Notas características de las televisiones católicas
Por monseñor Eugenio Romero Pose,
obispo auxiliar de Madrid,
Primer Congreso Mundial
de las Televisiones Católicas
10 al
12 de octubre 2006 en Madrid
Introducción
El título que se me había asignado para esta primera prolusión - «¿Qué significa
Televisión Católica»- entiendo que buscaba fundamentalmente explicitar la
singularidad de los católicos en los Medios de Comunicación Social, y de un modo
especial subrayar algunos aspectos irrenunciables que marcan la especificidad de
la presencia de los católicos en la Televisión, reflejan las notas inherentes a
la catolicidad, cambian el Medio y desvelan la identidad propia de aquellos que
pertenecen a la Iglesia. Desarrollaré el tema que nos ocupa reclamando la
urgente necesidad de la profesión de la fe en la creación por parte de Dios,
redescubriendo las exigencias implícitas en la nota de la catolicidad y
aprendiendo de la frescura que se desvela en las actitudes de las primeras
generaciones cristianas.
A la luz de las primeras generaciones cristianas
Es obvio que la presencia de los católicos deja una impronta en todos los
ámbitos cotidianos de la existencia. Una de las características más notorias en
la vida y acción de los primeros cristianos es que sorprendentemente cambiaron
el rostro de la sociedad y allí donde se hicieron presentes propugnaron un nuevo
modo de vivir y una forma nueva de contemplar y juzgar la realidad. El tertium
genus («tercera raza») de Tertuliano –así definieron a los cristianos- es una
justa y significativa expresión de que la presencia de los seguidores del
Nazareno ofrecía y comunicaba un nuevo estilo de vida desconocido hasta el
presente.
También en el ámbito de la Comunicación pública; o dicho de otro modo, los que
pertenecían a la comunidad cristiana se sentían impelidos, con una fuerza nueva
(el Espíritu Santo), a dar a conocer la sorprendente novedosa visión del hombre,
del mundo y de la historia a través de las distintas formas de Comunicación. En
la vida cotidiana no era posible no hacerse presentes y visibles sin comunicar
lo que habían encontrado, la veritas hallada, la perla conquistada.
Es de sobra sabido que la Doctrina Social de la Iglesia y las enseñanzas
magisteriales sobre los mass media no dejaron de tener presente la novedad de
las aportaciones del ser cristiano, la identidad cristiana ; aportaciones y
manera de estar en los Medios de Comunicación que cambian en sus formas pero que
son idénticas en sus contenidos. De otra forma, no podemos perder del horizonte
que puede mudar el cuerpo, los avances técnicos, pero el alma es siempre la
misma; los medios técnico-científicos aparecen y se superan unos a otros a un
ritmo vertiginoso, pero la identidad cristiana permanece y ésta no cambia al
dictado de los descubrimientos mediáticos.
Es significativo el título de una de las últimas selecciones, en español, de los
Documentos sobre las Comunicaciones Sociales: Del Génesis a Internet . Las
orientaciones de la Iglesia han insistido y subrayado la especificidad y
singularidad de los católicos en la Comunicación tanto en el modo, en las
formas, como principalmente en los contenidos, sin perder nunca de vista que lo
que marca la continuidad es la identidad de la existencia cristiana. La
identidad cristiana es la forma propia de comunicación con la que no sólo se
informa sino que se crea una determinada cultura. Más aún no es difícil desvelar
en los Documentos eclesiales la continuidad de las enseñanzas y como, según los
tiempos, la aplicación o petición de idénticos principios que podríamos
calificar de evangélicos.
Aunque los Documentos magisteriales de la Iglesia no hayan explicitado las
enseñanzas que se desprenden de la experiencia cristiana y de la vida eclesial
en sus orígenes, ni remitido a escritos de las primeras generaciones cristianas,
no deja de ser cierto que tienen presente los denominadores comunes que aparecen
a lo largo de la historia y que podrían ser calificados como las notas
características que se desprenden de la vida de los bautizados, de la existencia
cristiana.
Por eso, si nunca deja de ser aleccionador volver nuestros ojos a los primeros
cristianos para no perder el obligado horizonte de lo que es permanente, lo más
propio, del mismo modo que se ha hecho en otros aspectos de la vida cotidiana y
en relación con el entorno en que se ubica y se inserta la Iglesia, por poner un
ejemplo: el reciente Coloquio internacional sobre las formas de comunicación en
el cristianismo antiguo, fijándose sobre todo en la relación comunicación-poder
, así también podemos interrogar a los primeros cristianos sobre el cómo se
situaron ante el hecho de la Comunicación social, al menos ante algún fenómeno
de la comunicación.
No deja de tener su interés el retornar a las fuentes y volver a preguntarnos
cómo vivían las primeras generaciones de cristianos la exigencia de la
Comunicación y cuáles eran las características propias y los objetivos que no
dejaban de estar presentes en su comunicación con la sociedad. A estas
referencias hacían alusión, a principios de los años cincuenta del pasado siglo,
los profesores Hermann Volk, Josef Pieper y Romano Guardini, en una conocida
discusión sobre la utilización de la televisión por parte de la Iglesia, como
ésta debía estar al servicio de la evangelización y de la misión, y la
controversia sobre la transmisión de la eucaristía y de las acciones sacras de
la Iglesia. El parecer de estos autores, al que se sumó K. Rahner, era tomar las
oportunas precauciones para evitar la profanación del misterio, la
secularización en ámbitos ajenos a la Iglesia y el respeto a la «disciplina de
lo arcano»; los citados teólogos no reflexionaron sobre el reto de las nuevos
modos de comunicación pero señalaban que los cristianos debían preguntarse sobre
la utilización de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación,
especialmente en lo que a la liturgia se refiere.
Si en la definición de lo que somos, la identidad cristiana, nos legó la Iglesia
en sus inicios un testimonio que siempre nos ofrece lo nuevo, la novedad, en su
frescura, de igual modo en la forma de estar y relacionarse con el mundo
circundante -con la diversidad cultural que siempre nos acompañará y, por
principio, ofertará una cosmovisión no coincidente y en no pocas ocasiones
distante de la perspectiva cristiana- en escritos de los primeros siglos
cristianos llegaron a nosotros ricas indicaciones que permiten diseñar un
acabado panorama de sus actitudes ante las formas de comunicación con el mundo.
