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Capítulo 1
EN el primer
tratado, oh Teófilo, he hablado de todas las cosas que Jesús comenzó á hacer y
á enseñar,
Hasta el día
en que, habiendo dado mandamientos por el Espíritu Santo á los apóstoles que
escogió, fué recibido arriba;
A los cuales,
después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables,
apareciéndoles por cuarenta días, y hablándoles del reino de Dios.
Y estando
juntos, les mandó que no se fuesen de Jerusalem, sino que esperasen la promesa
del Padre, que oísteis, dijo, de mí.
Porque Juan á
la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu
Santo no muchos días después de estos.
Entonces los
que se habían juntado le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restituirás el reino á
Israel en este tiempo?
Y les dijo:
No toca á vosotros saber los tiempos ó las sazones que el Padre puso en su sola
potestad;
Mas
recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me seréis
testigos en Jerusalem, en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la
tierra.
Y habiendo
dicho estas cosas, viéndolo ellos, fué alzado; y una nube le recibió y le quitó
de sus ojos.
Y estando con
los ojos puestos en el cielo, entre tanto que Él iba, he aquí dos varones se
pusieron junto á ellos en vestidos blancos;
Los cuales
también les dijeron: Varones Galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? este mismo
Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le
habéis visto ir al cielo.
Entonces se
volvieron á Jerusalem del monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de
Jerusalem camino de un sábado.
Y entrados,
subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, y Juan y Andrés,
Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, y Simón Zelotes, y
Judas hermano de Jacobo.
Todos éstos
perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre
de Jesús, y con sus hermanos.
Y en aquellos
días, Pedro, levantándose en medio de los hermanos, dijo (y era la compañía
junta como de ciento y veinte en número):
Varones
hermanos, convino que se cumpliese la Escritura, la cual dijo antes el Espíritu
Santo por la boca de David, de Judas, que fué guía de los que prendieron á
Jesús;
El cuál era
contado con nosotros, y tenía suerte en este ministerio.
Este, pues,
adquirió un campo del salario de su iniquidad, y colgándose, reventó por medio,
y todas sus entrañas se derramaron.
Y fué notorio
á todos los moradores de Jerusalem; de tal manera que aquel campo es llamado en
su propia lengua, Acéldama, que es, Campo de sangre.
Porque está
escrito en el libro de los salmos: Sea hecha desierta su habitación, Y no haya
quien more en ella; y: Tome otro su obispado.
Conviene,
pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo
que el Señor Jesús entró y salió entre nosotros,
Comenzando
desde el bautismo de Juan, hasta el día que fué recibido arriba de entre
nosotros, uno sea hecho testigo con nosotros de su resurrección.
Y señalaron á
dos: á José, llamado Barsabas, que tenía por sobrenombre Justo, y á Matías.
Y orando,
dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál escoges de
estos dos,
Para que tome
el oficio de este ministerio y apostolado, del cual cayó Judas por
transgresión, para irse á su lugar.
Y les echaron
suertes, y cayó la suerte sobre Matías; y fué contado con los once apóstoles.
Capítulo 2
Y COMO se
cumplieron los días de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos;
Y de repente
vino un estruendo del cielo como de un viento recio que corría, el cual hinchió
toda la casa donde estaban sentados;
Y se les
aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentó sobre cada uno de
ellos.
Y fueron
todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron á hablar en otras lenguas, como
el Espíritu les daba que hablasen.
Moraban
entonces en Jerusalem Judíos, varones religiosos, de todas las naciones debajo
del cielo.
Y hecho este
estruendo, juntóse la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía
hablar su propia lengua.
Y estaban
atónitos y maravillados, diciendo: He aquí ¿no son "Galileos todos estos
que hablan?
¿Cómo, pues,
les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en que somos nacidos?
Partos y
Medos, y Elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea y en Capadocia,
en el Ponto y en Asia,
En Phrygia y
Pamphylia, en Egipto y en las partes de Africa que está de la otra parte de
Cirene, y Romanos extranjeros, tanto Judíos como convertidos,
Cretenses y
Arabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.
Y estaban
todos atónitos y perplejos, diciendo los unos á los otros: ¿Qué quiere ser
esto?
Mas otros
burlándose, decían: Que están llenos de mosto.
Entonces
Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó su voz, y hablóles diciendo:
Varones Judíos, y todos los que habitáis en Jerusalem, esto os sea notorio, y
oid mis palabras.
