Paul Allard

Diez Lecciones sobre el Martirio

 

Lección Cuarta

Causas de las persecuciones.

 

Número de los mártires

Quedaría incompleto el cuadro de las persecuciones si no analizáramos sus causas: el prejuicio popular, el prejuicio de los políticos y la pasiones personales de los soberanos.

El prejuicio popular

Al principio, se confundía en el Imperio a los cristianos con los judíos, y compartían aquéllos la impopularidad de éstos. El pueblo romano acusaba a los judíos de «ateísmo», porque su culto no admitía imágenes; de exclusivismo, por su aversión a cualquier culto que no fuera el suyo; de odio al género humano, porque por sus costumbres se separaban del común de la gente. Distribuidos, en efecto, por todo el Imperio, formaban siempre en él un pueblo aparte, y las leyes romanas les concedían una amplia autonomía.

Mucho tiempo los paganos pensaron que el cristianismo era una variante del judaísmo. Pero a medida que iba difundiéndose el Evangelio en toda la sociedad romana, se hizo patente que judíos y cristianos eran bien distintos, aunque los segundos procedieran de los primeros. Y una vez diferenciados los cristianos como tales, también ellos, y aún más, fueron acusados de ateísmo y de odio al género humano.

El hecho queda ampliamente documentado en los apologistas cristianos y en los autores paganos (San Justino, 1 Apol. 6; 2 Apol. 3; Atenágoras, Legat. pro christ. 3; Eusebio, Hist. Eccl. IV, 15,18; Luciano, Alex. 25,38; Minucio Félix, Octavius 8-10; Tertuliano, Apolog. 35,37; Tácito, Annal. 15,44).

Los cristianos parecían, incluso, a los paganos más ateos que los judíos, pues éstos tenían sacrificios cruentos, y aquéllos no. Fuera de los romanos, pues, había tres clases de hombres: griegos o gentiles, judíos en segundo lugar, y cristianos, el tertium genus (Tertuliano, Ad nat. I, 8,20; Scorpiac. 10).

Toda clase de crímenes abominables se atribuyen a esta tercera casta, que parece ser inferior a la misma raza humana, hasta el punto de que Tertuliano cree necesario en su Apologéticus confirmar que los cristianos tienen la misma naturaleza que los otros hombres (Apol. 16).

Como puede comprobarse en los autores antes citados, los cristianos eran acusados de incestos, asesinatos, antropofagia ritual. Corrían sobre ellos historietas espeluznantes, afirmando que en las tinieblas encubrían misterios indecibles de crueldad y depravación.

Por otra parte, eran considerados como gente inepta, incapaz para los negocios públicos, postrados en una inercia morbosa (Tácito, Annal. XIII, 30; Hist. III,75; Suetonio, Domit. 15).

Durante el siglo II, no sólo el pueblo ignorante y crédulo, también no pocos autores latinos, como los citados, y hombres cultos, creen en esta caricatura de los cristianos, estimando que todos esos crímenes eran inherentes a la profesión cristiana. Y de esta opinión general se sirvió Nerón para atribuirles el incendio de Roma.

Los emperadores ilustrados del siglo II, Trajano, Adriano, Marco Aurelio, Antonino, estimaron también a los cristianos tan peligrosos para el orden público que con diversos rescriptos trataron de canalizar, de alguna manera, el odio popular contra los cristianos, encauzándolo por el procedimiento judicial.

Denuncias generalizadas contra los cristianos se producen en Bitinia; tumultos en Asia y Grecia; ultrajes, violaciones de sepulcros, en Cartago; en Lión, atroces calumnias sobre crímenes contra natura; en Roma y Alejandría, terrores supersticiosos hacen culpar a los cristianos de toda catástrofe; en Esmirna, como en Cartago, se levanta a veces en la multitud del circo el grito: «¡Abajo los ateos! ¡Los cristianos a los leones!»

Esta aversión popular supersticiosa, iniciada pronto, y en la que se apoyó Nerón para lanzar la primera persecución, fue creciendo en el siglo II. Los emperadores de ese siglo, antes aludidos, son cultos y honrados; no tienen a los cristianos por peligrosos ni criminales, pues prohiben a los magistrados buscarles y perseguirles de oficio. No creen, por lo que se ve, reales las acusaciones de que generalizadamente eran objeto. Por eso les otorgan una semiprotección jurídica, procurando defender el orden público. Pero, sin embargo, ordenan condenar a aquellos cristianos que, acusados ante los tribunales, no abjuren de su fe. Consideran, por tanto, la perseverancia en el cristianismo como un hecho punible, pues era clara desobediencia a la antigua ley, nunca abrogada, que prohibía la existencia de los cristianos.

