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Los Preceptos de la Iglesia aproximados por varios autores: Ayudar a la Iglesia en sus necesidades

Páginas relacionadas 

 

 

Quinto mandamiento de la Iglesia 
Ayudar a la Iglesia en sus necesidades



Felipe se sentía «robado» 

- Las colectas, una forma de ayudar a la Iglesia 

- Mandamiento u oportunidad 

- ¿Qué es el óbolo de San Pedro? 

- Finalidades del diezmo 

- ¿Por qué ayudar a la Iglesia?
 

 


Felipe se sentía «robado»
Por Omar Árcega E.
Felipe estaba molesto. Al salir de Misa el sacerdote les había hablado de ayudar económicamente a la Iglesia. Una y otra vez se preguntaba: ¿Para qué necesita dinero la Iglesia? ¿Qué los sacerdotes no ganan lo suficiente con el «cobro» de misas? Se sentía robado por los cuatro o cinco pesos que daba en la colecta dominical.

Seguramente usted conoce a muchos «Felipes». Quizá en algún momento de nuestra vida todos hayamos sido un «Felipe», y hasta podemos hablar de que todos llevamos uno dentro.

Lo que nuestro amigo desconocía —y lamentablemente desconocen muchos católicos— es que la Iglesia es una comunidad espiritual, instituida por Cristo para unos fines también espirituales; pero está constituida y ordenada como sociedad que construye, vive y camina en este mundo. Por tanto, no debe extrañarnos que la Iglesia necesite de medios materiales para poder cumplir la misión que le es propia. En otras palabras, al estar en la sociedad necesita los mismos instrumentos que toda organización o ser humano necesita para desarrollarse y coexistir, uno de los cuales es el dinero. Las primeras comunidades cristianas eran bien conscientes de ello. Ya en los Hechos de los Apóstoles encontramos textos que describen cómo los cristianos ponían sus bienes en común para el sustento de los ministros de la Iglesia y la atención a los necesitados.

En la actualidad los fieles somos muy poco o nada conscientes de las perentorias necesidades económicas de la misma, y de la obligación moral y jurídica que tenemos de contribuir.

Ello ha motivado que dediquemos algunos artículos a clarificar lo que significa e implica ayudar a nuestra madre la Iglesia.




Las colectas, una forma de ayudar a la Iglesia
Por Pablo Amador Garrido Casal *
En todas las parroquias, templos y oratorios que estén habitualmente abiertos a los fieles, aunque pertenezcan a institutos religiosos, el Ordinario del lugar (obispo) puede mandar que se haga una colecta especial a favor de determinadas obras parroquiales, diocesanas, nacionales o universales. Esto se encuentra recogido en el Código de Derecho Canónico (CDC).

Mediante la colecta, los católicos participan en el sostenimiento de las obras caritativas, evangelizadoras y de culto de la Iglesia

Las colectas son donaciones que los fieles entregan a pedido de la autoridad eclesiástica; son una costumbre muy antigua y el medio más común para cubrir las necesidades de la Iglesia diocesana, nacional o universal.

Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustento de los ministros (c. 222.1, c. 1261.2, c. 1262).

Tienen la libertad para aportar bienes temporales a favor de la Iglesia . Las donaciones hechas para un fin determinado sólo pueden destinarse a ese fin (c. 1267.3)

Lugar de entrega

Los fieles entregan la colecta en las misas, que se realizan en:

a) Las iglesias (parroquiales y no parroquiales), que son edificios sagrados destinados al culto divino, donde los fieles tienen derecho a entrar para la celebración, sobre todo pública, del culto divino.

b) Oratorios (comúnmente llamadas capillas), que son lugares destinados al culto divino, con licencia del ordinario en beneficio de una comunidad o grupo de fieles que acuden allí, a los que pueden tener acceso otros fieles, con el consentimiento del Superior competente.

Luego, la autoridad eclesiástica de los lugares arriba mencionados debe remitir las colectas a las Curias Eclesiásticas, para su centralización y ulterior remisión a sus destinatarios.

Tipos de colectas

La Iglesia tiene el derecho nativo de solicitar a los fieles los bienes que necesita para sus propios fines (c. 1260), siendo los principales, según el canon 1254.2: 1. Sostener el culto divino, 2. Hacer las obras de apostolado sagrado 3.Sustentar honestamente al clero y demás ministros. y 4. Hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad sobre todo con los necesitados.

Parroquiales: Destinadas al anuncio de la palabra de Dios, celebración de los sacramentos, obras de caridad y sostenimiento de la parroquia.

