Natural e innatural, ¿son conceptos moralmente relevantes?
Robert Spaemann
Un extracto de la conferencia pronunciada por el profesor Robert Spaemann en
las XLIV Reuniones Filosóficas sobre La ley natural, celebradas en la
Universidad de Navarra.
¿Qué significado
tienen conceptos como naturaleza, lo natural o lo conforme a la
naturaleza en el enjuiciamiento de los modos de obrar humanos? Designan una
función donde se trata de enjuiciar la eficiencia de las acciones. Naturalidad
es, asimismo, una clase de criterio estético para enjuiciar las acciones. A las
acciones que aprobamos por otros motivos les concedemos un caluroso aplauso
adicional cuando discurren naturalmente, y todos estamos inclinados a tomar este
aplauso estético como un aplauso moral. Quien ha realizado algo moralmente
merecedor de atención desearía aparecer como alguien que hace únicamente aquello
a lo que se siente inclinado. En la medida en que él rechaza modestamente todo
mérito, suscita la impresión de que el bien por el cual se le alaba le resulta
natural.
¿Pero cómo se relaciona esto con la determinación sustantiva de lo que llamamos
moralmente bueno y malo? ¿Hay algo así como lo justo por naturaleza? ¿Y hacemos
uso de un argumento moral, esto es, de un argumento último y absoluto contra una
acción, cuando decimos que dicha acción es contraria a la naturaleza o al
Derecho natural? Nuestra situación con respecto a esta pregunta está marcada por
una profunda división entre el sentido moral común y la cosmovisión dominante.
En nuestro uso ordinario del lenguaje, las palabras natural e innatural tienen
sin duda una función moral. Para el sentido moral común, calificar algo de
perverso equivale a desaprobarlo. Y decir que algo es completamente natural es
tanto como disculparlo frente a posibles desaprobaciones. En cierto sentido, es
humano todo lo que el hombre hace. Por eso, cuando calificamos algo de inhumano
presuponemos un concepto normativo de la naturaleza humana, con el cual no se
corresponde necesariamente todo lo que el hombre hace. Este uso cotidiano,
normativo, de la palabra naturaleza y natural se encuentra desde hace mucho en
la defensiva teórica. (…)
Mecanismos en vez de naturaleza
La ética de una civilización que niega el concepto normativo de la naturaleza
humana es la ética utilitarista o consecuencialista. En ella, cada
responsabilidad humana concreta es sólo un elemento variable de la única
responsabilidad real del agente, la responsabilidad de optimizar el curso del
mundo. De hecho, el pensamiento moderno ha eliminado el concepto de naturaleza,
el concepto de la physis, para sustituirlo por el de mecanismo. La physis, es,
según Aristóteles, la esencia de las cosas que tienen un principio, un comienzo
del movimiento en sí mismas. En el Corpus Hipocrático, el concepto physis sirve
para diferenciar al sano, como normal, del enfermo, como no normal. Pero
normalidad no es aquí un concepto estadístico. Aunque el 90% de los hombres
tuvieran dolor de cabeza, no por ello serían los sanos a los que tendrían que
ajustarse el 10% restante, sino lo contrario. Pues los dolores de cabeza se
contraponen a aquella tendencia natural a la autoconservación y el bienestar que
es propia de todo ser natural. (…)
Es, ciertamente, un gran malentendido cuando una y otra vez se lee que el
concepto de lo justo por naturaleza descansa en un ingenuo desconocimiento de la
diversidad de culturas y costumbres humanas. Lo cierto es lo contrario. El
concepto de lo justo por naturaleza se origina precisamente en el contexto de
aquel descubrimiento. Pues es la diversidad de costumbres y culturas la que
permite que se plantee la cuestión de si tal vez disponemos de una medida que
nos permita distinguir costumbres mejores y peores. Quien dice que la tortura no
debe hacerse no quiere, simplemente, expresar que él mismo no torturaría, o que
la tortura en nuestra civilización constituye un cuerpo extraño, sino que
pretende criticar una civilización en la que no sea un cuerpo extraño. Para
reconocer que la tortura contradice a la naturaleza del hombre basta únicamente
con preguntar al torturado. Y, si Aristóteles considera una polis de ciudadanos
libres como el modo de vida más natural para el hombre, eso es sólo porque lo
libre y lo natural son para él casi sinónimos. El movimiento libre de un ser es
el conforme a su naturaleza, a diferencia del movimiento violento al que, en
contra de su naturaleza, es forzado desde fuera.