Plinio, siguiendo las instrucciones de Trajano, castiga en los fieles de Bitinia «la testarudez y la inflexible obstinación» -pertinaciam certe e inflexibilem obstinationem (Epist. X,96)-. Marco Aurelio, de modo semejante, reprocha a los cristianos su «terquedad» y el «fasto trágico» con que van a la muerte (Pensamientos XI,3).

El prejuicio de los políticos

El prejuicio político contra los cristianos se inicia ante todo con Septimio Severo, que considera excesivo el número de conversiones al cristianismo. Ve en ello un peligro. Pero cuando ese temor se hace más grave es a mediados del siglo III, en tiempos de Decio y luego de Valeriano.

Si Decio, a quien la historia no acusa de crueldad, pone a los cristianos en el trance de volver al paganismo o morir; si Valeriano, tan favorable en un principio a los fieles que su palacio se asemejaba a una iglesia (San Dionisio de Alejandría, en Eusebio: Hist. eccl. VI,10,3), se vuelve de pronto contra los cristianos, sobre todo contra sus jefes, es porque consideran que la Iglesia se ha hecho ya incompatible con la seguridad y la vida misma del Imperio.

No es fácil saber por qué razones se llegó a estimar esta incompatibilidad entre Iglesia e Imperio. Hacia el siglo III, concretamente, ya los antiguos prejuicios populares, al menos los más groseros, estaban ampliamente desmentidos por la realidad. Pero los políticos seguían viendo en los cristianos con gran reticencia: se les veía alejados de cargos públicos, apartados de las fiestas cívicas, reacios por completo al culto nacional y a la adoración idolátrica, más aún, empeñados en apartar a otros ciudadanos de una religión cuyos principales pontífices eran el Emperador y las altas autoridades políticas. Todo esto lo entendían como misantropía, como «odio al género humano».

Ahora bien, los cristianos eran obedientes a las leyes, a los magistrados, al Emperador; pero se negaban a adorar a los falsos dioses del Estado, y por eso mismo se mantenían alejados en lo posible de las fiestas cívicas, en las que se les daba culto. Reprobaban también, en efecto, los espectáculos licenciosos, así como los juegos sangrientos.

Y así es como los cristianos, en medio de la unanimidad social del Imperio, introducían un elemento nuevo que podía hacerla estallar. Se alzaban ante el Estado como una nueva libertad, que los políticos entendían incompatible con aquél. Se trataba de un delito de opinión, leve, al parecer, pues consistía más bien en una abstención; pero era castigado con terribles penas, porque los políticos del siglo III entendían esa abstención como una deserción cívica.

En el fondo había un malentendido que el Estado romano tardará aún sesenta años en descubrir. Y cuando lo descubra, será ya demasiado tarde para su prosperidad y salud. A poco que se considere, se entenderá fácilmente que el prejuicio político contra el cristianismo carecía de base real. En el siglo III, concretamente, muchos eran los que se alejaban de cargos públicos o del servicio militar, que ya por entonces no era obligatorio. Los cristianos, por su parte, no tenían nada en contra del servicio público cívico o militar, y de hecho asumían tales cargos bajo emperadores tolerantes, como Alejandro Severo y Filipo, que en ellos no les exigían actos de culto inadmisibles para sus conciencias.

Es cierto que hubo algunos autores cristianos especialmente intransigentes en estas cuestiones, como Tertuliano (De corona militis; De idolatría, 19; De pallio, 9; De resurrectione carnis 16), Orígenes (Contra Celsum VIII,71), Lactancio (Div. instit. VI,20); pero enseñaban en esto contra la doctrina de la Iglesia. Ésta nunca impuso a los fieles la obligación de separarse sistemáticamente de la vida pública. Como el mismo Tertuliano reconoce, los cristianos no eran brahamanes ni gymnosofistas de la India, sumidos en contemplación distante, sino buenos súbditos y aún buenos soldados del Imperio.

El género de la vida cristiana en modo alguno implicaba amenaza contra la sociedad vigente. No adoraban a los emperadores, pero oraban por ellos. No soñaban siquiera con un régimen político nuevo, sino que solo pretendían mejorar el que ya existía.

Por otra parte, mientras los políticos romanos perseguían al cristianismo, permitían en todo el Imperio la difusión de cultos orientales, que adoraban a Mithra, a Cibeles, y que no pocas veces unían a sus fieles en una especie de francmasonería extraña y misteriosa. No mostraban temor a que estos cultos nuevos acabaran con las antiguas divinidades del Imperio.

