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UNA PASTORAL VOCACIONAL ENTUSIASMADA

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 Carta Pastoral de Monseñor Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Mondoñedo-Ferrol

 

ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
1. De nuevo las vocaciones
2. La fuente de nuestra confianza: “Por tu Palabra, echaré las redes”

CAPÍTULO I. Escenario de la pastoral vocacional. Un fenómeno cultural nuevo

1. “El hombre sin vocación” y la necesidad de una cultura

vocacional

a) “El hombre sin vocación

b) Crear una ‘cultura vocacional’

– Somos personas porque somos llamados

– Somos cristianos porque somos con-vocados

2. La fragilidad del sujeto vocacional

a) La ‘debilidad del yo’ y la ‘di-versión’ como dinámica

engañosa e ilusoria

b) El poder de las fantasías

c) Obstáculos para escuchar y responder a la vocación

d) Rehabilitar al sujeto vocacional

CAPÍTULO II. “ROGAD AL DUEÑO DE LA MIES QUE ENVÍE OBREROS A SU MIES”. LA ORACIÓN, ALMA DE LA AUTÉNTICA PASTORAL VOCACIONAL

1. Las vocaciones son un regalo de Dios que han de pedir las personas y las comunidades cristianas

2. La oración es imprescindible para acoger la llamada de Dios

CAPÍTULO III. UN SALTO DE CUALIDAD EN LA ANIMACIÓN VOCACIONAL

1.  Del cansancio y la resignación al entusiasmo creativo

2.  Una pastoral vocacional provocativa y mistagógica

3.  La pastoral vocacional y su proceso

4.  Una pastoral vocacional de nuevo cuño

4.1. Evocadora

4.2. Provocadora

4.3. Convocadora

CAPÍTULO IV. RESPONSABLES DE LA PASTORAL VOCACIONAL. EL VALOR DE LAS MEDIACIONES

1.  El obispo

2.  El presbítero

3.  Los consagrados

4.  Los fieles laicos

5.  La parroquia

6.  La familia como primer seminario

7.  Los grupos, movimientos y asociaciones laicales

CAPÍTULO V. PONER NUESTRAS DIÓCESIS Y PARROQUIAS EN CLAVE VOCACIONAL

1.  La atención a las vocaciones, una prioridad diocesana

2.  Colaboración entre la Pastoral familiar, la pastoral juvenil y la pastoral vocacional

3.  Pedagogía vocacional en la parroquia

4.  Nuestros Seminarios

5.  Propuestas operativas de Pastoral vocacional
Punto final: construir la esperanza
Cuestionario

Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V

Notas

INTRODUCCIÓN

Esta Carta Pastoral pretende inscribirse dentro de las tareas de la nueva evangelización. Es necesario, ha escrito Benedicto XVI, “un compromiso eclesial más convencido a favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe”1. De aquí, su título.

1. DE NUEVO LAS VOCACIONES

No es la primera vez que en nuestra diócesis se realiza un trabajo específico a favor de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Podemos pensar que los esfuerzos realizados hace pocos años han obtenido resultados muy escasos y las expectativas han quedado relativamente frustradas. Eso nos llevaría a vivir con resignación la escasez de vocaciones como si nada pudiera mejorar. Probablemente ha llegado el momento en que después de una noche entera de brega sin haber pescado nada, obedezcamos el mandato de Jesús y digamos con Pedro: “Por tu palabra, echaré de nuevo la red”. Echaré la redCon la luz y la fuerza del Espíritu hemos de convertir el tiempo de desolación en un tiempo de gracia y de salvación. El tema vocacional es complejo y no podemos abor­darlo basándonos en simplismos, pero tampoco podemos instalarnos en la inercia y en la rutina. Hemos de ejercer la necesaria autocrítica sobre plantea­mientos y realizaciones de pastoral vocacional que se han mostrado ineficaces y hemos de pedir al Señor que cree en nosotros “un corazón nuevo”. Porque sólo así podremos introducirnos en metodologías nuevas y, sobre todo, en actitudes verdaderamente válidas para trabajar en este campo pastoral. Fia­dos de la Palabra del Señor y con un corazón nuevo emprendemos la tarea programada para este curso 2011-2012, centrada en las vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada y al laicado cristiano. La vocación laical la estamos abordando en el Congreso de laicos que estamos trabajando en nuestra diócesis. Por eso no haré referencias explícitas a ella.

“La falta de sacerdotes es ciertamente la tristeza de cada Iglesia”, dijo Juan Pablo II2. Creo sin embargo, que nuestras comunidades cristianas aún no han asimilado el alcance de la crisis vocacional que padecemos, y menos aún, la responsabilidad de todos para orar y trabajar en la promoción de vocaciones. El Señor espera nuestra colaboración para que surjan respuestas positivas a su llamada, para acompañar y sostener en la fidelidad a los llamados al ministe­rio sacerdotal o a la vida consagrada. No se trata de simple supervivencia de nuestras instituciones (diócesis, parroquias, órdenes o congregaciones, etc...), sino de caer en la cuenta de que con el preocupante descenso de seminaristas y novicios lo que está en juego es el testimonio entusiasta de Jesucristo, la misión de la Iglesia y el servicio a la humanidad. Inquieta la escasa presencia de sacerdotes en nuestras comunidades cristianas y, en consecuencia, la dismi­nución de celebraciones litúrgicas y actividades evangelizadoras provocadas por la falta de sacerdotes. “Lo vocacional –recuerda G. Uribarri- no pertenece al margen de la fe cristiana. No es un aspecto despreciable o insignificante. Al contrario, si el elemento vocacional se deja de lado, todo el conjunto de lo que es la fe y la vida cristiana sufre un recorte y se deteriora. La fe, entonces, pier­de uno de los componentes esenciales; el rostro del cristianismo se desdibuja, desaparece uno de sus rasgos específicos. Como consecuencia de esta pérdida de su propia sustancia dogmática, el vigor de la fe cristiana padece un serio detrimento, tiende a languidecer y apagarse. No extraña que al tratar el tema vocacional surjan los temas centrales de la fe y de la vida cristiana, pues lo vocacional está en el núcleo mismo de nuestra fe”3. La escasez de respuestas vocacionales y, en consecuencia, la carencia de sacerdotes es un problema difí­cil de superar, si contamos únicamente con nuestros recursos humanos. Por otra parte, sería un grave error por parte nuestra dejarnos llevar por la angus­tia y la tristeza que esterilizan. No raramente la falta de vocaciones produce un malestar que llega a engendrar actitudes de victimismo, fatalismo y culpa­bilidad, que ciertamente no ayudan a resolver la situación. Es necesario pedir al Señor un suplemento de paciencia, audacia y alegría para trabajar en este campo. La escasez de vocaciones no puede mermar la gratitud gozosa de los que hemos recibido la llamada del Señor, ni introducir en nuestra vida pesa­dumbre y tristeza.

La escasez vocacional que padecemos nos plantea, a mi juicio, dos preguntas muy serias:

a. Nuestras comunidades cristianas ¿son verdaderamente ‘engendradoras de vida’? Porque es imposible que surjan vocaciones allí donde no haya comu­nidades cristianas verdaderamente vivas. “Una comunidad que no vive gene­rosamente según el Evangelio, reconocía ya Pablo VI, no puede ser sino una comunidad pobre en vocaciones. Al contrario, donde el sacrificio cotidiano despierta la fe y mantiene un alto nivel de amor de Dios, las vocaciones al esta­do eclesiástico sacerdotal continúan siendo numerosas. Tenemos confirmación de ello en la situación religiosa del mundo: los países donde la Iglesia es per­seguida son paradójicamente los países donde las vocaciones florecen en mayor número y a veces en gran abundancia...”4. Donde no hay una vivencia intensa de la fe, donde no existe una iniciación cristiana seria, no surgen voca­ciones. Se ha dicho con razón que las dificultades que padecemos en la pasto­ral vocacional son la punta del iceberg que manifiesta la necesidad de una auténtica iniciación cristiana a todos los niveles. Las vocaciones necesitan un terreno apropiado para nacer y para desarrollarse. Positivamente lo formula­ba así Juan Pablo II: “La crisis (de vocaciones al sacerdocio y al seguimiento de Jesús por el camino de los consejos evangélicos) se va superando progresiva­mente allí donde se vive con intensidad la fe, se realiza la nueva evangelización y se encarna el misterio pascual de Jesús”5.

b. ¿Nos encontramos ante una crisis de vocaciones o ante una crisis de ‘vocantes’? O. González de Cardedal recuerda una frase del cardenal Newman ciertamente sorprendente: “El problema no son los curas que no hay, sino los que hay”. “La cuarta urgencia en la Iglesia española, afirma, es la surgencia de hombres y mujeres que sientan como un inmenso don de Dios, honor y gozo, el poder entregar su vida entera al servicio del evangelio. El problema de la Iglesia no es que haya menos curas y monjas, sino que haya menos creyentes a fondo, con voluntad incondicional para responder a Dios, para colaborar con él, para acoger su gracia y su promesa”6.

Ante un problema como el que estamos planteando no podemos recurrir a soluciones fáciles. Una de ellas sería caer en la tentación de convertir el sacerdocio en una mera profesión (a la que se dedican unas horas) en vez de vocación (a la que se le dedica toda la vida) con la finalidad de hacerlo así accesible y fácil. Esto es tratar de resolver el problema por nuestra cuenta renunciando a la novedad del sacramento que solo Dios da. Hemos de seguir más bien la recomendación del Papa Benedicto XVI: “rezar a Dios, llamar a la puerta, al corazón de Dios, para que nos dé vocaciones; rezar con gran insis­tencia, con gran determinación, con gran convicción también, para que Dios no se cierre ante una oración insistente, permanente, confiada, aunque deje hacer, esperar, como a Saúl, más allá de los tiempos que nosotros hemos pre­visto”7. Otra tentación a superar es poner en duda que “el papel del sacerdote es insustituible como pastor del conjunto de la comunidad, como testigo de la autenticidad de la fe y dispensador, en nombre de Cristo cabeza, de los misterios de la salvación”8. No hay que perder nunca la certeza de que Dios seguirá suscitando hombres que, como los Apóstoles, abandonando toda otra ocupación, se consagren totalmente a la predicación del Evangelio, a la celebración de los santos misterios y al servicio pastoral9. Ni la secularización de los sacerdotes ni la clericalización de los laicos resuelven el problema10. Tampoco la promoción del laicado puede fundamentarse en un hipotético tiempo en el que se deberá prescindir del ministerio ordenado, creándose nuevas estructuras y organizaciones pastorales que desvirtuarían, en lugar de plenificar, la verdadera participación de cada cristiano, según su estado, en la misión de la Iglesia.

2. LA FUENTE DE NUESTRA CONFIANZA

Nuestra confianza no nace de nosotros mismos, de nuestras capacidades y recursos para promover vocaciones, sino que está arraigada, en primer lugar, en la certeza de que es Dios el más interesado en dotar a su pueblo de ‘pastores según su corazón’. El es quien lleva la iniciativa en todo el tema vocacional. “Dios llama, sigue llamando. Esta convicción de fe anima todo el trabajo que, como Iglesia, podamos realizar en orden a la promoción y cuidado de las vocaciones. Rogar al Dueño de la mies que envíe operarios es, pues, para la Iglesia una humilde profesión de fe, pues así reconoce, al rogar por las vocaciones, que éstas son un don de Dios que hay que pedir con súplica incesante y confiada (cf. PDV 38)”. El problema, para mí, no es que tengamos más o menos vocaciones a la vida de especial consagración, sino que uno solo de los llamados por el Señor no escuche su voz o no responda positivamente a la llamada por falta del debido acompañamiento por nuestra parte.

Confiamos, en segundo lugar, en que todo corazón humano puede acoger la llamada de Dios y responder positivamente a ella. En toda persona, lo sepa o no, ‘habita’ un ansia de verdad, de belleza y de bondad. Cada vez son más las personas, -especialmente jóvenes-, hartas de consumismo y materialismo, que buscan caminos de auténtica espiritualidad. Por eso, con Benedicto XVI, seguiremos diciendo a los jóvenes: “Es posible que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente una pregunta muy sencilla: ¿Qué quiere Dios de mí?Me llama Cristo a  ser sacerdote ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi vida entera en la misión de anunciar al mundo la grandeza de su amor a través del sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio? Si ha surgi­do esa inquietud, dejaos llevar por el Señor y ofreceos como voluntarios al ser­vicio de Aquel que “no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,45)”11.

No podemos anclarnos en el pasado y vivir de lamentaciones. Miremos el presente y los caminos que el Señor abre en medio de nuestros desiertos: “No os acordéis del pasado, ni penséis en lo antiguo. He aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis? Sí, pongo en el desierto un camino, ríos en el páramo” (Is 43,18-19). Cada joven que, en medio del ambiente que le rodea, responde a la llamada del Señor y va al Seminario es un pequeño ‘mila-gro’ y un regalo de Dios. Nosotros agradecemos al Señor los ‘regalos’ suyos que tenemos en nuestro Teologado.

Confiamos, por último, en nuestra capacidad de conversión, de renovar nuestra mentalidad, de superar inercias, para acoger y llevar a la práctica una pastoral vocacional renovada. La pastoral vocacional está muy ligada a la pastoral de la santidad. No podemos conformarnos con medianías y mediocridades en el campo espiritual. Mientras no propongamos a nuestros adolescentes y jóvenes un encuentro vivo y comprometido con el Señor que les impulse a vivir con un sentido luminoso su amistad con Cristo, difícilmen­te surgirán vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. En la cultura relativista actual no encuentra cimientos sólidos para anclar la fide­lidad ni se dan razones suficientes para trabajar con entusiasmo por Dios y por los hermanos.

“No hay que desanimarse –recomienda Benedicto XVI- ante las contrarie­dades que, de diversos modos, se presentan en algunos países. Más fuerte que todas ellas es el anhelo de Dios, que el Creador ha puesto en el corazón de los jóvenes, y el poder de lo alto, que otorga fortaleza divina a los que siguen al Maestro y a los que buscan en El alimento para la vida. No temáis presentar a los jóvenes el mensaje de Jesucristo en toda su integridad e invitarlos a los sacramentos, por los cuales nos hace partícipes de su propia vida”12.

 

CAPÍTULO I. ESCENARIO DE LA PASTORAL VOCACIONAL. UN FENÓME­NO CULTURAL NUEVO

Hay un cúmulo de temas que se repiten sin cesar al hablar de pastoral vocacional: el número de hijos ha disminuido notablemente, el clima religio­so familiar ha desaparecido o se ha debilitado en amplios sectores de la socie­dad, se ha producido una fuerte quiebra en la transmisión de la fe, los medios de comunicación reflejan frecuentemente una imagen negativa de la Igle­sia... Los compromisos definitivos no son fáciles en esta hora, el voto de cas­tidad se antoja a muchos desmesurado e incomprensible, el ambiente cultu­ral tiende a reducir la religiosidad al ámbito de lo privado y considera ‘sospechoso’ todo lo que sea expresión de una vivencia religiosa gozosa, ilu­sionada y esperanzada. Ahora bien, esta situación ni está tan extendida como pretenden hacernos creer ni es tampoco irreversible. Por otra parte, el segui­miento de Jesús, vivido con radicalidad, manifiesta pronto los frutos del Espí­ritu: gozo, alegría y esperanza (cfr Gal 5,22). Con ocasión de las últimas Jor­nadas Mundiales de la Juventud lo hemos visto palpablemente. Más aún, ni siquiera el anuncio de la fe en Jesús como el Señor es posible, sin un conven­cimiento íntimo y un entusiasmo explícito, ni su acogida se hace eficaz si no llega al nivel del afecto, del corazón.

En una cultura que elogia y premia la eficacia y el éxito, la competitividad y la lucha por los primeros puestos, los sacerdotes y consagrados son más nece­sarios que nunca. Porque están llamados a ser transparencia del Evangelio, a hacer visibles las actitudes de Jesús y los valores de las Bienaventuranzas. Algo muy diferente de las campañas de imagen, tan de actualidad, en todos los campos. Hoy la vida consagrada y el ministerio sacerdotal deben vivirse a contracorriente. Sin embargo hemos de reconocer que algunos elementos del mundo postmoderno, incompatibles con la vida cristiana, han sido acogidos sin un discernimiento previo, creando situaciones de ambigüedad. Pretendiendo ‘rebajar’ y ‘hacer normal’ –e incluso ‘razonable’- la radicalidad evangélica, sacerdotes, religiosos y laicos hemos difuminado la dimensión profética, con­tracultural, propia de la vida de especial consagración.

Aun teniendo en cuenta todo esto, me interesa mirar con más atención dos vertientes de un fenómeno cultural nuevo que afecta muy intensamente a la pastoral vocacional:

1. EL HOMBRE SIN VOCACIÓN

 a) El hombre sin vocación

Nos encontramos con unas corrientes de pensamiento y de acción que de hecho plasman un hombre sin vocación13, es decir, un hombre que ni se plan­tea el sentido vocacional de su vida. El joven de nuestro tiempo, es un hombre sin vocación. Se siente sólo, huérfano, incapaz de confiar plenamente en nada ni en nadie. Abandonado a su capricho, se hace sordo a cualquier requerimien­to y se pierde en la maraña de un mundo interior vacío de contenido, que no le proporciona sentido de lo inmediato y lo incapacita para la mirada de futu­ro. El consumismo lleva a la pereza y a la falta de compromiso serio. Cambia de cosas creyendo que ya no es necesario cambiarse a sí mismo (T. Elliot). Anhela una libertad desligada de responsabilidad, derechos sin deberes...

Nuestros jóvenes son hijos de su tiempo, y el planteamiento vocacional no les diferencia en demasía de sus coetáneos. Se sienten desorientados, con gran­des dificultades para ubicarse; sin identidad ni raíces sienten la tentación del éxito fácil y de la riqueza, olvidando el compromiso con una vocación que dura en el tiempo. Una mirada serena y realista, lleva a verificar una gran crisis antropológica que se hace más intensa en la postmodernidad en que vivimos.

El Papa Benedicto XVI a una pregunta sobre la falta de vocaciones, contes­tó lo siguiente: “El nuestro es un mundo cansado de su propia cultura, un mundo que ha llegado a un momento en el cual ya no se siente la necesidad de Dios, y mucho menos de Cristo, un mundo, por consiguiente, en el que parece que el hombre podría construirse él solo. En este clima de un raciona­lismo que se cierra en sí mismo, que considera el modelo de las ciencias como el único modelo de conocimiento, todo lo restante es subjetivo. Naturalmen­te, también la vida cristiana es vista como una opción subjetiva y, por lo mismo, arbitraria... Por ello, como es obvio, la fe resulta difícil; y, si es difícil creer, mucho más difícil es dar la vida al Señor para ponerse a su servicio.”14

La cultura europea actual construye un modelo antropológico propio, defi­nido precisamente como ‘el hombre sin vocación’. El joven de nuestro entor­no se caracteriza por las siguientes notas:

·  Es un joven bien informado y comunicado, pero vive una libertad sin refe­rencias sólidas en la vida y sin modelos personales de comportamiento.

·  Con una identidad personal imperfecta y frágil que se debate entre inde­cisiones crónicas y le hace incapaz de asumir opciones definitivas. Inter­preta la vida en torno al ‘yo’ viviendo una subjetividad sin compromiso.

