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EXHORTACIÓN
APOSTÓLICA POST-SINODAL CHRISTIFIDELES LAICIDE SU
SANTIDAD JUAN PABLO II SOBRE
VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS EN
LA IGLESIA Y EN EL MUNDO ContenidoLas actuales cuestiones urgentes del mundo:
¿Porqué estáis aquí ociosos todo el día? Secularismo y necesidad de lo religioso La persona humana: una dignidad despreciada y
exaltada Jesucristo, la esperanza de la humanidad YO SOY LA VID, VOSOTROS LOS SARMIENTOS La dignidad de los fieles laicos en la
Iglesia-Misterio El Bautismo y la novedad cristiana Templos vivos y santos del Espíritu Partícipes del oficio sacerdotal, profético y
real de Jesucristo Los fieles laicos y la índole secular SARMIENTOS TODOS DE LA ÚNICA VID La participación de los fieles laicos en la vida
de la Iglesia-Comunión El misterio de la Iglesia-Comunión El Concilio y la eclesiología de comunión Una comunión orgánica: diversidad y
complementariedad Los ministerios y los carismas, dones del
Espíritu a la Iglesia Los ministerios que derivan del Orden Ministerios, oficios y funciones de los
laicos La participación de los fieles laicos en la
vida de la Iglesia Iglesias particulares e Iglesia universal El compromiso apostólico en la parroquia Formas de participación en la vida de la
Iglesia Formas agregativas de participación Criterios de eclesialidad para las
asociaciones laicales El servicio de los Pastores a la comunión OS HE DESTINADO PARA QUE VAYÁIS Y DEIS FRUTO La corresponsabilidad de los fieles laicos en la
Iglesia-Misión Ha llegado la hora de emprender una nueva
evangelización Vivir el Evangelio sirviendo a la persona y a
la sociedad Promover la dignidad de la persona Venerar el inviolable derecho a la vida Libres para invocar el Nombre del Señor La familia, primer campo en el compromiso
social La caridad, alma y apoyo de la solidaridad Todos destinatarios y protagonistas de la
política Situar al hombre en el centro de la vida
económico-social Evangelizar la cultura y las culturas del
hombre LOS OBREROS DE LA VIÑA DEL SEÑOR Buenos administradores de la multiforme gracia
de Dios Los jóvenes, esperanza de la Iglesia Los niños y el Reino de los cielos Los ancianos y el don de la sabiduría Fundamentos antropológicos y teológicos Misión en la Iglesia y en el mundo Copresencia y colaboración de los hombres y
de las mujeres Las diversas vocaciones laicales La formación de los fieles laicos Descubrir y vivir la propia vocación y misión Una formación integral para vivir en la
unidad Colaboradores de Dios educador La formación recibida y dada recíprocamente
por todos A los
Obispos A los
sacerdotes y diáconos A los
religiosos y religiosas A todos
los fieles laicos INTRODUCCIÓN
1. LOS FIELES LAICOS (Christifideles laici),
cuya «vocación y misión en la Iglesia y en el mundo a los veinte años del
Concilio Vaticano II» ha sido el tema del Sínodo de los Obispos de 1987,
pertenecen a aquel Pueblo de Dios representado en los obreros de la viña, de
los que habla el Evangelio de Mateo: «El Reino de los Cielos es semejante a un
propietario, que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su
viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su
viña» (Mt 20, 1-2). La parábola evangélica despliega ante nuestra mirada
la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de personas, hombres y
mujeres, que son llamadas por Él y enviadas para que tengan trabajo en ella. La
viña es el mundo entero (cf. Mt 13, 38), que debe ser transformado según
el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios. Id
también vosotros a mi viña
2. «Salió luego hacia las nueve de la mañana, vió
otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: "Id también vosotros
a mi viña"» (Mt 20, 3-4). El llamamiento del Señor Jesús «Id también
vosotros a mi viña» no cesa de resonar en el curso de la historia desde
aquel lejano día: se dirige a cada hombre que viene a este mundo. En nuestro tiempo, en la renovada efusión del
Espíritu de Pentecostés que tuvo lugar con el Concilio Vaticano II, la Iglesia
ha madurado una conciencia más viva de su naturaleza misionera y ha escuchado
de nuevo la voz de su Señor que la envía al mundo como «sacramento universal de
salvación».(1) Id también vosotros. La llamada
no se dirige sólo a los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y
religiosas, sino que se extiende a todos: también los fieles laicos son
llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la
Iglesia y del mundo. Lo recuerda San Gregorio Magno quien, predicando al
pueblo, comenta de este modo la parábola de los obreros de la viña: «Fijaos en
vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si ya sois obreros
del Señor. Examine cada uno lo que hace y considere si trabaja en la viña del
Señor».(2) De modo particular, el Concilio, con su riquísimo
patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas
verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad,
misión y responsabilidad de los fieles laicos. Y los Padres conciliares,
haciendo eco al llamamiento de Cristo, han convocado a todos los fieles
