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SIN EL DOMINGO NO PODEMOS VIVIR
«Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba Sión a tu
Dios» (Salmo responsorial). La invitación del salmista, de la que también se
hace la Secuencia, expresa muy bien el sentido de esta celebración
eucarística: nos hemos reunido para alabar y bendecir al Señor. Ésta es la
razón que ha llevado a la Iglesia italiana a encontrarse aquí, en Bari, con
motivo del Congreso Eucarístico Nacional. Yo también he querido unirme hoy a
todos vosotros para celebrar con particular relieve la solemnidad del Cuerpo y
de la Sangre de Cristo y de este modo rendir homenaje a Cristo en el
Sacramento de su amor, y reforzar al mismo tiempo los vínculos de comunión que
me unen con la Iglesia que está en Italia y con sus pastores. En esta
importante cita eclesial también hubiera querido estar presente mi venerado
predecesor, el Papa Juan Pablo II. Sentimos que él está cerca de nosotros y
que con nosotros glorifica a Cristo, buen Pastor, a quien él puede contemplar
ya directamente.
Os saludo con afecto a todos vosotros, que
participáis en esta solemne liturgia: al cardenal Camillo Ruini y a los demás
cardenales presentes, al arzobispo de Bari, monseñor Francesco Cacucci, a los
obispos de Apulia y a los numerosos obispos que han acudido de todas las
partes de Italia; a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los
laicos, en particular a aquellos que han cooperado con la organización del
Congreso. Saludo también a las autoridades que con su presencia subrayan que
los Congresos Eucarísticos forman parte de la historia y de la cultura del
pueblo italiano.
Este Congreso Eucarístico, que hoy llega a su
conclusión, ha querido volver a presentar el domingo como «Pascua semanal»,
expresión de la identidad de la comunidad cristiana y centro de su vida y de
su misión. El tema escogido, «Sin el domingo no podemos vivir», nos remonta al
año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, so pena de
muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía
y construir lugares para sus asambleas. En Abitene, pequeña localidad en lo
que hoy es Túnez, en un domingo se sorprendió a 49 cristianos que, reunidos en
la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando las
prohibiciones imperiales. Arrestados, fueron llevados a Cartago para ser
interrogados por el procónsul Anulino.
En particular, fue significativa la respuesta que
ofreció Emérito al procónsul, tras preguntarle por qué habían violado la orden
del emperador. Le dijo: «Sine dominico non possumus», sin reunirnos en
asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos
faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades cotidianas y no sucumbir.
Después de atroces torturas, los 49 mártires de Abitene fueron asesinados.
Confirmaron así, con el derramamiento de sangre, su fe. Murieron, pero
vencieron: nosotros les recordamos ahora en la gloria de Cristo resucitado.
Tenemos que reflexionar también nosotros,
cristianos del siglo XXI, sobre la experiencia de los mártires de Abitene.
Tampoco es fácil para nosotros vivir como cristianos. Desde un punto de vista
espiritual, el mundo en el que nos encontramos, caracterizado con frecuencia
por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa, por el
secularismo cerrado a la trascendencia, puede parecer un desierto tan duro
como ese desierto «grande y terrible» (Deuteronomio 8, 15) del que nos ha
hablado la primera lectura, tomada del Libro del Deuteronomio. Dios salió en
ayuda del pueblo judío en dificultad con el don del maná para darle a entender
que «no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que
sale de la boca del Señor» (Deuteronomio 8, 3). En el Evangelio de hoy, Jesús
nos ha explicado cuál es el pan al que Dios quería preparar al pueblo de la
Nueva Alianza con el don del maná. Aludiendo a la Eucaristía, dijo: «Éste es
el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron;
el que coma este pan vivirá para siempre» (Juan 6, 58). El hijo de Dios,
haciéndose carne, podía convertirse en Pan y de este modo ser alimento de su
pueblo en camino hacia la tierra prometida del Cielo.
Tenemos necesidad de este Pan para afrontar los
esfuerzos y cansancios del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión
propicia para sacar fuerza de Él, que es el Señor de la vida. El precepto
festivo no es por tanto un simple deber impuesto desde el exterior. Participar
en la celebración dominical y alimentarse del Pan eucarístico es una necesidad
para el cristiano, quien de este modo puede encontrar la energía necesaria
para el camino que hay que recorrer. Un camino que, además, no es arbitrario:
el camino que Dios indica a través de su ley va hacia la dirección inscrita en
la esencia misma del hombre. Seguirlo significa para el hombre realizarse a sí
mismo, perderlo es perderse a sí mismo.
El Señor no nos deja solos en este camino. Él está
con nosotros; es más, desea compartir nuestro destino hasta ensimismarse con
nosotros. En el coloquio que nos acaba de referir el Evangelio, dice: «El que
come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Juan 6, 56).
¿Cómo no alegrarnos por una promesa así? Sin embargo, hemos escuchado que,
ante aquel primer anuncio, la gente, en vez de alegrarse, comenzó a discutir y
a protestar: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Juan 6, 52). A decir
verdad, aquella actitud se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia.
