La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia (Documento de trabajo).



 

XII ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA
LA PALABRA DE DIOS
EN LA VIDA Y EN LA MISIÓN
DE LA IGLESIA
INSTRUMENTUM LABORIS

 

PREFACIO

La Palabra de Dios por excelencia es Jesucristo, hombre y Dios. El Hijo eterno es la Palabra que desde siempre existe en Dios, porque ella misma es Dios: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios» (Jn 1, 1). La Palabra revela el misterio de Dios Uno y Trino. Desde siempre pronunciada por Dios en el amor del Espíritu Santo, la Palabra significa diálogo, describe comunión e introduce en la profundidad de la vida beata de la Santísima Trinidad. En Jesucristo, Verbo eterno, Dios nos ha elegido antes de la fundación del mundo, predestinándonos a ser sus hijos adoptivos (cf. Ef 1, 4-5). Mientras el Espíritu aleteaba sobre las aguas y las tinieblas cubrían el abismo (cf. Gn 1, 2), Dios Padre decidió crear el cielo y la tierra a través de la Palabra, por medio de la cual fue hecho todo lo que existe (cf. Jn 1, 3). Por lo tanto, las huellas de la Palabra se encuentran también en el mundo creado: «los cielos cuentan la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento» (Sal 18, 2). La obra maestra de la creación es el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26-27), capaz de entrar en diálogo con el Creador así como también de percibir en la creación la impronta de su Autor, el Verbo creador, y por medio del Espíritu vivir en la comunión con Aquel que es (cf. Ex 3, 14), con el Dios vivo y verdadero (cf. Jr 10, 10).

Tal amistad fue interrumpida con el pecado de los progenitores (cf. Gn 3, 1-24) que ofuscó también el acceso a Dios por medio de la creación. Dios, clemente y misericordioso (cf. 2 Cro 30, 9), en su bondad no abandonó a los hombres. Eligió un pueblo en favor de todas las naciones (cf. Gen 22, 18) y continuó hablándoles durante siglos por medio de patriarcas y profetas elegidos para mantener viva la esperanza que ofrecía consolación también en los acontecimientos dramáticos de la historia de salvación. Sus palabras inspiradas se encuentran recogidas en los libros del Antiguo Testamento. Ellas han mantenido viva la esperanza en la venida del Mesías, hijo de David (cf. Mt 22, 42), retoño de la raíz de Jesé (cf. Is 11, 1).

Cuando luego en la plenitud de los tiempos (cf. Ga 4, 4) Dios quiso revelar a los hombres el misterio de su vida, escondido durante siglos y generaciones (cf. Col 1, 26), el Hijo Unigénito de Dios se encarnó, «la Palabra se hizo carne , y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1, 14). En todo similar a nosotros excepto en el pecado (cf. Hb 2, 17; 4, 15), el Verbo de Dios debió expresarse en modo humano a través de palabras y gestos que se encuentran narrados en el Nuevo Testamento y especialmente en los Evangelios. Se trata de un lenguaje del todo similar al usado por los hombres, excepto en el error. Con los ojos de la fe, en la fragilidad de la naturaleza humana de Jesucristo, el creyente descubre el esplendor de su gloria «que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14). Analógicamente, por medio de las palabras de la Sagrada Escritura, el cristiano es invitado a descubrir la Palabra de Dios, el resplandor del glorioso evangelio de Cristo que es imagen de Dios (cf. 2 Co 4, 4). Se trata de un proceso exigente, paciente y constante que supone un estudio histórico y crítico (también diacrónico) y la aplicación de todos los posibles métodos científicos y literarios (orientados a la comprensión sincrónica) a los cuales está sometida toda investigación sobre escritos de los hombres. Iluminados por el Espíritu Santo, don del Señor resucitado, y bajo la guía del Magisterio, los fieles escrutan las Escrituras y se acercan a su pleno significado encontrando la Palabra de Dios, la persona del Señor Jesús, aquel que tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68).

Por lo tanto el tema de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, podía ser entendido en sentido cristológico: Jesucristo en la vida y en la misión de la Iglesia. El enfoque cristológico está necesariamente acompañado por el pneumatológico y ambos, conjuntamente, llevan al descubrimiento de la dimensión trinitaria de la revelación. Esta lectura asegura, por una parte, la unidad de la revelación en cuanto el Señor Jesús, Palabra de Dios, reúne todas las palabras y los gestos trasmitidos por la Sagrada Escritura, a través de autores inspirados, y fielmente custodiados en la Tradición. Esto vale no solo para el Nuevo Testamento, que narra y proclama el misterio de la muerte, de la resurrección y de la presencia del Señor Jesús en medio a la Iglesia, comunidad de sus discípulos convocados para celebrar los santos misterios. Ellos, permitiendo que la gracia destruya el pecado (cf. Rm 6, 6), buscan conformarse a su Maestro para que en cada uno de ellos pueda vivir Cristo (cf. Ga 2, 20). Esta lectura se refiere igualmente al Antiguo Testamento, el cual también, según la palabra de Jesús, le da testimonio (cf. Jn 5, 39; Lc 24, 27). Por otra parte, la lectura cristológica de la Escritura, junto con la pneumatológica, permite la ascensión de la letra al espíritu, de las palabras a la Palabra de Dios. En efecto, las palabras no pocas veces esconden el verdadero significado, precisamente de los géneros literarios, de la cultura de los escritores inspirados, del modo de concebir el mundo y sus leyes. Por lo tanto, es necesario redescubrir en la multiplicidad de las palabras la unidad de la Palabra de Dios, que después de un camino arduo pero inevitable resplandece con un esplendor inesperado que supera en larga medida la fatiga de la búsqueda.

Este doble y complementario acceso a la Palabra de Dios es asumido por el Instrumentum laboris, documento de trabajo de la próxima Asamblea sinodal. Él es el resultado de las respuestas a los Lineamenta, documento de reflexión de parte de los Sínodos de las Iglesias Orientales Católicas sui iuris, de las Conferencias Episcopales, de los Dicasterios de la Curia Romana, de la Unión de los Superiores Generales, así como también de personas que han querido aportar sus contribuciones a la reflexión eclesial sobre tan importante argumento. La reflexión ha sido guiada por el Santo Padre Benedicto XVI, Pastor universal de la Iglesia, quien se ha referido en numerosas ocasiones al tema del sínodo, con la esperanza, entre otras cosas, que a partir del redescubrimiento de la Palabra de Dios, que es siempre actual y no envejece jamás, la Iglesia pueda rejuvenecerse y conocer una nueve primavera. De esta manera ella podrá desarrollar con renovado dinamismo su misión de evangelización y de promoción humana en el mundo contemporáneo, que tiene sed de Dios y de su palabra de fe, de esperanza y de caridad.

El texto del Instrumentum laboris contiene un mosaico en el cual prevalecen aspectos positivos en lo que se refiere la consciencia difundida de la importancia de la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Se señalan también aspectos que deberían ser mejorados e integrados, sobre todo en relación a un mayor acceso a la Escritura y una mejor comprensión eclesial de la misma, que no podrán no desembocar en un renovado celo apostólico y pastoral, en el anuncio de la Buena Noticia a los que están cerca y a los lejanos, y en la animación de las realidades terrenas, contribuyendo a la construcción de un mundo más justo y pacífico.

