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Los Mandamientos aproximados por varios autores: Décimo Mandamiento No desear los bienes ajenos

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Comentario del P. Loring sj


DÉCIMO MANDAMIENTO
No codiciarás las cosas ajenas
 


Esa peligrosa envidia 

- La envidia, hermana de la codicia 

- El sano deseo de lo material 

- Entender la pobreza 

- Una pobreza cristiana y activa 

- El décimo mandamiento 

- «El mal no está en los bienes, sino en que el hombre los considere un tesoro absoluto» 

- El décimo mandamiento en casa
 


Éxodo 20, 17
No codiciarás la casa de tu prójimo... ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo.

Deuteronomio 5, 21
No codiciarás su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo.




Esa peligrosa envidia
Por Alfonso Aguiló
Cervantes llamó a la envidia «carcoma de todas las virtudes y raíz de infinitos males. Todos los vicios —añadía— tienen un no sé qué deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabia».

La envidia no es la admiración que sentimos hacia algunas personas, ni la codicia por los bienes ajenos, ni el desear tener las dotes o cualidades de otro. Es otra cosa.

La envidia es entristecerse por el bien ajeno. Es quizá uno de los vicios más estériles y que más cuesta comprender y, al tiempo, también probablemente de los más extendidos, aunque nadie presuma de ello (de otros vicios sí que presumen muchos).

Quiere dañar pero se daña a sí mismo

La envidia va destruyendo —como una carcoma— al envidioso. No le deja ser feliz, no le deja disfrutar de casi nada, pensando en ese otro que quizá disfrute más. Y el pobre envidioso sufre mientras se ahoga en el entristecimiento más inútil y el más amargo: el provocado por la felicidad ajena.

El envidioso procura aquietar su dolor disminuyendo en su interior los éxitos de los demás. Cuando ve que otros son más alabados, piensa que la gloria que se tributa a los demás se la están robando a él, e intenta compensarlo despreciando sus cualidades, desprestigiando a quienes sabe que triunfan y sobresalen. A veces por eso los pesimistas son propensos a la envidia.

Wilde decía que «cualquiera es capaz de compadecer los sufrimientos de un amigo, pero que hace falta un alma verdaderamente noble para alegrarse con los éxitos de un amigo». La envidia nace de un corazón torcido, y para enderezarlo se precisa de una profunda cirugía, y hecha a tiempo.

Para superar la envidia es preciso esforzarse por captar lo que de positivo hay en quienes nos rodean: proponerse seriamente despertar la capacidad de admiración por la gente a la que conocemos.

Hay muchas cosas que admirar en las personas que nos rodean. Lo que no tiene sentido es entristecerse porque son mejores, entre otras cosas porque entonces estaríamos abocados a una tristeza permanente, pues es evidente que no podemos ser nosotros los mejores en todos los aspectos.

La envidia lleva también a pensar mal de los demás sin fundamento suficiente, y a interpretar las cosas aparentemente positivas de otras personas siempre en clave de crítica. Así, el envidioso llamará ladrón y sinvergüenza a cualquiera que triunfe en los negocios; o interesado y adulador a aquél que le está tratando con corrección; o, como muestra de envidia más refinada, al hablar de ése que es un deportista brillante, reconocido por todos, dirá: «ese imbécil, ¡qué bien juega!».

Admirarse de las dotes o cualidades de los demás es un sentimiento natural que los envidiosos ahogan en la estrechez de su corazón.




La envidia, hermana de la codicia
La Real Academia de la Lengua define la envidia como la «tristeza o pesar del bien ajeno». Es una pasión desordenada que nos lleva a sentir tristeza al ver y constatar el bien ajeno, las cualidades del otro, el coche del otro, la novia del otro, la casa del otro, etc. Es muy sutil. Lo peor de todo es que se desea que ese bien desaparezca, se desea el mal al otro, por eso es un pecado capital. Pensamos que ese bien nos disminuye. Es más, el envidioso se alegra cuando le va mal al otro, que tenía tantas cualidades. La envidia tiene su origen en la soberbia que es, junto a la sensualidad, madre de los demás pecados.

