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Mandamientos de la Iglesia 4-5 y adicionales: ayuno, abstinencia, caridad, apostolado  

P. Jorge Loring sj
Para Salvarte
73,1 - 75,6

 

 

Indice

73,2.  Cuarto Mandamiento: El ayuno

73,3  Quinto mandamiento de la Iglesia: Ayudar

73,4 Otros mandamientos de la Iglesia

Otro mandamiento de la Iglesia es no contraer matrimonio opuesto a las leyes de la Iglesia.

74.- Los mandamientos de la ley de Dios se resumen en dos:

75.- EL AMOR A DIOS Y AL PROJIMO ES LA SEÑAL CARACTERISTICA DEL BUEN CRISTIANO.

75,1 El Amor

75,2 Obras de Miseridordia


OBRAS DE MISERICORDIA CORPORALES:


OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES:


75,3 Ayuda a los demás


75,4. Servir a los demás


75,5. Apostolado de los seglares

Modos de hacer apostolado


Modos prácticos de hacer apostolado:


75,6 Las Sectas


NOTAS

 

 

Texto

73.- Además de los mandamientos de la ley de Dios, la Iglesia tiene cinco mandamientos.

73,1. En virtud del poder recibido de Jesucristo, la Iglesia puede imponer preceptos que obliguen gravemente a los hombres en orden a un mejor cumplimiento de la ley de Dios.
Los mandamientos de la Iglesia son de dos clases:
Los tres primeros mandan oír Misa, confesar y comulgar; pero de esto ya hemos tratado. (Ver números 45 al 61)
El cuarto manda el ayuno y la abstinencia en los días determinados por la Iglesia.

73,2.  Cuarto Mandamiento: El ayuno

73,2. El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día. Pero se puede tomar algo por la mañana y por la noche.
En el desayuno se puede tomar, por ejemplo, leche, café o té, o un poco de chocolate, con unos 60 gramos de pan, churros, tortas, etc. En la cena se puede tomar hasta 250 gramos de alimentos. Si te parece esto muy complicado, puedes atender a la norma práctica de algunos moralistas que dicen que quien tiene obligación de ayunar basta con que en el desayuno y en la cena tome la mitad de lo que tiene por costumbre tomar. Y si lo que se suele tomar es poco, la cantidad que se suprima puede ser menor. Otra norma práctica es que sumando lo que se toma en el desayuno y en la cena, no llegue a lo que se suele tomar al mediodía(883).
En la comida principal se puede tomar toda la cantidad que se quiera.
Pero durante el día no se puede tomar nada (comida o bebida) que sea alimento. Sí se pueden tomar líquidos no alimenticios como refrescos, café, té y bebidas alcohólicas; y también alguna pequeña tapa con que éstas suelen acompañarse; aunque sería mejor abstenerse de ella.
La abstinencia consiste en no tomar carne; pero no está prohibido el caldo de carne ni la grasa animal, si es condimento. También se pueden tomar huevos y productos lácteos.
Tienen obligación de ayunar todos los católicos que han cumplido dieciocho años y no han cumplido los cincuenta y nueve.
La abstinencia obliga desde los catorce años cumplidos hasta el final de la vida. «No están obligados al ayuno y abstinencia los verdaderamente pobres, los enfermos y los obreros»(884).
Tampoco están obligados los que no tienen habitualmente uso de razón.
El párroco y algunos confesores pueden dispensar cuando haya motivo suficiente.
Son días de ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Son días de sólo abstinencia todos los viernes del año, que no caigan en festivo. La abstinencia de los viernes fuera de cuaresma puede ser sustituida total o parcialmente por otras formas de penitencia, piedad o caridad, como limosnas, visitas a enfermos, privarse de tabaco o espectáculos, o cualquier otro gusto. La abstinencia de los viernes de cuaresma, y el ayuno y la abstinencia del Miércoles de Ceniza y Viernes Santo no pueden ser sustituidos por propia iniciativa.
No debe considerarse pecado grave cualquier violación esporádica de la ley; pero sí el dejar de cumplirla habitualmente o por menosprecio(885).
Lo importante es el espíritu de la ley. Se trata de que en esos pocos días del año te quedes con un poco de hambre para hacer un sacrificio por Nuestro Señor.
La observancia sustancial de la disciplina eclesiástica sobre la penitencia es gravemente obligatoria.
Pero adviértase que la Iglesia no quiere precisar con medidas y pormenores los límites que determinarían en cada caso la gravedad de las faltas, porque desea que los fieles no caigan en la servidumbre y en la rutina de una observancia meramente externa, y prefiere, al contrario, que ellos mismos, sin omitir el oportuno consejo, formen deliberadamente su conciencia en cada caso según las indicaciones y el espíritu de la ley, con sentido de responsabilidad ante el Señor que ha de juzgar la sinceridad y diligencia de nuestras actitudes. Pero, sin duda, el desprecio y la inobservancia habitual de los preceptos de la Iglesia constituiría pecado grave.
La Conferencia Episcopal Española espera que «la presente disciplina penitencial, adaptada a España, servirá para aumentar en todos el sentido de sacrificio, la autenticidad de una vida sinceramente cristiana, y la práctica, más personal y consciente, de la mortificación y la caridad».
El Secretario del Episcopado francés ha propuesto a los católicos privarse del tabaco o bebidas alcohólicas un día a la semana, como una nueva modalidad de abstinencia.
Hacer penitencia es obligación de todo cristiano. Cada vez que cumplimos con nuestro deber y se lo ofrecemos a Dios hacemos penitencia. Cuando, en obsequio a Dios, nos privamos de algo que nos gusta o hacemos algo que nos desagrada, hacemos penitencia. Cuando, por Dios, aceptamos la vida y sus dificultades, hacemos penitencia.
Cuando, también por Dios, somos justos y luchamos contra las injusticias de la vida, hacemos penitencia. Arrepentirnos de nuestros pecados y hacernos amigos de Dios, es hacer penitencia.
La penitencia necesita de algo interior: Dios quiere el corazón, no sólo las obras externas. Si nuestra intención se detuviese en cumplir la ley, sin ofrenda a Dios, no haríamos penitencia. La primera y obligatoria penitencia que tenemos que hacer es cumplir la ley de Dios. Si no cumplimos lo que se nos manda, no hacemos penitencia. El principal lenguaje de un hombre son las obras.