Se espera que el Instrumentum laboris, redactado por el XI Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, con la ayuda de algunos expertos, pueda representar un válido documento de reflexión sinodal. Dicho documento podrá guiar a los padres sinodales en la vía descendente y ascendente en el redescubrimiento de la Palabra de Dios, es decir, de Jesucristo, hombre y Dios. Esto sucede en modo particular en las celebraciones litúrgicas que alcanzan su punto culminante en la Eucaristía, donde la palabra demuestra su milagrosa eficacia. En efecto, por expresa voluntad de Jesucristo «haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19), las palabras pronunciadas por el sacerdote in persona Christi capitis: «Tomad, este es mi cuerpo» (Mc 14, 22), «esta es mi sangre» (Mc 14, 24) transforman, por la acción del Espíritu Santo, donado por el Padre, el pan en el cuerpo y el vino en la sangre del Señor resucitado. De esta perpetua fuente de gracia y de caridad, la Iglesia recibe constantemente la linfa vital y el arrojo para su misión en el mundo contemporáneo, cuyos habitantes están llamados a descubrir en la persona de Jesucristo la Palabra de Dios que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6) para cada uno y para toda la humanidad.

Nikola Eterović
Arzobispo titular de Sisak
Secretario General

Vaticano, en la Solemnidad de Pentecostés, 11 de mayo de 2008

INTRODUCCIÓN

«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, - pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y que se nos manifestó - lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo» (1 Jn 1, 1-4).

I. Un anuncio esperado y bien recibido

Duodécima Asamblea General Ordinaria del Sínodo

1. La próxima XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará desde el 5 al 26 de octubre de 2008, tiene como tema La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. El argumento elegido por Su Santidad Benedicto XVI el 6 de octubre de 2006, ha sido acogido con amplio consenso de parte del Episcopado y del pueblo de Dios. En vista de la preparación específica han sido preparados los Lineamenta, con la intensión de reflexionar, a la luz del Concilio Ecuménico Vaticano II, sobre la experiencia actual de la Iglesia respecto de la Palabra en la variedad de las tradiciones y de los ritos, con referencia a las motivaciones de la fe y estimulando una reflexión articulada sobre diversos aspectos del encuentro con la Palabra de Dios.

En relación a los Lineamenta y al relativo Cuestionario han llegado respuestas de las Iglesias Orientales Católicas sui iuris, de las Conferencias Episcopales, de los Dicasterios de la Curia Romana y de la Unión de los Superiores Generales, y observaciones de parte de Obispos, sacerdotes, personas consagradas, teólogos y fieles laicos. Puede afirmarse que la participación ha sido grande y diligente de parte de las Iglesias particulares en todos los continentes, testimoniando que verdaderamente la Palabra de Dios se extiende en todo el mundo. Las diversas opiniones han sido recogidas y oportunamente sintetizadas en este Instrumentum laboris.

II. El Instrumentum laboris y su uso

Puntos de referencia

2. La escucha obediente de la Palabra de Dios es reafirmada en comunión con toda la Tradición de la Iglesia, en modo particular con el Concilio Vaticano II, y más precisamente con la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación Dei Verbum (DV), en sintonía con los otros documentos conciliares, principalmente con las Constituciones Dogmáticas sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium (SC) y sobre la Iglesia Lumen gentium (LG), y con la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo Gaudium et spes (GS)[1]. Están directamente relacionadas con el tema sinodal las dos Notas de la Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia y El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana. Se agregan, con la propia autoridad, el Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio del mismo, así como también el Directorio General para la Catequesis.

Una especial atención debe darse al magisterio sobre la Palabra de Dios de parte de los Papas Pío XII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, así como a los documentos de los Dicasterios de la Curia Romana en estos cuarenta años post-conciliares. También existen textos sobre la Palabra de Dios en las Iglesias particulares y en otros organismos eclesiales continentales, regionales y nacionales. Pero el Sínodo tiene otros dos puntos de referencia. El primero está dado por el precedente Sínodo sobre la Eucaristía, a la cual la Palabra de Dios se une constituyendo una única mesa del Pan de vida (cf. DV 21). También hay otro importante evento de gracia que anima los trabajos del Sínodo: éste, en efecto, se desarrolla durante el Año Paulino, en la viva memoria del Apóstol que fue testigo de la Palabra de Dios y anunciador ejemplar de la misma, maestro permanente en la Iglesia.

Expectativas comunes

3. Los aportes de los Pastores se denotan muchos puntos en común que expresan lo que se espera del Sínodo. Entre los aspectos comunes emergen:

- la necesidad del primado que debe darse a la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, pero al mismo tiempo se exige el coraje y la creatividad de una pedagogía de la comunicación adaptada al tiempo presente (cultura, contextos de vida actuales, comunicación); - el estímulo a reconocer que la Palabra de Dios es Jesucristo y que esto implica una lectura de toda la Biblia considerada en su misterio, en modo privilegiado en la celebración litúrgica y en particular en la Eucaristía dominical; - la proclamación que el Espíritu Santo conduce a la comprensión completa de la Palabra de Dios, dándonos la capacidad de entenderla y animando la lectura de la Biblia en la Iglesia, en su Tradición viviente de anuncio y de caridad, de manera que la escucha de la Palabra de Dios y cada lectura de la Biblia implica la pertenencia a la comunidad de la Iglesia con actitud de comunión y servicio; - la certeza que la Biblia es revelación de la Palabra de Dios, aún con tantas dificultades de comprensión, especialmente del Antiguo Testamento; - el gran deseo de los fieles de escuchar la Palabra de Dios, a la cual se responde con notables iniciativas pastorales, pero se advierte también la necesidad urgente de superar la indiferencia, la ignorancia y la confusión sobre las verdades de la fe acerca de la Palabra de Dios, falta de preparación, carencia de subsidios bíblicos; - la necesidad de una pastoral bíblica, pero también de una animación bíblica de la entera pastoral, que comprenda la enseñanza de todas las verdades de la fe; - la necesaria comunión en la fe y la práctica de la Palabra de Dios, pero al mismo tiempo se pide que cada una de las Iglesias particulares asuma el deber de acoger la Palabra en relación a la propia situación peculiar; - las diferentes visiones de la Biblia en la Tradición latina y en la Tradición oriental, relevando que es necesario que oportunamente tales puntos de vista sean dados a conocer y sean considerados como riquezas; - la competencia y la responsabilidad de los Pastores en relación al anuncio de la Palabra de Dios, que exige de parte de ellos una continua actualización formativa; - la urgencia que el laicado no sea solo un sujeto pasivo, sino que se transforme tanto en receptor de la Palabra de Dios como en anunciador debidamente preparado, sostenido por la comunidad; - la certeza que Dios dirige su Palabra de salvación a cada hombre, a partir de los más pobres y por lo tanto Él quiere que su Palabra sea llevada en la misión, es decir que sea dada a conocer a todos los pueblos como Buena Noticia de liberación, de consolación y de salvación, buscando el diálogo dentro de las Iglesias y de las comunidades cristianas y con las otras religiones, más aún, con las diversas culturas, sin olvidar las numerosas semillas de verdad depositadas en ellas por la providencia de Dios.

La finalidad del Sínodo

4. El objetivo primario del Sínodo es dedicarse al tema de la Palabra con la cual «Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tim 1, 17) movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Ba 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía» (DV 2). Esto implica la escucha y el amor a la Palabra del Señor, que está en consonancia con la vida concreta de las personas de nuestro tiempo. La Palabra de Dios determina una vocación, crea comunión, manda en misión, para que lo que se ha recibido para sí se transforme en un don para los otros. Se trata, por lo tanto, de una finalidad eminentemente pastoral y misionera: profundizar las razones doctrinales y dejarse iluminar por tales razones significa extender y reforzar la práctica del encuentro con la Palabra de Dios como fuente de vida en los diversos ámbitos de la experiencia y así, a través de caminos adecuados y fáciles, poder escuchar a Dios y hablar con Él.