Las emociones que la acompañan

Los celos, en sentido estricto, son la inquietud de que la persona amada pueda cambiar su cariño; pero, en sentido amplio, se entienden como la tensión creada cuando percibo que soy menos preferido que otros. En otras palabras, cuando veo que un compañero de trabajo es halagado, cuando percibo que un hermano es más valorado, en ese momento me siento menos querido; ahí es donde surgen los celos.

Envidiar es pecar

En sí es un pecado muy grave porque se opone a la virtud de la caridad, que es la principal virtud de un cristiano, que te manda alegrarte del bien del prójimo. Cuanto más envidias, mayor es tu pecado. Santo Tomás decía que la envidia de los bienes espirituales del otro es pecado gravísimo. Suscita odio, calumnia, murmuraciones, deseos malos, siembra divisiones, impulsa a la búsqueda inmoderada de riquezas.

Como vencerla

+ Alégrate de los triunfos de tus compañeros, vive su gozo como si fuera el tuyo; los éxitos obtenidos son frutos del esfuerzo y de las habilidades personales. Que te sirvan de ejemplo para obtener tus propios logros.

+ Fomenta la emulación buena entre tus amigos; esto es, trata de imitar las cualidades positivas que ves en otros, no por mero orgullo o afán de humillar sino para tu crecimiento personal.

+ Pide la gracia de Dios para que te conceda un corazón grande, magnánimo, generoso. Esto implica rezar, acercarse a los sacramentos, poner en Dios nuestras alegrías y los sentimientos que nos suscitan los éxitos de los que nos rodean.

El ser esclavos de la envidia nos convierte en seres mezquinos, incapaces de ver a los que nos rodean con caridad. Por ello debemos estar muy atentos a las emociones que nos generan los triunfos de nuestros prójimos. Cuando sintamos rencor por sus logros ocupémonos en desechar esas percepciones; sólo así seremos seres humanos libres y plenos.

Con información del P. Antonio Rivero / Catholic.net




El sano deseo de lo material
Por Omar Árcega E.
Arturo tiene su casa, un vehículo austero y no muy viejo, un trabajo que le permite vivir sin lujos pero sin necesidades. Su hermana Joaquina gana tres veces más, su carro es del año y su nivel de vida es más alto. Al preguntarles por su grado de felicidad, Arturo afirma ser mucho más feliz que Joaquina. Ella siempre ve con resentimiento cómo otros tienen mejores cosas. Arturo simplemente agradece lo que Dios, a través de la vida, le ha dado. Aquí vemos cómo el hermano vive el décimo mandamiento y cómo la hermana necesita ser evangelizada al respecto.

La concupiscencia

Para entender la riqueza de este mandamiento tenemos que hablar de la concupiscencia, la cual es el deseo desordenado y desproporcionado de algo que consideramos valioso. Cuando existe un desmedido interés por alguna circunstancia, persona u objeto, nos olvidamos de todo lo demás; reclasificamos nuestra escala de valores y todo lo subordinamos a alcanzar ese bien. Cuando esto sucede consentimos deseos impuros, es decir, impulsos que nos hacen perder la pureza de corazón. El problema no es desear tener bienes materiales, sino hacerlo de forma desordenada «Donde esta tu corazón ahí esta tu tesoro»(Mt 6, 21), nos dice Cristo, pues el dejarnos llevar de forma desproporcionada por ciertos impulsos hace que tengamos nuestro corazón puesto en ellos. En esencia esto es la concupiscencia y es la raíz del codiciar los bienes que tienen otros.

El deseo de lo material

Este mandamiento no prohíbe un ordenado deseo de riquezas, como sería una aspiración a un mayor bienestar legítimamente conseguido; manda conformarnos con los bienes que Dios nos ha dado y con los que honradamente podamos adquirir. Pero sí sería pecado murmurar con rabia contra Dios porque no te da más; y tener envidia de los bienes ajenos.

La gran novedad en este mandamiento la introduce Jesús en el Sermón de la Montaña. Primero, el Señor advierte acerca de la fragilidad de los bienes terrenos, y previene contra el afán de poseerlos, pues, si se absolutizan, el deseo de poseer se apodera del corazón: «Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín los corroen ni horadan ni roban. Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6, 20-21).

Seguidamente, Jesús llama la atención acerca del peligro de que se idolatren las cosas que se poseen, hasta el punto de ponerlas en competencia con Dios. Así añade: «Nadie puede servir a dos señores, pues o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien, adhiriéndose al uno, menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mt 6, 24).

