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Gobernantes, parlamentarios y políticos
Juan Pablo II
Homilía del Santo Padre
en el Jubileo de los gobernantes, parlamentarios y políticos
Domingo, 5 de noviembre de 2000
1. "¡Escucha, Israel!" (Dt 6,3.4)
La palabra de Dios, solemne y al mismo tiempo afectuosa, nos ha dirigido,
hace un momento, la invitación a "escuchar". A escuchar "hoy", "ahora"; y
a hacerlo no individualmente o privadamente, sino juntos: "¡Escucha,
Israel!".
Esta apelación os afecta esta mañana de modo particular, Gobernantes,
Parlamentarios, Políticos, Administradores, llegados a Roma para celebrar
vuestro Jubileo. Saludo a todos cordialmente, especialmente a los Jefes de
Estado presentes entre nosotros.
En la celebración litúrgica se actualiza, aquí y ahora, el acontecimiento
de la Alianza con Dios. ¿Qué respuesta espera Dios de nosotros?. La
indicación recibida ahora mismo en la proclamación del texto bíblico es
apremiante: es preciso ante todo ponerse a la escucha. No una escucha
pasiva y desentendida. Los Israelitas comprendieron bien que Dios esperaba
de ellos una respuesta activa y responsable. Por esto prometieron a
Moisés: "Nos dirás todo lo que el Señor nuestro Dios te haya dicho y
nosotros lo escucharemos y lo pondremos en práctica" (Dt 5,27).
Al asumir este compromiso, sabían lo que tenían que hacer con un Dios del
cual podían fiarse. Dios amaba a su pueblo y quería su felicidad. En
cambio, Él pedía el amor. En el "Shema Israel", que hemos oído en la
primera Lectura, junto a la petición de fe en el único Dios, se manifiesta
el mandamiento fundamental, el del amor a Él: "Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (DT 6,5).
2. La relación del hombre con Dios no es una relación de temor, de
esclavitud o de opresión; al contrario, es una relación de serena
confianza, que brota de una libre elección motivada por el amor. El amor
que Dios espera de su pueblo es la respuesta a aquel amor fiel y diligente
que Él le ha manifestado primeramente a través de las distintas etapas de
la historia de la salvación.
Precisamente por esto los Mandamientos, antes que como un código legal y
una regulación jurídica, han sido comprendidos por el pueblo elegido como
un acontecimiento de gracia, como signo de la privilegiada y exclusiva
pertenencia al Señor. Es significativo que Israel no hable nunca de la ley
como de un fardo, de una imposición, sino como de un don y de un favor,
"Felices nosotros, Israel, -exclama el profeta-, porque lo que agrada a
Dios nos ha sido revelado" (BAR 4,4).
El pueblo sabe que el Decálogo es un compromiso obligatorio, pero sabe
también que es la condición para la vida: Mira, dice el Señor, yo pongo
ante ti la vida y la muerte, es decir el bien y el mal; te prescribo
cumplir mis mandamientos, para que tengas vida (cfr Dt 30,15). Con su Ley
Dios no quiere coartar la voluntad del hombre, sino liberarlo de todo
aquello que puede comprometer su auténtica dignidad y plena realización.
3. Me he detenido, ilustres Gobernantes, Parlamentarios y Políticos, a
reflexionar sobre el sentido y sobre el valor de la Ley divina, porque
éste es un argumento que os toca de cerca. ¿No es quizás, vuestra tarea
cotidiana, la de elaborar leyes justas y hacerlas aprobar y aplicarlas?.
Al hacer esto estáis convencidos de rendir un importante servicio al
hombre, a la sociedad, a la libertad misma. Y justamente. La ley humana en
efecto, si es justa, no está nunca contra, sino al servicio de la
libertad. Esto lo había intuido ya el sabio pagano, cuando sentenciaba: "Legum
servi sumus, ut liberi esse possimus"- "Somos siervos de la ley, para
poder ser libres" (Cic., De legibus, II,13).
La libertad a la que hace referencia Cicerón, todavía, se sitúa
principalmente al nivel de las relaciones externas entre los ciudadanos.
Como tal, esa corre el peligro de reducirse a un equilibrio congruente de
intereses respectivos, y tal vez de egoísmos contrapuestos. La libertad a
la que hace referencia la palabra de Dios, al contrario, se enraíza en el
corazón del hombre, un corazón que Dios puede liberar del egoísmo,
haciéndolo capaz de abrirse al amor desinteresado.
No en vano, en la página evangélica escuchada anteriormente, al escriba
que le pregunta cuál es el primero de todos los mandamientos, Jesús le
responde citando el "Shema": "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu mente, con toda tu fuerza" (Mt 12,30). El acento está puesto
en el "todo": el amor de Dios no puede más que ser "total". Pero sólo Dios
tiene la facultad de purificar el corazón humano del egoísmo y «liberarlo»
para dotarlo con plena capacidad de amar.
