Los Mandamientos aproximados por varios autores


 

EL TERCER MANDAMIENTO
Santificarás las fiestas
(cortesía: elobservadorenlinea.com)


El domingo, ese gran desconocido - El día santo del Señor - Momento de alegría cristiana - «No voy a Misa por…» - Es banquete... pero también Sacrificio - ¿Obligar a los hijos a ir a Misa? - Así vivimos en México el precepto de ir a Misa los domingos - ¿Qué días es obligatorio asistir a la Santa Misa? - ¿Celebrar el sábado o el domingo? - Santificarás el día del Señor, esencia ideológica

 

Éxodo 20, 8-11
Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Dios el cielo y la tierra, el mar y cuanto contiene, y el séptimo descansó, por eso bendijo Yahveh el día sábado y lo hizo sagrado.


Deuteronomio 5, 12-15
Guardarás el día sábado para santificarlo, como te lo ha mandado el Señor tu Dios... No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, ni el forastero que vive en tus ciudades; de modo que puedan descansar...



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El domingo, ese gran desconocido

El gran esfuerzo de Armando era levantarse los domingos. Tenía que ir con su familia a Misa de ocho de la mañana. Esto lo contrariaba sobre manera; el único día que podía dormir «hasta cansarse», y tenía que levantarse a la «fiesta dominical», un concepto que no le quedaba del todo claro pues veía poco festejo en abrir los ojos tan temprano.

Armando cambiaría su visión respecto al tema si leyera la encíclica Deus Domini, de Juan Pablo II, pues ahí se exponen los motivos de alegría que tenemos los católicos para celebrar el domingo, y que a continuación repasaremos:

1° Es día de celebrar las maravillas obradas por Dios Creador, quien después de haber creado todo, al séptimo día descansó. En cada Misa deberías experimentar aquel mismo gozo que Dios experimentó después de la creación: «Y vio que todo era muy bueno».

2° Es el día del Señor Resucitado, conmemoramos el triunfo de Cristo sobre la muerte y el pecado. El domingo es el día del fuego, pues la luz de Jesús está íntimamente vinculada al fuego del Espíritu. Cada semana tenemos oportunidad de resucitar junto con Cristo. En cada domingo te revistes de esa luz y de ese fuego. También es día de la fe. Por eso rezas el Credo: el cristiano renueva su adhesión a Cristo y a su Evangelio, y renueva las promesas del Bautismo. Si sales alegre es porque te has encontrado con Cristo resucitado en esa Misa.

3° Es día de la Iglesia. Porque nos reunimos como comunidad y familia cristiana: con nuestro sacerdote, que preside en nombre de Cristo, y con todos los fieles que, junto a él, celebran la Eucaristía, y que son tus hermanos en la fe. Es el día de la unidad, nos une a todos la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía; y nos damos la paz. Todos participamos: cantos, lectores, guías, personas que llevan al altar las ofrendas... Faltar a Misa es ausentarse de esta fiesta familiar, es perder la oportunidad de convivir con tus hermanos en la fe.

4° Es día del hombre, pues son momentos de alegría, descanso y solidaridad. Es oportunidad para estar en paz contigo mismo, con tus semejantes y con Dios. Es día para disfrutar en familia, para tomarse un descanso del trabajo, para compartir algo con los necesitados. Lamentablemente algunos se van de juerga el sábado en la noche y llegan a su casa en la madrugada del domingo. Y, ¿qué hacen? ¿Santificar el domingo? ¡Qué va! Se echan a dormir perdiendo la oportunidad de una sana convivencia, de un oasis de tranquilidad.

Lamentablemente existimos muchos «Armandos» que no comprendemos la riqueza de este día. Si fuéramos más conscientes de esto, seguramente la pesadumbre del domingo por la mañana se convertiría en alegría. La consecuencia sería vivir a plenitud el mandamiento de santificar las fiestas y con ello consolidar nuestro propio camino de encuentro con Dios y con nuestros hermanos.