Porque éstos
no están borrachos, como vosotros pensáis, siendo la hora tercia del día;
Mas esto es
lo que fué dicho por el profeta Joel:
Y será en los
postreros días, dice Dios, Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, Y
vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; Y vuestros mancebos verán
visiones, Y vuestros viejos soñarán sueños:
Y de cierto
sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días Derramaré de mi
Espíritu, y profetizarán.
Y daré
prodigios arriba en el cielo, Y señales abajo en la tierra, Sangre y fuego y
vapor de humo:
El sol se
volverá en tinieblas, Y la luna en sangre, Antes que venga el día del Señor,
Grande y manifiesto;
Y será que
todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.
Varones
Israelitas, oid estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado de Dios entre
vosotros en maravillas y prodigios y señales, que Dios hizo por Él en medio de
vosotros, como también vosotros sabéis;
A éste,
entregado por determinado consejo y providencia de Dios, prendisteis y
matasteis por manos de los inicuos, crucificándole;
Al cual Dios
levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible ser
detenido de ella.
Porque David
dice de Él: Veía al Señor siempre delante de mí: Porque está á mi diestra, no
seré conmovido.
Por lo cual
mi corazón se alegró, y gozóse mi lengua; Y aun mi carne descansará en esperanza;
Que no
dejarás mi alma en el infierno, Ni darás á tu Santo que vea corrupción.
Hicísteme
notorios los caminos de la vida; Me henchirás de gozo con tu presencia.
Varones
hermanos, se os puede libremente decir del patriarca David, que murió, y fué
sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta del día de hoy.
Empero siendo
profeta, y sabiendo que con juramento le había Dios jurado que del fruto de su
lomo, cuanto á la carne, levantaría al Cristo que se sentaría sobre su trono;
Viéndolo
antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fué dejada en el
infierno, ni su carne vió corrupción.
A este Jesús
resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
Así que,
levantado por la diestra de Dios, y recibiendo del Padre la promesa del
Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.
Porque David
no subió á los cielos; empero Él dice: Dijo el Señor á mi Señor: Siéntate á mi
diestra,
Hasta que
ponga á tus enemigos por estrado de tus pies.
Sepa pues
ciertísimamente toda la casa de Israel, que á éste Jesús que vosotros
crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo.
Entonces oído
esto, fueron compungidos de corazón, y dijeron á Pedro y á los otros apóstoles:
Varones hermanos, ¿qué haremos?
Y Pedro les
dice: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo
para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.
Porque para
vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están
lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.
Y con otras
muchas palabras testificaba y exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa
generación.
Así que, los
que recibieron su palabra, fueron bautizados: y fueron añadidas á ellos aquel
día como tres mil personas.
Y
perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el
partimiento del pan, y en las oraciones.
Y toda
persona tenía temor: y muchas maravillas y señales eran hechas por los
apóstoles.
Y todos los
que creían estaban juntos; y tenían todas las cosas comunes;
Y vendían las
posesiones, y las haciendas, y repartíanlas á todos, como cada uno había
menester.
Y
perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas,
comían juntos con alegría y con sencillez de corazón,
Alabando á
Dios, y teniendo gracia con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día á la
iglesia los que habían de ser salvos.
Capítulo 3
PEDRO y Juan
subían juntos al templo á la hora de oración, la de nona.
Y un hombre
que era cojo desde el vientre de su madre, era traído; al cual ponían cada día
á la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los
que entraban en el templo.
Este, como
vió á Pedro y á Juan que iban á entrar en el templo, rogaba que le diesen
limosna.
Y Pedro, con
Juan, fijando los ojos en Él, dijo: Mira á nosotros.
Entonces Él
estuvo atento á ellos, esperando recibir de ellos algo.
Y Pedro dijo:
Ni tengo plata ni oro; mas lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de
Nazaret, levántate y anda.
Y tomándole
por la mano derecha le levantó: y luego fueron afirmados sus pies y tobillos;
Y saltando,
se puso en pie, y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando,
y alabando á Dios.
Y todo el
pueblo le vió andar y alabar á Dios.
Y conocían
que Él era el que se sentaba á la limosna á la puerta del templo, la Hermosa: y
fueron llenos de asombro y de espanto por lo que le había acontecido.
Y teniendo á
Pedro y á Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo concurrió á ellos
al pórtico que se llama de Salomón, atónitos.
