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17 típicas excusas para no ir a misa (¡Respondidas!)

 

Daniel Prieto / catholic-link.com

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excusas para ir a  misaCuántas veces nos hemos encontrado en pocas (o muchas) ocasiones de nuestra vida, convenciéndonos de no ir a misa bajo el engaño de alguna excusa: ¿Para qué si no entiendo?¿Dónde dice que es obligatorio?, Estoy cansado…

Estas afirmaciones nos alejan de una celebración sin igual en nuestras vidas. Una participación a ser el cuerpo de la Iglesia y a recibir el gran regalo de la vida eterna que Dios nos ha dado a través de la Pasión de su hijo.

A misa vamos a encontrarnos con El para seguir participando de este su sacrificio y agradecer el don infinito que Dios nos ha dado.

Citando las palabras del papa Francisco: “Ir a misa nos hace intuir qué cosa estamos por vivir” Ir a misa es un adelanto de la gloria que viviremos con El en la vida eterna.

Queridos amigos, ¡no agradeceremos nunca suficientemente al Señor por el don que nos ha hecho con la Eucaristía! Es un don muy grande. Y por esto es tan importante ir a misa el domingo, ir a misa no sólo para rezar, sino para recibir la comunión, este Pan que es el Cuerpo de Jesucristo y que nos salva, nos perdona, nos une al Padre. ¡Es hermoso hacer esto! Y todos los domingos vamos a misa porque es el día de la resurrección del Señor, por eso el domingo es tan importante para nosotros.
(Papa Francisco, Catequesis 05 de Febrero 2015).

Con la intención de aclarar estas excusas y entender un poco mejor el sentido de ir a misa y el gran significado que tiene. Les hemos preparado esta simpática galería que confiamos nos ayudará a entender y participar mejor de la Santa Misa. Vota en los botones de la izquierda por la que escuchas con mas frecuencia.



1 La Iglesia está llena de hipócritas que se dan golpes de pecho pero afuera son terribles...

 

 
Es verdad. Somos pecadores. Pero tenga cuidado en juzgar al vecino. No vaya a ser que pierda de vista la astilla que tiene en su ojo. Además juzgar no ayuda a nadie. No lo ayuda ni a usted, ni a mi, ni a nadie. Y tampoco cambia la situación. “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. No la tire, se lo aconsejo, porque peca de soberbia. A misa vamos a buscar la misericordia de Dios. Por eso es normal encontrar ahí a tantos hipócritas, mentirosos, avaros, lujuriosos, etc. Si usted no es uno de nosotros, ni se moleste en pasar. El Papa Francisco en una audiencia fue muy tajante sobre este asunto: «Si uno no se siente necesitado de la misericordia de Dios, si uno no se siente pecador, ¡es mejor que no vaya a Misa! Vamos a Misa porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Jesús y participar en su redención y en su perdón». A lo que yo le añadiría que ese participar de la redención de Cristo, no tiene beneficios individuales. No vamos solo a pedir perdón para nosotros y ya. Lo hacemos para beneficio de todo el Cuerpo. Piénselo así cuando vea a las demás personas que usted considera incoherentes con su fe ¡Qué distintas serán sus misas! Podrá decir con alegría: Qué bueno que vengan tantos hipócritas (yo incluido), porque habrá más que ofrecer, y porque Cristo nos busca como a sus ovejas perdidas”. Cuan distinta es esta aproximación. Nadie se salva solo. Estamos todos en la misma barca.

 



2 Yo puedo estar con Dios en todas partes, no necesito un lugar físico para sentirlo cerca.

 

 
Si un amigo me dijera que no necesita encontrarse conmigo físicamente, ni venir a mi casa, ni hacer gestos concretos, sensibles, explícitos para manifestar su cariño por mí porque le basta conservarme en su memoria (en su corazón) comenzaría a dudar de su amistad. Alguno podría replicar diciendo: “pero, cuando un amigo muere, nos mantenemos vinculados así”. Es cierto, pero no del todo.” ¿Acaso no vas a la misa de aniversario cuando se recuerda su muerte? ¿No le llevas flores al cementerio?.. ¿Por qué lo hacemos? Porque en el fondo es el movimiento natural de nuestro amor que desde el interior se desborda y se manifiesta hacia afuera. Decía San Alfonso María de Ligorio: «Si alguien hubiera padecido por un amigo injurias y heridas, y supiera luego que el amigo, al oír hablar de lo acontecido, no quisiera recordarlo, y cuando se le recordara, dijese: «Hablemos de otra cosa!», ¡qué pena sentiría aquél al ver el olvido del ingrato! Por el contrario, ¡qué consuelo experimentaría al cerciorarse de qué el amigo profesaba testimoniarle eterna gratitud y que siempre le recordaba, hablando de él con ternura y sollozos!». La misa es memorial que frecuentamos los amigos de Jesús, porque no podemos (ni queremos) olvidar que hizo por nosotros. Además como si fuera poco no solo recordamos el sacrificio de nuestro Amigo como algo del pasado, sino que se hace actualmente presente, permitiéndonos participar de él, porque «el sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo» (San Alberto Hurtado).




