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El estado del planeta según Benedicto XVI
Con alegría os recibo a todos en este tradicional encuentro del Papa con el Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Después de la celebración de las grandes fiestas cristianas de la Navidad y de Epifanía, la Iglesia todavía vive de esta alegría: es una gran alegría, porque surge de la presencia del Emmanuel --Dios-con-nosotros--, pero es también una alegría interior, puesto que es vivida en el ámbito doméstico de la Sagrada Familia, cuya historia sencilla y ejemplar la Iglesia recorre en este tiempo con íntima participación; al mismo tiempo, es una alegría que se ha de comunicar, pues la verdadera alegría se debilita y se apaga cuando se la aísla. A todos vosotros, Señoras y Señores Embajadores, a los Pueblos y Gobiernos que dignamente representáis, a vuestras queridas familias y a vuestros distinguidos Colaboradores, expreso mi deseo de alegría cristiana. Que ésta sea la alegría de la fraternidad universal traída por Cristo, una alegría rica de verdaderos valores y abierta a una generosa participación. Que ella os acompañe y aumente cada día del año que acaba de empezar. Vuestro Decano, Señoras y Señores Embajadores, ha expresado la felicitación del Cuerpo diplomático, interpretando con delicadeza vuestros sentimientos. A él y a vosotros manifiesto mi agradecimiento. Él ha mencionado también algunos de los numerosos y graves problemas que inquietan al mundo de hoy. Éstos son objeto de vuestra solicitud y también de la Santa Sede y de la Iglesia católica en todo el mundo, solidaria de todo sufrimiento, de toda esperanza y de todo esfuerzo que acompaña el camino del hombre. Nos sentimos así unidos en una misión común, que nos sitúa siempre ante nuevos y enormes desafíos. Sin embargo, los afrontamos con confianza, con la voluntad de apoyarnos mutuamente - cada uno según su propio cometido ? mirando hacia grandes metas comunes. He dicho "nuestra misión común". ¿Y cuál es, sino la de la paz? La Iglesia no hace más que difundir el mensaje de Cristo, que vino ? como escribe el apóstol Pablo en la Carta a los Efesios - a anunciar la paz a los que estaban lejos y a los que estaban cerca (cf. 2,17). Y vosotros, eximios representantes diplomáticos de vuestros Pueblos, según vuestro estatuto tenéis precisamente este noble objetivo: promover relaciones internacionales amistosas, en las que en realidad se sustenta la paz (Convención de Viena sobre las Relaciones Diplomáticas). La paz - lo constatamos con dolor - en muchas partes del mundo está impedida, herida o amenazada. ¿Cuál es el camino hacia la paz? En el Mensaje que he dirigido para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz de este año he querido afirmar: "Donde y cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, emprende de modo casi natural el camino de la paz" (n. 3). En la verdad, la paz.
Mirando la situación del mundo de hoy, en el que,
junto a funestos escenarios de conflictos bélicos, abiertos o latentes, o sólo
aparentemente calmados, se puede apreciar - gracias a Dios - un esfuerzo
valiente y tenaz por parte de muchos hombres y de muchas instituciones en
favor de la paz, quisiera proponer, como un estímulo fraterno, algunas
reflexiones que presento en unos sencillos enunciados. Con una evidencia casi ejemplar, estas consideraciones me parecen aplicables en aquel punto neurálgico de la escena mundial que es Tierra Santa. En ella el Estado de Israel tiene que poder subsistir pacíficamente de acuerdo con las normas del derecho internacional; en ella, por igual, el Pueblo palestino ha de poder desarrollar serenamente las propias instituciones democráticas por un futuro libre y próspero. Estas consideraciones pueden aplicarse de una manera más amplia al contexto mundial actual, en el cual sin duda se ha vislumbrado el peligro de un choque de civilizaciones. El peligro se hace más agudo por el terrorismo organizado, que se extiende ya a escala mundial. Sus causas son numerosas y complejas, además de las ideológicas y políticas, unidas a aberrantes concepciones religiosas. El terrorismo no duda en atacar a personas inermes, sin ninguna distinción, o en imponer chantajes inhumanos, provocando el pánico en poblaciones enteras, para obligar a los responsables políticos a favorecer los planes de los terroristas mismos. Ninguna circunstancia puede justificar esta actividad criminal, que llena de infamia a quien la realiza y que es mucho más deplorable cuando se apoya en una religión, rebajando así la pura verdad de Dios a la medida de la propia ceguera y perversión moral.