Parecería que, en el fondo, la gente no tiene ganas de tener a Dios tan cerca,
tan disponible, tan presente en sus vicisitudes. La gente quiere que sea
grande y, en definitiva, más bien alejado. Se plantean entonces cuestiones que
quieren demostrar que en definitiva una cercanía así es imposible. Pero
mantienen toda su claridad gráfica las palabras que Cristo pronunció
precisamente en aquella circunstancia: «En verdad, en verdad os digo: si no
coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en
vosotros» (Juan 6, 53). Frente al murmullo de protesta, Jesús habría podido
retroceder con palabras tranquilizadoras: «Amigos --hubiera podido decir--,
¡no os preocupéis! He hablado de carne, pero es sólo un símbolo. Lo que quiero
decir es sólo una profunda comunión de sentimientos». Pero Jesús no recurrió a
estos endulzamientos. Mantuvo con firmeza su afirmación, incluso ante la
defección de muchos de sus discípulos (Cf. Juan 6, 66). Es más, se mostró
dispuesto a aceptar incluso la defección de sus mismos apóstoles, con tal de
no cambiar para nada el carácter concreto de su discurso: «¿También vosotros
queréis marcharos?» (Juan 6, 67), preguntó. Gracias a Dios, Pedro dio una
respuesta que hoy asumimos también nosotros, con plena conciencia: «Señor, ¿a
quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6, 68).
En la Eucaristía, Cristo está realmente presente
entre nosotros. Su presencia no es estática. Es una presencia dinámica, que
nos hace suyos, nos asimila a él. Lo había comprendido muy bien Agustín,
quien, al provenir de una formación platónica, le había costado mucho en
aceptar la dimensión «encarnada» del cristianismo. En particular, él
reaccionaba ante la perspectiva de la «comida eucarística», que le parecía
indigna de Dios: en las comidas comunes el hombre se hace más fuerte, pues es
él quien asimila la comida, haciendo de ella un elemento de la propia realidad
corporal. Sólo más tarde Agustín comprendió que en la Eucaristía sucedía
exactamente lo opuesto: el centro es Cristo que nos atrae hacia sí, nos hace
salir de nosotros mismos para hacer de nosotros una sola cosa con él (Cf.
Confesiones, VII, 10, 16). De este modo, nos introduce en la comunidad de los
hermanos.
Aquí afrontamos una ulterior dimensión de la
Eucaristía, que quisiera tocar antes de concluir. El Cristo con el que nos
encontramos en el sacramento es el mismo aquí en Bari, como en Roma, como en
Europa, América, África, Asia, Oceanía. Es el único y el mismo Cristo quien
está presente en el Pan eucarístico de todo lugar de la tierra. Esto significa
que sólo podemos encontrarnos con él junto a todos los demás. Sólo podemos
recibirle en la unidad. ¿No es esto lo que nos ha dicho el apóstol Pablo en la
lectura que acabamos de escuchar? Escribiendo a los corintios, afirma: «Porque
aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos
de un solo pan» (1 Corintios 10, 17). La consecuencia es clara: no podemos
comulgar con el Señor si no comulgamos entre nosotros. Si queremos
presentarnos a Él, tenemos que salir al encuentro los unos de los otros. Para
ello es necesario aprender la gran lección del perdón: no hay que dejar que se
apodere del espíritu la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la
magnanimidad de la escucha del otro, de la comprensión, de la posible
aceptación de sus excusas, del generoso ofrecimiento de las propias.
La Eucaristía, repitámoslo, es sacramento de la
unidad. Pero, por desgracia, los cristianos están divididos precisamente en el
sacramento de la unidad. Con mayor motivo, por tanto, apoyados por la
Eucaristía, tenemos que sentirnos estimulados a tender con todas las fuerzas
hacia esa plena unidad que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo.
Precisamente aquí, en Bari, ciudad que custodia los huesos de san Nicolás,
tierra de encuentro y de diálogo con los hermanos cristianos de Oriente,
quisiera confirmar mi voluntad de asumir como compromiso fundamental el de
trabajar con todas las energías en la reconstitución de la plena y visible
unidad de todos los seguidores de Cristo. Soy consciente de que para ello no
bastan las expresiones de buenos sentimientos. Se requieren gestos concretos
que entren en los espíritus y agiten las conciencias, invitando a cada uno a
esa conversión interior que es el presupuesto de todo progreso en el camino
del ecumenismo (Cf. Discurso de Benedicto XVI a los representantes de las
iglesias y comunidades cristianas y de otras religiones no cristianas, 25 de
abril de 2005). Os pido a todos que emprendáis con decisión el camino de ese
ecumenismo espiritual, que en la oración abre las puertas al Espíritu Santo,
el único que puede crear la unidad.
Queridos amigos venidos a Bari desde varias partes
de Italia para celebrar este Congreso Eucarístico, tenemos que redescubrir la
alegría del domingo cristiano. Tenemos que redescubrir con orgullo el
privilegio de poder participar en la Eucaristía, que es el sacramento del
mundo renovado. La resurrección de Cristo tuvo lugar el primer día de la
semana, que para los judíos era el día de la creación del mundo. Precisamente
por este motivo el domingo era considerado por la primitiva comunidad
cristiana como el día en el que tuvo inicio el mundo nuevo, el día en el que
con la victoria de Cristo sobre la muerte comenzó la nueva creación.
Reuniéndose en torno a la mesa eucarística, la comunidad se iba modelando como
nuevo pueblo de Dios. San Ignacio de Antioquia llamaba a los cristianos
«aquellos que han alcanzado la nueva esperanza», y los presentaba como
personas «que viven según el domingo» («iuxta dominicam viventes»). Desde esta
perspectiva, el obispo antioqueno se preguntaba: «¿Cómo podremos vivir sin
aquél a quien esperaron los profetas?» («Epistula ad Magnesios», 9, 1-2). «¿Cómo podremos vivir sin él?». Escuchamos el eco de la afirmación de los mártires de Abitene en estas palabras de san Ignacio: «Sine dominico non possumus». De aquí surge nuestra oración: que los cristianos de hoy vuelvan a encontrar la conciencia de la decisiva importancia de la celebración dominical y que sepamos sacar de la participación en la Eucaristía el empuje necesario para un nuevo compromiso en el anuncio al mundo de Cristo «nuestra paz» (Efesios 2, 14). ¡Amén!
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