Los Mandamientos aproximados por varios autores


 

EL SEGUNDO MANDAMIENTO
No tomarás el nombre de Dios en vano
(cortesía: elobservadorenlinea.com)


Jurar es cosa seria - El Nombre de Dios según Santo Tomás - No jurarás el nombre de Dios en vano - Chistes «en el nombre de Dios» - Palabras santas - Dime qué matrimonio tienes y te diré cómo vives el segundo Mandamiento - Blasfemar es atentar contra el nombre de Dios - Cristo con minúscula - Vano

 

Éxodo 20, 7
No tomarás en falso el nombre del Señor, tu Dios, porque el Señor no dejará sin castigo a quien toma su nombre en falso.

Deuteronomio 5, 11
No tomarás en falso el nombre del Señor, tu Dios...



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Jurar es cosa seria
Por el p. Antonio Rivera, L.C.

El juramento es otra manera de honrar el nombre de Dios, ya que es poner a Dios como testigo de la verdad de lo que se dice o de la sinceridad de lo que se promete.

A veces es necesario que quien hace una declaración sobre lo que ha hecho, visto u oído, haya de reforzarla con un testimonio especial. En ocasiones muy importantes, sobre todo ante un tribunal, se puede invocar a Dios como testigo de la verdad de lo que se dice o promete: eso es hacer un juramento.

Fuera de estos casos no se debe jurar nunca, y hay que procurar que la convivencia humana se establezca con base en la veracidad y honradez. Cristo dijo: «Sea, pues, vuestro modo de hablar sí, sí, o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno» (Mateo 5, 37).

Modos de jurar

+ invocando a Dios expresamente, por ejemplo: «juro por Dios, por la Sangre de Cristo», etc.;

+ invocando el nombre de la Virgen o de algún santo;

+ nombrando alguna criatura en la que resplandezcan diversas perfecciones: por ejemplo, jurar por el Cielo, por la Iglesia, por la Cruz, etc.;

+ jurando sin hablar, poniendo la mano sobre los Evangelios, el Crucifijo, el altar, etc.

Condiciones para jurar

El juramento bien hecho es no sólo lícito, sino honroso a Dios, porque al hacerlo declaramos implícitamente que es infinitamente sabio, todopoderoso y justo. Para que esté bien hecho se requiere:

1) Jurar con verdad: afirmar sólo lo que es verdad y prometer sólo lo que se tiene intención de cumplir. Siempre hay grave irreverencia en poner a Dios como testigo de una mentira. En esto precisamente consiste el perjurio, que es pecado gravísimo que acarrea el castigo de Dios.

2) Jurar con justicia: afirmar o prometer sólo lo que está permitido y no es pecaminoso; es grave ofensa utilizar el nombre de Dios al jurar algo que no es lícito, por ejemplo, la venganza o el robo. Si el juramento tiene por objeto algo gravemente malo, el pecado es mortal.

3) Jurar con necesidad: sólo cuando es realmente importante que se nos crea, o cuando lo exige la autoridad eclesiástica o civil. No se puede jurar sin prudencia, sin moderación, o por cosas de poca importancia sin cometer un pecado venial que podría ser mortal, si hubiera escándalo o peligro de perjurio.

El juramento que hizo, por ejemplo, Herodes a Salomé fue vano o innecesario. Jurar por hábito ante cualquier tontería es un vicio que se ha de procurar desterrar, aunque de ordinario no pase de pecado venial.


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El nombre de Dios según santo Tomás de Aquino

Hablar de Dios siempre es tema complejo. Sin embargo, con nuestra inteligencia algo podemos inferir de las características del nombre de Dios. Santo Tomás de Aquino nos propone sus reflexiones:

El nombre de Dios es, en primer lugar, admirable porque obra maravillas en todas las criaturas. Por eso el Señor dice en el Evangelio: «En mi Nombre arrojarán los demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán serpientes en sus manos, y si bebieren un veneno no les hará daño» (Marcos 16, 17).