Y viendo esto
Pedro, respondió al pueblo: Varones Israelitas, ¿por qué os maravilláis de
esto? ó ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si con nuestra virtud ó
piedad hubiésemos hecho andar á éste?
El Dios de
Abraham, y de Isaac, y de Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado á su
Hijo Jesús, al cual vosotros entregasteis, y negasteis delante de Pilato,
juzgando Él que había de ser suelto.
Mas vosotros
al Santo y al Justo negasteis, y pedisteis que se os diese un homicida;
Y matasteis
al Autor de la vida, al cual Dios ha resucitado de los muertos; de lo que
nosotros somos testigos.
Y en la fe de
su nombre, á éste que vosotros veis y conocéis, ha confirmado su nombre: y la
fe que por Él es, ha dado á este esta completa sanidad en presencia de todos
vosotros.
Mas ahora,
hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros
príncipes.
Empero, Dios
ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas,
que su Cristo había de padecer.
Así que,
arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; pues que
vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor,
Y enviará á Jesucristo, que os fué antes anunciado:
Al cual de
cierto es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de
todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido
desde el siglo.
Porque Moisés
dijo á los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de vuestros hermanos,
como yo; á Él oiréis en todas las cosas que os hablare.
Y será, que
cualquiera alma que no oyere á aquel profeta, será desarraigada del pueblo.
Y todos los
profetas desde Samuel y en adelante, todos los que han hablado, han anunciado estos
días.
Vosotros sois
los hijos de los profetas, y del pacto que Dios concertó con nuestros padres,
diciendo á Abraham: Y en tu simiente serán benditas todas las familias de la
tierra.
A vosotros
primeramente, Dios, habiendo levantado á su Hijo, le envió para que os
bendijese, á fin de que cada uno se convierta de su maldad.
Capítulo 4
Y HABLANDO
ellos al pueblo, sobrevinieron los sacerdotes, y el magistrado del templo, y
los Saduceos,
Resentidos de
que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de los muertos.
Y les echaron
mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente; porque era ya tarde.
Mas muchos de
los que habían oído la palabra, creyeron; y fué el número de los varones como
cinco mil.
Y aconteció
al día siguiente, que se juntaron en Jerusalem los príncipes de ellos, y los
ancianos, y los escribas;
Y Anás,
príncipe de los sacerdotes, y Caifás, y Juan y Alejandro, y todos los que eran
del linaje sacerdotal;
Y haciéndolos
presentar en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad, ó en qué nombre, habéis
hecho vosotros esto?
Entonces
Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Príncipes del pueblo, y ancianos de
Israel:
Pues que somos
hoy demandados acerca del beneficio hecho á un hombre enfermo, de qué manera
éste haya sido sanado,
Sea notorio á
todos vosotros, y á todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de
Nazaret, al que vosotros crucificasteis y Dios le resucitó de los muertos, por
Él este hombre está en vuestra presencia sano.
Este es la
piedra reprobada de vosotros los edificadores, la cual es puesta por cabeza del
ángulo.
Y en ningún
otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado á los hombres,
en que podamos ser salvos.
Entonces
viendo la constancia de Pedro y de Juan, sabido que eran hombres sin letras é
ignorantes, se maravillaban; y les conocían que habían estado con Jesús.
Y viendo al
hombre que había sido sanado, que estaba con ellos, no podían decir nada en
contra.
Mas les
mandaron que se saliesen fuera del concilio; y conferían entre sí,
Diciendo:
¿Qué hemos de hacer á estos hombres? porque de cierto, señal manifiesta ha sido
hecha por ellos, notoria á todos los que moran en Jerusalem, y no lo podemos
negar.
Todavía,
porque no se divulgue más por el pueblo, amenacémoslos, que no hablen de aquí
adelante á hombre alguno en este nombre.
Y
llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el
nombre de Jesús.
Entonces
Pedro y Juan, respondiendo, les dijeron: Juzgad si es justo delante de Dios
obedecer antes á vosotros que á Dios:
Porque no
podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.
Ellos entonces
los despacharon amenazándolos, no hallando ningún modo de castigarlos, por
causa del pueblo; porque todos glorificaban á Dios de lo que había sido hecho.
Porque el
hombre en quien había sido hecho este milagro de sanidad, era de más de
cuarenta años.
Y sueltos,
vinieron á los suyos, y contaron todo lo que los príncipes de los sacerdotes y
los ancianos les habían dicho.