·  Con poca tensión vital, incapaz de tender hacia grandes ideales por los que consagrar la vida. Vive de objetivos a corto plazo y de carácter indi­vidual. Busca la satisfacción inmediata de los deseos. Arraigado en el pre­sente, se despreocupa del futuro.

·  Ambivalencia de un auténtico aprecio de la vida: aprecian el servicio y el voluntariado por una parte y por otra tienen un estilo de vida marcada­mente consumista y hedonista.

·  Siente verdadera dificultad para abrirse a la trascendencia y plantearse las grandes cuestiones del sentido de la vida. Se le ha inculcado por muchos medios que Dios es enemigo de la felicidad del hombre y muchos se lo creen.

·  Los postulados de la revolución sexual y de la ideología de género le lle­van a menospreciar e incluso rechazar al celibato y la virginidad.

·  Acusan el influjo del anticlericalismo promovido por las campañas en los medios de comunicación.

·  El sacerdocio ha dejado, en parte, de ser un modelo social respetado y admirado. No es una referencia social ni se encuentra entre las vocacio­nes más valoradas.

Este hombre sin vocación no es fruto de la casualidad, sino fruto maduro de lo que la sociología de la vida cotidiana denomina definiciones de la reali-dad15, es decir, aquellas interpretaciones básicas de la realidad con las que espontáneamente, y casi sin darnos cuenta, nos manejamos en la vida diaria. Las definiciones de la realidad son “la convergencia de toda una serie de men­sajes implícitos recibidos de su contexto social, que tienen un influjo decisivo sobre el horizonte de sus esperanzas”16. Por eso Pablo VI en la Evangelii nuntiandi nº 19 decía que la evangelización no es sólo la comunicación de una doctrina o de unos valores, sino la transformación, con la fuerza del Evangelio, de los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras, los modelos de vida.

Por otra parte, el mundo de los medios de comunicación y el mundo digital comportan no sólo nuevas conductas, sino nuevos modos de pensar hasta el punto de configurar una nueva cultura. Se asumen sin crítica alguna ofertas cuya ideología de fondo ignora la dimensión transcendente del hombre fomentando un modelo exclusivamente hedonista. Se potencia todo lo relati­vo a sensaciones y gustos invitando al culto al cuerpo sin ninguna referencia a valores morales y religiosos. Benedicto XVI afirma: “Internet es un espacio público en el que están interactuando, en tiempo real, visiones de la vida y sen­sibilidades plurales. Salir a este espacio comporta asumir unos riesgos no pequeños. Contando con todo ello, en los últimos años el magisterio de la Igle­sia se está haciendo eco del potencial de Internet y de su incidencia en el ámbi­to de la evangelización, hasta el punto de considerarlo el areópago contempo­ráneo, configurador de una nueva cultura. Por ello, la Encíclica Redemptoris missio no dudará en afirmar la necesidad de ir más allá de su utilización como un recurso al servicio de la evangelización y de integrar el mensaje cristiano en esta cultura emergente configurada por “nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos comportamientos psicológicos”17.

Sin embargo, no hemos de exagerar los rasgos negativos del joven de hoy. Como nos recuerda el Papa actual: “Los jóvenes son ya desde ahora miembros activos de la Iglesia y representan su futuro. En ellos encontramos a menudo una apertura espontánea a la escucha de la Palabra de Dios y un deseo sincero de conocer a Jesús. En efecto, en la edad de la juventud, surgen de modo incon­tenible y sincero preguntas sobre el sentido de la propia vida y sobre qué direc­ción dar a la propia existencia. A estos interrogantes, sólo Dios sabe dar una respuesta verdadera. Esta atención al mundo juvenil implica la valentía de un anuncio claro; hemos de ayudar a los jóvenes a que adquieran confianza y familiaridad con la Sagrada Escritura, para que sea como una brújula que indi­ca la vía a seguir”18. El corazón de los jóvenes añadía el Santo Padre en 2009 es “un corazón a menudo confuso y desorientado y, sin embargo, capaz de con­tener en sí mismo impensables energías de donación; dispuesto a abrirse en las yemas de una vida gastada por amor a Jesús, capaz de seguirlo con la totalidad y la certeza que viene de haber encontrado el mayor tesoro de la existencia”19

b) Crear una cultura vocacional

Este “hombre sin vocación” característico de la cultura postmoderna exige instaurar un modelo antropológico distinto, fomentar una ‘cultura vocacional’: “Esta cultura vocacional –señalaba ya el beato Juan Pablo II- llega a ser hoy, probablemente, el primer objetivo de la pastoral vocacional o, quizá, de la pas­toral en general. ¿Qué pastoral es, en efecto, aquella que no cultiva la libertad de sentirse llamados por Dios, ni produce cambio de vida?”20. Esta afirmación está sostenida por la convicción de que toda la pastoral, y en particular la juve­nil, es originariamente vocacional. De aquí la urgencia de reconstruir la “men­talidad cristiana”, tal como la crea y sostiene la fe. Sólo presentando el verda­dero rostro de Dios y el genuino sentido de la libertad humana, principio y fuerza del don responsable de sí mismo, se podrán sentar las bases indispensables para que toda vocación, incluida la sacerdotal, pueda ser percibida en su verdad, amada en su belleza y vivida con entrega total y con gozo profundo21. La propuesta de promover una cultura vocacional ha resonado en el Congreso Europeo sobre las vocaciones celebrado en 1997 y en el II Congreso Continental Latinoamericano de Vocaciones, que tuvo lugar a comienzos de 2011.

Ahora bien, promover la cultura vocacional no es sólo informar o hablar sobre la vocación, sino educar a los jóvenes para que puedan descubrir su vida misma como vocación. Es fomentar actitudes como la entrega de la vida, la confianza y apertura a Dios y a los otros, acoger el misterio, dejarse amar, sen­tir el gozo de la elección. Incluye la capacidad de asombrarse, de apreciar la belleza, de vislumbrar la sed de infinito que late en el corazón humano. La cul­tura de la vocación significa una nueva antropología que supere una visión empequeñecida del hombre. Este enfoque supone valorar el ser por encima de los quehaceres. Se trata de colocaJesús te llama, vocación al sacerdocior al joven ante Dios para que le pregunte con apertura de corazón: ¿qué quieres de mi vida? Cuando esto ocurre -y hay gru­pos de jóvenes donde ocurre-, se dan respuestas vocacionales para el ministe­rio presbiteral y para la vida consagrada. También para el matrimonio cristia­no entendido como auténtica vocación y para el compromiso laical.

“Es preciso, nos ha recordado el Papa actual, que se presente la divina Pala­bra también con sus implicaciones vocacionales, para ayudar y orientar así a los jóvenes en sus opciones de vida, incluida la de una consagración total Auténticas vocaciones a la vida consagrada y al sacerdocio encuentran terre­no propicio en el contacto fiel con la Palabra de Dios. Repito también hoy la invitación que hice al comienzo de mi pontificado de abrir las puertas a Cris­to: «Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana... Queridos jóvenes: ¡No ten­gáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encon­traréis la verdadera vida»” 22

— Somos personas porque somos llamados

El ser humano es vocación (no sólo tiene vocación como puede tener ideas, deseos, proyectos...). Sólo logramos nuestro desarrollo humano si escuchamos la llamada que llega hasta nosotros y respondemos personalmente. Lo voca­cional no es algo que adviene a la persona desde fuera, sino que es la misma vida personal como proyecto y como proceso histórico de ir haciéndose perso­na. La vocación afecta a toda persona humana y a toda la persona. Es la lla­mada a ser persona en plenitud. Nos reconocemos como distintos de nuestros padres cuando reconocemos su voz, su mirada que nos acaricia... La vocación, como libre, gratuita y gratificante llamada, viene de Alguien y se dirige a alguien. Se trata de un acto personal y único. La vocación representa un ver­dadero descubrimiento de la propia identidad. Somos personas porque hemos sido llamados. Alguien ha despertado nuestra conciencia y nos ha capacitado para responder. “Aquí estoy porque me has llamado”, dice el pequeño Samuel. Existo porque alguien ha pronunciado personalmente mi nombre. Si llamar al fin y al cabo es una forma de amar podremos concluir: soy persona porque alguien me ha amado. Si ser llamado es ser amado, también podemos afirmar que responder es una forma de amar. Descubrir la propia vocación es algo así como nacer de nuevo. La vocación no es algo que afecta a una etapa de la vida, sino que es una realidad vital que progresivamente se va desarro­llando en un diálogo entre Dios, que no cesa de llamar, y el hombre, que no debiera cesar de responder; un diálogo que se abre en el tiempo y se cierra en la eternidad (Cf. LG 48). Es decir, soy (existo) porque asumo libremente mi vida, la tomo en mis manos y respondo. Seguir la propia vocación significa, por tanto, abandonar la impersonalidad, la indefinición, el gregarismo. El sí deci­dido y sacrificado a la vocación unifica todo el dinamismo de la existencia; da sentido y confiere personalidad inconfundible; es el lugar de la realización gozosa y fecunda; es acicate de la fidelidad y otorga sentido a la cruz. La voca­ción “consiste en la valentía de ser uno mismo” (Goethe).

No sólo soy vocación, sino que mi vida es vocación: llamada y respuesta. Mi vida es vocación porque toda ella es una llamada al crecimiento y a la madura­ción personal. Mi vida es vocación porque Alguien me ha confiado un encargo, una misión. Vocación y misión son inseparables. Más aún, la vocación se convierte en misión: yo mismo soy misión porque mi tarea no es hacer cosas sino hacerme a mí mismo. La vocación es, en el fondo, aceptar autorizadamente un encargo. La responsabilidad ante Dios es el ingrediente más hondo y sagrado de la vocación. La ‘palabra’ (Wort) nos llama a dar una ‘respuesta’ (Antwort) y a vivir ante El y los contemporáneos con ‘responsabilidad’ (Verantwortung).

— Somos cristianos porque somos convocados.

La vida cristiana, en cualquiera de sus formas, tiene una dimensión voca­cional. La vocación no es algo reservado a unos privilegiados ni tampoco a unos momentos puntuales de la vida de un cristiano. Ese Alguien que llama, más allá de cualquier mediación, es Dios. Desde la fe descubrimos a Dios como la llamada sobre la que descansa nuestra existencia: el origen y el término de nuestra vida. La llamada de Dios no afecta sólo a lo que hemos de hacer, sino primeramente a lo que somos. La primera y fundamental vocación del cristia­no es a la santidad. Es verdad que su voz resulta inseparable de otras voces que le sirven de mediación, pero no podemos confundir la voz de Dios con esas otras voces. Dios nos llama por sí mismo. Toda vocación es personalísima. Dios llama a cada uno con una llamada única, original, irrepetible. Pero, pre­cisamente por ser personal, no es individualista (independiente de la de los demás), sino que toda vocación es ‘con-vocación’. Toda vocación tiene carác­ter sinfónico, es un sonido llamado a convivir armónicamente, sin confundirse ni fusionarse, con un conjunto de sonidos formando una sinfonía. De nosotros depende que la sinfonía quede acabada o inacabada. La Iglesia es convoca­ción, sobre todo en la Eucaristía. Dios nos invita a su mesa. Dios, que es amor, nos llama al amor, tal como lo ha revelado en su Hijo Jesús. El hombre no puede vivir sin Jesús llama a todos con una vocación específicaamor. Dios conjuga el indicativo y el imperativo. Si nos dice: salid, venid, id..., es porque primero, “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”. La vocación de los humanos no se encuentra impresa en la ‘caja negra’ de su intimidad subjetiva: no se conoce por introspección ni se realiza en la independencia. Hemos de ser cada día más conscientes de nuestra vocación de bautizados para vivirla con intensidad y alegría.

Por otra parte, la vocación cristiana posee siempre una dimensión eclesial. La Iglesia es como un jardín lleno de flores. Son muchas y diversas porque las llamadas son ricas y complementarias. El conjunto variopinto contribuye a que el ambiente sea cálido y acogedor para todos. Pero, más allá de esta imagen, cada vocación es necesaria para que no le falte a la Iglesia don alguno de gra­cia; y cada vocación es particular... por estar hecha a la medida del don de gra­cia concedido por el Padre a imagen del Hijo. Todos, absolutamente todos, estamos llamados a vivir nuestra vocación en beneficio del cuerpo eclesial, para que todas las flores difundan su perfume y den frutos abundantes. Ésta es, precisamente, la originalidad de la vocación cristiana: que la realización de cada individuo coincida con la realización de la comunidad.

Para poder ser llamados la primera condición es vivir en la casa del Padre, en la Iglesia. Hablamos poco de la Iglesia a nuestros jóvenes, y menos aún con entu­siasmo. Se nos olvida que es imposible responder positivamente a una auténti­ca llamada del Señor a su seguimiento, al margen de la Iglesia. La vocación reli­giosa supone una gran identificación y vinculación a la Iglesia institucional, y habrá que cultivar con mayor empeño un aprecio explícito a la Iglesia en los gru­pos juveniles, si queremos que broten en ellos vocaciones a la vida consagrada. A la vez, nuestra identidad de sacerdotes y consagrados nos debe motivar a recuperar una mística eclesial, es decir, una comprensión orante del misterio de la Iglesia, para que así aprendamos y enseñemos a mirarla como engendradora de santidad, en cuyo seno se nos ha dado, como don, la fe en Jesús.

La dimensión eclesial de la vocación al ministerio sacerdotal se concreta, entre otras realidades, en ser co-presbíteros, en formar parte del presbiterio diocesano. Benedicto XVI ha hablado a los sacerdotes de la necesidad de vivir el ministerio sacerdotal sintiéndose presbiterio diocesano precisamente para que aumenten las vocaciones: es necesario dejar a un lado divisiones estériles, desacuerdos y prejuicios, para escuchar juntos la voz del Espíritu que guía a la Iglesia hacia un futuro de esperanza. Cada uno de nosotros sabe la importan­cia que ha tenido en la propia vida la fraternidad sacerdotal. Esta no es sola­mente algo precioso que tenemos, sino también un recurso inmenso para la renovación del sacerdocio y el crecimiento de nuevas vocaciones23.

Piensan algunos que para ser llamados por Dios han de ser ‘perfectos’, san­tos ya de entrada, y por eso se retraen ante la llamada divina. No es así: “Para responder a la llamada de Dios, advierte Benedicto XVI, y ponernos en cami­no, no es necesario ser ya perfectos. Sabemos que la conciencia del propio pecado permitió al hijo pródigo emprender el camino del retorno y experi­mentar así el gozo de la reconciliación con el Padre. La fragilidad y las limita­ciones humanas no son obstáculo, con tal de que ayuden a hacernos cada vez más conscientes de que tenemos necesidad de la gracia redentora de Cristo. Ésta es la experiencia de san Pablo, que declaraba: «Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo» (2 Co 12, 9)”24.

2. LA FRAGILIDAD DEL SUJETO VOCACIONAL

Para la pastoral vocacional hay que tomar a los jóvenes en serio y hay que amarles. Es necesaria, como punto de partida, la aceptación positiva de sus vir­tudes, sin que esto suponga ceguera para registrar sus innegables debilidades y defectos. Pero hay que descartar una actitud recelosa que nos convierte en alejados y extraños a ellos. Acercarnos sin miedo a los jóvenes y proponerles con valentía la perenne novedad de seguir a Cristo por amor, puede ser la vía adecuada para establecer puentes que nos unan a ellos.

Ahora bien, los jóvenes actualmente tienen, por lo general, una personali­dad débil, son sujetos muy marcados por lo utilitario y lo emotivo. En el ámbi­to público se desenvuelven desde una racionalidad fundamentalmente utilita­ria. En cambio, en el ámbito privado están cada vez más dominados por sus emociones, convencidos de que la felicidad consiste en dar satisfacción a todos sus deseos. Por eso mismo, desconfían de su capacidad de amar y muestran su inseguridad ante compromisos que supongan entrega de sí mismos. Se sien­ten fascinados por una libertad sin límites que luego les deja un amargo sabor de boca.

a.  La ‘debilidad del yo’ y la ‘di-versión’ como dinámica engañosa e ilusoria

Thomas Merton, el famoso monje norteamericano, atribuye a la sociedad la acción de di-vertir, en el sentido de ‘apartar’, ‘desviar’. Di-vierte porque aparta y desvía al joven de su yo interior y le pone en manos de las campañas mediáticas de opinión o de la publicidad, evadiéndole de la realidad y, sobre todo, de sí mismo. De esta manera, el joven vive fuera de sí, atrapado por sus posesiones y disperso en sus quehaceres. El drama del hombre contemporá­neo, sostiene Merton, consiste en el miedo a encontrarse cara a cara con su propia verdad: “Toda la tragedia de la diversión es precisamente que ésta constituye una huida de cuanto es más auténtico, inmediato y genuino de nos­otros. Se requiere por tanto mucho valor y energía espiritual para rechazar la diversión y disponerse a enfrentarse, cara a cara, con esa experiencia inmedia­ta que le resulta intolerable al hombre exterior”25.

No es fácil para el joven de hoy caer en la cuenta de la futilidad de una vida di-vertida, distraída. No es extraño que los jóvenes que padecen esta ‘debilidad del yo’ muestren ‘inseguridad’, ‘falta de certezas’ e ‘incapacidad para el compromiso’. Sobre esta debilidad no se puede plantear el tema voca­cional. Pero, a veces, el agotamiento, el fracaso, la decepción, una esperanza velada de tener otra oportunidad, despiertan el deseo de nacer de nuevo.

b.  El poder de las fantasías

Muchos jóvenes de hoy buscan, al menos en sus fantasías, con avidez y voracidad el prestigio y el reconocimiento social. La obtención y acrecenta­miento del prestigio se traduce en búsqueda de reconocimiento social, que llevará a la soberbia y a la autosuficiencia. No olvidemos que el orgullo tiene su propia dinámica: comienza por el deseo irrefrenable de cosas, avanza hacia el deseo de dominar a las personas, y culmina en constituirse uno el centro del mundo y en erigirse de alguna manera en un ‘diosecillo’. El prestigio, que afecta en diverso grado a las personas, tiene que ver con el reconocimiento público del valor social que tiene una persona. La persona, por tanto, tiende a organizar su vida en función del logro de dicho reconocimiento. “Tu cora­zón se ha engreído y has dicho: ‘soy un dios, estoy sentado en un trono divi­no, en el corazón de los mares’ Tú que eres un hombre y no un Dios, equipa­ras tu corazón al corazón de Dios” (Ez 28,1). La persona cegada no es capaz de reconocer otra cosa que no sea él mismo por lo que, incapaz de trascenderse, de ir más allá de sí mismo, queda varado en su propia autosuficiencia.

c. Obstáculos para escuchar y responder a la vocación

“‘Abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes’ (Mc. 10, 22). El joven rico del Evangelio, que no sigue la llamada de Jesús, nos recuerda los obstáculos que pueden bloquear la respuesta libre del hombre: no sólo los bienes materiales, sino también algunas condiciones cul­turales de nuestro tiempo pueden representar no pequeñas amenazas e imponer visiones desviadas y falsas sobre la verdadera naturaleza de la vocación, haciendo difíciles, cuando no imposibles, su acogida y su misma comprensión.