3. La misa es tan aburrida.


Lo mismo le escuché decir una vez a un amigo norteamericano sobre el fútbol (soccer). Me pareció inverosímil. Entonces le enseñamos las reglas del juego. Luego lo invitamos a jugar, a ir a los partidos, a conocer más de cerca a los jugadores, a reconocer las tácticas. Le enseñamos incluso a jugar FIFA. No fue fácil. El proceso de incorporación a veces toma tiempo. Pero al final el tiempo hizo su trabajo. Hoy es un fanático empedernido (valga la redundancia). Salvando todas las distancias de la analogía (que siempre es más desemejante que semejante) creo que en el caso de la misa el que se aburre es uno. El objeto del aburrimiento para que sea objetivamente la fuente de la experiencia de aburrirse, tiene que ser a mi parecer algo sin sentido (sin una lógica), que no sea capaz de causar estupor, burdo, poco inteligente… La misa por supuesto no calza con este perfil. La mayoría de las veces somos nosotros los que por burdos, poco inteligentes, incapaces de maravillarnos, insensibles al mundo espiritual y al silencio interior etc. nos volvemos incapaces de disfrutar de las grandezas de la misa. Es necesario entrenarse: conocer mejor las reglas, los signos, la teología, y empezar a encontrarle o reencontrarle, según sea el caso de cada uno, el gusto. Cuesta. Es verdad, pero vale la pena. Cada granito cuenta. El tiempo se encargara de hacer su trabajo.




4- El domingo es mi único día libre

 
En este caso preguntaría parafraseando a Pilatos ¿qué es la libertad? La auténtica liberación nace del amor. De sabernos amados y de poder amar a los demás. «Sólo los amados pueden amar. Sólo los libres pueden libertar. Sólo los puros purifican, y solamente pueden sembrar paz los que la tienen», decía con justa razón el Padre Ignacio Larrañaga. La siguiente pregunta lógica sería ¿quién me puede dar ese Amor, esa Libertad, esa Pureza, esa Paz que necesito? La respuesta: Dios. Ir a Misa es en realidad la actividad liberadora por excelencia. Es la hora decisiva de nuestro “el día libre”, porque es la cumbre y fuente de nuestra reconciliación y libertad. Sí, porque «comulgar es vivir en Jesús y vivir de Jesús: como el sarmiento en la vid y de la vid. Jesús único principio y raíz de toda la vida: de la gracia, de la luz, de la fuerza, de la fecundidad, de la felicidad, del amor» (San Alberto Hurtado)




5 No me gusta ir a misa.


Utilizar el criterio del gusto-disgusto para juzgar qué hacer o no hacer en la vida es algo bastante infantil. Es el clásico modus operandi de los niños. Las mamás lo saben mejor que nadie. Por lo mismo es poco aconsejable ir por la vida dejándonos llevar por dicho impulso. Podemos imaginarnos todas las actividades de crucial importancia que rechazaríamos bajo tal pretexto si fuese valido: “no me gusta este remedio que me recetó el médico”, “no me gusta hacer dieta”, “no me gusta hacer deportes”, “no me gusta estudiar, ir al colegio o a la universidad”, “no me gusta ir al trabajo (preferiría dormir hasta más tarde)”, etc. Si nos rigiésemos por esta ley caprichosa acabaríamos enfermándonos, siendo despedidos del trabajo, no yendo al colegio o la universidad, y no desarrollaríamos muchos de nuestros talentos. Es necesario madurar para descubrir que los sacrificios y las renuncias hacen parte fundamental de la vida y que son experiencias de gran valor, pues nos permiten crecer y desplegar con plenitud nuestra existencia. Con un poco de esfuerzo y perseverancia muchas de las actividades que al inicio nos cuestan (y por ende no nos gustan), con el tiempo comienzan a adquirir el sabor de la familiaridad, de la sana rutina del buen hábito, del sacrificio que libera, del rito capaz de darle un profundo sentido a la vida, y así poco a poco se nos desvela la belleza y el gran valor que se nos ocultaban a primera vista. En el caso de la Eucaristía es tremendo poder descubrir la presencia real de Dios y la posibilidad de compartir con Él una hora de tal cercanía



6 ¿En qué parte de la Biblia dice que es una obligación ir a Misa?