Seres tendenciales
Se puede decir, con razón, que toda acción que calificamos de equivocada,
errónea o moralmente mala descansa en la ignorancia, en la falta de atención.
Parece que, con esto, nos hemos alejado de la cuestión, pero no es el caso;
hemos ganado un concepto central para responder al problema: el concepto de
tendencia. Como seres tendenciales, podemos describir un comportamiento
observado desde fuera, en la medida en que lo interpretamos por analogía con
aquella tendencia que constituye la estructura de nuestra propia identidad. (…)
La interpretación de la tendencia no tiene lugar por sí misma. Ella no es
naturaleza. Ella es lo que llamamos lo racional. Sólo en la razón comparece la
naturaleza como naturaleza. El animal sin apetito no come. Nosotros, en cambio,
pensamos en el hambre como una señal natural, como función de la
autoconservación. Comemos, sin duda, para saciar el hambre, pero nos preocupamos
si de forma crónica padecemos falta de apetito, porque para nosotros el hambre
misma es un medio para el fin de la autoconservación y el comer es nutrición.
(…) La inclinación no es necesidad. ¿Qué se sigue de aquí? Como una acción
libre, el comer y el beber se enmarcan en un contexto cultural. Cultura es
naturaleza humanizada, no naturaleza abolida.
Extremos deshumanizadores
He elegido este ejemplo porque pone delante de los ojos de modo especialmente
claro el contexto de humanidad y naturalidad. El tema de la sexualidad y
conservación de la especie, que naturalmente es de incomparable mayor
actualidad, querría únicamente esbozarlo. El desligamiento sistemático del
contexto natural de la función de la propagación de la vida humana privaría al
amor entre los sexos de su dimensión específicamente humana. El espiritualismo,
de un lado, y el naturalismo, del otro, acarrearían la desaparición de lo
propiamente humano. Se debe tener claro que cualquier mecanismo de producción
artificial se distingue de la generación en que es una acción de racionalidad
instrumental, una poiesis, una producción, no la consecuencia natural de una
praxis, de un trato interhumano. Nadie puede responder por la vida o la muerte
de otro hombre. Se puede tener una razón suficiente para no tener un hijo. Pero
no puede haber una razón suficiente para tenerlo. Pues la existencia de un
sujeto de acciones libres independiente no puede ser fundamentada por otro
sujeto.
Se ha reprochado al concepto de un Derecho natural o de una ley moral natural
que el hombre es, por naturaleza, un ser racional. En lugar de Derecho natural,
se debería hablar más bien de Derecho racional. He tratado de mostrar que la
naturaleza sólo vuelve a sí misma como razón. El Derecho natural no consiste en
la imitación de la naturaleza extrahumana. Se podría decir que sólo en la acción
racional se incorpora plenamente el concepto de lo natural. Como seres físicos,
desde un punto de vista óptico también nosotros estamos siempre en el centro del
mundo. Como seres racionales, sin embargo, sabemos que todos los demás son
también el centro de un mundo. Y, al saber esto, salimos nosotros del centro. El
miedo por un ser querido que está de camino en coche es, por decirlo así, sólo
natural. Sin embargo, la pegatina Piensa en tu mujer, conduce con cuidado apela
a la razón moral. Requiere pensar en uno mismo como en alguien que es importante
para otro. Este salir de la centralidad natural en la propia vivencia no hace
desaparecer lo natural, sino que, antes bien, la hace consciente la propia
naturaleza al igual que la de los demás hombres. Respetarlos como personas
significa afirmarlos en su naturaleza. De ahí que la expresión primaria de la
propia moralidad, como escribe Kant, no sea el fomento de la moralidad ajena,
sino el fomento de la felicidad ajena. (fuente A&O 496)