Muchos tienen una idea de Dios tan genérica y confusa que deriva en for­mas de religiosidad en las cuales la voluntad de Dios se concibe como un des­tino inmutable e inevitable, al que el hombre debe simplemente someterse con total pasividad. Pero no es éste el rostro de Dios que nos ha revelado Jesu­cristo. En efecto, Dios es el Padre que, con amor eterno y precedente llama al hombre al diálogo permanente con él, invitándolo a compartir su misma vida divina como hijo. Es cierto que, con una visión equivocada de Dios, el hombre no puede reconocer ni siquiera la verdad sobre sí mismo, de tal forma que la vocación no puede ser ni percibida, ni vivida en su valor auténtico; puede ser sentida solamente como un peso impuesto e insoportable.

También algunas ideas equivocadas sobre el hombre, sostenidas con fre­cuencia con aparentes argumentos filosóficos o ‘científicos’, inducen a veces al hombre a interpretar la propia existencia y libertad como totalmente determi­nadas y condicionadas por factores externos de orden educativo, psicológico, cultural o ambiental. Otras veces se entiende la libertad en términos de abso­luta autonomía considerándola a toda costa como afirmación desaforada de sí mismo. Pero, de ese modo, se cierra el camino para entender y vivir la vocación como libre diálogo de amor, que nace de la comunicación de Dios al hombre y se concluye, por parte del hombre, con el don sincero de sí.

En el contexto actual predomina la tendencia a concebir la relación del hombre con Dios de un modo individualista e intimista, como si la llamada de Dios llegase a cada persona sin mediación alguna y tuviese como meta la sal­vación de cada uno de los llamados y no la dedicación total a Dios en el servi­cio a la comunidad cristiana. Se trata de una amenaza muy sutil, que hace imposible reconocer y aceptar con gozo la dimensión eclesial inscrita originar­iamente en toda vocación cristiana, y en particular en la vocación presbiteral y a la vida consagrada. En efecto, como nos recuerda el Concilio, el sacerdocio ministerial adquiere su auténtico significado y realiza la plena verdad de sí mismo en el servir y hacer crecer la comunidad cristiana y el sacerdocio común de los fieles.

En nuestra sociedad y en nuestra pastoral funcionan dos “voces mudas” que pretenden configurar el estilo de vida cristiana: el cristianismo de autorrealización y el cristianismo emocional.

Por una parte, se inculca que el logro de la persona humana radica en su autorrealización: alcanzar los objetivos, sueños y planes que ella misma se fabrica. Fracasar en la autorrealización sería frustrarse como persona. Por otro lado, en nuestra cultura funciona algo así como “el derecho humano a ser feli­ces”, el convencimiento de que alcanzar la felicidad es lo máximo. En este con­texto, bastantes comunidades y agentes pastorales presentan la vida cristiana como un medio para lograr estos dos objetivos. Pero para la fe cristiana, la ple­nitud de la vida se logra en la identificación con Cristo y no en que Cristo se identifique con nuestros planes previos e independientes de él y de su misión.

Frente a este cristianismo de autorrealización, hay que oponer otra forma de cristianismo en que la vida se entiende como una respuesta a la llamada de Dios. La vocación ocupa un lugar central a la hora de configurar el modo de entender la vida y su plenitud. Cristo ha de ocupar el centro de la vida de un cristiano que ha de buscar y hacer la voluntad de Dios en todo momento. Y esto significa, al menos, dos cosas: Dios no está sólo en el inicio de la vida como su principio originante (arché), sino que también ha creado a la perso­na humana con una finalidad (télos), con un sentido, con una tarea que se expresa a través de la vocación.Jesús murió por mi yo viviré para Él En segundo lugar, el cristianismo implica una relación personal e intransferible con Dios. Este cristianismo no obliga a todos los cristianos a llevar el mismo estilo uniforme de vida, sino que abre los ojos para percibir la variedad de carismas (dones) y de ministerios (servicios) en la comunidad, lejos de un igualitarismo empobrecedor y sofocante.

Por otra parte nos encontramos con el cristianismo emocional. El bienestar emocional ha llegado a constituirse uno de los dioses de nuestra sociedad y cultu­ra. Lo más importante es estar contento consigo mismo. Se confunde la plenitud de vida que promete el cristianismo con el ‘sentirse bien’, ‘reconciliarse consigo mismo”, “encontrar la paz espiritual”. Es el sentimentalismo que a veces deriva en sensualismo, en virtud del cual aquello que produce paz, gozo y alegría, procede del buen espíritu. Se olvida, sin embargo, que -según S. Ignacio- el buen espíritu puede, en ocasiones, “punzar y remorder” (Ejercicios 314), es decir, desasosegar el bienestar emocional. ¿Cómo plantear, siquiera, una vocación como entrega incon­dicional de la vida, más allá de los cambiantes sentimentalismos?

No cabe duda de que en nuestra sociedad masificada necesitamos un ámbito de relaciones personales cercanas y que la comunidad cristiana ha de favorecerlas. También es cierto que la afectividad es un componente funda­mental de toda persona. El problema radica en la simplificación: en la reduc­ción de la fe a sentimientos y emociones. La objetividad sacramental y escato­lógica, son elementos inherentes del cristianismo. El cristianismo se desnaturaliza cuando no se tiene en cuenta o se valora poco la objetividad de su mensaje. Desde la fe cristiana creemos que la verdad más profunda del hombre se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (cf GS 22) y que la ver­dad objetiva del sentido de la vida de Jesús refleja la verdad última de la vida humana. Lo que los cristianos creemos se asienta en la roca firme de la muer­te y resurrección de Jesús. Y la verdad acontecida en el misterio pascual de Jesús, aunque ya es actual, se revelará en su plenitud en la venida en poder del Hijo del Hombre. Sin embargo, en los sacramentos ya participamos de esta nueva realidad, de la vida del mundo nuevo, del nuevo Eón.

d. Rehabilitar un sujeto vocacional

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman ha acuñado una metáfora para cali­ficar a la sociedad actual. Hemos pasado –según él- de una modernidad ‘sóli­da’ a una postmodernidad ‘líquida’ y voluble en la que las estructuras sociales no perduran el tiempo necesario para solidificarse y no sirven de marco de referencia para los actos humanos. Este nuevo acontecimiento implica frag­mentación de las vidas y precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista, marcada por relaciones transitorias donde no se mantienen ni los compromisos ni las lealtades. En este caldo de cultivo ha nacido el ‘hombre líquido’, sin consistencia, incapaz de compromisos.

Ante una realidad como ésta, se impone fortalecer al sujeto, forjar perso­nas consistentes, es decir, sólidas, estables y coherentes. “¡La Iglesia tiene necesidad de hombres fuertes! De hombres firmes en la fe, capaces de condu­cir a los hermanos a una auténtica experiencia de Dios. La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes que, en las tempestades de la cultura dominante, cuando “la barca de no pocos hermanos es combatida por las olas del relativismo” (cfr. J. Ratzinger, Homilía en la Santa Misa Eligendo Romano Pontifice), sepan, en efectiva comunión con Pedro, tener firme el timón de la propia existencia, de las comunidades que les han sido confiadas y de los hermanos que piden luz y ayuda para su camino de fe”26.

Vivimos en una cultura con muchas profesiones y pocas vocaciones. No sólo porque escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, sino por­que escasean todo tipo de vocaciones: también al matrimonio, a la medicina, a la política, al servicio público... Lo que nuestra sociedad reclama son buenos profesionales, es decir, personas con conocimientos y competencias aptos para desempeñar una profesión y el resto no interesa demasiado. Tales competen­cias sólo afectan a ciertos aspectos externos sin tocar el núcleo interior de la persona. Difícilmente la profesión llega a unificar la vida y darle sentido, muchas veces se reduce a un ‘modus vivendi’, a una simple fuente de ingresos.

En cambio, la ‘vocación’ tiene un fuerte componente de ‘llamada’ que emplaza a la persona a una forma concreta de vida como respuesta. Veamos el caso concreto de la vocación sacerdotal: la auténtica ‘vocación’ sacerdotal afecta, ‘toca’ existencialmente al sacerdote, se apodera de su sensibilidad, queda afectado su modo de ser y estar, su manera de actuar, sus intereses, sus afectos, sus gustos... (la razón, el deseo, las pulsiones, los ideales); en una palabra, configura toda su vida con Cristo sacerdote y desde ahí concibe su plenitud y su felicidad. No es posible entenderse sino como sacerdote, esté donde esté, haga lo que haga, sea cual sea la situación vital en que se encuen­tre, en gozo o en tristeza, en éxito o en debilidad. Jesucristo le va seduciendo y el presbítero se deja seducir: “Vivo yo, ya no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Toda la existencia del sacerdote es hacer vida la íntima relación entre “representar sacramentalmente a Cristo” e ir existencialmente “transformándose en Cristo”27.

La vocación es ‘misterio de misericordia’28. Sólo si alguien se siente llama­do por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado29. La Magdalena oyó decir ‘mujer’, pero sólo al oír su nombre, ‘María’, reconoció a Jesús. “No exis­te nadie que no ame, pero preguntamos qué ama. No se nos invita a no amar, sino a elegir lo que merece nuestro amor. Pero ¿cómo vamos a elegir si antes no hemos sido elegidos? Porque no amamos si antes no hemos sido ama­dos”30. Elegimos porque antes hemos sido elegidos; en el fondo nuestra elec­ción es más una respuesta a una elección de Dios Padre en CristJesús tiene muchas maneras de llamarteo. El Señor elige a los apóstoles para una doble misión: “para que convivieran con él y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios” (Mc 3, 14–15). Así la respuesta a la llamada por parte del presbítero sigue siendo a estar con Él y a evangelizar, curando las heridas de los corazones.

Toda vocación arranca del bautismo, lugar donde acontece la filiación divi­na. No obstante, la vocación es inseparable de la dimensión sacrificial de la vida cristiana; al fin y al cabo, es la transfiguración del deseo mediante la obe­diencia al amor. En este sentido, vocación y fervor (hervor) son correlativos; la vocación nunca será un acto de ‘sensatez’, una elección neutral de un modo de vida entre los diversos que se presentan como oferta; siempre tendrá una dosis de desmesura, de ofrenda, incluso de martirio. Es un ‘porque sí’, una entrega más allá de la utilidad. ¿Cabe la vocación en un cristianismo mediocre y tibio? ¿Nacerá fácilmente en un cristianismo “liberal”, políticamente correc­to? Creemos firmemente que no.

CAPÍTULO II. “ROGAD AL DUEÑO DE LA MIES QUE ENVÍE OBREROS A SU MIES”: LA ORACIÓN, ALMA DE LA AUTÉNTICA PASTORAL VOCA­CIONAL

1. LAS VOCACIONES SON UN REGALO DE DIOS QUE HAN DE PEDIR LAS PER­SONAS Y LAS COMUNIDADES CRISTIANAS. LA ORACIÓN POR LAS VOCACIO­NES UN EJERCICIO DE FE Y DE OBEDIENCIA.

La oración por las vocaciones es, ante todo, un acto de fe y de obediencia: “La Iglesia –enseñaba el beato Juan Pablo II- debe acoger cada día la invita­ción persuasiva y exigente de Jesús, que nos pide que “roguemos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38). Obedeciendo al mandato de Cristo, la Iglesia hace, antes que nada, una humilde profesión de fe, pues al rogar por las vocaciones -mientras toma conciencia de su gran urgencia para su vida y misión- reconoce que son un don de Dios y, como tal, hay que pedir­lo con súplica incesante y confiada. Ahora bien, esta oración, centro de toda la pastoral vocacional, debe comprometer no sólo a cada persona sino tam­bién a todas las comunidades eclesiales. [...] Pero hoy, la espera suplicante de nuevas vocaciones debe ser cada vez más una práctica constante y difundida en la comunidad cristiana y en toda realidad eclesial. Así se podrá revivir la experiencia de los apóstoles que en el Cenáculo, unidos con María, esperan en oración la venida del Espíritu (cf. Hch 1, 14), que no dejará de suscitar también hoy en el Pueblo de Dios “dignos ministros del altar, testigos valientes y humil­des del Evangelio”31. No sólo personalmente, también en comunidad hemos de rezar por las vocaciones.

“‘Rogar’ –añade Benedicto XVI- quiere decir también que no podemos pro­ducir vocaciones: deben venir de Dios”32. Resuena constantemente en la Igle­sia la exhortación de Jesús a sus discípulos: «Rogad al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). ¡Rogad! La apremiante invitación del Señor subraya cómo la oración por las vocaciones ha de ser ininterrumpida y confiada. De hecho, la comunidad cristiana, sólo si efectivamente está anima­da por la oración, puede “tener mayor fe y esperanza en la iniciativa divina”33.

Rezar por las vocaciones es señal inequívoca de que se percibe el valor real de la vocación y la necesidad que tenemos de ellas. Dios está en el origen de toda vocación; llama a los que misteriosamente lleva en el corazón. Sólo Dios puede tocar el espíritu del hombre y decir con voz potente. “Vente conmigo”. Como toda vocación es don de Dios, a El debe ser solicitada y agradecida. La perseverancia en la vocación es impensable sin la fuerza de Dios, que a diario debe ser impetrada.

Tenemos que rezar para que en todo el pueblo cristiano crezca la confian­za en Dios, convencido de que el ‘dueño de la mies’ no deja de invitar a algu­nos para que entreguen libremente su existencia y colaboren más estrecha­mente con Él en la obra de la salvación. Y para que acojamos como enviados por El los sacerdotes que nos envíe, sean de la nación, de la edad o del color que sean.

La oración es el primer compromiso, el verdadero camino de santificación de los sacerdotes y el alma de la auténtica ‘pastoral vocacional’. El escaso número de ordenaciones sacerdotales en algunos países no debe desanimar, sino impulsar a multiplicar los espacios de silencio y de escucha de la Palabra, a cuidar mejor la dirección espiritual y el sacramento de la Penitencia, para que muchos jóvenes puedan escuchar y seguir con prontitud la voz de Dios, que siempre sigue llamando. Quien ora no tiene miedo; quien ora nunca está solo; quien ora se salva.

2. LA ORACIÓN ES IMPRESCINDIBLE PARA ACOGER LA LLAMADA DE DIOS

La vocación no surge sin más en medio de la agitación y la actividad nerviosa. Tampoco nace automáticamente de la lectura de los objetivos y progra­mas pastorales. La llamada sólo se capta cuando se atiende a Aquel que llama en una actitud de escucha y apertura. De ahí la importancia de la oración para la pastoral vocacional. Sólo en el encuentro silencioso y amoroso con el Señor se escucha su llamada, se aviva y se refuerza la amistad con Dios y se sienten ganas de anunciar a Cristo a los demás...

“Hace poco me habéis preguntado: ¿cómo se puede reconocer la llamada de Dios? Pues bien, respondía Benedicto XVI, el secreto de la vocación está en la capacidad y en la alegría de distinguir, escuchar y seguir su voz. Pero para hacer esto es necesario acostumbrar a nuestro corazón a reconocer al Señor, a escucharle como a una Persona que está cerca y me ama. Como dije esta mañana, es importante aprender a vivir momentos de silencio interior en las propias jornadas para ser capaces de escuchar la voz del Señor. Estad seguros de que si uno aprende a escuchar esta voz y a seguirla con generosidad, no tiene miedo de nada, sabe y percibe que Dios está con él, con ella, que es Amigo, Padre y Hermano.Ordenación sacerdotal En una palabra: el secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración que crece justamente en el silencio interior, en la capacidad de escuchar que Dios está cerca. Y esto es verdad tanto antes de la elección, o sea, en el momento de decidir y partir, como después, si se quie­re ser fiel y perseverar en el camino”34.

“Es algo adquirido por la experiencia eclesial, recordaba recientemente el cardenal Piacenza, que las vocaciones nacen, florecen, se desarrollan y llegan a madurez sólo donde se reconoce claramente el primado de Dios. Cualquier otra motivación, que también puede acompañar el inicio de la percepción de una llamada al sacerdocio, confluye en el movimiento de total donación al Señor y en el reconocimiento de su primado en nuestra vida, en la vida de la Iglesia y en la del mundo.

Primado de Dios significa primado de la oración, de la intimidad divina; primado de la vida espiritual y sacramental. La Iglesia no tiene necesidad de gestores, ¡sino de hombres de Dios! No tiene necesidad de sociólogos, psicó­logos, antropólogos, politólogos -y todas las demás actuaciones que conocemos y podemos imaginar-. La Iglesia tiene necesidad de hombres creyentes y, por tanto, creíbles, de hombres que, acogida la llamada del Señor, ¡sean sus motivados testigos en el mundo!”35.

Por eso es necesario crear a lo largo y ancho de nuestra diócesis ‘escuelas de oración’. El ‘Oratorio de niños’ que poco a poco se va implantando entre nosotros da muy buenos resultados. Hay que crear con audacia y valentía escuelas de oración para adolescentes y jóvenes. Las vocaciones al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada sólo florecen en un terreno espiritualmente bien cultivado.

El camino vocacional no es un camino de rosas. Toda vocación supone la muerte a una ensoñación, a una fantasía sobre nuestra propia vida. En Cristo crucificado descubrimos la falsedad de nuestra fantasía desde el gozo de des­cubrir nuestro verdadero ser. Y esto no ocurre sólo al principio del camino, sino a todo lo largo de él. En el sacramento de la Penitencia, encuentro humil­de con la fuerza sanadora del Señor, que nos permite escapar del vértigo de la nada, el llamado conquista su libertad para entregarla. Incluso en el cami­no vocacional cabe el rechazo subjetivo. Nos podemos negar y, de hecho, nos negamos. No hay duda de que al rechazar la misión en Cristo desde la que Dios nos conoce y ama, ponemos en serio peligro el proyecto divino para nos­otros y, en consecuencia, nuestra realización definitiva. La vocación no es una opción. No es verdad que a Dios sólo le importe nuestra conducta solidaria y no le importe el cómo y el dónde.

“¿Quién puede considerarse digno de acceder al ministerio sacerdotal? ¿Quién puede abrazar la vida consagrada contando sólo con sus fuerzas huma­nas? Conviene recordar que la respuesta del hombre a la llamada divina, cuan­do es Dios quien toma la iniciativa y a Él le corresponde llevar a término su pro­yecto de salvación, nunca se parece al cálculo miedoso del siervo perezoso que por temor esconde el talento recibido en la tierra (cf. Mt 25, 14-30). Se mani­fiesta más bien en una rápida adhesión a la invitación del Señor, como hizo Pedro, que no dudó en echar nuevamente las redes pese a haber estado toda la noche faenando sin pescar nada, confiando en su palabra (cf. Lc 5, 5). Sin abdicar en ningún momento de la responsabilidad personal, la respuesta libre del hombre a Dios se transforma así en ‘corresponsabilidad’, en responsabilidad en y con Cristo, en virtud de la acción de su Espíritu Santo- Se convierte en comunión con quien nos hace capaces de dar fruto abundante (cf Jn 15, 5)”36.


CAPÍTULO III. UN SALTO CUALITATIVO EN LA ANIMACIÓN VOCACIONAL

Juan Pablo II afirma que “es necesario promover un salto de calidad en la pastoral vocacional”37. Es un nuevo impulso creativo que no se resigna ante las circunstancias desfavorables y que ayuda a la persona para que sepa discernir el designio de Dios obre su vida. No nace del miedo a la desaparición o a la disminución de vocaciones, sino que brota de la esperanza cristiana; un impul­so que nace de la fe y se proyecta hacia la novedad y el futuro de Dios. En el documento conclusivo del Congreso, “Nuevas vocaciones para una nueva Europa” (1997), se constata igualmente que es necesario un cambio radical, un ‘salto cualitativo’ en la pastoral vocacional.