No puede cegarnos la distancia del tiempo y la aparición de nuevos medios
técnicos, léase televisión y otras acabadas tecnologías, para no mirar a nuestra
identidad cristiana que configurará y da sentido a nuestra existencia.
No es la técnica, ni lo recientemente descubierto, sino la novedad cristiana la
que debe guiar la bondad de lo que a lo largo de la historia el hombre va
encontrando en la naturaleza para que todo esté a su servicio, para que él sea
dueño y para que ejerza el señorío al que está llamado por su Creador. Más
claramente: no podemos dejar en un segundo lugar lo que somos –la identidad
católica- en el uso y utilización de las nuevas creaciones técnicas que dejan
vislumbrar la belleza y grandiosidad de la creación.
En los Medios de Comunicación desde la fe en la creación
El Símbolo católico comienza confesando la fe en un Dios Creador. El
niceno-constantinopolitano: «Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador
del cielo y de la tierra, de todo lo visible e lo invisible». Y el Símbolo
llamado «de los Apóstoles»: «Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo
y de la tierra». La proclamación del este artículo es el presupuesto nuclear
para poder acoger como don del Creador los Medios de Comunicación que reflejan
la grandeza del Creador. Si la palabra en la criatura, plasmada a «imagen y
semejanza» de Dios es y expresa por sí misma la gratuidad, grandeza, poder y
belleza del Creador y de la creación, así también cuánto ayuda al hombre a
comunicarse, la imagen y la palabra, a modo de la prolongación de la creación,
es gracia y don del Creador. La visión católica nunca ha dejado de privilegiar
la creación y las realidades creaturales como primer fruto del Amor de Dios y
como primera palabra del Creador a su criatura, a la Humanidad.
A nadie se le oculta que en los tiempos recientes los avances técnicos aun
cuando dejan velada la consiguiente grandeza humanística, reclaman con urgencia
la necesidad de la profesión de fe en el único Creador y un renovado cántico a
la creación. El Decreto conciliar Inter mirifica, sobre los Medios de
Comunicación social, y la teología de la Constitución pastoral Gaudium et spes
recogen el sentir de la Iglesia sobre los avances más sobresalientes de nuestros
días, las mirabilia Dei, de un modo especial los Medios de Comunicación y las
técnicas a ellos unidas.
La Iglesia acoge con gozo y esperanza las maravillas de la creación que se
manifiestan in fieri en las aportaciones y avances de la ciencia en el ámbito
mediático. «La fe está abierta a todo aquello que en la cultura es grande,
verdadero y puro» . Antes de ofrecer un juicio moral sobre los medios y su
utilización es menester la nítida afirmación de la teología de la creación que
conduce a la gloria de Dios y a la gloria del hombre; es menester no exiliar a
Dios de su creación, de los Medios de Comunicación, para que podamos alcanzar la
intelección de la realidad y, de un modo especial, el sentido del hombre: su
origen y su destino.
En este momento histórico en que la teología de la creación está, cuando no
olvidada, no pocas veces oscurecida y silenciada es necesario reafirmar su
prioridad. La fe en la creación es la gran verdad a recuperar en nuestros días.
Hace años el entonces cardenal J. Ratzinger escribía: «…asistimos a la
desaparición casi total del anuncio de la creación de la catequesis, de la
predicación e incluso de la teología», hasta el extremo, señalaba en el mismo
lugar J. Ratzinger, que algún teólogo se atrevió a la afirmación siguiente: «el
concepto de creación es un concepto irreal» . Es frecuente oir hablar de
salvación o de distintas ofertas de liberación sin presuponer y profesar la fe
en el Creador y en la creación.
La identidad católica presupone la confesión de la creación, obra del Dios
Creador. Las exigencias de la catolicidad
La catolicidad como nota de la Iglesia presupone la profesión de fe en la
creación por parte del Creador uno y único, escena en la que se manifestará la
salvación, lugar en el que irán apareciendo todos los medios, incluidos los
técnicos, que se requieren para el anuncio de la misma. Para todos son conocidas
las posiciones actuales –advertía Benedicto XVI hace pocas semanas en Ratisbona-
en las que se niega el auténtico sentido de la creación considerándola como el
resultado de una fuerza irracional o del mero azar. La verdad católica acepta
con alegría la creación y todas las realidades creaturales, como son los Medios
que posibilitan el crecimiento del hombre.
El ser católico, es decir el acoger la revelación nueva y definitiva como
cumplimiento de lo anunciado y profetizado en la revelación de Israel, profesa
la fe en la creación, afirmación central del cristianismo y preanunciada por la
revelación histórica. Sólo desde la fe en la creación es posible la recta
utilización de la misma y el evitar su manipulación. El católico reafirma y
proclama la bondad inicial de la creación tal como se ve desplegando y creciendo
a la largo de la historia y se le impone como consecuencia la justa utilización
de los medios unidos a la creación sin manipularlos para fines que no estén
acordes con la misma creación y el Creador.
Me parece importante señalar, como elemento básico y primero, que la afirmación
de la creación, del cosmos y del hombre, que sale de las manos de Dios sitúa a
la criatura de una manera nueva ante todas las producciones e utilizaciones de
la creación. El de dónde –el origen- esclarece y lleva en germen el cómo y para
qué . En una expresión que resume lo que queremos indicar: la antropología y la
teología de la creación es el presupuesto para que podamos comprender el
significado y la justa utilización de los Medios técnicos que se nos son
regalados como dones de la creación al servicio y para el bien de la criatura.
Es obvio que las notas de la Iglesia –Una, Santa, Católica y Apostólica- son
inseparables y se deben reflejar en las acciones de la misma, en la uso y
actividad de las nuevas realidades de la creación por parte de los miembros de
la Iglesia. Podríamos fijarnos en cada una de las notas pero nos ceñiremos a
algunas consecuencias de la catolicidad. Los Medios, la Televisión como uno de
los más notorios, en los que están presentes los bautizados deben estar al
servicio de los fines de la Iglesia Católica y de las aportaciones propias que
ésta puede prestar a la Humanidad. Con otras palabras, la catolicidad impone
unas exigencias muy propias y singulares en el ámbito de la comunicación, y en
concreto en los Medios audiovisuales.