Un hombre con el corazón así «enriquecido» puede abrirse al hermano y
hacerse cargo de él con la misma solicitud con la que se preocupa de sí
mismo. Por esto Jesús añade: "El segundo (mandamiento) es este: Amarás al
prójimo como a ti mismo" (Mc 12,31). Quien ama a Dios con todo el corazón
y lo reconoce como «único Dios», y por tanto como Padre de todos, no puede
ver a cuantos se encuentran en su camino más que como otros hermanos.
4. Amar al prójimo como a sí mismo. Estas palabras encuentran seguramente
eco en vuestras almas, queridos Gobernantes, Parlamentarios, Políticos y
Administradores. Os plantean hoy a cada uno, con ocasión de vuestro
Jubileo, una cuestión central: ¿de qué manera, en vuestro delicado y
comprometido servicio al estado y a los ciudadanos, podéis dar
cumplimiento a este mandamiento?. La respuesta es clara: viviendo el
compromiso político como un servicio. ¡Perspectiva tan obvia como
exigente!. Esa no puede, en efecto, reducirse a una reafirmación genérica
de principios o a la declaración de buenas intenciones. El servicio
político pasa a través de un diligente y cotidiano compromiso, que exige
una gran competencia en el desarrollo del propio deber y una moralidad a
toda prueba en la gestión desinteresada y transparente del poder.
Por otra parte, la coherencia personal del político ha de expresarse
también en una correcta concepción de la vida social y política a la que
él está llamado a servir. Bajo este punto de vista, un político cristiano
no puede dejar de hacer constante referencia a aquellos principios que la
doctrina social de la Iglesia ha desarrollado a lo largo de tiempo. Esos,
como es sabido, no constituyen una "ideología" y menos un "programa
político", sino que ofrecen las líneas fundamentales para una comprensión
del hombre y de la sociedad a la luz de la ley ética universal presente en
el corazón de todo hombre e iluminada por la revelación evangélica (cfr
Sollicitudo rei socialis, 41). A vosotros corresponde, queridos Hermanos y
Hermanas comprometidos en política, haceros intérpretes convencidos y
activos.
Ciertamente, en la aplicación de estos principios a la compleja realidad
política, será frecuentemente inevitable encontrarse con ámbitos,
problemas y circunstancias que pueden dar legítimamente lugar a diversas
valoraciones concretas. Al mismo tiempo, sin embargo, no se puede
justificar un pragmatismo que, también respecto a los valores esenciales y
básicos de la vida social, reduzca la política a pura mediación de los
intereses o, aún peor, a una cuestión de demagogia o de cálculos
electorales. Si el derecho no puede y no debe cubrir todo el ámbito de la
ley moral, se debe también recordar que no puede ir "contra" la ley moral.
5. Esto adquiere particular relieve en esta fase de transformaciones
intensas, que ve surgir una nueva dimensión de la política. El declive de
las ideologías se acompaña de una crisis de formaciones partidistas, que
reta a comprender de modo nuevo la representación política y el papel de
las instituciones. Es necesario redescubrir el sentido de la
participación, implicando en mayor medida a los ciudadanos en la búsqueda
de vías oportunas para avanzar hacia una realización siempre más
satisfactoria del bien común.
En tal tarea el cristiano evitará ceder a la tentación de la oposición
violenta, fuente, a menudo, de grandes sufrimientos para la comunidad. El
diálogo se presenta siempre como instrumento insustituible de toda
confrontación constructiva, sea en las relaciones internas de los Estados
como en las internacionales. ¿Y quién podrá asumir esta «tarea» del
diálogo mejor que el político cristiano, que cada día debe confrontarse
con aquello que Cristo ha denominado como «el primero» de los
mandamientos, el mandamiento del amor?.
6. Ilustres Gobernantes, Parlamentarios, Políticos, Administradores, son
numerosas y exigentes las tareas que esperan, al comienzo del nuevo siglo
y del nuevo milenio, a los responsables de la vida pública. Precisamente
pensando en esto, en el contexto del Gran Jubileo, he querido, como
sabéis, ofreceros la protección de un Patrono especial: el santo mártir
Tomás Moro.
Su figura es verdaderamente ejemplar para quienquiera que esté llamado a
servir al hombre y a la sociedad en el ámbito civil y político. Su
elocuente testimonio es más que nunca actual en un momento histórico que
presenta retos cruciales para la conciencia de quien tiene la
responsabilidad directa en la gestión pública. Como estadista, él se puso
siempre al servicio de la persona, especialmente del débil y del pobre;
los honores y las riquezas no hicieron mella en él, guiado como estaba de
un distinguido sentido de la equidad. Sobre todo, él no aceptó nunca ir
contra la propia conciencia, llegando hasta el sacrificio supremo con tal
de no desoír su voz. ¡Invocadlo, seguidlo, imitadlo!. Su intercesión no os
faltará para obtener, también en las situaciones más arduas, fortaleza,
buen humor, paciencia y perseverancia.
Es el auxilio que queremos corroborar con la fuerza del sacrificio
eucarístico, en el cual una vez más Cristo se hace alimento y orientación
para nuestra vida. Que el Señor os conceda ser políticos según su Corazón,
imitadores de San Tomás Moro, testigo valiente de Cristo e íntegro
servidor del Estado
Texto facilitado por L'Osservatore Romano
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