El salto cualitativo en la pastoral vocacional es configurar toda la pastoral de la Iglesia en la perspectiva vocacional. Es conseguir un modelo unificador, que mueva todas las energías y las personas en una misma dirección. “Precisa­mente porque la falta de sacerdotes es ciertamente la tristeza de cada Iglesia la pastoral vocacional exige ser acogida, sobre todo hoy, con nuevo, vigoroso y más decidido compromiso por parte de todos los miembros de la Iglesia, con la conciencia de que no es un elemento secundario o accesorio, ni un aspecto aislado o sectorial, como si fuera algo sólo parcial, aunque importante, de la pastoral global de la Iglesia. Como han afirmado repetidamente los Padres Sinodales, se trataría más bien de una actividad íntimamente inserta en la pas­toral general de cada iglesia particular, de una atención que debe integrarse e identificarse plenamente con la llamada ‘cura de almas’ ordinaria, de una dimensión connatural y esencial de la pastoral eclesial, o sea, de su vida y su misión”38.

La pastoral vocacional no puede diluirse en una pastoral general, pero tampoco colocarse al margen de ella y mucho menos con métodos antipeda­gógicos que no respeten el proceso vocacional (cf PVIE, 22; OPV, III,1).

El beato Juan Pablo II pedía ya en 1996: “Hoy, frente a los desafíos del mundo moderno, se necesita un suplemento de audacia evangélica para rea­lizar el compromiso de la promoción vocacional según la invitación del Señor a pedir insistentemente obreros para la difusión del Reino de Dios”39. Y aña­día en 2005: “Se debe fomentar una pastoral específica vocacional, amplia y capilar, que mueva a los responsables de la juventud a ser mediadores auda­ces de la llamada del Señor. No hay que tener miedo a proponerla a los jóvenes y después acompañarlos asiduamente, a nivel humano y espiritual, para que vayan discerniendo su opción vocacional”40.

1. DEL CANSANCIO Y LA RESIGNACIÓN AL ENTUSIASMO CREATIVO.

Juan Pablo II en el discurso final en el Congreso “Nuevas vocaciones para una nueva Europa” (1997) señalaba claramente: “Es tiempo de que se pase decididamente de la patología del cansancio y de la resignación, que se justifica atribuyendo a la actual generación juvenil la causa única de la crisis voca­cional, al valor de hacerse los interrogantes oportunos y ver los eventuales errores y fallos a fin de llegar a un ardiente nuevo impulso creativo de testi­monio”. Necesitamos pasar:

– de promocionar algunas vocaciones al fomento de todas las vocaciones y carismas,

– de hacer propuestas vocacionales sólo a un grupo reducido a extenderlas a todos los cristianos, sobre todo con motivo de la Confirmación;

– de una propuesta vocacional tímida e insegura al convencimiento de quien ofrece un tesoro para el joven que escucha;

– de un reclutamiento de efectivos ante la crisis a dar paso al discernimien­to para encontrar el camino personal en la obediencia a Dios;

– de dejarnos llevar por el miedo o la tristeza a actuar desde la esperanza cristiana;

– de unas propuestas vocacionales aisladas y coyunturales a una pastoral vocacional sostenida por acompañantes espirituales e incluso formadores de vocaciones;

– de una pastoral vocacional aislada de la pastoral juvenil a la articulación en la pastoral organizada de la Iglesia.

La Iglesia necesita la vida consagrada para “hacer visibles las maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de los llamados” (VC 20); necesita ‘comunidades fraternas’ para presentar al mundo su verdadero rostro. En un mundo dividido e injusto, a las comunidades de vida consagrada se les enco­mienda la tarea de fomentar la espiritualidad de la comunión; comunidades que sean lugares de transparencia de las bienaventuranzas en los que el amor está llamado a convertirse en lógica de vida y en fuente de alegría41.

Por eso podríamos apuntar que la pastoral vocacional, dentro de la acción pastoral de la comunidad eclesial, debe ser una actividad:

Orgánica, en el sentido de estar armónicamente insertada y planificada dentro de la misma organización pastoral de la Iglesia. No es, pues, una actividad aislada.

Específica, ya que debe contar con objetivos y medios que la caractericen y diferencien de la pastoral general ocupándose de las vocaciones consa­gradas. No es, pues, una actividad genérica.

Plural, pues debe impulsar todas las vocaciones y desde cualquier acción pastoral. Se interesa por todas las vocaciones de especial consagración. No es, por tanto, unilateral.

Central, ya que toca a la esencia misma de la Iglesia: su dimensión minis­terial y carismática, y en la que se juega poder anunciar el evangelio a los hombres y mujeres del futuro. No es, en consecuencia, una actividad mar­ginal.

Añadamos dos matizaciones42:

1)      La pastoral vocacional, además de ser una pastoral específica de la Igle­sia, como la es la pastoral juvenil, la pastoral familiar, la pastoral obrera..., no es sectorial como estas, en cuanto pretenden la evangelización de un sector de la misma Iglesia o de la sociedad, sino que es, ante todo, una dimensión de toda la acción pastoral de la Iglesia, haciéndose presente en cada uno de los sectores pastorales (catequesis, jóvenes, familia, mundo obrero...).

2)      No hemos de confundir pastoral vocacional con promoción de vocacio­nes, pues aunque el objetivo primordial de toda pastoral vocacional bien entendida sea la promoción de las vocaciones que existen en la Iglesia, las tareas de una pastoral vocacional específica son mucho más amplias.

 

2. UNA PASTORAL VOCACIONAL PROVOCATIVA Y MISTAGÓGICA

“O la pastoral vocacional es mistagógica, y, por tanto, parte una y otra vez del Misterio (de Dios) para llevar al misterio (del hombre), o no es tal pasto­ral” (NVNE, 8).

Los grupos que dan y reciben vocaciones son sensibles al misterio cristiano y desarrollan una pedagogía mistagógica. Allí donde se vive el misterio de la Iglesia como comunión para la misión, allí surgen vocaciones. Porque hay aliento de vida y no sólo buenos proyectos organizativos. Porque se presenta a Jesucristo no sólo como una referencia o modelo de conducta, sino como el Salvador viviente, presente en su Iglesia. Porque se muestra una Iglesia, que no es simplemente una oferta más de servicio a la humanidad, sino la que ofrece la salvación de Dios en toda su integridad. Porque se enseña a rezar, se introduce en el misterio de los sacramentos y se descubre en el necesitado el ‘sacramento’ de Jesucristo. Porque se inculca a los jóvenes y adultos no crítica, desafección y dudas sobre la Iglesia, sino el gozo de la pertenencia y el amor a la misma.

Los grupos y movimientos a los que se incorporan los jóvenes hoy tienen un perfil nítido: no tratan de acercar y acomodar su oferta a los parámetros de la cultura ambiente, sino que se presentan con claras muestras de identi­dad, con estas tres características: 1º) objetivos explícitamente religiosos, que colman el vacío interior, ofrecen experiencia de fe y presentan un mensaje claro; 2º) intensas y cordiales relaciones comunitarias, frente a la fragmentación individualista de la sociedad; 3º) pasión por una evangelización explícita, con la conciencia de que la vida plena del hombre es el conocimiento de Dios y de su enviado Jesucristo.

La pedagogía mistagógica implica acompañamiento para introducir en el misterio, descubrimiento de quiénes somos realmente ante Dios, acercamien­to a los sacramentos, iniciación a la oración, orientación y apoyo en los peque­ños compromisos y fidelidades de cada día, que es la base imprescindible para poder dar el paso a un compromiso definitivo y total.

Los de Emaús (Cf. Lc 13,35) tenían los ojos incapacitados para reconocer al Señor que caminaba junto a ellos. Cuando los ojos se les abran, le reconoce­rán. Por ello, una mistagogía vocacional tendrá como elemento esencial el rehabilitar la mirada para comprender que cada uno lleva dentro sí un miste­rio más grande que él mismo. En un tiempo en que la superficialidad se ha glo­balizado, la pastoral vocacional se erige como el ministerio de ayudar a ver, a reconocer y, por tanto, a comprender.

La pedagogía mistagógica ayuda a descubrir y vivir la gratuidad. El amor salvador de Dios nunca es recompensa a méritos adquiridos o un derecho que podamos reclamar, nos sitúa en el plano de lo recibido en gratuidad. En ese mismo momento dejamos de conjugar verbos extraños al Evangelio como apropiarse, acumular, aferrarse y empezamos a conjugar verbos tan paradóji­cos como perder, vender, desprenderse, desapropiarse. Para todo esto hay que comprender que la vida gratuitamente recibida puede convertirse en una vida regalada a otros.

Ordenación de Sacerdotes

El reconocimiento de los acontecimientos vividos es un momento constitu­tivo de lo mistagógico como aparece en el Evangelio: los discípulos no acaban de comprender tras el impacto lo que les ha ocurrido. El sentido y la inteligen­cia vienen después del acontecimiento. Hay un retraso en el entender. Dios pasa y no se le reconoce más que de espaldas, nos dice la Biblia, cuando ya ha pasado, después del impacto. Pablo de Tarso camino de Damasco se encontró inesperadamente con la iniciativa de Dios. Aquello le tumbó literalmente: “cuando estaba ya cerca de Damasco, de repente le envolvió un resplandor del cielo, cayó a tierra y oyó una voz [...] Saulo se levantó del suelo, pero aun­que tenía los ojos abiertos, no veía nada” (Hech. 9, 3.8). En el relato, el senti­do de la vista es empleado en un modo metafórico para describir la ceguera como situación existencial. Vinculado con este sentido se presenta el corazón y con ambos el conocimiento y el entendimiento: “No saben ni entienden, sus ojos están pegados y no ven; su corazón no comprende” (Is 44,18). “Hasta hoy el Señor no os ha dado corazón para entender ni ojos para ver ni oídos para oír” (Dt 29,3). Así, podemos decir que, cuando el hombre ve con el corazón, llega a conocer el Misterio que se le desvela: “Que [el Dios de nuestro Señor Jesucristo] ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados” (Ef 1,18). Según la Biblia, el conoci­miento no se reduce al acto de la inteligencia que aprehende un objeto. La palabra conserva una dimensión experimental que la caracteriza. El conoci­miento de Dios es posible porque es un reconocer a Aquel que por su creación está presente en el mundo (Rom 1, 19-21.28; 1Cor 1,21). El conocimiento impli­ca la percepción de los sentidos, en cuanto que aquello que se conoce se mani­fiesta. Por ello, conocer va asociado al oír y ver (Ex 16,6; Dt 33,9; 1Sam 14,38; Is 41,20), y estos son sinónimos de creer (Jn 2, 11; 20,8) y conducen nuevamen­te al conocer (Jn 14,9)

3. LA PASTORAL VOCACIONAL Y SU PROCESO

En definitiva, la pastoral vocacional es aquella específica y compleja activi­dad de la comunidad eclesial por la que, en íntima unión con la pastoral gene­ral y como factor integrante de la misma, se compromete en la tarea de suscitar, acoger, acompañar y proporcionar la adecuada formación a las vocaciones de especial consagración.

El proceso referido viene plasmado en la definición de pastoral vocacio­nal por cuatro verbos en infinitivo: suscitar, acoger, acompañar y formar. Se refleja así el itinerario gradual del proceso vocacional que podría especificar­se así (CIV 48):

a)   El punto de partida de la pedagogía vocacional se sitúa en las comuni­dades cristianas sensibilizadas mediante la palabra de Dios, los sacramentos, la oración y el compromiso apostólico. Cuando se viven en profundidad estas coordenadas se hace posible suscitar nuevas vocaciones.

b)   El siguiente paso sería el llamamiento personal, la propuesta directa a aquellos jóvenes de la comunidad que son más sensibles y aptos para plante­arse una elección de vida consagrada en respuesta a la llamada de Dios. Es trascendental en este segundo momento ser capaces de acoger en nombre de la comunidad. Muchas vocaciones se pierden porque no han encontrado la acogida necesaria en sus comunidades respectivas.

c)   El paso siguiente en la pastoral vocacional consiste en el acompaña­miento de los candidatos. El acompañamiento espiritual personal es siempre necesario, aunque vaya complementado con un acompañamiento grupal. Insistiremos en esto más adelante. Y no olvidemos que es importantísima la figura del acompañante.

d)   Finalmente, como consecuencia de una decisión personal y libre, el aspi­rante entraría en su etapa de formación ya específica, ingresando en las diversas instituciones con que la Iglesia cuenta para la formación: seminarios, noviciados, etc.

Hay que reactivar una intensa pastoral vocacional que, partiendo de la vocación cristiana en general, de una pastoral juvenil entusiasta, dé a la Igle­sia los servidores que necesita. Las vocaciones laicales, tan indispensables, no pueden ser compensación suficiente. Más aún, una de las pruebas del compro­miso del laico es la fecundidad en las vocaciones a la vida consagrada.

4. UNA PASTORAL VOCACIONAL DE NUEVO CUÑO

Convencidos de que la animación vocacional no equivale al reclutamiento de épocas pasadas, hemos de buscar las vocaciones y no esperar a que se pre­senten espontáneamente en nuestros Seminarios y Noviciados niños o jóvenes que alguien haya podido enviar. Hemos de buscar las vocaciones allí donde el Señor quiera suscitarlas, no donde a nosotros nos gustaría que surgieran. La promoción vocacional no es alistamiento selectivo de gente privilegiada; tam­poco es formación de héroes. El Señor no se fija normalmente en el que se considera mejor que los demás, sino en los pequeños y humildes. Elige a los que él quiere.

Urge, por tanto, una pastoral vocacional de nuevo cuño que, con palabras de Amedeo Cencini, sea evocadora, provocadora y convocadora43.

4.1. Evocadora

Una buena pastoral vocacional no se conforma con presentar un valor, por atractivo que sea, pensando que alguien se va a decidir sin más a conquistar­lo. El auténtico animador vocacional trata siempre de ayudar respetuosamen­te al joven a plantear correctamente el problema de su identidad y la respues­ta a la llamada que el Señor le hace, con el testimonio de quien ha hecho ya su propio recorrido. En ciertos casos, deberá suscitar él la pregunta vocacional, venciendo así la presunción propia del joven que cree que lo sabe ya todo por sí mismo. El animador inteligente es el que ayuda a ‘despertar’ en el adoles­cente y en el joven la necesidad de que Dios le descubra el sentido de la vida y el puesto que debe ocupar en ella. Ha de renunciar a su propio proyecto y escuchar la voz de Dios.

Por eso la animación vocacional tiene que incluir una educación para la oración. Porque ahí es donde descubrirá el joven a Dios como fuente de la pro­pia identidad y de la propia vocación. Orar es buscar y encontrar a Dios, y al mismo tiempo, buscarse y encontrarse a sí mismo en Dios. Educar para la ora­ción exige firmeza y paciencia para acompañar al joven y que descubra la dife­rencia y la distancia entre sus deseos y los de Dios, que aprenda a aceptar a Dios como el totalmente Otro y sepa sufrir los silencios divinos. Ha de renun­ciar incluso a alcanzar la experiencia de Dios, dejando que sea Dios quien haga experiencia de él, es decir, quien le ponga a prueba. Así conocerá a un Dios que arranca al hombre de la mezquindad y estrechez de sus proyectos, de sus falsas seguridades y despierta en él los grandes deseos, a la medida de los pro­yectos de Dios y de su misma libertad. Oración, pues, como sorpresa y grati­tud, pero también como lucha y tensión. Y, sobre todo, oración como ámbito natural del descubrimiento de la propia vocación.

En la oración aprenderá el joven el amor compasivo y entrará en contacto con la belleza de un Dios que atrae y seduce: “No basta deplorar y denunciar las fealdades del mundo, ha dicho el cardenal Martini. No basta tampoco, en nuestra época desencantada, hablar de injusticia, de deberes, de bien común, de programas pastorales, de exigencias evangélicas. Es preciso hablar con un corazón cargado de amor compasivo, experimentando la caridad que da con alegría y suscita con entusiasmo; es preciso irradiar la belleza de lo que es ver­dadero y justo en la vida, porque sólo esta belleza arrebata de verdad los cora­zones y los dirige a Dios. En resumidas cuentas, es necesario hacer compren­der lo que Pedro entendió ante Jesús transfigurado: “Señor, qué bien estamos aquí” (Mt 17,4); y lo que Pablo, citando a Isaías (52,7), sentía ante la tarea de anunciar el Evangelio: “¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian bue­nas noticias!” (Rom 10,15)”44.

4.2. Provocadora

Nuestra pastoral vocacional ha de ser provocadora. Y provocar significa eti­mológicamente “llamar a fuera, hacer salir”. Y es sinónimo de aguijonear, espolear, estimular, incitar, mover, suscitar. La pastoral vocacional será provo­cadora si logra sacar al adolescente y al joven de su modorra y les impulsa hacia un proyecto de superación, lanzándoles hacia adelante, no buscando seguridades, siguiendo la llamada de un Dios amigo y exigente. La cultura des­creída y superficial modela especialmente a los jóvenes. Ser presbítero no entra como una posibilidad real para muchos jóvenes de hoy. La vocación sacerdotal no se considera seriamente ni siquiera para descartarla. Para muchos jóvenes elegir el sacerdocio es apostar por un caballo cojo en la carre­ra de la vida. Por eso es necesario provocar.

Las vocaciones surgen a través de modelos de identificación, que son los provocadores de las nuevas vocaciones (PVIE 56). Allí donde hay presbíteros y religiosos que aportan un testimonio claro y gozoso de su vocación, surgen nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Se nota en los candi­datos que llegan a los seminarios o a las instituciones de formación para la vida religiosa. El testimonio de los que ya viven una vocación de especial con­sagración debe preceder incluso a la primera propuesta y presentación de las vocaciones a todos los miembros de la comunidad eclesial. De ahí que, para suscitar en la Iglesia nuevas vocaciones, sea necesaria la propuesta y la invita­ción personal.La vocación sacerdotal es para ir y conduciar a los demás al cielo Ella ha sido, en muchas ocasiones, el detonante de todo un pro­ceso vocacional que ha llevado a muchos jóvenes a descubrir la vocación de Dios para una vida de entrega total.

Porque la llamada es obra de la gracia, hay un momento justo para que sea escuchada. El educador experto y prudente sabrá apreciarlo. Cuando se dan las condiciones, nunca es demasiado pronto para poner a la escucha del Señor. Lo importante es no llegar demasiado tarde. Dios es siempre libre de llamar a quien quiere y cuando quiere... Pero ordinariamente llama por medio de nues­tras personas y de nuestras palabras. No viene nada mal situarse ante el Señor en la Eucaristía y preguntarse: De todos aquellos que se relacionan conmigo, ¿a quién estás llamando, Señor, al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada? Dame fuerza para vencer mis miedos y mis excusas y planteárselo con valentía. Quizá reducimos demasiado las posibles propuestas a los eventuales candida­tos y a los ambientes en los cuales se pueden esperar vocaciones, y éstos son tan escasos que nos justificamos diciéndonos que no es posible ni aconsejable hacer ninguna propuesta vocacional. Lo que Dios nos pide no es que tengamos confianza en la prospección sino que propongamos la llamada a un mayor número de personas. ¿Acaso no llamó Dios a Amós? Este pastor, recolector de higos de sicómoro, ¿era en principio muy apto para convertirse en un profeta? En cuanto a Mateo, ¿qué posibilidad había de hacer de él un auténtico apóstol de Jesús cuando estaba ejerciendo su actividad como recaudador de impues­tos? ¿Y Saulo de Tarso, que se dedicaba nada menos que a perseguir a los cris­tianos? Dios puede, en cualquier momento, cambiar el corazón humano, de tal manera que su palabra sea escuchada y su llamada sea seguida.