El nombre de Dios es amable. «Bajo el cielo —dice san Pedro— no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos» (Hechos 4, 12). San Ignacio de Antioquia, que amó tanto el nombre de Cristo, nos ofrece un ejemplo de este amor. Cuando el emperador Trajano lo conminó a que negara el nombre de Cristo, respondió que le era imposible separarlo de sus labios. Y como el emperador lo amenazara con degollarlo, para arrancar así a Cristo de sus labios, Ignacio respondió: «Aunque me lo quitaras de mis labios, nunca podrás arrancarlo de mi corazón; pues llevo este nombre grabado en mi corazón, y es por eso que no puedo dejar de invocarlo». Oyendo esto Trajano, y queriendo ver si era cierto, luego de haberle hecho cortar la cabeza, mandó que le arrancaran el corazón. Y se halló que en él estaba grabado con letras de oro, el nombre de Cristo. Porque había puesto ese nombre en su corazón, como un sello.

El nombre de Dios es venerable. Afirma el apóstol que «al nombre de Jesús se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno» (Filipenses 2, 10). En el cielo, por parte de los ángeles y los santos. En la tierra, por parte de los hombres que viven en el mundo; éstos lo hacen, o bien por amor a la gloria que desean alcanzar, o bien por temor a las penas del castigo. En el infierno, por parte de los condenados, que lo hacen por temor.

El nombre de Dios es inefable, porque ninguna lengua es capaz de expresar toda su riqueza. Por esta razón a veces se intenta una aproximación por medio de las creaturas. Y así se le da a Dios el nombre de fuego, en razón de su poder purificador. Porque así como el fuego purifica los metales, Dios purifica el corazón de los pecadores. Por esto se dice en la Escritura: «Vuestro Dios es un fuego que consume» (Deuteronomio 4, 24)».


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No jurarás el nombre de Dios en vano
Por Antonio Maza Pereda

Hay algunas diferencias de orden en la lista de los Mandamientos, pues algunos sectores judíos y protestantes tienen el segundo como tercero, y dejan en el segundo sitio la prohibición de hacer imágenes de Dios, mientra que la Iglesia conserva en el segundo la prohibición de usar el nombre de Dios en vano. Para fines prácticos, ambas versiones son un punto invaluable de reflexión cristiana y su finalidad es, si no idéntica, sí paralela.

Tanto el nombre de una persona como su imagen son, en cierto modo, la persona misma a que se refieren o representan. Cuando decimos el nombre de una persona, y en especial cuando nos dirigimos a ella con su nombre, no únicamente estamos produciendo vibraciones del aire para afectar sonoramente el tímpano de alguien. Estamos tocando a la persona a la que hablamos, diciéndola, definiendo lo que ella es, su naturaleza según la concebimos, o haciendo presente a aquella de la que hablamos. El nombre es mucho más que un simple modo de llenar formularios. Lo mismo pasa con la imagen. La imagen de alguien, en sí misma, no es más que papel o madera, pero verla nos hace presente a ese alguien. Nombrar a Dios, por tanto, es decir todo lo que es Dios, tocar, decir a Dios. Y si Dios es único y es el Señor, necesariamente su nombre es igualmente único y pronunciarlo con respeto es una forma de aceptar su señorío.

¿Quién más sino Dios mismo puede llevar su nombre? ¿De quién más podemos hacer una efigie y decir que es la de Dios, si no es de Jesucristo, el Dios encarnado?

Nosotros, sin embargo, generalmente usamos ese nombre para definirnos a nosotros mismos. Somos lo mejor que hay en el universo. Cuando reconocemos que no tenemos madera de dioses, le otorgamos el nombre a cualquier persona o cosa que pueda hacernos sentir seguros, que nos saque un poquito de nuestra limitación, incapacidad y aparentemente invencible pecado. La mitología antigua está llena de esos dioses: incapaces de ser señores de sí mismos pero capaces de señorear a los demás. El dios que quisiéramos ser.

