SACROSANCTUM CONCILIUM

Alcances y perspectivas


Mons. Alberto Brazzini
Obispo auxiliar de Lima


1. Introducción 
2. Un poco de historiaaaa 
3. Contenido del documento 
4. Algunos aspectos centrales de la Constitución 
5. En vistas al Tercer Milenio 

* * * * *
 

1. Introducción
La Constitución Sacrosanctum Concilium fue el primer documento  aprobado por los Padres conciliares. «Primicia del Vaticano II»[1] la  ha llamado el Papa Juan Pablo II. Se trata ciertamente de uno de  los documentos principales del Concilio. Dentro del gran horizonte  de renovación para el Pueblo de Dios que abrió la asamblea  conciliar no podía dejar de tener un lugar especial la vida litúrgica.  Así, la iniciativa de esta importante Constitución tiene su origen en  el deseo de renovar la vida litúrgica, a la vez que fomentarla[2], en  continuidad con la Tradición viva de la Iglesia, a fin de que todos  sus hijos puedan participar de ella con mayor provecho espiritual.

Con la Sacrosanctum Concilium se destacó de manera singular el  valor central que la liturgia tiene en la vida de la Iglesia y en la vida  del cristiano. Como afirma el Santo Padre: «La Constitución ilustra  bien el motivo de esta centralidad, situándolo en el horizonte de la  historia de la salvación. Frente a las múltiples formas de oración, la  liturgia tiene una estructura propia, no sólo porque es la oración  pública de la Iglesia, sino sobre todo porque es verdadera  actualización y, en cierto sentido, continuación, mediante los signos,  de las maravillas realizadas por Dios para la salvación del hombre.  Esto es verdad particularmente en los sacramentos, y de modo muy  especial en la Eucaristía, en la que Cristo mismo se hace presente  como sumo sacerdote y víctima de la nueva alianza»[3].

A treinta años de clausurado el Concilio Vaticano II no podemos  menos que alegrarnos por los muchos frutos que se han producido  a partir de su impulso renovador. Entre ellos, quizá el más visible  sea la renovación litúrgica[4].

2. Un poco de historia
La renovación conciliar es heredera de un fecundo movimiento  litúrgico que hunde sus más profundas raíces en la segunda mitad  del siglo pasado. A causa de este movimiento litúrgico todo el siglo  XX verá crecer un notable impulso renovador de la vida litúrgica de  la Iglesia que a la vez que explicitaba cada vez más el lugar central  que ocupa en el misterio de la Iglesia y en el designio de redención,  abría nuevos horizontes de comprensión de su naturaleza. Fueron  muy importantes las diversas iniciativas de los Papas San Pío X, Pío  XII y Juan XXIII para ir afirmando una corriente profunda de  renovación cuyos frutos más significativos veríamos en el Concilio  Vaticano II.

Ya desde el tiempo de preparación del Concilio la reflexión sobre  la liturgia y la conveniencia de su renovación había adquirido  singular importancia. El trabajo de la Comisión litúrgica, encargada  de preparar el documento de trabajo, fue muy bueno. Debe notarse  que, a diferencia de otros documentos que necesitaron una más  lenta maduración, el documento preparado por esta Comisión fue  asumido en su gran mayoría por la asamblea conciliar.

No deja de ser muy significativo que el primer esquema que la  Comisión central del Concilio Vaticano II decidiese que se discuta  haya sido precisamente el de la liturgia. A la pregunta que se puede  poner como telón de fondo de todos los trabajos conciliares:  "Iglesia, ¿qué dices de ti misma?", se respondió en primer lugar  desde la liturgia. Hecho singular que además abre una hermosa  manera de aproximarse al misterio de la Iglesia.

La Sacrosanctum Concilium fue promulgada al final de la  segunda sesión de trabajo, concretamente el día 4 de diciembre de  1963. La votación final es elocuente del grado de consenso que se  alcanzó en aquel momento: 2,158 votos a favor y solamente 4 en  contra, es decir casi unánimemente.


3. Contenido del documento
La Constitución cuenta con siete capítulos precedidos de un  importante proemio. Tiene también un apéndice sobre la revisión  del calendario litúrgico. La parte más significativa de la Constitución  está desarrollada sin lugar a dudas en el capítulo I.

