Extracto del artículo de Robert Spaemann El sentido del
sufrimiento, que acaba de ser publicado en Humanitas,
revista de Antropología y Cultura, de la Pontificia Universidad
Católica de Chile
La pregunta acerca del sentido del
sufrimiento es la pregunta acerca de la experiencia de la falta de
sentido, pues justamente en esa experiencia consiste el verdadero
sufrimiento. ¿Qué sentido tiene la experiencia de lo sin-sentido?
¿Tiene esa pregunta algún sentido? Es seguro que no apunta hacia
ningún tipo de instrucciones para conseguir experiencia (lit.
praxis): el sufrimiento es el límite de la praxis. El sufrimiento es
aquello contra lo cual yo, al menos de momento, nada puedo hacer. La
réplica de quien, hablando del sentido del sufrimiento, afirmase que
debe ser combatido allí donde se dé, justifica de hecho el
sufrimiento, y no debe ser tenida en cuenta como tal réplica. Porque
no se pregunta cómo podemos disminuirlo, sino qué sentido tiene
aquella situación en la que todos nuestros esfuerzos para
disminuirlo o evitarlo llegan a un límite. Todos experimentamos
alguna vez tales situaciones: los esfuerzos humanos llegan a su fin,
y sucede lo que no queremos. El tema sentido del sufrimiento
es idéntico al tema sentido de lo que no queremos, de lo que
nadie puede querer para sí mismo.
Miedo ante el sufrimiento
Si alguien, de quien se pudiera suponer que sufre menos
que otros, hablase sobre el sufrimiento, se le podría objetar: «Para
ti es fácil hablar; deberías antes pasar por una situación de
verdadero sufrimiento: se te acabaría entonces el discurso». Pero
ésta no es tampoco una réplica razonable, pues si yo sufriera de
manera extrema por un instante, me encontraría entonces, de hecho,
en una situación en la que nada podría decir sobre el sentido del
sufrimiento. No hay límites exactos entre sufrir y no sufrir; y no
los hay, porque al hombre –como dijo Thomas Hobbes– el hambre futura
ya le convierte hoy en un hambriento. Tenemos miedo del sufrimiento,
y ya ese mismo miedo es sufrimiento.
Pero el sufrimiento es algo distinto del dolor físico. El temor ante
el dolor físico es, con frecuencia, peor que el propio dolor. Y
siendo esto así, el miedo ante el sufrimiento es con frecuencia
miedo del miedo. El temor ante la muerte no es en realidad miedo a
estar muerto, sino miedo ante la situación en la que «mi corazón se
llenará del máximo temor».
Sufrir es un fenómeno complejo. Hay un grado moderado de dolor
físico que de ningún modo podemos denominar sufrimiento. El hambre,
por ejemplo, tiene el sentido de mover a un ser vivo a que se
preocupe por la comida. Una sensación aguda de hambre no supone
ningún sufrimiento para el que sabe que, dentro de cinco minutos, se
sentará ante una mesa bien provista. Sin embargo, la misma hambre es
un sufrimiento para otra persona que sabe que, en un tiempo
razonable, no va a tener nada que comer; esto se convierte entonces
en sufrimiento.
El dolor corporal como tal es sufrimiento cuando devora todas las
perspectivas positivas o negativas de futuro. Si ese dolor se va, se
va de una manera notablemente perfecta. Los dolores desaparecidos
gustan en cuanto tales, nada se tiene ya contra ellos; sólo queda la
alegría de que han pasado. El mal (moral) pasado, por el contrario,
sigue siendo mal, y es objeto de pesar.
Allí donde no se acierta a integrar una determinada situación
dentro de un contexto de sentido, allí comienza el sufrimiento.
El término alemán sufrimiento tiene, de manera análoga a sus
términos correspondientes en otras lenguas, un doble sentido.
Significa tristeza (infelicidad, desagrado...), y también
sencillamente pasividad (en el sentido de passibilitas), o,
por decirlo a la moda, frustración. La pregunta acerca del sentido
del sufrimiento es, ante todo, una pregunta paradójica. Apenas es
posible darle una respuesta teorética, pues tal pregunta quedaría
resuelta si desapareciera, pero no desaparece porque se resuelva.