laicos, hombres y mujeres, a trabajar en la viña: «Este Sacrosanto Concilio
ruega en el Señor a todos los laicos que respondan con ánimo generoso y
prontitud de corazón a la voz de Cristo, que en esta hora invita a todos con
mayor insistencia, y a los impulsos del Espíritu Santo. Sientan los jóvenes que
esta llamada va dirigida a ellos de manera especialísima; recíbanla con
entusiasmo y magnanimidad. El mismo Señor, en efecto, invita de nuevo a todos
los laicos, por medio de este santo Concilio, a que se le unan cada día más
íntimamente y a que, haciendo propio todo lo suyo (cf. Flp 2, 5), se
asocien a su misión salvadora; de nuevo los envía a todas las ciudades y
lugares adonde Él está por venir (cf. Lc 10, 1».(3) Id también vosotros a mi viña. Estas
palabras han resonado espiritualmente, una vez más, durante la celebración del Sínodo
de los Obispos, que ha tenido lugar en Roma entre el 1º y el 30 de octubre
de 1987. Colocándose en los senderos del Concilio y abriéndose a la luz de las
experiencias personales y comunitarias de toda la Iglesia, los Padres,
enriquecidos por los Sínodos precedentes, han afrontado de modo específico y
amplio el tema de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el
mundo. En esta Asamblea episcopal no ha faltado una
cualificada representación de fieles laicos, hombres y mujeres, que han aportado
una valiosa contribución a los trabajos del Sínodo, como ha sido públicamente
reconocido en la homilía conclusiva: «Damos gracias por el hecho de que en el
curso del Sínodo hemos podido contar con la participación de los laicos (auditores
y auditrices), pero más aún porque el desarrollo de las discusiones
sinodales nos ha permitido escuchar la voz de los invitados, los representantes
del laicado provenientes de todas las partes del mundo, de los diversos Países,
y nos ha dado ocasión de aprovechar sus experiencias, sus consejos, las
sugerencias que proceden de su amor a la causa común».(4) Dirigiendo la mirada al posconcilio, los Padres
sinodales han podido comprobar cómo el Espíritu Santo ha seguido rejuveneciendo
la Iglesia, suscitando nuevas energías de santidad y de participación en tantos
fieles laicos. Ello queda testificado, entre otras cosas, por el nuevo estilo
de colaboración entre sacerdotes, religiosos y fieles laicos; por la
participación activa en la liturgia, en el anuncio de la Palabra de Dios y en
la catequesis; por los múltiples servicios y tareas confiados a los fieles
laicos y asumidos por ellos; por el lozano florecer de grupos, asociaciones y
movimientos de espiritualidad y de compromiso laicales; por la participación
más amplia y significativa de la mujer en la vida de la Iglesia y en el
desarrollo de la sociedad. Al mismo tiempo, el Sínodo ha notado que el camino
posconciliar de los fieles laicos no ha estado exento de dificultades y de
peligros. En particular, se pueden recordar dos tentaciones a las que no
siempre han sabido sustraerse: la tentación de reservar un interés tan marcado
por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha
llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el
mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de
legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del
Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y
terrenas. En el curso de sus trabajos, el Sínodo ha hecho referencia constantemente al Concilio Vaticano II, cuyo magisterio sobre el laicado, a veinte años de distancia, se ha manifestado de sorprendente actualidad y tal vez de alcance profético: tal magisterio es capaz de iluminar y de guiar las respuestas que se deben dar hoy a los nuevos problemas. En realidad, el desafío que los Padres sinodales han afrontado ha sido el de individuar las vías concretas para lograr que la espléndida «teoría» sobre el laicado expresada por el Concilio llegue a ser una auténtica «praxis» eclesial. Además, algunos problemas se imponen por una cierta «novedad» suya, tanto que se los puede llamar posconciliares, al menos en sentido cronológico: a ellos los Padres sinodales han reservado con razón una particular atención en el curso de sus discusiones y reflexiones. Entre estos problemas se deben recordar los relativos a los ministerios y servicios eclesiales confiados o por confiar a los fieles laicos, la difusión y el desarrollo de nuevos «movimientos» junto a otras formas de agregación de los laicos, el puesto y el papel de la mujer tanto en la Iglesia como en la sociedad. Los Padres sinodales, al término de sus trabajos,
llevados a cabo con gran empeño, competencia y generosidad, me han manifestado
su deseo y me han pedido que, a su debido tiempo, ofreciese a la Iglesia
universal un documento conclusivo sobre los fieles laicos.(5) Esta Exhortación Apostólica post-sinodal quiere dar
todo su valor a la entera riqueza de los trabajos sinodales: desde los Lineamenta
hasta el Instrumentum laboris; desde la relación introductoria hasta
las intervenciones de cada uno de los obispos y de los laicos y la relación de
síntesis al final de las sesiones en el aula; desde los trabajos y relaciones
de los «círculos menores» hasta las «proposiciones» finales y el Mensaje final.