El proemio es una hermosa declaración con un profundo  contenido teológico. Resulta interesante destacar que, siendo el  primero de los documentos conciliares en ser aprobado, sus  primeras palabras estén dirigidas a enunciar los objetivos del  Concilio Vaticano II: «acrecentar cada vez más la vida cristiana  entre los fieles, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo  las instituciones que están sujetas a cambio, promover cuanto  pueda contribuir a la unión de todos los que creen en Cristo y  fortalecer todo lo que sirve para invitar a todos al seno de la 
Iglesia»[5].

Se menciona también en dicho número la intención del Concilio  en materia litúrgica: «procurar la reforma y el fomento de la  liturgia»[6]. De esta manera se ponía claramente de manifiesto la  importancia de la liturgia en la vida eclesial. Esto es expresado de  manera singularmente rica en la magnífica síntesis que se ofrece  en el siguiente número de la Constitución: «la liturgia, por medio de  la cual "se ejerce la obra de nuestra redención", sobre todo en el  divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye mucho a que los fieles,  en su vida, expresen y manifiesten a los demás el misterio de Cristo  y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia, cuya característica  es ser a la vez humana y divina, visible y dotada de elementos  invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación,  presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; de modo que en  ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a  lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad  futura que buscamos»[7].

El capítulo I lleva por título: «Principios generales para la reforma  y el fomento de la sagrada liturgia». Éste es, como se ha dicho, el  capítulo más importante --también el más extenso--, en donde  encontramos el marco teológico de fondo para toda la renovación y  el fomento de la liturgia. 

Este capítulo está dividido en cinco partes:

1. Naturaleza de la sagrada liturgia y su importancia en la vida de  la Iglesia.

2. Necesidad de promover la educación litúrgica y la participación  activa.

3. Reforma de la sagrada liturgia.

4. Fomento de la vida litúrgica en las diócesis y en la parroquia.

5. Promoción de la acción litúrgica pastoral.

En estos puntos se desarrollan los aspectos centrales de lo que  es la liturgia, así como los criterios y normas para su reforma. No es  el momento para profundizar en detalle en el rico contenido de este  capítulo. Baste por ahora mencionar algunos de los principales  elementos de su primera parte.

En el n. 5 de la Constitución se describen los diferentes tiempos  de la revelación del designio salvífico de Dios en la historia y se  termina reconociendo en Cristo la realización concreta de este  designio. La redención-salvación de los hombres es prefigurada en  el Antiguo Testamento, empieza por la encarnación del Hijo de Dios  y se cumple «principalmente por el misterio pascual de su  bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y  de su gloriosa ascensión»[8]. Con esta afirmación, la Pascua de  Cristo es colocada en el centro de la historia de la salvación. Este  misterio pascual es actualizado a través de signos rituales. Así se  introduce el discurso sobre la liturgia, la cual es vista  fundamentalmente como actualización de la salvación realizada por  Cristo a través de su misterio pascual, haciendo de nuevo presente  aquello que se realizó hace veinte siglos[9]. «Para llevar a cabo una  obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia,  principalmente en los actos litúrgicos»[10]. Se resalta así el  fundamento cristológico de la vida litúrgica. Ésta es «ejercicio de la  función sacerdotal de Jesucristo en la que, mediante signos  sensibles, se significa y se realiza, según el modo propio de cada  uno, la santificación del hombre y, así, el Cuerpo místico de Cristo,  esto es, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público»[11]. En  esta descripción-definición de la liturgia se resalta el principio  cristológico de la misma, su dimensión eclesial y su doble  dinamismo: santificar al hombre y dar gloria a Dios.

En el capítulo que tratamos hay una afirmación de mucha  importancia: si bien la acción litúrgica no agota toda su actividad,  ella es la «cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo  tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza»[12]. En esta  declaración está muy bien sintetizado el lugar central que tiene la  liturgia en la vida eclesial. Ella es momento estelar, privilegiado, en  donde toda la Iglesia es más ella misma[13]. Hacia la liturgia tienden  todas las acciones eclesiales, es la cumbre, el punto más alto de  realización y eclesialidad. Por eso es «acción sagrada por  excelencia cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado,  no iguala ninguna otra acción de la Iglesia»[14]. Pero a la vez, de  ella mana la vida que brota de Nuestro Señor Jesucristo, para  convertirse en fuerza y dinamismo evangelizador, para todas las  acciones eclesiales. 