73,3  Quinto mandamiento de la Iglesia: Ayudar

73,3. El quinto mandamiento de la Iglesia manda que la ayudemos en sus necesidades y en sus obras.
No hay que olvidar que es deber de los fieles atender, según las posibilidades de cada uno, con su ayuda económica al culto y al decoroso sustento de los ministros de Dios.
Todos los bienes los hemos recibido de Dios. El contribuir con ellos para ayudar a la Iglesia en sus necesidades, es una manera de agradecer a Dios lo que nos ha dado, y rogarle que nos siga bendiciendo. Los sacerdotes han consagrado su vida a trabajar exclusivamente por el bien espiritual de los hombres, por lo tanto, de ellos deben recibir lo necesario para satisfacer sus necesidades humanas, y poder seguir estudiando y estar siempre bien preparados para el desempeño de su ministerio.
Dice el Nuevo Código de Derecho Canónico:«Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad, y el conveniente sustento de los ministros»(886).
Los buenos católicos deben también contribuir al sostenimiento del Seminario de la Diócesis, donde se están formando los futuros sacerdotes que han de atender a las almas.
Como en otras naciones, también es España, se puede hoy ayudar a la Iglesia destinando a ella la pequeña parte asignada de lo que hay que pagar a Hacienda.
Todos hemos de sentir la Iglesia como propia. Es un deber de justicia ayudar a la Iglesia en todo lo relativo al apostolado, porque de la Iglesia recibimos el mayor bien que se puede recibir en este mundo: los medios para ir al cielo.
Nuestra colaboración a la Iglesia no debe limitarse a lo económico; debemos también prestar nuestra colaboración personal, en la medida que nos sea posible.

73,4 Otros mandamientos de la Iglesia

73,4. Además de estos mandamientos más generales, la Iglesia tienen también otros, como por ejemplo, la prohibición de asistir a escuelas ateas o a centros en los que se enseñen cosas contrarias a la doctrina católica.

Educación cristiana
«Los padres católicos que envían a sus hijos a estas escuelas, aunque sea con el pretexto de que enseñan muy bien otras materias profanas, pecan gravísimamente y son indignos de la absolución sacramental, por el grave peligro a que exponen a sus hijos»(887).
El Concilio Vaticano II «recuerda a los padres cristianos la obligación de confiar sus hijos, en el tiempo y lugar que puedan, a las escuelas católicas, de sostenerlas con todas sus fuerzas, y de colaborar con ellas en bien de sus propios hijos»(888).
Por eso «deben disponer, y aun exigir, todo lo necesario para que sus hijos puedan disfrutar de tales auxilios y progresar en la formación cristiana a la par que en la profana»(889).
Dicen los Obispos Españoles:«La clase de Religión en España, carente hoy del debido rigor académico, se ve sometida a un proceso de deterioro que repercutirá negativamente en los aspectos humanos y éticos de todo el marco educativo». Leí en el ABC de Madrid, en la misma página, estos dos titulares:«El gobierno socialista margina la asignatura de Religión». «En Suecia la clase de Religión es obligatoria»(890).
Los padres tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y religiosas.
Dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica: «Los padres tienen el derecho de elegir para sus hijos una escuela que corresponda a sus propias convicciones, y los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio».
Como dijo el Papa Juan Pablo II en su visita a España en 1982: «Los padres deben elegir para sus hijos una enseñanza en la que esté presente el pan de la fe cristiana». Los padres tienen obligación de preocuparse de que sus hijos sean educados en la religión católica. Si se desentienden de esto, que no se quejen después cuando sus hijos les salgan torcidos.
No te contentes con solicitar la enseñanza de la Religión en el colegio de tus hijos. Comprueba lo que les enseñan; y si les dan gato por liebre, protesta enérgicamente como cualquier consumidor estafado.
La Comisión Episcopal de Enseñanza recuerda que «todos debemos exigir que se pueda recibir educación católica en los centros de enseñanza»:
La formación religiosa católica en la escuela es un deber y un derecho, cuyo servicio está regulado por las leyes, y cuya realización efectiva debe ser apoyada por toda la comunidad cristiana. Los obispos indican a los padres católicos el deber de inscribir a sus hijos en la asignatura de religión y moral católicas. El mismo texto recuerda la obligación de los profesores cristianos de colaborar en la formación religiosa católica de los alumnos cuyos padres han elegido para ellos este tipo de formación. Por último insisten en el deber de la sociedad y de los gobernantes de respetar el derecho de los padres y de los alumnos en conformidad con los principios de la Constitución Española y de los acuerdos internacionales firmados por el Estado Español con la Santa Sede en materia de enseñanza.
El Consejo Pontificio para la Familia ha publicado un documento en el que dice que los padres deben retirar a sus hijos de los centros donde se enseñe una moral sexual contraria a la doctrina de la Iglesia.

Otro mandamiento de la Iglesia es no contraer matrimonio opuesto a las leyes de la Iglesia.

73,5. En 1917 se publica el Código de Derecho Canónico que sistematiza un cúmulo de leyes eclesiásticas. En 1983 se publica un nuevo Código de Derecho Canónico que actualiza y perfecciona el anterior. El estudio de esta reforma ha durado veinticinco años, desde que lo inició Juan XXIII.

74.- Los mandamientos de la ley de Dios se resumen en dos:


Primero: amarás a Dios sobre todas las cosas. Segundo: y al prójimo como a ti mismo.

74,1. Esto es lo que significan los siguientes magníficos consejos:
«Cumple siempre todos los mandamientos».
«Por nada del mundo cometas un pecado grave».
«Procura agradar a Dios en todas las cosas».
«No hagas tú a los otros lo que no quieras que los otros te hagan a ti».
«Pórtate tú con los demás como quieras que los demás se porten contigo».