a) Concretamente, el Sínodo se propone, entre sus objetivos, clarificar mayormente aquellos aspectos fundamentales de la verdad sobre la Revelación, como: la Palabra de Dios, la fe, la Tradición, la Biblia, el Magisterio, que garantizan y mueven a un válido y eficaz camino de fe; la estimulación del amor profundo por la Sagrada Escritura, pues «los fieles han de tener fácil acceso» a ella (cf. DV 22), relevando la unidad entre el pan de la Palabra y del Cuerpo de Cristo, para nutrir plenamente la vida de los cristianos[2]. Además, es necesario recordar la indisoluble y recíproca interrelación entre Palabra de Dios y liturgia; estimular en todos los ambientes la práctica de la Lectio Divina, debidamente adaptada a las diversas circunstancias; ofrecer al mundo de los pobres una palabra de consolación y de esperanza. Este Sínodo, en consecuencia, se propone cooperar a un correcto ejercicio hermenéutico de la Escritura, orientando bien el necesario proceso de evangelización y de inculturación; desea promover el diálogo ecuménico, estrechamente vinculado a la escucha de la Palabra de Dios; quiere favorecer el diálogo judaico-cristiano, más ampliamente el diálogo interreligioso y intercultural.

b) Un deseo de muchos Pastores es que la contribución final del Sínodo no sea sólo informativa, sino que llegue a la vida, provoque aquella participación, según la cual la Palabra de Dios se hace viva, eficaz, penetrante (cf. Hb 4, 12) a través de un lenguaje esencial y comprensible a la gente. A este propósito conviene tener presente que los términos Biblia, Sagrada Escritura, Libro Sagrado tienen el mismo significado y del contexto se comprenderá cuándo la expresión "Palabra de Dios" asume el sentido de "Sagrada Escritura".

PREMISA

Itinerario histórico

"Signos de los tiempos". Después de cuarenta años del Concilio
«La Palabra de Dios siga propagándose y adquiriendo gloria» (2 Ts 3, 1)

Una buena época de frutos

5. La Palabra de Dios ha producido varios resultados positivos en la comunidad cristiana. En el plano objetivo y general emergen estos aspectos:

- la sustancial renovación bíblica en el ámbito litúrgico, catequístico y, fundamentalmente, exegético y teológico; - la práctica incipiente pero fructuosa de la Lectio Divina con modalidades diversas; - la difusión del Libro Sagrado a través del apostolado bíblico y del esfuerzo de las comunidades, grupos y movimientos eclesiales; - el número siempre mayor de nuevos lectores y ministros de la Palabra de Dios; - la disponibilidad creciente de instrumentos y subsidios de la comunicación actual; - el interés por la Biblia en ámbito cultural.

Dudas y preguntas

6. Pero otros aspectos permanecen todavía abiertos y problemáticos. Siempre en un plano objetivo de datos se registran un poco en todas partes en las Iglesias locales las siguientes lagunas:

- la Dei Verbum come tal es poco conocida; - se constata una mayor familiaridad con la Biblia, pero no un suficiente conocimiento de todo el depósito de la fe al cual pertenece la Biblia; - en lo que ser refiere al Antiguo Testamento es conocida la dificultad de comprensión y de recepción con el riesgo de un uso incorrecto; - la praxis litúrgica respecto de la Palabra de Dios en la Misa a menudo no es satisfactoria; - un aspecto delicado y problemático es la relación entre Biblia y ciencia en la interpretación del mundo y de la vida humana; - en todo caso se verifica un cierto desapego de los fieles con respecto a la Biblia, cuya consultación no puede decirse que constituya una experiencia generalizada; - se señala la necesidad de considerar el estrecho vínculo entre enseñanzas morales y Sagrada Escritura, en su totalidad, haciendo referencia en particular a los Diez Mandamientos, al precepto del amor a Dios y al prójimo, así como también al discurso de la Montaña y a la enseñanza paulina sobre la vida en el Espíritu; - se debe agregar, finalmente, una doble pobreza: en cuanto a los medios materiales en la difusión de la Biblia y en cuanto a las formas de comunicación que resultan a menudo inadecuadas.

Una condición de fe variada y exigente

7. Dirigiendo una mirada a la condición de fe dentro de este panorama de luces y sombras, de las contribuciones de los Pastores se evidencian notables puntos de reflexión, que pueden ser agrupados en tres niveles: personal, comunitario y social.

a. A nivel de las personas. Es necesario tener en cuenta que muchos fieles dudan de abrir la Biblia por varias razones, especialmente porque piensan que es un Libro difícil de comprender. En tantos cristianos el deseo intenso de escuchar la Palabra de Dios se realiza en una experiencia más emotiva que convencida, a causa del escaso conocimiento de la doctrina. Esta fractura entre la verdad de fe y la experiencia de vida se advierte sobre todo en el encuentro litúrgico con la Palabra de Dios. A esto se agrega una cierta separación de los estudiosos con respecto a los Pastores y a la gente simple de las comunidades cristianas. En segundo lugar se debe reconocer que la relación directa con la Escritura es vivida por muchos de manera inicial. A este respecto, un peculiar testimonio es dado por los movimientos, mientras un papel importante es reconocido a las personas consagradas.

b. A nivel comunitario. No debe olvidarse que, si bien la Palabra de Dios tiene oyentes apasionados en todo el mundo, son significativas las diferencias dentro de la Iglesia. Se podría afirmar que en las Iglesias locales de origen más reciente o en situación de minoría numérica el uso de la Biblia entre los fieles es más amplio que en otros lugares. Además, son diversas las formas de aproximación según los contextos, de tal manera que hoy podemos hablar de un modo de acercarse a la Biblia diferenciado en Europa, en África, en América, en Oceanía. Luego, permanece siempre la diferencia complementaria del uso de la Palabra de Dios en las Iglesias latina y oriental y en relación a las otras Iglesias y comunidades eclesiales.

c. A nivel social. El proceso de globalización, extendiéndose rápidamente, involucra también a la Iglesia. Tres factores, ampliamente citados en las respuestas, definen el contexto del encuentro con la Sagrada Escritura:

- la secularización que determina una condición de vida fácilmente expuesta a la deriva del secularismo consumístico, al relativismo y a la indiferencia religiosa, especialmente en las jóvenes generaciones; - el pluralismo religioso y cultural con el surgimiento de formas gnósticas y esotéricas en la interpretación de las Sagrada Escritura y de grupos religiosos aislados en el interior de la Iglesia Católica. Se desarrollan, además, contrastes no fáciles y conflictos dolorosos, especialmente para minorías cristianas en ámbito no cristiano a propósito del uso de la Biblia; - la aspiración muy sentida de expresar la Palabra de Dios como liberación de la persona de condiciones inhumanas y como consuelo concreto para los pobres y para los que sufren.

En el contexto de la nueva evangelización, la transmisión de la fe debe conjugarse con el descubrimiento en profundidad de la Palabra de Dios. Es deseable que la Palabra de Dios sea presentada como el sostén de la fe de la Iglesia a través de los siglos.

La estructura del Instrumentum laboris

8. La estructura se articula en tres partes: la primera parte se concentra sobre la identidad de la Palabra de Dios según la fe de la Iglesia; la segunda parte considera la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia; la tercera parte reflexiona sobre la Palabra de Dios en la misión de la Iglesia.

Cada parte está dividida en capítulos que hacen más fluida y clara la lectura. En síntesis, el Sínodo desea meditar, proponer y agradecer este misterio grande de la Palabra de Dios, que su don supremo.

PRIMERA PARTE

EL MISTERIO DE DIOS QUE NOS HABLA

«Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo» (Hb 1, 1-2).

De las contribuciones de los Pastores se evidencian algunos temas teológicos significativos para la acción pastoral, como la identidad de la Palabra de Dios; el misterio de Cristo y de la Iglesia, centro de la Palabra de Dios; la Biblia como Palabra inspirada y su verdad; la interpretación de la Biblia según la fe de la Iglesia; la debida actitud en la escucha de la Palabra de Dios.

