nueva prueba de su cuidado paternal. A través de sus dones es Dios mismo quien se manifiesta: «Sabréis que es el Señor» (v.6), veréis la gloria del Señor» (v.7). Dios da sus dones para que le conozcamos a El, para que entremos en comunión con El por la fe y la gratitud. Pero ésta es nuestra tragedia: nos quedamos en los dones de Dios sin reparar en el que nos los da y en el amor que está detrás de ese don.

Moisés insiste: «No van contra nosotros vuestras murmuraciones, sino contra el Señor». Dios se identifica con su enviado. Cada vez que nos quejamos de algo o de alguien es en el fondo de Dios mismo de quien nos quejamos. Puesto que El es el Señor de la historia y conduce todo con su poder y su sabiduría, El es el responsable último de todo: «Ni un cabello de vuestra cabeza cae sin el permiso de vuestro Padre» (Mt 10,29-30). Toda queja es siempre, implícita o explícitamente, una queja contra el Señor.

«Este es el pan que el Señor os da por alimento». Independientemente de cual sea la explicación del maná, el texto subraya claramente que se trata de una intervención especial de Dios en favor de su pueblo. Se trate o no de una intervención especial de Dios en favor de su pueblo. Se trate o no de un milagro en sentido estricto, lo cierto es que el pueblo ha experimentado una vez más la mano providente de su Dios. Sirviéndose tal vez de un fenómeno natural de aquella región Dios ha dado a los suyos un alimento con el que no contaban. Inesperadamente, el don de Dios ha venido en socorro de su pueblo. Como siempre, en el último momento. Dios no abandona a su pueblo, pero tampoco le hace nadar en la abundancia. Cuida de su pueblo, pero le hace pasar escasez, para que recurra a su Dios y confíe en El. Dios nos da lo que necesitamos: sea cual sea el medio, es siempre don suyo, don «bajado del cielo».

La providencia de Dios se manifiesta también en que cada uno recibe justo lo que necesita: «Ni los que recogieron mucho tenían de más ni los que recogieron poco tenían de menos; cada uno había recogido lo que necesitaba para su sustento». Dios es «detallista»: da a cada uno lo que necesita. Y esto en todo: los dones y cualidades que cada uno recibe son aquellos que necesita para cumplir la misión que Dios mismo le ha encomendado dentro de su plan de salvación, ni más ni menos. Y como no todos tenemos la misma misión, tampoco todos recibimos los mismos dones, que son siempre en favor de los demás. Otra cosa son las injusticias sociales: cuando alguien carece de lo que realmente necesita, no es culpa de Dios, sino nuestra: alguien se ha apropiado del sustento del hermano.

Por otra parte, la verdadera confianza en la providencia de Dios está frontalmente en contra de la actitud de acumular: «Que nadie guarde nada para el día siguiente» (v.19). Acumular es no fiarse del Señor, que da lo que necesitamos justo en el momento en que lo necesitamos. ¡Cómo resuenan aquí tantas palabras de Jesús en el evangelio! «No andéis preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber? ¿Con qué vamos a vestirnos? Por todas esas cosas se afanan los gentiles, pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso... Así que no os preocupéis del mañana...» (Mt 6,31-34). Más aún, el texto del Exodo nos dice que algunos guardaron algo para el día siguiente, pero eso se pudrió (v.20). El evangelio nos exhorta a no acumular tesoros que se corrompen, sino a dar limosna y acumular tesoros en el cielo (Lc 12,33-34).

La tradición cristiana (cfr. sobre todo Jn 6) ha visto en el maná la prefiguración de la eucaristía. Ella es el verdadero pan bajado del cielo con el que Dios alimenta y sustenta a su pueblo. Los que por el bautismo han salido del Egipto de pecado atraviesan ahora el desierto hacia la Tierra prometida, hacia la Casa del Padre. En este camino deben afrontar pruebas de todo tipo, dificultades y tentaciones; el camino, como en el caso de Elías, es superior a sus fuerzas (1Re 19,7-8). Pero precisamente el don de la Eucaristía, alimento de los fuertes, viene a sostener y a vigorizar para este camino; es el viático que hace posible soportar las pruebas y vencer las tentaciones...

17,1-7: Tentar a Dios

La historia se repite. Nuevas dificultades, nuevas quejas, nuevos pecados... Ante todo llama la atención que Dios socorre a su pueblo, pero no le ahorra la dificultad. Le hace permanecer en el desierto y permite que le acosen nuevas pruebas. A la prueba del agua amarga y del hambre, sucede ahora la de la sed... Ello es iluminador para nosotros que muchas veces suplicamos a Dios para que nos saque de la prueba. El, sin embargo, frecuentemente no quiere sacarnos de la prueba -en su sabiduría y en su amor providentes sabe que es para nuestro bien-, sino sostenernos en ella, darnos fuerza para no decaer, para no ser dañados por ella, sino salir de ella victoriosos, purificados, crecidos...

El pecado del pueblo consiste en «tentar al Señor» (v.2). La expresión significa querer obligarle a que dé pruebas, exigir su intervención como si fuera un derecho; prácticamente es un desafío, un obligarle a decidirse como si tuviera que obedecer a los hombres. Tentar a Dios significa en el fondo endurecer el corazón (cfr. Sal 95,8-9) y dudar de Dios: «¿Está o no está el Señor entre nosotros?» (v.7). En el fondo siempre la misma falta de fe: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed...?» (v.3).

Sin embargo, Dios demuestra que su providencia no conoce límites. Puesto a cuidar de su pueblo, puede hacer surgir agua incluso de una roca. A mayores dificultades, mayores respuestas del Señor. Realmente, «para El nada hay imposible» (Lc 1,37). Con ello contesta a la pregunta: «¿Está o no está el Señor entre nosotros?». Responde con los hechos, con obras, que son elocuentes por sí mismas. La existencia de Dios no se «demuestra» con razones, sino con el testimonio de sus obras, aquellas que sólo El puede realizar, aquellas que son humanamente inexplicables...

17, 8-16: La victoria es del Señor

A continuación nos encontramos con otra prueba del desierto: además del hambre y la sed, el pueblo sufre el ataque de los amalecitas. Será otra ocasión de experimentar el cuidado amoroso de su Dios, que además del pan y el agua les da la fuerza para combatir y vencer.