Primero que todo no somos la religión “del libro” como se nos suele llamar. La fuente de la Revelación es doble: La Sagrada Escritura y la Tradición. Minusvalorar la segunda es un grave error. Son muchos los testimonios de los primeros Padres y de otros documentos que dejan una clara evidencia de cómo las primeras comunidades cristianas se reunían a escuchar la Palabra y a celebrar la Eucaristía. Por supuesto estas prácticas no surgen de la creatividad apostólica. Por el contario son la expresión coherente de una amplia gama de pasajes bíblicos donde es explícito el mensaje de Dios. Reportamos aquí solo algunos: "Recuerda santificar el Sabbat". (Éxodo 20, 8), "Luego tomó el pan, lo bendijo, y se los dio diciendo: "este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros, hagan esto en memoria mía". (Lucas 22:14,19). "La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?". (1 Corintios 10,16). “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Y Jesús les dijo: --De cierto, de cierto os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida... Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Entonces Jesús dijo a los doce: -¿Queréis acaso iros vosotros también? Le respondió Simón Pedro: -Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. (Jn 6, 51-55, 66-68).





7 Iré cuando sienta que lo necesito. Obligada, jamás.

 

¿Quién puede decir que solo tiene hambre de vez en cuando y que por ende solo comerá cuando lo necesite, cuando lo crea conveniente? Nadie. El cuerpo nos obliga con una fuerza violenta a alimentarlo. Es cuestión de vida o muerte. Es inevitable. Lo mismo debería ocurrirle a quien descubre esa hambre espiritual que clama desde lo hondo con violencia. Es imposible no sentirse necesitado. Es imposible no desear alimentar el espíritu. Es cuestión de vida o muerte. «La persona humana tiene una necesidad que es aún más profunda, un hambre que es mayor que aquella que el pan puede saciar - es el hambre que posee el corazón humano de la inmensidad de Dios -. Es un hambre que sólo puede ser saciada por Aquel que dijo: "Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida" (Jn 6, 53-55)» (San Juan Pablo II).




8 Mis hijos van a hacer mucho ruido y prefiero no molestar.

 
Esta es una idea tan anti-evangélica que de seguro se le ocurrió al diablo. También los apóstoles cayeron en la trampa de la falsa preocupación externa y protocolar. «En aquel tiempo presentaron a Jesús unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían». ¿Qué lograron? Hacer enojar a Dios. Supongo que usted no querrá cometer tan craso e inoportuno error. Y no lo digo yo, es la palabra de Dios. «Pero Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: “Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él”. Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos» (Mc10 13-16). Repito no lo digo yo: es la Palabra del mismo Dios.



9 No entiendo lo que dice el cura.

 
Haga un esfuerzo. Tenga paciencia. Acérquese después de la misa a preguntar. Medite sobre el Evangelio y recuerde: el centro de la misa no es el cura, ni la prédica, sino el sacrificio reconciliador de Cristo y su presencia real. Rece también para que el Espíritu Santo ilumine a los sacerdotes (los inspire).





10 A misa sólo van los viejos.



No es cierto. Depende del lugar. Aunque sí es cierto que en muchos lugares de Europa es así. Ahora bien, los ancianos nos dan una cátedra de vida en ese sentido. Por la sabiduría adquirida a través de los años y por el aproximarse inminente de la hermana muerte, logran vislumbrar con más claridad lo esencial de la vida que es invisible a los ojos, y se arriesgan, como pocos jóvenes lo harían, a dar ese salto de fe y a vivir contra-corriente, con coherencia su fe. Muchos vuelven a ir a misa y a rezar habitualmente, porque saben que allí encuentran «ese fármaco de inmortalidad, ese antídoto para no morir, ese remedio para vivir en Jesucristo para siempre» (San Ignacio de Antioquía). Qué importa el qué dirán y las falsas apariencias de este mundo que pasa. Deberíamos aprender de su testimonio y experiencia (como nos aconseja el Papa Francisco). ¿Cómo evitar llegar a esa situación donde los jóvenes dejan de practicar la fe? Si usted es uno de esos viejos sabios siga dando su testimonio con valentía y trate de llevar a misa a los nietos mientras se dejan llevar. Si usted es uno de esos jóvenes inmortales que creen que la vida no acaba y la muerte no llega, y que ha puesto su fe en sí mismo, pues medite más sobre estos misterios y pregúntese ¿hacia dónde vamos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué hay después de esta vida? ¿Por qué tantos viejos van a misa… qué ven ellos que no veo yo? Tal vez así podrá adquirir esa sabiduría profunda que falta en nuestros días y volverá a ir a misa.





