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El neomodernismo quiere acabar con la Humanae Vitae

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Una altísima autoridad eclesiástica española reúne a una serie de periodistas especializados en información religiosa (los vaticanólogos, recuérdenlo, son aún más peligrosote los antiguos criminólogos) y les dice que hay que modificar la Humanae Vitae, de Pablo VI. Al parecer, la idea se le había ocurrido esa misma tarde. Como se sabe, la encíclica paulina promulga la idea clave en la que se basa la doctrina católica sobre la vida: la persona comienza con la concepción y termina con la muerte natural. Entre esos dos puntos es intocable.

Hablo con un veterano de uno de los movimientos eclesiales más ortodoxos, más fieles al Magisterio y me deja de piedra: Dice exactamente lo mismo. Ya se sabe: hay que adaptarse a los tiempos, hay que reinterpretar la Humanae Vitae, para no asfixiar a los jóvenes matrimonios. La verdad es que la Humanae Vitae no llegó con retraso. Llegó en su momento, el 25 de julio de 1968, cuando la industria de la muerte fue presentada en sociedad y años antes de que se elevara a filosofía y se convirtiera en la piedra angular de nuestro tiempo, enorme ‘piedra’ que pende desde entonces sobe nuestras cabezas.

Más. Durante una reciente reunión para preparar cierta manifestación en defensa de la vida y de la familia, alguien advirtió que debería retirarse del texto convocatorio la precitada idea: “Desde la concepción hasta la muerte natural”. Otra cosa podría herir sensibilidades. Y yo convencido de que se trataba precisamente de eso, de herir susceptibilidades y despertar conciencias. Ingenuo que es uno en esto del Foro público.

Y más y más. Reputados, e incluso reputadas, biólogos y genetistas reconocidos como católicos se han inventado (un invento científico, claro está) lo de las seis horas tras la concepción, en las que todavía no se puede hablar de persona. Uno se pregunta por qué no siete, o cinco, pero naturalmente formulo la incógnita con la modestia propia de mi condición. El pensamiento progresista, por ejemplo su eximia representante, la ministra de Sanidad española, Elena Salgado, convierte las seis horas en 14 días, pero es que el pensamiento progresista es una expresión que supone una contradicción en origen. En cualquier caso, con unas horas o un par de semanas la concusión la misma: se pueden manipular un montón de embriones humanos con objetivos clonatorios, terapéuticos, reproductivos o quinielísticos.

Y más, otro importantísimo y muy ortodoxo movimiento cristiano también le ha dado por reinterpretar la Humanae Vitae. Así, aconseja a sus asociados y asociadas casaderos que se aprendan los métodos naturales de control de la natalidad. La verdad es que la filosofía de la Humanae Vitae no consiste en defender los medios naturales, sino la proliferación de la vida, y que los tales métodos no son regla, sino excepción, en el sentido de que no matan pero tampoco dan vida: la evitan. O sea que a la Iglesia lo que le gusta es la gente, si ustedes me entienden.

Con la andanada de Corea, otra importante científica católica, asesora de medios eclesiásticos en la materia, corre, como Julio César, presurosa en socorro del vencedor, y nos aclara que no estamos hablando de clonación, sino de “transferencia nuclear”. Esto nos consuela mucho. Y, naturalmente, su más ardorosas palabras están destinadas a proteger a los científicos que matan, no a las víctimas que son aniquiladas. Sinceramente, nunca ha comprendido por qué el corporativismo no figura entre los pecados capitales. Aunque sea en octavo lugar.

Al parecer, hasta la cabezas mejor amuebladas y los corazones más leales sucumben a la marea, a esa especie de fatalismo que constituye el enemigo más artero de la Iglesia actual y del sentido común: no podemos luchar contra el huracán de muerte en nombre del progreso, cientifismo engañabobos y desesperación vital. Sí, porque a la sociedad actual le gusta la muerte. Algunos cristianos actuales se sienten como el escritor Clive Lewis, sólo que antes de su conversión dijo : “En aquel momento yivía, como tantos ateos, en un mar de contradicciones. Afirmaba que Dios no existía. Además, estaba muy enfadado con Dios por no existir. También estaba enfadado con Él por haber creado un mundo y por haberme colocado en el mundo sin mi consentimiento”. Sin embargo, “jamás sentí el horror por la nada, por la aniquilación. No me deprimía la muerte, sino la vida” (Cautivado por la Alegría).

Nunca he leído una definición tan perfecta del Imperio de la Muerte: Sí, al hombre actual le molesta la vida. No quiere despenalizar el aborto, lo que quiere es hacerlo obligatorio. No le gustan las cosas que crecen, porque, carente de esperanza, sabe que cada segundo de crecimiento es un segundo que aproxima a la decrepitud y al final. La sociedad actual odia la vida, y en especial odia la vida humana: odia a los hijos.

Pero volvamos a la Humanae Vitae. Muchos cristianos, incluso cristianos cultos, con su rectitud de intención a cuestas, sienten que no pueden resistir el embate. Los más sutiles no hablan de cambiar la encíclica, sino de reinterpretarla. El error de esta apertura al mundo, es doble. Por una parte, reproduce lo que podríamos llamar el espejismo del Muro de Berlín. Semanas antes de que se derrumbara el símbolo más conocido de la dictadura comunista, el marxismo parecía irresistible, controlaba media humanidad y los intelectuales más reputados de Occidente apostaban, como mucho por “mantener el resultado”. El marxismo era invencible, y plantear la posibilidad de vencerlo resultaba simplemente pueril. Hoy ocurre exactamente lo mismo con el aborto : la sensación general es que resulta incontenible, y que lo más que se puede hacer es encerrarse en la concha y esperar que escampe. Lo cierto es que el Imperio de la Muerte y diluirá como un azucarillo, eso sí, azucarillo venenoso.

Claro que el ataque es de tipo modernista. De hecho, es un ataque que podríamos calificar de neomodernista: no rompemos con la Iglesia, simplemente vamos a ayudarla, a actualizarla, a hacer que recupere el diálogo con el mundo. No quemamos la Biblia, la traducimos. No jubilamos la Humanae Vitae, la actualizamos a la luz de los nuevos avances científicos. Y todo eso es preocupante porque cuando los cristianos nos empeñamos en no ser rechazados por el mundo, acabamos por ser despreciados.

El segundo error es más grave, por más doctrinal y por más genérico… este de corte postmoderno. El problema es que todos esos cristianos que pretenden reinventar la Humanae Vitae caen en la trampa habitual. Porque la doctrina cristiana, y cualquier otra doctrina, se escribe en positivo, no en negativo. No se trata de saber hasta dónde se puede llegar sin dejar de ser cristiano, sino de hacer todo lo que se pueda en nombre de Dios. Traducido : no se trata de saber qué vida conyugal puedo llevar sin incurrir en pecado sino cuántos hijos puedo tener. No se trata de cumplir los mandamientos sino de practicar las obras de misericordia. El problema no es “¿hasta dónde se puede llegar?” sino, “Señor, ¿qué quieres que haga?” Son las dos caras de una misma moneda, pero conviene distinguirlas. Es lo que Rodríguez Zapatero llamaría la doctrina del amor. Y, probablemente sin pretenderlo, habrá dado en la diana.

Por lo demás, el propio autor de la encíclica, ya advirtió de esta perversión de las almas buenas. A fin de cuentas, el autor de la Humanae Vitae lo es también de otra frase famosísima: “El humo de Satanás ha entrado por alguna fisura en el templo de Dios” (29 de junio de 1972)

(Eulogio López, Hispanidad 27-05-05)





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