Juan Pablo II sobre las Indulgencias
Lea también su catequesis sobre el
verdadero sentido de las Indulgencias
Indulgencia y penitencia
3. Con razón el sacramento de la penitencia ha recibido de los Santos Padres y
de los teólogos, entre otras denominaciones, la de secunda tabula post
naufragium, segunda en relación con el bautismo. El naufragio del que nos
salvan el bautismo y la penitencia es el del pecado. El bautismo borra la culpa
original y, si se recibe en edad adulta, también los pecados personales y toda
la pena debida a ellos; en efecto, es el nacimiento, la novedad absoluta de vida
en el orden sobrenatural. El sacramento de la penitencia está destinado a borrar
los pecados personales, cometidos después del bautismo: ante todo, los mortales;
luego, los veniales. Los pecados mortales, si el penitente ha cometido más de
uno, se deben perdonar simultáneamente todos. En efecto, la remisión del pecado
grave consiste en la efusión de la gracia santificante perdida, y la gracia es
incompatible con los pecados graves, con todos y cada uno. Es diversa la
consideración que hay que hacer sobre los pecados veniales, que no causan la
pérdida de la gracia y por eso pueden coexistir con el estado de gracia; pueden
no perdonarse por falta de suficiente aborrecimiento en el penitente, aunque se
perdonaran, mediante la absolución sacramental, pecados mortales que, por
hipótesis, haya cometido. Obviamente, los fieles que se acercan al sacramento de
la penitencia desean también la remisión de la pena temporal, debida al pecado,
aunque no necesariamente tengan en acto la consideración explícita de dicha
pena. A este propósito, conviene recordar la verdad de fe del Purgatorio, en el
que se expían las penas que quedan después del paso a la otra vida. Pero el
sacramento de la penitencia, precisamente porque infunde o aumenta la gracia
sobrenatural, encierra en sí mismo la virtud de estimular a los fieles al fervor
de la caridad, a las consiguientes buenas obras y a la piadosa aceptación de los
sufrimientos de la vida, que también merecen la remisión de las penas
temporales.
Desde este punto de vista, la verdad de fe y la práctica de las indulgencias están estrechamente relacionadas con el sacramento de la penitencia. En efecto, «la indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos» (Código de derecho canónico, c. 992). Gracias a Dios, cuando viven intensamente su vida cristiana, los fieles aprecian las indulgencias y recurren con fervor a ellas. Y puesto que para lucrar la indulgencia plenaria es preciso en primer lugar que el alma se desprenda totalmente del afecto al pecado, las indulgencias y el sacramento de la penitencia se integran admirablemente en el objetivo esencial y primario que es la destrucción del pecado, que, como he dicho antes, se identifica concretamente con la infusión o el aumento de la gracia santificante.
A este propósito, mi pensamiento, o mejor el pensamiento de toda la Iglesia, se eleva con gratitud al Sumo Pontífice Pablo VI, de venerada memoria, que en la constitución apostólica Indulgentiarum doctrina, monumento insigne del Magisterio, profundizó el tema de las indulgencias y, con viva sensibilidad pastoral, renovó su disciplina. (del MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL CARDENAL WILLIAM WAKEFIELD BAUM, A LOS PRELADOS Y OFICIALES DE LA PENITENCIARÍA APOSTÓLICA, 20 de marzo de 1998)
Reconciliación e Indulgencias
El sacramento de la Penitencia ofrece al pecador la « posibilidad de convertirse
y de recuperar la gracia de la justificación »,(15
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1446) obtenida por el sacrificio
de Cristo. Así, es introducido nuevamente en la vida de Dios y en la plena
participación en la vida de la Iglesia. Al confesar sus propios pecados, el
creyente recibe verdaderamente el perdón y puede acercarse de nuevo a la
Eucaristía, como signo de la comunión recuperada con el Padre y con su Iglesia.
Sin embargo, desde la antigüedad la Iglesia ha estado siempre profundamente
convencida de que el perdón, concedido de forma gratuita por Dios, implica como
consecuencia un cambio real de vida, una progresiva eliminación del mal
interior, una renovación de la propia existencia. El acto sacramental debía
estar unido a un acto existencial, con una purificación real de la culpa, que
precisamente se llama penitencia. El perdón no significa que este proceso
existencial sea superfluo, sino que, más bien, cobra un sentido, es aceptado y
acogido.