Los católicos en la Televisión y en todos los Medios de Comunicación, al igual
que en todos los ámbitos de su vida, harán patente su identidad inseparable de
su pertenencia eclesial, y de un modo singular resaltarán la nota de la
catolicidad. Es una exigencia, especialmente en nuestros días, debido, en
palabras de J. Lortz, a los peligros desintegradores de los particularismos,
nacionalismos y subjetivismos.
Nos apremia, en la actualidad, lo que san Paciano decía, en la Hispania del
siglo IV: mi nombre es cristiano y mi apellido católico; el calificativo de
católico le muestra, le hace visible . Los católicos en los mass media harán que
refulja el nombre de familia, de adscripción, de la Católica; de lo contrario,
se correría el riesgo de estar presentes a título individual, que su presencia
no evidencia la pertenencia.
Si con la categoría teológica de la Católica se identifica a la verdadera
Iglesia de Jesucristo, la catolicidad será la nota distintita de la presencia de
los cristianos en el mundo. Las acciones y la comunicación desde la existencia
cristiana mostrarán la esencia de la Católica, expresión tan querida por san
Agustín al fijar en la eclesiología las notas que definen a la comunidad de
bautizados. La verdadera doctrina del ser cristiano está allí donde está la
Católica.
La presencia de los católicos en los Medios debe permitir interpretar la
catolicidad como nota del mensaje y de los contenidos en el sentido extensivo
del término católico: un mensaje para todos; y en el sentido intensivo:
transmitir aquellos elementos visibles que son fuente de salvación confiados por
el Señor; la verdad manifestada en la historia de la revelación que culmina en
el mensaje de la encarnación, lugar en el que alcanza la perfección la
comunicación entre Dios y la Humanidad.
En los Medios de Comunicación los católicos deben rehuir la tentación gnóstica
de dirigirse sólo a unos pocos y ser conscientes de que el mensaje cristiano es
para todos. Ser católico conlleva poner la mirada en la Humanidad entera, sin
perder la tensión exigida por la pretensión de que se puede y debe transmitir
las verdades que pueden conducir al hombre a su plena realización; la pretensión
de transmitir la interpretación del mundo y de la realidad que provienen de la
Verdad Misma, de Dios, con un alcance universal. Esta pretensión reclama que el
católico está presente en los Medios de comunicación a partir de su inequívoca
identidad y consciente de que la indefinición o nada añadiría a las restantes
aportaciones.
El sentido de pertenencia a la Iglesia Católica, tal como se desprende de su
historia, y debe expresarse en los Medios de comunicación, como la garantía de
llegar a todos con una riqueza es capaz de ofrecer respuestas inéditas a los
nuevos problemas demandados por las nuevas culturas y geografías.
La comunicación, escrita, oral y audiovisual –sin excluir la litúrgica y la
plástico-artística- desde el principio era la que abría nuevos caminos y
horizontes nuevos en el corazón de las culturas que había que evangelizar. Pero
si la Comunicación es inherente a la misión -y muy poco ofrecería de positivo la
Iglesia a todos los Medios de Comunicación si éstos no fueron medios para la
evangelización- no podemos olvidar que el fundamento y la esencia de la misión
evangelizadora y del mismo concepto de catolicidad es la santidad. La que es
Una, Católica y Apostólica es asimismo Santa. En la Comunicación la catolicidad
remitirá a la santidad; garantía para que no se impida el esperar y acoger la
divinización. La firme profesión de la fe, que conduce a la santidad, es
imprescindible para que la presencia de los cristianos sea efectiva en los
ámbitos de la comunicación. Permítaseme dos grandes gestas de la comunicación
evangelizadora: la helenización y la evangelización del nuevo mundo han sido
posibles gracias al impulso de la catolicidad y a la presencia de los santos. Un
aspecto importante de la comunicación cristiana es la historia de la santidad .
La singularidad cristiana no se hará patente en los mass media si no se hiciera
visible la imagen de la santidad; la imagen que reciba el que acoge y escucha
reflejada en la imagen ofrecida. La pertenencia a la Católica es la que asegura
la reforma en los Medios y las formas de estar en el mundo y ante el mundo;
ahora bien la pertenencia católica reclama no perder el reclamo y la exigencia
de la imagen de la santidad.
La pertenencia a la Católica, la conciencia de catolicidad, será la que hace
posible no caer en el cautiverio subjetivista y en los peligros del
totalitarismo que conlleva la tentación de una cultura afincada en la
Ilustración: subjetivismo que llega a despreciar y romper con la Trascendencia,
base ineludible para la defensa de la objetividad e ínsita en los contenidos de
la catolicidad; y totalitarismo, tentación de las ideologías al albur y a la
sombra del sólo sujeto. El sensus de la catolicidad es el antídoto para que el
mensaje global cristiano no corra el riesgo ni caiga en el peligro de un
reduccionismo y aprisionamiento de lo particular y no se arriesgue a proponer
una especie de inculturación en los que se reduzca cristianismo a unos
contenidos de mínimos cayendo en ideologías de todo género o en meras propuestas
sociopolotíco-culturales.
La pertenencia a la Católica es la que por garantizar que lo que comunica es lo
que ha recibido y desde el sensus de la catolicidad se ofrece la mejor
intelección de la realidad y, por eso mismo, el mejor servicio al mundo, es
urgente atender siempre en el mundo de la imagen y de la palabra al peligros de
las ideologías incompatibles con la catolicidad ya sea, por aludir a nuestros
días, a las configuraciones de sesgo marxista, cultural-nacionalistas,
liberacionistas o temporalistas.
La misión esencial de la Iglesia no es otra que la evangelización de todos los
hombres y de todos los pueblos –expresión de la exigencia y de la tensión de la
catolicidad- en nombre de Jesucristo, del Señor Jesús (Dominus Iesus) para la
salvación de la Humanidad. En la actualidad, la presencia de los católicos en
los Medios, o en cualquier género de espectáculo, junto con la imagen y visión
que ofrecen sobre el mundo y el hombre, adquiere nuevas urgencias, además de las
respuestas que podemos encontrar en el pasado en la comunidad cristiana, sin
olvidar nunca que la catolicidad nos garantiza los contenidos siempre nuevos
para los medios nuevos. La gran respuesta es llenar de contenidos nuevos los
Medios nuevos. La novedad de los contenidos no es otra que la permanente y
definitiva novedad del cristianismo; es la identidad católica.