74,2. Hay personas que reducen sus prácticas religiosas al servicio del prójimo. Eso está bien, pero no basta. Hay acciones humanas que ni benefician ni perjudican al prójimo, en cambio agradan o desagradan a Dios: como el asistir a Misa o el decir blasfemias.
Hoy somos muy sensibles a la justicia social. El remedio no está en cambiar las estructuras, que seguirán siendo injustas si no cambiamos a los hombres. Si cambiamos a los hombres las estructuras serán mejores y habrá más justicia. El mejor modo es la norma de Cristo :
«pórtate tú con los demás como quieres que los demás se porten contigo»(891).

75.- EL AMOR A DIOS Y AL PROJIMO ES LA SEÑAL CARACTERISTICA DEL BUEN CRISTIANO.

75,1 El Amor

75,1. El cristiano debe cumplir sus obligaciones con la misma perfección que uno que sea ateo pero de distinta manera , es decir, con amor a los demás, como al mismo Jesucristo. Es más, como Cristo los ama: «Amaos los unos a los otros como Yo os he amado»(892).
No se puede amar a Dios si no se ama al prójimo. Pero no todo amor al prójimo es ya amor a Dios.
Tú puedes amar a una persona por ser hija de sus padres, a quienes amas; pero también puedes amarla por ella misma, sin que eso suponga que amas a su padre, que puede serte totalmente indiferente.
Por eso la caridad cristiana es amar al prójimo porque es hijo de Dios. Lo contrario puede ser un humanismo ateo que se llama filantropía.
Solemos citar muchas veces los textos de la carta de San Juan en los que se exige la caridad para con los demás de una forma enérgica: «Si uno dijere que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso»(893).
Pero se cita menos otra frase que en el pensamiento de San Juan no admite duda, y necesita que se recuerde hoy de una manera especial: es cierto que la caridad con Dios es cosa vana cuando no va unida al amor del prójimo, que es hijo de Dios, pues ahí está la razón profunda de nuestro deber para con él; pero el amor del prójimo que quisiera ignorar el amor de Dios, no sería verdadero: «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios»(894).
Se oye con bastante frecuencia hoy día, que las palabras mandato y ley son palabras condenadas a estar proscritas de manera absoluta; como si hablar de cosas permitidas y de cosas prohibidas fuera una verdadera y peligrosa desnaturalización de la vida moral.
Ante todo, es evidente que estas palabras, que se quieren proscribir, pertenecen al mismo Evangelio. Son auténticas palabras de Dios. Es difícil eliminar de la primera carta de San Juan la palabra y la idea de mandato; aparecen repetidas sin cesar y en el sentido más profundo.
Y de una manera sistemática e inaceptable se quiere eliminar, por lo mismo, la palabra y la idea de ley; en la enseñanza de San Pablo. Lo que él condena es una cierta concepción de la ley, mas para devolverle otra, a la que da expresamente ese nombre, y cuyas exigencias no deja de señalar de forma clara.
En el fondo de la idea de ley y de mandato existe la afirmación de alguien que es el Señor y que tiene derecho a hablarnos como tal.
Escuchemos a Jesucristo cuando habla del mandato de su Padre, de la voluntad de su Padre; escuchemos a los santos, a los que figuran catalogados y aquellos a quienes nos encontramos en la vida. Oiremos que resuena en ellos esa alabanza, esa humildad, esa obediencia, que, lejos de inspirar repugnancia por la palabra mandato, le dan un sabor indecible, como el salmo 119, en el que se hace un elogio de la ley divina.
Es cierto que una moral que no tenga en la caridad su principio y su fin, no es tal moral; o en todo caso, no es la moral cristiana. Mas no es menos cierto que una doctrina de la caridad que quiera ignorar la moral y sus leyes, es una quimera peligrosa de la que la caridad es la primera en pagar las consecuencias .
Evidentemente que el valor del cumplimiento de una ley depende del amor que en ello se ponga. El cristiano que cumple una ley tan sólo como un requisito externo revela que le falta lo más importante, que es el amor. Las leyes son necesarias en una sociedad organizada. Las leyes justas están siempre orientadas al bien común. Al cumplirlas hacemos un acto de amor al prójimo, y también de amor a Dios, al aceptar el ser regidos por leyes exigidas por la naturaleza que él nos ha dado.
Cuando se ama de verdad al prójimo, la espontaneidad interior puede indicarme el camino de la rectitud. Pero no cabe duda de que esta espontaneidad interior no basta en multitud de ocasiones, en las que es necesario acudir a normas externas a nosotros mismos que nos señalen el camino mejor a seguir. Pero, repito, el cristiano debe siempre poner mucho amor en su comportamiento. El egoísmo es el gran pecado del hombre. Y tan egoísta es el que no cumple una ley por propia comodidad, como el que la cumple sólo por evitar la sanción. El buen cristiano cumple la ley; y la cumple con amor y por amor.
No existe moral sin caridad, que es su alma.
No hay caridad verdadera sin moral, que le da un cuerpo.
El fundamento de todo está en la aceptación de Dios.
Hay quienes no quieren más norma moral que su propia conciencia. Sin embargo hay que advertir que su conciencia debe estar de acuerdo con la realidad objetiva, es decir, acorde con lo que dicen los entendidos, los especialistas. Por ejemplo, si los astrónomos dicen que la distancia de la Tierra a la Luna es de 384 000 kilómetros, esto es una verdad independiente de lo que a mí me parezca. A mí me puede parecer poco o mucho, pero lo que a mí me parezca no cambia la distancia de la Tierra a la Luna, que es la que dicen los astrónomos que la han medido. Igualmente, si el agua de una fuente no es potable, y las autoridades sanitarias que la han analizado así lo avisan, es tonto beber de ella.
El agua no se convierte en potable por lo que a mí me parezca, sino que su potabilidad depende del análisis que han hecho los especialistas.

