Los Mandamientos aproximados por varios autores


 

El Séptimo Mandamiento:
No Hurtarás
(cortesía: elobservadorenlinea.com)


¿De verdad no somos ladrones? - Así se desobedece el séptimo Mandamiento - ¿Puede haber justificantes en que el robo no sea pecado? - Si, pudiendo hacerlo, no restituyes lo robado, de nada te sirve la Confesión - No es tan difícil robar - El séptimo mandamiento y la doctrina social cristiana - Corrupción, asunto de todos



Éxodo 20, 15
No robarás.

Deuteronomio 5, 19
No robarás.

I Corintios 6, 9-10
¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! (...) Ni los ladrones, ni los avaros (...), ni los rapaces heredarán el Reino de Dios.




¿De verdad no somos ladrones?
Explica el Catecismo de la Iglesia Católica que el séptimo Mandamiento contenido en el Decálogo «prohíbe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y perjudicar de cualquier manera al prójimo en sus bienes». Esto implica que también «prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo de los hombres». Además, «con miras al bien común, exige el respeto del destino universal de los bienes y del derecho de propiedad privada».

Aunque lo anterior pueda sonar un poco rebuscado, quizá adecuado para que lo estudien los sociólogos y lo pongan en práctica los políticos, los policías y los economistas, no es en realidad ajeno a la vida cotidiana de los cristianos de a pie. Aun cuando la mayoría de la gente está segura de que no roba, podría ser que esté equivocada y requiera hacer rectificaciones en su vida cotidiana a fin de obedecer verdaderamente el mandato divino de «no hurtarás». Así, a continuación traducimos a lenguaje práctico lo que enseña Dios a través de su Iglesia, y ésta a traves del citado Catecismo:

Así se desobedece el séptimo Mandamiento
Se peca contra este mandamiento, en mayor o menor grado,realizando cualquiera de las siguientes acciones:

+ Tomar bienes ajenos (objetos, dinero, etc.) contra la voluntad de su dueño.

+ No devolver lo que se recibió en préstamo: vivienda, objetos, dinero, etc.

+ Encubrir al que roba.

+ Retener objetos perdidos, en lugar de buscar a sus dueños legítimos para devolverlos.

+ Comprar una cosa que se sabe o se sospecha que es robada.

+ Consumir sin pagar pan, fruta, refrescos, etc., en los supermercados.

+ Dañar voluntariamente la propiedad privada ajena o la propiedad pública, por ejemplo, pintarrajeando las paredes con graffitis, o rayando y maltratando los autobuses urbanos.

+ Evadir el pago de impuestos.

+ Falsificar facturas.

+ Dar cheques sin fondos.

+ No cumplir, pudiendo hacerlo, los contratos de renta, de compra-venta o de trabajo.

+ Robarse la señal de televisión por cable.

+ Comprar películas o discos piratas.

+ Endeudarse con créditos, letras de cambio, pagarés, trajetas de crédito, tandas, etc., sabiendo de antemano que no se tendrán los recursos necesarios para pagar.

+ Apropiarse de los recursos de la Tierra para beneficio personal, olvidando que fueron dados por Dios para el bien de todos.

+ Defraudar en el comercio: poner precios injustos en la venta de bienes o en la prestación de servicios; ofrecer productos o servicios de mala calidad y hacerlos pasar como buenos; dar kilogramos de 800 gramos y litros de 900 mililitros, etc.

+ Negarse a ayudar, pudiendo hacerlo, a los necesitados.

+ Esclavizar a los trabajadores o tratarlos como mercancía.

+ Obligar a trabajar a los empleados fuera de su horario o hacerlos realizar labores ajenas a la empresa que los contrató.

+ Pagar salarios injustos.

+ Retrasar el pago de salarios, cuentas, deudas, etc., ya sea por negligencia o a fin de «jinetearse» el dinero un rato.

+ Adjudicarse, los que ostentan poderes, jugosos salarios y/o sueldos vitalicios (ojo: no es lo mismo sueldo vitalicio que pensión por enfermedad o jubilación).

+ Despilfarrar los bienes personales o los bienes de la familia comprando cosas innecesarias, sosteniendo vicios (borracheras, tabaquismo, etc.), endeudándose para preprarar fiestas costosas, etc.