El compromiso por la verdad por parte de las
diplomacias, sea a nivel bilateral como plurilateral, puede dar una aportación
esencial, para que las innegables diversidades que caracterizan a pueblos de
diferentes partes del mundo y sus culturas puedan recomponerse no sólo en una
coexistencia tolerante, sino en un más alto y más rico proyecto de humanidad.
En siglos pasados los intercambios culturales entre judaísmo y helenismo,
entre mundo romano, mundo germánico y mundo eslavo, como también entre mundo
árabe y mundo europeo, han enriquecido la cultura y favorecido las ciencias y
las civilizaciones. Así hoy debería darse de nuevo y en mayor medida,
existiendo de hecho unas posibilidades de intercambio y de recíproca
comprensión mucho más favorables. Por esto lo que hoy se pide es, ante todo,
que se elimine todo obstáculo para el acceso a la información por medio de la
prensa y de los modernos medios informáticos, y, además, que se intensifiquen
los intercambios de profesores y de estudiantes entre las disciplinas
humanísticas de las universidades de las diversas regiones culturales. Aquí es donde interviene naturalmente la acción de cada Estado, así como la actividad diplomática interestatal. En la evolución actual del derecho internacional se ve con creciente sensibilidad que ningún Gobierno puede desentenderse de la tarea de garantizar a los propios ciudadanos unas condiciones adecuadas de libertad, sin perjudicar por eso mismo la propia credibilidad como interlocutor en las cuestiones internacionales. Y eso es justo: porque en la defensa de los derechos inherentes a la persona en cuanto tal, garantizados internacionalmente, se debe otorgar un valor prioritario al espacio reservado a los derechos a la libertad dentro de cada Estado, sea en la vida pública como en la privada, sea en las relaciones económicas como en las políticas, sea en las relaciones culturales como en las religiosas. A este propósito es bien conocido, Señoras y Señores Embajadores, cómo la acción de la diplomacia de la Santa Sede está, por su naturaleza, orientada a promover, entre los diversos ámbitos en que debe desarrollarse la libertad, el aspecto de la libertad de religión. Por desgracia, en algunos Estados, incluso entre los que pueden alardear de tradiciones culturales pluriseculares, la libertad, lejos de ser garantizada, es más bien violada gravemente, particularmente respecto a las minorías. A este propósito quisiera sólo recordar lo establecido con gran claridad en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Los derechos fundamentales del hombre son los mismos en todas las latitudes; y entre ellos un lugar preeminente tiene que ser reconocido al derecho a la libertad de religión, porque concierne a la relación humana más importante, la relación con Dios. Quisiera decir a todos los responsables de la vida de las Naciones: ¡si no teméis la verdad, no debéis temer la libertad! La Santa Sede, cuando por doquier pide condiciones de verdadera libertad para la Iglesia católica, las pide igualmente para todos.