Con información de Antonio Rivero, LC


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El día santo del Señor
Por Javier Algara / San Luis Potosí

Para los ajenos al judaísmo, el Shabbat no es más que un día de prohibiciones onerosas. En contraste, un escritor judío polaco, Ajad Ha’am, acostumbraba decir: «Más que guardar Israel el Shabbat, el Shabbat ha guardado a Israel». Podríamos decir algo muy parecido a quienes afirman que la obligación de descansar y asistir a la Eucaristía el domingo es algo sin sentido. La Iglesia no sería la Iglesia sin el domingo y todo lo que éste significa. No es de extrañar, entonces, que las diez palabras del Sinaí, aceptadas por judíos y cristianos por igual, incluyan una que obliga a santificar el Día del Señor, y que esta palabra siga inmediatamente a las que nos ayudan a poner a Dios en el centro de nuestra vida.

Santo es aquello que es perfecto, absoluto y trascendente. Su antítesis es lo mutable y efímero, lo pecaminoso. Si santificar equivale a hacer santo, lo que se nos pide en el tercer Mandamiento es que hagamos santo el día del Señor. Menuda encomienda: ¿cómo puede un hombre, limitado e imperfecto, pecador, santificar un día de su vida? No puede. No, claro, si no se abre a la acción de Dios, dejando que Él se convierta en dueño absoluto de ese día. Tal como lo hizo Jesucristo todos los días y todos los momentos de su vida. La Cruz es la expresión máxima de la aceptación, del reconocimiento obediente e incondicional del señorío de Dios. El Siervo de Yahveh realizó desde la Cruz el acto supremo de santificación. Y la Misa es ese acto. Celebrar la Eucaristía dominical es participar en ese acto santificador; es abrirse incondicionalmente, en Cristo, a que Dios se convierta en dueño absoluto de ese día… y de la historia toda. ¿Cómo podría la Iglesia —todos los bautizados— cumplir su misión santificadora si no se abriera en la Eucaristía cada domingo al Señorío de Dios?

No hace falta decir que la santificación eclesial del domingo en la Eucaristía no basta para que el domingo de cada cristiano quede totalmente santificado. De nada serviría que luego de abrirnos comunitariamente a la acción santificante de la liturgia dominical, nuestras vidas personales prosiguieran como si fuera del templo nosotros recuperáramos el señorío de nuestros días. El descanso exigido por la Iglesia es en realidad una invitación a seguir disponibles para la acción de Dios todo el día. Desconectarse deliberadamente de las preocupaciones laborales el domingo no es solamente una sana práctica de higiene mental, sino también un acto de abandono en manos de Dios, el cual cuidará de nosotros si nosotros nos ocupamos de Él.


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Momento de alegría cristiana
Fragmentos de la carta apostólica Dies Domini, de Juan Pablo II, sobre el domingo

«Sea bendito Aquél que ha elevado el gran día del domingo por encima de todos los días. Los cielos y la tierra, los ángeles y los hombres se entregan a la alegría». Estas exclamaciones de la liturgia maronita representan bien las intensas aclamaciones de alegría que desde siempre, en la liturgia occidental y en la oriental, han caracterizado el domingo. Además, desde el punto de vista histórico, antes aún que día de descanso —más allá de lo no previsto entonces por el calendario civil— los cristianos vivieron el día semanal del Señor resucitado sobre todo como día de alegría. «El primer día de la semana, estad todos alegres», se lee en la Didascalia de los Apóstoles. Esto era muy destacado en la práctica litúrgica, mediante la selección de gestos apropiados. San Agustín, haciéndose intérprete de la extendida conciencia eclesial, pone de relieve el carácter de alegría de la Pascua semanal: «Se dejan de lado los ayunos y se ora estando de pie como signo de la Resurrección; por esto, además, en todos los domingos se canta el aleluya».

