El síndrome del ojo de la cerradura
Un safari en mi pasillo.
Otra catequesis desenfadada a la gente joven
Enrique Monasterio
¿El huevo o la gallina?
Lo de la telebasura ya apesta. Y como hablar de la telebasura apesta aún más,
tratemos de no revolver demasiado el estiércol.
A mí lo que me preocupa es la clientela: esos quince millones de espectadores
que, según dicen, dedican las tardes a informarse de las últimas marranadas de
los famosos o a contemplar cómo se rascan los pies los ilustres moradores del
Gran Establo.
¿Nos estaremos convirtiendo en un país de mirones?
Julio tiene veinte años, estudia en una escuela de negocios, y asegura que él no
ve jamás esos programas.
—Bueno, alguna vez… Pero es que es imposible evitarlo. En cuanto haces zapping
te salen tres o cuatro. Están por todas partes.
Insiste en que no los ve, pero se sabe de memoria los títulos, los presentadores
y las cadenas que los emiten. De hecho, me enumera de corrido diez o doce
programas.
—Que conste que hay muchos más.
—¿Y tú qué opinas?
—Bueno…, que mientras haya mercado… Si hay clientes para la basura, es lógico
que haya basura.
—O sea, que mientras haya moscas habrá estiércol. Suprimamos las moscas y
desaparecerá el estiércol.
Julio se queda desconcertado ante la manifiesta demagogia de mi argumentación, y
me dice que no, que no es lo mismo. Y yo le respondo que, en efecto, no lo es;
pero creo que vale la pena hacer algunas consideraciones.
Es el eterno problema del quién fue antes: el corruptor o el corrompido; es el
enigma del huevo y la gallina aplicado al orden moral.
Enfermos
Uno, que siempre ha creído en la libertad humana, tiende a pensar que los
principales responsables de nuestros errores somos nosotros mismos, y que por
tanto no conviene dar golpes de pecho en pechos ajenos cuando descubrimos que
hemos metido la pata.
Sin embargo, desde que Adán y Eva sufrieron el penoso incidente de la manzana,
la libertad del hombre está tocada del ala y no siempre funciona como
quisiéramos. En otras palabras: mal que nos pese, somos corruptibles,
manipulables, domesticables… Estamos a merced de cualquier corruptor que sepa
jugar con nuestros instintos más primarios hasta el punto de dejarnos con el
motor de la libertad averiado.
Todo esto parece obvio. De ahí que existan docenas de adicciones, más o menos
dañinas que esclavizan realmente. Algunas son tan palmarias que no necesitan
demasiadas explicaciones: las drogas, el alcohol, el tabaco… Pero hay otras,
igualmente perniciosas, que sin embargo uno se resiste a considerarlas así.
Cuántos adictos al sexo, por ejemplo, van por el mundo alardeando de su
conducta, como si se tratase de una liberación, hasta que un día comprenden que
son auténticos esclavos, incapaces de una relación amorosa normal.
Pues bien, tengo para mí que buena parte de los quince millones de espectadores
que habitualmente se pinchan en vena la telebasura son verdaderos enfermos. No
soy médico, ni falta que me hace. Me basta con escucharlos.
Y se van empobreciendo
Me contaba hace poco Marisa que, desde que vive sola, no es capaz de estudiar
dos horas seguidas.
—Es que tengo la tele siempre a mano. A las cuatro, empieza "Aquí hay tomate…"
—Ya: un programa de cocina.
—No; es una cosa de cotilleo. A mí siempre me ha gustado eso… Luego, el Gran
Hermano, que, desde luego es una cochinada, pero tiene su morbo… Después cambio
de cadena y…
Marisa, como tantas otras personas, padece el síndrome "del ojo de la
cerradura": necesita fisgonear intimidades ajenas sin ser vista, y la tele le
brinda en bandeja esa posibilidad: se aprieta un botón y se conoce la última
aventura del último "famoso"; la querella que le interpuso su "ex" por haber
contado en no sé que otro programa la penúltima marranada de su madre…, y así
sucesivamente. Cuanto más mugrienta sea la intimidad escrutada, mejor.
Los efectos de esta adicción son demoledores: el enfermo se va empobreciendo
mental y afectivamente. Algunos llegan a creerse que, en efecto, eso que
contemplan tiene algo que ver con la vida real.
—¿Y qué se le recomendaría a Marisa? ¿Que tire la tele?
—Al menos que tire de la cadena.