CAPÍTULO PRIMERO

A. Dios, Aquel que nos habla. Identidad de la Palabra de Dios
«Dios [...] habla a los hombres como a amigos» (DV 2)

La Dei Verbum propone una teología dialógica de la revelación. En este diálogo hay tres aspectos estrechamente vinculados: la amplitud de significado que en la Revelación divina asume el término "Palabra de Dios"; el misterio de Cristo, expresión plena y perfecta de la Palabra de Dios; el misterio de la Iglesia, sacramento de la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios como un canto a varias voces

9. La Palabra de Dios es como un canto a varias voces, en cuanto Dios la pronuncia en muchas formas y en diversos modos (cf. Hb 1, 1), dentro de una larga historia y con diversidad de anunciadores, pero donde aparece una jerarquía de significados y de funciones.

a. La Palabra de Dios tiene su patria en la Trinidad, de la cual proviene, por la cual es sostenida y a la cual retorna, testimonio permanente del amor del Padre, de la obra de salvación del Hijo Jesucristo, de la acción fecunda del Espíritu Santo. A la luz de la Revelación, la Palabra es el Verbo eterno de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo del Padre, fundamento de la comunicación intratrinitaria y ad extra: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada» (Jn 1, 1-3; cf. Col 1, 16).

b. Por lo tanto, el mundo creado narra la gloria de Dios (cf. Sal 19, 1). Al inicio del tiempo, con su Palabra Dios crea el cosmos (cf. Gn 1, 1), poniendo en la creación un sello de su sabiduría, por lo cual todo hace resonar su voz (cf. Si 46, 17; Sal 68, 34). Es la persona humana en particular, en cuanto creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), que permanece para siempre como signo inviolable e intérprete inteligente de su Palabra. De la Palabra de Dios, en efecto, la persona recibe la capacidad de entrar en diálogo con Él y con la creación. De este modo, Dios ha hecho de toda la creación, y de la persona in primis, «un testimonio perenne de sí mismo» (DV 3). Dado que «todo fue creado por él y para él [...] y todo tiene en él su consistencia» (Col 1, 16-17), «"semillas de la Palabra" (AG 11.15), "destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres" (NA 2) [...] se encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la humanidad»[3].

c. «La Palabra se hizo carne» (Jn 1, 14): Palabra de Dios, última y definitiva es Jesucristo, su persona, su misión, su historia, íntimamente unidas, según el plan del Padre, que culmina en la Pascua y que se cumple cuando Jesús entrega el Reino al Padre (cf. 1 Cor 15, 24). Él es el Evangelio de Dios para cada persona humana (cf. Mc 1, 1).

d. En vista de la Palabra de Dios que es el Hijo encarnado, el Padre habló en tiempos antiguos por medio de los profetas (cf. Hb 1, 1) y a través del Espíritu los Apóstoles continúan el anuncio de Jesús y de su Evangelio. Así la Palabra de Dios se expresa con palabras humanas en el anuncio de los profetas y de los Apóstoles.

e. La Sagrada Escritura, fijando por divina inspiración los contenidos revelados, atestigua, de manera auténtica, que ella es verdaderamente Palabra de Dios (cf. DV 24), del todo orientada a Jesús, porque «ellas [las Escrituras] son las que dan testimonio de mí» (Jn 5, 39). Por el carisma de la inspiración los libros de la Sagrada Escritura tienen una fuerza de llamada directa y concreta, que no tienen otros textos o intervenciones humanas.

f. Pero la Palabra de Dios no queda encerrada en la escritura. Si bien la Revelación se ha concluido con la muerte del último apóstol (cf. DV 4), la Palabra revelada continúa siendo anunciada y escuchada en la historia de la Iglesia, que se compromete a proclamarla al mundo entero para responder a su necesidad de salvación. Así, la Palabra continúa su curso en la predicación viva, que abraza las diversas formas de evangelización, entre las cuales sobresalen el anuncio y la catequesis, la celebración litúrgica y el servicio de la caridad. La predicación, en este sentido, con la fuerza del Espíritu Santo, es Palabra del Dios vivo comunicada a personas vivas.

g. Entran en el ámbito de la Palabra de Dios, como el fruto de las raíces, las verdades de fe de la Iglesia en campo dogmático y moral.

De este cuadro se puede comprender que cuando se anuncia en la fe la revelación de Dios se cumple un evento revelador, que se puede llamar verdaderamente Palabra de Dios en la Iglesia.

Incidencias pastorales

10. Aquí se recuerdan tantas incidencias pastorales, con las cuales se relacionan muchas respuestas provenientes de las Iglesias particulares.

- A la Palabra de Dios se le reconocen todas las cualidades de una verdadera comunicación interpersonal, en la Biblia frecuentemente designada como diálogo de alianza, en el cual Dios y la persona hablan como miembros de la misma familia.

- En esta visión la religión cristiana no se puede definir "religión del Libro" en términos absolutos, en cuanto el Libro inspirado pertenece vitalmente a todo el cuerpo de la Revelación [4].

- El mundo creado es manifestación de la Palabra de Dios y la vida y la historia humana la contienen como en germen. En esta óptica emergen cuestiones, hoy relevantes, recordadas en muchos aportes de Pastores sobre la ley natural, sobre el origen del mundo, sobre la cuestión ecológica.

- Conviene ciertamente retomar la hermosa noción de "historia de la salvación" (historia salutis), tan apreciada por los Padres de la Iglesia y transformada tradicionalmente en "Historia sagrada". Es necesario hacer comprender todo lo que implica la "religión del Verbo encarnado", es decir la Palabra de Dios que no se cristaliza en fórmulas abstractas y estáticas, sino que conoce una historia dinámica hecha de personas y de acontecimientos, de palabras y de acciones, de progresos y tensiones, como aparece claramente en la Biblia. La historia salutis, concluida en lo que se refiere a la fase constitutiva, continúa su eficacia ahora en el tiempo de la Iglesia.

- La totalidad de la Palabra de Dios está asegurada por todos los actos que la expresan, según el papel de cada uno. Resulta espontáneo pensar, a causa de su misma fuerza, que la Sagrada Escritura es el ámbito vital de la Iglesia. Por otra parte, es necesario que todos los momentos del ministerio de la Palabra de Dios estén en recíproca y armónica interacción. Entre estos signos tienen un papel fundamental el anuncio, la catequesis, la liturgia y la diaconía.

- Será deber de los Pastores ayudar a los fieles a tener esta visión armónica de la Palabra, evitando formas erróneas, reductivas o ambiguas de comprensión, capacitándolos para ser atentos oyentes de la Palabra, donde sea que resuene, y estimulándolos a gustar también las palabras más simples de la Biblia.

B. En el Centro, el Misterio de Cristo y de la Iglesia
«En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 2)

En el corazón de la Palabra de Dios, el misterio de Cristo

11. Los cristianos en general advierten la centralidad de la persona de Jesucristo en la Revelación de Dios. Pero no siempre saben apreciar las razones de tal importancia, ni entienden en qué sentido Jesús es el corazón de la Palabra de Dios y, por lo tanto, también tienen dificultad para leer cristianamente la Biblia. A esto se refieren casi todas las respuestas de los Organismos consultados, impulsados por la doble preocupación de evitar los equívocos de una lectura superficial y fragmentada de la Escritura, pero sobre todo de indicar el camino seguro para entrar en el Reino de Dios y heredar la vida eterna. En efecto, «ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tu has enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3). Esta relación sustancial entre la Palabra de Dios y el misterio de Cristo se configura, de este modo, en la Revelación como anuncio y en la historia de la Iglesia como profundización inagotable.

Respecto a la mencionada relación se citan solamente algunas referencias teológicas esenciales de evidente incidencia pastoral.

- Siempre a la luz de la Dei Verbum, se recuerda que Dios ha realizado un plan completamente gratuito: «envió a su Hijo, [...] para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios (cf. Jn 1, 1-18). Jesucristo, Palabra hecha carne [...] "habla las palabras de Dios" (Jn 3, 34) y realiza la obra de salvación que el Padre le encomendó (cf. Jn 5, 36; 17, 4)» (DV 4). De este modo, Jesús en su vida terrena, y ahora en su vida celeste, asume y realiza todo el fin, el sentido, la historia y el proyecto de la Palabra de Dios porque, como afirma San Ireneo, Cristo « nos ha traído la gran novedad viniendo él mismo hacia nosotros»[5].