75,2 Obras de Miseridordia

75,2. Jesucristo quería que en esto se nos reconozca a los cristianos:
en que nos amamos los unos a los otros. Hay que amar a todos en general, y no odiar a nadie en particular.
Debemos practicar, según las ocasiones, múltiples formas de caridad.
Los catecismos nos hablaban de las Obras de Misericordia: son otras tantas formas magníficas de practicar la caridad. Helas aquí:

OBRAS DE MISERICORDIA CORPORALES:


Visitar y cuidar enfermos. Dar de comer al hambriento. Dar de beber al sediento. Atender a los que no tienen hogar. Procurar ropa a los necesitados. Ayudar a los encarcelados y exiliados. Acompañar a los que sufren la muerte de un ser querido.

OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES:


Enseñar al que no sabe. Dar buen consejo al que lo necesita. Corregir al que yerra. Perdonar las injurias. Consolar al triste. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Rogar a Dios por vivos y difuntos.

Dice San Pablo :«Ya puedo tener una fe que mueva montañas; si no tengo caridad, no soy nada»(895).
El amor entre los hombres es la señal que Cristo nos dejó como distintivo de los cristianos. Si esto no existe, la Iglesia no se da a conocer en el mundo.
Y el amor no consiste solamente en no hacer daño, sino, sobre todo, en hacer el bien. Jesucristo ha dicho que todo lo que hagamos al prójimo por su amor, aunque sea darle un vaso de agua, nos lo premiará como hecho a Él mismo. Orientar la vida de forma generosa es la vía óptima para hacerse plenamente hombre y ser de verdad feliz.
Es verdad que tampoco es cristiano practicar la caridad y olvidarse de la justicia. Pero, como ha dicho repetidas veces el Papa Juan Pablo II, tampoco basta la justicia. Es necesaria también la caridad: la caridad de la sonrisa, de la amabilidad, de la servicialidad, del cariño, y de la limosna.
Otro modo de practicar la caridad es dedicar parte de nuestro tiempo libre en servicio del prójimo.
Además de la caridad sincrónica con los que convivimos en este mundo, tenemos que pensar también en la caridad diacrónica pensando en los seres humanos que nos van a suceder en el planeta, para no dejarles una naturaleza contaminada. Éste es el sentido de la ecología que hoy es de tanta actualidad.
Estamos obligados al respeto de la integridad de la creación, que está destinada al bien común de la humanidad pasada, presente y futura.

75,3 Ayuda a los demás

75,3. Esfuérzate por ser una persona buena y agradable con todos; siempre con una acogedora amabilidad, una inagotable disponibilidad; tener para cada uno la palabra adecuada, la sonrisa, la broma... En fin, todo lo que constituya una discreta y sincera simpatía. Es muy importante que seas amable. Amabilidad es la cualidad por la cual una persona es digna de ser amada. Consiste en considerar, respetar, aceptar a las personas como son y alegrarse con sus éxitos. Amabilidad es atender a cada persona según lo que necesite en ese momento. La amabilidad es sigo de madurez y grandeza de espíritu. Procura ser una persona educada, respetuosa, agradecida, honrada, buena y servicial con todos. Y sobre todo muy cristiana. Así serás una persona estimada por todo el mundo.
Tú mismo te sentirás satisfecho de tu proceder; y, sobre todo, Dios te lo premiará.
La vida en común es una continua ocasión de ayudarse mutuamente. Al principio quizás tengas que esforzarte para ser una persona atenta; pero después, esto será para ti una costumbre y no te costará trabajo alguno. Los que te rodean se sentirán influidos por tu amabilidad y recurrirán a ti espontáneamente y con frecuencia. Ten constancia y no te canses al verte importunado por unos y otros, que será mucho el bien que puedas hacerles. El buen cristiano está siempre en actitud del máximo servicio al prójimo, según sus posibilidades.
Preocúpate muy vivamente de tus compañeros enfermos o heridos. Ve a visitarlos, si te es posible.
Quién sabe si se encuentran aplanados, tristes y abandonados! Si es así, el rasgo tuyo te ganará su amistad para siempre.
Evita todo lo que pueda molestar a tus compañeros y procura disimular lo que de ellos a ti te moleste, haciendo todo lo posible por mostrarte con afabilidad y servicial con ellos. El ser caritativo, además de ser una virtud, es señal de buena educación.Todos tenemos faltas y defectos que molestan a los demás, y debemos tener paciencia cuando los demás nos molestan con los suyos.
Elogia sinceramente lo digno de elogio. Toda persona tiene defectos y limitaciones. Pero también tiene virtudes y cosas positivas. El ver que los demás saben apreciar lo bueno que hay en nosotros es una de las cosas más alentadoras de la vida. Pon siempre tu persona y tus cosas a disposición de todos, dentro de lo razonable. No dudes nunca en hacer un favor a otros, aunque para eso tengas que fastidiarte. El sacrificarte por el prójimo llevará a tu alma una sana alegría.
Además, con esto ganarás el corazón de tus compañeros y así te será más fácil hacerles el bien. No puede existir un hombre, humana y espiritualmente perfecto, sin una alegría cordial que ilumine a cuantos le rodeen.
Procura ser alegre y optimista. El optimismo no es miopía que no ve los males; ni estoicismo que niega el dolor. El optimismo no niega el mal, ni el sufrimiento, ni la necesidad del esfuerzo, ni la dureza de la vida..., sino que se esfuerza en hallar en todo esto un lado bueno, un punto de vista confortador, un fin útil, un valor real, desconocido a primera vista. Si sabemos iluminar con algún bien todo mal, embelleceremos nuestra vida y haremos más felices a los que nos rodean.
Otra cosa muy importante es saber escuchar. En tus visitas a los enfermos hay que saber escuchar.
Escuchar con interés es la mejor manera de consolar al que sufre. A todos los hombres nos gusta que nos escuchen. Pero mucho más al que sufre. Y si además tu palabra cálida le transmite paz y alegría interior, habrás hecho una gran obra.
No es lo mismo ser bueno que ser estúpido. Hacer el bien llena al ser humano de alegría y felicidad.
Pero no hay que confundir la bondad con el dejarse pisotear y humillar por alguna persona frustrada que para reafirmarse necesita hacer daño.
Para evitar que se salga con la suya, lo mejor es ignorarla: como si sus ofensas no nos afectaran. Pero hay que saber defenderse sin ira y sin rabia, que nos alteran el espíritu desfavorablemente. Nos descompone y desequilibra física, psíquica y emocionalmente. Debemos hacerlo, si no con dominio propio, con sentido del humor, y mejor con ironía. Pero siempre de forma razonable..
No hay que confundir la soberbia y el orgullo, que son una supervaloración de sí mismo con desprecio de los demás, con una razonable autoestima. La autoestima es valorarme en lo que soy y para lo que valgo. Sería ridículo creer que valgo para todo. Pero también es triste creer que no valgo para nada. Conocer mis posibilidades y limitaciones, y valorarme en lo que soy. El sentirme competente en algo y ser estimado por algo me da paz, alegría y confianza en mí mismo. Esto ayuda a ser feliz. Sobre todo si mi capacidad la pongo al servicio de los demás.
Dice un proverbio chino: «Toda gran marcha empieza con un primer paso». La esencia del ser humano es encontrar el verdadero sentido de la vida. La autoestima nos ayuda a vivir alegres, cordiales, felices y optimistas al apreciar que somos bien aceptados por los demás tal como somos, y servimos para algo útil, aunque para esto tengamos que esforzarnos y sacrificarnos. Y cuando las cosas no suceden a nuestro gusto, no desesperarnos ni desalentarnos. Aceptar las cosas como vienen y seguir adelante. Mi felicidad está dentro de mí. Depende de mi actitud ante la vida. En lugar de pretender cambiar las personas, las cosas y las situaciones de la vida que no están a mi alcance, puedo cambiar mi actitud ante ellas, no empeñándome en lo que me es imposible, y no perder mi paz y serenidad interior. Lo que verdaderamente vale son las cualidades espirituales. La sencillez, la bondad, la generosidad, la honradez, la simpatía, la servicialidad, etc., están en nuestras manos. La persona verdaderamente cristiana da prioridad en todas las cosas al punto de vista sobrenatural. Por eso vive segura, confía en Dios, y siempre tiene el ánimo alegre y optimista.
No trates a nadie con arrogancia, sino por el contrario, condesciende buenamente con todos, en lo que no se oponga a tu conciencia; y si crees que has ofendido a alguien, no dudes en darle alguna explicación. Cuando otra persona te dé explicaciones de las ofensas que te ha hecho, admítelas fácilmente, aunque tú creas que no son suficientemente satisfactorias.