La tradición cristiana ha visto en este pasaje la eficacia inmensa de la intercesión. Moisés no está en el campo de batalla; se encuentra en lo alto del monte, con las manos alzadas a su Dios en favor de su pueblo que combate allá abajo en la llanura: su misma ubicación física resalta su papel de mediador. Y su intercesión es tan decisiva que el texto subraya que «mientras Moisés tenía alzadas las manos vencía Israel, pero cuando las bajaba vencía Amalec».

Moisés es figura de Cristo, nuestro perfecto y definitivo mediador, a quien la carta a los Hebreos presenta subido al cielo, donde «está siempre vivo para interceder en nuestro favor» (Hb 7,25). La Iglesia se apoya en esta intercesión continua y eficaz de Cristo y vive de ella. Pero también la actitud de Moisés es modelo para los miembros de esta Iglesia, pastores y fieles, que además de combatir han de orar, más aún, deben sobre todo orar, conscientes de que la victoria es obra de Dios. Cuando en estos tiempos la Iglesia sufre tantas derrotas a manos de sus enemigos, ¿no será porque hemos bajado las manos? Porque la afirmación del texto bíblico sigue siendo verdad: con las manos alzadas se logra la victoria, porque es una guerra del Señor (cfr. 1Sam 17,47), con las manos caídas sólo se cosechan derrotas.

Otros, en cambio, apoyados en el hecho de que se alude al «cayado de Dios» que está en la mano de Moisés (v.9), piensan que no se trata de una postura de oración, sino que es la postura del pastor, del jefe militar, que, cayado en mano, dirige el combate de su pueblo. En este caso, aunque varíen algunos aspectos, el sentido básico sigue siendo el mismo: para que el pueblo venza, el pastor debe estar «puesto en alto» (cfr. Ez 3,17), cerca de Dios; más aún, debe pastorear «con el cayado de Dios», es decir, en nombre de Dios, con su poder y su fuerza. Sólo así se logrará la victoria, que es don de Dios, pues los soldados deben combatir, pero la victoria es del Señor, que combate con ellos.

Capítulos 19-24

La Alianza

En realidad, aquí está el centro y el corazón de todo el libro. La liberación estaba en función del encuentro de Dios con su pueblo y del pacto o alianza entre ambos. «Ya habéis visto... Cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí» (19,4). Todo está en función de esta alianza, de este pacto de amor, de esta comunión entre Dios y su pueblo. Ahora Israel será «propiedad personal» del Señor (19,5), es decir, especialmente querido y ligado a El. Y será «pueblo santo» (es decir, totalmente y exclusivamente dedicado a su servicio, a la escucha de su palabra, al cumplimiento de su voluntad) y «reino de sacerdotes» (o sea, lo que los sacerdotes israelitas son para sus hermanos, eso será todo Israel para el rersto del mundo: representante de todos los pueblos ante Yahveh, adorando e intercediendo en nombre de todos): 19,6. Todo ello a condición de «escuchar su voz» y «guardar su alianza» (19,5).

Dios se manifiesta de manera perceptible y a la vez velada, estrepitosa y secreta (19,16-24; 20,18-21). Desciende «a la vista de todo el pueblo» (19,11) y sin embargo hay que «mantener las distancias» (19,12): Dios es cercano e inaccesible a la vez; se revela, pero permanece en su misterio.

Finalmente, se sella la alianza (24,1-18). La iniciativa es totalmente de Yahveh (24,3a), pero el pueblo debe comprometerse, asintiendo libremente a la propuesta divina: «Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh» (24,3b.7). La alianza es una comunión entre personas, y una comunión de vida: por eso se sella asperjando con la sangre -símbolo de la vida- a las dos partes, al altar que representa a Dios y al pueblo reunido (24,6 y 8). Es la «sangre de la alianza».

Como respuesta a esta alianza de vida, a este pacto de amor, cobran sentido todas las leyes y normas que aparecen en estos capítulos; no sólo el decálogo (20,1-17), sino todo el Código de la alianza (20,22-23,33) e incluso las normas sobre el culto (cap. 25-35). Cada minúsculo detalle no es una norma impersonal, sino expresión de la voluntad amorosa de Yahveh para el pueblo que ha liberado de la esclavitud y al que se ha unido en alianza. Del mismo modo, el cumplimiento de esas normas por parte de los israelitas no es algo mecánico y rutinario, sino adhesión libre y responsable y entrega de amor que ratifica la alianza y conduce a una comunión cada vez más viva y personal con el Dios de la alianza y con su voluntad: «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh» (24,7).

Mediante estas leyes y normas, la alianza impregna toda la vida de la comunidad y de cada uno de sus miembros, protegiendo ante todo la vida humana y defendiendo los derechos de los pobres y los derechos de Dios. Las normas sobre el culto (cap. 25-31), en particular, están indicando que la liturgia es el servicio más alto que los hombres libres pueden ofrecer a su Dios; lejos de ser ritos vacíos y formalistas, constituyen el lugar y el momento de comunión con el Dios vivo con el que han entrado en alianza; en ellos se adora al Dios liberador y se le agradece el don de la liberación, a la vez que, por la comunión con El, se crece en la verdadera libertad.

También nosotros cristianos -y más que el antiguo pueblo de Dios- somos «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las albanzas de Aquel que nos ha llamado a salir de las tinieblas y a entrar en su luz admirable» (1Pe 2,9). Somos el pueblo de la nueva alianza. Para nosotros la «sangre» de la alianza» nueva y eterna -la sangre de Cristo- es la mejor prueba del amor que Dios nos tiene y de la fidelidad con que se ha comprometido con nosotros (Rom 5,8-10; 8,32; Jn 3,14-16). Y esta sangre es también la mayor exigencia de respuesta fiel a la alianza nueva y eterna: «¡Habéis sido comprados a buen precio!» (1Cor 6,20); «habéis sido rescatados no con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo» (1Pe 1,17-20).

Capítulo 20

El Decálogo

Conviene que profundicemos en este texto tan rico y tan denso, que tanto influjo ha tenido en la historia de la humanidad. Intentaremos captar toda su hondura teológica y espiritual para superar las interpretaciones superficiales o puramente moralizantes.