En efecto, la reconciliación con Dios no excluye la permanencia de algunas
consecuencias del pecado, de las cuales es necesario purificarse. Es
precisamente en este ámbito donde adquiere relieve la indulgencia, con la que se
expresa el « don total de la misericordia de Dios ».(16
Bula Aperite portas Redemptori (6 de enero de 1983), 8: AAS 75
(1983), 98.) Con la indulgencia se condona al pecador arrepentido la pena
temporal por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa.
10. El pecado, por su carácter de ofensa a la santidad y a la justicia de Dios,
como también de desprecio a la amistad personal de Dios con el hombre, tiene una
doble consecuencia. En primer lugar, si es grave, comporta la privación de la
comunión con Dios y, por consiguiente, la exclusión de la participación en la
vida eterna. Sin embargo, Dios, en su misericordia, concede al pecador
arrepentido el perdón del pecado grave y la remisión de la consiguiente « pena
eterna ».
En segundo lugar, « todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las
criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte,
en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se
llama la “pena temporal” del pecado »,(17
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1472.) con cuya expiación se
cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos.
Por otra parte, la Revelación enseña que el cristiano no está solo en su camino
de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida
con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad
sobrenatural del Cuerpo místico. De este modo, se establece entre los fieles un
maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno
beneficia a los otros mucho más que el daño que su pecado les haya podido
causar. Hay personas que dejan tras de sí como una carga de amor, de sufrimiento
aceptado, de pureza y verdad, que llega y sostiene a los demás. Es la realidad
de la « vicariedad », sobre la cual se fundamenta todo el misterio de Cristo. Su
amor sobreabundante nos salva a todos. Sin embargo, forma parte de la grandeza
del amor de Cristo no dejarnos en la condición de destinatarios pasivos, sino
incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el
conocido texto de la carta a los Colosenses: « Completo en mi carne lo que falta
a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia » (1,
24).
Esta profunda realidad está admirablemente expresada también en un pasaje del
Apocalipsis, en el que se describe la Iglesia como la esposa vestida con un
sencillo traje de lino blanco, de tela resplandeciente. Y san Juan dice: « El
lino son las buenas acciones de los santos » (19, 8). En efecto, en la vida de
los santos se teje la tela resplandeciente, que es el vestido de la eternidad.
Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es
nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana. Esto es lo que se quiere
decir cuando se habla del « tesoro de la Iglesia », que son las obras buenas de
los santos. Rezar para obtener la indulgencia significa entrar en esta comunión
espiritual y, por tanto, abrirse totalmente a los demás. En efecto, incluso en
el ámbito espiritual nadie vive para sí mismo. La saludable preocupación por la
salvación de la propia alma se libera del temor y del egoísmo sólo cuando se
preocupa también por la salvación del otro. Es la realidad de la comunión de los
santos, el misterio de la « realidad vicaria », de la oración como camino de
unión con Cristo y con sus santos. Él nos toma consigo para tejer juntos la
blanca túnica de la nueva humanidad, la túnica de tela resplandeciente de la
Esposa de Cristo.
Esta doctrina sobre las indulgencias enseña, pues, en primer lugar « lo malo y
amargo que es haber abandonado a Dios (cf. Jr 2, 19). Los fieles, al ganar las
indulgencias, advierten que no pueden expiar con solas sus fuerzas el mal que al
pecar se han infligido a sí mismos y a toda la comunidad, y por ello son movidos
a una humildad saludable ».(18) Además, la verdad sobre la comunión de los
santos, que une a los creyentes con Cristo y entre sí, nos enseña lo mucho que
cada uno puede ayudar a los demás —vivos o difuntos— para estar cada vez más
íntimamente unidos al Padre celestial. («Incarnationis
mysterium» BULA DE CONVOCACIÓN DEL GRAN JUBILEO
DEL AÑO 2000 por Juan Pablo II dada en
la Penitenciaría Apostólica, 29 de noviembre de 1998, I domingo de Adviento)