El capítulo II, «El sagrado misterio de la Eucaristía», es una  presentación sintética de gran riqueza de la Sagrada Eucaristía,  memorial del Señor, reactualización del sacrificio del Calvario,  banquete pascual en donde se alimenta el cristiano del mismo  Señor. Por la grandeza del misterio que contiene este sacramento  se vuelve a insistir en la participación consciente, piadosa y activa  de los fieles en la celebración, instruidos en la Palabra de Dios,  fortalecidos por la gracia, aprendiendo a ofrecerse juntamente con  el Cordero que se ofrece por manos del ministro.

Aquí se habla de la unidad de las dos mesas: la de la Palabra y la  de la Eucaristía. Ambas están íntimamente relacionadas y son  constitutivas del único acto de culto que es la Misa[15]. Así, la  centralidad de la Palabra de Dios y la Santísima Eucaristía quedan  propiamente destacadas y unidas. Uno de los frutos de esta  Constitución será, por ejemplo, el Misal de Pablo VI[16].
El capítulo III, titulado «Otros sacramentos y los sacramentales»,  está referido precisamente a los sacramentos, a su naturaleza y a  la reforma de los rituales para que expresen la visión litúrgica  renovada por el Concilio. Se invita allí a una vuelta al sentido más  originario y expresivo de los símbolos y ritos de los sacramentos,  para que expresen la fe, la robustezcan y la hagan crecer. En sus  numerales se pasa revista a cada uno de los sacramentos,  invitándose a celebrarlos de preferencia dentro de la Misa, salvo  uno: el de la reconciliación[17]. Es de notar que el Concilio, para  expresar mejor su naturaleza, invita a llamar "unción de los  enfermos" al sacramento que era denominado "extremaunción".

También son tratados los sacramentales. Después de reconocer  su valor para la vida cristiana, se invita a la renovación de sus  rituales[18]. Mención aparte se hace de la consagración de  vírgenes, la profesión religiosa y el ritual de las exequias[19].

El capítulo IV se titula: «El Oficio divino». Se trata allí de la liturgia  de las horas como oración de toda la Iglesia, oración sacerdotal por  la cual se alaba al Padre y se intercede por la salvación de todo el  mundo[20]. Se recuerda a quienes están obligados a la celebración  de la liturgia de la horas que esta obligación es un honor[21]. Se  señala el valor pastoral de esta oración de Cristo y su Esposa la  Iglesia y se recomienda la participación de todos los fieles en la  misma[22]; así pueden entrar en contacto con los tesoros de la  Sagrada Escritura y de la Tradición de la Iglesia.

El título del capítulo V es: «El año litúrgico». Éste es presentado  como celebración del misterio de Jesucristo que pone a los fieles en  contacto con los misterios de la redención. Así pueden beneficiarse  con el poder santificador y los méritos del Señor y quedan llenos de  la gracia de la salvación[23]. Se precisa, además, el sentido de las  celebraciones marianas y las fiestas de los santos dentro del ciclo  litúrgico. Ellas deberán ser más expresivas del único misterio que  celebramos: Jesucristo muerto y resucitado para nuestra  salvación[24]. El domingo, fiesta primordial de los cristianos  consagrada por la resurrección de Cristo, es presentado en su  genuino sentido de día del Señor en el que se escucha la Palabra  de Dios y se celebra la Eucaristía, día de la comunidad, día de  fiesta y descanso; comprensión que ha de ser inculcada a los 
fieles[25].

El capítulo VI, «La música sagrada», destaca la importancia que  la música sacra tiene para la celebración. La Constitución ofrece  criterios globales para comprender el significado de la música sacra  en la acción litúrgica y su aporte en el ámbito de la celebración. El  valor de la música nace del hecho de que ella se expresa  esencialmente bajo la forma del canto[26]. Se alienta la  participación de los fieles a través del canto[27]. Se recuerda la  importancia del canto gregoriano en la tradición de la Iglesia  romana[28], aunque sin excluir otras formas de canto, a la vez que  se fomenta el canto religioso popular[29].