Uno de los retos más urgentes de los católicos en la Comunicación en responder
adecuadamente a la problemática inherente al pluralismo religioso en el marco de
un pluralismo cultural relativista que amenaza a la vida, a la institución
familiar, seculariza la conciencia, fragmenta la ética y niega o relativiza el
significado de la afirmación de la unicidad y universalidad salvífica de
Jesucristo y de la Iglesia.
Las inequívocas orientaciones del Concilio Vaticano II , las indicaciones de la
Carta Encíclica de Juan Pablo II, Redemptoris missio, y la Declaración de la
Doctrina de la Fe Dominus Iesus son obligados referentes para que no de diluya
la dimensión e identidad católica en los que han encontrado su vocación
cristiana en los Medios de Comunicación social. Las consecuencias del olvido de
los contenidos y enseñanzas del magisterio presentes en estos Documentos harán
que peligre y desaparezca la misión propia de la Iglesia en el ámbito de la
Comunicación.
Los católicos no ofrecen la visión sobre el hombre y sobre el mundo como una
versión más sino que son mediadores de la noticia y mensaje cristiano y, por lo
tanto, como Iglesia, necesaria mediación para la salvación. Las consecuencias
que se derivan de la catolicidad de la Iglesia en su misión evangelizadora es
evidente que provocarán críticas provenientes de concepciones distintas y
contrapuestas acerca de la Iglesia y del cristianismo. El Magisterio de la
Iglesia reciente, especialmente la Redemptoris missio y la Dominus Iesus, afecta
de lleno a los católicos que son portavoces de la comunidad ante el mundo para
que no fragmenten el correcto planteamiento teológico, para que no olviden la
misión de la Iglesia, «el tesoro de la salvación de Dios» que es Jesucristo,
confiado a la comunidad eclesial y que tiene una vigencia y actualidad
universal, la catolicidad, que debe llegar a todos los hombres.
Pero el mensaje de la Iglesia Católica afecta a la visión global de la realidad,
a la creación, a la actividad del hombre y a las versiones o traducciones que de
esta actividad ofrece el católico a los demás. No considerar como plataforma de
evangelización los Medios de Comunicación entre los hombres es negar y
prescindir de la creación, es abandonar la proclamación del Creador y de su obra
y el mandato del Señor a sus discípulos para el que reciben el Espíritu Santo.
La fidelidad a la catolicidad requiere una permanente conciencia de lo que
somos. Hoy, ante el formidable reto de la globalización –nuevo concepto que
mucho se enriquecería con el significado de la catolicidad-, la urgente demanda
de la evangelización de un mundo cada vez más universal, más global, está cada
vez más necesitado de la autenticidad personal, de identidad.
La expresión católica así como es uno de los calificativos o notas que mejor
expresan la realidad eclesial, de igual modo debe ser nota distintiva de los que
hacen que llegue la voz y la imagen de la Iglesia al mundo. La afirmación de la
catolicidad es la que mantiene el principio de la unidad en la variedad . Es
tarea propia del católico que, con paciencia y el temor, salvaguarde la unidad
sin perder las partes de la totalidad. El comunicador cristiano hace confesión
de la unidad entre la vida, conducta, y la palabra. Quien escucha y acoge el
mensaje de un católico desvela la sinfonía entre la vida y la palabra: ésta es
la omología (confesión) que caracteriza al católico; la confesión de Cristo por
la fe y la vida (vida y palabra) es la confesión católica. La confesión que por
su coherencia y unidad no pocas veces le conducirá al martirio; es en sí mismo
testimonio. El comunicador católico es un modo de confesar y estar dispuesto a
vivir martirialmente.
La nota de la catolicidad –la unidad en la diversidad que se traduce en la
unidad de vida cristiana- es la que favorece y alimenta la unidad entre los
hombres. La Carta encíclica Redemptoris missio subrayaba que el primer areópago
de los tiempos modernos es el mundo de la comunicación, capaz de unificar a la
humanidad. La unidad en la variedad coincide con la universalidad y muestra el
rostro de la Iglesia no limitado en el tiempo y en el espacio. Pero la unidad en
la variedad es obra de la virtud divina. Cimentados en la catolicidad no solo se
expresa la universalidad de la Iglesia sino que, a la par, se propone que en
ella se conserva la totalidad de la verdad.
El comunicador católico tiene que ser consciente que forma parte de este todo,
la catolicidad, capaz subsanar y superar el individualismo y afrontar los
conflictos con el entorno. En efecto, la expresión católica, aparece en relatos
martiriales como el lugar de la verdad frente a las comunidades heterodoxas. Si
miramos las distintas tradiciones cristianas -la asiática, la alejandrina y la
africana- constatamos que utilizan en el mismo sentido el término catolicidad:
la Iglesia que se mantiene en la Verdad, la propuesta eclesiástica frente a la
gnóstica, lo que a todos debe llegar y no solamente a unos pocos.
Es en el ámbito latino, concretamente en la tradición africana, es la geografía
eclesial en la que más se especifica y ahonda el significado de la catolicidad
de la Iglesia. Lo que la Iglesia Ortodoxa es en Oriente, lo es la Iglesia
Católica en Occidente. El ejemplo más significativo lo constituye la aportación
de san Agustín. Si Pablo es modelo en la Comunicación cristiana, el apóstol de
las gentes y sus indicaciones son prolongadas y explicitadas en los escritos y
en las actitudes de san Agustín. Seguidor de Tertuliano y san Cipriano, el
obispo de Hipona deja asentado que la comunicación católica debe atenerse a la
regula fidei, al cuerpo de la Verdad manifestado en la catolicidad, y que éste
debe exponerse pública y no secretamente, en todos los lugares y culturas, y no
solo en algunas geografías particulares. Es una Comunicación que está llamada a
llegar a todos y de un modo público.
Es la única comunicación que puede crear y promover –como diría san Cipriano- la
unidad frente a la división y al error. La controversia donatista, en los días
de san Agustín, es el ejemplo paradigmático de ruptura de la catolicidad y del
nacimiento del movimiento nacionalista africano. Es entonces cuando se requirió
un gran esfuerzo para ahondar en el concepto y la importancia de la catolicidad.
