La  trascendencia del descubrimiento de América


Por primera vez se estableció
el derecho de todos:
a la vida,
la libertad
y la propiedad

El mérito fundamental de la hazaña de Colón es que «la Cristiandad dejó de reducirse al viejo solar de Europa, para llevar su aliento a otros espacios, universalizando el mensaje de salvación que custodiaba». Escribe el historiador don Luis Suárez:

Se pueden manejar leyendas y supuestos de todas clases. No es esto lo que importa destacar al historiador. Sí, en cambio, la pericia de un navegante excepcional que, entroncado con una familia hidalga portuguesa, y vinculado a la gran colonia genovesa instalada en aquel reino, y también en Castilla, vino a plantear las cuestión decisiva: los avances científicos y técnicos, referidos tanto a la calidad de las naves como al conocimiento de los rumbos, permitían a los europeos afrontar con éxito la travesía del Océano, hasta llegar a esas costas orientales, de que se tenía noticia, y que podían conducir a Jerusalén. El nombre mismo de Jerusalén apresuraba los latidos del corazón de Fernando, figuraba en su título largo, y se asociaba a la leyenda del murciélago que algunos poetas recientemente le atribuyeran.

Tal es el mérito fundamental de la hazaña: sin perdernos en detalles, siempre interesantes, debemos poner el acento en la línea esencial, aquella que trazara Pío II, el Piccolomini. La Cristiandad debía dejar de reducirse al viejo solar de Europa, para llevar su aliento a otros espacios, universalizando el mensaje de salvación que ella custodiaba, aunque a veces con malas artes.

Colón, al comprobar que Portugal había culminado ya el otro camino, que no estaba dispuesto a abandonar, viene a España a pedir a los franciscanos y, por su medio, a los Reyes Católicos, que le den los instrumentos que necesita para cumplir su sueño, de hacer el viaje de Marco Polo pero en sentido inverso, alcanzando, además, las costas de Cipango.

La intuición de Isabel

Isabel desempeña un papel capital en esta empresa. Cuando todas las razones científicas se oponían a ella, su intuición femenina establece, con ayuda de los religiosos que la rodean, una solución simple: intentar la navegación de acuerdo con los datos colombinos, manteniendo rigurosamente el compromiso con Portugal de no traspasar el paralelo de Bojador, y comprobar qué islas habitadas pueden hallarse en el inmenso Océano.

Hay, en ella, como en el propio Colón, una preocupación religiosa. Esos seres humanos, si es que existen, tienen derecho a recibir el mensaje de que los europeos son custodios. Y, cuando las esperanzas se confirman, y aparecen las islas -nadie pensaba aún en un intercalado continente-, se asientan en ella firmes decisiones que contrastan con las ambiciones y codicias que inevitablemente se desataron.

Aparece un mundo, de dimensiones insospechadas, y surge con él la pregunta: qué hacer con los moradores, que permanecen en niveles culturales tan retrasados que abundan los europeos que se niegan a reconocerlos como seres humanos. Colón no es capaz de sujetar la gavilla: ambiciosos colonizadores y epidemias desconocidas que se contagian causan un daño que no esperaba.

De nuevo, al final de su vida, Isabel, que sigue siendo el más noble respaldo del almirante, da un paso decisivo. En una ley fundamental, constituyente diríamos hoy, invocando la memoria y doctrina de los Papas, establece, por vez primera, que todos esos seres humanos están dotados de los tres derechos naturales, vida, libertad y propiedad, que Dios ha establecido.

Han pasado quinientos años, y debemos hacer un profundo examen de conciencia para descubrir, probablemente con dolor, que esos tres derechos, enfáticamente rememorados, siguen siendo quebrantados cada día. La herencia de Colón sigue mostrando ese lado bueno, por el que sería necesario luchar. Reconocer en cada ser humano la imagen y semejanza que le otorgó su Creador. En cierto momento, Juan Pablo II llegó a resumirla con certeras palabras: «La parcela más numerosa de la Humanidad, cuando reza a Cristo, lo hace en español».

Luis Suárez Fernández
Portada del nuevo
libro del cardenal Rouco Varela



Cuando murió Colón...

Hacía casi dos años que había fallecido Isabel; se hallaba ausente Fernando, y el rey de Castilla, Felipe, se encaminaba hacia un prematuro fin. Nos hallamos ante una especie de tiempo vacío, que tardaría años en colmarse, cuando el Rey Católico, como regente, pidiera respuesta a la gran cuestión de qué debía hacerse con el mundo recién descubierto. Continuar la empresa iba a significar una rehabilitación de la memoria, que beneficiaría también al hijo de Colón, Hernando.

La tumba escogida para el almirante, aunque no por él, fue el convento de los franciscanos, como si se tratara de un anuncio. En la evangelización de América -lo más positivo de la labor española- ninguna Orden desempeñó papel tan importante y decisivo como la de los humildes mendicantes. Y fueron muchas las que trabajaron y sufrieron para dar a los moradores de esas tierras el valor más precioso, el que reconoce en la persona una criatura de Dios.