Finalmente, el capítulo VII tiene por título: «El arte y los objetos  sagrados». Se resalta la función del arte al servicio de la liturgia y,  concretamente, de las celebraciones. A través de la belleza, el arte  se inserta en el dinamismo celebrativo elevando el ánimo del  hombre para la glorificación de Dios. La Constitución ofrece una  amplia y confiada apertura a la libertad y originalidad expresivas en  el arte, pero siempre en el respeto y salvaguarda de la sacralidad.


4. Algunos aspectos centrales de la Constitución
4.1. Liturgia e historia de la salvación 
4.2. Liturgia y misterio pascual 
4.3. Liturgia e Iglesia 
4.4. Liturgia y escatología 
4.5. El lugar central de la liturgia en la vida de la Iglesia 
4.6. La participación activa de todos los fieles en la liturgia 
4.7. Carácter sacramental de la liturgia 

Para aproximarnos sintéticamente a los aspectos principales de la  Sacrosanctum Concilium tomaremos como guía unas recientes  palabras del Santo Padre Juan Pablo II recordando la importancia  de la Constitución sobre la liturgia: «Verdaderamente fueron sabias  las indicaciones que dio el Concilio para hacer que la liturgia fuera  cada vez más significativa y eficaz, adecuando los ritos a su sentido  doctrinal, infundiendo nuevo vigor a la proclamación de la Palabra  de Dios, impulsando a los fieles a una participación más activa y  promoviendo las diversas formas de ministerio que, mientras  expresan la riqueza de los carismas y de los servicios eclesiales,  muestran de modo elocuente que la liturgia es, a la vez, acto de  Cristo y de la Iglesia. También fue decisivo el impulso para adaptar  los ritos a las diferentes lenguas y culturas, a fin de que también en  la liturgia la Iglesia pueda expresar con plenitud su carácter  universal»[30].

4.1. Liturgia e historia de la salvación
La salvación es una realidad que primero fue anunciada en el  Antiguo Testamento, fue cumplida en Jesucristo, y por acción del  Espíritu Santo, entregado por Cristo, se actualiza en la Iglesia.

La misión de la Iglesia es hacer presente esta salvación en el  mundo y lo hace de modo especial mediante la liturgia. «Como  Cristo fue enviado por el Padre, Él mismo envió también a los  Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no sólo para que, al predicar el  Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su  muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la  muerte y nos ha conducido al reino del Padre, sino también para  que realizaran la obra de salvación que anunciaban mediante el  sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida  litúrgica»[31]. La salvación se hace presente hoy, cuando en la  Iglesia se celebra la Eucaristía y los demás sacramentos. Esa  actualización de la salvación es la razón de ser de la liturgia  católica.

Se produce, entonces, un modo nuevo de introducir a los  hombres en la corriente de la salvación. «Cristo actúa ahora por  medio de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su  gracia»[32]. La liturgia configura a la Iglesia como comunidad que  transmite la gracia de la salvación. La misión que la Iglesia tiene de  ser signo e instrumento de la comunión de los hombres con Dios y  de los hombres entre sí[33] la cumple principalmente por medio de  la liturgia. La visión de la liturgia que ofrece el Concilio es una visión  histórico-salvífica que supera algunas inadecuadas visiones  preconciliares, principalmente la visión esteticista y la juridicista.  Sólo desde la economía de la salvación puede comprenderse el rol  de la liturgia en la vida de la Iglesia.

4.2. Liturgia y misterio pascual
«Cristo el Señor realizó esta obra de redención humana y de  glorificación perfecta de Dios, preparada por las maravillas que  Dios hizo en el pueblo de la Antigua Alianza, principalmente por el  misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección  de entre los muertos y de su gloriosa ascensión»[34]. El misterio  pascual, que es el centro de todo el designio salvífico y de su  realización, es también el centro de la liturgia. Hemos dicho que la  liturgia actualiza la historia de la salvación, ella es memorial:  recuerdo y actualización de la obra de la redención. En la liturgia se  hace presente la obra salvadora al actualizarse el misterio pascual  de Jesucristo que es la plenitud de la historia salvífica, plenitud y  cumplimiento de una vez para siempre (kairós y ephápax). Esta  centralidad del misterio pascual en la liturgia, afirmada por el  Concilio, la expresa también el Catecismo de la Iglesia Católica, fiel  expresión de la teología conciliar, cuando afirma: «La Liturgia  cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron,  sino que los actualiza, los hace presentes. El Misterio pascual de  Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se  repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu  Santo que actualiza el único Misterio»[35].