Ante el peligro de reducir la Iglesia a módulos políticos imperantes la Iglesia
Católica se manifiesta como la única y vera ecclesia para no sucumbir ante los
localismos nacionalistas. Para huir de esta tentación y peligro la comunicación
afincada en el principio de la catolicidad posibilitó un futuro a la sociedad.
Únicamente desde la catolicidad se entiende la fe, la verdad y la autoridad al
igual que la disciplina, la unidad, la paz y la comunión. La Catolicidad reclama
a los que comunican la visión del hombre, de la historia y de la naturaleza que
se pongan al servicio de todos ahuyentando el formar círculos de intereses con
fines propios. La ausencia de la catolicidad imposibilita la inculturación, el
llegar a todos.
Los primeros cristianos y su comunicación en los Medios propios del mundo
pagano.
Junto al significado de la definición de la catolicidad en la primera generación
cristiana encontramos actitudes frente a los Medios de comunicación que, además
de esclarecer la aportación de la existencia cristiana, enriquecen nuestro
pensamiento para situarnos ante Medios novísimos de comunicación pero que
requieren actitudes permanentes que nunca dejan de ser, por permanentes, nuevas.
El ser cristiano en el seno de la comunidad católica conlleva una actitud nueva
que jamás le faltará aliento para comprender y convivir con las novedades
creaturales con las que se van encontrando, a lo largo del tiempo, la criatura
dotada de razón. La novedad de la existencia cristiana facilita la empatía con
las nuevas realidades históricas: la fe pide la armonía con la razón. La novedad
definitiva que comporta el Verbo encarnado permite a los que viven con y según
Él, comprender y mantener la novedad de las manifestaciones de la creación
haciendo posible que no se menosprecien con la injusta utilización de los
mismos.
Es legítimo mirar a los primeros momentos del cristianismo y preguntarnos cómo
los seguidores del Señor Jesús se situaron ante los medios de comunicación
social. No es necesario advertir que caeríamos en un imperdonable anacronismo si
quisiéramos extraer alguna enseñanza sobre los novísimos Medios de comunicación
y todo el universo nuevo que ha irrumpido con los avances de la ciencia en el
ámbito de la informática y de la telecomunicación. Pero sí podemos con toda
legitimidad aprender de las actitudes que el evangelio creaba en aquellos que en
medio del mundo participaban en todos los Medios a disposición de todos.
Los cristianos ante los Medios de comunicación en un mundo pagano: el teatro y
el espectáculo
Si los primeros cristianos, pocos en muchos y distintos lugares, cambiaron la
trayectoria social del Imperio, fueron abriendo camino para una nueva cultura en
los diversos campos de la sociedad, desde el palacio al ágora, desde los
estratos sociales más ínfimos y relegados hasta círculos intelectuales que
encontraban en la propuesta cristiana una escandalosa novedad en la historia de
la Humanidad . La irrupción de los cristianos, de las comunidades católicas en
contraposición a los conventículos gnósticos, en la difusión de su enseñanza y
con su vida hace que los Medios de Comunicación de aquel entonces sufran una
fuerte crisis y se le ofrezca una nueva propuesta o alternativa. Y esto no solo
en la comunicación meramente oral, como puede ser la predicación, o en la
escrita, la literatura y los cambios que el cristianismo dejó en la historia de
la escritura y del libro , sino también, y no con menos vigor y difusión, en el
modo de situarse ante los medios audiovisuales si así podemos definir la oferta
de los espectáculos por parte del mundo clásico; es decir, las manifestaciones
que llegaban a todo el pueblo, pensemos en el teatro, y en las manifestaciones
que correspondían a la vida cotidiana civil aunque, en aquel entonces, estaban
unidos indisociablemente a la religión.
A primera vista no parece ser así en nuestros días pues lo que se ofrece a la
recepción del espectador en uno de más amplios Medios de comunicación, como es
la televisión, aparece separado de la dimensión religiosa. El referente
religioso se relega a la esfera de la privacidad como si no formara parte
integrante y fundamental de lo humano. Sin desarrollar este aspecto lo
considero, sin embargo, importante para ser tenido en cuenta: el rostro laico de
una nueva cultura que condiciona el Medio y el espectador y que prescinde de la
convicción del Creador y de la creación.
Con todo, parece, aunque no está tan evidente, que hoy lo que se ofrece en la
Comunicación es un hecho libre referido al gusto o a la mera voluntad del
individuo. Sin embargo cabe preguntarse si la Comunicación con los medios
modernos no se ha constituido en los foros civiles que conllevan, aun cuando
hablemos de una ciudad o sociedad secular o laica, un nostálgico sentido de lo
religioso. Al igual que en los primeros siglos los cristianos se formaron un
juicio determinado de los espectáculos en los que se encontraba la asamblea del
pueblo y desvelaban el mensaje religioso que se proponía para la existencia de
los ciudadanos, de igual forma los católicos en la actualidad debemos atrevernos
a valorar el alcance de la comunicación audiovisual y los elementos de
pseudoreligiosidad presentes en el mismo que no merecen nuestra aprobación y sí
deben ser frecuentemente rechazados.
Si la afirmación de que nos encontramos en una era neopagana se impone cada día
con más fuerza, las formas y contenidos de comunicación arrastran el sello de
esta cultura que como pagana puede expresarse como anticristiana o
antirreligiosamente, y con la oferta de la Comunicación en sus manos, no está de
más en aprender de nuevo del testimonio de los primeros cristianos cuando su
visión de los espectáculos, del actor y del espectador, en el mundo clásico, no
solo era aceptable sino que trataron de cambiarlo con nuevas propuestas. «Desde
siempre, anotaba el cardenal Ratzinger, el cristianismo ha estado amenazado por
elementos anticristianos», y hoy estamos ante una cultura «que se aleja de
manera siempre creciente del cristianismo». Una reciente selección de escritos
de Benedicto XVI lleva por título «Ser cristiano en la era neopagana». No creo
forzada la comparación de los espectáculos paganos con los medios de
comunicación de hoy y la lección que se desprende de los primeros pasos
cristianos. El Evangelio provocará siempre un corte que purifica y resana la
cultura ambiental, «una oposición a todo elemento de la cultura que cierre las
puertas al Evangelio». Así ha sucedido a lo largo de la historia del
cristianismo. «La fe -escribe J. Ratzinger- ha sido siempre crítica con la
cultura, y hoy debe ser más impávida y valiente». Del mismo modo que la fe
resana la razón, de igual modo los católicos deben resanar los Medios de
comunicación social. También éstos están necesitados de la redención de Cristo .