Pero la enseñanza de Cristo va más allá, pues muestra la disposición interior que ha de tener el creyente en relación a los bienes materiales: no debe inquietarse en tenerlos y disponer de ellos, sino que ha de manifestar en todo su confianza en la providencia amorosa de Dios: «Por eso os digo: No os inquietéis por vuestra vida, por lo que habéis de comer o beber, ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir» (Mt 6, 25).

El reto

Debemos valorar los bienes materiales en su justa medida. Están allí para nuestro bienestar, es legítimo desearlos. El problema surge cuando en nuestra escala de valores los ponemos en primer lugar, pues nos convertimos en esclavos de ellos y en nuestro corazón surge la envidia. Esto es faltar al décimo mandamiento. Como católicos debemos disfrutar de lo material, pero no ponerlo en el lugar de Dios.




Entender la pobreza
Por Jorge Enrique Mújica, LC
Una eficaz ayuda para vivir el décimo mandamiento es poseer un espíritu de pobreza. Con esto la Iglesia católica no propone que sus fieles carezcan de bienes materiales, como algunos han pretendido hacer creer; por eso es necesario clarificar el término.

El sermón de la montaña

Jesús no canonizó la pobreza a secas. San Mateo especifica mejor la bienaventuranza evangélica de Jesús cuando dice: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3). La pobreza de que se habla nunca es un simple fenómeno material. La pobreza puramente material no salva, aun cuando sea cierto que los más perjudicados de este mundo pueden contar de un modo especial con la bondad de Dios. Pero la pobreza tampoco es una actitud espiritual.

Nos encontramos así con dos matices de pobreza: la material y la espiritual. Dentro de cada una de éstas hay dos tipos de pobrezas más, una mala y una buena.

Los tipos de pobreza

La pobreza material negativa deshumaniza y debe ser combatida. Es la pobreza ante la que muchos preferimos no voltear, ante la que se calla, ante la que se enmudece cuando se mira de frente. ¡Cuántos se han hecho santos de Dios al entrar en contacto con ella! Sabemos que existe, conocemos en dónde, su rostro nos es del todo familiar… Pero hasta que uno no se pone en la realidad más absoluta del otro la pobreza se sigue mirando con indiferencia.

La pobreza material positiva libera y eleva; es el ideal evangélico que debemos cultivar. Es el querer vivir desprendido para que nada me ate y sea efectivamente libre. Y aquí entra el desapego de cosas, personas y pensamientos. No es minusvalorar ni una especie de frigidez del corazón, no. Es un ensanchamiento del mismo donde todos tienen recta cabida a partir de la jerarquía encabezada por Dios y del cual proviene el orden.

La pobreza espiritual negativa es ausencia de los bienes del espíritu y de los valores humanos: es la pobreza de los ricos. Nada más grotesco, nada más burdo que una pobreza de este tipo. La sensibilidad no existe, los valores y las virtudes se han extinguido; no hay amor, ni esperanza, ni fe; no hay un horizonte, la vida no importa, la existencia es oscura, el hombre no ha sido amado ni sabe amar: Dios no existe.

La pobreza espiritual positiva está hecha de humildad y fe en Dios, que son los frutos más bellos nacidos del árbol frondoso de la pobreza bíblica: es la riqueza de los pobres. Es la pobreza de los hombres que se saben pobres también en su interior, personas que aman, que aceptan con sencillez lo que Dios les da, y precisamente por eso viven en íntima conformidad con la esencia y la palabra de Dios.

Vivir la pobreza
Como católicos estamos llamados a vivir el décimo mandamiento. Esto nos exige un espíritu de pobreza, no una pobreza de espíritu.




Una pobreza cristiana y activa
Por Carlos Padilla, LC / Gama
Gaudí era el artista más renombrado de la ciudad. Su originalidad y talento le situaron en la cúspide de la fama. Le llovían trabajos con remuneraciones magníficas, estaba a cargo de obras de envergadura, materialmente no le faltaría nada, podría resolver su vida y la de las cuatro generaciones subsiguientes. Sin embargo, acabó viviendo en un pequeño cuarto debajo de la catedral. Es ejemplo de una pobreza callada y desprendida de todo lo superfluo. Pobre es aquél que, teniendo bienes, sólo los usa en la medida en que estrictamente los necesita. Al pobre por virtud le basta lo indispensable, y cuando incluso eso le falta, le sobra amor para suplir aquel hueco material.