Y ellos,
habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz á Dios, y dijeron: Señor, tú eres el
Dios que hiciste el cielo y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay;
Que por boca
de David, tu siervo, dijiste: ¿Por qué han bramado las gentes, Y los pueblos
han pensado cosas vanas?
Asistieron
los reyes de la tierra, Y los príncipes se juntaron en uno Contra el Señor, y
contra su Cristo.
Porque
verdaderamente se juntaron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, al cual
ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los Gentiles y los pueblos de Israel,
Para hacer lo
que tu mano y tu consejo habían antes determinado que había de ser hecho.
Y ahora,
Señor, mira sus amenazas, y da á tus siervos que con toda confianza hablen tu
palabra;
Que extiendas
tu mano á que sanidades, y milagros, y prodigios sean hechos por el nombre de
tu santo Hijo Jesús.
Y como
hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron
llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza.
Y la multitud
de los que habían creído era de un corazón y un alma: y ninguno decía ser suyo
algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes.
Y los
apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran
esfuerzo; y gran gracia era en todos ellos.
Que ningún
necesitado había entre ellos: porque todos los que poseían heredades ó casas,
vendiéndolas, traían el precio de lo vendido,
Y lo ponían á
los pies de los apóstoles; y era repartido á cada uno según que había menester.
Entonces
José, que fué llamado de los apóstoles por sobrenombre, Bernabé, (que es
interpretado, Hijo de consolación) Levita, natural de Cipro,
Como tuviese
una heredad, la vendió, y trajo el precio, y púsolo á los pies de los
apóstoles.
Capítulo 5
MAS un varón
llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una posesión,
Y defraudó
del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo una parte, púsola á los
pies de los apóstoles.
Y dijo Pedro:
Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón á que mintieses al Espíritu
Santo, y defraudases del precio de la heredad?
Reteniéndola,
¿no se te quedaba á ti? y vendida, ¿no estaba en tu potestad? ¿Por qué pusiste
esto en tu corazón? No has mentido á los hombres, sino á Dios.
Entonces
Ananías, oyendo estas palabras, cayó y espiró. Y vino un gran temor sobre todos
los que lo oyeron.
Y
levantándose los mancebos, le tomaron, y sacándolo, sepultáronlo.
Y pasado
espacio como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que
había acontecido.
Entonces
Pedro le dijo: Dime: ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en
tanto.
Y Pedro le
dijo: ¿Por qué os concertasteis para tentar al Espíritu del Señor? He aquí á la
puerta los pies de los que han sepultado á tu marido, y te sacarán.
Y luego cayó
á los pies de Él, y espiró: y entrados los mancebos, la hallaron muerta; y la
sacaron, y la sepultaron junto á su marido.
Y vino un
gran temor en toda la iglesia, y en todos los que oyeron estas cosas.
Y por las
manos de los apóstoles eran hechos muchos milagros y prodigios en el pueblo; y
estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón.
Y de los
otros, ninguno osaba juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente.
Y los que
creían en el Señor se aumentaban más, gran número así de hombres como de
mujeres;
Tanto que
echaban los enfermos por las calles, y los ponían en camas y en lechos, para
que viniendo Pedro, á lo menos su sombra tocase á alguno de ellos.
Y aun de las
ciudades vecinas concurría multitud á Jerusalem, trayendo enfermos y
atormentados de espíritus inmundos; los cuales todos eran curados.
Entonces
levantándose el príncipe de los sacerdotes, y todos los que estaban con Él, que
es la secta de los Saduceos, se llenaron de celo;
Y echaron mano
á los apóstoles, y pusiéronlos en la cárcel pública.
Mas el ángel
del Señor, abriendo de noche las puertas de la cárcel, y sacándolos, dijo:
Id, y estando
en el templo, hablad al pueblo todas las palabras de esta vida.
Y oído que
hubieron esto, entraron de mañana en el templo, y enseñaban. Entre tanto,
viniendo el príncipe de los sacerdotes, y los que eran con Él, convocaron el
concilio, y á todos los ancianos de los hijos de Israel, y enviaron á la cárcel
para que fuesen traídos.
Mas como
llegaron los ministros, y no los hallaron en la cárcel, volvieron, y dieron
aviso,
Diciendo: Por
cierto, la cárcel hemos hallado cerrada con toda seguridad, y los guardas que
estaban delante de las puertas; mas cuando abrimos, á nadie hallamos dentro.