La mitología contemporánea les da culto a sus nuevos dioses en estadios, teatros y televisión. Cuando hablan los escuchamos reverentes. Juramos en su nombre como si fueran dioses; los hacemos la referencia última de la moralidad. Si lo dijo tal o cual conductor de noticieros es que así debe ser. Sus imágines cubren paredes y primeras páginas. Nos arrodillamos ante los psíquicos, adivinos y otros que aseguran tener poder para develar nuestro futuro.

Muchos medios de comunicación se sirven de todos esos diocesillos para erguirse ellos en el dios único que dicta lo que es bueno y malo; que tiene poder para condenar y salvar.

A veces, incluso, cuando invocamos al Dios verdadero, o manoseamos su imagen suplicantes, lo hacemos para manipularlo, para que se ponga a nuestro servicio y sea garante de nuestras palabras humanas y nuestras mentiras.

Pero, ¿cómo podremos nosotros nombrar a Dios como se debe si su Santo Espíritu no nos ayuda?


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Chistes «en el nombre de Dios»
Redacción de El Observador

A veces consideramos el nombre como algo secundario, banal; sin embargo, nombrar una cosa o persona es «hacer presente» lo nombrado. En este sentido el nombre tiene un peso simbólico y psicológico. Por lo tanto, tomar a la ligera o con poco respeto el nombre de una persona es una forma de atentar contra su dignidad. Desde esta perspectiva podemos entender la lógica del segundo mandamiento.

Existen muchas formas de atentar contra la reverencia debida al nombre de Dios. La más corriente es el simple pecado de falta de respeto: usar su santo nombre como excusa para dar salida a nuestras emociones. «¡Sí, por Dios!»; «Te aseguro, por Dios, que me la vas a pagar». O a veces, por utilizarlo como protagonista para chistes o ironías que, por el sólo empleo del nombre de Dios, o de Jesucristo, o de los santos, resultan de muy escaso buen gusto. Todos conocemos a personas que usan el nombre de Dios con la misma actitud con que mencionarían ajos y cebollas. Es una forma de inconsciencia sobre lo que implica la sacralidad del nombre; da testimonio cierto de lo pobre de su amor a Él.

Por lo general, esta clase de irreverencia es falta leve, porque no se tiene la intención deliberada de deshonrar a Dios o despreciar su nombre; si esta intención existiera, se convertiría en pecado mortal, pero, de ordinario, es una forma de hablar debida a la ligereza y al descuido más que a la malicia.

Este tipo de irreverencia puede hacerse grave, sin embargo, en caso de ser ocasión de escándalo: por ejemplo, si con ella el profesor menoscabara en sus alumnos el respeto que al nombre de Dios se le debe.

Cada vez es más común escuchar chistes o frases que pretenden ser cómicos, denigrando o ridiculizando el nombre de Dios. Esto es una señal del respeto que Le estamos perdiendo.

Por tanto, debemos ser cuidadosos en el uso de la palabra «Dios». No podemos usarla de cualquier forma, así como no nos gustaría que nuestro nombre o el de los seres queridos fuera usado de manera ligera u ofensiva.


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Palabras santas
Por Walter Turnbull

El primer mandamiento de Dios para el hombre es en cierta forma obvio: Amar a Dios porque Él nos ha dado todo y de Él depende nuestra realización. Tan lógico como eso.

Ahora viene la contraparte: el peligro de hacerlo en falso, de hacerlo a medias, de hacerlo por un interés mezquino.

Inmediatamente pienso en nosotros, los cristianos mediocres, que invocamos el nombre de Dios pero lo seguimos a medias, a distancia, y lo hacemos quedar terriblemente mal. Y, peor todavía, los que francamente usan a Dios como herramienta para conseguir popularidad, confianza o poder. Pienso en los que usan un crucifijo como adorno o lo ponen en un estudio de televisión en el que se cocina una sarta de inmoralidades o en un consultorio de curanderos; y qué decir —tanto que falsamente se ha acusado de eso a la Iglesia— los sacerdotes paganos de las sociedades teocráticas, las culturas chamánicas, que invocaban a Dios para controlar a la gente.