Ciertamente, la alegría cristiana debe caracterizar toda la vida, y no sólo un día de la semana. Pero el domingo, por su significado como día del Señor resucitado, es día de alegría por un título especial, más aún, un día propicio para educarse en la alegría, descubriendo sus rasgos auténticos. En efecto, la alegría no se ha de confundir con sentimientos fatuos de satisfacción o de placer, que ofuscan la sensibilidad y la afectividad por un momento, dejando luego el corazón en la insatisfacción y quizás en la amargura. Entendida cristianamente, es algo mucho más duradero y consolador; sabe resistir incluso, como atestiguan los santos, en la noche oscura del dolor, y, en cierto modo, es una «virtud» que se ha de cultivar.


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«No voy a Misa por…»
Hay falsedad en los pretextos para no ir a la Eucaristía
Por Antonio Rivera, LC

Cuando faltan ganas sobran pretextos. La veracidad de esta frase se puede comprobar en cientos de situaciones, pero la que hoy nos interesa en particular es la obligación de asistir a Misa los domingos y días de guardar, es decir, aquellas fechas que la Iglesia considera especialmente significativas.

Veamos algunos de estos pretextos y descubramos la falsedad que hay en ellos.

«No voy a Misa porque es muy larga»

Millones de católicos afirman no ir a Misa por su duración. Se van, en cambio, a un estadio de futbol una hora antes de que empiece el partido, o destinan un par de horas a ver una película. ¿Cuánto dura una Misa de domingo? Una hora como máximo. Esto, ¿te parece mucho? Los cristianos de oriente (Grecia, Rusia, Turquía y Egipto, etc.) demoran casi tres horas en su Misa del domingo, y dicen: «Con Dios no hay que tener afanes y prisas. ¿Por qué andar con tacañería robándole tiempo al Dios que nos dio todo el tiempo que tenemos y que nos va a dar la eternidad?». Por eso un santo decía: «La que es larga no es la Misa. La que es corta es tu fe».

«No voy a Misa porque no tengo tiempo»

¿Todo el tiempo del domingo dedicado al cuerpo, que es mortal, y no hay ni una hora para el alma, que no se va a morir nunca y que está llamada a disfrutar de Dios en el Cielo? Tenemos tiempo para dormir, comer, charlar, jugar y ver televisión, y bailar y reír y hasta tiempo para pecar...y ¿no tenemos tiempo para Dios y para el alma? Siempre nos hacemos tiempo para lo que nos interesa o que consideramos valioso; esto se comprueba ampliamente en la experiencia humana. La Misa dura 60 minutos. El domingo tiene mil 440 minutos. ¿Cuántos minutos das a Dios y cuántos te reservas para ti?

«No voy a Misa porque me queda muy lejos»

Los antiguos campesinos, nuestros bisabuelos, caminaban cuatro y más horas para ir a Misa del domingo; y nosotros, sus hijos o nietos, ¿no seremos capaces de viajar por media hora para ir a la santa Misa? En regiones con pocas vías de comunicación miles de católicos aún invierten horas de viaje para escuchar Misa; la lejanía física sólo en casos extremos se convierte en una justificación válida.

«Yo no voy a Misa porque no me nace»

Las leyes no son para cumplirlas cuando nos nace. Son para todas las veces, para cuando nos nace y para cuando no nos nace.

Si no nos nace ir a Misa tendremos doble premio: uno por la Misa en sí misma, y otro por el sacrificio que hicimos al asistir a ella sin tener deseos de asistir. Jesús dijo que la primera condición para ser discípulo es negarse a sí mismo, es decir, hacer lo que nos cuesta hacer.