Probablemente en los Medios de Comunicación se halle un foro privilegiado donde
se puede establecer el diálogo fe/razón, mundo religioso/mundo laico.
El que se incorporaba a la Iglesia no podía dejar de comunicar la vida y las
razones para vivir que había encontrado y abrazado. Llevarlo a los demás, a
todos y no solamente a unos pocos, llega a ser el imperativo del cristiano. Los
católicos en los Medios de Comunicación están llamados, asimismo, a ofrecer un
significado nuevo a todas las realidades de la creación, que ellos han acogido
en su vida, con su conversión a una vida nueva. La Exhortación Apostólica
Evangelii Nuntiandi de Pablo VI nos recuerda nos deberíamos sentir culpables
ante Dios si no utilizara estos Medios tan poderosos para manifestar el
acontecimiento cristiano.
La Carta a Diogneto: la conversión a la nueva ciudadanía cristiana
Un conocidísimo texto de fines del s. II o principios del III, la Carta a
Diogneto, muestra las actitudes del cristiano ante la sociedad y el modo de
comunicarse con la misma: «A Dios, que nos concede el hablar y el escuchar, le
pido que a mí me otorgue hablar de tal manera que el que escuche llegue a ser
mejor, y a ti te conceda escuchar de tal manera que no caiga en la tristeza
quien te habla». Pero el cristiano que se dirige y se comunica a los que le
escuchan lo hace para que comprendan la novedad del cristianismo y para alcanzar
esta novedad el que habla y se comunica debe liberarse de los pensamientos que
ocupan su mente y desprenderse de las costumbres pues éstas le engañan al hombre
y le imponen una falsa visión de la realidad; es necesario «ser un hombre nuevo»
para proponer la apertura a un nuevo sentido de las palabras y de la realidad, o
lo que es lo mismo el cristiano tiene que comunicar a los demás que propone una
admirable y peculiar condición de ciudadanía en el mundo: una manera nueva de
estar en y ante la creación, ante y en el mundo ; peculiar ciudadanía que tiene
las características de una misión encomendada por Dios: «Dios los estableció en
un puesto tan grande que no les está permitido desertar».
Esta misión, o lo que el cristiano tiene que hacer ver al mundo y comunicarlo,
es descrita en esta antiguo escrito con la también conocida imagen: «lo que el
alma es al cuerpo son los cristianos en el mundo» , que, según algún autor ,
sería una manera de expresar el logion evangélico: «Vosotros sois la sal de la
tierra; vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13-16). Mas el cristiano cuando
se presenta ante los demás no debe ocultar que la peculiar ciudadanía y misión
no es obra humana sino que tiene su origen en la intervención de Dios en la
historia humana, y, más en concreto en el envío del Hijo del Padre Creador al
mundo. El testimonio de los primeros cristianos nos enseñan que la Comunicación
tiene como objeto primero e ineludible la Evangelización.
Comunicación y evangelización
Los cristianos de las primeras comunidades denuncian los espectáculos, como un
medio singular de comunicación, por estar unidos a un culto a los dioses que
esclaviza a los que acogen el mensaje transmitido; la primera generación
cristiana con esta crítica provoca la denuncia a unos modos de Comunicación
social cuales son los espectáculos que tienen como fin mostrar una visión del
mundo y una pauta de comportamiento a la sociedad.
Un ejemplo muy significativo es el que nos refiere el libro de los Hechos de los
Apóstoles (19, 23-41): la predicación de Pablo origina un conflicto. El
escenario es el teatro de Éfeso; la causa la palabra del apóstol y los suyos que
se pronuncian sobre el culto a Artemisa (Act. 19,23-41); el teatro, como el
lugar en el que el pueblo se puede reunir en su totalidad, es el espacio en el
que Pablo no teme denunciar la idolatría y hablar de un modo totalmente nuevo
sobre Dios y sobre el hombre.
También en nuestros días los Medios de Comunicación son espacios o escenarios
reales y virtuales donde se convoca a todo el pueblo para que contemple y reciba
multitud de mensajes. Si el teatro, en los días de san Pablo, era uno de los
lugares donde se reafirmaba y defendía la religión tradicional, de igual modo
los principales Medios de Comunicación actuales pueden ser los ámbitos donde se
reafirma o rechaza determinados valores, en no pocas ocasiones bajo formas
crípticas pseudoreligiosas, como nuevos modos de idolatría. No está de más
desvelar las nuevas idolatrías en las nuevas plazas y pantallas, por no decir
teatros –lugares de espectáculos- de comunicación audiovisuales.
A tenor del relato de los Hechos de los Apóstoles a Pablo no le permitieron,
después de ser aconsejado por los suyos, a acudir al teatro y participar en el
debate. Era intención del apóstol de las gentes acudir al teatro para buscar un
lugar de dialogo y de comunicación. En esta ocasión en lugar de Pablo se
presentaron sus discípulos, Gayo y Aristarco, poniéndose éstos en el mismo plano
y en la misma dimensión que el pueblo reunido.
La narración de los Hechos de los Apóstoles muestra una evidente contraposición:
por una parte, el teatro con su contenido religioso y, por otra, el
cristianismo. La vida de la Iglesia seguiría la pauta de este incidente como se
reflejará, posteriormente, con toda nitidez en numerosos cánones conciliares, en
toda la geografía eclesial, que transmiten el sentir de la comunidad cristiana
ante los espectáculos y modos de comunicarse y relacionarse los cristianos ante
el mundo. El relato lucano, al que nos referimos sin abundar en posibles
explicitaciones, puede ser considerado como un punto de partida para el
pensamiento cristiano sobre los espectáculos y las diversas formas de
comunicación.