+ Despilfarrar los bienes del lugar donde se trabaja, ya sea llegando tarde o saliendo más temprano del horario convenido, desperdiciando el tiempo de labores fingiendo trabajar sin hacerlo, haciendo mal el trabajo, desperdiciando o sustrayendo los insumos de la empresa, etc.

+ Despilfarrar los bienes de la naturaleza deforestando territorios, contaminando ríos, lagos y mares, desperdiciando el agua, contaminando con vehículos que no pasan la verificación vehicular, tirando basura en las calles, experimentando con animales más allá de los límites razonables, etc.

+ Comprometer los bienes en apuestas de juegos de azar.

+ Sobornar o dejarse sobornar; por ejemplo, dar «mordida» a un agente de tránsito o cualquier otro funcionario público.

+ Extorsionar; es decir, amenazar a alguien con ocasionarle un daño si no otorga un beneficio o dinero al amenazante.

+ Prestar dinero exigiendo un interés a cambio (usura).

+ No pagar la cooperación diocesana (incorrectamente conocida como «diezmo») conforme a lo que la Iglesia dispone.

+ Si le dan cambio de más en la tienda, no devolverlo.

Son sólo algunos ejemplos de violación al séptimo Mandamiento. Cuando el robo ha sido con violencia personal, el pecado es más grave, y por lo tanto debe manifestarse esta circunstancia en el sacramento de la Confesión. Lo mismo cuando se trata de un robo sacrílego: por ejemplo, robar un cáliz consagrado, o robar de las alcancías de un templo. Y más vale no minimizar las faltas, pues tan robo es hurtar un banco con mano armada como ejercer el «robo hormiga» en el súper.


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¿Puede haber justificantes en que el robo no sea pecado?
Por el P. Antonio Rivero, L.C.
Bajo ciertas condiciones, puede ser lícito tomar los bienes ajenos. Esto no quiere decir que existan excepciones a la ley de Dios pues, por ser ésta perfecta, prevé todas las eventualidades. Lo que en realidad sucede es que la formulación completa de este precepto podría ser: «No tomarás injustamente los bienes ajenos». En casos de extrema necesidad, cuando no hay otra forma de solución, el derecho a la vida y el destino universal de los bienes está por encima de la propiedad privada.

Estas acciones pueden llevarse a cabo siempre y cuando no se ponga al prójimo en la misma necesidad que uno padece. Además, una vez que ha pasado la necesidad extrema, y el deudor está en condiciones, ha de buscar el modo de restituir el daño causado.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2408, dice lo siguiente: “No hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si el rechazo es contrario a la razón y al destino universal de los bienes. Es el caso de la necesidad urgente y evidente en que el único medio de remediar las necesidades inmediatas y esenciales (alimento, vivienda, vestido…) es disponer y usar de los bienes ajenos».

Si una persona se está muriendo de hambre o que no tiene recursos para comprar una medicina fundamental para salvar la vida de su hijo, puede apropiarse de lo que necesita; pero tiene la obligación, una vez pasada la necesidad, de restituir lo tomado, si fuera posible.

Así mismo, puede cobrarse uno mismo lo que se le debe sin consentimiento del deudor siempre y cuando se cumplan estas condiciones: que la deuda sea verdadera; de estricta justicia; que el pago no se pueda obtener de otro modo, y que no se cause ningún daño. Esto no significa que tú puedes tomar la justicia por tu mano, sino que, agotados todos los procesos ordinarios para obtener lo que es propiedad legítima, el obtenerla sin conocimiento o consentimiento del injusto propietario, no puede considerarse robo.


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Si, pudiendo hacerlo, no restituyes lo robado, de nada te sirve la Confesión
Pecaste contra el séptimo Mandamiento. Te arrepentiste. Acudiste al sacramento de la Confesión. ¿Ya acabó todo? No; aunque el sacerdote no lo haya dicho —es tan de sentido común que lo da por sobreentendido—, la obligación de todo aquel que roba es restituir lo robado, si es que está en sus posibilidades.

«¡Ah, pues yo no puedo restituir nada porque ya me gasté el dinero comprando una nueva televisión!». Entonces vende el televisor y regresa el dinero a su legítimo dueño; o ponte a ahorrar y devúelvelo aunque sea poco a poco.