4.3. Liturgia e Iglesia
La liturgia es una acción de la Iglesia y para la Iglesia. El carácter  o la dimensión eclesial es intrínseca a la liturgia cristiana. La liturgia  es «obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la  Iglesia»[36]. El sujeto de la liturgia es, entonces, la Iglesia, el Pueblo  de Dios: la Iglesia hace, celebra la liturgia. Pero, además, la liturgia  hace a la Iglesia, la expresa, la hace cumplidora de su misión  salvífica, como ya se ha mencionado. Ni la liturgia se entiende sin la  Iglesia, ni la Iglesia sin la liturgia. Liturgia y eclesiología son  inseparables. La liturgia es, entonces, acción de la Iglesia-Pueblo  de Dios y no sólo acción de la jerarquía, si bien a ésta toca dirigir,  normar y presidir la acción y la vida litúrgicas.

Los Padres conciliares afirman que «las acciones litúrgicas no  son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es  "sacramento de unidad", esto es, pueblo santo, congregado y  ordenado bajo la dirección de los obispos»[37]. La relación que se  establece entre liturgia e Iglesia pretende superar la relación, hasta  entonces dominante y exclusiva, entre liturgia y jerarquía. La  Iglesia-Pueblo de Dios en su totalidad, jerárquicamente ordenada,  es el lugar donde Cristo ejerce su sacerdocio, uniendo al hombre  con Dios.

4.4. Liturgia y escatología
La acción de Cristo en la Iglesia se orienta hacia la plenitud  escatológica. También la acción litúrgica. «En la liturgia terrena  pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en  la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como  peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre»[38].  El texto nos hace presente que por la participación en la liturgia se  crea una contemporaneidad entre lo eterno y lo presente; se crea  la comunión entre la Iglesia celeste y la terrena. Al mismo tiempo se  renueva nuestra esperanza en lo definitivo que sólo llegará con  Cristo.

Estas ideas de la Constitución sobre la liturgia se ven expresadas  también en la Lumen gentium, en el capítulo dedicado a la índole  escatológica de la Iglesia. Allí se acentúa también el aspecto de  comunión y la dimensión de inicio, ya en esta tierra, de la vida  futura como primicia y garantía de participación y comunión en la  vida celestial[39]. El lugar de dicha participación y comunión es  siempre la liturgia, en especial la Eucaristía.

4.5. El lugar central de la liturgia en la vida de la Iglesia
De las consideraciones anteriores se deduce claramente el lugar  central que ocupa la liturgia en la vida de la Iglesia. Esto hace que  la Constitución conciliar señale en diversas ocasiones esta verdad.  Pero, sin duda, el texto conciliar que mejor expresa esta convicción  eclesial es aquel en que se nos dice que «la liturgia es la cumbre a  la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de  donde mana toda su fuerza»[40]. El texto señala el verdadero y  constitutivo papel que tiene la acción litúrgica en la vida de la  Iglesia, en su ser y misión, lo que pone de manifiesto su  centralidad.

En la liturgia la Iglesia realiza de modo especial su razón de ser:  comunicadora de la salvación; la celebración de la fe es el centro  de toda la actividad eclesial. En la Iglesia todo se orienta hacia la  liturgia y todo recibe de ella su fuerza. Como lo señalaba el  Cardenal Ratzinger en el libro-entrevista Informe sobre la fe: «El  tema de la liturgia no es en modo alguno marginal: ha sido  precisamente el Concilio el que nos ha recordado que tocamos aquí  el corazón de la fe cristiana»[41].

4.6. La participación activa de todos los fieles en la liturgia Siendo lo que es, la liturgia cumple su cometido sólo cuando los  fieles participan en ella activa, plena, conscientemente. Ya desde el  proemio, en la Constitución se alienta a una participación más  activa de los fieles en la liturgia como una manera de incrementar  su vida cristiana. Es éste un aspecto central de la renovación  litúrgica del Concilio. El texto, después de mencionar la importancia  de la liturgia en la vida de la Iglesia, afirma que para lograr mayor  eficacia «es necesario que los fieles accedan a la sagrada liturgia  con recta disposición de ánimo, pongan su alma de acuerdo con su  voz y cooperen con la gracia divina para no recibirla en vano»[42].