«No voy a Misa porque el sacerdote es muy aburrido»

Es que no tienes que ir a Misa por el cura. Tienes que ir para encontrarte con Jesús, para alimentarte con su Palabra y con su Cuerpo y para compartir la fe con tu comunidad parroquial, y salir con ilusión de la Misa dispuesto a transmitir lo que ahí se te ha dado: el mensaje de Cristo que libera y hace feliz. Es cierto que la homilía (sermón) es muy importante y que el sacerdote debe prepararlo muy bien, por respeto a sus oyentes que vienen cada domingo para llevarse un mensaje concreto, vivo, convencido y actual, extraído de las lecturas de ese día.

No nos perdamos en falsos argumentos para dejar de ir a Misa los domingos. Tiempo siempre habrá. No podemos estar sujetos a nuestros gustos y no pongamos por delante las habilidades verbales de los sacerdotes para condicionar nuestra asistencia a la Misa dominical, momento de encuentro con Jesús.

Vea también: ¿Por qué voy a Misa? Razones y Motivos para participar en la celebración eucarística, raíz y cumbre de la Iglesia

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Es banquete... pero también Sacrificio
Redescubriendo el significado de la Misa
Por Omar Árcega

Una de las razones por las que no cumplimos a cabalidad el tercer Mandamiento es porque no comprendemos la riqueza de la Misa; es algo tan común para nosotros que nos olvidamos de su sentido profundo y de su vinculación con nuestra vida.

Un banquete

La celebración de la Eucaristía es un banquete: hay pan, tenemos vino, ambos fruto de la unión de granos de trigo y de racimos de uva, símbolo de la íntima unidad que la Eucaristía realiza entre nosotros. La gota de agua que el sacerdote mezcla con el vino es expresión del pueblo cristiano que se sumerge en Cristo. Por tanto, ya en el plano de los signos que vemos en cada Misa, banquete, pan, vino, gota de agua, cantos... en todo ello se muestra la Eucaristía como sacramento y banquete de unidad de la Iglesia.

Sacrificio e inmolación

El sacrificio que hizo Jesús en la Cruz el viernes santo muriendo por nosotros para darnos la vida eterna, abrirnos el Cielo, liberarnos del pecado... se vuelve a renovar en cada Misa. Cada Misa es viernes santo. Es el mismo sacrificio e inmolación, pero de modo incruento, sin sangre. El mismo sacrificio y con los mismos efectos salvíficos.

En cada Misa, ese Cordero divino que es Jesús se entrega con amor para, con su Carne y Sangre, dar vida a este mundo y a cada hombre.

La Misa es presencia

Cristo se queda en la forma de pan dentro del sagrario; allí se puede ir a visitar a lo largo del día.

Cristo también está presente en la asamblea. En la Palabra proclamada. En el ministro. En el corazón de los fieles (SC 7). Se trata de un gran misterio de presencia que tiene su culmen en ese momento de gran intensidad que es la presencia del don de su Cuerpo y su Sangre real y sacramentalmente entregados por nosotros. De esta manera, la Eucaristía es el don de Cristo a aquellos que por el Bautismo del agua y del Espíritu ya se han transformado en su Cuerpo eclesial.

Gozar la Eucaristía

Como podemos apreciar, la Misa es un momento privilegiado para el encuentro y diálogo con Cristo; se hace presente, a través de las Escrituras, en la asamblea, en la consagración. Es conmemorar la suprema prueba de amor: la entrega de la vida por todos nosotros; es banquete donde afianzamos nuestro sentido de comunidad. Tener esto presente, vivirlo en nuestros corazones, es experimentar el real sentido de la Eucaristía, algo indispensable para hacer vida el tercer Mandamiento.


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¿Obligar a los hijos a ir a Misa?
Muchos padres se preguntan si deben hacer de la asistencia a Misa una cuestión de obediencia. Y no pocos lo resuelven bastante mal
Por Eduardo María Volpacchio / www.iesvs.org

Normalmente no hay problemas, y si uno ha formado bien a sus hijos no tiene por qué haberlos. Pero, si se plantea el problema porque un hijo no quiere ir a Misa un domingo por estar enojado, tener pereza, un plan más tentador; quejarse de que se aburre, está cansado, decir que no lo siente... ¿qué hacer?