“Por eso, insiste el Papa actual, se ha de incrementar una pastoral vocacio­nal específica, que mueva a los responsables de la pastoral juvenil a ser media­dores audaces de la llamada del Señor. Sobre todo, no hay que tener miedo a proponerlo a los jóvenes, acompañándolos después asiduamente, en el ámbi­to humano y espiritual, para que vayan discerniendo su opción vocacional”45.

La pastoral vocacional provocadora se articula en dos momentos estrecha­mente unidos entre sí:

— Presentar la propuesta vocacional

No basta hablar genéricamente de las vocaciones, se requiere además el atrevimiento confiado y respetuoso para invitar personalmente: “Los educa­dores, especialmente los sacerdotes, recordaba Juan Pablo II, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cua­lidades necesarias para ello. No hay que tener ningún miedo de condicionar­les o limitar su libertad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una res­puesta libre y auténtica”46 .

Hemos de reconocer, no obstante, que nuestra propuesta vocacional suele ser intermitente, pusilánime, tardía y poco interpeladora. Hay un respeto legí­timo a la intimidad y a la libertad. Pero cuando el adolescente y el joven están casi determinados por el ambiente al estilo mundano de vivir, proponerle el estilo de vida cristiana y el ministerio sacerdotal es plantearle una alternativa que le favorece en su libertad. La pastoral vocacional siempre propone, nunca impone, respetando plenamente la libertad de la decisión personal. La pro­puesta, netamente interpelante, ilusionada y respetuosa, ha de ser siempre totalmente compatible con la libertad que corresponde a toda persona.

Hoy hay que tener presente que la pastoral de las vocaciones es universal y permanente; que se dirige a personas de todas las edades. Dios llama a cual­quier edad. Esta realidad se puede observar en los Seminarios y Noviciados de nuestro tiempo, en los que las edades de los seminaristas son muy diversas y más bien elevadas con respecto a las edades de los seminaristas del pasado.

a.  Proponer con realismo

El seguimiento de Jesús, hoy como ayer, puede llenar las ansias del corazón humano totalmente. Ésta es no sólo una convicción, sino también una expe­riencia que podemos ofrecer, sin miedo, a los jóvenes de hoy los que nos hemos consagrado de por vida al Señor y a nuestros hermanos. Propongamos el camino del seguimiento radical de Cristo con sinceridad y con valentía. Esta­mos convencidos de que la llamada de Jesús no ha perdido actualidad. Hemos de aprender de Jesús. “Venid y veréis” es la propuesta de Jesús a quien quie­re seguirle de cerca.

b.  Predicando con el ejemplo

Es muy importante la calidad de nuestro testimonio evangélico, tanto de sacerdotes, consagrados y seglares. Es verdad que algunos jóvenes ‘profundizan en la superficie’, otros tienen un fondo religioso muy débil que no permi­te oír la llamada del Señor. Pero sigue habiendo vidas que asumen la radicali­dad evangélica y constituyen una verdadera interpelación para los jóvenes. No sólo una Teresa de Calcuta, un Mons. Romero, unas misioneras de Rwanda interpelan de verdad. Cuando un joven dice o piensa de un cura: “éste ‘cree en Dios’; su hablar, su escuchar, sus comportamientos dan la impresión de ver­dad; este cura ora de verdad, ama a los pobres en serio, está siempre disponi­ble, acoge siempre...” ese testimonio le hace interrogarse, y puede conducir­le a preguntas existenciales sobre la propia vocación.

c.  Necesidad del acompañamiento espiritual

El acompañamiento espiritual es una práctica que privilegian los grupos que tienen vocaciones. Si Dios tiene un proyecto singular y concreto sobre cada persona será necesario descubrirlo y hacer un discernimiento. El Señor no habla generalmente a través de signos fulgurantes y evidentes. Pero tampoco su llamada es tan enigmática que no se pueda descifrar. La dirección espiritual o acompañamiento personal es un medio muy apto para tal discernimiento. Acompañado del director, el muchacho lee los signos que Dios emite en su vida y distingue, tal vez entre ellos, la llamada vocacional.

“Como nunca ha dejado de hacer, la Iglesia sigue recomendando hoy todavía la práctica de la dirección espiritual no sólo a cuantos desean seguir de cerca al Señor, sino a todo cristiano que quiera vivir con responsabilidad su bautismo, es decir, su nueva vida en Cristo. Y es que todos –y de especial manera quienes han acogido la llamada divina a su seguimiento más cercano ­necesitan ser acompañados personalmente por un guía seguro en la doctrina y experto en las cosas de Dios; un guía que pueda ayudarlos a guardarse de fáciles subjetivismos, poniendo a disposición de ellos su propio bagaje de conocimientos y experiencias vividas en el seguimiento de Jesucristo. Se trata de entablar la misma relación personal que el Señor mantenía con sus discípu­los: ese vínculo especial con el que los llevó tras El a abrazar la voluntad del Padre (cf Lc 22,42) o sea a abrazar la cruz”47.

Los planes pastorales han supuesto un trabajo que algún día dará todo su fruto, pero también han tenido sus limitaciones. Una de ellas, y quizá de las más graves, es que han dejado en segundo término la dirección espiritual, o sea, la ayuda para desarrollar una vida espiritual estrictamente personal, basa­da en la pregunta por lo que Dios quiere de mí y por el discernimiento consiguiente.Jesús sigue llamando a que le sigan y sean pescadores de hombre El carisma de discernimiento no es sólo un don del Espíritu; es una necesidad una vez que el Espíritu está presente en la vida de la Iglesia. ¿Cómo saber si las mociones sentidas vienen del Huésped interior o son meros esta­dos de ánimo naturales o, incluso, tentaciones demoníacas disfrazadas? Una vocación sale a la luz en un momento determinado pero tiene una larga pre­historia; hubo que pasar muchas encrucijadas sin desviar el camino. ¿Cómo lle­gar a ese momento si antes no hubo acompañamiento en la aventura espiri­tual y apertura creciente a la voluntad de Dios?

Este acompañamiento tenderá a ser total en extensión y en profundidad. Ha de llevar a la comunión y el contraste de los jóvenes creyentes con su gene­ración y con el mundo. En algunos casos se hará necesaria, como metodología formativa, una cierta ‘terapia de choque’. Resaltar los elementos de contraste de su vocación con respecto a los modelos imperantes en la sociedad. Desper­tar esa capacidad, e incluso esa necesidad crítica que existe en el muchacho. Y plasmar su oposición precisamente frente a esos puntos en los que muchos jóvenes hoy son altamente dependientes, incluso esclavos, de su ambiente: la vivencia incontrolada de la sexualidad, el abuso del alcohol, la adoración del dinero, la seguridad profesional a toda costa, el confort como valor de alta cotización, el presentismo carente de proyecto. Aunque también hemos de reconocer que no es sana una educación que subraya tanto el contraste con el mundo que olvida la comunión del joven con él. Al fin y al cabo, ser cura hoy es una manera mansa e intrépida a la vez de contestar desde la comunión. Si la educación cristiana no despierta esta actitud, no prepara para escuchar la llamada del Señor.

Un aspecto más, aunque no el último, es presentar un cristianismo alegre y positivo. No me refiero a la simple jovialidad o talante ‘juvenil’, que son pro­pios de algunos temperamentos y de ciertas edades. La alegría cristiana es otra cosa. Es vivir centrados en nuestra misión. Es sentirse bien en la propia vocación. Es la capacidad de encajar las dificultades y los contratiempos. Es la aptitud para mirar el lado positivo de las personas y de la vida. Es la relativa inmunidad ante el desaliento y la capacidad de infundir en otros las ganas de vivir. Es la virtud de despertar en la gente lo mejor que tiene y de amortiguar lo negativo que lleva dentro.

— La animación vocacional provocadora ha de ayudar a entrar en la lógi­ca del don y en el modelo de la entrega:

La lógica del don. El punto de partida es descubrir la vida como don; des­cubrimiento que no se puede dar por supuesto. No sólo, pero es precisamen­te de aquí de dónde arranca la verdadera posibilidad de entender la vida como vocación. El animador vocacional inteligente tratará lo más posible de personalizar tal verdad, impulsando al joven a verificarla en el contexto de su propia historia.

El joven, propone A. Cencini, “debe llegar a verse a sí mismo, en lo que tiene y en lo que es, en sus cualidades y en sus realizaciones, como un grande y maravilloso don, enteramente gratuito. Deberían surgir entonces algunas actitudes, como consecuencia lógica de este descubrimiento: la gratitud ante tal benevolencia, la alegría por los bienes que posee, que son tantos y por todo lo que le rodea; la sensación, de modo particular, de que no es dueño ni propietario, sino sólo beneficiario, de un don tan grande como inmerecido; y sobre todo, la decisión de... [...] querer vivir es entregarse con plena disponi­bilidad a este misterio que nos supera, aceptando una razón y una lógica que se nos escapan, pero que están en la vida misma y de las que depende la plena realización del yo”.

El modelo de la entrega. En este momento es cuando se puede hacer la propuesta vocacional específica. La propia vida, que es un bien recibido, puede convertirse en un bien entregado a Dios y a los demás. Frente a lo mucho que Dios le ha dado y ha obrado en él, lo lógico y coherente es que el joven responda con la entrega de lo poco que es y tiene. La pastoral vocacio­nal que se basa en el modelo de la entrega es discreta, sencilla, basada no sobre la excepcionalidad de un proyecto, accesible a pocos, sino sobre la rea­lidad de un don y de un amor que todos han recibido.

La experiencia del voluntariado puede ser útil si está abierta al compromi­so definitivo, pero nunca debe sustituir la verdadera vocación: “Por eso una pastoral vocacional auténtica no se cansará jamás de educar a los niños ado­lescentes y jóvenes al compromiso, al significado del servicio gratuito, al valor del sacrificio, a la donación incondicionada de sí mismo. En este sentido, se manifiesta particularmente útil la experiencia del voluntariado, hacia el cual está creciendo la sensibilidad de tantos jóvenes. En efecto, se trata de un voluntariado motivado evangélicamente, capaz de educar al discernimiento de las necesidades, vivido con entrega y fidelidad cada día, abierto a la posi­bilidad de un compromiso definitivo en la vida consagrada, alimentado por la oración; dicho voluntariado podrá ayudar a sostener una vida desinteresada y gratuita, y al que lo practica la hará sensible a la voz de Dios que lo puede lla­mar al sacerdocio” (PDV. 40). Ahora bien, “el voluntariado no debe ser un sus­tituto de la vocación. Con generosidad el voluntario dedica algún tiempo de su vida a causas sociales y humanas muy dignas; por la vocación nos entrega­mos a Dios a favor del hombre en totalidad, en sus necesidades materiales y espirituales, temporales y eternas. La solidaridad humana, la magnanimidad y la “compasión” bastan para motivar y sostener el servicio voluntario; pero en el origen y perseverancia de la vocación alienta, además, la fe en Dios, la espe­ranza en la Vida eterna, la caridad comunicada al hombre por el Espíritu de Jesucristo (cf. Rom. 5,5)”48

4.3. Convocadora

La pastoral vocacional va dirigida a la totalidad del joven, no a una parte de su psiquismo. No privilegia el aspecto sentimental e intimista, reduciendo el proyecto de vida a una cuestión de atracción instintiva (“me va, no me va”). No se dirige exclusivamente a la voluntad, generando la ilusión y el equívoco de que para elegir una vocación es suficiente tener determinadas cualidades psicológicas o morales. Tampoco se reduce a un mensaje puramente intelec­tual, como si la opción de vida fuese fruto de argumentos puramente raciona­les que debieran cancelar toda duda y ofrecer en absoluto garantías y seguri­dades desde el momento en que se da el paso definitivo.

La vocación es una llamada que pretende llegar, a la vez, al corazón, a la inteligencia y a la voluntad del joven. Por esto es una propuesta dirigida a la inteligencia y a su sed de verdad, ofreciendo no sólo exhortaciones e invita­ciones, sino contenidos concretos, datos objetivos, modelos de comportamien­to, fundados en la Palabra y en el carisma, en los que el sujeto pueda encon­trar y construir su verdad subjetiva. Propuesta que se dirige, al mismo tiempo, a la voluntad y a sus exigencias de experimentar y vivir; por esto es fundamen­tal que la animación vocacional no consista sólo en doctrina e ideas, sino que sea a la vez experiencia concreta de encuentro con el Señor, vivida en la pro­pia piel. Finalmente, el mensaje debe llegar al corazón, ha de tener relevancia afectiva: el joven ha de convertirse en un enamorado de Cristo. Y notará pron­to si el que le propone la vocación de especial consagración se siente a gusto con su propia vocación, en su propio ministerio. Únicamente en ese caso puede ser presentado un proyecto de vida de carácter vocacional con conven­cimiento y con calor.

CAPÍTULO IV. RESPONSABLES DE LA PASTORAL VOCACIONAL

El tema de las vocaciones atañe a todos. La vocación es un don de Dios, que la comunidad eclesial tiene que pedir, custodiar y amar. Una comunidad cris­tiana no debiera estar tranquila hasta que en lugar de pedir sacerdotes al Obispo fuera capaz de ofrecerle candidatos al ministerio. Porque las vocacio­nes nacen ciertamente de las comunidades vivas. Esto permite orar y trabajar por las vocaciones sin estar nerviosos ni obsesionados como si todo dependie­ra de nosotros. Debemos estar empeñados por la fidelidad, intensidad y vera­cidad de nuestra vida cristiana. Lo demás vendrá como fruto maduro que cae por su propio peso.

1. EL OBISPO

“La primera responsabilidad de la pastoral orientada a las vocaciones sacerdotales es del Obispo, que está llamado a vivirla en primera persona, aunque podrá y deberá suscitar abundantes tipos de colaboraciones”49. No todo, sin embargo, se puede delegar. Continúa diciendo el Papa: al obispo corresponde la solicitud de dar continuidad al carisma y al ministerio presbite­ral..., se preocupará de que la dimensión vocacional esté siempre presente en todo el ámbito de la pastoral ordinaria..., a él compete promover y coordinar las diversas iniciativas vocacionales. Si el obispo concede prioridad a su traba­jo en la promoción de vocaciones, más pronto o más tarde encontrará colaboraciones cualificadas y la diócesis experimentará cambios sustanciales en cuan­to a vocaciones. Hay datos fehacientes y contrastados.

Ya Pablo VI les decía a los obispos: “Vosotros mismos, obispos, que estáis mucho más en contacto con los jóvenes que antes, no tengáis miedo de expo­nerles a menudo el problema del relevo sacerdotal, con el tacto y el entusias­mo convenientes”50.

El obispo ejerce de forma particular su ministerio de llamamiento de estos modos (CIV, 29):

a)   Anunciando, a través de su predicación, la gracia de los ministerios orde­nados y de las diferentes formas de vida consagrada.

b)   Invitando a todos a responder generosamente a la voluntad de Dios para realizar la propia vida al servicio de la comunidad.

c)   Manteniendo vivo el espíritu de oración para que exista corresponsabi­lidad y no pasividad.

d)   Llamando personalmente a aquellos más disponibles, en especial los jóvenes, ayudándoles en la madurez de su elección.

e)   Proponiendo a las diversas instancias diocesanas la reflexión y el com­promiso con la pastoral vocacional.

f)    Animando y sosteniendo los servicios diocesanos a favor de las vocaciones.

2. EL PRESBÍTERO

No es algo facultativo para los sacerdotes promover vocaciones sacerdota­les y a la vida consagrada. “Este deber -de atender a las vocaciones sacerdota­les y religiosas- pertenece a la misión misma sacerdotal, por la que el presbí­tero se hace ciertamente partícipe de la solicitud de toda la Iglesia, para que aquí en la tierra no falten nunca operarios en el Pueblo de Dios”51. Juan Pablo II añadía: “Los sacerdotes son solidarios y corresponsables con el Obispo en la búsqueda y promoción de las vocaciones presbiterales”52. Y precisa cómo han de trabajar ellos por las vocaciones: “La vida misma de los presbíteros, su entrega incondicionada a la grey de Dios, su testimonio de servicio amoroso al Señor y a su Iglesia -un testimonio sellado por la opción por la cruz, acogi­da en la esperanza y en el gozo pascual-, su concordia fraterna y su celo por la evangelización del mundo, son el factor primero y más persuasivo de fecun­didad vocacional”. “Cada uno de nosotros, añade Benedicto XVI, debería hacer lo posible para vivir su propio sacerdocio de tal manera que resultase convincente, de tal manera que los jóvenes puedan decir: esta es una verda­dera vocación, así se puede vivir, así se hace algo esencial para el mundo. Creo que ninguno de nosotros habría llegado a ser sacerdote si no hubiese conoci­do sacerdotes convincentes en los que ardía el fuego del amor de Cristo”53. Vivir cada día con gozo agradecido nuestra propia vocación: “Os exhorto, pues, yo preso en el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados” (Ef 4,1-3), conscientes de que, como se nos dijo en la ordenación o en la profesión: “El que ha comenzado en tí la obra buena, El mismo la lleve a término”.

Tres cualidades del testigo verdaderamente ‘vocante’ señalaba Juan Pablo II:

Radicalidad evangélica: No significa extremismos ni rigorismos, ni excen­tricidades ni fanatismo ciego. Es vivir y proponer el Evangelio en toda su belle­za, grandeza, exigencia. Sería un engaño y una infidelidad disminuir las exi­gencias del seguimiento de Jesús. Lo grande incita al corazón generoso; sólo la plenitud sacia. Sin radicalidad no se sigue realmente a Jesucristo, no se colma el corazón, no se descubre la auténtica vocación.

Irradiación de la verdadera alegría: La alegría, que no se identifica con la jovialidad, significa “vivir centrados en nuestra misión y vivir habitualmen­te bien dentro de nuestra propia piel”; esa alegría es reflejo de una identifi­cación honda y paciente con la propia vocación; la vida reconciliada con el proyecto de Dios sobre el hombre transparenta serenidad, paz de fondo, con­vicción de haber acertado en el camino.

Relación abierta con los jóvenes quiere decir cercanía sin miedos ni hala­gos, vida cristiana ilusionada, fidelidad sin anacronismos, un cierto ‘aire’ que contiene al mismo tiempo y en dosis proporcionadas: confianza en el futuro, renovación eclesial, sensibilidad con nuestro tiempo.

El presbítero, en estrecha relación con los demás presbíteros y con su obispo, cumple este deber, particularmente (CIV, 32):

a) Anunciando a la comunidad, desde la palabra de Dios, la vocación cris­tiana, la vocación presbiteral y las vocaciones consagradas.

b) Mostrándose abierto a los jóvenes y formándoles en una vida cristiana con sentido vocacional.

c)  Ofreciendo un testimonio personal que inquiete a otros y les lleve a estar atentos a la llamada de Dios.

d) Aumentando la capacidad de descubrir personas especialmente sensi­bles, aptas y dispuestas para asumir en su vida una consagración espe­cial animándolas por medio del acompañamiento personal, incluida la dirección espiritual.