Y cuando
oyeron estas palabras el pontífice y el magistrado del templo y los príncipes
de los sacerdotes, dudaban en qué vendría á parar aquello.
Pero viniendo
uno, dióles esta noticia: He aquí, los varones que echasteis en la cárcel,
están en el templo, y enseñan al pueblo.
Entonces fué
el magistrado con los ministros, y trájolos sin violencia; porque temían del
pueblo ser apedreados.
Y como los
trajeron, los presentaron en el concilio: y el príncipe de los sacerdotes les
preguntó,
Diciendo: ¿No
os denunciamos estrechamente, que no enseñaseis en este nombre? y he aquí,
habéis llenado á Jerusalem de vuestra doctrina, y queréis echar sobre nosotros
la sangre de este hombre.
Y
respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es menester obedecer á Dios antes
que á los hombres.
El Dios de
nuestros padres levantó á Jesús, al cual vosotros matasteis colgándole de un
madero.
A éste ha
Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar á Israel arrepentimiento
y remisión de pecados.
Y nosotros
somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha
dado Dios á los que le obedecen.
Ellos, oyendo
esto, regañaban, y consultaban matarlos.
Entonces
levantándose en el concilio un Fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley,
venerable á todo el pueblo, mandó que sacasen fuera un poco á los apóstoles.
Y les dijo:
Varones Israelitas, mirad por vosotros acerca de estos hombres en lo que habéis
de hacer.
Porque antes
de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien; al que se agregó un
número de hombres como cuatrocientos: el cual fué matado; y todos los que le
creyeron fueron dispersos, y reducidos á nada.
Después de
éste, se levantó Judas el Galileo en los días del empadronamiento, y llevó
mucho pueblo tras sí. Pereció también aquél; y todos los que consintieron con
Él, fueron derramados.
Y ahora os
digo: Dejaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo ó esta obra
es de los hombres, se desvanecerá:
Mas si es de
Dios, no la podréis deshacer; no seáis tal vez hallados resistiendo á Dios.
Y convinieron
con Él: y llamando á los apóstoles, después de azotados, les intimaron que no
hablasen en el nombre de Jesús, y soltáronlos.
Y ellos
partieron de delante del concilio, gozosos de que fuesen tenidos por dignos de
padecer afrenta por el Nombre.
Y todos los
días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar á
Jesucristo.
Capítulo 6
EN aquellos
días, creciendo el número de los discípulos, hubo murmuración de los Griegos
contra los Hebreos, de que sus viudas eran menospreciadas en el ministerio
cotidiano.
Así que, los
doce convocaron la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que
nosotros dejemos la palabra de Dios, y sirvamos á las mesas.
Buscad pues,
hermanos, siete varones de vosotros de buen testimonio, llenos de Espíritu
Santo y de sabiduría, los cuales pongamos en esta obra.
Y nosotros
persistiremos en la oración, y en el ministerio de la palabra.
Y plugo el
parecer á toda la multitud; y eligieron á Esteban, varón lleno de fe y de
Espíritu Santo, y á Felipe, y á Prócoro, y á Nicanor, y á Timón, y á Parmenas,
y á Nicolás, prosélito de Antioquía:
A estos
presentaron delante de los apóstoles, los cuales orando les pusieron las manos
encima.
Y crecía la
palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba mucho en
Jerusalem: también una gran multitud de los sacerdotes obedecía á la fe.
Empero
Esteban, lleno de gracia y de potencia, hacía prodigios y milagros grandes en
el pueblo.
Levantáronse
entonces unos de la sinagoga que se llama de los Libertinos, y Cireneos, y
Alejandrinos, y de los de Cilicia, y de Asia, disputando con Esteban.
Mas no podían
resistir á la sabiduría y al Espíritu con que hablaba.
Entonces
sobornaron á unos que dijesen que le habían oído hablar palabras blasfemas
contra Moisés y Dios.
Y conmovieron
al pueblo, y á los ancianos, y á los escribas; y arremetiendo le arrebataron, y
le trajeron al concilio.
Y pusieron
testigos falsos, que dijesen: Este hombre no cesa de hablar palabras blasfemas
contra este lugar santo y la ley:
Porque le
hemos oído decir, que Jesús de Nazaret destruirá este lugar, y mudará las
ordenanzas que nos dió Moisés.