Hablar de obligar a los hijos a ir a Misa, hoy día suena bastante mal: casi como un atentado a su autonomía y a la libertad de conciencia. Incluso hay quienes piensan que obrar así sería moralmente malo, que los padres no deberían hacerlo. Pero si uno lo piensa un poco, fácilmente se ve que no es así.

El punto de partida es considerar que faltar a Misa un domingo sin un motivo grave es un pecado mortal. Punto. Así de claro y terminante. No es algo opcional, no es algo recomendado, sino preceptuado por el magisterio de la Iglesia como concreción del Tercer Mandamiento de la Ley de Dios.

Algunos falsos argumentos que a veces se invocan para no imponer a los hijos la asistencia a Misa

- «No lo puedo obligar: si va por obligación es como si no fuera».- No es cierto: basta considerar el ejemplo de la comida: alimenta aunque uno coma sin ganas. El enfermo tiene que comer: lo necesita. Si va, aunque sea sin ganas, cumple el precepto, obedece a Dios. El mero cumplimiento sin amor es imperfecto, pero no es malo: es algo bueno, pero imperfecto. No comete un pecado mortal, ¿te parece poco importante?

- «Yo educo en la libertad».- Es cierto, pero la libertad es para el bien: no le facilitaría el arma con la que va a robar un banco. La exigencia es parte de la formación: espontaneidad no se identifica con libertad, su libertad necesita ayuda para funcionar bien. No siempre se sienten ganas, y esto vale para todo. Si se aplicara este criterio a ir a la escuela... Ir a Misa es bastante más importante que ir a la escuela... Los padres tienen el deber de ayudar, sobre todo cuando más los necesitan; en ese caso su autoridad es como las muletas.

Me dio tristeza el caso de una adolescente que faltaba a Misa con cierta frecuencia. Le pregunté qué le decían sus padres. Que «nada, que respetan mi libertad, dicen que no me van a obligar a ir». Bastaba un empujoncito chiquito para que superara la pereza (único obstáculo que tenía). Sus padres, no exigiéndole, le hacían daño; de alguna manera, al consentir que no fuera, lo aprobaban; y, sobre todo, dejaban que el hábito de no ir a Misa se asentara en su persona.

Por tanto, la respuesta es que sí, que hay que hacerlos ir: y mejor, ir con ellos.


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Así vivimos en México el precepto de ir a Misa los domingos
Aunque el 94% de los católicos mexicanos se siente a gusto con la religión, es una minoría la que asiste a la Eucaristía dominical
Por Gilberto Hernández García

Hace cinco años, durante la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, se hablaba con preocupación «del porcentaje tan bajo —salvo pocas excepciones— de gente que participa en la Misa dominical»; sin embargo, lo que más inquietaba y sigue inquietando a los obispos era la difusión de una mentalidad que tiende a desacralizar el domingo. Los jerarcas hablaban de una «dilución» del sentido del domingo y de su fundamental importancia para la vida cristiana.

México: «creyentes no practicantes»

México, el segundo país con mayor cantidad de personas que se declaran católicas, después de Brasil, no queda exento de esa situación de baja asistencia a la Misa dominical. Según los datos del último censo general, los que profesan la fe católica representarían el 88% de la población nacional.

Sin embargo son muchos los que se consideran «creyentes no practicantes». ¿De qué se trata? ¿Es posible creer sin tener una práctica, por mínima que sea, que vaya en consonancia con eso que se cree? Algunos estudios estadísticos dan cuenta de esta realidad que resulta paradójica.

Según el estudio «Valores y actitudes de los católicos», realizado por la empresa Bimsa, encargado por el Instituto Mexicano de Doctrina Social (IMDOSOC) y hecho público en el año 2006, sólo el 38% de los católicos, en el índice de religiosidad, se consideran de «alta religiosidad». Este índice se obtiene de tres variables: la importancia de la religión en la vida, la frecuencia de participación en servicios religiosos y el número de veces que reza a la semana.