3. LOS CONSAGRADOS

Los que abrazan la vida consagrada, como expertos en la búsqueda de Dios, pueden ser interlocutores válidos de los que se plantean su vocación de especial consagración. De ahí que cada religioso y religiosa deban invitar, unas veces con la elocuencia de su silencio y otras con su palabra entusiasmada, a la verdadera búsqueda de Dios, a vivir la felicidad que ellos experimentan y contagian.

Esto vale para los consagrados individualmente y para sus comunidades: “El terreno propicio para que crezca y prospere una vocación es sin duda un ambiente donde el seguimiento de Jesús se viva con gozo, convicción, e ilu­sión. Este clima seduce y suscita el deseo de participar de esa misma vida. No podemos olvidar aquí la importancia que la seducción y el deseo juegan en los procesos vocacionales. Estos procesos deberán recorrer un camino que condu­ce a la opción libre de toda la persona por el Señor, reconocido como capaz de plenificar la propia existencia. Para ello no basta anunciarlo o afirmarlo, es preciso ofrecer la experiencia de quien ya lo ha recorrido, para que pueda ser compartida.

Pienso que tanto los sacerdotes como los consagrados hemos de pregun­tarnos con toda sinceridad si el ambiente que se respira en nuestro interior es capaz de contagiar deseos de entrega incondicional al Señor, gozo en el vivir la radicalidad evangélica y esperanza en el futuro, o si por el contrario arras­tra unas vidas tristes, mediocres y grises que no suscitan en nadie el deseo de compartirlas. ¿Será verdad que nos falta entusiasmo y nos sobra criticismo, y que transmitimos más interrogantes que afirmaciones entusiastas? Es posible que la gente no perciba el ‘arder de nuestro corazón’ ante la presencia de Jesús que nos explica las Escrituras (cfr. Lc 24,32). Las “comunidades de vida consagrada situadas en las diversas sociedades de nuestro mundo, en las cua­les conviven como hermanos y hermanas personas de diferentes edades, len­guas y culturas se presentan como signo de un diálogo siempre posible y de una comunión capaz de poner en armonía las diversidades” (VC 51). No se trata de esconder las dificultades que existen en toda convivencia prolongada o en todo trabajo en equipo, porque los jóvenes pueden entenderlas sin escandalizarse. Se trata de poder decirles: “venid y veréis” cómo nos esforza­mos por hacer posible el “amor de los unos a los otros”, el compartir la fe y la plegaria, tratando de superar con la bondad y la misericordia las heridas no cicatrizadas, probad cómo el diálogo se enriquece cuando no aniquila la diver­sidad... “Venid y veréis” cómo intentamos, a veces fatigosamente, construir comunidades de solidaridad y reconciliación...”54

Pero es necesario añadir todavía un elemento determinante de visibilidad en estas comunidades: la pobreza y sencillez de vida. En la autenticidad de nuestra pobreza nos jugamos la coherencia y transparencia de nuestra profesión religio­sa de seguidores de Jesús pobre y amante de los pobres. La pobreza personal y comunitaria es condición inequívoca de nuestra credibilidad y los jóvenes tienen una sensibilidad especial para percibirla. Seguir a Cristo pobre presupone com­partir en un gesto audaz y profético los aspectos materiales y sociales de la pobreza, al igual que su significación teológica y espiritual; así una existencia profética, a imitación de Cristo exige confianza en la pobreza de medios, prác­tica de la sencillez de vida, gratuidad y actitud de acogida y disponibilidad para con todos los que se acercan a nosotros y a nuestras comunidades, pero en espe­cial, para aquellos a los que se les cierran las puertas de los poderosos.

Otro aspecto a tener muy en cuenta es la misión apostólica. Necesitamos recuperar entusiasmo apostólico, convencimiento de la necesidad de anunciar explícitamente a Jesucristo. La pregunta de Jesús a los discípulos “¿y vosotros quién decís que soy yo”?, tiene hoy para nosotros toda su actualidad... ¿Cómo presentamos a Jesús, qué decimos de El...? Todos son llamadosCaer en la cuenta de haber sido lla­mados por el Señor nace de una experiencia de Jesús que es a la vez amigo y Señor, profeta y Redentor, defensor de los pobres y acogedor de los pecado­res; brota de la experiencia de un Jesús que llama “para estar con El” (Mc 3,14) en la intimidad de la oración y para enviar en misión a curar a los más peque­ños y necesitados, porque la vocación exige la entrega gratuita y total de la persona a Dios y una opción así no brota de la sola propuesta de una tarea.

La capacidad de conducir a otros a la experiencia de Dios, es transparencia de una interioridad; es decir, guiar a otros al misterio, a dejarse sorprender y abrir al misterio que hay en cada persona humana y al misterio que es Dios mismo. Hoy son bastantes los jóvenes que buscan experiencias religiosas y surge la necesidad de acompañarles y conducirles para que esas experiencias puedan ser experiencias cristianas y experiencias fundantes de una vida que se pregun­ta cuál es la voluntad de Dios sobre ellos. Hay un convencimiento común en que las vocaciones sólo surgen en los ambientes de una fuerte experiencia de Dios, de donde deriva un amor gratuito y de servicio a los más pobres.

Concretamente, nuestra predicación, nuestros catecumenados, especial­mente de jóvenes, ¿qué engendran, admiradores de Jesús o creyentes en Cris­to? Claro es que los cristianos somos admiradores de Jesús, pero también lo son muchos más que no son cristianos: y no lo son sencillamente porque no confiesan que Jesús de Nazaret es el Cristo, el Señor. Posiblemente es éste uno de los problemas principales de la evangelización en nuestra cultura55. Pero hay algo más. “Las personas consagradas tienen el deber de ofrecer con gene­rosidad, acogida y acompañamiento espiritual a todos aquellos que se dirigen a ellas, movidos por la sed de Dios y ansiosos de vivir las exigencias de su fe”56.

4. LOS FIELES LAICOS

“También los fieles laicos, en particular los catequistas, los profesores, los educadores, los animadores de pastoral juvenil, cada uno con los medios y modalidades propios, tienen una gran importancia en la pastoral de las voca­ciones sacerdotales. Cuanto más profundicen en el sentido de su propia vocación y misión en la Iglesia, tanto más podrán reconocer el valor y el carácter insustituible de la vocación y de la misión sacerdotal”57. Trabajar en la promo­ción de vocaciones sacerdotales no supone -como temen algunos- retrasar la mayoría de edad del laicado en la Iglesia. Un buen sacerdote contribuirá efi­cazmente a que surja un laicado maduro y comprometido y un buen laico necesitará el complemento del sacerdote y trabajará cuanto pueda para que haya más y mejores sacerdotes.

A los jóvenes el Papa Benedicto les dice: “Os exhorto, además, a que, en el camino hacia Cristo, sepáis atraer a vuestros jóvenes amigos, compañeros de estudio y de trabajo, para que también ellos lo conozcan y lo confiesen como Señor de sus vidas. Para ello, dejad que la fuerza de lo Alto que está dentro de vosotros, el Espíritu Santo, se manifieste con su inmenso atractivo. Los jóvenes de hoy necesitan descubrir la vida nueva que viene de Dios, saciarse de la verdad que tiene su fuente en Cristo muerto y resucitado y que la Iglesia ha recibido como un tesoro para todos los hombres”58. Escuchemos a un pastor de la Iglesia que trabajó como pocos en el campo de las vocaciones al ministe­rio sacerdotal y a la vida consagrada: “Sin sacerdocio no habrá laicado; con lai­cado seguirá habiendo sacerdocio. Cuantos más sacerdotes y apóstoles, más laicos dispuestos a trabajar en el Reino de Dios; cuantos más laicos bien for­mados, más sacerdotes seguirán existiendo como una exigencia lógica del des­arrollo de la vocación cristiana. Evodia y Síntique, como en su primera etapa Tito y Timoteo, y aquellos a quienes el Apóstol llama ‘colaboradores míos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida’ (Fil 4,2-3), fueron laicos que abrieron camino al Evangelio, pero fue la llamada de San Pablo la que abrasó su corazón. Y así siempre”59

5. LA PARROQUIA

“La vocación es relación, ante todo, con la vida de la parroquia, cuyo influ­jo es en ella de una importancia fundamental, bajo los más distintos aspectos: los de la animación litúrgica, del espíritu comunitario, de la validez del testi­monio cristiano, del ejemplo del párroco y de los sacerdotes colaboradores”60.

En la parroquia nace la vocación y en ella crece y se desarrolla. La parro­quia es educadora también de las vocaciones. “La comunidad parroquial debe continuar sintiendo como parte viva de sí misma al joven en camino hacia el sacerdocio, lo debe acompañar con la oración, acogerlo entrañablemente en los tiempos de vacaciones, respetar y favorecer la formación de su identidad presbiteral, ofreciéndole ocasiones oportunas y estímulos vigorosos para pro­bar su vocación a la misión”61.

Es necesario que cada parroquia cuide y plantee correctamente la pastoral juvenil. La dimensión vocacional es parte integrante de la misma, que sin ella quedaría incompleta e ineficaz: “El compromiso de la Iglesia por los jóvenes, con las debidas adaptaciones de orden pedagógico y metodológico, no puede prescindir en modo alguno de considerar como deber primario la propuesta y el acompañamiento de las diferentes vocaciones. Ni tampoco puede prescin­dir de una atención constante y específica a las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida de especial consagración, que necesitan por su misma natura­leza un cuidado.

Todo proyecto de pastoral juvenil debe proponerse como fin último la maduración en un diálogo personal, profundo, decisivo, del joven o de la joven con el Señor. La dimensión vocacional es parte integrante de la pastoral juvenil. (...) en ella encuentra su espacio vital; la pastoral juvenil es completa y eficaz cuando se abre a la dimensión vocacional”62

Las ‘escuelas de monaguillos’ están siendo en algunas parroquias auténti­cos ‘viveros’ de vocaciones: “Queridos hermanos sacerdotes, les decía Juan Pablo II, junto con otras iniciativas, cuidad especialmente de los monaguillos, que son como un ‘vivero’ de vocaciones sacerdotales. El grupo de acólitos, atendidos por vosotros dentro de la comunidad parroquial, puede seguir un itinerario valioso de crecimiento cristiano, formando como una especie de pre­seminario. Educad a la parroquia, familia de familias, a que vean en los acóli­tos a sus hijos, “como renuevos de olivo” alrededor de la mesa de Cristo, Pan de vida (Cf. Sal127, 3). Aprovechando la colaboración de las familias más sen­sibles y de los catequistas, seguid con solicitud al grupo de los acólitos para que mediante el servicio del altar, cada uno de ellos aprenda a amar más al Señor Jesús, lo reconozca realmente presente en la Eucaristía y aprecie la belleza de la liturgia. Todas las iniciativas a favor de los acólitos, organizadas en el ámbito diocesano o de las zonas pastorales, deben ser promovidas y ani­madas, teniendo siempre en cuenta las diversas fases de la edad”63.

6. LA FAMILIA COMO ‘PRIMER SEMINARIO’ (OT 2)

a. La familia, ‘iglesia doméstica’, primer Seminario.

Las familias cristianas han de vivir con empeño su condición de Iglesias domésticas. Nadie duda de la importancia grande de la familia cristiana en orden a las vocaciones de especial consagración. En concreto, la incidencia de la familia en el campo vocacional es proporcional a la percepción que ella tiene de la vida como misión, servicio y vocación; en la medida en que cultive el sentido de la piedad y de la oración y el amor a la Iglesia.

El Vaticano II llama a la familia “primer seminario” (OT 2). “La familia cris­tiana, que es verdaderamente ‘como una iglesia doméstica’ (LG 11), es un lugar privilegiado para el nacimiento de vocaciones. “En esta como Iglesia doméstica –recomienda el Vaticano II- los padres han de ser para sus hijos, por la palabra y por el ejemplo, anunciadores de la fe y deben fomentar la voca­ción propia de cada uno y de un modo especial la vocación sagrada”64.

“Cuando ayer os decía que cada uno de vosotros debe hacer de su casa una Iglesia, vosotros habéis aplaudido y demostrado la satisfacción que estas pala­bras os inspiraban”, comenta S. Juan Crisóstomo65. El elocuente orador insiste sobre la educación cristiana66. Otro tanto hace san Gregorio de Nisa en elogio de su hermana Macrina67. San Jerónimo explica ampliamente a la matrona Leta cómo debe educar a su hija, aunque el ideal que le propone nos parece demasiado monástico68.

b.  La familia cristiana, lugar privilegiado para el nacimiento y maduración de las vocaciones.

“El lugar privilegiado donde nace una vocación y donde el Señor hace oir su invitación es, sin duda alguna, la familia, centro de afectos y fragua de la fe; la familia está llamada a desear y alimentar con valentía y sentimientos cristianos la entrega de la vida al Señor”69.

c.  Las familias cristianas hoy

Después de todo lo que acabamos de decir, nos hemos de preguntar qué actitud tienen hoy los padres cristianos hoy ante la posible vocación sacerdo­tal o religiosa de un hijo suyo. ¿La desean? ¿La piden a Dios? ¿Son una ayuda y un acompañamiento en el discernimiento de esta vocación? Hay de todo. Hay familias que han preparado el corazón de los hijos para que en éste pueda echar raíces la semilla de la vocación sembrada por el Espíritu Santo. Pero, por desgracia, también hay padres, muy tocados por la cultura consumista, secula­rizada y materialista en la que viven, que no valoran debidamente la vocación sacerdotal y no desean que Dios llame a un hijo suyo para ser sacerdote. La familia el primer seminarioEn este sentido, Benedicto XVI reconoce que hay que sensibilizar a las familias, “a menudo indiferentes, si no contrarias incluso a la hipótesis de la vocación sacerdotal”70. El clima religioso familiar se ha empobrecido. Abundan los padres y madres secularizados. No es frecuente que nuestras familias valoren la vocación al ministerio o a la vida consagrada. Muchos padres se dejan llevar por la idea de que la vida matrimonial garantiza mejor la felicidad de los hijos que la vida célibe. Y piensan que las condiciones de vida del presbítero son demasiado precarias y solitarias. En consecuencia se resisten a dejar a sus hijos que ingresen en el Seminario o Noviciado.

Lejos de avergonzarse de que un hijo o una hija sean llamados al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada, la familia cristiana ha de sentirse legítimamente orgullosa de esa predilección del Señor por uno de sus hijos. En una socie­dad como la nuestra, respetando la libertad de cada hijo o hija, se ha de favo­recer una respuesta positiva a la llamada de Dios. La familia puede acompañar el camino vocacional con la oración, el respeto, el buen ejemplo y la ayuda espi­ritual y material, sobre todo en momentos de dificultad. La experiencia enseña que, en muchos casos, esta ayuda múltiple ha sido decisiva para el aspirante al sacerdocio71. Y que ese sacerdote o esa religiosa han sido, en muchos casos, quienes han atendido debidamente a los padres en sus últimos años.

Toda vocación que Dios otorga a un hijo es una bendición. No sólo para el que la recibe, sino para toda la familia. También y de manera especial la voca­ción sacerdotal. Si el Señor os distingue llamando a un hijo vuestro a ser sacer­dote, consideraos honrados por Dios en gran medida. Por esto, pedid al Señor que, si ésta es su voluntad, llame a un hijo vuestro a ser sacerdote o consagra­do. Al dar a un hijo para que siga esta vocación, hacéis un valioso servicio a la Iglesia y a la sociedad. Es verdad que hoy la relevancia social del sacerdote ha disminuido en gran medida dentro de la sociedad. Sin embargo, la grandeza de la vocación sacerdotal sigue siendo la misma que antes, ya que ésta no pro­viene del reconocimiento social, sino del don de Dios que transforma al hom­bre en otro Cristo y lo convierte en presencia del Señor en medio del mundo.

El Cardenal Richard Cushing planteó en su día algo que no podemos perder de vista, a saber, que las vocaciones se pueden perder. Así lo decía él: “Pero el hecho lamentable es que las vocaciones se pueden perder. La invitación de Nuestro Señor –‘Sequere me’— Sígueme no ha sido aceptada por muchos, pues han sucumbido a otras llamadas y por ello han perdido su verdadera vocación. Las vocaciones al sacerdocio o la consagración vienen de Dios, pero son nutri­das en el hogar. Pueden perderse en el nido (familiar) cuando no refleja las sencillas y hermosas virtudes del hogar de Nazaret donde Jesús, María y José vivie­ron. Oración en familia, amor y sacrificio, alegría y paciencia, intimidad con Dios a través de los sacramentos, todo esto se requiere en el hogar ideal, la pri­mera escuela de los niños, el jardín donde las vocaciones dadas por Dios son cultivadas para Su servicio. Las vocaciones también se pueden perder por la falta de interés por parte de los progenitores. Hubo un tiempo en que los padres y las madres rezaban para que sus hijos e hijas recibieran la vocación de Dios como Sus instrumentos al servicio de la extensión del Reino. Algunos padres y madres continúan rezando por tan sublime intención, pero hay otros que ya positivamente ya negativamente desalientan a sus hijos de aspirar a ese alto camino. Para expresarlo suavemente, pienso que padres y madres que interfieren con la vocación divina tendrán mucho por qué responder”72

Por experimentadas con resultados palpables, podemos señalar como actitu­des y comportamientos recomendables: * generosa aceptación de la vida, * cre­ación en el interior del hogar de condiciones adecuadas para la búsqueda de la vocación; * oración en familia como medio eficaz de un verdadero clima voca­cional, * vivencia de la vocación de cada hijo o hija como verdadero regalo de Dios con gratitud; * catequesis en la que participe toda la familia; * información a los padres de los centros de orientación vocacional: Seminarios, etc., * oración en común con otras familias por las vocaciones de alguno de sus hijos...

7. LOS GRUPOS, MOVIMIENTOS Y ASOCIACIONES JUVENILES.

“Estas diversas agrupaciones de laicos están resultando un campo particu­larmente fértil para el nacimiento de las vocaciones consagradas y son ambien­tes propicios de oferta y crecimiento vocacional. En efecto, no pocos jóvenes, precisamente en el ambiente de estas agrupaciones y gracias a ellas, han senti­do la llamada del Señor a seguirlo en el camino del sacerdocio ministerial y han respondido a ella con generosidad. Por consiguiente, hay que valorarlas para que, en comunión con toda la Iglesia y para el crecimiento de ésta, presten su colaboración específica al desarrollo de la pastoral vocacional”73.

Cada día los movimientos apostólicos reclaman con mayor insistencia sacerdotes consiliarios. Saben, sin embargo, que los sacerdotes no descienden del cielo, sino que fueron jóvenes como ellos que integraron nuestras parro­quias, grupos, asociaciones y movimientos, ambientes propicios de oferta y crecimiento vocacionales. ¿Por qué en determinados movimientos esta oferta de vocaciones al ministerio y a la vida consagrada es frecuente y en otros escasa o nula? Quede aquí la pregunta, pero queriendo hallar, entre todos, una respuesta convincente y siempre estimuladora.

