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Tener fe
es estupendo, porque te ayuda en los momentos duros de la vida, como
puede ser la muerte de un ser querido. Es como tener siempre a mano
un paraguas, y entonces, cuando llueve, vas y lo abres»: así
razonaba hace poco un fiel cristiano, convencido de estar valorando
debidamente el don, sin duda precioso, de la fe. El problema surgía
al no saber cómo explicar la función de un paraguas cerrado. Al
final, esta manera de entender la fe la reduce a un adorno, y no
precisamente inocuo, porque al hacer uso de tal paraguas, en lugar
de afrontar la vida en toda su verdad, se está en realidad huyendo
de ella, buscando un falso refugio. Falso, porque sólo Dios es
verdadero refugio, y Dios, ¿no es acaso todo en todo, como afirma
san Pablo? Y es preciso añadir: ¿cómo puede ayudar a vivir las cosas
duras y difíciles de la vida lo que no sirve para las cosas
sencillas de cada día? ¡Hombre! –pensará más de uno–, para esas
cosas cotidianas, ya me basto y me sobro yo; pero este modo de
razonar, ¿no está acaso en las antípodas de la fe?
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¿Qué es,
en verdad, la fe? Seguramente hoy serían muchas las respuestas a tal
pregunta. Como a la que le hizo a Jesús Pilatos, ciego ante la única
respuesta ¡que tenía delante!: «¿Y qué es la verdad?» –los Pilatos
de hoy añadirían sin duda: «¡Cada uno tiene la suya, y no respetarla
es antidemocrático!»– Jesús le acababa de decir que había venido al
mundo «para dar testimonio de la verdad», y añadió: «Todo el que es
de la verdad escucha mi voz». Pilatos debió pensar que tenía delante
a un filósofo, bastante extraño, por cierto; pero, en todo caso, le
parecía que hablaba de principios, de ideas, de cosas espirituales,
no de los asuntos concretos del día a día, no de lo que realmente
interesa en la vida: el precio de la compra, los altibajos de la
Bolsa, las elecciones políticas… ¿A quién podía interesar algo tan
abstracto y subjetivo como la verdad?
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El
mayor peligro que amenaza hoy a los cristianos, y en
consecuencia a toda la Humanidad, es exactamente el mismo de los
primeros tiempos de la Iglesia: un espiritualismo separado de la
vida real. San Juan salió en seguida al paso afirmando con toda
nitidez: «El Verbo se hizo carne». Se refiere indudablemente a
que se hizo hombre, pero emplea el termino que impide caer en la
tentación de olvidarse del cuerpo, que es una sola cosa
indivisible con el alma, ¡e indivisible con el Espíritu Santo
que se nos ha dado en el Bautismo, justamente para ser hombres
plenos, para que nuestra humanidad –creada a imagen misma de
Dios– no esté disminuida!
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No está
de más escuchar a san Ireneo, que en los mismos albores de la
Iglesia, en el siglo II, ante los filósofos griegos, que afirmaban
que el hombre estaba compuesto de dos elementos: cuerpo y alma
–curiosamente, con esta visión despreciaban el cuerpo–, defiende
que, en realidad, los elementos son tres: «Cuerpo, alma y Espíritu
Santo», y esto, lejos de dividir la vida, hace posible la auténtica
unidad, y con ella el auténtico bien. El disminuido no es el físico,
ni el psíquico; lo es únicamente quien pretende convertir al
Espíritu Santo en un paraguas. El cuerpo y el alma, por fuerte que
se considere el uno, o inteligente la otra, nada son y en nada
quedan sin el Don de Dios acogido, como hacen modélicamente esos
hombres y mujeres plenos que son los santos. Eso es la fe. Y eso es
lo que cambia el mundo.
La gran tragedia de nuestro tiempo, como ya el Papa Pablo VI
denunciaba con fuerza, está precisamente en el divorcio entre la fe
y la vida, en ese letal dualismo que reduce la fe a una
espiritualidad sin Espíritu Santo. La fe auténtica, por el
contrario, llena de luz y de esperanza hasta la más pequeña de las
cosas y la más insignificante molécula de nuestro cuerpo. «Mirad mis
manos y mis pies: soy yo en persona –así les dice Jesús, después de
su resurrección, a los apóstoles, como proclama precisamente el
evangelio de este próximo domingo–. Palpadme y daos cuenta de que un
fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». E,
incluso, a continuación, les pregunta: «¿Tenéis ahí algo que comer?»
Y ellos le ofrecieron un trozo de pez asado, y Jesús lo comió
delante de ellos.
Las manos, los pies, la comida, la vida entera, no sólo no están
reñidos con la fe, sino que la precisan como lo único realmente
indispensable. Sin ella, nada son y en nada quedan.
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