Sorprenden los contrastes en las respuestas dadas en el ejercicio estadístico. Mientras que la gran mayoría de católicos mexicanos (84%) dice que su religión es «muy importante» para ellos, a la hora de hacerla visible mediante la asistencia a la Eucaristía, considerada la práctica más evidente del catolicismo, menos del 40% asiste a la Misa dominical. Por lo tanto, lo que parecería un «buen puntaje» resulta engañoso.

Veamos los datos concretos a la pregunta: «En el último mes, en promedio, ¿con qué frecuencia asistió a servicios religiosos?». Las respuestas fueron: «Una vez por semana», 25%; «Sólo en ocasiones especiales», 25%; «Nunca o casi nunca»,19%; «Más de una vez por semana» 14%; «Una vez al mes», 14%; y «No sabe o no contestó», 2%.

¿Cómo hacer…?

Tener datos fidedignos sobre la asistencia a la Eucaristía dominical es difícil; pero es notorio que hay una baja sensible, aunque no se perciba de igual manera en las diversas regiones del país.

En aquella reunión de la Pontificia Comisión para América Latina que referimos al principio, el cardenal Giovanni Re, decía: «Domingo a domingo, la asistencia a la misa se va convirtiendo en una excelente escuela de vida cristiana y una fuente inacabable de luz y de fuerza para vencer al mal con el bien. Pero, ¿cómo hacer para que la gente vaya a Misa el domingo?». La pregunta aún sigue en el aire.


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¿Qué días es obligatorio asistir a la Santa Misa?

Una de las condiciones para cumplir con el tercer Mandamiento es asistir a Misa los días que la Iglesia considera de «precepto», es decir, aquellos espacios donde los católicos celebramos acontecimientos especialmente significativos.

El domingo se considera el día de precepto por excelencia, pues es un tiempo destinado al descanso y al culto a Dios, pero a lo largo del año hay otras fiestas importantes. A continuación les presentamos las fechas que la Iglesia considera como obligatorias para asistir a Misa. En un segundo momento, los días que la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM) considera obligatorias para los residentes en México:

Fiestas de precepto de la Iglesia católica

- Todos los domingos del año
- Santa María Madre de Dios 1 de enero
- Epifanía Primer domingo después del primero de enero
- Ascensión del Señor 16 de mayo (Movible)
- Corpus Christi 3 de junio (Movible)
- Apóstoles s. Pedro y s. Pablo 29 de junio
- La Asunción 15 de agosto
- Todos los Santos 1 de noviembre
- Inmaculada 8 de diciembre
- Navidad 25 de diciembre

Fiestas de precepto en México

- Todos los domingos del año
- Santa María Madre de Dios 1 de enero
- Corpus Christi 3 de junio (Movible)
- Virgen de Guadalupe 12 de diciembre
- Navidad 25 de diciembre



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¿Celebrar el sábado o el domingo?
Redacción de El Observador

Algunos católicos tienen dudas sobre por qué, si el día sagrado de los judíos era el sábado —incluso Cristo al estar inserto en esta cultura también lo cumplía—, en la Iglesia ese día especial para el culto es el domingo. Ahora nos esforzaremos por discernir la cuestión.

La palabra shabbat (sábado) significa «descanso», «reposo» o «cesación». Es decir, significa simplemente «un tiempo de descanso», y no tiene originalmente ningún significado como «el séptimo día de la semana».

A los judíos el sábado les recuerda la creación de Dios en seis días con su descanso en el séptimo día; este último día es consagrado a Dios. Y el hombre también con su trabajo imita la actividad de Dios Creador, así como su «descanso» (shabbat).