El sufrimiento en la sociedad
moderna y en la primitiva
La sociedad moderna concentra sus esfuerzos en la
evitación y en la disminución del sufrimiento. Los métodos y
técnicas para evitar el sufrimiento tienen, sin embargo, por
desgracia, efectos paradójicos. Tomados en su conjunto no aumentan
la felicidad, ya que transforman el horizonte de las expectativas, y
no eliminan con ello la discrepancia entre lo que creíamos poder
esperar y lo que realmente sucede.
Cuando leemos con frecuencia que algunos colegiales se suicidan
porque han llevado a casa malas notas, no cabe buscar la razón
simplemente en que el juicio sobre las calificaciones escolares sea
en los padres de hoy más severo que en los del siglo XIX. La razón
está más bien en un índice más bajo de tolerancia respecto de las
sensaciones de frustración. Konrad Lorenz ha hablado del creciente
infantilismo que impulsa sin cesar hacia una inmediata satisfacción,
y que incapacita por ello para soportar situaciones en las que no se
da una satisfacción inmediata. Aquí es donde acaece el verdadero
sufrimiento: de una actitud motivada absolutamente por el intento de
evitar el sufrimiento. Max Scheler ha mostrado que las formas más
altas de felicidad son aquellas que no se pueden alcanzar
directamente. Una civilización fundamentada en el lamento, en la que
cada uno tiende a compadecerse de sí mismo y a quejarse de su
nefasta situación, apenas tiene ya impulso para hacer a los hombres
felices. En la literatura psicoanalítica se dicen muchas cosas sobre
el triunfo del placer, pero nunca se habla de la alegría. La alegría
guarda relación con la experiencia del agradecimiento. Cuando la
alegría es vista sólo como exigencia de felicidad, se pone en
movimiento un automatismo que imposibilita la felicidad. Cuando se
utilizan más los psicofármacos para suprimir molestias normales,
para evitar sensaciones de malestar, para disminuir todo temor o
nerviosismo, disminuye también, lógicamente, la intensidad de la
felicidad.
En las sociedades primitivas hay figuras (el mendigo, la viuda...)
relacionadas con el sufrimiento que nosotros hemos perdido. En ellas
se cuenta con el sufrimiento que desarrolla su rol, su función.
Dicha función hace posible transformar, hasta cierto punto, el
propio sufrimiento en actividad, ya que cada rol exige del que lo
desempeña un cierto rendimiento. El sufrimiento no es propiamente
algo que no debe suceder, y que si sucede convierte al paciente en
víctima, en objeto pasivo de auxilios. El sufrimiento está allí
previsto. Vivimos en una sociedad dinámica que, a diferencia de las
sociedades primitivas, tiende a la abolición del sufrimiento. Pero
la realidad es que una tal sociedad con su creciente actividad,
cuando llega al límite más allá del cual no puede disminuir el
sufrimiento, no tiene ya nada más que decir.
Era propio del primitivo dominio del sufrimiento una particular
ritualización de las situaciones extremas. Nuestra sociedad, sin
embargo, es incapaz de hacer algo semejante con la muerte, que es
desviada hacia el anonimato de las clínicas. En ningún sitio se
habla de ella y, desde luego, de ningún modo con los moribundos.
Pero, sobre todo, ya no se enseña a morir. Los niños ya no ven cómo
mueren los ancianos; no se enseña a morir, y así la mayor parte de
la gente se encuentra con la muerte por vez primera en la suya
propia. En la sociedad primitiva morir no significaba verse forzado
a una actitud de pura pasividad: el morir pertenecía a la plena
realización de la sociedad.
La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento,
renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia. Cuando ya
no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una
tal existencia ya no tiene sentido. Plantear la pregunta sobre el
sentido del sufrimiento en este contexto es un síntoma del
aislamiento del hombre, para quien el cosmos ya no es una patria,
sino que se siente realmente desprotegido, como solo ante ese
silencio del espacio infinito del que habló Pascal.
Materialismo: la apuesta
por la praxis
Hay dos maneras de dificultar una respuesta a la pregunta sobre el
sentido del sufrimiento. Una de ellas es el naturalismo o
materialismo, cuya postura se fundamenta en que el sentido está
ligado al obrar del hombre, fuera del cual no existe ningún sentido.