Una ley de alianza

Para su interpretación nos ayuda antes que nada considerar el contexto en que está situado. En efecto, las «Diez Palabras», se encuentran en el corazón mismo de la revelación de la alianza.Situado entre el anuncio de la alianza (c.19) y su celebración (c.24), el décalogo se nos presenta como la ley de la alianza. Además, antes de enumerar los mandamientos el Señor se presenta: «Yo, el Señor, soy tu Dios»: Se trata de la formula típica de la alianza que expresa la vinculación mutua, la pertenencia recíproca entre Dios y su pueblo en virtud del pacto establecido («Seréis mi pueblo-seré vuestro Dios»: 6,7). Por un lado, los mandamientos son promulgados por el Dios de la alianza que se ha vinculado irrevocablemente a su pueblo por amor; por otro lado, el cumplimiento de los mandamientos es el modo como el pueblo «guarda la alianza» (19,5), es decir, responde a la elección de que ha sido objeto y se adhiere a su Dios en la fidelidad de la vida. Al darle a conocer sus mandamientos (v.1), Dios ofrece a su pueblo el medio de entrar en comunión con su voluntad, de responder a su iniciativa y, por tanto, de amarle.

Todo esto tiene una gran importancia, pues presenta tanto el don de los mandamientos por parte de Dios como su cumplimiento por parte del hombre como un pacto de amor. Aunque el contenido de los mandamientos coincide con lo que se suele llamar «Ley Natural» (es decir, los principios morales básicos inscritos en el corazón de todo hombre), el autor sagrado subraya su carácter personal. No se trata de un código frío e impersonal. Los mandamientos han sido dados por el Dios vivo y personal que se ha revelado en la historia y que ha elegido a su pueblo, entrando en comunión de alianza con él (v.2). Por tanto, el cumplimiento de los mandamientos sólo puede entenderse en clave también personal: es la respuesta personal de cada miembro de este pueblo, que sabiéndose elegido, ratifica personalmente ese pacto de amor con la fidelidad a los mandamientos. Cumplir los mandamientos es decir «sí» a Dios.

En este sentido, es significativo también que el decálogo esté redactado en forma de interpelación directa y personal. Todo él está en segunda persona del singular. Dios se dirige a cada uno con un «Tú» vivo e interpelante. No es un código inerte, sino una serie de imperativos con que Dios mismo habla a cada uno de manera incisiva en el momento presente, manifestándole su voluntad divina e invitándole a responder, más aún, comprometiéndole, ungiéndole y suscitando su respuesta. Los mandamientos sólo se pueden entender en esta clave de diálogo de amor entre Dios y el hombre, de llamada y respuesta, de invitación a entrar en comunión con él y con su voluntad.

Una ley de libertad

Puede parecer paradójico que el Dios que ha liberado a su pueblo de la esclavitud le imponga ahora toda una serie de claúsulas que parecen constreñir su libertad.

Sin embargo, si nos fijamos con atención, es todo lo contrario. En realidad, los mandamientos vienen a poner en guardia al pueblo que acaba de estrenar la libertad contra la ilusión de que, por el hecho de haber escapado de la opresión de Egipto, ya son plena y definitivamente libres. En efecto, existe el riesgo de permanecer esclavos o volver a serlo sirviendo a dioses falsos, dejándose llevar por la avaricia, haciéndose daño unos a otros... En realidad, los mandamientos son dados para conquistar la verdadera libertad y para preservarla de todo engaño. En realidad tienen un sentido totalmente positivo, son una ley de libertad.

Esto se pone de relieve claramente en el encabezamiento (v.2): «Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de la servidumbre». Estas palabras fundan el derecho del Señor a imponer esta ley a su pueblo: puesto que ha rescatado a un pueblo esclavo, este pueblo le pertenece. Pero a la vez indican el sentido más profundo del decálogo: el Dios que ha arrancado a su pueblo de la esclavitud siempre actuará en el mismo sentido y de la misma manera, y los mandamientos que impone ahora son liberadores; lejos de constreñir la libertad, los mandamientos hacen verdaderamente libre, son una ley de libertad.

Precisamente por esto la mayor parte de los mandamientos están formulados de manera negativa: «no harás...» En realidad, la formulación negativa es más positiva de lo que parece, pues pone en guardia frente al camino falso que conduce a la ruina y cierra el paso a las tendencias malas y a las debilidades del hombre. Además, si se dice «toma este camino», los demás quedan prohibidos; mientras si se dice «no tomes este camino», todos los demás quedan permitidos; más aún, la formulación negativa es más precisa (decir «sé honesto» es vago, pero no lo es decir «no robes, no mientas»), y por consiguiente deja menos margen a la posibilidad de equivocarse.

Una ley de comunidad

Sin dejar de lado el carácter personal de los mandamientos, es cierto al mismo tiempo que no se dirigen a cada uno aisladamente. Los mandamientos son la ley de la comunidad de la alianza, de esta comunidad que se reúne para dar culto al Señor y que permanece unida entre sí precisamente en virtud de esta alianza. El cumplimiento de los mandamientos constituye una de las claves de la identidad de esta comunidad. Aglutinado por la fe en el único Dios y por el servicio al Señor que les ha liberado, el pueblo de Dios se une también por la fidelidad a los mismos mandamientos.

Por otra parte, son ley de la comunidad también en el sentido de que los mandamientos protegen la vida y el bien de todos y cada uno de los miembros de esta comunidad. En efecto, los mandamientos referidos al prójimo (que son la mayor parte) antes que ser una prohibición son una afirmación: por ejemplo, al decir «no matarás» se esta defendiendo la vida humana de todos y cada uno; al decir «no robarás» se protegen los bienes materiales de los diversos miembros de la comunidad; al decir «no cometerás adulterio» se tutela el matrimonio y la familia, etc. Por tanto, al afirmar los deberes de cada uno se ponen de relieve los derechos de todos y se protege la dignidad de cada persona y el bien de toda la comunidad.

Encontramos otra formulación del decálogo, con pequeñas diferencias, en Dt 5,6-18. Esta parece ser más antigua. En cuanto al origen, es probable que Moisés haya redactado el decálogo en su forma más simple (20,13-16) y que posteriormente hayan sido añadidos los desarrollos en forma de motivación. La catequesis de la Iglesia latina ha suprimido la prohibición de hacer imágenes y ha dividido en dos el último mandamiento, manteniendo así el número de diez.

3: «No tendrás otros dioses...»

Este es el mandamiento primero y principal. Al cumplirlo, el hombre se adhiere plenamente a Dios como el único Absoluto. Dios se presenta a sí mismo como «un Dios celoso» (Dt 6,14-15; Ez 34,14) que exige la adhesión incondicional del hombre entero, que por amor al hombre no tolera que este malgaste su vida y sus energías poniendo su corazón en lo que no es Dios. Como el corazón del hombre tiende a buscar absolutos que no son el Unico Absoluto, este mandamiento es una llamada de Dios al corazón y a la voluntad del hombre para que no se engañe: nada ni nadie tiene derecho a hacerse dios, a ocupar el puesto del verdadero Dios, ni en el corazón del hombre ni en la sociedad. Este mandamiento proclama el «Sólo Dios» y por consiguiente reclama la fidelidad total por parte del hombre. A Dios sólo se le puede servir con el corazón entero. Dejar que algo o alguien ocupe -aunque sólo sea en parte- el puesto que sólo a Dios corresponde es recaer en la esclavitud. «Nadie puede servir a dos Señores» (Mt 6,24). «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser» (Dt 6,5).