Hay muchos casos así, hombres de nuestro tiempo, emprendedores, luchadores, empresarios o profesionistas de éxito que arrancan de su corazón y su vida lo inútil, lo superfluo, lo cómodo. Saben dar a los demás con generosidad y, a la vez, administrar con responsabilidad y competencia. Buscan fortalecer sus empresas para así dar más trabajo a la gente. No dan el pescado: enseñan a pescar, alimentan el capital, no lo destruyen. El objetivo es socorrer convenientemente a los necesitados y acortar (no solo por unas semanas) las distancias entre unos y otros.

Constituirse pobre con el pobre significa promover su bienestar, el de su persona como el de su familia y entorno, establecer bases equitativas en las relaciones entre patronos y obreros, vivificar y robustecer en los unos y en los otros la conciencia de los propios deberes y la observancia de los preceptos evangélicos. El hombre, sea pobre o rico, que se hace sordo al clamor de sus hermanos limita la visión de sí mismo y de los demás. Es un ciego engañado en la sombra efímera que le presentan los bienes del dinero, el poder y los placeres.

La pobreza en esa perspectiva es activa. No se duerme bajo las llagas de la miseria ni se acomoda en un egoísta «tengo lo necesario apenas para mí, los demás que se las arreglen».

Entonces, las cosas materiales ¿son el cáncer de este mundo, la enfermedad del espíritu? San Ignacio de Loyola, con sus ejercicios espirituales, nos contestaría: «Tanto en cuanto, hermano mío, tanto en cuanto». Lo material es bueno o malo en tanto en cuanto me lleve a mi Creador o me aleje de Él.

El hombre vale más que sus bolsillos, sea que éstos estén llenos o agujereados, porque el peso del hombre está en su corazón.




«El mal no está en los bienes, sino en que el hombre los considere un tesoro absoluto»
Fragmento de una carta de monseñor Juan José Omella Omella, obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño, España
El mal no está en los bienes. El mal está, o puede estar, en el corazón del hombre que llega a considerar esos bienes como un auténtico y absoluto tesoro. Del corazón del hombre salen los buenos pensamientos y los buenos deseos. Como también salen los malos pensamientos y los malos deseos: la codicia, la envidia y la avaricia. El supremo hacedor del hombre es tajante: «No podéis servir a dos señores. O Dios o el dinero». Normalmente, estamos habituados a calibrar nuestra capacidad adquisitiva por la cantidad de dinero que podemos manejar. Pero el evangelio nos brinda una alternativa más rentable: no sucumbir a la esclavitud del dinero, sino ser tan dueños y señores del mismo que podamos incluso prescindir de él para no perder lo que verdaderamente amamos. Ahí está la clave de lectura de este evangelio: ¿somos capaces de renunciar a nuestro dominio del dinero para mantener la generosidad que más nos asemeja al verdadero y único Señor?

El dinero se presenta con frecuencia como un ídolo poderoso que pretende ocupar el primer lugar en nuestras decisiones. Acumular dinero sin un fin superior al mismo es sencillamente ponerse al servicio de este ídolo. Sólo queremos recordar las constantes advertencias evangélicas de la caducidad y perentoriedad de los bienes de este mundo; la necesidad de buscar el reino de Dios y su justicia y lo demás se nos dará por añadidura.

Entiendo que puede ser sumamente interesante y provechoso que con cierta periodicidad nos hiciéramos todos la siguiente pregunta, a la que hemos de dar respuesta delante de Dios: ¿Dónde tengo puesto yo mi corazón? El motivo de fondo del décimo mandamiento no es otro que la siguiente precisión que nos hace Jesús: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón».




DILEMAS ÉTICOS
El décimo mandamiento

Por Sergio Ibarra
El décimo mandamiento nos advierte de aquello que aleja nuestra vida de la sencillez y de la humildad. «Bienaventurados los pobres en el espíritu» (Mt 5, 3), dice la bienaventuranza. Jesús dice que a los pobres les pertenece el Reino. La codicia quiere decir ansia intensa o excesiva de placeres o de posesiones; esta necesidad crónica e insaciable de tener más y más y «no tener llenadera». El sentido del mandamiento tiene que ver, también, con la mezquindad, con la tacañería y con el egocentrismo. La avaricia termina por atrapar al espíritu humano. Es aquí en donde esta la cuestión. A quien tiene un espíritu sencillo, sin adornos y humilde, sin presunciones, se le nota, se le ve y se le siente. Ser sencillo y humilde no quiere decir ser pránganas; es ser pequeño porque se vive con lo indispensable y se le dedica parte de la vida a la otredad.