No alcanzaron a entender que las antiguas costumbres severas de la cultura romana se veían amenazadas por esos cultos exóticos, mientras que podían fortalecerse y renovarse con la difusión del cristianismo, mucho más afín al genio latino.

Quien más groseramente parece haberse equivocado en esto fue el perseguidor Aureliano. Cuando el Este y el Oeste habían logrado unirse en un Imperio, él quiso restablecer «la unidad moral», y para ello dictó un «sangriento» edicto (Lactancio, De morte persecut. 6). Pero al mismo tiempo que persigue a la nueva religión, este hijo de una sacerdotisa de Mithra, junto al culto imperial, instituye un culto al Sol, «señor del Imperio romano», con un segundo colegio de pontífices.

Nada prueba, en fin, que la libertad de conciencia proclamada por los cristianos amenazara la vida del Imperio, sino que muchos indicios demuestran lo contrario. Los muchos años en que durante el siglo III el Imperio dejó respirar a la Iglesia, sin padecer por eso daño alguno, prueban claramente que el Imperio hubiera podido convivir perfectamente con los cristianos.

Las pasiones personales

Las persecuciones contra la Iglesia procedieron, como hemos visto, de prejuicios que afectaban al pueblo, y más tarde especialmente a los políticos. Pero tuvieron también su origen en mezquinas pasiones personales.

Nerón culpa a los cristianos del incendio de Roma, y da origen a una horrible legislación persecutoria. Maximino persigue a los cristianos por odio a su predecesor Alejandro Severo, que los había favorecido. Decio persigue a los cristianos dejándose llevar también de su aversión contra Filipo, cuyo puesto había usurpado, y que había sido tolerante. Valeriano, persigue a los jefes cristianos porque era ocultista, dado a las artes mágicas e sujeto al influjo de adivinos. Su persecución está causada también por la ambición de hacerse con los bienes de una Iglesia despojada. De modo semejante Diocleciano comienza la última persecución azuzado por arúspices y oráculos. Y sobre su ánimo pesaba también mucho el odio anticristiano de su colegia imperial Galerio, hijo de una aldeana que había sido sacerdotisa.

Número de los mártires

¿Cuántos fueron los mártires cristianos producidos por la conjunción de todos estos prejuicios y pasiones mezquinas?

Imposible saberlo. Nos faltan datos estadísticos. Tampoco sabemos, ni siquiera aproximadamente, las víctimas del Terror en la Revolución Francesa. Si desconocemos los datos de un suceso grave, relativamente próximo, nos es aún menos conocido cuantitativamente lo que sucedió hace tantos siglos.

Sabemos que las iglesias de los siglos II y III conservaban listas de sus mártires, pero eran muy incompletas. El llamado Martirologio jeronimiano, vasta compilación del siglo VI, ya es un ejemplo de que muchos mártires ilustres, de cuya pasión hay datos ciertos, faltaban en su recuerdo.

Faltan en su lista de mártires el Papa Telesforo, San Justino, y aristocráticas víctimas como Clemente, Domitila, Acilio Galabrio... ¡Cuánto más habrían caído en el olvido muchísimos mártires del pueblo, apenas conocidos!

Un texto de Orígenes, escrito hacia el 249, antes de la persecución de Decio, haría pensar que los mártires de Cristo fueron por aquella época un número reducido:

«Los entregados a la muerte por causa de la fe han sido pocos, y fáciles de contar, pues Dios no quería que fuese aniquilada toda la familia de los cristianos» (Contra Cels. III,8).

Las mayores persecuciones se produjeron más tarde. Pero además parece que Orígenes quiere decir que el número de los mártires fue pequeño en comparación al número total de los cristianos, lo cual es cierto.

En los doscientos años que van del 64, en la persecución de Nerón, hasta el 250, tiempo de la persecución de Decio, se puede afirmar que hubo muchos mártires.

Autores paganos, como Tácito, hablan de «la gran muchedumbre de cristianos» muertos en Roma por la persecución neroniana del año 64 (Annales XV,44); y lo mismo asegura el Papa San Clemente (Corintios 6).