Por eso el presente documento no es paralelo al Sínodo, sino que constituye su
fiel y coherente expresión; es fruto de un trabajo colegial, a cuyo resultado
final el Consejo de la Secretaría General del Sínodo y la misma Secretaría han
sumado su propia aportación. El objetivo que la Exhortación quiere alcanzar es
suscitar y alimentar una más decidida toma de conciencia del don y de la
responsabilidad que todos los fieles laicos —y cada uno de ellos en particular—
tienen en la comunión y en la misión de la Iglesia. Las
actuales cuestiones urgentes del mundo: ¿Porqué estáis aquí ociosos todo el
día?
3. El significado fundamental de este Sínodo, y por
tanto el fruto más valioso deseado por él, es la acogida por parte de los
fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar
parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta
magnífica y dramática hora de la historia, ante la llegada inminente del
tercer milenio. Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales,
económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la
acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo
inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es
lícito permanecer ocioso. Reemprendamos la lectura de la parábola evangélica:
«Todavía salió a eso de las cinco de la tarde, vió otros que estaban allí, y
les dijo: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?" Le
respondieron: "Es que nadie nos ha contratado". Y él les dijo:
"Id también vosotros a mi viña"» (Mt 20, 6-7). No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a
todos espera en la viña del Señor. El «dueño de casa» repite con más fuerza su
invitación: «Id vosotros también a mi viña». La voz del Señor resuena ciertamente en lo más íntimo
del ser mismo de cada cristiano que, mediante la fe y los sacramentos de la
iniciación cristiana, ha sido configurado con Cristo, ha sido injertado como
miembro vivo en la Iglesia y es sujeto activo de su misión de salvación. Pero
la voz del Señor también pasa a través de las vicisitudes históricas de la
Iglesia y de la humanidad, como nos lo recuerda el Concilio: «El Pueblo de
Dios, movido por la fe que le impulsa a creer que quien le conduce es el
Espíritu del Señor que llena el universo, procura discernir en los
acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con
sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o del designio de
Dios. En efecto, la fe todo lo ilumina con nueva luz, y manifiesta el plan
divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia
soluciones plenamente humanas».(6) Es necesario entonces mirar cara a cara este mundo
nuestro con sus valores y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus
conquistas y derrotas: un mundo cuyas situaciones económicas, sociales,
políticas y culturales presentan problemas y dificultades más graves respecto a
aquél que describía el Concilio en la Constitución pastoral Gaudium et spes.(7)
De todas formas, es ésta la viña, y es éste el campo en que los
fieles laicos están llamados a vivir su misión. Jesús les quiere, como a todos
sus discípulos, sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-14). Pero
¿cuál es el rostro actual de la «tierra» y del «mundo» en el que los
cristianos han de ser «sal» y «luz»? Es muy grande la diversidad de situaciones y
problemas que hoy existen en el mundo, y que además están caracterizadas por la
creciente aceleración del cambio. Por esto es absolutamente necesario guardarse
de las generalizaciones y simplificaciones indebidas. Sin embargo, es posible
advertir algunas líneas de tendencia que sobresalen en la sociedad actual.