Quisiera pasar a un tercer enunciado: el compromiso por la verdad abre el camino al perdón y a la reconciliación. Surge una objeción ante la conexión indispensable entre el compromiso por la verdad y la paz: las diferentes convicciones sobre la verdad dan lugar a tensiones, a incomprensiones, a debates, tanto más fuertes cuanto más profundas son las convicciones mismas. A lo largo de la historia, éstas también han dado lugar a violentas contraposiciones, a conflictos sociales y políticos, e incluso a guerras de religión. Esto es verdad, y no se puede negar; pero esto ha ocurrido siempre por una serie de causas concomitantes, que poco o nada tenían que ver con la verdad y la religión, y siempre porque se quiere sacar provecho de medios realmente irreconciliables con el puro compromiso por la verdad y con el respeto de la libertad requerido por la verdad. Por lo que concierne específicamente a la Iglesia católica, ella condena los graves errores cometidos en el pasado, tanto por parte de sus miembros como de sus instituciones, y no ha dudado en pedir perdón. Lo exige el compromiso por la verdad. La petición de perdón y el don del perdón, igualmente debido - porque para todos vale la advertencia de Nuestro Señor: "¡el que esté sin pecado, que tire la primera piedra! " (cf. Jn 8,7) - son elementos indispensables para la paz. La memoria queda purificada, el corazón apaciguado, y se vuelve pura la mirada sobre lo que la verdad exige para desarrollar pensamientos de paz. No puedo dejar de recordar las iluminadoras palabras de Juan Pablo II: "No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón" (Mensaje para la Jornada mundial de la Paz, 1 enero 2002). Con humildad y profundo amor, las repito a los responsables de las Naciones, en particular de aquéllas donde las heridas físicas y morales de los conflictos están más vivas y es más apremiante la necesidad de paz. Mi pensamiento se dirige espontáneamente a la tierra donde nació Jesucristo, el Príncipe de la Paz, que tuvo palabras de paz y perdón para todos; pienso en el Líbano, cuya población debe encontrar, también con la ayuda de la solidaridad internacional, su vocación histórica de colaboración sincera y fructuosa entre las comunidades de diferentes credos; pienso igualmente en todo el Oriente Medio, particularmente en Irak, cuna de grandes civilizaciones, enlutado diariamente en estos años por sangrientos actos terroristas. Pienso en África, y sobre todo en los Países de la Región de los Grandes Lagos, donde todavía se sufren las trágicas consecuencias de las guerras fratricidas de los años pasados; pienso en las poblaciones indefensas del Darfur, golpeadas con execrable ferocidad, con peligrosas repercusiones internacionales; y pienso en tantas otras tierras, de diversas partes del mundo, que son teatro de cruentos conflictos.
Entre las grandes tareas de la diplomacia se debe
contar indudablemente con la de hacer comprender a todas las partes en
conflicto que, si aman la verdad, no pueden dejar de reconocer los errores - y
no sólo los de los otros -, ni pueden rechazar el abrirse al perdón, pedido y
concedido. El compromiso por la verdad - que ciertamente les interesa - los
convoca a la paz, a través del perdón. La sangre derramada no grita venganza,
pero sí invoca respeto por la vida y la paz. Ojalá pueda la Peacebuilding
Commission, instituida recientemente por la ONU, responder eficazmente a esta
exigencia fundamental de la humanidad, con la cooperación llena de buena
voluntad por parte de todos.
Muchas personas de buena voluntad, diversas
instituciones internacionales y organizaciones no gubernativas, no se han
quedado inactivo frente a estas "emergencias humanitarias", así como frente a
otros dramáticos problemas del hombre. Pero se requiere un mayor esfuerzo
conjunto de las diplomacias para individuar en la verdad, y superar con
valentía y generosidad, los obstáculos que impiden encontrar todavía
soluciones eficaces y dignas del hombre. Y la verdad exige que ninguno de los
Estados prósperos se sustraiga a las propias responsabilidades y al deber de
ayuda, utilizando con mayor generosidad los propios recursos. Se puede
afirmar, sobre la base de datos estadísticos disponibles, que menos de la
mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento sería más que
suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército
de los pobres. Esto interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso
por la verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que
viven bajo el umbral de la pobreza, mucho más a causa de situaciones que
dependen de las relaciones internacionales políticas, comerciales y
culturales, que por circunstancias incontroladas.
La Iglesia vive siempre de esta verdad; pero de
modo particular se ilumina con ella y se alegra en esta etapa del año
litúrgico. Y a la luz de esta verdad mis palabras, dirigidas a vosotros y para
vosotros, que representáis aquí a la mayor parte de las Naciones del mundo,
quieren ser al mismo tiempo testimonio y augurio: ¡en la verdad, la paz!
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