La Constitución incentiva la colaboración de todos para promover  una educación litúrgica y a la vez llama a mejorar la participación en  la liturgia. Se pide una participación plena, consciente y activa de  todo el pueblo para que en ella beban el espíritu genuinamente  cristiano[43].

Conviene notar que esa participación tiene como fin una vida más  cristiana, por lo que no se reduce al momento celebrativo sino que  se verificará en una vivencia auténticamente cristiana de quienes  participan en la celebración litúrgica.

4.7. Carácter sacramental de la liturgia
La liturgia es esencialmente ritual y sacramental. Los símbolos y  los ritos son elementos constitutivos de la liturgia. En ella los signos  sensibles significan y cada cual a su modo realiza la salvación que  en la liturgia se comunica[44]. El carácter sacramental de la liturgia  hace decir a los Padres conciliares: «En esta reforma es necesario  ordenar los textos y ritos de tal modo que expresen con mayor  claridad las cosas santas que significan y, en la medida de lo  posible, el pueblo cristiano pueda percibirlas fácilmente y participar  en la celebración plena y activa, propia de la comunidad»[45].

Lejos de fomentar un ritualismo, el Concilio reafirma el carácter  sacramental y ritual de la liturgia invitando a una noble sencillez que  haga que los ritos sean breves, claros, sin repeticiones[46],  adaptados a la capacidad de los fieles y sin necesidad de muchas  explicaciones[47]. Se invita, pues, a una mejor expresividad y  utilización de los mismos. La teología sacramental nos enseña que  los signos y símbolos litúrgicos, expresando sólo aquello que  quieren significar, son percibidos por nuestros sentidos, y así nos  permiten conocer y entrar en contacto con otras realidades  invisibles a nuestros sentidos. 


5. En vistas al Tercer Milenio
La llegada del Tercer Milenio de nuestra fe nos lleva a revisarnos  como Iglesia. El Papa Juan Pablo II nos ha llamado a prepararnos  adecuadamente para celebrar el Gran Jubileo del año 2000, en el  que recordaremos el misterio central de nuestra fe: la encarnación  del Verbo Eterno, quien se hizo Hijo de Mujer para la redención de  la humanidad[48]. En esta preparación tienen un lugar muy  importante las enseñanzas del Concilio. El Santo Padre nos  recuerda que la mejor preparación para el Tercer Milenio es el  renovado compromiso de aplicar, lo más fielmente posible, las  enseñanzas del Vaticano II a la vida de cada uno y de toda la  Iglesia, ya que con el Vaticano II se ha iniciado, en el sentido más  amplio de la palabra, la inmediata preparación del Gran Jubileo del  2000[49].

En la aplicación de las enseñanzas del Concilio debemos poner  en un lugar central a la liturgia, fuente y cumbre de la vida de la  Iglesia. Estamos ante un asunto muy importante, pues, como nos  dice la Sacrosanctum Concilium, aunque la liturgia no agota toda la  acción de la Iglesia, es acción sagrada por excelencia.

La gran renovación litúrgica que el Concilio puso en marcha ha  sido una bendición para la Iglesia. Se ha avanzado y logrado  mucho. Aunque haya habido abusos en ciertos sectores que no  comprendieron bien el espíritu del Concilio, hemos de dar gracias a  Dios por los inmensos dones que hemos recibido. Sin embargo,  hemos de ser conscientes, como lo señala el Santo Padre en su  Carta por el XXV aniversario de la Sacrosanctum Concilium, que  aún tenemos un camino que recorrer. Ha habido reforma, pero aún  falta trabajar un poco más para lograr la auténtica renovación  deseada. Es la hora de profundizar en lo realizado.

Como consecuencia de una profundización de la renovación  conciliar es urgente seguir trabajando por una mayor y mejor  formación litúrgica de todo el Pueblo de Dios. Esta formación ha de  tener en cuenta a todos los fieles y debe intentar ser ordenada y  sistemática para ayudar a comprender mejor lo que es la acción  litúrgica. Es bueno para esto alentar una catequesis litúrgica  permanente. La liturgia requiere de una formación antes, durante y  después del momento celebrativo. En esta línea es muy importante  que los aspirantes al sacerdocio ministerial profundicen seriamente  en una teología litúrgica enraizada en la Tradición de la Iglesia y en  los documentos magisteriales. Asimismo, los sacerdotes deben  buscar una permanente actualización y renovación en esta área tan  central de su ministerio, recordando que por vocación están  llamados a ser maestros de la vida litúrgica en sus propias  comunidades[50]. Pero también los laicos han de formarse  adecuadamente en el dinamismo de la sagrada liturgia. Es  importante formarse para comprender lo que en la liturgia acontece  y poder prepararse así para acoger mejor la gracia que el Espíritu  derrama en los corazones.

