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Nuestro Señor, en efecto, fue
pisoteado por la muerte, pero así abrió Él un camino por encima
de la muerte. Se sometió a cargar con la muerte, como ella
quería, para subyugar a la muerte contra su voluntad. Salía
Nuestro Señor cargando con su cruz, como quería la muerte, pero
dio un grito estando sobre la cruz, e hizo salir a los muertos
del Seol, contra la voluntad de la muerte. Con las mismas
armas con que la muerte le había matado, obtuvo Él la victoria
sobre la muerte. Como la divinidad estaba oculta en la
humanidad, la muerte pudo acercarse a Él. Mató y fue muerta.
Mató la muerte a la vida, como es natural que haga la muerte,
pero la vida la mató a ella, que no es lo natural que haga la
vida.
Como la muerte no podía devorarlo si Él no tenía un cuerpo, ni
el Seol podía engullirlo si Él no tenía carne, vino a la
Virgen, para tener una montura que le llevase desde allí al
Seol. De junto al asna le trajeron la montura con que entró en
Jerusalén, y proclamó su ruina y la miseria de sus hijos. Con el
cuerpo que tomó de la Virgen entró en el Seol, saqueó sus
tesoros y despojó sus riquezas. Vino, en efecto, hasta Eva, la
madre de todos los vivientes. Ella era la viña, cuya cerca ella
misma abrió con sus propias manos, y así la muerte pudo gustar
sus frutos. Y Eva, la madre de todos los vivientes, vino a ser
una fuente de muerte para todos los vivientes. De Eva, de la
viña antigua, retoñó María, el brote nuevo, y la nueva vida
habitó en ella, para que, cuando viniese la muerte, según su
costumbre, a comerse confiadamente los frutos mortales, le
estuviese oculta la vida que mata a la muerte, y al devorarla
sin sospecha, la vomitase, y con ella, a muchos otros.
La Medicina de Vida, pues, descendió volando de lo alto, y se
introdujo en un cuerpo, fruto mortal. Y cuando vino la muerte a
comer, según su costumbre, la vida se volvió y devoró a la
muerte. Éste es el alimento que tenía hambre de comer al que lo
comía. Por este fruto único, en efecto, que la muerte devoró
hambrienta, tuvo que vomitar a la multitud de vida que con tanta
avidez había devorado. Y así aquella hambre suya, que la había
hecho precipitarse sobre aquel fruto único, acabó con la avidez
que la había precipitado sobre muchos. Ansiosa estaba la muerte
de devorar a uno, pero tuvo que apresurarse a vomitar a muchos.
Pues cuando aquel uno moría sobre la cruz, muchos sepultados
salían del Seol a su voz.
Éste es el fruto que rasgó a la muerte que le devoraba, e hizo
salir de su interior a los vivos, a por los que había sido
enviado. Pues el Seol retenía, en efecto, todo lo que engullía.
Y por medio del único que no había de ser engullido, fue
devuelto de su interior lo que había engullido. Quien tiene el
estómago revuelto, vomita tanto lo que le gusta como lo que no
le gusta. Se le revolvió el estómago a la muerte, y al vomitar
la Medicina de Vida, que le había resultado amarga, vomitó
también con ella a los vivos aquellos devorados por ella con
tanto gusto.
Éste es el hijo del carpintero, mañoso, que construyó su cruz
como un puente por encima del Seol, que todo lo devora, e
hizo pasar así a los hombres a la casa de la Vida. Ya que por el
leño, en efecto, la Humanidad había caído al interior del Seol,
sobre el leño pasó también a la casa de la Vida. En el leño en
que había sido injertada la amargura, fue injertada la dulzura,
para que reconozcamos a Aquel que no tiene entre sus criaturas
ninguna que pueda oponérsele. ¡Gloria a Ti, que construiste tu
cruz como un puente sobre la muerte, para que las almas pudiesen
pasar por él de la casa de los muertos a la casa de la Vida!
Traducción de Javier Martínez
arzobispo de Granada
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Jesús ante
el Sanedrín

Llanto
sobre Cristo muerto

«Noli me
tangere». Aparición de Cristo resucitado

Jesús
crucificado

La Última
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