11 ¿Para qué voy si no puedo comulgar?

 

 
El Papa Francisco en una de sus catequesis nos recordaba que «Sobre la mesa hay una cruz, que indica que sobre aquel altar se ofrece el sacrificio de Cristo: es Él el alimento espiritual que allí se recibe, bajo el signo del pan y del vino. Junto a la mesa está el ambón, es decir, el lugar desde el cual se proclama la Palabra de Dios: y esto indica que allí nos reunimos para escuchar al Señor que habla mediante las Sagradas Escrituras y, por lo tanto, el alimento que se recibe es también su Palabra». Ergo, a la misa también vamos a nutrirnos de la Palara de Dios. Además a la misa no solo vamos a recibir. También vamos a agradecer a Dios; “Eucaristía” significa esto en griego. Es el supremo agradecimiento que realizamos al Padre por todo lo que nos da, y en especial porque nos ha amado tanto hasta darnos a su Hijo por amor. Por último, el deseo dilata el corazón. Vamos a misa con el deseo de poder recibir de nuevo al Señor. Por ahora tal vez no será posible. Paciencia. Se puede comulgar espiritualmente y como decíamos, alimentarnos de la Palabra que se encarna en nuestro interior (que no es poca cosa ¡ojo!). Lo que es seguro, es que mientras más dilatemos nuestro corazón delante del Señor, en modo más pleno se cumplirá el encuentro que anhelamos. «Puede resultar extraño – dice San Agustín- que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues Él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Dilatad vuestro corazón". (Carta 130, a Proba)



12 Si llevo a mi bebe va a llorar toda la misa y voy a tener que salir


Salga y entre, y vuelva a salir. Tenga paciencia. ¿cuál es el problema? "Bueno, el problema –como dijo el Papa Francisco- es que nosotros nos cansamos de pedir perdón!”. Ánimo. No se canse, pida perdón al prójimo del costado y también al sacerdote. Ellos la saben cuán difícil es conseguir a alguien que cuide al niño. Y saben que usted no puede dejar de ir a recibir el perdón de Dios. ¿Y cómo puede estar segura de que la perdonaran? Porque la fuente de nuestra misericordia es Dios (eso celebramos en la misa) y Él nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que, a veces, nos cansamos de pedir perdón. Y no tenemos que cansarnos nunca, nunca. Él es el Padre amoroso que perdona siempre y cuyo corazón está lleno de misericordia para todos nosotros. Tenemos que aprender a ser más misericordiosos con todos».




13 Voy siempre a misa pero no veo ningún cambio en mi.

 
La comunión es el gran acto de fe. No todo lo que recibimos podemos medirlo, cuantificarlo con criterios de perfeccionismo efectivistas y pragmáticos. Hay un misterio que late allí que va mucho más allá de nosotros, mucho más allá de nuestro campo de comprensión. Un cambio real sucede siempre. El Cuerpo de Cristo crece, aumenta, se eleva, porque el Señor se hace presente en nuestro corazón. Hay que creerle a Jesús cuando recibimos los sacramentos porque: «El que los recibe más frecuentemente se ve que recibe más frecuentemente al mismo Salvador, porque el mismo Salvador así lo dice: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Timoteo de Alejandría). Si le creemos, necesariamente nuestra vida cambiará. Es la lógica del peso y de la inercia. Si el centro es Cristo, las orbitas de nuestra vida cambian y eso se nota. Alguno obstinado replicará igualmente: «¡Cuántos años comulgando a diario! —Otro sería santo —me has dicho—, y yo ¡siempre igual! —Hijo —te he respondido—, sigue con la diaria Comunión, y piensa: ¿qué sería yo, si no hubiera comulgado? (San José María Escrivá)