- El proyecto de Dios prevé una historia en la revelación. Como afirma el autor de la Carta a los Hebreos: «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 1-2). Quiere decir que en Jesús la Palabra de Dios asume los significados que Él ha dado a su misión: tiene como finalidad hacer entrar en el Reino de Dios (cf. Mt 13, 1-9); se manifiesta en sus palabras y obras; expresa la fuerza en los milagros; tiene el objetivo de animar la misión de los discípulos, sosteniéndolos en el amor a Dios y al prójimo y en la cura de los pobres; revela su plena verdad en el misterio pascual, en la espera del desvelamiento total; y ahora guía la vida de la Iglesia en el tiempo.

- Pero también es verdad que la Palabra de Dios deber ser comprendida, como Él mismo decía, según las Escrituras (cf. Lc 24, 44-49), es decir, en la historia del pueblo de Dios del Antiguo Testamento, que lo ha esperado como Mesías, y ahora en la historia de la comunidad cristiana, que lo anuncia con la predicación, lo medita con la Biblia y experimenta su amistad y su guía. San Bernardo afirma que en el plan de la Encarnación de la Palabra, Cristo es el centro de todas las Escrituras. La Palabra de Dios, ya audible en la primera alianza, se hizo visible en Cristo[6].

- No puede olvidarse que «todo fue creado por él y para él» (Col 1, 16). Jesús asume una centralidad cósmica, es el rey del universo, Aquel que da el último sentido a toda la realidad. Si la Palabra de Dios es como un canto a varias voces, su clave de interpretación, por la inspiración del Espíritu Santo, es Cristo en la globalidad de su misterio. «La Palabra de Dios, que estaba en el principio junto a Dios, no es, en su plenitud, una multitud de palabras; ella no es muchas palabras, sino una sola Palabra que abraza un gran número de ideas de las cuales cada una es una parte de la Palabra en su totalidad [...]. Si Cristo nos indica las "Escrituras", como aquellas que dan testimonio de Él, es porque considera los libros de la Escritura como un único rollo, puesto que todo lo que ha sido escrito de Él está recapitulado en un todo único»[7].

En el corazón de la Palabra de Dios, el misterio de la Iglesia

12. La Iglesia en cuanto misterio del Cuerpo de Jesús encuentra en la Palabra el anuncio de su identidad, la gracia de su conversión, el mandato de su misión, la fuente de su profecía y la razón de su esperanza. Ella está interiormente constituida por el diálogo con el Esposo y es hecha destinataria y testigo privilegiado de la Palabra amorosa y salvadora de Dios. Pertenecer cada vez más a este "misterio" que constituye la Iglesia es la consecuencia lógica de la escucha de la Palabra de Dios, por ello el encuentro continuo con ella es causa de renovación y fuente de «una nueva primavera espiritual»[8].

Por otra parte, la viva consciencia de pertenecer a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, será efectiva en la medida en que se puedan articular en manera coherente las diversas relaciones con la Palabra de Dios: una Palabra anunciada, una Palabra meditada y estudiada, una Palabra rezada y celebrada, una Palabra vivida y propagada. Por esta razón en la Iglesia la Palabra de Dios no es un depósito inerte, sino que es regla suprema de la fe y potencia de vida, progresa con la ayuda del Espíritu Santo y crece con la contemplación y el estudio de los creyentes, la experiencia personal de vida espiritual y la predicación de los Obispos (cf. DV 8; 21). Lo atestiguan en particular, los hombres de Dios, que han vivido la Palabra[9]. Es evidente que la primera misión de la Iglesia es transmitir la Palabra divina a todos los hombres. La historia atestigua que ello ha tenido lugar y continúa sucediendo hoy, después de tantos siglos, entre obstáculos, pero con fecunda vitalidad.

Objeto de permanente reflexión y de fiel aplicación son las palabras iniciales de la Dei Verbum: «La Palabra de Dios la escucha con devoción y la proclama con valentía el Santo Concilio» (DV 1). Estas palabras resumen en sí la esencia de la Iglesia en su doble dimensión de escucha y de proclamación de la Palabra de Dios. No cabe ninguna duda: a la Palabra de Dios corresponde el primer lugar. Solamente a través de ella podemos comprender la Iglesia. Ella se define como Iglesia que escucha. Es en la medida en que escucha que ella puede ser también Iglesia que proclama. Afirma el Santo Padre Benedicto XVI: «La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio, y en el Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para su camino»[10].

Incidencias pastorales

13. La comunidad cristiana se siente engendrada y renovada por la Palabra de Dios para descubrir el rostro de Cristo. La afirmación de San Jerónimo es clara y perentoria: «Ignoratio enim Scripturarum, ignoratio Christi est»[11] (quien desconoce las Escrituras no conoce a Cristo). Aquí se recuerdan algunas urgencias pastorales que emergen de las respuestas a los Lineamenta:

- desarrollar líneas orgánicas de reflexión sobre la relación de Jesús con la Sagrada Escritura, sobre cómo Él la lee y cómo ella ayuda a comprenderlo;

- presentar de manera simple los criterios de lectura cristiana de la Biblia, resolviendo en esa óptica elementos difíciles del Antiguo Testamento;

- ayudar a los fieles a reconocer en la Iglesia, guiada por el Magisterio, el lugar vital y continuo del anuncio de la Palabra de Dios;

- instruir a aquellos cristianos que dicen que no leen la Biblia porque prefieren establecer con Jesús una relación directa y personal;

- gracias a la realidad de Jesús, Señor resucitado y presente en los signos sacramentales, la liturgia ha de ser considerada como lugar primario del encuentro con la Palabra de Dios;

- en la comunicación catequística, no se ha de olvidar que los Evangelios deben ser elegidos como lectura prioritaria, pero al mismo tiempo deben ser leídos en relación a los otros libros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento y con los documentos del Magisterio de la Iglesia.

CAPÍTULO SEGUNDO

A. La Biblia como Palabra de Dios inspirada y su verdad
«La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura,
como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo» (
DV 21)

Las preguntas

14. Según los Pastores uno de los problemas más importantes es la relación de la Sagrada Escritura con la Palabra de Dios, en particular su inspiración y su verdad. Se distinguen tres niveles de preguntas:

- algunas cuestiones son relativas a la naturaleza de la Biblia: qué se entiende por inspiración o por canon, qué tipo de verdad corresponde a la Escritura y cómo se ha de entender su historicidad; - otras preguntas se refieren a la relación de la Escritura con la Tradición y el Magisterio; - otras cuestiones tocan las páginas difíciles de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento. A estas últimas cuestiones se hará referencia al tratar sobre la Palabra de Dios en la catequesis.