Pero antes que todos éstos pondría yo a aquellos que lo hacen veladamente y con toda la malicia del mundo. Son los que, astuta y displicentemente, malabarean palabras como libertad, paz, justicia, igualdad... que son dones preciosos de Dios que hacen la felicidad del hombre y que sólo se consiguen andando en su presencia; hablan de familia, que es Iglesia doméstica y sacramento del amor de Dios; hablan de ciencia que es un don del Espíritu Santo para que el hombre descubra a Dios a través del universo; hablan de derechos —que emanan de la dignidad del hombre como imagen y semejanza de Dios— como si fueran dádivas de los gobiernos; hablan de tolerancia y de respeto y de honestidad y de servicio, que son facetas de la caridad, virtud que sólo viene de Dios; hablan del pueblo y de la sociedad, que son la comunidad de los hijos de Dios en los que Cristo está presente... Muchos hablan de amor, que es Dios mismo, para referirse a los actos más egoístas y degradantes. Democracia, igualdad, mujer... hermosas y santas palabras que nos hablan de Dios, de sus dones y de sus frutos, y que son diariamente mancilladas en boca de aquellos que sólo quisieran deshacerse de Dios para poder dar culto a sus pasiones y ambiciones.


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Dime qué matrimonio tienes y te diré cómo vives el segundo Mandamiento
Por Omar Arcega E.

José Luis alardeaba ante sus amigos del desliz sexual que había tenido en su reciente viaje, es decir, de cómo había engañado a su esposa; éstos lo celebraban entre risas. Sin embargo, Genaro estaba serio; se preocupaba por su amigo. Como buen católico, sabía que no sólo había cometido una falta contra su esposa, sino también contra Dios.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Hay alguna relación entre el matrimonio y el segundo mandamiento? Aunque en un primer momento nos pueda parecer extraña la cuestión, no es tan disparatado plantearnos esto.

Testigo del matrimonio

En efecto, una de las formas de honrar el nombre de Dios es ser fieles a las promesas en donde lo ponemos por testigo. Cundo un hombre y una mujer realizan el sacramento del matrimonio, se hacen una serie de promesas poniendo a Dios como testigo de ellas. De esta forma Dios entra en la historia de esta pareja y se le hace partícipe de las alegrías, dolores y gozos.

José Luis rompió las promesas de fidelidad perpetua, de amor eterno y de respeto mutuo. Faltó al compromiso hecho con su pareja y tomó el nombre de Dios en vano al violentarlas, pues le puso como testigo.

También en pequeñas cosas

Pero en la vida matrimonial no se tiene que llegar a un desliz sexual para romper estas promesas. En las pequeñas cosas y en el día a día es donde se refrendan o se olvidan estos juramentos. Situaciones como el pedir las cosas con amabilidad, exponer las ideas propias con delicadeza, estar abiertos a escuchar a mi pareja. O en lo negativo, como manejar la publicidad con las connotaciones sexuales que hay a mi alrededor, manejar astutamente los conflictos inevitables en cualquier convivencia humana. En estos ámbitos puedo consolidar o destruir las promesas hechas, revelar si considero a mi pareja como una persona o un mero objeto.

El matrimonio es una batalla de todos los días. No sólo está en juego la dignidad del hombre y la mujer implicados, así como el sano desarrollo de los hijos; también cuenta el nombre de Dios que se puso como testigo de esa promesa de amor.


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Blasfemar es atentar contra el nombre de Dios
Por Omar Árcega E.

Una forma de faltar a este mandamiento es decir cosas contra la Religión, y el blasfemar. Blasfemia es toda expresión insultante contra Dios, la Virgen, los santos o cosas sagradas: ya sea con palabras, gestos, signos, dibujos, etc. Es el absurdo deseo de injuriar o deshonrar el nombre de Dios.