Así como en el campo evangélico crecen juntamente la cizaña y el buen grano,
también en la historia, teatro cotidiano de un ejercicio a menudo
contradictorio de la libertad humana, se encuentran, arrimados el uno al otro y
a veces profundamente entrelazados, el mal y el bien, la injusticia y la
justicia, la angustia y la esperanza. Secularismo
y necesidad de lo religioso
4. ¿Cómo no hemos de pensar en la persistente
difusión de la indiferencia religiosa y del ateismo en sus más
diversas formas, particularmente en aquella —hoy quizás más difundida— del secularismo?
Embriagado por las prodigiosas conquistas de un irrefrenable desarrollo
científico-técnico, y fascinado sobre todo por la más antigua y siempre nueva
tentación de querer llegar a ser como Dios (cf. Gn 3, 5) mediante el uso
de una libertad sin límites, el hombre arranca las raíces religiosas que están
en su corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para su propia
existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más diversos «ídolos». Es verdaderamente grave el fenómeno actual del
secularismo; y no sólo afecta a los individuos, sino que en cierto modo afecta
también a comunidades enteras, como ya observó el Concilio: «Crecientes
multitudes se alejan prácticamente de la religión».(8) Varias veces yo mismo he
recordado el fenómeno de la descristianización que aflige los pueblos de
antigua tradición cristiana y que reclama, sin dilación alguna, una nueva
evangelización. Y sin embargo la aspiración y la necesidad de lo
religioso no pueden ser suprimidos totalmente. La conciencia de cada
hombre, cuando tiene el coraje de afrontar los interrogantes más graves de la
existencia humana, y en particular el del sentido de la vida, del sufrimiento y
de la muerte, no puede dejar de hacer propia aquella palabra de verdad
proclamada a voces por San Agustín: «Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro
corazón está inquieto hasta que no descansa en Ti».(9) Así también, el mundo
actual testifica, siempre de manera más amplia y viva, la apertura a una visión
espiritual y trascendente de la vida, el despertar de una búsqueda religiosa,
el retorno al sentido de lo sacro y a la oración, la voluntad de ser libres en
el invocar el Nombre del Señor. La
persona humana: una dignidad despreciada y exaltada
5. Pensamos, además, en las múltiples violaciones
a las que hoy está sometida la persona humana. Cuando no es reconocido y
amado en su dignidad de imagen viviente de Dios (cf. Gn 1, 26), el ser
humano queda expuesto a las formas más humillantes y aberrantes de
«instrumentalización», que lo convierten miserablemente en esclavo del más
fuerte. Y «el más fuerte» puede asumir diversos nombres: ideología, poder
económico, sistemas políticos inhumanos, tecnocracia científica, avasallamiento
por parte de los mass-media. De nuevo nos encontramos frente a una multitud de
personas, hermanos y hermanas nuestras, cuyos derechos fundamentales son
violados, también como consecuencia de la excesiva tolerancia y hasta de la
patente injusticia de ciertas leyes civiles: el derecho a la vida y a la
integridad física, el derecho a la casa y al trabajo, el derecho a la familia y
a la procreación responsable, el derecho a la participación en la vida pública
y política, el derecho a la libertad de conciencia y de profesión de fe
religiosa. ¿Quién puede contar los niños que no han nacido
porque han sido matados en el seno de sus madres, los niños abandonados y
maltratados por sus mismos padres, los niños que crecen sin afecto ni
educación? En algunos países, poblaciones enteras se encuentran desprovistas de
casa y de trabajo; les faltan los medios más indispensables para llevar una
vida digna del ser humano; y algunas carecen hasta de lo necesario para su
propia subsistencia. Tremendos recintos de pobreza y de miseria, física y moral
a la vez, se han vuelto ya anodinos y como normales en la periferia de las
grandes ciudades, mientras afligen mortalmente a enteros grupos humanos. Pero la sacralidad de la persona no puede ser
aniquilada, por más que sea despreciada y violada tan a menudo. Al tener su
indestructible fundamento en Dios Creador y Padre, la sacralidad de la persona
vuelve a imponerse, de nuevo y siempre. De aquí el extenderse cada vez más y el afirmarse
siempre con mayor fuerza del sentido de la dignidad personal de cada ser
humano. Una beneficiosa corriente atraviesa y penetra ya todos los pueblos
de la tierra, cada vez más conscientes de la dignidad del hombre: éste no es
una «cosa» o un «objeto» del cual servirse; sino que es siempre y sólo un
«sujeto», dotado de conciencia y de libertad, llamado a vivir responsablemente
en la sociedad y en la historia, ordenado a valores espirituales y religiosos. Se ha dicho que el nuestro es el tiempo de los