El sentido termina allí donde la praxis llega a su término, allí
donde tropieza con la invencible naturaleza. El sufrimiento no es un
sin-sentido, pues la naturaleza –que no es ni buena ni mala– no
guarda absolutamente ninguna relación con el sentido, sino que es el
reino de la necesidad. Lo necesario es aquello que no se puede
cambiar. Ante ello es absurdo (sin-sentido) preguntar por un
sentido.
Algo semejante ocurre con la pregunta sobre Dios. Existe una
tendencia en la teología contemporánea a unir el discurso sobre Dios
exclusivamente con la praxis. Esa teología no tiene en el fondo nada
que decir a quien no tiene capacidad de obrar, a quien sólo padece y
cuyo obrar podría consistir, en todo caso, en transformar ese
sufrimiento en una relación con Dios, es decir, en oración. Detrás
de lo que decimos está la máxima de evitar incondicionalmente el
sufrimiento.
Estoicismo y budismo
Los estoicos habían desarrollado una doctrina sobre la
evitación del dolor que no estaba ligada con la actividad
transformadora del mundo, sino que dejaba al mundo tal como es. Su
pregunta sonaba así: ¿qué podemos hacer para que lo que sucede no
sea experimentado como sufrimiento, es decir, para que no disminuya
nuestra libertad? Si yo consiento desde el principio con la
necesidad, si acepto desde el principio voluntariamente lo que no
puedo cambiar, entonces no puede sucederme realmente nada adverso.
Entonces soy tan libre como Dios. Entonces tampoco Dios puede hacer
nada contra mí, porque si yo, desde el principio, ante lo que Él me
envía, digo: «Eso es justamente lo que yo quería», entonces Él no
puede hacer nada que vaya contra mi voluntad.
Los propios estoicos eran conscientes de que la posesión real del
método estoico, de la apatía (la impasibilidad), nunca se ha
dado verdaderamente. Además, tampoco podían negar que el dolor
físico puede alcanzar tal grado de intensidad, que nos condene
contra nuestra voluntad al sufrimiento. Sólo quedaba entonces para
ellos un recurso –el suicidio– como último acto de afirmación de
libertad.
Una forma aún más consecuente y extrema de evitar el sufrimiento se
da en el budismo. Su programa tiende a una anulación del sufrimiento
justamente a través de la anulación de la voluntad. Si el
sufrimiento es frustración, obstáculo para algo que yo quiero,
entonces la solución más segura es, lógicamente, salir al encuentro
de lo que de ningún modo quiero. Los estoicos querían afirmar su
libertad en el yo. El budismo pone en ese mismo yo la condición de
posibilidad del sufrimiento; a través de la praxis meditativa debe
desaparecer el yo: entonces se desvanece también el
sufrimiento.
En todas estas soluciones se trata siempre de evitar el sufrimiento,
y no de plantear la pregunta sobre su sentido, porque el sufrimiento
es en sí mismo lo sin-sentido, aquello que yo no puedo asociar a
ningún sentido por mí mismo.
La ilimitada totalidad de sentido
La cuestión sobre el sentido del sufrimiento es
específicamente bíblica. Presupone la fe en una ilimitada totalidad
de sentido. Sólo donde se acepta y se cree en un sentido universal,
como sucede en la religión bíblica, llega a ser planteada como tal
la pregunta sobre el sufrimiento. La pregunta sobre el sentido del
sufrimiento, además, presupone el hecho real de que vivimos en un
mundo que nos es común, en el que seguimos los más divergentes
fines; y que existe un mundo externo al hombre que es indiferente
respecto a los gustos de cada cual y que, por eso, le opone
resistencia.