La Sagrada Escritura, Palabra de Dios inspirada

15. Muchas respuestas a los Lineamenta señalan cuestiones relativas al modo de explicar a los fieles el carisma de la inspiración y de la verdad de las Escrituras. A este propósito es necesario, ante todo, precisar la relación entre la Biblia y la Palabra de Dios; aclarar la acción del Espíritu Santo; especificar algunos puntos sobre la identidad de la Biblia.

a. Se ha de reconocer la relación de distinción y comunión entre la Biblia y la Palabra de Dios. Es la misma Biblia que atestigua la no coincidencia material entre Palabra de Dios y Escritura. La Palabra de Dios es una realidad viva, eficaz (cf. Hb 4, 12-13), eterna (cf. Is 40, 8), «omnipotente» (Sb 18, 15), creadora (cf. Gn 1, 3ss.) e instauradora de historia. En el Nuevo Testamento esta Palabra es el mismo Hijo de Dios, el Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 1ss.; Hb 1, 2). La Escritura, en cambio, es testimonio de esta relación entre Dios y el hombre, la ilumina y la orienta de manera cierta. Por lo tanto, la Palabra de Dios, excede el Libro, y alcanza al hombre también a través de la vía de la Iglesia, Tradición viviente. Esto implica la superación de una interpretación subjetiva y cerrada de la Escritura, por lo cual ella ha de ser leída dentro de un proceso de la Palabra de Dios más amplio, y sobre todo inagotable, como demuestra el hecho que la Palabra continúa alimentando la vida de generaciones en tiempos siempre nuevos y diversos. La comunidad cristiana es, por lo tanto, el sujeto de trasmisión de la Palabra de Dios, y al mismo tiempo es sujeto privilegiado para comprender el sentido profundo de la Sagrada Escritura, el progreso de la fe y el desarrollo del dogma. A raíz de esta prerrogativa, que es propia de la Iglesia, ella desde el comienzo ha manifestado una veneración por los libros bíblicos y ha establecido, por regla o canon de la fe en la revelación divina, un elenco cierto y definitivo de los mismos: 73 libros, de los cuales 46 son el Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento[12].

b. El Espíritu da respiro a la palabra escrita y coloca el Libro en el misterio más amplio de la encarnación y de la Iglesia. Por lo tanto, gracias al Espíritu, la Palabra de Dios es una realidad litúrgica y profética, es anuncio (kerygma) antes de ser libro, es atestiguación del Espíritu Santo sobre la presencia de Cristo.

c. En síntesis se puede afirmar que:

- el carisma de la inspiración permite afirmar que Dios es el autor de la Biblia en un modo que no excluye el mismo hombre como verdadero autor. En efecto, a diferencia de un dictado, la inspiración no quita la libertad y las capacidades personales del escritor sino que las ilumina y las inspira; - aún cuando la Sagrada Escritura sea inspirada en todas sus partes, la inerrancia se refiere sólo a «la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra» (DV 11); - gracias al carisma de la inspiración, el Espíritu Santo constituye los libros bíblicos como Palabra de Dios y los confía a la Iglesia, para que sean recibidos en la obediencia de la fe; - el Canon en su totalidad y unidad orgánica constituye criterio de interpretación del Libro Sagrado; - siendo la Biblia Palabra de Dios en lenguaje humano, su interpretación se hace armónicamente con los criterios literarios, filosóficos y teológicos, siempre bajo la fuerza unificadora de la fe y la guía del Magisterio[13].

Tradición, Escritura y Magisterio

16. El Concilio Vaticano II insiste sobre la unidad de origen y sobre las diversas conexiones entre Tradición y Escritura, que la Iglesia recibe «con el mismo espíritu de devoción» (DV 9). A este respecto recordamos que la Palabra de Dios, hecha Evangelio o Buena Noticia en Cristo (cf. Rm 1,16) y, como tal, consignada a la predicación apostólica, continúa su curso a través de:

- sobre todo, el flujo de la Tradición viviente manifestada por «lo que [la Iglesia] es y lo que cree» (DV 8), como el culto, la enseñanza, la caridad, la santidad, el martirio; - después, a través de la Sagrada Escritura que, por inspiración del Espíritu Santo, conserva de esta Tradición viva, precisamente en la inmutabilidad de lo que está escrito, los elementos constitutivos y orgánicos. «Esta Tradición con la Escritura de ambos Testamentos, son el espejo en que la Iglesia peregrina contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta el día en que llegue a verlo cara a cara, como Él es (cf. 1 Jn 3, 2)» (DV 7).

Finalmente, al Magisterio de la Iglesia, que no es superior a la Palabra de Dios, corresponde «interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita», en cuanto lo trasmitido «por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente» (DV 10). En síntesis, una verdadera lectura de la Escritura como Palabra de Dios no puede hacerse sino in Ecclesia, según su enseñanza.

Antiguo y Nuevo Testamento, una sola economía de la salvación

17. Un problema actual entre los católicos se refiere al conocimiento del Antiguo Testamento como Palabra de Dios y en particular su relación con el misterio de Cristo y de la Iglesia. A causa de dificultades exegéticas no resueltas, se asiste a una cierta resistencia frente a páginas del Antiguo Testamento que parecen incomprensibles, y por lo tanto expuestas a la selección arbitraria, al rechazo. Según la fe de la Iglesia, el Antiguo Testamento ha de ser considerado como parte de la única Biblia de los cristianos, parte constitutiva de la Revelación y, por ello mismo, de la Palabra de Dios. De todo esto deriva la necesidad de una urgente formación para una lectura cristiana del Antiguo Testamento, reconociendo la relación que vincula los dos Testamentos y los valores permanentes del Antiguo (cf. DV 15-16)[14]. A esto ayuda la praxis litúrgica, que siempre proclama el Texto Sagrado del Antiguo Testamento como página esencial para una comprensión completa del Nuevo Testamento, según la atestación de Jesús mismo en el episodio de Emaús, en el cual el Maestro «empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras» (Lc 24, 27). Justa es la afirmación agustiniana «Novum in Vetere latet et in Novo Vetus patet»[15] (el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo y el Antiguo está desvelado en el Nuevo Testamento). Afirma San Gregorio Magno: «Lo que el Antiguo Testamento ha prometido, el Nuevo Testamento lo ha hecho ver; lo que aquel anuncia de manera oculta, éste lo proclama abiertamente como presente. Por lo tanto, el Antiguo Testamento es profecía del Nuevo Testamento; y el mejor comentario al Antiguo Testamento es el Nuevo Testamento»[16]. Las implicancias prácticas de esta doctrina son numerosas y vitales.

Incidencias pastorales

18. Se advierte cada vez con más consciencia que no basta una lectura superficial de la Biblia. Se constata además que diversos grupos bíblicos, habiendo comenzado con entusiasmo el descubrimiento del Libro Sagrado, después progresivamente se extinguen por la falta de un buen terreno -es decir, la Palabra de Dios percibida en su misterio de gracia- como dice Jesús en la parábola del sembrador (cf. Mt 13, 20-21). En esta óptica se proponen aquí las siguientes implicancias:

a. Por el hecho que la Escritura está íntimamente unida a la Iglesia, ésta tiene un papel esencial para acceder a la Palabra en su carácter genuino original, constituyendo así criterio para la recta comprensión de la Tradición, puesto que, de hecho, tanto la liturgia como la catequesis se alimentan de la Biblia. Como ya se ha dicho, los libros de la Sagrada Escritura tienen una fuerza de interpelación directa y concreta que no tienen otros textos o intervenciones eclesiásticas.

b. Además, ha de ser considerada en sus efectos prácticos, la distinción entre la Tradición apostólica y las tradiciones eclesiales. En efecto, mientras la primera proviene de los apóstoles y transmite cuanto ellos han recibido de Jesús y del mismo Espíritu Santo, las tradiciones eclesiales han nacido en el curso del tiempo en las Iglesias locales y son formas de adaptación de la «gran Tradición»[17]. También ha de ser evaluado el peso decisivo del reconocimiento canónico, que la Iglesia ha definido a propósito de las Escrituras garantizando la autenticidad de las mismas, frente a la proliferación de libros no auténticos o apócrifos. Las interpretaciones gnósticas, hoy muy difundidas, acerca de la verdad sobre los orígenes cristianos obligan a explicar en qué consiste el Canon de los Libros sagrados y cómo éste ha surgido. De este modo se orienta adecuadamente la traducción y la difusión de la Escritura y se justifica el indispensable reconocimiento de parte de la Iglesia. Queda por reconsiderar la relación entre Escritura, Tradición y los signos de la Palabra de Dios en el mundo creado, especialmente con el hombre y su historia, puesto que toda creatura es palabra de Dios, en cuanto proclama Dios[18].