Otros pecados pueden hacerse por debilidad o por sacar algún provecho; por ejemplo, robar. Pero el que dice blasfemias no saca nada. La blasfemia es un pecado que va directamente contra la majestad de Dios. Por eso a Dios le duele tanto y lo castiga con gran rigor. La blasfemia es un pecado diabólico. Si crees en Dios, comprenderás que es un disparate insultarle. Y si no crees, ¿a quién insultas?

Vencer la blasfemia

Lo que pasa es que a veces se dicen blasfemias sin darse cuenta del todo. Por mala costumbre. Entonces lo que hay que hacer es proponerse muy en serio quitarse la mala costumbre, pues aunque la blasfemia que se escapa sin querer no es pecado grave, puede serlo el no poner empeño en corregirse. Y estas faltas son de muy mal ejemplo. Oyéndote blasfemar, empiezan a hacerlo también los que antes no lo hacían: tus hijos, tus compañeros de trabajo, etc. Para corregirte puede ayudarte el ponerte un pequeño castigo. Por ejemplo, estar tantos días sin fumar cuantas blasfemias se te escapen. Si te gusta el tabaco verás qué pronto te corriges. Si no te atreves a tanto, prívate de algún cigarro, haz cualquier otro pequeño sacrificio; pero no dejes la falta sin castigo. Si no fumas, prívate de otra cosa que te guste mucho. Si no se te ocurre otra cosa, podrías dar unas monedas de limosna por cada falta. El ponerse castigos es el mejor medio para corregirse de un defecto. Si en alguna ocasión oyes alguna blasfemia y puedes corregirla, hazlo así. Y si no puedes, di: «Alabado sea Dios». Si lo dices en voz alta, mejor; y sino te atreves, al menos, dilo en voz baja.

Niveles de blasfemia

La blasfemia admite distintos grados. A veces es la reacción instantánea ante la contrariedad, el dolor o la impaciencia: «Si Dios me ama, ¿cómo permite que esto ocurra?», «Si Dios fuera bueno no me dejaría sufrir tanto». Otras veces se blasfema por insensatez: «Ése sabe más que Dios», «A fulano, ya ni Dios lo detiene». Pero también puede ser claramente antirreligiosa e, incluso, proceder del odio a Dios: «Los Evangelios son un mito oriental», «La Misa es un engaño», «Dios es un invento, una fábula». En este último tipo de blasfemia hay, además, un pecado de infidelidad. Cada vez que una expresión blasfema implica negación de una determinada verdad de fe como, por ejemplo, la virginidad de María o la existencia de los ángeles, además del pecado de blasfemia hay un pecado de herejía.

En sí misma, la blasfemia es siempre pecado mortal, porque siempre lleva implícita la intención de inferir a Dios una grave deshonra. Tan sólo cuando carece de suficiente premeditación o consentimiento es venial, como sería el caso de proferirla bajo una pena atroz.

No hay que confundir las blasfemias —palabras injuriosas con las que se insulta a Dios, a la Virgen, etc.— con las palabras feas, que solemos llamar malas palabras o maldiciones. Las palabras malsonantes y soeces son señal de poca educación y no deben decirse; pero no son blasfemias.

Con información de: catholic.net y encuentra.com


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Cristo con minúscula
Por J. Jesús García y García

En una pequeña nota lo informó la agencia ACI hace casi cuatro años: «Según una nueva norma gramatical aplicable a los Países Bajos y Bélgica, a partir de agosto de 2006, el nombre de ‘Cristo’ será escrito con ‘c’ minúscula». El objetivo de esa disposición no puede ser otro que el de reducir en la medida de lo posible la fuerza del nombre sagrado.

En la interminable cadena de atentados contra la Iglesia (cuchillito de palo), lo anterior no es sino un eslabón más o menos equiparable (en la intención, no en la autoridad desplegada) con la medida que adoptó julie furlong (la falta de mayúsculas en este nombre es totalmente adrede de mi parte) cuando preparó su libro de entrevistas Testimonios de fin de siglo (México, Planeta, mayo de 2000). Decidió escribir Dios con minúscula (así, con el mismo desparpajo y el mismo «derecho» con que yo ahora escribo julie furlong) y logró hacerlo hasta nueve veces en una misma página. Quiero decir que no son erratas de captura, sino que el disparate se produjo por sistema, un sistema nacido de la particular bronca que julie debe traerse en contra de la fe. Porque escribió bien Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Fernando Gutiérrez Barrios, Rosario Ibarra, etcétera.