75,4. Servir a los demás

75,4. Todo esto, además de ser normas de buena educación son consecuencias de la caridad cristiana, cuya manifestación en el amor y sacrificio por el prójimo fue una de las principales recomendaciones que nos dejó Jesucristo en su Evangelio.
La actitud de servicio es fundamental en un cristiano. Basta con mirar el ejemplo de Cristo que no vino «a ser servido, sino a servir»(896).
Por eso dice el Concilio Vaticano II que «el cristiano no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»(897).
No sé quién escribió:

«Vivir amando. Amar sufriendo.
Sufrir callando.
Y siempre,
sonriendo».

El hombre se humaniza sirviendo a los demás con amor: eso es lo que
hizo Jesús.
Este pensamiento lo expone bellamente el premio Nobel de Literatura Rabindranath Tagore:

«Dormía y soñaba que la vida era alegría.
Me desperté, y vi que la vida era servir.
Serví, y vi que el servir era la alegría».

El secreto de la felicidad está en el servicio a los demás.
Lo mismo expresa este bonito pensamiento: «Quien no vive para servir, no sirve para vivir».
No recuerdo dónde leí: «Haz de hoy un día bueno: en servicio, generosidad, alegría. Y tendrás una vida plena: en satisfacciones, felicidad. Mañana, repite».
En una sociedad en la que los poderosos son envidiados, y se nos ofrecen continuamente caminos para adquirir poder, el cristianismo nos muestra el camino del servicio como el único que transforma realmente una sociedad; porque hace que pasemos de ser rivales, a ser hermanos; de dominar a los demás, a ayudarles.
Procura que todos se persuadan que tienen en ti una persona fiel, pero que no conseguirán nada cuando se trate de violentar tu conciencia.
Esto es de una importancia capital. La experiencia demuestra que no hay nada que tanto gane la simpatía para con una persona como su rectitud de conciencia: esa entereza de carácter ante la cual se estrellan todas las insinuaciones, más o menos indirectas, que pretenden desviarle hacia el mal. Los mismos que pretendieron rebajarle, terminan por reconocer, incluso en público, la gran idea que han concebido de su virtud y carácter. La sonrisa despectiva de algunos es la reacción del mediocre para no reconocer los valores que admira en su interior, pero no se atreve a imitar.