La Comunicación como Apología
En la literatura cristiana aparecen, muy tempranamente, títulos como el de
spectaculis, sobre los espectáculos -y muy próximos a los relacionados con los
juegos- mucho tienen que ver con el modo y actitudes ante las formas de
Comunicación. Es sugerente comprobar como el más antiguo Tratado que discurre
acerca de los Espectáculos, llegado hasta nosotros, es un escrito, de fines del
siglo II, del africano Tertuliano. En una geografía distinta del pasaje de los
Hechos, Asia Menor, en los primeros pasos de la Iglesia en África el de
spectaculis tertulianeo -referencia única para saber cómo se manifestaba en sus
expresiones artísticas y comunicativas el mundo pagano- va unido al
Apologeticum, una conocida exposición y defensa del cristianismo.
Los Tratados de spectaculis -la actitud que hay que mantener antes estas formas
propias del ocio y que miran a la información sobre cuestiones básicas de la
vida- para los cristianos son inseparables de la Apología. El interés de fondo
en estos escritos cristianos que miran más directamente a la manera de estar en
el mundo los cristianos es afirmar que lo que el pensamientos sobre los
espectáculos es indisociable del pensamiento acerca de la Comunicación.
Los Medios de Comunicación y la expresión de lo humano mediante la imagen y la
palabra para estos autores de los primeros siglos deben estar al servicio de la
Apologética, de la defensa y Comunicación pública del mensaje cristiano; son
medios para que la imagen y la belleza expresen la verdad del Creador, de la
criatura y de la creación y la sociedad se convierta en Humanidad nueva. El
católico en la Comunicación donde prima la imagen y la palabra debe favorecer el
encuentro del hombre con la belleza de la fe.
«…Renunciamos –escribe Tertuliano en su Apologeticum - a vuestros espectáculos,
como también renunciamos a sus orígenes…; del mismo modo nos hacemos extraños a
los contenidos que representan…».
El Octavio, un escrito del tiempo de Tertuliano, que llegó hasta nuestros días
bajo la autoría de Minucio Félix, reflejaba un sentir similar al escribir:
«Nosotros, que somos juzgados por nuestras costumbres y nuestro sentido del
pudor, con razón nos abstenemos de los malos placeres, de vuestras ceremonias y
espectáculos, cuyo origen sagrado conocemos y cuyos perjudiciales encantos
condenamos…».
La actitud apologética en la exposición de la verdad sobre el mundo y sobre el
modo de vivir se atiene al principio expresado por el cristiano ateniense,
Atenágoras, en la segunda mitad del siglo II, de este modo: «Nosotros somos en
todo y siempre iguales y acordes con nosotros mismos, pues servimos a la razón y
no la violentamos» . Textos similares se pueden leer en otras importantes
Apologías cristianas que describen la vida cotidiana de los bautizados.
Podríamos añadir, sin alejarnos del siglo II, a Taciano y Teófilo de Antioquía.
Superstición, inmoderación (insania), deshonestidad (impudicitia) y soberbia o
vanidad (vanitas) son términos que son rechazables y rechazados por los autores
cristianos cuando se refieren a las actitudes que los convertidos deben mantener
en su relación y comunicación con la sociedad.
Fe, vida y verdad
Son de subrayar, aunque sea a título de mera cita, los tres grandes vectores en
la más antigua literatura cristiana presentes en los genéricos títulos «sobre
los espectáculos» (de spectaculis): el cristiano en la actividad que requiere
imagen para expresar los distintos aspectos de la realidad y de la vida no debe
pactar jamás con la idolatría y las diversas formas que ésta pueda adoptar. El
cristiano en todos los lugares en los que está presente denuncia y prescinde de
las variadas formas o representaciones idolátricas. Es exigencia básica que
Tertuliano define como status fidei (estado de la fe). El estado de fe comporta
la radical incompatibilidad con lo que se opone a la prescriptum disciplinae (la
moral), o lo que es lo mismo a una recta conducta acorde con los mandamientos de
Dios; y, en tercer lugar, el manifestar el convencimiento de que la ratio
veritatis (la razón de la verdad) es inseparable de Dios.
En continuidad con lo dicho, un autor cercano a la tradición latina africana, en
la primera mitad del siglo III, advertía a los cristianos que su actitud ante lo
que se comunicaba sea en el ágora sea en los espacios donde era convocado el
pueblo tiene que atenerse a la profesión de fe para poder ser irreprensibles en
la vida cotidiana. Cuando ésta se abandona y los cristianos actúan y participan
de las intervenciones que van contra el mensaje y vida cristianas no solo viene
reafirmada la idolatría coloreada con las más sutiles formas a lo largo de la
historia sino que la vera et divina religio es pisoteada, ultrajado el nombre de
Dios y despreciadas las orientaciones de la Escritura. Es de suma gravedad
llamarse cristiano y actuar según la ley de la idolatría. Si no se mantienen
estos principios es imposible suscitar la virtud con vistas a la salvación, fin
de toda relación y comunicación cristiana.
Dicho de otro modo: la Comunicación debe atenerse a la fe, a la moral y a la
Verdad. La actuación de los cristianos hará ver que el cristianismo como
verdadera y unica religio puede expresarse en las más diversas realidades
sociales e individuales y ofrecer unos valores de alcance universal precisamente
por no abandonar el convencimiento de que la veritas christiana tiene una
pretensión universal. Hallamos en este contexto una definición de la
comunicación que podría ser traducida como la acción evangelizadora con miras a
la salvación eterna.
Ante las expresiones y la Comunicación que se atiene a los principios
idolátricos, el cristiano debe poner ante los ojos del mundo que es posible
proponer una comunicación como el mejor de los espectáculos. En palabras de
Novaciano «el cristiano tiene- si quiere- espectáculos mejores; tiene placeres
verdaderos y salvíficos a condición de que caiga en la cuenta» ; el cristiano
debe atraer la atención sobre la realidad para que no se impida contemplar y
admirar la belleza que Dios ha impreso en la creación: si bien es cierto que hay
bellezas que todavía no nos es dado contemplar no debemos olvidar que el
cristiano no debe dejar de comunicarse y expresarse al margen de la belleza
creatural: «él tiene –leemos en el mismo autor- a su disposición la belleza de
este mundo».