Entonces
todos los que estaban sentados en el concilio, puestos los ojos en Él, vieron
su rostro como el rostro de un ángel.
Capítulo 7
EL príncipe
de los sacerdotes dijo entonces: ¿Es esto así?
Y Él dijo:
Varones hermanos y padres, oid: El Dios de la gloria apareció á nuestro padre
Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Chârán,
Y le dijo:
Sal de tu tierra y de tu parentela, y ven á la tierra que te mostraré.
Entonces
salió de la tierra de los Caldeos, y habitó en Chârán: y de allí, muerto su
padre, le traspasó á esta tierra, en la cual vosotros habitáis ahora;
Y no le dió
herencia en ella, ni aun para asentar un pie: mas le prometió que se la daría
en posesión, y á su simiente después de Él, no teniendo hijo.
Y hablóle
Dios así: Que su simiente sería extranjera en tierra ajena, y que los
reducirían á servidumbre y maltratarían, por cuatrocientos años.
Mas yo
juzgaré, dijo Dios, la nación á la cual serán siervos: y después de esto
saldrán y me servirán en este lugar.
Y dióle el
pacto de la circuncisión: y así Abraham engendró á Isaac, y le circuncidó al
octavo día; é Isaac á Jacob, y Jacob á los doce patriarcas.
Y los
patriarcas, movidos de envidia, vendieron á José para Egipto; mas Dios era con
Él,
Y le libró de
todas sus tribulaciones, y le dió gracia y sabiduría en la presencia de Faraón,
rey de Egipto, el cual le puso por gobernador sobre Egipto, y sobre toda su
casa.
Vino entonces
hambre en toda la tierra de Egipto y de Canaán, y grande tribulación; y
nuestros padres no hallaban alimentos.
Y como oyese
Jacob que había trigo en Egipto, envió á nuestros padres la primera vez.
Y en la
segunda, José fué conocido de sus hermanos, y fué sabido de Faraón el linaje de
José.
Y enviando
José, hizo venir á su padre Jacob, y á toda su parentela, en número de setenta
y cinco personas.
Así descendió
Jacob á Egipto, donde murió Él y nuestros padres;
Los cuales
fueron trasladados á Sichêm, y puestos en el sepulcro que compró Abraham á
precio de dinero de los hijos de Hemor de Sichêm.
Mas como se
acercaba el tiempo de la promesa, la cual Dios había jurado á Abraham, el
pueblo creció y multiplicóse en Egipto,
Hasta que se
levantó otro rey en Egipto que no conocía á José.
Este, usando
de astucia con nuestro linaje, maltrató á nuestros padres, á fin de que
pusiesen á peligro de muerte sus niños, para que cesase la generación.
En aquel
mismo tiempo nació Moisés, y fué agradable á Dios: y fué criado tres meses en
casa de su padre.
Mas siendo
puesto al peligro, la hija de Faraón le tomó, y le crió como á hijo suyo.
Y fué
enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus
dichos y hechos.
Y cuando hubo
cumplido la edad de cuarenta años, le vino voluntad de visitar á sus hermanos
los hijos de Israel.
Y como vió á
uno que era injuriado, defendióle, é hiriendo al Egipcio, vengó al injuriado.
Pero Él
pensaba que sus hermanos entendían que Dios les había de dar salud por su mano;
mas ellos no lo habían entendido.
Y al día
siguiente, riñendo ellos, se les mostró, y los ponía en paz, diciendo: Varones,
hermanos sois, ¿por que os injuriáis los unos á los otros?
Entonces el
que injuriaba á su prójimo, le rempujó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por
príncipe y juez sobre nosotros?
¿Quieres tú
matarme, como mataste ayer al Egipcio?
A esta
palabra Moisés huyó, y se hizo extranjero en tierra de Madián, donde engendró
dos hijos.
Y cumplidos
cuarenta años, un ángel le apareció en el desierto del monte Sina, en fuego de
llama de una zarza.
Entonces
Moisés mirando, se maravilló de la visión: y llegándose para considerar, fué
hecha á Él voz del Señor:
Yo soy el
Dios de tus padres, y el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob.
Mas Moisés, temeroso, no osaba mirar.
Y le dijo el
Señor: Quita los zapatos de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra
santa.
He visto, he
visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído el gemido de
ellos, y he descendido para librarlos. Ahora pues, ven, te enviaré á Egipto.