Todos, en definitiva, somos convocados a trabajar más y mejor por las voca­ciones. Nadie tiene derecho a sentirse excluido. A cada cual se le señala un cometido en esta tarea específica. Si no lo cumple, quedará sin hacer esta labor para siempre. Confiemos conscientes de que todo depende de Dios y trabajemos como si todo dependiera de nosotros, según la sabia consigna de San Agustín. A nosotros se nos pide sembrar y sembrar a voleo, porque sólo queda infecun­do, por no depositado en el surco, el grano que no sale de la mano del sembra­dor. Importa poco que sean otros los que recojan la cosecha. Los designios de Dios son siempre inescrutables para nosotros y en sus manos estamos todos.

CAPÍTULO V. PONER NUESTRAS DIÓCESIS Y PARROQUIAS EN CLAVE VOCACIONAL74

1.  LA ATENCIÓN A LAS VOCACIONES, UNA PRIORIDAD DIOCESANA

Decía Benedicto XVI a los participantes en un Congreso de Pastoral Voca­cional en 2009: “Para cada diócesis, la atención a las vocaciones constituye una de las prioridades pastorales, que asume más valor aún en el contexto del Año sacerdotal recién iniciado. [...] En el centro de vuestros trabajos habéis puesto la parábola evangélica del sembrador. El Señor arroja con abundancia y gra­tuidad la semilla de la Palabra de Dios, aun sabiendo que podrá encontrar una tierra inadecuada, que no le permitirá madurar a causa de la aridez, y que apagará su fuerza vital ahogándola entre zarzas. Con todo, el sembrador no se desalienta porque sabe que parte de esta semilla está destinada a caer en “tierra buena”, es decir, en corazones ardientes y capaces de acoger la Pala­bra con disponibilidad, para hacerla madurar en la perseverancia, de modo que dé fruto con generosidad para bien de muchos...”75.

2.  COLABORACIÓN ENTRE LA PASTORAL FAMILIAR, LA PASTORAL JUVENIL Y LA PASTORAL VOCACIONAL

“La dimensión vocacional, por tanto, es parte integrante de la pastoral juvenil, hasta el punto de que, en síntesis, podemos afirmar: la pastoral espe­cífica de las vocaciones encuentra en la pastoral juvenil su esposa vital; y la pastoral juvenil es completa y eficaz cuando se abre a la dimensión vocacio­nal¿Se puede diseñar una pastoral juvenil en clave vocacional? Se trataría de una pastoral que posibilite el conocimiento profundo de Jesús, y que favorez­ca tanto el afecto como el deseo de seguimiento. Es preciso educar en el ‘plus’, en el más. El corazón se apasiona más. La mirada va más lejos. Se intuye más horizonte para la vida y se camina con más fuerza a otros lugares, a otras pre­sencias, a otras realidades, a otras vidas. El corazón cambia. La mirada se trans­forma. El deseo se intensifica. La libertad se compromete. Todo porque Jesús atrae más, su Buena Noticia y su misión generan un dinamismo nuevo.

La pastoral familiar, la pastoral juvenil y la pastoral vocacional vivirán una necesaria tensión vocacional, que se da en toda la pastoral de la Iglesia. La pastoral vocacional recordará a los otros dos sectores que cualquier expresión de la pastoral cristiana merece este nombre sólo si estimula en en el creyente, la atracción de la lógica vocacional. La pastoral vocacional no cesará de traer a la memoria la amplitud y profundidad del misterio de la llamada como acto de amor de Dios que puede provocar las decisiones más valientes e impopulares, costosas y de ninguna manera reductibles a algún tipo de cómoda colocación.

El trabajo vocacional radical y primario es el trabajo con las familias. Si que­remos vocaciones, debemos cultivar las familias en condiciones de dar sentido cristiano a la vida, capaces de transmitir a sus hijos la lógica vocacional siendo ellos en primer lugar, un ejemplo de generosidad, gratuidad, apertura hacia los demás, y especialmente hacia los menesterosos. Y un ejemplo de sentido de responsabilidad y solidaridad, de sobriedad y sencillez de vida, de valentía en afrontar las dificultades y de renuncia. La educación vocacional no es una superestructura de la educación familiar; es más bien lo que explicita su naturaleza e identidad, porque los padres no están llamados solamente a dar la vida física, a proveer la formación general del hijo con miras a un excelente posicionamiento futuro. Deben ayudarle a recibir el don de la fe, ayudarle a descubrir su lugar en la Iglesia, en la comunidad de los llamados y redimidos. Hacer conscientes a sus hijos del don de la vida y del don de la fe que han reci­bido, no será un acto de virtud para ellos. Lo que han recibido como un don lo convierten también en un don. Lo extraño sería lo contrario. La pastoral juvenil debería transmitir esta verdad, permitiendo a todo joven alcanzar y realizar la plenitud de la verdad de sí mismo y de la vida. Hoy, especialmente en el mundo juvenil, existe una increíble sed de verdad, a menudo ocultada e inhibida, pero real. La pastoral juvenil debe saber reconocerla, proponiendo al joven la fe como aquello que le permite realizar el sentido de la vida. Expe­rimentar a través de recorridos concretos y personalizados, la verdad de esta conexión entre bien recibido y bien donado, y, más allá de inevitables limita­ciones o de experiencias negativas pasadas, entender la vida como un bien que necesariamente se abre a los demás.

Esta convicción nos lleva a superar la concepción que nos lleva presentar la propuesta vocacional solamente a algunos, a los de mejor comportamiento. El discurso vocacional es para todos. Creemos en un Dios que no sólo nos ha cre­ado, sino que tiene un sueño para cada uno de nosotros. El animador vocacio­nal debe repetir esto con toda claridad: “Eres libre de hacer la elección que desees, pero no eres libre de salir de esta lógica, que es la verdad de tu vida, y fuera de la cual no hay vida, ni aliento, ni identidad, sino sólo negación de uno mismo”. Y este es un discurso para todos.

Una pastoral juvenil, si no es vocacional, no es pastoral juvenil, porque esta debe hacer descubrir al joven la dimensión dramática de la vida. Y la vida es dramática en la medida en que cada uno ha de descubrir la decisión que sólo él puede tomar en un determinado momento y escoger el lugar que sólo él puede ocupar en la historia, él y nadie más. He aquí el paso definitivo: del joven alegre consumidor de experiencias, al joven responsable de su vida y de la salvación que sabe que es un don, hasta el punto de tomar incluso decisio­nes que le afectan en su totalidad, de consagración radical (sacerdotal, religio­sa...) al anuncio de la salvación misma. En definitiva, la fe cristiana puede ser propuesta sólo como itinerario vocacional, y es este un camino que debe per­manecer siempre abierto a las llamadas provenientes de Dios, hasta a las más inéditas y aparentemente difíciles para la persona.

3. PEDAGOGÍA VOCACIONAL EN LA PARROQUIA

La parroquia es de naturaleza intrínsecamente vocacional y se da una estrecha interdependencia entre camino creyente y propuesta vocacional. Cuando la fe se convierte en la norma de las personas en el sentido de que en ella están presentes todas las dimensiones o articulaciones de la fe, la parro­quia se convierte en una comunidad donde surgen en ella vocaciones. Surgen las vocaciones, no como un hecho extraordinario, sino como término final de un camino de fe. La fe es don recibido que por su naturaleza tiende a conver­tirse en bien donado. Sólo una fe fuerte, dinámica, hace crecer la disponibili­dad vocacional. Decir que la fe es dinámica significa también decir que está conectada con los dinamismos que expresan el acto de fe y manifiestan su naturaleza compleja y variada, distintos entre sí, pero al mismo tiempo estre­chamente unidos:

Fe como don recibido y que suscita gratitud

Fe como oración personal y celebración comunitaria. Fe vivida – personalizada y traducida en elección de vida Fe amada y gozada como fuente de bienaventuranza Fe probada y sufrida

Fe estudiada y comprendida

Fe compartida con los hermanos creyentes Fe anunciada y testimoniada a todos

Una parroquia en la que estos dinamismos son de hecho operativos, sin excluir ni minusvalorar ninguno, es una parroquia vocacional. Y una parroquia que no engendra vocaciones es una parroquia que está muriendo o que ya está muerta.

Los agentes de pastoral en la parroquia han de imprimir un sentido voca­cional a las actividades de la pastoral parroquial ordinaria enriqueciéndola con actividades complementarias. Dice la exhortación Pastores Dabo Vobis en su n. 34: “La dimensión vocacional es esencial y connatural en la pastoral de la Iglesia. En el mismo vocablo de la Iglesia (Ecclesia) se indica su fisonomía vocacional íntima, porque es verdaderamente “convocatoria”, esto es, asam­blea de llamados”. Es en la vida ordinaria de la fe donde puede y debe hacer­se evidente llamada y donde puede madurar con valor la respuesta positiva. Las jornadas, las semanas o el mes vocacional adquieren su verdadero sentido sólo dentro de una general y constante animación vocacional. De otro modo, si se trata solamente de actos puntuales, pueden resultar ineficaces.

Se podría decir que parroquia vocacional es aquella en la que: 1) Cada uno vive la propia vocación, 2) según su carisma y ministerio, 3) y se siente respon­sable de la de los otros, 4) convirtiéndose en un ‘llamado que llama’.

4. NUESTROS SEMINARIOS

La escasez de vocaciones ha de ser motivo de honda preocupación y de oración al Señor de la mies, pero no hemos de caer en dos errores igualmen­te perniciosos: a) rebajar las exigencias a la hora de seleccionar a los candida­tos; b) que la sequía vocacional nos conduzca a la lamentación y al desánimo. “La angustia por las vocaciones –decía Teresa de Calcuta- genera mucha zozo­bra y ansiedad, pero no trae ninguna vocación”. Al contrario, esta situación ha de servirnos de acicate para trabajar todos, según nuestras posibilidades, en el fomento de las vocaciones. La Pastoral Vocacional, hoy más que nunca, ha de valerse de la imaginación y creatividad. Porque si bien es cierto que en último término la vocación es una llamada de Dios, nos corresponde a nos­otros facilitar a los posibles llamados que escuchen y respondan positivamen­te a esa llamada. No nos ha de preocupar sólo el número de los seminaristas que tengamos, sino el que uno solo de los que hayan sido llamados por Dios no responda como debiera por haberle faltado nuestra colaboración.

Seminario Menor de Santa Catalina

El fenómeno de la secularización va marcando sus huellas en todos los ámbitos de la sociedad. Aquellas instituciones en las que la fe era transmitida casi de forma natural y que constituían el caldo de cultivo favorable para el surgimiento de vocaciones (familia, escuela, parroquia, grupos juveniles) tie­nen hoy serias dificultades para cumplir esa misión. Por esta razón los Semina­rios Menores son más necesarios que nunca para cultivar los gérmenes de vocación sacerdotal que pueden tener nuestros adolescentes. De hecho no fal­tan diócesis que están abriendo de nuevo su Seminario Menor. Este curso, en concreto, Sevilla y Tarragona se cuentan entre ellas.

Prestemos atención, como vengo diciendo, a la figura del monaguillo, que permite una cercanía al misterio eucarístico y al sacerdote, y ha sido en muchas ocasiones el lugar propicio para el surgimiento de vocaciones. La experiencia positiva de otras diócesis debe animarnos. Igualmente cuidemos lo que llamamos el ‘Seminario en familia’: hagamos un acompañamiento de iniciación cristiana y de carácter vocacional a aquellos muchachos que, toda­vía en sus hogares y en sus Centros de estudio, están dispuestos a vivir más intensamente su fe y a plantearse su futura vocación.

Teologado de San Rosendo

“La identidad profunda del Seminario es –según Pastores dabo vobis- ser, a su manera, una continuación en la Iglesia, de la misma comunidad apostóli­ca formada en torno a Jesús, en la escucha de su palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu Santo”76. En el Semi­nario, por tanto, los candidatos al sacerdocio son llamados por Jesús primera­mente para estar con Él (Mt 3,14), para ser sus discípulos y luego convertirse en testigos y pastores. La tarea ineludible del Seminario es formar pastores del Pueblo de Dios siguiendo un proceso establecido en distintas etapas en las que los seminaristas modelen su corazón conforme al corazón del Buen Pastor y se inicien en la actividad pastoral.

Nuestros seminaristas mayores tienen también una tarea propia y específi­ca en la pastoral vocacional: por una parte dando testimonio de su propia vocación en los diversos ambientes y haciendo un acompañamiento previo al ingreso de algunos candidatos.


5. PROPUESTAS OPERATIVAS DE PASTORAL VOCACIONAL

Para poner en práctica las anteriores reflexiones y trabajar con entusiasmo en la pastoral de las vocaciones sacerdotales, señalo unas actuaciones que se tendrán que llevar a cabo en las diversas realidades de la diócesis.

1'.    Además de la plegaria asidua por las vocaciones, cada parroquia rea­lizará una plegaria especial cada semana. Esta plegaria se hará en el momento que se considere más oportuno, procurando que haya la máxima participación de fieles, y contribuirá también a hacer que la comunidad valo­re y agradezca el ministerio ordenado como un don de Dios a su Iglesia y rece por los sacerdotes.

2'.   La pastoral vocacional es fundamental en la pastoral diocesana y, por lo tanto, ha de estar muy presente en la vida y actividad de la diócesis. Así, pues, ha de tener un lugar preeminente en los ámbitos, servicios y tareas de las parroquias, comunidades, movimientos, colegios e instituciones eclesiales.

3'.   Las Delegaciones diocesanas tendrán muy presente la pastoral vocacional en su programación pastoral, en especial los organismos diocesa­nos que por su finalidad han de ser más sensibles a esta pastoral, como son los ámbitos de juventud, catequesis, enseñanza, familia, etc.

4'.    Con objeto de mantener la sensibilización por la pastoral vocacional en la diócesis, el Delegado diocesano de pastoral vocacional y los Rectores de los Seminarios diocesanos participarán en alguna reunión del Consejo de Gobierno, del Consejo Presbiteral y del Consejo Pastoral Diocesano, si se ve conveniente y necesario.

5'.   El Delegado diocesano de pastoral vocacional, ayudado por los miembros de la Delegación, mantendrá contactos periódicos con las comunidades parroquiales y con los movimientos y asociaciones ecle­siales. Participará en reuniones arciprestales de sacerdotes, de Consejos Pas­torales arciprestales y de responsables y consiliarios de movimientos.

6'.    A nivel arciprestal o local se organizarán -tal como se está haciendo en algunos puntos de la diócesis- encuentros de plegaria para jóvenes, pues estos encuentros son muy importantes para su vida cristiana, para su discerni­miento vocacional y, también, para orar por las vocaciones sacerdotales.

7'.    Se ha de cuidar el propiciar ámbitos en los que se exponga el tema de la vocación cristiana, con sus derivaciones específicas, de manera parti­cular a jóvenes, adolescentes y niños de la infancia adulta, adecuando pedagógicamente la exposición a cada nivel. Hemos de estar atentos a detectar jóve­nes con inquietud o con indicios vocacionales, dispuestos a escucharles y orientarlos y, en el momento oportuno, hacerles la propuesta vocacional, invitándoles a ponerse en contacto con los encargados del acompañamiento vocacional.

8ª. En la pastoral de los colegios de la Iglesia ha de tener un lugar importante la concepción cristiana de la vida como vocación, y más concre­tamente las vocaciones al matrimonio cristiano, al sacerdocio y a la vida con­sagrada.

9ª. El Seminario Mayor y el Seminario Menor son dos instituciones capitales de nuestra Iglesia diocesana. Todos los cristianos han de amar estas instituciones y han de rogar constantemente por todos los que forman estas comunidades. Es muy bueno que las parroquias inviten a los feligreses a que sientan como propios el Seminario Mayor y Menor por su contribución importantísima a la formación de los futuros sacerdotes. Es preciso revitalizar el Día del Seminario, la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el Fes­tival vocacional, Día del monaguillo, etc...

10ª. Es muy conveniente que los Rectores de los Seminarios diocesa­nos y el Delegado diocesano de pastoral vocacional mantenga un con­tacto directo y permanente con los rectores de las parroquias, con el fin de ayudar a descubrir posibles vocaciones al sacerdocio entre los adolescentes y jóvenes de la parroquia y realizar el discernimiento adecuado.

12ª. El Día del Seminario ha de celebrarse en todas las parroquias y cen­tros de culto, de tal manera que ayude a la comunidad a tomar una mayor conciencia de su responsabilidad en las vocaciones sacerdotales, y también a orar, conocer y sostener el Seminario Mayor y el Seminario Menor.

13ª. Se ha de promover a nivel parroquial o arciprestal un grupo vocacio­nal cuyos miembros ofrezcan su ayuda de oración y de sufrimiento por las vocaciones sacerdotales, y también su apoyo moral y material.

14ª. Se fomentará la creación de las ‘escuelas de monaguillos’ y se intensificará su participación en los encuentros y convivencias que organiza el Seminario a nivel diocesano.

15ª. Los movimientos y asociaciones eclesiales, especialmente los de jóvenes, incluirán en sus programaciones y actividades la dimensión vocacio­nal de la vida cristiana de sus miembros, teniendo muy presente la vocación al ministerio sacerdotal.

 

PUNTO FINAL: TRABAJAR DESDE LA ESPERANZA

Solo deseo expresar una convicción profunda que sin duda puedo com­partir con todos vosotros: la vida sacerdotal y la vida consagrada están enraizadas en el plan de Dios para su Iglesia. No son fenómenos sociales o culturales de una época determinada, sino un don del Espíritu para la Igle­sia de todos los tiempos. También para los tiempos presentes y futuros. Pero un futuro que confiamos a la bondad y a la fidelidad de Dios para con su Pueblo, la Iglesia.

La esperanza en la pastoral vocacional tiene sus signos que son como ‘fuegos en la noche’, pero son reales. Por una parte en los jóvenes, donde se da una sintonía entre sus más nobles ideales y la vida sacerdotal y consagrada. Hay un ‘resto’, como hemos visto en la Jornada Mundial de la Juventud que no participan de lo más negativo de su generación perteneciendo a ella ple­namente, se manifiestan decididamente creyente con un rostro propio. Va cre­ciendo el número de comunidades cristianas que toman conciencia de que no pueden exigir un cura sin comprometerse en la pastoral vocacional. Entre los sacerdotes y seminaristas encontramos un buen número dispuesto a orar y tra­bajar en este campo sin complejos.

El Sacerdote al servicio de Dios y de la Iglesia

 

El ejemplo y la ayuda de la Virgen María, Madre especialmente de los sacerdotes y consagrados, nos estimulan en nuestra labor vocacional: “Acoger a María –nos ha dicho el Papa Benedicto- significa introducirla en el dinamis­mo de toda la propia existencia —no es algo exterior— y en todo lo que cons­tituye el horizonte del propio apostolado. Me parece que se comprende, por lo tanto, que la peculiar relación de maternidad que existe entre María y los presbíteros es la fuente primaria, el motivo fundamental de la predilección que alberga por cada uno de ellos. De hecho, son dos las razones de la predi­lección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como ella, están comprome­tidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo. Por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre”77

Os invito, finalmente, a que hagáis vuestra la siguiente oración:

Porque no tienes ya pies que recorran los caminos, avanza hoy, Señor, si quieres con los míos.

Porque no pueden tus ojos acariciar el mundo contempla, observa y ama tomando mi mirada.

Porque hoy no tienes labios que griten tu Palabra, aquí tienes los míos, tu boca prolongada.

Porque no viven tus manos para dejar la tierra transformada, trabaja con las mías hasta dejarlas desgastadas.