«¡Es que yo robé comida, y ya hasta la digerí! ¿Cómo se la devuelvo a su dueño?». De acuerdo: entonces, cuando tu situación económica mejore, intenta ahorrar para devolver el valor de lo robado.

«¡Es que si voy con mi vecino y le digo: ‘Mira yo soy el que se robo las sillas de tu jardín, aquí están de vuelta’, me va a mandar a la cárcel!». Sí, es verdad que se corre ese riesgo; pero, por justicia, el ideal cristiano es asumir ese riesgo a fin de reparar el pecado cometido. Es una lástima que el miedo al encarcelamiento como razón para no restituir lo robado no se haya presentado con la misma intensidad al momento de cometer el hurto.

«¿Pero qué no es muy exagerado eso de devolver el valor de lo robado? Si Dios ya nos perdonó y estamos dispuestos a nunca más robar, ¿no es suficiente con eso?». Juan el Bautista dijo en su predicación, y así nos lo sigue diciendo hoy: «Dad fruto digno de conversión» (Mt 3, 8). Si de verdad estamos arrepentidos, trataremos de enmendar de algún modo las faltas cometidas.

Ya en tiempos del Antiguo Testamento, a pesar de las muchas excepciones que se concedían a los judíos debido a la dureza de su corazón (por ejemplo, se permitía el divorcio), la restitución ante el robo era categórica: «[El ladrón] debe restituir; si no tiene con qué, será vendido para restituir por su robo» (Ex 22, 2). Incluso, además de la restitución, se exigía una compensación adicional: «Si lo robado, sea buey, asno u oveja, fuere hallado vivo en su poder, restituirá el doble» (Ex 22,3). Y ya el profeta Ezequiel afirma: «Si el impío hiciere penitencia y restituye lo robado tendrá la vida verdadera» (Ez 33, 14-15).

La Nueva Alianza no podía quedar moralmente por debajo de la Antigua, por eso Jesús bendijo a Zaqueo cuando éste decidió: «Si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo» (Lc 19, 8). Y el Catecismo, en su número 2412, recuerda la necesidad de restituir.

Lógicamente, si uno no puede restituir todo lo que debe, tiene que restituir, al menos, lo que pueda; y procurar llegar cuanto antes a la restitución total. Por cierto, no es necesario que la restitución se haga públicamente o por sí mismo, o a sabiendas del dueño verdadero; se puede hacer a través de otra persona. Lo importante es reparar de manera equivalente la justicia quebrantada.


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No es tan difícil robar
El Observador / Redacción
Jazmín se consideraba una persona honorable: «Nunca he robado nada a nadie», se decía a sí misma; al mismo tiempo una sonrisa se dibujaba en su rostro. Por tanto, consideraba que cumplía el séptimo Mandamiento a la perfección. Opinión distinta tenía su esposo, quien había escuchado en la homilía que este mandamiento significa respetar los bienes ajenos; esto implica, entre otras cosas, cumplir las promesas hechas y cumplir con los contratos pactados, algo en lo cual Jazmín cojeaba un poco. Pero veamos algunos de los aspectos de este Mandamiento.

Especulación de precios

Esto se da cuando incrementan sin razón justificada los precios de los bienes y servicios, cuando se usa la llamada «ley de la oferta y la demanda» para aumentar las ganancias a costa de la pobreza de otros. Por tanto, cualquier tipo de especulación económica es una falta a este precepto. Una de las razones de la crisis global que vivimos se debe a que los dueños de los grandes capitales han estado ganando dinero haciendo subir y bajar las acciones en las casas de bolsa, le han «apostado» a la devaluación o al fortalecimiento de ciertas monedas. Esto no es otra cosa que «especular». Con estos actos se han llevado por delante el bienestar de millones de familias, es decir, se han enriquecido a costa de muchos.

La corrupción

Esto mina la cultura de la legalidad en las naciones. Se da tanto en los altos niveles políticos, sociales y económicos como en el mundo cotidiano de los ciudadanos de a pie; tan corrupto es aquel que pretende escabullirse de una infracción, como el que desvía millones de programas públicos. Los sobornos, las «mordidas», el nepotismo y la malversación de fondos se encuentran afectando los derechos de las personas, pues privan de oportunidades y de condiciones de igualdad a un grupo de personas con respecto a otros. Colocar en ciertos puestos no a los mejor preparados sino a los familiares priva a los gobernados de las mentes más capaces para resolver sus problemáticas, hace una distinción entre ciudadanos de primera y segunda; un nepotista nunca será un buen católico.