Uno no puede andar diciendo por ahí que no es tacaño, ni es corrupto, ni defraudador y presumir de humilde. Eso nos lo ganamos a lo largo del camino.

Dice Jesús: «Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 21). El dilema es lanzarnos a la búsqueda de ese tesoro y concentrar nuestra atención y lucha diaria en su conquista.




El décimo mandamiento en casa
Por Artemio Omaya
Este sentimiento suele tener su origen en la falta de autoestima. El niño inseguro suele tener más propensión a sentir envidia que aquel que se siente a gusto consigo mismo y optimista. En cualquier caso, estas situaciones son bastante normales.

Por ello, ante los celos de nuestro hijo es conveniente actuar con tranquilidad, pues, una vez atajado el problema, lo más probable es que todo se convierta en una nueva experiencia que le ayude, incluso, a moverse mejor en sociedad el día de mañana.

En algunos casos es la propia inseguridad del niño la que le lleva a forjarse cientos de ideas totalmente equivocadas sobre quiénes son nuestros preferidos o a quiénes queremos más.

Cariño y paciencia

El origen de estos celos, de esta necesidad de ser el más querido, suele ser distinto en cada caso. Muchos niños se sienten celosos de sus hermanos por culpa de algún complejo. Es decir, si nuestro hijo lleva aparato en los dientes o es «poco hábil» para los deportes y en cambio su hermano mayor no sólo es un «as» del ejercicio sino que además es atractivo, no es extraño que el chico, en su inseguridad, sienta celos del primogénito.

Las reacciones suelen ser de lo más variado: rabietas, mal humor, mentiras, una especial propensión a «chinchar» al hermano envidiado... En cualquier caso, para todas ellas existe una excelente medicina: la calma.

Unos sencillos pasos

A continuación algunos pautas para formar desde el hogar a personas sanas y educadas en cuanto a la vivencia del décimo mandamiento.

1. Los niños suelen imitar las conductas de sus padres. Por ello siempre es bueno que evitemos hacer delante de ellos ciertos comentarios. Si el ascenso injusto de nuestro compañero de trabajo nos sienta mal, por ejemplo, procuraremos no manifestar nuestro malestar delante del niño. Se corre el riesgo de que se haga una generalidad de lo que no deja de ser una mera anécdota.

2. Despertar en él la capacidad de admiración por otras personas, entre ellas sus hermanos, así como la necesidad de sentir y demostrar alegría por el triunfo de los demás.

3. Las comparaciones entre hermanos suelen dar lugar a que surjan rencillas. Para evitarlo podemos intentar descubrir las cualidades de cada uno elogiándolas por igual y por separado.

4. Conviene que recordemos que cuando nuestro hijo se siente celoso, sufre. Por ello, no es conveniente que aumentemos su pesar con castigos, regañinas o recordándole constantemente lo envidioso que es. En esta tarea también pueden participar sus hermanos.

5. Un buen método para conseguir que nuestro hijo supere sus celos es ofreciéndole responsabilidades que sepamos con antelación que puede llevarlas a cabo con éxito. Si se le dan muy bien las cosas manuales, por ejemplo, podemos proponerle que nos ayude a realizar pequeñas arreglos en casa: dar una capa de pintura a unas sillas viejas, cambiar las cortinas del cuarto de baño... De este modo, poco a poco, su personalidad se irá afianzando al irse dando cuenta de que cada uno destaca en una determinadas capacidades y que nadie es globalmente mejor que otro.

6. Si nadie le acusa de ser celoso, si poco a poco consigue entender cuánto le queremos y la gran cantidad de cualidades que posee, lentamente su personalidad se irá afianzando.

Con estos sencillos pasos construimos hogares más sanos, hombres y mujeres que disfruten de sus bienes y dones, no esclavos del bienestar de sus prójimos.

(cortesía: elobservadorenlinea.com)

 

 


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