San Juan apóstol escribe su Apocalipsis al final de la persecución de Domiciano, y refiriéndose concretamente a iglesias del Asia, parece aludir a la sangre derramada de muchos fieles:

«He visto debajo del altar las almas de aquellos que han sido muertos a causa de la palabra de Dios y del testimonio que han dado. Ellos clamaban con voz fuerte: "¿Hasta cuándo, Señor, tú que eres santo y verdadero, aplazarás el tiempo de juzgar y vengar nuestra sangre en los habitantes de la tierra?" Y a cada uno de ellos se le dio una vestidura blanca, y se les dijo que aguardasen aún un tiempo, hasta que fuese completo el número de sus servidores y hermanos que han de ser muertos como ellos» (6,9-11).

Muchos debieron ser también los mártires del Asia en el reinado de Adriano, pues refiere Justino que la intrepidez de aquellos que afrontaban la muerte por Cristo fue lo que a él le llevó al cristianismo (2 Apol. 12). También hacen pensar en un gran número de ejecuciones mortales las cartas que «muchos» gobernadores de provincia dirigieron al mismo emperador, solicitando instrucciones (Eusebio, Hist. eccl. IV,26,10).

Años más tarde, en tiempos de Antonino Pío, a mediados del siglo II, escribe San Justino:

«Judíos y paganos nos persiguen en todas partes, nos despojan de nuestros bienes y sólo nos dejan la vida cuando no pueden quitárnosla. Nos cortan la cabeza, nos fijan en cruces, nos exponen a las bestias, nos atormentan con cadenas, con fuego, con atrocísimos suplicios. Pero cuanto mayores males nos hacen padecer, tanto más aumenta el número de los fieles» (Dialogo Tryph. 110).

En ese mismo tiempo, precediendo al martirio del obispo San Policarpo, en Esmirna, doce fieles son expuestos a las fieras (Martyrium Policarpi 19). Y el mismo Justino, en su II Apología, nos muestra la facilidad con la que en tiempos de Marco Aurelio se condenaba a un cristiano. Mientras era juzgado el catequista Ptolomeo, uno de los asistentes protesta contra la condenación, y él mismo es conducido al punto a la muerte (2).

Raro es que se juzgue a un fiel solo. Justino, acusado de cristiano en Roma por el filósofo rival Crescente, comparece ante el prefecto con seis compañeros. Celso, enemigo de los cristianos, en tiempo de Marco Aurelio, presenta a los fieles como «ocultándose, porque por todas partes se los busca para conducirlos al suplicio» (Orígenes, Contra Celsum VIII,69).

En Galia, donde no hay todavía muchos cristianos, se ejecuta en la ciudad de Lión a cuarenta y ocho fieles en las fiestas de agosto de 177. «Cada día, escribe Clemente de Alejandría en años de Septimio Severo, vemos con nuestros propios ojos correr a torrentes la sangre de mártires quemados vivos, crucificados o decapitados» (Strom. II,125).

Todo esto nos hace pensar que en los dos primeros siglos hubo muchos mártires, y que de Nerón a Cómodo, los cristianos vivían con la posibilidad del martirio siempre a la vista. Esto exigía para hacerse cristiano y para seguir siéndolo un gran valor moral, o más bien un verdadero heroísmo. Por eso, si fueron muchos los mártires de sangre, muchísimos más fueron los mártires de deseo o de resignación, es decir aquellos que de antemano estaban dispuestos a aceptar la muerte antes que renunciar a la fe.

Pero si respecto de los dos primeros siglos hay a veces ciertas dudas respecto al gran número de los mártires, nadie puede ponerlo en duda en lo que se refiere a la segunda mitad del siglo III. Es cierto que las persecuciones de entonces no fueron muy largas -Decio muere al año y medio de desencadenar una en 250, y Valeriano pierde el trono a los dos años y medio de haber lanzado la suya en 257-, pero fueron violentísimas. Abundaron en esos años los cristianos renegados, pero también fueron muchos los mártires que en todas las partes del Imperio padecieron o murieron por mantenerse fieles.

San Dionisio de Alejandría, en una carta escrita sobre los mártires de Decio, escribe sobre Egipto: «Otros, en grandísimo número, fueron degollados por los paganos en ciudades y aldeas» (Eusebio, Hist. eccl. VI,42). Y en otra carta: «No os diré los nombres de los nuestros que han perecido. Sabed solamente que hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, soldados y ciudadanos, personas de toda condición y edad, unos por los azotes, otros por el fuego, aquéllos por el hierro, han vencido en el combate y ganado la corona del martirio» (ib. VII,11,20).