Todo esto tiene como horizonte la mayor participación activa de  los fieles en la liturgia. Una participación que supone el  conocimiento, la valoración y el reconocimiento de la liturgia y su  papel en la vida de la Iglesia. La participación litúrgica adecuada  debe llevar a que quien escucha la Palabra de Dios en la  celebración, se convierta y tenga una experiencia de encuentro  personal y comunitario con la Persona de Jesucristo a través de los  sacramentos y demás celebraciones. La participación, fruto de la  auténtica formación, supone la comprensión y buena realización de  los ritos para, por medio de ellos, entrar en contacto con el misterio  salvador de Cristo que se hace presente en la liturgia.

Es importante realizar una pastoral litúrgica que rescate el valor  de los signos, gestos y ritos de la liturgia. Conviene destacar de  modo especial aquellos que tienen gran resonancia en nuestro  pueblo (como el agua, el incienso, las bendiciones).

Es necesario resaltar el sentido festivo de las celebraciones  litúrgicas, el cual tiene su origen en el hecho de ser cada  celebración un momento de salvación, un auténtico kairós,  actualización del misterio salvador del Señor. Los cristianos  deberíamos participar en la celebración con una gran convicción de  que a través de ella entramos en contacto con la salvación que  Jesucristo nos ofrece, de tal modo que todos pudiéramos sentir  como nuestras las palabras del sacerdote cuando dice: «te damos  gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia»[51].

En la pastoral litúrgica ha de ocupar un lugar especial la  catequesis, celebración y pastoral del día del Señor. Hay que  esforzarnos por alentar y ayudar a nuestros hermanos para que  descubran la importancia y capitalidad de la «fiesta primordial de  los cristianos», haciendo realmente del domingo el día consagrado  al Señor, el día de encuentro de la comunidad eclesial, el día de la  alegría, el día del descanso.

El año litúrgico, a través de su celebración y del sentido propio de  cada tiempo, nos ofrece una gran riqueza y una pedagogía  adecuada para comprender el misterio de Jesucristo. Se hace  oportuno y necesario catequizar a los fieles sobre el valor, el  sentido y el modo de vivir el año litúrgico, ayudando a vivir una  auténtica espiritualidad litúrgica.

Una genuina pastoral litúrgica ha de llevar a comprender que la  celebración litúrgica nos impulsa a conectar fe y vida. Lo que  celebramos ha de impulsarnos a plasmar en la vida cotidiana los  valores del Evangelio que Cristo vivió y predicó.

Hay aún otras tareas que podrían ser enumeradas, pero basten  las señaladas para hacernos descubrir que hemos de esforzarnos  en una auténtica pastoral litúrgica que permita que todos los  cristianos demos a la liturgia el lugar central que ha de ocupar en  nuestras vidas.