4-6: «No te harás escultura ni imagen alguna...»

El segundo mandamiento pone el acento sobre la invisibilidad de Dios. El Dios de la Biblia es invisible. Se da a conocer por sus obras (Rom 1,20) y por su voz, su palabra (Dt 4,15), pero a El «nadie lo ha visto jamás» (Jn 1,18). El Dios infinito no puede ser limitado en representaciones concretas.

Además, el mandamiento prohíbe «postrarse» antes esas imágenes y «darles culto». Y lo motiva por el hecho de que es un Dios «Celoso». Es ésta una expresión «pasional», es decir, que refleja la pasión de Dios por el hombre en toda su fuerza e intransigencia: Dios no quiere que el hombre se engañe sirviendo a un Dios imaginario y por tanto irreal.

El pueblo de Israel interpretaba este mandamiento en toda su literalidad. Es significativo que en el templo de Jerusalén no había ninguna imagen o representación de Yahveh: el arca, con los dos querubines, representaba el trono donde se sentaba el Invisible. De este modo se subrayaba más la realidad de la presencia del Señor (pues normalmente se representa -por ej., una fotografía- a un ausente, no a un presente).

En cambio, desde el momento de la encarnación las cosas son distintas: Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre (Jn 1,14), es de manera perfecta «la imagen (lit. "icono") del Dios invisible» (2Cor 4,4; Col 1,15). El podrá decir con plena verdad: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Por eso la Iglesia -desde sus mismos orígenes- aceptará las imágenes y representaciones.

Sin embargo, este mandamiento sigue siendo sustancialmente válido para nosotros cristianos. Quizá hoy no tengamos tanto peligro de confundir a Dios con determinadas representaciones plásticas (esculturas, pinturas...), pero sí que es fácil confundirlo con determinadas representaciones intelectuales o imaginativas nuestras. En este sentido, el segundo mandamiento nos recuerda que Dios es siempre más, que sobrepasa infinitamente lo expresado por toda imagen, que no tenemos derecho a reducir a Dios a lo que nosotros podemos entender, imaginar y experimentar de El. Esta es la razón por la que todos los místicos insistirán en que no debemos apoyarnos en nuestras ideas o imaginaciones acerca de Dios, que han de ser trascendidas y matizadas continuamente, pues Dios es siempre más, infinitamente más... En este sentido el mandamiento sigue siendo válido: «No te harás escultura ni imagen alguna... No te postrarás ante ellas ni les darás culto...» De lo contrario, nos haremos un Dios a la medida de nuestra corta inteligencia o a la medida de nuestros deseos e inclinaciones, un Dios ficticio, completamente distinto del Dios vivo y verdadero, una creación de nuestra fantasía...

Por otra parte, la Escritura nos hace entender que la verdadera imagen de Dios es una imagen viviente. Si Cristo es la imagen perfecta, todo hombre, creado a su imagen y semejanza (Gen 1,27) y modelado por la gracia del Hijo encarnado, está llamado a transformarse en una imagen cada vez más perfecta de Dios (2Cor 3,18; Col 3,10).

7: «No tomarás en falso el nombre del Señor...»

«En vano» significa «inútilmente», «falsamente», «por nada», «mintiendo». El mandamiento prohibe pronunciar el nombre divino con sentido supersticioso o mágico. Puesto que el nombre significa la persona, el tercer mandamiento pone freno a la frecuente tentación de dominar y utilizar a Dios para los propios fines. Con él se subraya que Dios no está a disposición de los hombres, que no se somete a sus esquemas. El Dios de la Biblia es inmensamente cercano a los hombres, pero permanece siempre libre, no se deja manipular; es el soberano, el absoluto, y nadie se puede servir de El. Dios da, se da, infinitamente más de lo que el hombre es capaz de imaginar (1Cor 2,9), pero siempre y solamente por iniciativa suya. Más que servirse de El, el hombre debe servir, alabar y bendecir su nombre (Sal 99,33; 1; 106,47). Cuando alguien pretende dominarlo o utilizarlo, Dios no acepta el juego, no se entrega; en cambio, a los humildes y sencillos se da y se revela plenamente (Mt 11,25).

La prohibición incluye la blasfemia (Lev 24,10-16). El juramento está permitido, pero hecho a la ligera sería una profanación del nombre de Yahveh (Lev 19,12).

8-11: «Recuerda el día del Sábado para santificarlo»

«Santificar» el sábado es consagrar al Dios Santo este séptimo día de la semana. En la mentalidad bíblica todo lo que existe pertenece a Dios, que lo da a los hombres para que lo administren y se sirvan de ello. Pero para poner de relieve que Dios sigue siendo el dueño de todo, una parte se sustrae al uso de los hombres y se consagra a Dios, se «sacrifica». Dedicar a Dios el día del sábado es reconocer explícitamente que el tiempo pertenece al Señor, que es don suyo, e implícitamente que ha de ser vivido según su voluntad (de modo semejante a como se le ofrecen las primicias de la cosecha para significar que toda la cosecha es don de Dios o los primogénitos del ganado para poner de relieve que la vida pertenece a Dios y es un regalo hecho al hombre). De este modo se ilumina el significado de la semana y del trabajo que durante ella se realiza: toda la semana desemboca en el sábado, de manera que el trabajo no debe convertirse en un fin por sí mismo, no debe ser una esclavitud, sino que ha de ser vivido en gratitud al Señor y en servicio y consagración a El (la misma palabra «Shabat» no incluye tanto la idea de descanso cuando la de «cumplimiento», la de «llegar al fin de una actividad» al estilo del Creador) (cfr. 31,13-17).

Dt 5,14-15 pone en relación la observancia del Sábado no con la creación sino con la liberación de Egipto: con ello se subraya más que el sábado es el memorial de la cesación de la esclavitud y del acto salvador de Dios, que es un día de comunión en la alegría de la pertenencia a Dios. El sábado es manifestación o signo de la alianza. Al celebrar el sábado se recuerda eficazmente lo que Dios ha hecho por su pueblo y el pueblo reafirma también eficazmente su condición de pueblo de la alianza, ratifica su fidelidad al pacto que Dios selló con sus padres.