Jesús no suprime explícitamente la ley del sábado. Él, en día sábado, visitaba la sinagoga y aprovechaba la ocasión para anunciar el Evangelio (cfr. Lc 4, 16). Pero Jesús, al igual que los profetas, atacaba el rigorismo formalista de los fariseos y de los maestros de la Ley: «El sábado está hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27).

Por qué el domingo

El principal motivo para celebrar el domingo procede de la resurrección del Señor. Los cuatro evangelistas concuerdan en que la resurrección de Cristo tuvo lugar en «el primer día de la semana», que corresponde al día domingo de ahora (cfr. Mt 28, 1; Mc 16, 2; Lc 24, 1; Jn. 20, 1 y 19).

El hecho de la resurrección de Cristo en el día domingo para los discípulos era altamente significativo y sería, desde entonces, el centro de la fe cristiana.

Los primeros cristianos siguieron en un principio observando el sábado y aprovechaban las reuniones sabáticas para anunciar el Evangelio en el ambiente judío. (cfr. Hch 13, 14). Pero luego el primer día de la semana (el domingo) empezó a ser el día del culto de la primitiva Iglesia: «El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para partir el pan...» (Hch 20, 7). Sabemos que «partir el pan» o «fracción del pan» es la expresión antigua para designar la santa Misa o Eucaristía.

Es, entonces, muy claro que los primeros cristianos tenían su reunión litúrgica —la Santa Misa— en el día domingo, tal como se hace hoy. Escribe Juan, el autor del libro Apocalipsis: «Sucedió que, un día del Señor [domingo], quedé bajo el poder del Espíritu Santo» (Ap 1, 10).

Domingo, día del Señor

Los judíos tenían en alta estima el sábado porque les recordaba el séptimo día de la creación. Era el tiempo destinado al descanso y al culto. La novedad cristiana retoma el sentido del shabbat, pero en recuerdo de la resurrección de Cristo se opta por el primer día de la semana: el domingo. Los primeros cristianos empezaron con esta tradición y se ha mantenido hasta nuestros días.


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DILEMAS ÉTICOS
Santificarás el día del Señor, esencia ideológica

Por Sergio Ibarra

El día domingo es el destinado a Dios. El día en que no se trabaja, se supone. El día para estar con Dios y con la familia.

Santificar las fiestas es una frase que aprendimos de niños en el catecismo. La traducción era requete fácil: ir a Misa los domingos y las fiestas indicadas por la Iglesia y listo. ¿Qué quiere decir este Mandamiento? Nuestra religión, ayer igual que hoy, es objeto de críticas, de ataques y de actos que buscan desprestigiarle. Antes, cuando vino Jesús, y especialmente en la época del inicio de la evangelización, ocurrió lo mismo, y la Iglesia necesitó recurrir a elementos que tradujeran este tercer Mandamiento en algo que, aunque fuese en parte mecánico —una costumbre o un hábito—, finalmente sembrara en el espíritu de la comunidad la santificación del día del Señor.

Los católicos vamos el domingo a Misa para manifestar nuestra ideología y nuestra fe. La Iglesia nos convoca a ir a Misa como una obligación y un gozo de estar con Dios y con nuestro prójimo, con esos que son nuestros vecinos distantes o de plano auténticos extraños. El ir a Misa es un síntoma de una ideología que todo católico debe defender, pero, sobre todo, portar. Que se nos note. El ir a Misa, el orar juntos, el rezar en comunidad el Padrenuestro, el Credo, y el releer el Evangelio, nos manifiesta y nos recuerda quiénes somos, esa ideología que debemos vivir en pensamiento, en intenciones y en obras.

Santificar el día del Señor para el mundo moderno comercializado hasta la saciedad es una de las grandes contradicciones de nuestra ideología que demandaría que restaurantes y comercios cerraran. Claro, ello traería pérdidas de utilidades y de oportunidades de entretenimiento, mas no de recogimiento. Las conveniencias, nuevamente, son el atasque y el abandono de la conciencia.

 

 

 

 



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