El Nuevo Testamento, en la pasión de Cristo, nos sitúa de manera
extrema ante la dolorosa experiencia de la falta de sentido: «Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?» Jesús reza un versículo de un
salmo, y representa el papel del Siervo sufriente de Dios del
Antiguo Testamento. El sentido es la experiencia de la falta de
sentido. No cabe ver en esa historia de la Pasión ningún vestigio
del heroísmo estoico. La pasión de Jesús está descrita expresamente
como algo que se hace contra su voluntad. A ella pertenece el ruego
que dice: «Haz que este cáliz pase de mí». Si nos preguntamos por el
sentido cristiano del sufrimiento, debemos considerar cómo es
interpretada la Pasión de Jesús en el Nuevo Testamento. Hay en él
dos pasajes centrales que ofrecen esa interpretación, uno del
apóstol Pablo, quien afirma que Jesús se hizo «obediente hasta la
muerte», y otro de la Epístola a los Hebreos, en el que de
manera aún más fuerte se dice que «aprendió a obedecer a través del
sufrimiento»
Sufrimiento y desobediencia
¿Qué significa esto? En esos pasajes se presupone que los hombres en
su conjunto viven en un estado que no es el normal. El sufrimiento
se manifiesta como el reverso pasivo del mal, que ha sido causado
por la desobediencia. El cristianismo enseña que todos nos
encontramos en una situación como la descrita. La doctrina cristiana
sobre el pecado original no dice sino que todos vivimos en un
contexto general de culpa, en el que todos entran a formar parte
cuando comienzan a pertenecer a la sociedad humana. No se trata de
que cada uno sea sólo una víctima pasiva, sino de que cada uno forma
parte del juego, participa en la injusticia que cada uno comete
contra los otros.
La desobediencia es no escuchar, no oír el sentido del todo. Sólo
puede representar bien su papel quien presta atención a las órdenes
del director y escucha el papel de los otros. El tirano monologa: el
sentido sólo es para él su sentido. Trata activamente de imponerlo
sin consideración al sentido del conjunto, en el que los obedientes
proyectos de sentido de los co-actores podrían ser también
desarrollados. El culpable debe experimentar cómo se siente la
víctima.
La interpretación cristiana del sufrimiento dice, según creo, que
los hombres viven en un contexto general de culpa que se caracteriza
porque cada uno se ve a sí mismo como el punto central (el ombligo)
del mundo. Ese contexto de culpa sólo puede ser eliminado si es
experimentado como sufrimiento. Mientras el malo encuentre aceptable
y perfectamente en orden vivir a costa de los demás, ¿para qué
cambiar la situación? El que sufre se ve obligado a experimentar la
falsedad de la situación. Esto se ha puesto de relieve
constantemente en la tradición cristiana. Todos los grandes santos y
doctores de la Iglesia han entendido el sufrimiento como el
irremediable reverso de la arbitrariedad individual, por el que el
hombre vuelve a ser conducido a la verdad.
Eichendorff dice: «Tú eres el que destruye dulcemente sobre nosotros
lo que construimos, para que miremos al cielo; no me quejo de eso».
Aquí se ve de nuevo que, en nuestras reflexiones, no se trata nunca
de un sufrir superficial que pudiera ser evitado. Un padecer
evitable no tiene ya el carácter de educación en la obediencia en el
sentido neotestamentario. El sufrir se experimenta con mucha mayor
intensidad justamente allí donde hubo antes una intensa actividad, y
esa actividad fracasa. Lutero cuenta la historia de un misionero que
no convierte a nadie y combate contra el destino. Dice Lutero: La
voluntad de ese hombre no era buena, porque «es señal segura de mala
voluntad que no sea capaz de soportar los obstáculos». Cristo está
dispuesto a aceptar también el fracaso de sus esfuerzos humanos,
como voluntad del mismo Dios que le exige esa actividad.
Allí donde alcanzamos el límite de nuestra capacidad de obrar, allí
nos encontramos con el sufrimiento del que aquí hablamos. Además,
cualquier discurso sobre el sentido del sufrimiento sólo tiene
plenitud de sentido en cuanto discurso sobre el propio sufrimiento.
En el sufrimiento ajeno sólo hay para mí una llamada a mitigarlo. No
significa esto que –con puras técnicas modernas de disminución del
dolor– se le evite a la persona esa situación que le impidiera
alcanzar la plena madurez de su humanidad. Eso sólo sería una cómoda
huida de la verdadera y profunda solidaridad. La verdadera
solidaridad significa ayudar a encontrar el sentido del sufrimiento.