Nuestro domingo cristiano recoge sustancialmente este significado del Sábado, pero añade algo esencialmente distinto: el «día del Señor» (Ap 1,10) conmemora la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre el mal y el pecado, sobre la muerte y el demonio (cfr. Ap 19,1ss.); ya no es el último día de la semana sino «el primer día de la semana» (cfr. 1Cor 16,2) el que inaugura una era nueva, la de la nueva creación.

12: «Honra a tu padre y a tu madre»

«Honrar» significa poner en su lugar lo que cuenta, lo que se manifiesta a los ojos de todos, lo que debe ser reconocido a causa de su valor eminente. La vida, dada por Dios, es transmitida por los padres (Gen 1,28). Por consiguiente, «honrar» a los padres significa darles toda la importancia que tienen como instrumentos de Dios en la transmisión de la vida. Son instrumentos de Dios también en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones (Sal 78,3-8). Son de manera muy particular representantes de Dios, reflejos de Dios, que es padre (Os 11,1-4) y tienen corazón de madre (Is 49,15).

Todo ello nos hace entender la importancia especial de este mandamiento, que incluye el respeto, la obediencia (Dt 21,18-21) y el amor filial (Si 3,2-16) y cuya transgresión merece los más severos castigos (Ex 21,17; Lev 20,9). Por lo demás nada se dice de la edad: los padres son para toda la vida.

El N.T. mantendrá básicamente estas indicaciones, dándoles toda la fuerza de la motivación cristiana («hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor»: Col 3,20; Ef 6,1-3), a la vez que advertirá a los padres que no abusen de su autoridad (Col 3,21; Ef 6,4), la cual es dada para construir, no para destruir (cfr. 2Cor 13,10).

13: «No matarás»

La razón más profunda de este mandamiento es que, siendo el hombre imagen de Dios (Gen 1,27), el homicidio es un atentado contra la semejanza divina (Gen 9,6) y, por tanto, contra Dios mismo. La misma enseñanza está sobreentendida cuando se habla de la sangre (Lev 17,11- 14): la sangre, que se identifica con la vida, pertenece sólo a Dios; Dios es el dueño único de la vida y ningún hombre puede disponer de ella, ni de la vida de los demás ni de la suya propia.

Este mandamiento se refiere en primer lugar al asesinato en sentido estricto, a la muerte de un semejante provocada injustamente. Pero incluye también todo tipo de agresividad y violencia, aunque sea meramente interior; por eso San Juan llegará a decir «Todo el que odia a su hermano es homicida» (1Jn 3,15); aunque no llegue a ejecutarlo, lleva en su corazón el germen del asesinato y al obrar así está poniendo de relieve que «es del Maligno» (cfr. 1Jn 3,12). Existe también la violencia de las palabras: «La lengua viperina mata» (Prov). Más aún, el mandato de «no matar» incluye no dejar morir cuando se dispone de un modo o de otro de la vida de los demás: «Mata a su prójimo quien le arrebata su sustento» (Si 34,20-22).

Por otra parte, es éste uno de los campos en que la novedad aportada por Cristo se hace más patente: ya no se trata sólo de no atentar positivamente contra la vida del prójimo, sino de hacer el bien a todos, amando incluso a los enemigos, a semejanza del Padre de los Cielos que es misericordioso (Lc 6,27-38; Mt 5,21-26; etc.). Basados en esta novedad de la caridad traída por Cristo, algunos Padres de la Iglesia llegarán a afirmar que el que no da de comer al pobre lo mata.

14: «No cometerás adulterio»

El matrimonio es una ley fundamental (Gen 1,28; 2,24) que implica la fidelidad recíproca de los esposos. Esta fidelidad no sólo es necesaria para que se forme y mantenga la familia, sino que forma parte de la naturaleza misma del matrimonio: la unión conyugal nace del amor y el amor no puede no ser fiel (Ct 8,6-7). Más aún, puesto que el matrimonio humano es reflejo de la alianza, del pacto amoroso y fiel de Dios con su pueblo (Os 1-2; 11-14), debe poseer sus mismas características.

Por otra parte, la Biblia toma en serio el amor y el matrimonio, la vida y la fecundidad. Todo lo que está en relación con la vida y con su origen tiene un carácter sagrado, pues está en relación estrecha con Dios. De ahí que todo lo que daña al matrimonio o lo altera sea considerado «bestialidad», «abominación», y que la infidelidad conyugal sea severamente castigada (Lev 20,10; Dt 22,22).

Por consiguiente, este mandamiento quiere poner en guardia contra las inconstancias y debilidades, contra las pasiones que se camuflan como amor. Busca proteger la santidad del matrimonio y salvaguardar la dignidad de la propagación de la vida.

Como las demás realidades humanas, la venida de Cristo perfeccionará y embellecerá el matrimonio haciéndolo signo del amor de Cristo a su Iglesia (Ef 5,25-33). En consecuencia, como también ocurre con los demás mandamientos, Jesús radicalizará las exigencias del «no cometerás adulterio» llevándolas hasta sus últimas consecuencias (Mt 5,2-32).

15: «No robarás»

También este mandamiento está puesto a favor de la vida: lo que cada uno posee es necesario para la vida o es un medio de vida.

La razón fundamental es que nadie es dueño de las cosas: «La tierra es mía y vosotros huéspedes de paso» (Lev 25,23). El hombre es administrador, no dueño absoluto. Su obligación es administrar para sí mismo y para los demás los bienes que Dios ha dado para todos los hombres. Por consiguiente, es responsable ante Dios de esos bienes que se le han confiado y jamás tiene derecho a apropiarse de lo que Dios ha dado para otros como medio de subsistencia.

Este mandamiento incluye la prohibición de raptar a un hombre para esclavizarle (Ex 21,16), de robar un terreno (Dt 19,14); prohíbe la deshonestidad en el comercio (Am 8,4-6), el retener el salario del obrero (Dt 24,15), la usura (Ex 22,24), la opresión del pobre (Am 2,6-7; Jer 22,13-17; Ez 22,25-29). Será éste precisamente uno de los temas en que la fina sensibilidad de los profetas más frecuente e intensamente gritará su indignación.

También aquí la predicación de Jesús resultará profundamente novedosa: «Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto... A quien te pida, dale...» (Mt 5,40-42). Por eso San Pablo se sorprenderá de que algunos de la comunidad de Corinto tengan pleitos entre sí: sería preferible soportar la injusticia y dejarse despojar (1Cor 6,1-8).