Los contratos

No cumplir con la pactado es otra forma de menoscabar este mandamiento. Todo contrato debe ser ejecutado y hecho de buena fe. Obviamente lo pactado debe estar dentro de la legalidad, no tiene que violentar la dignidad de las personas, es necesario que sea congruente con su naturaleza. Una forma de violar este precepto es haciendo acuerdos que se sabe de antemano que no han de ser cumplidos. Esto incluye contratos civiles o mercantiles, así como votos o promesas hechas a Dios. El voto es la promesa libre y deliberada hecha a Dios, mientras que la promesa es un acto en «el cual el cristiano se consagra a Dios o le promete una obra buena». Cumplir un contrato, promesa o voto es, en definitiva, no robar.

Cumplir con el precepto

Como podemos ver, este mandamiento llega al centro de nuestras relaciones económicas. Por lo tanto, también norma nuestras interacciones sociales. Por esto, al violentarlo, dejamos dañadas las distintas dinámicas sociales que nos dan seguridad y justicia. Con ello contribuimos a construir un mundo donde la ambición y la crueldad son la norma. Las primeras y últimas víctimas somos nosotros mismos.


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El séptimo mandamiento y la doctrina social cristiana
Corrupción, asunto de todos
Fragmentos de una Nota del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz sobre la corrupción y su implicación según la doctrina social de la Iglesia
La corrupción es un fenómeno que no conoce límites políticos ni geográficos. Está presente en los países ricos y en los países pobres. Es difícil establecer los alcances de la corrupción en el mundo de la economía. De cualquier forma se trata de enormes recursos que también afectan a la producción y a las políticas sociales. Los costos recaen sobre los ciudadanos, ya que la corrupción se paga desviando los fondos de su legítima utilización.

No se puede atribuir toda la corrupción sólo a los operadores económicos ni sólo a los funcionarios públicos. La sociedad civil tampoco está exenta. Es un fenómeno que atañe tanto a cada uno de los Estados como a los organismos internacionales. Se favorece por la escasa transparencia en las finanzas internacionales, la existencia de paraísos fiscales y la disparidad de nivel en las formas de combatirla, con frecuencia restringidas al ámbito de cada Estado, mientras que el ámbito de acción de los actores de la corrupción es con frecuencia supranacional e internacional. Es también favorecida por la escasa colaboración entre los Estados en el sector de la lucha contra la corrupción, la excesiva diversidad en las normas de los varios sistemas jurídicos, la escasa sensibilidad de los medios de comunicación con respecto a la corrupción en ciertos países del mundo y la falta de democracia en varios países. Sin la presencia de un periodismo libre, de sistemas democráticos de control y de transparencia, la corrupción es indudablemente más fácil.

La corrupción priva a los pueblos de un bien común fundamental, el de la legalidad: respeto de las reglas, funcionamiento correcto de las instituciones económicas y políticas, transparencia. La legalidad es un verdadero bien común con destino universal. En efecto, la legalidad es una de las claves para el desarrollo, en cuanto que permite establecer relaciones correctas entre sociedad, economía y política. Siendo un bien común, se le debe promover adecuadamente por parte de todos: todos los pueblos tienen derecho a la legalidad. La práctica y la cultura de la corrupción deben ser sustituidas por la práctica y la cultura de la legalidad.

La doctrina social de la Iglesia empeña todos sus principios en el frente de la lucha contra la corrupción, los cuales propone como guías para el comportamiento personal y colectivo. Estos principios son la dignidad de la persona humana, el bien común, la solidaridad, la subsidiaridad, la opción preferencial por los pobres, el destino universal de los bienes. La corrupción contrasta radicalmente con todos estos principios, ya que instrumentaliza a la persona humana utilizándola con desprecio para conseguir intereses egoístas.

Las Iglesias locales están comprometidas fuertemente en la formación de una conciencia civil y la educación de los ciudadanos para una verdadera democracia.

 



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