Quien estudió gramática castellana (la de Emilio Marín, por ejemplo) recordará que, en la parte relativa a la Analogía, en las primeras lecciones, se definían los nombres propios o individuales (que después, en la parte referente a la Ortografía, se nos indicaría que empiezan siempre con mayúscula), y el primer ejemplo que se nos daba era éste: Dios, seguido de Pedro, Cuba, Manila... Y podía uno mudar de autor; el primer ejemplo era el mismo: Dios, seguido de Jehová, Jesús, Luzbel...

Hay detrás de nosotros toda una historia larguísima del trato dado a Dios en la escritura: siempre con mayúscula. Ni los más conspicuos ateos (si los hay) tuvieron jamás empacho en escribir el nombre divino con mayúscula, aunque sólo fuera por una explicable muestra de respeto, o ya de perdida, de gramaticalidad. ¿Cómo es que viene ahora una minúscula actriz y escritora a cambiarnos de tal modo las cosas?


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DILEMAS ÉTICOS
Vano

Por Sergio Ibarra

Del latín vanus, significa sin efecto, sin resultados, sin fundamento, frívolo, fútil, tonto. En vano, inútilmente. Dice el segundo Mandamiento: No nombrarás el nombre de Dios en vano. ¿Por qué sería que Dios lo puso, y por qué en segundo lugar? Las primeras interpretaciones que uno hace desde la infancia es que no debe uno por ahí andar prometiendo cosas en el nombre de Dios: «te lo juro por ésta» o «por Diosito» o «no lo vuelvo a hacer, te lo prometo por Dios». Quedaba claro que utilizar el nombre de Dios podría servir para garantizar que uno estaba diciendo la verdad, lo cual hace sentido con el significado de vano, es decir que, en su caso, uno debía tener cuidado de no andar jurando cosas en el nombre de Dios que no tuviesen ningún efecto o bien que resultasen en una mentira. Para iniciarnos en esto de intentar entender lo que nos quiere decir el Mandamiento no estaba nada mal esto de no andar haciendo juramentos en el nombre de Dios.

La cosa es un poco más seria y más profunda. Si el ser humano hace de su vida una vanalidad, es decir, una vida hueca, estéril, material, egoísta, sin sentido o infructuosa, es cosa del ser y no de Dios, es cosa de uno, no de Dios. ¿Por qué le andamos endilgando a Dios cosas que no le pertenecen? El mensaje de este Mandamiento tiene que ver con uno de los más grandes dones que Dios nos da: la responsabilización de nuestros destinos y de nuestros actos. Tiene que ver con la conciencia que debiésemos desarrollar para distinguir lo que es de Dios, lo que hacemos en el nombre de Dios, como sus discípulos, y lo que hacemos por cuenta propia, y, conscientes, asumir las consecuencias de lo que hacemos. Es el ejercicio de la libertad lo que hace al hombre responsable de sus decisiones y sus manifestaciones. Es un Mandamiento que nos compromete mucho más allá del hacer juramentos. Dice: «no nombrarás». Si vas a invocar a Dios que sea para caerle bien con nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestros actos. Y es aquí donde el asunto toma el sentido: si has de invocar a Dios es porque ya has hecho algo que vale, que tiene un fundamento, que es inteligente y que tiene alguna utilidad moral o física y que te acredita para ello, por una parte, y por la otra, esto de la conciencia te ayuda a tener una comprensión más amplia para saber cuándo sí y cuando no nombrarle. A quien actúa bien, le va bien; no necesita nombrar a Dios, lo trae consigo, es un discípulo. Y si lo nombra es para darle buenas noticias.

 

 



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