16: «No darás testimonio falso»

Se refiere ante todo al testimonio dado en un proceso judicial. Pero también se puede aplicar a toda palabra mentirosa que compromete de manera culpable la vida de los demás dañando su fama o sus intereses.

La gravedad del testimonio falso y de toda forma de mentira consiste en que destruye el fundamento mismo de la alianza. En efecto, el atributo esencial del Dios de la alianza es la fidelidad, la lealtad. Toda mentira es un mal terrible, pues mina ese fundamento de la alianza de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Jesús, venido para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37) pondrá de manifiesto el carácter diabólico y homicida de la mentira (Jn 8,44; cfr. 1Jn 2,21-22).

17: «No codiciarás...»

«Desear» tiene sentido de movimiento interior, no necesariamente seguido de un acto. Este mandamiento no se refiere a actos externos sino que ahonda hasta las disposiciones más profundas del corazón (sede de la inteligencia y de la voluntad). Codiciar es un acto interior, y el autor sagrado nos ha conducido a la raíz de todo: todo se juega en el corazón humano. El robo, el adulterio o el asesinato se fraguan en el interior del hombre (Mc 7,20-23). Antes de ser hechos externamente ejecutados son deseos internamente anhelados. Este mandamiento pone de relieve que la verdadera esclavitud está dentro del hombre. Y Dios, que quiere un hombre plenamente libre, no se conforma con los actos: desea penetrar hasta este corazón del que todo depende y en el que se realizan las opciones decisivas. Dios quiere liberar al hombre de la codicia que encadena. De ahí que se invite a vigilar el propio corazón (Pr 4,23).

Por lo demás, la enumeración de los objetos de esta codicia no es exhaustiva. Podríamos añadir otros muchos...

Capítulo 32

El Becerro de Oro

Después de los cc.25-31, consagrados a diversas normas referentes al culto, el presente capítulo prosigue con el conocido episodio del becerro de oro.

1-6: El pecado de Israel

En primer lugar se nos relata el pecado de Israel. Ante todo hay que notar que no es un pecado de apostasía: el pueblo no reniega de su Dios (vv.4-5). Tampoco es un pecado de apego a las riquezas o de culto al dinero: más bien se desprenden de las propias joyas para fabricar el becerro (vv.2-3).

Si nos fijamos bien, notamos que el pecado del pueblo va contra el 2º mandamiento del decálogo, que decía tajantemente: «No te harás escultura ni imagen alguna... No te postrarás ante ellas ni le darás culto...» (20,4-6). El pueblo se cansa de vivir de la fe, de seguir a un Dios invisible. Por eso piden: «Haznos un dios que vaya delante de nosotros». Quieren seguridades visibles, palpables.

Cuando Moisés estaba con ellos, era él quien les manifestaba los planes y los deseos de Dios, les transmitía su palabra. Pero ahora, en su ausencia se quejan; más aún, olvidando que era el instrumento e intérprete de la voluntad divina, se han quedado en él y en él buscan su seguridad: «no sabemos qué ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto». Por eso buscan otras seguridades, otros agarraderos. No son capaces de vivir «colgados» del Dios que les sacó de Egipto pero que permanece invisible. Prefieren controlar. Quieren seguridades. No se atreven a confiar del todo en su Dios. No les basta la seguridad que viene de El y de la fe en El.

Deberemos reconocer que éste es también demasiado frecuentemente nuestro pecado. No renegamos de Dios, pero queremos un Dios a nuestro alcance, a nuestra medida. Queremos un Dios «domesticado». Nos da vértigo vivir de la pura fe y buscamos asegurarnos en lo que sea. Nos asusta abandonarnos del todo al Señor, a su acción, a sus planes. Por eso Jesús se quejará: «Si no veis signos y prodigios, no creéis» (Jn 4,48), y proclamará después de resucitado: «Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20,29).

Por otra parte, es significativo que el pueblo, siempre apegado a los bienes materiales, acepte fácilmente despojarse de sus joyas para construir el becerro: cuando se trata de sacrificios que van en el sentido de los deseos naturales o los halagan el hombre no carece de «generosidad». No todo desprendimiento indica la presencia de una gran virtud: hay «desprendimientos» muy interesados...

7-10: El juicio de Dios

Dios mismo expresa su juicio contra este pecado del pueblo. Puesto que ellos «han pecado», «se han apartado del camino» que el Señor mismo les había prescrito, se han hecho una imagen de Dios y la han adorado, puesto que se han hecho un Dios falso y se han apartado de Dios, el Señor ya no es su Dios; el Señor mismo se distancia de ellos: hablando a Moisés le dice «tu pueblo, el que tú sacaste de la tierra de Egipto...»

Esta reacción de Dios muestra que El toma las cosas en serio. No se puede andar con ambigüedades o medias tintas... Dios es un Dios celoso (20,5): se le toma o se le deja. No acepta componendas.

Por otra parte, esta reacción es completamente normal y necesaria: la alianza es cosa de dos; si el pueblo ha roto la alianza, la alianza queda rota; Dios no puede disimular la situación creada actuando como si no hubiera pasado nada. Dios toma en serio la alianza. Lo cual no quiere decir que no está dispuesto a perdonar y a restablecer la alianza; pero sí indica que el pecado crea una ruptura real entre el hombre y Dios y que, para que se dé el perdón, el pecado ha de ser reconocido. Puesto que la alianza es cosa de dos, es comunión de personas, no puede ser restablecida mecánicamente, sino rehaciendo la relación entre las personas -Dios y el pueblo, Dios y cada uno, dos personas humanas entre sí-, lo cual supone actitudes personales, de perdón por un lado, pero de arrepentimiento por otro.

La ira de Dios (v.10) es siempre justificada. Es su reacción ante el pecado de los hombres. Indica que Dios no es indiferente ante el pecado de los hombres. Por otra parte, Dios no reacciona con la ira ante la simple debilidad de los hombres, sino ante la «dureza de cerviz» (v.9), es decir, ante la falta de docilidad a su palabra y a sus mandamientos, ante la obstinación de no querer «agachar la cabeza» para acatar las indicaciones de la voluntad divina...

11-14: La intercesión de Moisés

El pecado de Israel ha llevado a una situación crítica. La amenaza ha sido rota. Y todo queda paralizado. Más aún, pesa la alianza de un castigo divino, de que la ira de Dios destruya todo (v.10: «los devore»). Es la situación creada por todo pecado...