La crónica de los mártires Santiago y Mariano, en tiempo de Valeriano, afirma que en la primavera del 250 las ejecuciones duraron en Cirta varios días. Y como al último día aún quedaran muchos fieles por ejecutar, fueron arrodillados a la orilla de un río, por donde habría de correr la sangre, y el verdugo fue recorriendo la fila  y cortando cabezas (Passio 12).

También las cartas de San Cipriano atestiguan y describen los innumerables martirios producidos en el norte de África con Decio, Galo y Valeriano. Describe la situación de los cristianos «despojados de su patrimonio, cargados de cadenas, arrojados en prisión, muertos por la espada, por el fuego y por las bestias» (Ad Demetrianum 12). Y en Roma, dice también, los prefectos en el 258 está ocupados «todos los días en condenar a fieles y en confiscar sus bienes»  (Epist.80).

En esos mismos años, el mártir africano Montano, grita a los herejes poco antes de morir: «¡Que la multitud de nuestros mártires os enseñe dónde está la Iglesia verdadera!» (Passio Montani et Lucii 14).

Llegamos así a la última persecución, que duró, con alguna intermitencia, del 303 al 313. Eusebio de Cesarea, contemporáneo, da un testimonio del conjunto de aquellas persecuciones, aunque su testimonio se refiere solo al Oriente. Pero en el Occidente también aquellos diez «años terribles» hicieron semejantes estragos.

Los mártires, afirma, se contaron por millares, y excede la posibilidad humana dar cuenta de su número inmenso. En el 303, en Nicomedia, se decapita o se quema a una «compacta muchedumbre». A «otra muchedumbre» se le arroja al mar. «¿Quién podrá decir cuántos fueron entonces los mártires en todas las provincias, pero especialmente en Mauritania, en la Tebaida y en Egipto?». En Egipto, concretamente, la persecución mató a «diez mil hombres», sin contar mujeres y niños. En la Tebaida él mismo presenció ejecuciones en masa: de veinte, treinta, «hasta ciento en un solo día, hombres, mujeres, niños... Yo mismo vi perecer a muchísimos en un día, los unos por hierro y los otros por fuego. Las espadas se embotaban, no cortaban, se quebraban, y los verdugos, cediendo a la fatiga, tenían que reemplazarse unos a otros» (Hist. eccl. VIII, 4-13).

Lactancio dice que, cuando los condenados al fuego eran muchos, no se les quemaba uno a uno, sino por grupos (De mort. persec. 15). En Sebaste fueron martirizados cuarenta soldados, en tiempo de Licinio. Y a fin del siglo III, debieron ser varios cientos los soldados sacrificados de la legio Thebæa. También en Roma hubo mártires ejecutados a cientos, como se refleja en algunas tumbas de los cementerios subterráneos, en donde en lugar de nombres aparece un número.

El poeta Prudencio, que visita Roma al fines del siglo IV, tiempo en que los sepulcros de los mártires se mantenían intactos, escribe: «He visto en la ciudad de Rómulo innumerables tumbas de santos. ¿Quieres saber sus nombres? Me es difícil responderte: ¡tan numerosa fue la muchedumbre de fieles inmolada por un furor impío cuando Roma adoraba a sus dioses nacionales! Muchas tumbas nos dicen el nombre del mártir y hacen su elogio. Pero hay otras muchas silenciosas, en sus mudos mármoles, solamente señaladas con un número, que da a conocer el de los cuerpos anónimos allí amontonados. En una sola piedra vi una vez que estaba indicado el sepulcro de sesenta mártires, cuyos nombres son conocidos de Cristo, que los ha unido a todos en su amor» (Peri Stephanon XI,1-16). Lo mismo se dice en los poemas epigráficos de San Dámaso. Veinte, cuarenta, trescientos sesenta y dos mártires, más aquí, aún más allá. Y eso siendo así que no fue Roma la ciudad donde hubo más ejecuciones masivas. Éstas fueron más comunes en el Oriente.

Y además de todos estos mártires de sangre aludidos, hemos de recordar a los martyres sine sanguine, a la multitud de confesores de la fe, que por ella sufrieron destierro, deportación, trabajos forzados, aunque no fueron entregados a la muerte. Eran tantos, concretamente, los cristianos desterrados en los primeros siglos, los prisioneros y los forzados, que tanto en Oriente como en Occidente la Iglesia oraba públicamente por ellos. Resto de aquella tradición litúrgica es la oración que perdura en la liturgia milanesa, donde se pide «pro fratribus in carceribus, in vinculis, in metallis, in exilio constitutis».

No cabe duda. La verdad histórica nos asegura el gran número de los mártires cristianos en los primeros siglos.