Extracto de los aportes recibidos para la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
Ocho criterios entresacados del
Extracto de los aportes recibidos
para la V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano
La V Conferencia General del Espicopado Latinoamericano es un acontecimiento
eclesial cuya preocupación fundamental es la evangelización del continente.
Benedicto XVI tuvo a bien convocar esta Conferencia General en Aparecida,
Brasil, y entregarle el tema: «Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que
nuestros pueblos en Él tengan vida, 'Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida' (Jn
14,6)».
El primer momento de preparación de esta Conferencia consistió en recoger
aportaciones de las conferencias episcopales sobre el tema del discipulado y la
misión. Con ese material se elaboró el Documento de participación y las fichas
de trabajo.
En el segundo momento de preparación de la V Conferencia se han recogido las
contribuciones que llegaron al CELAM. En total llegaron más de dos mil 400
páginas con varias aportaciones.
Los aportes recibidos fueron clasificados temáticamente. A continuación fueron
estudiados por una comisión especial de obispos, teólogos, biblistas y
pastoralistas, nombrados por la presidencia del CELAM. Una vez estudiados,
fueron la base para redactar el presente documento. Sin embargo, la síntesis de
estas contribuciones no debe confundirse con el esbozo del documento final de
Aparecida. Redactarlo será obra de quienes participen en la V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano.
Nuestra originalidad iberoamericana
Es cierto que desde la primera proclamación del Evangelio hasta los tiempos
recientes la Iglesia ha experimentado épocas luminosas y también momentos
sombríos.
Aún hoy, a comienzos del siglo XXI, podemos constatar que la gran mayoría de los
latinoamericanos han recibido el Bautismo en la Iglesia católica y se confiesan
católicos, no obstante deficiencias y ausencias en la evangelización y
catequesis. La fe católica que se estableció en el continente marca
profundamente nuestra historia. La impronta católica ha permanecido en su arte,
en su lenguaje, en sus tradiciones, en su idiosincrasia y estilo de vida.
No obstante, hay que reconocer que los procesos de evangelización muchas veces
quedaron incompletos, y que no basta con poseer ricas tradiciones si el fuego de
la fe, el amor y la esperanza no es avivado permanentemente.
Ante este desafío la alternativa crucial es ésta: o nuestra tradición católica y
nuestras opciones personales por el Señor arraigan más profundamente en el
corazón de las personas y de los pueblos como encuentro vivificante y
transformador con Cristo, y se manifiesta como novedad de vida en todas las
dimensiones de la existencia personal y de la convivencia social, o corre el
riesgo de seguir empobreciéndose y diluyéndose.
Ocho criterios generales
Las aportaciones recibidas proponen ocho criterios generales:
1) El anuncio del Evangelio como ofrecimiento de vida.- Debe manifestarse
como la oferta de una vida plena para todos. La doctrina, las normas, las
orientaciones éticas y todo lo que proponga la Iglesia no debe ocultar ni
ensombrecer esta atractiva oferta de una vida digna y plena en comunión con Dios
y con los hermanos.
+ Cada diócesis está llamada a salir al encuentro de todos los bautizados que no
participan en la via de las comunidades cristianas, y de quienes aún no creen en
Cristo en el ámbito de la propia Iglesia particular.
2) La opción preferencial por los pobres.- La amistad con Jesucristo nos
impulsa a configurar nuestras opciones y actitudes con las del Señor, quien
desde la pobreza nos enriqueció y nos mostró las vías fundamentales para la
liberación del pecado y de sus secuelas en la vida personal y social.
+ Nuestra opción por los pobres corre el riesgo de quedarse en un plano teórico
o meramente emotivo. Es necesario convertir esta opción genérica en una actitud
permanente que se manifieste en opciones y gestos concretos. En primer lugar,
dedicando tiempo a los pobres, prestándoles una amble atención, escuchándolos
con interés, acompañándolos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para
compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la
transformación de su situación.
3) Siempre somos discípulos.- Todos debemos vivir y evangelizar de tal
manera que sea palpable y transparente, en nuestras actitudes y palabras, que
nunca dejamos de ser discípulos de Jesús, que cada día lo redescubrimos y
seguimos. El discipulado parte del encuentro personal con Jesús. Esto requiere
una renovación permanente de esa experiencia.
+ Es indispensable, por tanto, recuperar la experiencia de la iniciación
cristiana como punto de partida del itinerario de la fe; ello implica
privilegiar el anuncio kerigmático del Señor resucitado, y asumir el método
procesal, al estilo del catecumenado de la Iglesia de los comienzos. La
catequesis es un proceso extendido en el tiempo y no sólo preparación inmediata
a la celebración de los sacramentos.
4) El discipulado misionero es comunitario.- La vida y la misión son
siempre comunitarias y eclesiales. El discipulado misionero se vive en una
comunidad concreta de discípulos, fomentando la diversidad en la comunión y
construyendo redes comunitarias.
+Si hoy la Iglesia de América quiere ponerse en estado de misión, y si esa
misión quiere llegar a todos, precisamente allí donde se encuentran, los
misioneros ya no podrán ser sólo los ministros ordenados y los consagrados, sino
principalmente los fieles laicos. Ellos podrán apasionarse por la misión y dar
vida si verdaderamente son parte activa y creativa de proyectos pastorales que
sean de todos.
5) El discipulado exige un discernimiento eclesial.- Los discípulos
estamos llamados a reconocer las diversas formas de presencia de Jesucristo y el
proyecto del Reino, en los variados desafíos que enfrentan la Iglesia y el
mundo. Para ellos debemos vivir en un constante proceso de discernimiento, para
iluminarnos unos a otros desde la Palabra de verdad y vida.
6) La Iglesia en renovación permanente.- La Iglesia debe replantear una y
otra vez su modo de presentar el Evangelio, sus métodos, su lenguaje y todo lo
circunstancial en sus propias estructuras. Todos los cambios que eventualmente
sea necesario implementar no son mero ajuste funcional. Han de brotar de una
necesaria y sincera conversión personal y eclesial.
+ Esto supone la capacidad de renovar planes y estar dispuestos a cambiar
métodos, tareas o expresiones, cuando la realidad nos muestra que ya no sirven
para evangelizar. Antes de elaborar nuevos planes pastorales, es necesario
contemplar y discernir las iniciativas que ya ha tomado o está tomando el
Espíritu Santo; éste es el primer imperativo de todo plan.
7) La misión convoca a todos.- Todos, sin excepción, somos agentes
evangelizadores, y, por lo tanto, todos somos convocados a dar la vida por el
Reino participando en la actividad misionera de la Iglesia, sea insertándonos,
con identidad cristiana, en los diversos espacios e instituciones de la vida
social como colaboradores de Dios, sea trabajando en las iniciativas
evangelizadoras de las comunidades eclesiales.
+ Sin embargo, en la práctica, entre carismas y ministerios surgen no pocas
tensiones. Es necesario abrirse más al mutuo conocimiento y aprecio, a la
colaboración y al reconocimiento de los carismas, ministerios y servicios. Esta
actitud permitirá superar la tentación de individualismos pastorales, del
clericalismo o de la autosuficiencia de personas y de grupos.
8) La evangelización toca toda la realidad.- Jesucristo, que es la
Verdad, nos permite reconocer la verdad más profunda del ser humano, de la
historia y de toda la realidad. No hay área de la vida de las personas y de los
pueblos que no pueda ser alcanzada por la luz de la razón y de la fe. Por eso la
evangelización otorga a cualquier situación humana un sentido salvífico y una
orientación para su natural desarrollo.
EL
OBSERVADOR 618-5