14 No entiendo la dinámica de arrodillarse y pararse todo el tiempo.

 
Somos seres espirituales y materiales no podemos vivir sin mediaciones, sin contacto, sin símbolos. La palabras símbolo viene del griego sym (con, juntos) y ballein (verbo que significa arrojar, poner), el resultado es elocuente, se trata de poner juntas dos cosas que separadas no poseen un significado completo con el fin de que adquieran la plenitud de este. Por ejemplo en la antigüedad se rompía un disco por la mitad y cada pueblo conservaba una. Las mitades en sí mismas no poseían un significado pleno, pero una vez ensambladas se convertían en símbolo que representaban y recordaban una realidad que va mucho más allá del símbolo mismo: en este caso la alianza de la paz. Ahora bien, cada vez que nosotros hacemos gestos como arrodillarnos, santiguarnos, ponernos de pie, estamos realizando una serie de signos litúrgicos llamados a expresar simbólicamente una serie de realidades. En el caso de la misa lo más extraordinario es que muchos de los símbolos se vuelven no solo portadores de un mensaje o representación de un concepto, sino que realizan efectivamente aquello que significan. Por ejemplo el Padre alza la hostia y dice las palabras de la consagración esta “poniendo juntos”, la realidad material de un trozo de pan, más una serie de oraciones formales, ambas cosas por separadas no pueden decirnos mucho, pero juntas se convierten en el Cuerpo de Cristo. Nosotros por nuestra parte nos arrodillamos. Ese gesto que otras ocasiones podría no significar nada (me arrodillo para buscar un objeto que se cayó). En este momento al ser “colocado junto (o enfrente)” a la hostia que es el Cuerpo de Cristo, se convierte en un signo, un símbolo de verdadera adoración.





15 En mi parroquia no hay una misa sobria con recogimiento.

 


Primero hable con su Párroco y vea cuál es el problema de fondo. Tal vez se lleve una sorpresa. Tenga presente que Dios ha suscitado toda clase de espiritualidades. La Iglesia sobreabunda de carismas con diversas impostaciones y colores. No es que unos sean mejores que otros. Simplemente somos distintos. Dios lo sabe y por eso nos regala tantos dones. Por eso, así como a usted no le ayudan las misas en su idioma y los cantos con guitarra, hay quienes paradójicamente no se recogen con el rito tridentino y con los cantos gregorianos. No juzgue. Respete y valore la pluralidad que es el signo de la grandeza de Dios, único capaz de sostener en unidad los polos diversos. En todo caso, siempre puede buscar otra Iglesia cercana que responda mejor a su sensibilidad espiritual. Recuerde: Solo corrija allí donde no se cumplan las normas litúrgicas correspondientes o se practiquen abusos. Del resto, maravíllese y de gracias a Dios.





16 No puedo concentrarme, me dan ataques de risa

 
Si es risa de alegría y gratitud por los dones recibidos (eucaristía significa acción de gracias) me parece legítimo. Hay gente que es espontáneamente alegre. Eso sí, trate de no molestar a los demás, es decir, ríase contenidamente. Tampoco se le ocurra reírse durante la consagración, pues allí se reactualiza la pasión de Nuestro Señor (que de gracioso poco tiene). Si por el contrario su risa es expresión de superficialidad burlesca e infantil, haga un esfuerzo y trate de madurar. Si no obtiene resultados pídale al Señor la gracia o llame a su médico. Fuera como fuera, la meta es que la misa sea un reflejo de su vida. El Padre Hurtado lo resumía en una linda frase «Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada».





17 No soporto el contacto físico con desconocidos.

 



La misa es la celebración cumbre de una comunidad que entra en comunión total formando un solo Cuerpo. Aquí todo se amalgama. Cuerpo, Alma, Espíritu. Todo se unifica en Cristo, Cabeza del Cuerpo. Por ende, si usted quiere evitar el contacto y considera a su prójimo un desconocido (y no un hermano), sepa que está en el lugar equivocado. Aquí todo es contacto y hermandad. Como decía el Padre Hurtado «Con el sacrificio de Cristo nace una nueva raza, raza que será Cristo en la tierra hasta el fin del mundo. Los hombres que reciben a Cristo se transforman en Él. “Vivo yo, ya no yo, Cristo vive en mí”, decía San Pablo y vive en mi hermano que comulga junto a mí y vive en todos los que participamos de Él. Todos formamos un solo Cristo. Vivimos su vida, realizamos su misión. Somos una nueva humanidad, la humanidad en Cristo. Estrechamente unidos, más que por la sangre de familia, por la sangre de Cristo, y en Cristo, por Cristo, y para Cristo vivimos en este mundo.

 

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