El
consuelo del sentido
En el
sufrimiento hay siempre un momento de comprensión. Su sentido
aparece sólo puntualmente, como «una luz que alumbra lo que piso»
(lit. luz para mi pie) y no como iluminación de todo el
terreno. Yo he podido ser testigo en Lourdes de cómo un enfermo
quedaba curado de una manera incomprensible para la medicina. No fue
la curación lo que me produjo la impresión más honda, sino los
enfermos que se iban de Lourdes sin haber sido curados. El mayor
milagro de Lourdes es la serenidad de los que la abandonan sin ser
curados. ¿Cómo puede suceder eso? Tal realidad está relacionada con
el hecho de que para ellos la curación milagrosa de alguno les hace
entender que el sufrimiento que padecen no es un fatal destino. Si
Dios puede curarme, debe tener un motivo para no hacerlo. Un motivo,
es decir, ¡un sentido!, y el sentido consuela.
La actividad curativa de Jesús no consistió en sanar a todos los
hombres, sino puntualmente a uno o a otro. Su actividad que
sana al mundo sólo se hace visible de vez en cuando, lo
suficientemente visible para que el creyente sepa en Quién cree y
por qué. El sentido del sufrimiento es una paradoja. Él no puede por
sí mismo estar lleno de sentido, sino cumplir una función de
referencia al sentido. Sólo bajo el presupuesto de que existen Dios
y el pecado, puede cumplir el sufrimiento su función. Y el sentido
del sufrimiento es, entonces, ayudar al que lo padece a refugiarse
en Dios, en Quien podrá encontrar todas las demás posibilidades de
felicidad. El escritor inglés C.S. Lewis escribió una vez que es
evidente que para Dios no es una desgracia ser el tapa-agujeros.
La mayor parte de los hombres se encontrarían maltratados en su
dignidad si alguien acudiera a ellos sólo porque no queda más
remedio. Dio – decía Lewis– no es tan bueno consigo mismo.
Podría decirse: «La religión es el opio del pueblo». ¿Por qué no?
Cocteau escribió que se debe recibir la comunión como una tableta de
opio. Los que consumen drogas dicen que tienen el efecto de
«aumentar la consciencia». Se dice con ello que alguien, en una
situación de extremo vacío, puede agarrarse a algo que le lleva a
sentirse como si no tuviese ninguna necesidad. Experimentar la
privación es necesario para la vida, es vital. Quien nunca tiene
hambre está enfermo, porque el hombre necesita alimento. El hambre
es sólo el indicador de que lo necesita. El hombre debe tener
hambre.
Si el hombre no alcanza objetivamente su destino sin Dios, la
exigencia subjetiva de un sentido absoluto, la necesidad de Dios, es
una muestra de salud. Y la no necesidad de Dios, un defecto. Lo que
ponga al hombre en la ocasión de descubrir subjetivamente la
necesidad de Dios, es un medio para alcanzar la salvación.
¿Todos los que sufren entienden el sentido?
Quedan aún dos cuestiones por tratar. La primera, ¿qué sucede
con el dolor al que no le podemos encontrar un sentido?; ¿qué sucede
con el dolor de los animales, con el dolor de los niños pequeños?
Nos situamos aquí ante una oscuridad que no podemos penetrar. No
sabemos qué es el dolor para un ser que no entiende el sentido
(incapaz de preguntarse por el sentido), un ser que tampoco
experimenta el sin sentido porque se mueve en una perspectiva no
trascendente. Para un ser así sólo es puntualmente real el dolor
actual. Qué sea el dolor para él no es comprensible para nosotros ni
positiva ni negativamente. Sabemos que experimenta el dolor. Lo
vemos. Pero no podríamos decir que sufre, porque el sufrimiento es
un fenómeno complejo al que le pertenece la experiencia de la falta
de sentido, la cual sólo tienen los seres capaces de entender el
sentido.
A esto se añade que el dolor no es algo acumulativo a muchos
individuos. El dolor es siempre mi dolor, y el dolor de miles
de hombres no es ni peor ni mejor que el dolor de uno solo, no es
sino el dolor de miles de individuos singulares. El dolor de un solo
hombre plantea el mismo problema que el dolor de miles de hombres.
Auschwitz no plantea ningún problema de teodicea que no estuviera ya
planteado desde Caín y Abel. Todo esto no son sino prólogos a los
que no sigue ningún epílogo, porque estamos ante una situación que
no sabemos interpretar. La Sagrada Escritura nos dice que el
sufrimiento de la criatura tiene su último fundamento en la
desobediencia del Príncipe de este mundo, y que será también
objeto de una redención.