75,5. Apostolado de los seglares

75,5. Y si tienes ascendiente entre tus compañeros, aprovéchalo para hacerles todo el bien que puedas.
Lánzate a conquistar almas para Cristo. Con discreción, pero con entusiasmo. Por qué vamos a dejar libre el camino a los propagadores del mal? Una persona católica convencida no se contenta con vivir su religión privadamente, sino que trabaja con todas sus fuerzas para derribar el mal y restablecer el reino de Dios en los corazones de los hombres, en la sociedad y en el mundo entero.
En esta lucha tenemos un Jefe, Jesucristo, nuestro Rey y nuestro Capitán, que va delante de nosotros, nos ayuda con su poder de Dios, y nos promete la victoria final. Pero quiere que luchemos.
«Dios quiere que todos los hombres se salven»(898). Por lo tanto, quiere la solución de todos los problemas (aun materiales) que se oponen a ello: problema social, inmoralidad, ateísmo, escasez de clero, egoísmo, hambre, etc. Ahora bien, esta voluntad de Dios no es absoluta y sin condiciones.
En ese caso no habría fuerza creada capaz de oponerse a este plan de Dios. Esta voluntad de Dios es condicionada a la libre cooperación de los hombres. Por lo tanto, si los hombres quieren salvarse, Dios les ayuda; si los hombres quieren cooperar a la salvación de los demás, Dios también les ayuda. Jesucristo, que pudo realizar la Obra de la Salvación por sí mismo, la puso en manos de los hombres: «Id por todo el mundo y predicad a todas las gentes. Quien crea se salvará; quien no crea, será condenado»(899).
El Concilio Vaticano II ha dedicado un Decreto al apostolado de los seglares. Dice que «este apostolado nunca puede faltar en la Iglesia (n 1), pues es el plan de Dios sobre el mundo, que los hombres lo perfeccionen sin cesar (n 7) y los seglares deben impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico (n 5).
Deben ejercer su apostolado en el mundo a manera de fermento (n 2), y aunque la fecundidad de su apostolado depende de su unión vital con Cristo (n 4), deben formarse muy bien (n 29) para revelar al mundo el mensaje de Cristo no sólo con el testimonio de la vida cristiana, sino también con la palabra (n 6). Mientras que todo el ejercicio del apostolado debe proceder y recibir su fuerza de la caridad, algunas obras, por su propia naturaleza, son aptas para convertirse en expresión viva de la misma caridad, que quiso Cristo-Señor fuese prueba de su misión mesiánica... Por lo cual la misericordia para con los necesitados y enfermos, y las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua para aliviar todas las necesidades humanas son consideradas por la Iglesia como un singular honor...».
El Padre Antonio Royo, O.P., comentando este Decreto Conciliar sobre el apostolado de los seglares en las conferencias cuaresmales de 1966 en la Basílica de Atocha, en Madrid, dijo: «La virtud más importante del cristiano es la caridad. La caridad tiene tres aspectos: Amor a Dios, amor al prójimo, amor a uno mismo. Desde cualquiera de esos ángulos brota la exigencia del apostolado para el seglar. Porque, se puede amar a Dios y desentenderse del prójimo, hijo de Dios? Se puede amar al prójimo y desentenderse de sus intereses espirituales y materiales? Puede uno amarse a sí mismo de verdad y perderse esa inmensa fuente de beneficios espirituales que es ayudar a salvarse a los demás?
Dice el Apóstol Santiago al final de su Carta: «Quien convierte a un pecador, salva su alma»(900).
Por último, el estado actual del mundo es un nuevo argumento que apremia al seglar hacia el apostolado... La invasión del materialismo que ha caído sobre nuestra sociedad y la penuria de sacerdotes son para el seglar cristiano motivos suficientes para entregarse al apostolado.
No pocos cristianos son del parecer que puesto que ellos no son sacerdotes no tienen que abogar en su vida pública en favor de la fe cristiana. La verdad es que por razón del bautismo y de la confirmación la tarea de conquistar el mundo para Cristo recae sobre todos los cristianos. En los primeros siglos del cristianismo fueron sobre todo los seglares, los simples creyentes, los que en sus diarios contactos con sus semejantes difundieron de una manera enteramente espontánea el mensaje cristiano en su medio ambiente. También hoy en día deberían todos los cristianos ser conscientes de que es la totalidad de la comunidad de los creyentes la que constituye el nuevo pueblo de Dios establecido por Cristo y de que no son los sacerdotes solamente, sino los seglares cristianos que se encuentran en el mundo los que pueden hacer que se despliegue visiblemente la eficacia de la vida divina en la familia, en la vida profesional, en los múltiples campos de la actividad social y cultural, así como en el empleo del tiempo libre. Todo adulto cristiano debería trabajar con celo apostólico y misionero por la causa de Cristo.
Aun cuando el trabajo misional sea de hecho incumbencia sobre todo de determinadas órdenes religiosas, congregaciones y otras actividades misioneras, la responsabilidad misional recae sin embargo sobre la totalidad de la Iglesia. Todo cristiano, por consiguiente, de manera adecuada a su situación, tiene la obligación de apoyar el sacrificado trabajo de los misioneros, así como sus obras en sus múltiples necesidades.
«Todos los discípulos de Cristo tienen el deber de dar testimonio de Cristo en todo lugar, y a quien se lo pidiere han de dar también razón de la esperanza que tienen en la vida eterna»(901).
Es necesario que todos los católicos hagan apostolado en el propio ambiente:

Modos de hacer apostolado

a). Por la oración: es lo más importante. Hablarle a Dios de él, antes que a él de Dios.
b). Por el ejemplo: el propio testimonio es indispensable para que se acepte nuestro mensaje. El ejemplo convence mucho más que las palabras. Las palabras pueden mover, pero los ejemplos arrastran.
c). Por la palabra: es el apostolado que practicó Jesucristo. Y el mandato que dio a sus Apóstoles: predicar. Todo el mundo puede tener una palabra amable, dar un buen consejo, una sencilla exhortación, un cariñoso reproche dado en un momento oportuno, o una larga conversación. Y también la palabra escrita: regalar un buen libro. Si este libro que tienes en las manos te gusta, podrías regalárselo a alguien.
d). Por el sacrificio que da más eficacia a la palabra. Como dijo el Papa Juan Pablo II, el 25 de junio de 1993: «La evangelización depende, más que de técnica y métodos pastorales, de la gracia que brota de la cruz de Cristo; a la cual unimos nuestro dolor. La evangelización obtiene inagotables energías de la cooperación de los pacientes».
e). Por la caridad: que nos gana el corazón de los demás.
Y echada la semilla dejar que Dios la haga germinar. Dios no nos pide el éxito, sino el trabajo.
El que fue Obispo de Málaga y Palencia, D. Manuel González, que murió con fama de santo, solía hablar de los apostolados menudos, pequeños detalles de hacer el bien que sale al encuentro: una sonrisa, un favor, un consuelo, una palabra de ánimo. Aprovechar todo momento para dar testimonio de Jesús.
«Todos los fieles tienen el deber de trabajar para que el mensaje de salvación alcance más y más a los hombres del orbe entero»(902).
Debemos ser como la llama, que comunica a otros su luz, pero no se agota. Siempre dispuesta a seguir comunicando. Una comunidad cristiana es ecclesial sólo si, y en la medida que, participa en la tarea evangelizadora de la Iglesia. «La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado»(903).
El creyente ha recibido la fe de otro y debe transmitirla a otro.
Siendo propio de los seglares vivir en medio del mundo, Dios les llama a que ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento.
Dijo Pío XII en la encíclica Mystici Corporis: «Misterio verdaderamente tremendo el que la salvación de muchos dependa de las oraciones y mortificaciones de los miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo. (...) Aunque parezca extraño Cristo quiere ser ayudado por ellos en su misión redentora.
«El apostolado de los seglares es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia(904).
Participación que pueden ejercer de dos maneras: «Primeramente hay una forma de apostolado que corresponde a la vocación propia del seglar.
Ésta consiste en buscar el Reino de Dios tratando y ordenando, según Él, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con la que su existencia está entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyen desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubren a Cristo a los demás, brillando ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor»(905).
«Los seglares, están llamados particularmente a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos. (...). Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los fieles, los seglares pueden también ser llamados de diversos modos a una cooperación más inmediata con el apostolado de la jerarquía, como aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol San Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor. [Pueden ser catequistas, difundir libros religiosos, colaborar en las obras parroquiales, ser miembros de asociaciones católicas, etc.]. Los seglares son aptos para que la jerarquía les confíe el ejercicio de determinados cargos eclesiásticos, ordenados a un fin espiritual»(906).
Algunos de entre ellos, al faltar los ministros sagrados o estar impedidos éstos en caso de persecución, les suplen en determinados oficios sagrados en la medida de sus facultades.
«En fin, el Espíritu Santo, repartiendo sus dones a cada uno según quiere, puede, hoy lo mismo que en los orígenes de la Iglesia, dar al más humilde de los fieles estos carismas extraordinarios que sirven para el bien común de todo el Cuerpo Místico y responden a sus necesidades»(907).
Pero el «juicio sobre su aplicación pertenece a los que presiden la Iglesia, a quienes compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino probarlo y quedarse con lo bueno»(908).
Los cristianos de hoy han redescubierto la importancia del testimonio de vida y del diálogo fraterno con los no católicos. Pero sería lamentable que se reemplace el apostolado por el testimonio, y la evangelización por el diálogo. Los Obispos españoles pedimos a todos los seglares que se entreguen con redoblado celo al apostolado de evangelización, ya de manera individual, ya dentro de asociaciones apostólicas. El cristiano sabe bien su deber de ser promotor de la justicia social, de la paz y la libertad, pues la humanidad se debe perfeccionar y engrandecer hasta que alcance su perfección total prevista por Dios. En una sociedad oscurecida por la hipocresía y la injusticia, el cristiano se opone a todas las formas de explotación, de vejaciones y prejuicios, posponiendo su persona en favor de la promoción de los demás. Trabajar por la promoción humana es para el cristiano un fin que tiene un valor intrínseco y que él persigue de consuno con otros hombres de diversas creencias. Mas él no puede contentarse con este esfuerzo de humanización, pues es miembro de la Iglesia, cuya misión es anunciar a todos los hombres que Dios les ama y que les ha enviado a su Hijo Jesucristo para hacerles conocer su amor».
«Hay que tener cuidado para no caer en un nuevo pelagianismo, que busca la salvación en la reforma de las estructuras antes que en la conversión a Dios.
La pasividad en la Iglesia, es bien claro, no es la actitud propia de los seglares. Ellos son Iglesia y tienen que actuar como protagonistas de su historia. Una historia que está muy condicionada por el nivel y el sentido que tenga la intervención de los seglares en el cumplimiento de su misión salvífica. Por esto es de máxima importancia que los seglares tomen conciencia de la tarea que ellos tienen que realizar como miembros vivos del Pueblo de Dios. La incorporación activa de los seglares a las tareas de la Iglesia es el signo más sintomático de un catolicismo adulto...
Los seglares, como queda afirmado, no pueden limitarse a trabajar por la edificación del Pueblo de Dios o la salvación de su alma para la eternidad, sino que han de empeñarse en la instauración cristiana del orden temporal.
Por su situación en el mundo, los seglares son los responsables directos de la presencia eficaz de la Iglesia en cuanto a la organización de la sociedad en conformidad con el espíritu del Evangelio: a ellos muy en especial corresponde iluminar y organizar los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador Redentor.
Un primer grado de este compromiso apostólico consiste en la inserción cristiana de los seglares en el mundo, mediante el cumplimiento de sus deberes de estado; es un aspecto fundamental de su testimonio como miembros activos y responsables del Pueblo de Dios y de la comunidad humana.
Este testimonio es exigencia común para todos los bautizados y condición esencial para que de ellos pueda decirse que llevan una vida cristiana».
«Los seglares están llamados por Dios para que desempeñando su propia profesión, guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo»(909).
Los católicos «siéntanse obligados a promover el verdadero bien común y hagan pesar de esa forma su opinión para que el poder civil se ejerza justamente y las leyes respondan a los principios morales y al bien común»(910).
«El Reino de Cristo no es una realidad puramente interior y espiritual; ni la salvación que nos trae se reduce a la esfera privada. Al contrario, Jesucristo quiere penetrarlo todo con su espíritu, con su verdad y con su vida: el ámbito individual y el de la sociedad, el mundo de la familia, del trabajo y del tiempo libre».
«Se equivocan los cristianos que, bajo pretexto de que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época»(911).
El compromiso cristiano nos lleva a ponernos al servicio de nuestros hermanos para construir un mundo de paz y justicia. Pero el cristiano sabe que el futuro no depende solamente del esfuerzo humano. Sabe que es necesaria la ayuda de Dios. «El cristiano rechaza la postura de aquellos que esperan la auténtica y total liberación del hombre, del sólo esfuerzo humano»(912).