Pues bien, en esta situación interviene Moisés. El, que aparece habitualmente como el mediador, se nos presenta ahora en un aspecto de esta mediación: la intercesión por el pueblo, y más concretamente por el pueblo pecador. Estamos ante una de las más bellas oraciones de la Biblia.

Moisés trata de «aplacar», de suavizar a Dios, justamente airado contra su pueblo. Y lo primero que llama la atención es que no justifica al pueblo, no presenta excusas; ni quita importancia al pecado cometido, ni quita responsabilidad al pueblo pecador. En todo momento parte de la gravedad de la situación creada por la culpa -y sólo por ella- del pueblo. Hermosa enseñanza: interceder por los pecados -propios o de los demás- no es excusarse, no es disimular los pecados. Sólo se puede interceder con eficacia estando en la verdad, reconociendo toda la cruda y dolorosa realidad del pecado... El evangelio nos dirá que sólo el hombre que confesó sincera y humildemente sus pecados ante Dios, sólo ese, salió justificado (Lc 18,9-14)...

Eso nos esta indicando además que la fuerza de la intercesión no se apoya en los méritos del que suplica o de aquellos por quienes suplica, sino sólo en Dios. Ello se pone de relieve si prestamos atención a los motivos que Moisés aduce ante Dios para ser escuchado por El.

En primer lugar (v.11), su oración se apoya en lo que Dios ya ha realizado en favor de su pueblo. Las maravillas operadas al sacarlo de Egipto pueden y deben tener continuidad, pues Dios es infinitamente coherente. Lo que Dios ha hecho «con gran poder y mano fuerte» garantiza el que siga actuando en el mismo sentido y de la misma manera, es decir, salvando, liberando. Pide que Dios actúe salvando a un pueblo que, evidentemente, no lo merece. Lo que Dios ha realizado en el pasado fundamenta la confianza en el presente, pues testimonia que El es capaz. Sus obras pasadas son prenda de sus obras futuras. Por eso, los Salmos, para alimentar la confianza ante la dificultad presente y fundar la petición y la esperanza en el futuro, meditarán con frecuencia las grandes obras del Señor (Sal 80,9ss). Por la misma razón, la memoria de los Santos y de lo que el Señor ha realizado en la historia de la Iglesia y en nuestra propia vida no debería desaparecer jamás de nuestra conciencia, pues es fuente de fe (cf. Hb 13,7-8: «Acordaos de vuestros dirigentes que os anunciaron la Palabra de Dios... Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre»). Por el contrario, olvidar las obras de Dios es pecado y fuente de pecado (Sal 106,7.13.21).

Además, añade el motivo de la reputación de Dios (v.12). Si Dios ha iniciado una obra de salvación y no la lleva a término, quien queda mal en realidad es El mismo. A los ojos de los hombres da la impresión de que ha fracasado, de que no ha logrado lo que se proponía, de que no ha sido capaz de introducir a su pueblo en la tierra prometida. O bien parece que ha actuado con mala intención, actuando con malicia, para exterminarlos. En todo caso, el Señor queda mal. Por eso, Moisés apela a la gloria de Dios: es su honor, su fama, lo que está en juego. Es como decir: «Ellos no lo merecen (al contrario, merecen un castigo severo), pero hazlo por tí mismo, Señor». También los Salmistas acudirán a esta motivación para fundamentar su petición (Sal 79,10). Y Dios mismo dirá por el profeta: «No hago esto (repatriarlos cuando están en el exilio) por consideración a vosotros, sino por mi Santo nombre, que vosotros habéis profanado entre las naciones adonde fuisteis» (Ez 36,22; cfr. Is 48,11; Sal 115,1). No puede haber un apoyo más desinteresado ni más firme para nuestra petición.

Finalmente, apela a las promesas hechas a los padres (v.13). Dios mismo se ha comprometido bajo juramento y no puede fallar, porque Dios es fiel (1Tes 5,24); incluso cuando el hombre es infiel, Dios permanece fiel (2Tim 2,13). El que la historia de la salvación siga adelante y llegue a su cumplimiento es obra de la fidelidad de Dios a sí mismo y a su palabra. Si de nosotros dependiera, todo habría fracasado definitivamente. ¡Pero es la fidelidad de Dios la que está en juego! Y es ella la que nos asegura que «el que comenzó la obra buena la llevará a término» (Fil 1,6). Ello debe fundamentar nuestra esperanza y nuestra oración ante la tarea de nuestra santificación, ante las dificultades actuales de la Iglesia, ante los inmensos problemas del mundo que nos rodea, ante la conversión de las personas...

Finalmente, leemos: «El Señor renunció a lanzar el mal con que había amenazado a su pueblo». Es cierto que Dios propiamente no cambia, es inmutable; pero esta forma de hablar dice mucho: dada la situación a que conduce el pecado, el hombre no podría cambiar (no podría convertirse) si no es porque Dios «cambia» primero. Porque Dios «se arrepiente» del mal que justamente el pueblo merecía, éste podrá arrepentirse. La conversión es siempre respuesta a la acción de Dios que «nos amó primero» (1Jn 4,19).

15-29: La ira de Moisés y de los levitas

Curiosamente, el Moisés que ha suplicado a Dios que aplaque su ira (v.11), y lo ha conseguido (v.14), no logra contener ahora la suya propia (v.19). Podríamos pensar que -como también a nosotros nos ocurre- es más fácil pedir misericordia que ejercitarla nosotros mismos...

Pero el desarrollo del relato del texto parece sugerir otra cosa. Moisés «arde de ira» (v.19), exactamente la misma expresión que en el v.10 encontraremos referida a Dios. Esto es muy iluminador: la ira de Moisés está en sintonía con la de Dios mismo. No se trata de la ira descontrolada de Moisés que se enfada por cuenta propia, sino de la ira del hombre de Dios que arde de celo por los intereses de Dios, porque su alianza ha sido rota y sus mandamientos conculcados. Representante de Dios ante el pueblo, también hace presente al pueblo la ira de Dios, significada en la suya propia. Por eso rompe las tablas de la alianza, que eran obra de Dios (v.16), significando que se ha quebrantado la alianza, de manera semejante a como Dios mismo se había distanciado de su pueblo (v.7 ss)... Moisés arde de celo por el Señor, como un día lo harán otros hombres de Dios, como Elías (1Re 19,10) o como el mismo Jesús (Jn 2,14-17), a quien también nos presentan los evangelios reaccionando con ira (Mc 3,5).