Imperadas: Destinadas a otras comunidades o instituciones, ya sean universales, nacionales o locales, para cubrir también iniciativas caritativas, y anunciar el Evangelio. De acuerdo con quien la determine, se denominan: imperadas pontificias, imperadas episcopales, imperadas diocesanas. Estas se dividen en tres tipos: universales, nacionales y diocesanas.

Imperadas pontificias (universales) son las mandadas por la Santa Sede. Algunas de ellas son: DOMINIF., la Jornada Mundial Misionera, y la colecta por Tierra Santa.

Las imperadas episcopales (nacionales) son hechas, por ejemplo, por orden de la Conferencia Episcopal de México, como la hecha en favor de los Misioneros de Guadalupe.

Imperadas diocesanas son las mandadas por el obispo para obras de la misma diócesis.

Las colectas imperadas siempre deben hacerse en las fechas fijadas, y ningún responsable de parroquias, iglesias u oratorios (párrocos, rectores, etc.) puede eximirse de realizarlas y de preanunciarlas a los fieles.

* De su libro Ayudar desde la fe, Editorial EDUCA




Mandamiento u oportunidad
Por Walter Turnbull
En el Antiguo Testamento, el mandamiento de pagar el diezmo respondía a la obligación moral de agradecer a Dios por haberles dado la tierra y las cosechas, y se usaba para la manutención de los sacerdotes, otros gastos relativos al culto, y la ayuda «al forastero, a la viuda y al huérfano». Era un mandamiento muy estricto y su omisión representaba una falta muy grave. Era como negarle a Dios lo que por derecho le pertenecía. Su cumplimiento, en cambio, implicaba la expectativa de recibir de Dios su bendición para el buen fruto de las futuras cosechas. 

Hoy el quinto mandamiento de la Iglesia, «Ayudar a la Iglesia en sus necesidades», tiene un sentido muy parecido, aunque con algunos cambios: 

Aquello era mantener a la tribu sacerdotal para hacer sacrificios de animales. Ahora se trata de ayudar a la Iglesia con sus gastos —que son muchos y muy bien empleados— para el sostenimiento de un culto que incluye la dispensación de los sacramentos de la Gracia y el Sacrificio del Hijo de Dios en la cruz, que nos abre las puertas del Cielo.

Antes se trataba de ayudar a algunos pobres de Israel. Hoy se trata de ayudar a los pobres de todo el mundo a través de la institución humana que más obras de beneficencia realiza en todo su ancho. La contribución que uno hace con su «diezmo» (que en realidad viene siendo un «trescientos-sesenta-y-cincomo») se convierte en sostenimiento de escuelas, hospitales, orfanatos, hospicios, misiones, en limosna que, como dice la Escritura, «Así como el agua apaga el fuego, así la limosna extingue los pecados» (Eclo 3, 30).

¿Y podemos esperar, como hacían los Israelitas, una recompensa de Dios, una bendición de nuestras cosechas? Claro que sí. Cristo lo dice más claro que el agua: «Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna» (Mt 19, 29).

«Ayudar a la Iglesia en sus necesidades» suena simple. Se trata de colaborar en la obra de la Redención, el cumplimiento de la voluntad de Dios, la salvación de la humanidad, en la obra sacerdotal y profética de la Iglesia; y «Quien reciba (quien le dé un peso) a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá» (Mt 10, 41).

Bien mirado este mandamiento es, como todos los demás, más bien una brillante oportunidad.




¿Qué es el óbolo de San Pedro?
Los anglosajones, tras su conversión a finales del siglo VIII, se sintieron tan unidos al Obispo de Roma que decidieron enviar de manera estable una contribución anual al Santo Padre. Así nació el «Denarius Sancti Petri» (Limosna a San Pedro), que pronto se difundió por los países europeos.

Ésta, como otras costumbres semejantes, ha pasado por muchas y diversas vicisitudes a lo largo de los siglos, hasta que fue regulada de manera orgánica por el Papa Pío IX en la Encíclica «Saepe Venerabilis» (5 de agosto de 1871).

Esta colecta se realiza actualmente en todo el mundo católico, en la «Jornada Mundial de la Caridad del Papa», el 29 de junio o el domingo más próximo a la solemnidad de San Pedro y San Pablo.

Los donativos de los fieles al Santo Padre se emplean en obras misioneras, iniciativas humanitarias y de promoción social, así como también en sostener las actividades de la Santa Sede. El Papa, como Pastor de toda la Iglesia, se preocupa también de las necesidades materiales de diócesis pobres, institutos religiosos y fieles en dificultad (pobres, niños, ancianos, marginados, víctimas de guerra y desastres naturales ; ayudas particulares a Obispos o Diócesis necesitadas, para la educación católica, a prófugos y emigrantes, etc.).