Y porque sé que vive tu corazón abierto en herida enamorada, colócalo en el sitio en que me faltas

y prolonga en mi sentir tus sentimientos,
tus huellas, tus manos, tu labio y tu mirada.

Y a través de mi vida, en mi jornada completa la misión temporal que en tu vida dejaste inacabada.

Con todo lo que soy, como instrumento, contempla hoy, Señor, habla, trabaja, acaricia, camina, besa y ama.

+ Manuel Sánchez Monge, Obispo de Mondoñedo-Ferrol
27 de noviembre de 2011. Domingo I de Adviento

CUESTIONARIO

INTRODUCCIÓN
- Nuestras comunidades cristianas, ¿viven generosamente según el Evangelio? - ¿Por qué las vocaciones florecen donde los cristianos son perseguidos?

- ¿Estás de acuerdo en que el papel del sacerdote es insustituible como pastor del conjunto de la comunidad, como testigo de la autenticidad de la fe y dispensador, en nombre de Cristo cabeza, de los misterios de la salvación?

- ¿Que diferencia hay entre una profesión y una vocación?

- ¿Nos encontramos ante una crisis de vocaciones o crisis de vocantes?

- No es una solución a la falta de vocaciones la profesionalización de los sacer­dotes o la clericalización de los laicos. ¿Qué consecuencias tiene esta afir­mación en nuestra vida?

- ¿Estamos convencidos que el verdadero promotor y cuidador de vocaciones es Dios que sigue llamando sin cesar para su pueblo “pastores” según su corazón?

- El verdadero problema es, ¿el número de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada o la falta de un debido acompañamiento a los que el Señor llame?

- ¿Presentamos nuestro ministerio como una forma bella de vida, como “el gastar la vida” por el Señor?

- ¿Presentamos a los jóvenes el Mensaje de Jesucristo en toda su integridad y les invitamos a los sacramentos para hacerlos participes de su santidad?

- ¿Proponemos a nuestros adolescentes y jóvenes un encuentro más vivo y comprometido con el Señor para vivir más profundamente su amistad y compromiso?

 

CAPÍTULO I. ESCENARIO DE LA PASTORAL VOCACIONAL

- ¿Trabajamos unidos sintiéndonos presbiterio diocesano por el aumento de nuevas vocaciones?

- Los agentes de pastoral, ¿tomamos en serio a nuestros jóvenes? ¿Les amamos con sus virtudes y defectos? ¿Nos acercamos a ellos con recelo, con miedo? ¿Les proponemos con valentía la perenne novedad de seguir a Cristo con amor?

- ¿Nuestra respuesta a la llamada del Señor es una identificación con Cristo o más bien querer que Cristo se identifique con nuestros planes, es decir, un cristianismo de autorrealización?

- ¿Como plantear una vocación como entrega incondicional de la vida, más allá de los cambiantes sentimentalismos?

- ¿Que te sugiere esta pregunta del beato Juan Pablo II:¿Qué pastoral es aquella que no cultiva la libertad de sentirse llamados por Dios, ni produce cambio de vida? ”?

- ¿Estás de acuerdo con la siguiente afirmación de Goethe: La vocación “con­siste en la valentía de ser uno mismo”? ¿Mi misión es hacer cosas o hacerme a mí mismo?

- No es posible responder positivamente a una auténtica llamada del Señor a su seguimiento, al margen de la Iglesia. ¿Hablamos con entusiasmo de la Iglesia a nuestros jóvenes? ¿La amamos de verdad como engendradora de santidad?

- ¿Hablamos a nuestros jóvenes con frecuencia de la primera y fundamental vocación del cristiano la santidad?

- ¿Habías pensado alguna vez que para ser llamado por Dios no has de ser pre­viamente perfecto, santo?

CAPÍTULO II. “ROGAD AL DUEÑO DE LA MIES QUE ENVÍE OBREROS A SU MIES”. LA ORACIÓN, ALMA DE LA AUTÉNTICA PASTORAL VOCACIONAL

- La oración confiada e ininterrumpida por las vocaciones a nivel personal y comunitario, ¿constituye realmente el centro de toda nuestra pastoral vocacional?

- La pastoral de las vocaciones, ¿es objetivo primario de toda comunidad cris­tiana?

- ¿Estás totalmente de acuerdo en que también hoy el Espíritu suscita en el Pueblo de Dios “dignos ministros del altar, testigos valientes y humildes del Evangelio”?

- ¿Oramos con insistencia para pedir nuevas vocaciones y agradecemos y aco­gemos como “enviados” por el Señor los sacerdotes que nos envíe, sean de la nación, de la edad o del color que sean?

- ¿Como aprendemos y enseñamos a nuestros jóvenes a vivir momentos de silencio interior para ser capaces de escuchar la voz del Señor y seguirla con generosidad?

- Concreta lo más posible personalmente o en grupo la afirmación : “las voca­ciones al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada sólo florecen en un terreno espiritualmente bien cultivado”.

- ¿La vocación es una opción personal o una respuesta en libertad correspon­sable a la llamada de Dios?

CAPÍTULO III. UN SALTO DE CUALIDAD EN LA ANIMACIÓN VOCACIONAL

- ¿Aprovechamos la preparación para el sacramento de la Confirmación como posible espacio de propuesta vocacional? En caso afirmativo, ¿lo hacemos con timidez e inseguridad o con el convencimiento de quién ofrece un tesoro para el joven que escucha?

-Ante la crisis de vocaciones, ¿seguimos el método de reclutamiento o bien optamos por un discernimiento para encontrar el camino personal en la fidelidad a Dios?

- ¿La animación vocacional la hacemos extensible a todos los cristianos o a un grupo reducido?

- ¿Optamos por propuestas vocacionales aisladas y coyunturales o por una pas­toral vocacional sostenida por acompañantes espirituales e incluso forma­dores de vocaciones?

- ¿Cómo poder ver con el corazón, es decir, introducirnos en el misterio de Dios? ¿Cómo ayudar a comprender que cada uno lleva dentro de sí un mis­terio más grande que él mismo?

- ¿Que se podría hacer para ayudar a incorporar a jóvenes dentro de grupos y movimientos eclesiales?

- ¿Buscamos acoger en nuestras comunidades a jóvenes más sensibles y aptos para plantearse la vocación sacerdotal o consagrada en respuesta a la lla­mada de Dios?

- ¿Optamos por animarnos a buscar posibles vocaciones o esperamos a que se presenten espontáneamente en nuestros Seminarios y Noviciados niños o jóvenes que alguien haya podido enviar?

- De todos aquellos que se relacionan conmigo, ¿a quién estoy debo proponer la llamada de Dios al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada?

- ¿Los sacerdotes hablamos valientemente de la vida sacerdotal como un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana?

- Cuenta tu experiencia de la forma en que respondieron los candidatos a los que propusiste personalmente la alternativa al presbiterado o a la vida consagrada.

- ¿Educamos para la contradicción y contestación de los valores mundanos?

- ¿Ayudamos a resaltar los valores positivos -lo mejor que tienen las personas - frente a lo negativo que llevan dentro?

- ¿Ayudamos a descubrir la vida como “don recibido” para convertirlo en un “bien entregado” a Dios y a los demás, lugar de arranque, de la verdade­ra posibilidad de entender la vida como vocación?

CAPÍTULO IV. RESPONSABLES DE LA PASTORAL VOCACIONAL

- ¿Proponemos en nuestras comunidades desde la Palabra de Dios la vocación cristiana, la vocación presbiteral y las vocaciones consagradas?

- ¿Hacemos la propuesta vocacional a los que consideramos sensibles y aptos para la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada? ¿Estamos dispuestos a animarlos y guiarlos mediante acompañamiento personal y la dirección espiritual?

- ¿Manifestamos que somos felices y agradecemos al Señor por el regalo del sacerdocio que nos ha hecho? ¿Cómo vivimos la fraternidad sacerdotal? ¿Amamos profundamente a la Iglesia?

- Pregúntate con toda sinceridad, ¿crees que “el arder tu corazón” ante la pre­sencia de Jesús es capaz de contagiar deseos de entrega incondicional al Señor, gozo de vivir la radicalidad evangélica y esperanza en el futuro?

- ¿Es cierto que nos falta entusiasmo y nos sobra criticismo y que transmitimos más interrogantes que certezas entusiastas?

- ¿Deseas vivir de Dios y para Dios, confiando en la pobreza de medios, senci­llez de vida y disponibilidad para los excluidos?

- Bastantes jóvenes buscan experiencias religiosas, ¿somos nosotros, los sacer­dotes y consagrados, los mistagogos que estos jóvenes buscan? ¿Estamos

disponibles para emplear tiempo en escucharles y acompañarles en una tarea en la que no se ven frutos inmediatos?

- En nuestra predicación y en nuestros catecumenados, especialmente de jóve­nes, ¿suscitamos admiradores de la persona de Jesús o creyentes en Cristo, el Señor, el Hijo de Dios?

- ¿Consideras las “escuelas de monaguillos” auténticos ‘viveros’ de vocaciones sacerdotales, especie de pre-seminario? ¿Te preocupa la falta de existencia de ellas en tus parroquias? Y si ya existen, ¿Cómo cuidas que aprendan a amar más a Jesús, el Señor, lo reconozcan realmente presente en la Euca­ristía, y aprecien la belleza de la Liturgia? ¿Te esfuerzas por ponerlos en contacto con monaguillos de otras parroquias, del arciprestazgo o de la Diócesis?

- ¿Cómo sensibilizamos a las familias de posibles candidatos al presbiterado o vida consagrada para que descubran que las condiciones de vida célibe garantizan la felicidad de sus hijos igualmente que la vida matrimonial? ¿Cómo lograr que no se avergüencen los padres de los hijos o hijas llama­dos al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada y se sientan legítima­mente orgullosos? ¿De que manera podríamos animar a estas familias a que, respetando la libertad de cada hijo o hija, favorezcan una respuesta positiva a la llamada de Dios?

- ¿Animamos a los padres cristianos a “pedir al Señor”, que si es su voluntad, llame a algún hijo suyo a ser sacerdote y que se consideren honrados por Dios en gran medida si ello ocurriera por el bien que supondría para la Iglesia y la sociedad su ministerio?

- ¿Qué valoramos más en el sacerdote la relevancia social o la grandeza de su vocación, regalo de Dios que lo convierte en otro Cristo, en presencia del Señor en medio del mundo?

CAPÍTULO V. PONER NUESTRAS DIÓCESIS Y PARROQUIAS EN CLAVE VOCACIONAL

- ¿Cómo diseñar una pastoral juvenil en clave vocacional?

- ¿Cómo preparamos a los novios cristianos para que eduquen a sus futuros hijos de forma que descubran el don de la vida y el don de la vida cristiana?

- ¿Transmitimos a todos los jóvenes que Dios tiene “un sueño para todos y para cada uno de nosotros” y no solamente para los de mejor comporta­miento o para los creyentes y estables en la fe?

- ¿La pastoral juvenil tiene presente transmitir que “todo aquello que han recibido como un don (bien recibido) lo conviertan también en un don (bien donado) ”, permitiendo a todo joven alcanzar y realizar la plenitud de la verdad de sí mismo y de la vida?

- ¿Estamos de verdad convencidos que una pastoral con jóvenes que no tenga en cuenta el sentido vocacional de la vida no es verdadera pastoral juve­nil?

- ¿A qué compromisos nos lleva la afirmación de que “una parroquia o comu­nidad eclesial que no engendra vocaciones está muriendo o es que está muerta“?

- Nuestras comunidades cristianas han tomado conciencia de que no pueden exigir un cura sin comprometerse en la pastoral vocacional?

Notas
1_ BENEDICTO XVI, Carta 'Porta fidei' 2011.
2_ JUAN PABLO II, Discurso final al Sínodo, 27.10.1990.
3_ G. URIBARRI, La vida cristiana como vocación: MisCom. 59,115 (julio-diciembre 2001) 543.
4_ PABLO VI, Mensaje para la Jornada Mundial de las Vocaciones, marzo 1970. 5_ JUAN PABLO II, 16.10.87.
6_ O. GONZALEZ DE CARDEDAL en ABC 2.4.2003.
7_ BENEDICTO XVI, Vigilia de clausura del Año Sacerdotal, 10.06.2010.
8_ BENEDICTO XVI, Discurso a los Obispos de Brasil, Región nordeste 2, 17.09.2009.
9_ Cf. BENEDICTO XVI, Mensaje para la 43 Jornada mundial de oraciones por las vocaciones, 5.03.2006.
10_ Cf. BENEDICTO XVI, Discurso a los Obispos de Brasil, Región nordeste 2, 17.09.2009.
11_ BENEDICTO XVI, Discurso del Santo Padre a los voluntarios de la JMJ, Madrid 21.08.2011.
12_ BENEDICTO XVI, Jornada Mundial de la Juventud, Madrid 2011
13_ Cf. Congreso 'Nuevas Vocaciones para una Nueva Europa' (=NVPUNE) Roma 1997, 19. 14_ BENEDICTO XVI, Diálogo con el clero de la diócesis de Aosta, de 25 de julio de 2005.
15_ A. TORNOS, La vida cotidiana, campo de evangelización, en Sal Terrae (Junio 1993), 441-442.
16_ M. P. GALLAGHER, Nuevos horizontes ante el desafío de la increencia, en Humanitas 6 (Abril- Junio 1997), 7.
17_ JUAN PABLO II, RMi, 37.
18_ Cf. Mensaje para la XXI Jornada Mundial de la Juventud de 2006: AAS 98 (2006), 282-286.
19_ BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en el Congreso Europeo sobre la Pastoral vocacional, 4.07.2009.
20_ JUAN PABLO II, NMI, 13. 21_ Cf. JUAN PABLO II, PDV 37.
22_ BENEDICTO XVI, VD. 104.
23_ Cf. BENEDICTO XVI, Visita a los Estados Unidos, 17 de abril de 2008.
24_ BENEDICTO XVI, Mensaje en la Jornada de Oración por las Vocaciones, 7-05-2006.
25_ T. MERTON, La experiencia interna, en Cistercium 212 (Julio - Septiembre 1998), 853.
26_ Cardenal M. PIACENZA, Discurso a los seminaristas de la archidiócesis de Los Ángeles (USA), 4.10.2011.
27_ Cf. E. ROYÓN, Oración y experiencia de Dios en la vida del sacerdote, Congreso Espiritualidad sacerdotal, EDICE 1989, p. 376.
28_ JUAN PABLO II, Carta a los sacerdotes, Jueves Santo 2001.
29_ Cf. SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre los Evangelios, Homilía 25, 1 - 2.4 - 5: PL 76, 1189 - 1193.
30_ SAN AGUSTÍN, Sermón 34,2; cf. 1 Jn 4,16; 1 Jn 1, 1 - 4.
31_ JUAN PABLO II, PDV 38.
32_ BENEDICTO XVI, 14. 09. 2008. 33_ BENEDICTO XVI, SC, 26.
34_ BENEDICTO XVI, Encuentro con los jóvenes en la Catedral de Sulmona, 4 de Julio de 2010.
35_ Card. Mauro PIACENZA, Discurso a los seminaristas de la archidiócesis de Los Ángeles (USA), 4.10.2011.
36_ BENEDICTO XVI, Mensaje en la Jornada de Oración por las vocaciones, 3. 05. 2009.
37_ Juan Pablo II, Discurso al Congreso europeo sobre vocaciones, 9 de Mayo de 1997. 38_ JUAN PABLO II, PDV, nº 34.
39_ JUAN PABLO II, Mensaje para la XXXIII Jornada de oración por las vocaciones 1996.
40_ JUAN PABLO II, Discurso a los obispos de España con motivo de la visita 'ad limina', L'Osservatore Romano 24 - 25 de Enero de 2005.
41_ Cf. JUAN PABLO II, VC 51. 42_ Cf. PVIE, 20
43_ A. CENCINI, Vocaciones. De la nostalgia a la profecía, Atenas, Madrid 1994, especialmente pp. 153-164.
44_ C. M. MARTINI, ¿Qué belleza salvará el mundo?, Verbo Divino, Estella 2000, 13-14.
45_ BENEDICTO XVI, A los obispos de Puerto Rico, 30. 06. 2007. 46_ JUAN PABLO II, PDV. 39
47_ BENEDICTO XVI, Discurso a la Pontificia Facultad Teológica 'Teresianum' (19.5.2011).
48_ R. BLAZQUEZ, Las vocaciones a la vida consagrada en la Iglesia particular: Todos uno 116 (1993) 17.
49_ JUAN PABLO II, PDV. 41.
50_ PABLO VI, Discurso a los obispos de la región central de Francia, 26 de marzo 1977: Insegnamenti di Paolo VI, XV, 1977, 278.
51_ CONCILIO VATICANO II, PO. 11. 52_ JUAN PABLO II, PDV 41.
53_ BENEDICTO XVI, Vigilia de clausura del Año Sacerdotal, 10.06.2010.
54_ Cf. E. ROYÓN, S. J., Animación vocacional "por contagio" ¿Qué visibilidad para una vida consagrada capaz de suscitar vocaciones?.
55_ Cf. Elías ROYÓN, S.J., Animación vocacional "por contagio" ¿Qué visibilidad para una vida consagrada capaz de suscitar vocaciones?.
56_ JUAN PvBLO II, PDV. 41.
58_ BENEDICTO XVI, Discurso en la entrega a los jóvenes españoles de la Cruz de la Jornada Mundial de la juventud, 6-IV-2009.
59_ Seminario nuevo y libre, t. VII de las OBRAS DEL CARDENAL MARCELO GONZALEZ MARTIN, Toledo 1991, 97.
60_ JUAN PABLO II, Discurso a la XVI Asamblea de la Conferencia Episcopal Italiana, 15.5.1979.
61_ JUAN PABLO II, PDV 68.
62_ JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones 1995: Ecclesia 2.725 (25.2.95) 19.
63_ JUAN PABLO II, Carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo de 2004, nº 6.
64_ CONCILIO VATICANO II, LG. 11.
65_ S. JUAN CRISOSTOMO, In Gen. Serm. 6,2 y 7,1: PG 54,607s. 66_ S. JUAN CRISOSTOMO, In Eph. Hom., 21,2: PG 62,151. 67_ S. GREGORIO NISENO, Vita S. Macrinae: PG 46,961-964.
68_ G. PHILIPS, La Iglesia y su misterio en el Concilio Vaticano II, vol. I., Ed. Herder, Barcelona 1968, 209-210.
69_ JUAN PABLO II, A las diócesis de Rímini y Martino-Montefieltro, 19 abril 1980: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I, 1980, p. 848.
70_ Sacramentum caritatis, n. 25 .
71_ JUAN PABLO II, PDV 68.
72_ Card. Richard CUSHING, Come, Follow Me. Conferences on Vocations to the Service of God, Daughters of St. Paul, Boston, p. 22.
73_ JUAN PABLO II, PDV 41.
74_ Cf. J. Mª ARRIETA SAGASTI, Poner la diócesis y la parroquia en clave vocacional, en: Decid con la vida: "Aquí estoy". Jornadas Nacionales sobre Pastoral Vocacional, 16- 18 de noviembre de 2007, 117-131.
75_ BENEDICTO XVI, Discurso al Congreso Europeo de Pastoral Vocacional, 4. 07. 2009.
76_ JUAN PABLO II, PDV nº 60.
77_ BENEDICTO XVI, Audiencia General, 12 .08. 2009

 

 

 





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