El sufrimiento vicario
La segunda cuestión, que es central para una interpretación
cristiana del sufrimiento, se refiere al sufrimiento vicario, es
decir, al sufrimiento de quien en sí mismo no es culpable, sino que
padece por otros. Esta noción es insustituible para la tradición
cristiana. Para acercarnos a él, imaginemos una familia o un grupo
íntimo de personas que sufre una alteración: los unos se enfrentan a
los otros agresivamente. Para cada uno sólo los otros son los malos;
todo iría bien si los otros fuesen de otra manera. Supongamos ahora
que entre ellos existiese uno sano, es decir, uno que no tomase
parte en esa situación. Él sólo sufre por ellos. Y supongamos que
carga sobre sí mismo las agresiones de los demás, de modo particular
las que recibe él mismo. Se convierte en la oveja negra, pero no por
ser malo, sino, precisamente, porque no lo es. Su sufrimiento es un
reproche para los otros. Y entonces ocurre algo espantoso: es herido
y muerto. Podemos imaginar que esa muerte produjera una catarsis;
que los otros descubrieran que él había padecido porque ellos habían
combatido entre sí. Él había asumido íntimamente aquella situación
como sufrimiento. Su padecimiento era sustitutorio, porque
realmente eran ellos los que debían haber sufrido. Y así, se produce
una transformación de la entera situación. Ahora todos sufren; ante
todo por aquella pasión y muerte, pero también porque tal cosa haya
sido posible.
Si hablamos del sufrimiento vicario de Jesús, nos situamos ante un
sufrimiento que se corresponde al absurdo del mal en toda su
profundidad. Lo que Cristo enseñaba era el sentido. Sencillamente,
el bien. Enseñaba una situación del mundo tal y como debería ser; y
justamente ahí fracasó. El sufrimiento que padeció es el sufrimiento
por el fracaso del sentido absoluto: es el sufrimiento absoluto. Ese
sufrimiento es comprendido en el Nuevo Testamento como sufrimiento
vicario. Y así, en toda la tradición cristiana ha sucedido que los
que sufren se han visto en una misteriosa relación con el mundo y
sus culpables enredos, y han entendido el sufrimiento como una ayuda
para dar la vuelta a esta situación de culpa.
La hora del Gólgota es la hora de la verdad. Cuando el mismo Dios,
bajo figura finita, muere, destruye la enemistad en su
propia persona, y de ese modo tiene lugar lo que en el Nuevo
Testamento se designa como resurrección. Ésa es, ciertamente, la
última respuesta del cristianismo a la pregunta sobre el sentido del
sufrimiento. Sobre ella se debe hablar, porque sin la supresión del
sufrimiento no tiene éste ningún sentido. Sentido del sufrimiento
sólo puede significar la integración del sufrimiento en un contexto
absoluto, donde al final ya no sea sufrimiento. El sufrimiento
aparentemente total sólo alcanza a tener sentido cuando ha sido ya
relativizado por una más total alegría.
De eso se habla en el Nuevo Testamento cuando Jesús llama
bienaventurados a los tristes, «porque serán consolados». Es
posible, como se ha hecho, llamar absurda a esa esperanza, pero sin
ella la respuesta al sufrimiento no es una respuesta cristiana. Y
debe quedar muy claro que, fuera de esa perspectiva, de ningún modo
se puede hablar del sentido del sufrimiento. El sufrimiento sólo
puede tener sentido si es relativo, y sólo es relativo si todos los
sufrimientos pueden ser suprimidos. El sufrimiento sólo es suprimido
cuando el sufrimiento de cualquier hombre se transforme en alegría.
De eso se habla en el Apocalipsis, al final del Nuevo
Testamento: «¡Mira, ésta es la morada de Dios con los hombres! Él
habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y el Dios con ellos será
su Dios. Enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no habrá muerte, ni
llanto, ni gritos, ni fatigas, porque lo anterior ha pasado (...)
Mira, hago nuevas todas las cosas». Sólo desde esa perspectiva puede
hablarse de un significado cristiano del sufrimiento.
Robert Spaemann
(Gracias a A&O 445)