«humanismos». Si algunos, por su matriz atea y secularista, acaban
paradójicamente por humillar y anular al hombre; otros, en cambio, lo exaltan
hasta el punto de llegar a una verdadera y propia idolatría; y otros,
finalmente, reconocen según la verdad la grandeza y la miseria del hombre,
manifestando, sosteniendo y favoreciendo su dignidad total. Signo y fruto de estas corrientes humanistas es la
creciente necesidad de participación. Indudablemente es éste uno de los
rasgos característicos de la humanidad actual, un auténtico «signo de los
tiempos» que madura en diversos campos y en diversas direcciones: sobre todo en
lo relativo a la mujer y al mundo juvenil, y en la dirección de la vida no sólo
familiar y escolar, sino también cultural, económica, social y política. El ser
protagonistas, creadores de algún modo de una nueva cultura humanista, es una
exigencia universal e individual.(10) Conflictividad
y paz
6. Por último, no podemos dejar de recordar otro
fenómeno que caracteriza la presente humanidad. Quizás como nunca en su
historia, la humanidad es cotidiana y profundamente atacada y desquiciada por
la conflictividad. Es éste un fenómeno pluriforme, que se distingue del
legítimo pluralismo de las mentalidades y de las iniciativas, y que se
manifiesta en el nefasto enfrentamiento entre personas, grupos, categorías,
naciones y bloques de naciones. Es un antagonismo que asume formas de
violencia, de terrorismo, de guerra. Una vez más, pero en proporciones mucho
más amplias, diversos sectores de la humanidad contemporánea, queriendo
demostrar su «omnipotencia», renuevan la necia experiencia de la construcción
de la «torre de Babel» (cf. Gn 11, 1-9), que, sin embargo, hace
proliferar la confusión, la lucha, la disgregación y la opresión. La familia
humana se en cuentra así dramáticamente turbada y desgarrada en sí misma. Por otra parte, es completamente insuprimible la
aspiración de los individuos y de los pueblos al inestimable bien de la paz en
la justicia. La bienaventuranza evangélica: «dichosos los que obran la paz» (Mt
5, 9) encuentra en los hombres de nuestro tiempo una nueva y significativa resonancia:
para que vengan la paz y la justicia, enteras poblaciones viven, sufren y
trabajan. La participación de tantas personas y grupos en la vida social
es hoy el camino más recorrido para que la paz anhelada se haga realidad. En
este camino encontramos a tantos fieles laicos que se han empeñado
generosamente en el campo social y político, y de los modos más diversos, sean
institucionales o bien de asistencia voluntaria y de servicio a los
necesitados. Jesucristo,
la esperanza de la humanidad
7. Este es el campo inmenso y apesadumbrado que está
ante los obreros enviados por el «dueño de casa» para trabajar en su viña. En este campo está eficazmente presente la Iglesia,
todos nosotros, pastores y fieles, sacerdotes, religiosos y laicos. Las
situaciones que acabamos de recordar afectan profundamente a la Iglesia; por
ellas está en parte condicionada, pero no dominada ni muchos menos aplastada,
porque el Espíritu Santo, que es su alma, la sostiene en su misión. La Iglesia sabe que todos los esfuerzos que va
realizando la humanidad para llegar a la comunión y a la participación, a pesar
de todas las dificultades, retrasos y contradicciones causadas por las
limitaciones humanas, por el pecado y por el Maligno, encuentran una respuesta
plena en Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo. La Iglesia sabe que es enviada por Él como «signo e
instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género
humano».(11) En conclusión, a pesar de todo, la humanidad puede
esperar, debe esperar. El Evangelio vivo y personal, Jesucristo mismo, es la
«noticia» nueva y portadora de alegría que la Iglesia testifica y anuncia
cada día a todos los hombres. En este anuncio y en este testimonio los fieles
laicos tienen un puesto original e irreemplazable: por medio de ellos la
Iglesia de Cristo está presente en los más variados sectores del mundo, como
signo y fuente de esperanza y de amor. CAPÍTULO I
YO SOY LA
VID, VOSOTROS LOS SARMIENTOS
La dignidad
de los fieles laicos en la Iglesia-Misterio
El
misterio de la viña
8. La imagen de la viña se usa en la Biblia de muchas
maneras y con significados diversos; de modo particular, sirve para expresar el
misterio del Pueblo de Dios. Desde este punto de vista más interior, los
fieles laicos no son simplemente los obreros que trabajan en la viña, sino que
forman parte de la viña misma: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Jn
15, 5), dice Jesús. Ya en el Antiguo Testamento los profetas recurrieron
a la imagen de la viña para hablar del pueblo elegido. Israel es la viña de
Dios, la obra del Señor, la alegría de su corazón: «Yo te había plantado de la
cepa selecta» (Jr 2, 21); «Tu madre era como una vid plantada a orillas