Al respecto, Juan Pablo II pronunció unas significativas palabras: «Conocéis las crecientes necesidades del apostolado, las exigencias de las comunidades eclesiales, especialmente en tierras de misión, y las peticiones de ayuda que llegan de poblaciones, personas y familias que se encuentran en condiciones precarias. Muchos esperan de la Sede Apostólica un apoyo que, a menudo, no logran encontrar en otra parte.

«Desde esta perspectiva, el Óbolo constituye una verdadera participación en la acción evangelizadora, especialmente si se consideran el sentido y la importancia de compartir concretamente la solicitud de la Iglesia universal».

Así pues, contribuyamos con esta colecta, cuyos resultados se traducen en evangelización y anuncio de la Buena Nueva.

Con información de vatican.va




Finalidades del diezmo
El diezmo apunta en su finalidad hacia cuatro elementos: hacia Dios, hacia el prójimo, hacia la creación y hacia nosotros mismos.

Hacia Dios

El diezmo nos mueve a reconocer su soberano dominio y los beneficios que vienen de su mano. Dios es el propietario del mundo y en particular de lo que te ha concedido. Por eso regresarle algo de lo que nos ha otorgado es reconocer su grandeza y señorío.

Hacia el prójimo

Nos mueve a la generosidad, a la práctica de la caridad y, en muchos casos, a la vivencia de la justicia. Tiene una dimensión salvífica (Mt 25,31-46). Es una muestra de generosidad que nos hace crecer por dentro. Educa en el amor y contribuye a la verdadera unión entre los miembros de la comunidad. Dios no quiere que haya indigentes ni desgraciados. Nosotros, de alguna forma, somos la manos de Dios para brindar solidaridad y socorro; esto no se puede hacer sin tener un sentido de la generosidad.

Hacia la creación

Nos lleva a manifestarnos libres ante las cosas materiales, como lugartenientes de Dios en la creación. No se trata de condenar los bienes materiales, sino es una invitación para caminar sin apegos y sin caer en la esclavitud del materialismo. Para lo superfluo, el desapego efectivo de los bienes es obligatorio, ya que lo superfluo pertenece a los pobres en virtud del destino fundamental de los bienes a todos los hombres.

Hacia nosotros mismos

Nos mueve a percibir los valores trascendentes y nuestras expectativas de salvación, lo mismo que nos permite ver al hermano necesitado. Nos permite experimentarnos administradores y alejarnos del insaciable pecado de la codicia.

Con información de rosario.org




¿Por qué ayudar a la Iglesia?
Por el cardenal Lluís Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona
La misión de la Iglesia no consiste en ganar dinero, ni en acumular recursos materiales. Su misión es aquello que denominamos la pastoral. La Iglesia ha de continuar la obra de Jesucristo por todo el mundo, que fundamentalmente consiste en anunciar su Buena Noticia, celebrarla y dar testimonio de ella.

Ahora bien, cualquier actividad pastoral necesita de unos medios materiales pequeños o grandes. Esto significa que detrás de cada proyecto pastoral hay casi siempre un presupuesto. Es cierto, la acción pastoral necesita de un soporte económico para poder ser desarrollado convenientemente. Sin este soporte, la Iglesia difícilmente podría llevar a cabo las tareas pastorales que reclaman nuestros días.

Es importante que todos los cristianos nos demos cuenta de que la economía de la Iglesia ha de ser cosa de todos. Y, sobre todo, que esto nos lleve a considerar que normalmente quien ha de mantener la Iglesia somos nosotros con una verdadera comunión de bienes. Hemos avanzado mucho, pero debemos todavía aumentar nuestra conciencia de que los cristianos debemos asumir todas las consecuencias de profesar la fe, lo cual incluye también a la economía, siendo solidarios en el mantenimiento de la Iglesia.

Todos los que formamos la Iglesia somos corresponsables de su misión. Por eso queremos compartir su sostenimiento, como hacían los primeros cristianos. Llama la atención que Pablo, el apóstol más celoso del Evangelio, el gran teólogo de Jesucristo y de la Iglesia, dé una importancia tan extraordinaria a la colecta. Con la intención de promover la generosidad de los fieles, Pablo pone delante de nuestros ojos la generosidad de nuestro Señor Jesucristo: Él, siendo rico y de condición divina, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza.

 


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