La expresión y Comunicación que no se atenga a la verdad de la realidad, que no
refleje la belleza y no provoque la admiración de la creación, del ser y del
hacer humanos, no será posible quien no sepa reconocer a todas las criaturas
como hijos de Dios. Esta es presupuesto para que no convirtamos en ídolos tanto
las actividades de los hombres como lo que encuentra y espera en su propia
historia. Es posible desvelar y admirar la belleza en lo que se hace y acontece
si la idolatría no impide descubrir que Dios está en el origen y en el horizonte
del cosmos y de su imagen, del hombre; que la cuanto de bello se contempla,
admira y comunica es participación de Dios mismo, fuente y raíz de toda Belleza
sin la cual el hombre no tendría sentido alguno. De nuevo Novaciano: «Jamás
podrá admirarse por las obras humanas quien no sepa reconocerse hijo de Dios. El
hombre que admire algo que no sea Dios pierde un poco de su humanidad» .
El católico pondrá en el corazón del mundo mediante la Comunicación a Dios
mismo, y transmitirá al que le ve y escucha, todo lo que Dios –Verdad, Belleza y
Bondad- quiere para que el hombre sea más humano y alcance el fin para el que
fue creado. El católico lo encuentra en la Sagrada Escritura, el lugar donde se
halla lo que conviene a la fe. Al margen de la Palabra, nada tendría que
comunicar pues en ella se aprende que Dios Creador hace al mundo y al hombre, y
que el mismo Creador sigue perfeccionando su maravillosa creación.
Estas descripciones de la actividad comunicativa, que se presenta como artística
y lúdica, están presentes en los representantes de todas las primeras
tradiciones cristianas, tanto griegas como latinas. Quieren ser
advertencias-guía, a modo de carta a los cristianos, en la que se deja
constancia de la distancia del modo de actuar de los no cristianos, los paganos,
y la singularidad que caracteriza la expresión cultural y la comunicación por
parte de los que pertenecen a la Iglesia. Podríamos abundar en otros muchos
testimonios y añadir un interesante apartado que no se oculta en los textos a
los que nos referimos: la relación entre expresión y comunicación desde las
actitudes cristianas y martirio. La Comunicación conlleva el anuncio del mensaje
y éste es inseparable del rechazo y la prueba que abre al católico la puerta del
testimonio martirial.
La dimensión y actitud apologética, inherente al ser cristiano, hace que la
comunicación era el medio necesario para presentar, ante los judíos, la persona
y el mensaje de Jesucristo y, ante los paganos, la renuncia a la idolatría. La
Comunicación es, ante todo, anuncio del Dios único y anuncio del juicio que
reclama el ejercicio de la libertad humana. Esta actitud es la que le concederá
un carácter único y original a la comunicación cristiana. La Iglesia, desde sus
inicios, era consciente de que la comunicación católica suponía la propuesta de
un modo nuevo de comprender y vivir la existencia humana que implicaba una toma
de posición frente a los valores religiosos paganos. Situarse así ante los
Medios de la sociedad significaba la Apología salir al paso y defender a
aquellos que no se les reconocía una ley que les amparasen; los cristianos eran
una asociación no reconocida, por lo tanto ilícita. Vivian en la precariedad. La
Apología reclama un reconocimiento común en el que se permitiese ofrecer todo lo
que enriquecía a la sociedad. El poder comunicar lo que tenían que anunciar
requería la aprobación y uso del derecho del carácter público de la comunicación
cristiana.
La Comunicación cristiana, imagen y palabra, es por definición, al igual que la
literatura de los Apologistas, comunicación misionera: presentación del
evangelio al mundo pagano. La relación con el poder y el reclamo de la comunidad
cristiana a ubicarse en la sociedad mira a la posibilidad de poder utilizar
todos los Medios para el fin misionero, para la predicación. Brevemente: si la
Comunicación mira a la misión, ésta es imposible sin la predicación. Los Medios
de Comunicación social se convertirán en manos de los cristianos en la
posibilidad real de foros en los que se encuentre el anuncio y la veritas
christiana.
Lo que los cristianos tenía muy presente eran las verdades fundamentales y el
esfuerzo por encontrar puntos de enlace con la sabiduría pagana. El Logos griego
es amigo del Logos encarnado. Adoptar la perspectiva cristiana no supone para un
griego traicionar su tradición sino ser fiel a lo mejor que hay en ella. Se
trataba de exponer la realidad del mundo, del hombre desde la manifestación de
la revelación, con una explícita invitación a la conversión.
El encuentro en Cristo hace que se supere la distancia entre Dios y el hombre y
es el origen de la catolicidad. En la medida que haya conciencia de catolicidad
más urgirá el anuncio de la presencia de Dios en la carne, del Verbo encarnado ,
y el impulso misionero realizará con más vigor la fraternidad. Los católicos en
los Medios de Comunicación no desistirán de trasmitir este acontecimiento si se
quiere estar al servicio de la Humanidad que hambrea la fraternidad y la
salvación.
Concluyo con una reflexión escrita por el entonces profesor J. Ratzinger, en
1960: «Ciertamente habría que pensar todas estas cosas de cara a realizar la
propaganda eclesial hacia fuera, por ejemplo en la presentación de lo santo en
la radio y en la televisión. No se da a conocer más el que malvende la palabra
(pues lo que es demasiado barato no vale para nada), sino el que la anuncia».
La tarea de la Iglesia es transmitir al mundo la palabra de Dios acontecida en
Cristo, dar testimonio público de la obra salvadora de manera que el mundo pueda
percibirla en sacrosanta discreción, pero la conducta de los cristianos entre sí
debe tener una fuerza atractiva y ejemplar que se convierte en lenguaje
privilegiado para la comunicación. La evangelización no es nunca simplemente una
comunicación intelectual ni el resultado de programas y estrategias, es un
proceso vital, una purificación, una transformación, una conversión de nuestra
existencia, y para esto es necesario vivir eclesialmente, no apartarse del
camino común que es la Católica , sin olvidar que la catolicidad tiene su norte
y su centro estable en el ministerio del sucesor de Pedro. Como hace muchos años
escribió el actual Obispo de Roma, Benedicto XVI, «una Iglesia que quiere ser
solo «católica» sin tener parte con Roma, pierde precisamente por ello su misma
catolicidad».