de las aguas. Era lozana y frondosa, por la abundancia de agua (...)» (Ez
19, 10); «Una viña tenía mi amado en una fértil colina. La cavó y
despedregó, y la plantó de cepa exquisita (...)» (Is 5, 1-2). Jesús retoma el símbolo de la viña y lo usa para
revelar algunos aspectos del Reino de Dios: «Un hombre plantó una viña, la
rodeó de una cerca, cavó un lagar, edificó una torre; la arrendó a unos
viñadores y se marchó lejos» (Mc 12, 1; cf. Mt 21, 28ss.). El evangelista Juan nos invita a calar en profundidad
y nos lleva a descubrir el misterio de la viña. Ella es el símbolo y la
figura, no sólo del Pueblo de Dios, sino de Jesús mismo. Él es la vid y
nosotros, sus discípulos, somos los sarmientos; Él es la «vid verdadera» a la
que los sarmientos están vitalmente unidos (cf. Jn 15, 1 ss.). El Concilio Vaticano II, haciendo referencia a las
diversas imágenes bíblicas que iluminan el misterio de la Iglesia, vuelve a
presentar la imagen de la vid y de los sarmientos: «Cristo es la verdadera vid,
que comunica vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros, que
permanecemos en Él por medio de la Iglesia, y sin Él nada podemos hacer (Jn 15,
1-5)».(12) La Iglesia misma es, por tanto, la viña evangélica. Es misterio porque
el amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don
absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y del
Espíritu (cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la misma comunión de
Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión): «Aquel día
—dice Jesús— comprenderéis que Yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en
vosotros» (Jn 14, 20). Sólo dentro de la Iglesia como misterio de
comunión se revela la «identidad» de los fieles laicos, su original
dignidad. Y sólo dentro de esta dignidad se pueden definir su vocación y misión
en la Iglesia y en el mundo. Quiénes
son los fieles laicos
9. Los Padres sinodales han señalado con justa razón
la necesidad de individuar y de proponer una descripción positiva de la
vocación y de la misión de los fieles laicos, profundizando en el estudio de la
doctrina del Concilio Vaticano II, a la luz de los recientes documentos del
Magisterio y de la experiencia de la vida misma de la Iglesia guiada por el
Espíritu Santo.(13) Al dar una respuesta al interrogante «quiénes son los
fieles laicos», el Concilio, superando interpretaciones precedentes y
prevalentemente negativas, se abrió a una visión decididamente positiva, y ha
manifestado su intención fundamental al afirmar la plena pertenencia de los
fieles laicos a la Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su
vocación, que tiene en modo especial la finalidad de «buscar el Reino de
Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios».(14) «Con el
nombre de laicos —así los describe la Constitución Lumen gentium— se
designan aquí todos los fieles cristianos a excepción de los miembros del orden
sagrado y los del estado religioso sancionado por la Iglesia; es decir, los
fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados al
Pueblo de Dios y hechos partícipes a su modo del oficio sacerdotal, profético y
real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo
cristiano en la parte que a ellos les corresponde».(15) Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más precisamente los
laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por
ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos,
ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de
pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de
los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los
Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia (...)».(16) Según la imagen bíblica de la viña, los fieles laicos
—al igual que todos los miembros de la Iglesia— son sarmientos radicados en
Cristo, la verdadera vid, convertidos por Él en una realidad viva y
vivificante. Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los
sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera que origina la nueva
condición del cristiano en el misterio de la Iglesia, la que constituye su más
profunda «fisonomía», la que está en la base de todas las vocaciones y del
dinamismo de la vida cristiana de los fieles laicos. En Cristo Jesús, muerto y
resucitado, el bautizado llega a ser una «nueva creación» (Ga 6, 15; 2
Co 5, 17), una creación purificada del pecado y vivificada por la gracia. De este modo, sólo captando la misteriosa riqueza que
Dios dona al cristiano en el santo Bautismo es posible delinear la «figura» del
fiel laico. El
Bautismo y la novedad cristiana
10. No es exagerado decir que toda la existencia del
fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad
cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda
vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios.