Sin embargo, choca todavía más que esta ira la manifieste después de haber implorado el perdón de Dios y de que Dios haya «cambiado» renunciando a castigar a su pueblo. Pero si profundizamos en los textos vemos que el pecado, aún siendo perdonado, tiene consecuencias. Dios renuncia a ejecutar el castigo merecido, pero el pecado tiene un dinamismo propio, inmensamente dañino. Esto es lo que parece significar el v.20, donde los israelitas -por así decir- beben «su propio pecado»: no se trata de un castigo arbitrario como venido de fuera, sino la consecuencia de su pecado (cfr. Sal 9,16: «cayeron en la fosa que hicieron, su pie quedó prendido en la red que escondieron»).

El celo parece también la explicación de la conducta de los levitas (vv.25-29). El texto da a entender que el asunto del becerro de oro no era un caso aislado, sino que el ejemplo había cundido y el pueblo se había «entregado a la idolatría» (v.25). La reacción de los levitas -dejando fuera de consideración otros aspectos- es la del celo de quien está «por el Señor» (v. 26). En consecuencia, proceden a una verdadera limpieza, introduciendo el bisturí sin piedad -incluso entre los propios familiares- para arrancar de raíz el mal e impedir que siga creciendo. Aunque nos choque la forma violenta y sanguinaria de actuar, la actitud de fondo que refleja es una enseñanza válida también para nosotros: el mal no debe ser tolerado, pues «un poco de levadura fermenta toda la masa» (1Cor 5,6). El mal debe ser llamado por su nombre y el que lo causa debe ser señalado con el dedo y expulsado fuera de la comunidad, en espera de que se convierta y para que no contamine al resto de la comunidad (cfr. el texto aludido de 1Cor 5,1-13).

Por otra parte, resulta ridícula la disculpa de Aarón, el Sacerdote y responsable del pueblo en ausencia de Moisés (vv.2-24): como si él no formase parte de este pueblo inclinado al mal, como si todo hubiera sucedido como fruto de circunstancias inevitables y él no hubiera podido y debido oponerse al pueblo...

30-35: Nueva intervención de Moisés

En su primera intercesión Moisés reconocía implícitamente el pecado de su pueblo; ahora lo hace de manera totalmente explícita: «Este pueblo ha cometido un gran pecado».

Lo más notable de estos versículos es que Moisés intercede por su pueblo sintiéndose solidario de ellos. En lugar de hacer distinciones entre el pueblo pecador y él, el hombre de Dios, se identifica con su pueblo: «Si te dignas perdonar su pecado... y si no, bórrame del libro que has escrito». Por así decir, se pone del lado de los que merecen ser castigados -cuya culpa no excusa ni justifica- haciéndose uno con ellos. Vemos ya aquí esbozada la actitud de Pablo: «Siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón, pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza...» (Rom 9,23). Más aún, anticipa la postura del mismo Cristo haciéndose uno de tantos, pasando por un pecador y un maldito (Gal 3,13), poniéndose del lado de los pecadores, pidiendo al Padre su perdón, dando la vida por ellos...

Capítulos 33-34

El amigo de Dios

Estos dos capítulos están cuajados de relatos que nos subrayan la gran intimidad del mediador con su Dios. La intimidad de Moisés con el Señor es asombrosa y es precisamente debido a esa intimidad por lo que es mediador entre Dios y el pueblo: parece que Moisés no hace más que subir al monte y bajar de él, y lo que transmite a su pueblo es lo que ha recibido en la presencia de Dios (comparar, por ejemplo, 34,4-5 con 34,29-32).

Es sobre todo en el monte -lugar donde parecen encontarse el cielo y la tierra- donde Moisés trata con el Señor. Yahveh baja «en forma de nube» (34,5), es decir, envuelto en su misterio. Allí o en la Tienda del Encuentro «Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (33,11). El Señor, sin dejar de ser el invisible, establece con Moisés una comunicación profunda y una comunión de vida -«amigo»- insospechadamente íntima.

El autor sagrado no encuentra palabras para conjugar esta experiencia real y vivísima de Dios con el hecho de que Dios es «siempre más», más de lo que el hombre puede concebir, entender o experimentar. A la audaz petición de Moisés («déjame ver tu gloria»: 33,18), Dios le responde: «Mi rostro no podrás verlo» (33,20), y de hecho sólo ve su espalda (33,23). Dios se deja ver y sin embargo nunca del todo. Dios «hace pasar» ante la vista de Moisés toda su bondad (33,19) y Moisés tiene experiencia real de Dios. El salmista exclamará: «Gustad y ved qué bueno es el el Señor» (Sal 34,9). Pero Dios es inagotable.

Además, es en esta inefable experiencia de Dios donde se apoya la intercesión de Moisés por el pueblo pecador, por el pueblo que ha roto la alianza. Al contemplar al «Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado» (34,6-7: Notar que es Dios el que se da a conocer a sí mismo; Moisés sólo puede «invocar») encuentra la base sólida para interceder por el pueblo y alcanzar el perdón de su iniquidad y pecado (34,8-9). Y gracias a esta intercesión Dios devuelve al pueblo las tablas de la ley que habían sido destruidas, y restaura la alianza que había sido rota (34,10-28).

Más aún, la experiencia de la intimidad divina se refleja incluso en su rostro: cuando Moisés sale de hablar con el Señor su rostro irradia con el resplandor y la luminosidad propios de Dios (34,29). El pueblo mismo percibe en el rostro de Moisés algo de la bondad inagotable de Dios que él ha contemplado «cara a cara».

Para nosotros, hombres del Nuevo Testamento, hay esperanza de llegar a esa misma intimidad, -o mayor-, pues lo que antiguamente se dió sólo a Moisés ahora se ofrece a todo el que acepta dejarse introducir en la amistad de Dios: «Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos» (2Cor 3,18). A diferencia de Moisés, reflejamos la gloria divina de manera permanente y no pasajera, además de que esta gloria es incomparablemente superior a la de la antigua alianza (2Cor 3,6-11).

Finalmente, los capítulos 35-40 nos indican que las normas sobre el culto dadas por Yahveh se han cumplido: «Moisés hizo todo cuanto el Señor le había ordenado» (40,16). Más aún, todo lo realiza «según el modelo mostrado en el monte» (25,40). Así, una vez restaurada la alianza por la intercesión de Moisés (34,10-28), el pueblo dispone de un lugar de culto para encontrarse con su Dios (40,34-38) y de unos ritos que recuerdan y actualizan las acciones salvíficas de Dios y su perdón. En el centro y en lo más sagrado del templo y del culto está el arca (37,1-9) que contiene el documento de la alianza, recordando el permanente compromiso de Dios con su pueblo y del pueblo con su Dios.

 

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