c. La intención del Magisterio, cuando ofrece orientaciones o proclama definiciones, no es limitar la lectura personal de la Escritura. Por el contrario, propone un cuadro de referencia seguro en el cual la investigación se realiza. Lamentablemente, la enseñanza del Magisterio y el valor de los diversos niveles de pronunciamiento no son siempre bien conocidos y aceptados. En ocasión del Sínodo se descubre una vez más la Dei Verbum y los documentos pontificios posteriores. En particular, merece ser señalada la orientación para la comprensión y el uso de la Palabra de Dios en la Biblia dada por el Santo Padre Benedicto XVI en diversas intervenciones magisteriales.

d. En el surco de la Tradición viviente, y por lo tanto, como servicio genuino a la Palabra de Dios, ha de ser considerado también el instrumento del Catecismo, comenzando por el primer Símbolo de la fe, núcleo de todo Catecismo, hasta las diversas exposiciones promovidas a lo largo de los siglos en la Iglesia. El Catecismo de la Iglesia Católica y en las Iglesias locales los respectivos Catecismos son las atestaciones más recientes de las mencionadas exposiciones.

e. En este sentido es necesario retener fundamental una distinción que tendrá tantas repercusiones en la praxis pastoral: existe el encuentro con la Escritura en las grandes acciones de la Iglesia, como la liturgia y la catequesis, donde la Biblia se coloca en un contexto público ministerial; existe también el encuentro inmediato, como la Lectio Divina, el curso bíblico, el grupo bíblico. Se ha de promover hoy esta vía a causa de un cierto alejamiento del pueblo de Dios del uso directo y personal de la Escritura.

f. En cuanto al Antiguo Testamento, el mismo ha de ser entendido como una etapa en el desarrollo de la fe y de la comprensión de Dios. Su carácter figurado, su relación con la mentalidad científica e histórica de nuestro tiempo, tienen necesidad de ser aclarados. Por otra parte, numerosos pasajes del mismo custodian una fuerza espiritual, sapiencial y cultural única, constituyendo una rica catequesis sobre las realidades humanas y manifiestan las etapas del camino de fe de un pueblo. El conocimiento y la lectura de los Evangelios no excluyen que la profundización del Antiguo Testamento ofrezca a la lectura e inteligencia del Nuevo Testamento una profundidad siempre más grande.

g. Finalmente, según una óptica pastoral bastante concreta, merecen ser señaladas algunas observaciones que ayudan a discernir mejor la relación de los fieles con la doctrina de la fe. Los fieles, en general, distinguen la Biblia de otros textos religiosos y la retienen más importante en la vida de fe, sin embargo, no pocos en la práctica prefieren textos espirituales más simples de entender, mensajes y escritos edificantes o diversas manifestaciones de la piedad popular. Se podría decir que el pueblo encuentra la Palabra de Dios a través de la vía práctica, viviéndola más que conociendo el origen y las motivaciones de la misma. Es una situación positiva y al mismo tiempo de fragilidad. Es necesario saber hablar a la gente reconociendo su modo de comprender. Ayudar a los fieles a saber qué es la Biblia, porqué existe, qué ofrece a la fe, cómo se usa, constituye una tarea necesaria en la actividad pastoral.

B. Como interpretar la Biblia según la fe de la Iglesia
«Viva es la Palabra de Dios y eficaz » (Hb 4, 12)

El problema hermenéutico en perspectiva pastoral

19. El problema hermenéutico, dentro del cual se colocan la actualización de la Palabra de Dios y al mismo tiempo la inculturación[19], es una cuestión delicada e importante. Dios, en efecto, propone a la persona no una información más o menos curiosa y ni siquiera de orden puramente humano, científico, sino que le comunica su Palabra de verdad y de salvación, y esto requiere en quien la escucha una comprensión inteligente, vital, responsable y además actual. Todo esto implica reconocer el sentido verdadero de la Palabra pronunciada o escrita, así como la comunica el Señor a través de los autores sagrados, y al mismo tiempo exige que la Palabra sea significativa también para quien la escucha hoy.

A la escucha de la experiencia

20. De las respuestas de los Obispos se deduce que la interpretación de la Palabra, no obstante las apariencias contrarias, resulta accesible. Tantos cristianos, en comunidad o singularmente, escrutan la Palabra de Dios con disponibilidad para comprender lo que Dios dice y para obedecerle. Ahora bien, esta disponibilidad de la fe es considerada por la Iglesia como una valiosa posibilidad que habilita para una correcta comprensión y actualización del Testo Sagrado. Hoy esta oportunidad (kairòs) vale, en cierto modo aún más, porque se abre una nueva relación entre la Palabra de Dios y las ciencias del hombre, en particular en el ámbito de la investigación filosófica, científica e histórica. Una grande riqueza de verdades y de valores sobre Dios, sobre el hombre y sobre las cosas proviene de este contacto entre Palabra y cultura. La razón, por lo tanto, interpela a la fe y ésta, a su vez, invita a la razón a colaborar para una verdad y una vida consonantes con la Revelación de Dios y las expectativas de la humanidad.

Pero no faltan tampoco los riesgos de una interpretación arbitraria y reductiva, debidos especialmente al fundamentalismo, de tal modo que, por una parte se manifiesta el deseo de permanecer fiel al Texto, y por otra parte se desconoce la naturaleza misma de los textos, incurriendo en graves errores y generando también inútiles conflictos[20]. Existen además las llamadas lecturas ideológicas de la Biblia, según precomprensiones rígidas de orden espiritual o social y político, o simplemente humanas, sin el soporte de la fe (cf. 2 Pt 1, 19-20; 3, 16), hasta formas de contraposición y de separación entre la forma escrita, atestiguada sobre todo en la Biblia, la forma viva del anuncio y la experiencia de vida de los creyentes. En general, se nota un escaso o impreciso conocimiento de las reglas hermenéuticas de la Palabra.

El sentido de la Palabra de Dios y el camino para encontrarlo

21. A la luz del Concilio Vaticano II y del Magisterio sucesivo[21], algunos aspectos necesitan hoy una atención y una reflexión específica, en vista de una adecuada comunicación pastoral: la Biblia, el libro de Dios y del hombre, ha de ser leída unificando correctamente el sentido histórico-literario y el sentido teológico-espiritual, o más simplemente el sentido espiritual[22]. La citada Nota de la Pontificia Comisión Bíblica ofrece al respecto esta definición: «Como regla general, se puede definir el sentido espiritual comprendido según la fe cristiana, como el sentido expresado por los textos bíblicos, cuando se los lee bajo la influencia del Espíritu Santo en el contexto del misterio pascual de Cristo y de la vida nueva que proviene de Él. Este contexto existe efectivamente. El Nuevo Testamento reconoce en Él el cumplimiento de las Escrituras. Es, pues, normal releer las Escrituras a la luz de este nuevo contexto, que es el de la vida en el Espíritu»[23].

Esto significa que el método histórico-crítico es necesario para una correcta exégesis, convenientemente enriquecido con otras formas de estudio[24], pero para alcanzar el sentido total de la Escritura es necesario valerse de los criterios teológicos, propuestos por la Dei Verbum: «el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia, la analogía de la fe» (DV 12)[25]. Hoy, sobre este punto, se advierte la necesidad de una profunda reflexión teológica y pastoral para formar nuestras comunidades según una recta y fructuosa comprensión. Afirma el Santo Padre Benedicto XVI: «me interesa mucho que los teólogos aprendan a leer y amar la Escritura tal como lo quiso el Concilio en la Dei Verbum: que vean la unidad interior de la Escritura -hoy se cuenta con la ayuda de la "exégesis canónica" (que sin duda se encuentra aún en una tímida fase inicial)- y que después hagan una lectura espiritual de ella, la cual no es algo exterior de carácter edificante, sino un sumergirse interiormente en la presencia de la Palabra. Me parece que es muy importante hacer algo en este sentido, contribuir a que, juntamente con la exégesis histórico-crítica, con ella y en ella, se dé verdaderamente una introducción a la Escritura viva como palabra de Dios actual»[26].