Modos prácticos de hacer apostolado:

a) Regalar las revistas buenas ya leídas o meterlas en los buzones de las porterías.
b) Regalar libros buenos, como éste que tienes en las manos.
c) Regalar prendas usadas, que estén pasables, a instituciones que las manden a países necesitados.
d) Colaborar en la catequesis de la parroquia.
e) Visitar enfermos en sus casas, hospitales, asilos, etc., aunque no sean conocidos, y hablarles de Dios, oportunamente.
f) Dar buen ejemplo y buenos consejos.
g) Dar limosnas para las obras de caridad o apostólicas.
h) Dedicar tiempo al servicio del prójimo en obras de caridad o apostolado.

75,6 Las Sectas

75,6. No es lo mismo el proselitismo de las sectas que el apostolado católico. Al misionero católico lo que le preocupa es salvar al hombre, a la persona. Lo que mueve al misionero católico es el deseo de compartir el gozo de la fe.
Como decía Pablo VI en «Ecclesiam suam»: «Hemos de preocuparnos de poner en circulación el mensaje del que somos depositarios» . Luz que no ilumina, no es luz. La predicación misionera no se impone con la violencia, ni embauca con sofismas. La fe se ofrece con la verdad, no con engaños.
El misionero católico ofrece la fe; si el misionado no la quiere, él se lo pierde. Los católicos ofrecemos la fe sin coaccionar.
Una mujer musulmana, convertida a la fe católica en Italia, pidió protección a la policía ante el peligro de ser condenada a muerte, en venganza, por los integristas islámicos.
Algunos, para descalificar a grupos religiosos católicos que no les gustan, les ponen la etiqueta de sectas: por ejemplo al «Opus Dei».
Pero esto no es justo. Para poder dar el nombre de secta a un grupo, deben darse en él, conjuntamente, estas dos notas:
a) que su doctrina no concuerde con la enseñanza oficial de la Iglesia Católica;
b) que no se someta a la Autoridad de la Jerarquía Católica.
Evidentemente que el «Opus Dei» no encaja en la etiqueta de secta.
Las sectas son auténticas mafias económicas que se disfrazan de religiosidad para ser más intocables e invulnerables. Son auténticas entidades destructivas de la libertad individual, unas manipuladoras de mentes y creadoras de autómatas a su servicio.
Una de las sectas más difundidas durante los últimos años es la llamada Nueva Era («New Age»).
Se trata de una secta de origen norteamericano, sincretista y panteísta. Es decir, es una mezcla de todas las religiones del mundo, incluso del esoterismo y la brujería. Se presenta como la única religión del futuro, tratando de exterminar a todas las demás. Su panteísmo diviniza al hombre imitando a Lucifer que quiso ser como Dios. En la Nueva Era se da culto a Lucifer a quien se considera señor de la humanidad(913).
Trabajan activamente por la llegada del Anticristo.
Las sectas comienzan acogiendo y ayudando, pero no por ayudar, sino por contactar. Lo que les interesa es el número de adeptos. Y a los adeptos los hacen adictos, destruyendo su personalidad con técnicas psicológicas. Son auténticos homicidios psicológicos.

 

NOTAS

(883) - ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.:Teología moral para seglares,1º, 2ª, I, nº 426,2,e. Ed. BAC
(884) - Constitución Apostólica Paenitemini, 7-II-66
(885) - ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Teología Moral para seglares, 1º, 2ª, I, nº 425,f. Ed. BAC.
(886) - Nuevo Código de Derecho Canónico, nº222,1
(887) - ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Teología Moral para seglares, 2º, 2ª, I, nº303. Ed. BAC.
(888) - Concilio Vaticano II: Gravissimum educationis: Declaración sobre la Educación Cristiana de la Juventud, nº 8. Nuevo Código de Derecho Canónico, nº 793ss
(889) - Concilio Vaticano II: Gravissimum educationis: Declaración sobre la Educación Cristiana de la Juventud, nº 7
(890) - Diario ABC de Madrid, 3-VI-95, pg. 75
(891) - Evangelio de San Mateo, 7:12
(892) - Evangelio de San Juan, 13:34
(893) - Primera Carta de San Juan, 4:20
(894) - Primera Carta de San Juan, 5:2
(895) - SAN PABLO: Primera Carta a los Corintios, 12:2
(896) - Evangelio de San Marcos, 10:45
(897)-Concilio Vaticano II:Gaudium et Spes:Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual,nº 24
(898) - SAN PABLO: Primera Carta a Timoteo, 2:4
(899) - Evangelio de SAN MARCOS, 16:15s
(900) - Carta de Santiago, 5: 20
(901) - Concilio Vaticano II: Lumen Gentium: Constitución Dogmática sobre la Iglesia, nº 10
(902) - Nuevo Código de Derecho Canónico, nº 211 y 225,1
(903) - Concilio Vaticano II: Apostolicam Actuositatem :Decreto sobre apostolado de los seglares, nº 2
(904) - Concilio Vaticano II: Lumen Gentium: Constitución Dogmática sobre la Iglesia, nº 33
(905) - Concilio Vaticano II: Lumen Gentium: Constitución Dogmática sobre la Iglesia, nº 31
(906) - Concilio Vaticano II: Lumen Gentium: Constitución Dogmática sobre la Iglesia, nº 33
(907) - Concilio Vaticano II: Lumen Gentium: Constitución Dogmática sobre la Iglesia, nº 35
(908) - Concilio Vaticano II: Lumen Gentium: Constitución Dogmática sobre la Iglesia, nº 12
(909) - Concilio Vaticano II: Lumen gentium. Constitución dogmática sobre la Iglesia, nº 31
(910) - Concilio Vaticano II: Apostolicam Actuositatem: Decreto sobre el Apostolado de los seglares, nº14
(911)-Concilio Vaticano II:Gaudium et Spes:Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, nº43
(912)-Concilio Vaticano II:Gaudium et Spes:Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, nº16
(913) - M. BASILEA SCHLINK: Nueva Era. Ed.H.E. de María. Casilla 2436. Asunción. Paraguay.

 


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