Para describir la «figura» del fiel laico consideraremos ahora de modo directo
y explícito —entre otros— estos tres aspectos fundamentales: el Bautismo nos
regenera a la vida de loshijos de Dios; nos une a Jesucristo y a su Cuerpo que
es la Iglesia; nos unge en el Espíritu Santo constituyéndonos en templos
espirituales. Hijos
en el Hijo
11. Recordamos las palabras de Jesús a Nicodemo: «En
verdad, en verdad te digo, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede
entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5). El santo Bautismo es, por tanto,
un nuevo nacimiento, es una regeneración. Pensando precisamente en este aspecto del don
bautismal, el apóstol Pedro irrumpe en este canto: «Bendito sea el Dios y Padre
de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia nos ha regenerado,
mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una esperanza
viva, para una herencia que no se corrompe, no se mancha y no se marchita» (1
P 1, 3-4). Y designa a los cristianos como aquellos que «no han sido
reengendrados de un germen corruptible, sino incorruptible, por medio de la
Palabra de Dios viva y permanente» (1 P 1, 23). Por el santo Bautismo somos hechos hijos de Dios
en su Unigénito Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada
fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a orillas
del río Jordán: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22);
y entiende que ha sido asociado al Hijo predilecto, llegando a ser hijo
adoptivo (cf. Ga 4, 4-7) y hermano de Cristo. Se cumple así en la
historia de cada uno el eterno designio del Padre: «a los que de antemano
conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él
fuera el primogénito entre muchos hermanos» (cf. Rm 8; 29). El Espíritu Santo es quien constituye a los
bautizados en hijos de Dios y, al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de
Cristo. Lo recuerda Pablo a los cristianos de Corinto: «En un solo Espíritu
hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1 Co 12,
13); de modo tal que el apóstol puede decir a los fieles laicos: «Ahora bien,
vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte» (1
Co 12, 27); «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros
corazones el Espíritu de su Hijo» (Ga 4, 6; cf. Rm 8,
15-16). Un
solo cuerpo en Cristo
12. Regenerados como «hijos en el Hijo», los
bautizados son inseparablemente «miembros de Cristo y miembros del cuerpo de
la Iglesia», como enseña el Concilio de Florencia.(17) El Bautismo significa y produce una incorporación
mística pero real al cuerpo crucificado y glorioso de Jesús. Mediante este
sacramento, Jesús une al bautizado con su muerte para unirlo a su resurrección
(cf. Rm 6, 3-5); lo despoja del «hombre viejo» y lo reviste del «hombre
nuevo», es decir, de Sí mismo: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo
—proclama el apóstol Pablo— os habéis revestido de Cristo» (Ga 3, 27;
cf. Ef 4, 22-24; Col 3, 9-10). De ello resulta que «nosotros,
siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo» (Rm 12, 5). Volvemos a encontrar en las palabras de Pablo el eco
fiel de las enseñanzas del mismo Jesús, que nos ha revelado la misteriosa
unidad de sus discípulos con Él y entre sí, presentándola como imagen y
prolongación de aquella arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al
Padre en el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn 17, 21). Es la misma
unidad de la que habla Jesús con la imagen de la vid y de los sarmientos: «Yo
soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5); imagen que da luz no
sólo para comprender la profunda intimidad de los discípulos con Jesús, sino
también la comunión vital de los discípulos entre sí: todos son sarmientos de
la única Vid. Templos vivos y santos del Espíritu
13. Con otra imagen —aquélla del edificio— el apóstol
Pedro define a los bautizados como «piedras vivas» cimentadas en Cristo, la
«piedra angular», y destinadas a la «construcción de un edificio espiritual» (1
P 2, 5 ss.). La imagen nos introduce en otro aspecto de la novedad
bautismal, que el Concilio Vaticano II presentaba de este modo: «Por la
regeneración y la unción del Espíritu Santo, los bautizados son consagrados
como casa espiritual».(18) El Espíritu Santo «unge» al bautizado, le imprime su
sello indeleble (cf. 2 Co 1, 21-22), y lo constituye en templo
espiritual; es decir, le llena de la santa presencia de Dios gracias a la unión
y conformación con Cristo. Con esta «unción» espiritual, el cristiano puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, y a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19; |