A este
Moisés, al cual habían rehusado, diciendo: ¿Quién te ha puesto por príncipe y
juez? á éste envió Dios por príncipe y redentor con la mano del ángel que le
apareció en la zarza.
Este los
sacó, habiendo hecho prodigios y milagros en la tierra de Egipto, y en el mar
Bermejo, y en el desierto por cuarenta años.
Este es el
Moisés, el cual dijo á los hijos de Israel: Profeta os levantará el Señor Dios
vuestro de vuestros hermanos, como yo; á Él oiréis.
Este es aquél
que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le hablaba en el
monte Sina, y con nuestros padres; y recibió las palabras de vida para darnos:
Al cual
nuestros padres no quisieron obedecer; antes le desecharon, y se apartaron de
corazón á Egipto,
Diciendo á
Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque á este Moisés, que
nos sacó de tierra de Egipto, no sabemos qué le ha acontecido.
Y entonces
hicieron un becerro, y ofrecieron sacrificio al ídolo, y en las obras de sus
manos se holgaron.
Y Dios se
apartó, y los entregó que sirviesen al ejército del cielo; como está escrito en
el libro de los profetas: ¿Me ofrecisteis víctimas y sacrificios En el desierto
por cuarenta años, casa de Israel?
Antes,
trajisteis el tabernáculo de Moloch, Y la estrella de vuestro dios Remphan:
Figuras que os hicisteis para adorarlas: Os transportaré pues, más allá de
Babilonia.
Tuvieron
nuestros padres el tabernáculo del testimonio en el desierto, como había
ordenado Dios, hablando á Moisés que lo hiciese según la forma que había visto.
El cual
recibido, metieron también nuestros padres con Josué en la posesión de los
Gentiles, que Dios echó de la presencia de nuestros padres, hasta los días de
David;
El cual halló
gracia delante de Dios, y pidió hallar tabernáculo para el Dios de Jacob.
Mas Salomón
le edificó casa.
Si bien el
Altísimo no habita en templos hechos de mano; como el profeta dice:
El cielo es
mi trono, Y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice
el Señor; ¿O cuál es el lugar de mi reposo?
¿No hizo mi
mano todas estas cosas?
Duros de
cerviz, é incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al
Espíritu Santo: como vuestros padres, así también vosotros.
¿A cuál de
los profetas no persiguieron vuestros padres? y mataron á los que antes
anunciaron la venida del Justo, del cual vosotros ahora habéis sido
entregadores y matadores;
Que
recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis.
Y oyendo
estas cosas, regañaban de sus corazones, y crujían los dientes contra Él.
Más Él,
estando lleno de Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vió la gloria de
Dios, y á Jesús que estaba á la diestra de Dios,
Y dijo: He aquí,
veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está á la diestra de Dios.
Entonces
dando grandes voces, se taparon sus oídos, y arremetieron unánimes contra Él;
Y echándolo
fuera de la ciudad, le apedreaban: y los testigos pusieron sus vestidos á los
pies de un mancebo que se llamaba Saulo.
Y apedrearon
á Esteban, invocando Él y diciendo: Señor Jesús, recibe mi espíritu.
Y puesto de
rodillas, clamó á gran voz: Señor, no les imputes este pecado. Y habiendo dicho
esto, durmió.
Capítulo 8
Y SAULO
consentía en su muerte. Y en aquel día se hizo una grande persecución en la
iglesia que estaba en Jerusalem; y todos fueron esparcidos por las tierras de
Judea y de Samaria, salvo los apóstoles.
Y llevaron á
enterrar á Esteban varones piadosos, é hicieron gran llanto sobre Él.
Entonces
Saulo asolaba la iglesia, entrando por las casas: y trayendo hombres y mujeres,
los entregaba en la cárcel.
Mas los que
fueron esparcidos, iban por todas partes anunciando la palabra.
Entonces
Felipe, descendiendo á la ciudad de Samaria, les predicaba á Cristo.
Y las gentes
escuchaban atentamente unánimes las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las
señales que hacía.
Porque de
muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y
muchos paralíticos y cojos eran sanados:
Así que había
gran gozo en aquella ciudad.
Y había un
hombre llamado Simón, el cual había sido antes mágico en aquella ciudad, y había
engañado la gente de Samaria, diciéndose ser algún grande:
Al cual oían
todos atentamente desde al más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es
la gran virtud de Dios.
Y le estaban
atentos, porque con sus artes mágicas los había embelesado mucho tiempo.
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