Pongamos todos nuestros esfuerzos en manos de la Virgen  María. Como nos decía el Santo Padre, «que María nos ayude a  vivir la liturgia en todo su significado, en sintonía con la liturgia  celestial. Ella nos impulse, sobre todo, a celebrarla con  participación interior, para que nuestra existencia resplandezca de  santidad y se transfigure el rostro de la Iglesia»[52].
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Notas
[1] Juan Pablo II, Sacrosanctum Concilium, Ángelus, 12/11/1995, 1.
[2] Ver SC, 1.
[3] Juan Pablo II, Sacrosanctum Concilium, Ángelus, 12/11/1995, 2.
[4] Así lo pone de manifiesto la Relación final del Sínodo extraordinario sobre 
el Concilio Vaticano II de 1985: «La renovación litúrgica es el fruto más 
visible de toda la obra conciliar» (Relación final, II,B,b,1). 
[5] SC, 1.
[6] Lug. cit.
[7] SC, 2.
[8] SC, 5. Es importante anotar que cuando hablamos de la «bienaventurada 
pasión» de Cristo no nos estamos refiriendo a todo el sufrimiento anterior 
a su muerte, sino concretamente a la muerte misma. La pasión de Cristo 
se lee normalmente referida a su muerte, por eso el texto conciliar no 
menciona directamente este término.
[9] Ver SC, 6.
[10] SC, 7.
[11] Lug. cit. Estas hermosas palabras conciliares están inspiradas en Pío XII: 
«...el sacerdocio de Jesucristo se mantiene siempre activo en la sucesión 
de los tiempos, ya que la liturgia no es sino el ejercicio de este 
sacerdocio» (Mediator Dei, 32; ver también el n. 5).
[12] SC, 10.
[13] Ver Medellín, 9,3.
[14] SC, 7.
[15] Ver SC, 56.
[16] La estructura de la Misa quedará muy nítidamente detallada: ritos 
iniciales, liturgia de la Palabra, liturgia Eucarística y ritos conclusivos. En 
una forma muy hermosa de ecumenismo, la Misa en el Misal de Pablo VI 
adquiere elementos de nuestros hermanos de la Iglesia Oriental. Esto se 
puede percibir, por ejemplo, en la gran riqueza de la mesa de la Palabra, 
concretamente en las tres lecturas dominicales que son propias de la 
Iglesia Oriental. Aparecen también, junto con el Canon romano --usado 
por quince siglos en el rito latino y que evidentemente sigue teniendo 
vigencia--, otras anáforas o plegarias eucarísticas tomadas de la Iglesia 
Oriental, como la de San Hipólito, que es la segunda; la tercera para los 
días festivos; y la cuarta, que hace un recorrido completo de la historia de 
la salvación y que no puede ser desligada del prefacio que le es propio. A 
éstas han sido agregadas en el texto unificado del Misal en lengua 
española de 1988 las siguientes: la del Sínodo suizo, que ahora se llama 
plegaria eucarística quinta (que tiene cuatro variantes); las dos plegarias 
sobre la reconciliación, elaboradas para el Año Santo de 1975; y las tres 
plegarias para las misas con niños. De la Iglesia Oriental se toma también 
algo muy propio de ellos: la plegaria universal.
[17] Ver SC, 66-78.
[18] Ver SC, 79.
[19] Ver SC, 80-81.
[20] Ver SC, 83-84.
[21] Ver SC, 85.
[22] Ver SC, 100.
[23] Ver SC, 102.
[24] Ver SC, 103-104.
[25] Ver SC, 106.
[26] Ver SC, 112-114. Esto es propio por ejemplo del salmo responsorial en la 
Misa, que debe procurarse sobre todo que sea cantado. El salmo es 
siempre eco de la lectura que se acaba de proclamar, es la Palabra de 
Dios que se hace eco a ella misma.
[27] Ver SC, 114.
[28] Ver SC, 116.
[29] Ver SC, 118. Conviene recordar aquí que la música que va surgiendo de 
las diversas comunidades debe tener la altura adecuada, y que su letra 
ha de ser acorde con el misterio que se celebra. Tiene que contar, 
asimismo, con la aprobación necesaria para poder ser utilizada en la 
celebración de la Eucaristía. 
[30] Juan Pablo II, Sacrosanctum Concilium, Ángelus, 12/11/1995, 2.
[31] SC, 6.
[32] Catecismo de la Iglesia Católica, 1084.
[33] Ver Lumen gentium, 1.
[34] SC, 5.
[35] Catecismo de la Iglesia Católica, 1104.
[36] SC, 7.
[37] SC, 26.
[38] SC, 8.
[39] Ver Lumen gentium, 48-50.
[40] SC, 10.
[41] Cardenal Joseph Ratzinger, Informe sobre la fe, BAC, Madrid 21985, p. 
132.
[42] SC, 11.
[43] Ver SC, 14.
[44] Ver SC, 7.
[45] SC, 21.
[46] En la liturgia nunca se repite nada. Lo único que se reitera durante la 
Misa es el saludo: «El Señor esté con vosotros».
[47] Ver SC, 34. 
[48] Ver Gál 4,4.
[49] Ver Tertio millennio adveniente, 20.
[50] Ver SC, 14.
[51] Misal romano, Plegaria eucarística II.
[52] Juan Pablo II, Sacrosanctum Concilium, Ángelus, 12/11/1995, 3. 

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