Incidencias pastorales

22. El pueblo de Dios ha de ser educado para que pueda descubrir este gran horizonte de la Palabra de Dios, evitando hacer complicada la lectura de la Biblia. Vale la verdad que las cosas más importantes en la Biblia son también las que más directamente se vinculan con la existencia, como lo es la vida de Jesús. Recordamos algunos puntos esenciales para una recta interpretación del Libro sagrado.

a. En primer lugar se recuerda la interpretación de la Palabra de Dios que se cumple cada vez que la Iglesia se reúne para celebrar los divinos misterios. A este respecto, la introducción del Leccionario, que es proclamado en la Eucaristía, recuerda: «Por voluntad del mismo Cristo, el nuevo pueblo de Dios se halla diversificado en una admirable variedad de miembros, por lo cual son también varios los oficios y funciones que corresponden a cada uno, en lo que atañe a la Palabra de Dios; según esto, los fieles escuchan y meditan la Palabra, y la explican únicamente aquellos a quienes, por la sagrada ordenación, corresponde la función del magisterio, o aquellos a quienes se encomienda este ministerio. Así, la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones, todo lo que ella es, todo lo que cree, de modo que, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina hasta que en ella tenga su plena realización la palabra de Dios»[27].

b. Conviene aclarar que «el sentido espiritual no se debe confundir con las interpretaciones subjetivas dictadas por la imaginación o la especulación intelectual». El sentido espiritual proviene de «tres niveles de realidad: el texto bíblico (en su sentido literal), el misterio pascual y las circunstancias presentes de vida en el Espíritu»[28]. Es necesario partir en cada caso del texto bíblico como primario e insustituible también en la acción pastoral.

c. Considerando que la Nota de la Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, en general, no ha superado el círculo de los expertos, será necesario comprometerse a ayudar a los lectores creyentes a conocer las leyes elementales de una aproximación al texto bíblico. De gran valor son los subsidios elaborados con este objetivo.

d. En esta perspectiva han de ser consideradas, rectamente comprendidas y recuperadas la extraordinaria exégesis de los Padres[29] y la gran intuición medieval de los "cuatro sentidos de la Escritura", puesto que no han perdido interés; no han de ser descuidadas las diversas resonancias y tradiciones que la Biblia suscita en la vida del pueblo de Dios, en las figuras de los santos, de los maestros espirituales y de los testigos. Asimismo, ha de ser considerada la contribución de las ciencias teológicas y humanas; la "historia de los efectos" (Wirkungsgeschichte), especialmente en el arte, puede ser un fecundo testimonio de lectura espiritual. Puesto que la Biblia es leída también por los no creyentes, que evidencian el valor antropológico, puede ser enriquecedora una correcta interpretación de este aspecto. La Sagrada Escritura se debe leer en comunión con la Iglesia de todos los lugares y de todos los tiempos, con los grandes testigos de la Palabra, desde los primeros Padres hasta los santos e incluyendo el Magisterio actual[30].

e. Hay que subrayar el pedido hecho al Sínodo no solo de afrontar los clásicos problemas de la Biblia, sino también de poner en relación con ella los problemas actuales, como la bioética y la inculturación. Podemos decir esto con una expresión frecuente en los grupos bíblicos: "¿Cómo se va desde la vida al texto y del texto a la vida?", o también "¿cómo leer la Biblia con la vida y la vida con la Biblia?"

f. Se ha de señalar, desde el punto de vista de la comunicación de la fe, un nuevo problema de la hermenéutica bíblica. Dicho problema no se relaciona solamente con la comprensión del lenguaje bíblico, sino también con el conocimiento de la cultura actual, que está siempre menos vinculada a la palabra oral o escrita, y más orientada hacia una cultura electrónica, por lo cual la proclamación tradicional de la palabra puede resultar tediosa a los oyentes, invadidos por las técnicas informáticas.

CAPÍTULO TERCERO

Actitud requerida a quien escucha la Palabra
«Escucha, pueblo mío» (Sal 50, 7)

De las respuestas de los Obispos a los Lineamenta resulta que es necesario cultivar en el pueblo una relación orante, personal y comunitaria, con la Palabra de Dios, la cual suscita y nutre la respuesta de fe.

Una palabra eficaz

23. Los sujetos del evento de la Palabra son Dios, que la anuncia, y el destinatario, persona individual o comunidad. Dios habla, pero sin la escucha del creyente la Palabra se muestra dicha, pero no recibida. Por ello se puede decir que la revelación bíblica es el encuentro entre Dios y el pueblo en la experiencia de la única Palabra y que entre ambos hacen la Palabra. La fe obra, la Palabra crea.

El texto de Hb 4, 12-13, junto con el de Is 55, 9-11 y tantos otros textos, afirma la inefable eficacia de la Palabra de Dios. ¿Cómo entender tal eficacia? La pregunta se hace aún más necesaria por un hecho propuesto por diversas contribuciones de los Obispos, según el cual algunos cristianos neófitos dan a la lectura del Libro Sagrado un valor casi mágico, sin un personal y específico empeño de responsabilidad. En realidad, la Palabra de Dios despliega su eficacia, como afirma el sembrador (cf. Mc 4, 1-20), cuando se quitan los obstáculos y se ponen las condiciones para que la semilla de la Palabra dé frutos.

En cuanto al tipo de eficacia propio de la Palabra de Dios, es iluminador otro texto evangélico, que utiliza la imagen de la semilla que debe morir para dar fruto: Cristo habla de la necesidad de su muerte para cumplir el plan de salvación. La cruz es directamente potencia y sabiduría de Dios; el evangelio es la «predicación de la cruz», escribe S. Pablo a los cristianos de Corinto (1 Cor 1, 18). La eficacia de la Palabra es, por lo tanto, del orden de la cruz. Palabra y cruz son dos realidades que se colocan en el mismo nivel. En ellas toda la potencia está en el dinamismo del amor divino que las atraviesa: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16; cf. Rm 5, 8). Encuentra el fruto de la Palabra quien cree en el amor de Dios que la pronuncia. Entonces la potencialidad de la Palabra de Dios se hace concreta, se realiza, se hace verdaderamente personal.

El creyente: aquel que escucha la Palabra de Dios en la fe

24. «Cuando Dios se revela, el hombre tiene que someterse con la fe». A Él, que hablando se dona, el hombre escuchándolo «se entrega entera y libremente» (DV 5). El hombre que, también en virtud de la íntima estructura de la persona es oyente de la Palabra, recibe de Dios la gracia de responder en la fe. Ello implica, de parte de la comunidad y de cada creyente, una actitud de plena adhesión a una propuesta de total comunión con Dios y de entrega a su voluntad (cf. DV 2). Esta actitud de fe comunional se manifestará en cada encuentro con la Palabra de Dios, en la predicación viva y en la lectura de la Biblia. No es casual que la Dei Verbum aplique al Libro Sagrado cuanto afirma globalmente de la Palabra de Dios: «Dios invisible (cf. Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido por amor, habla a los hombres como a amigos (cf. Ex 33, 11 ; Jn 15,14-15), trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía» (DV 2). «En los Libros sagrados, el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (DV 21). La Revelación es comunión de amor, que la Escritura frecuentemente expresa con el término alianza. En síntesis, se trata de una actitud de oración: «diálogo de Dios con el hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras"[31] » (DV 25).

La Palabra de Dios transforma la vida de aquellos que se acercan a ella con fe. La Palabra no se extingue nunca, es nueva cada día. Mas para que esto suceda es necesaria una fe que escucha. La Escritura atestigua en varias ocasiones que la