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ÍNDICE
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CAPÍTULO I: LA
REVELACIÓN DE LA SABIDURÍA DE DIOS |
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CAPÍTULO II:
CREDO UT INTELLEGAM |
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CAPÍTULO
III:INTELLEGO UT CREDAM |
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CAPÍTULO
IV:RELACIÓN ENTRE LA FE Y LA RAZÓN |
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Etapas más
significativas en el encuentro entre la fe y la razón
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Novedad
perenne del pensamiento de santo Tomás de Aquino
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El drama de la
separación entre fe y razón
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CAPÍTULO V:
INTERVENCIONES DEL MAGISTERIO EN CUESTIONES FILOSÓFICAS |
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CAPÍTULO
VI:INTERACCIÓN ENTRE TEOLOGÍA Y FILOSOFÍA |
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CAPÍTULO
VII: EXIGENCIAS Y COMETIDOS ACTUALES |
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CONCLUSIÓN |
Venerables Hermanos en
el Episcopado, salud y Bendición Apostólica
La
fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales
el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad.
Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la
verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y
amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf.
Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2).
INTRODUCCIÓN
«CONÓCETE A TI MISMO»
1. Tanto en Oriente como en Occidente es posible
distinguir un camino que, a lo largo de los siglos, ha llevado a la
humanidad a encontrarse progresivamente con la verdad y a
confrontarse con ella. Es un camino que se ha desarrollado —no podía
ser de otro modo— dentro del horizonte de la autoconciencia
personal: el hombre cuanto más conoce la realidad y el mundo y más
se conoce a sí mismo en su unicidad, le resulta más urgente el
interrogante sobre el sentido de las cosas y sobre su propia
existencia. Todo lo que se presenta como objeto de nuestro
conocimiento se convierte por ello en parte de nuestra vida. La
exhortación Conócete a ti mismo estaba esculpida sobre el dintel del
templo de Delfos, para testimoniar una verdad fundamental que debe
ser asumida como la regla mínima por todo hombre deseoso de
distinguirse, en medio de toda la creación, calificándose como
«hombre» precisamente en cuanto «conocedor de sí mismo».
Por
lo demás, una simple mirada a la historia antigua muestra con
claridad como en distintas partes de la tierra, marcadas por
culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de fondo
que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy?
¿de dónde vengo y a dónde voy?¿por qué existe el mal?¿qué hay
después de esta vida? Estas mismas preguntas las encontramos en los
escritos sagrados de Israel, pero aparecen también en los Veda y en
los Avesta; las encontramos en los escritos de Confucio e Lao-Tze y
en la predicación de los Tirthankara y de Buda; asimismo se
encuentran en los poemas de Homero y en las tragedias de Eurípides y
Sófocles, así como en los tratados filosóficos de Platón y
Aristóteles. Son preguntas que tienen su origen común en la
necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre:
de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la
orientación que se dé a la existencia.
2. La Iglesia no es ajena, ni puede serlo, a este
camino de búsqueda. Desde que, en el Misterio Pascual, ha recibido
como don la verdad última sobre la vida del hombre, se ha hecho
peregrina por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es
«el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Entre los diversos
servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad, hay uno del
cual es responsable de un modo muy particular: la diaconía de la
verdad.1 Por una parte, esta misión hace a la comunidad
creyente partícipe del esfuerzo común que la humanidad lleva a cabo
para alcanzar la verdad; 2 y por otra, la obliga a
responsabilizarse del anuncio de las certezas adquiridas, incluso
desde la conciencia de que toda verdad alcanzada es sólo una etapa
hacia aquella verdad total que se manifestará en la revelación
última de Dios: «Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces
veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces
conoceré como soy conocido» (1 Co 13, 12).
3. El hombre tiene muchos medios para progresar en
el conocimiento de la verdad, de modo que puede hacer cada vez más
humana la propia existencia. Entre estos destaca la filosofía, que
contribuye directamente a formular la pregunta sobre el sentido de
la vida y a trazar la respuesta: ésta, en efecto, se configura como
una de las tareas más nobles de la humanidad. El término filosofía
según la etimología griega significa «amor a la sabiduría». De
hecho, la filosofía nació y se desarrolló desde el momento en que el
hombre empezó a interrogarse sobre el por qué de las cosas y su
finalidad. De modos y formas diversas, muestra que el deseo de
verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. El interrogarse
sobre el por qué de las cosas es inherente a su razón, aunque las
respuestas que se han ido dando se enmarcan en un horizonte que pone
en evidencia la complementariedad de las diferentes culturas en las
que vive el hombre.
La
gran incidencia que la filosofía ha tenido en la formación y en el
desarrollo de las culturas en Occidente no debe hacernos olvidar el
influjo que ha ejercido en los modos de concebir la existencia
también en Oriente. En efecto, cada pueblo, posee una sabiduría
originaria y autóctona que, como auténtica riqueza de las culturas,
tiende a expresarse y a madurar incluso en formas puramente
filosóficas. Que esto es verdad lo demuestra el hecho de que una
forma básica del saber filosófico, presente hasta nuestros días, es
verificable incluso en los postulados en los que se inspiran las
diversas legislaciones nacionales e internacionales para regular la
vida social.
4. De todos modos, se ha de destacar que detrás de
cada término se esconden significados diversos. Por tanto, es
necesaria una explicitación preliminar. Movido por el deseo de
descubrir la verdad última sobre la existencia, el hombre trata de
adquirir los conocimientos universales que le permiten comprenderse
mejor y progresar en la realización de sí mismo. Los conocimientos
fundamentales derivan del asombro suscitado en él por la
contemplación de la creación: el ser humano se sorprende al
descubrirse inmerso en el mundo, en relación con sus semejantes con
los cuales comparte el destino. De aquí arranca el camino que lo
llevará al descubrimiento de horizontes de conocimientos siempre
nuevos. Sin el asombro el hombre caería en la repetitividad y, poco
a poco, sería incapaz de vivir una existencia verdaderamente
personal.
La
capacidad especulativa, que es propia de la inteligencia humana,
lleva a elaborar, a través de la actividad filosófica, una forma de
pensamiento riguroso y a construir así, con la coherencia lógica de
las afirmaciones y el carácter orgánico de los contenidos, un saber
sistemático. Gracias a este proceso, en diferentes contextos
culturales y en diversas épocas, se han alcanzado resultados que han
llevado a la elaboración de verdaderos sistemas de pensamiento.
Históricamente esto ha provocado a menudo la tentación de
identificar una sola corriente con todo el pensamiento filosófico.
Pero es evidente que, en estos casos, entra en juego una cierta
«soberbia filosófica» que pretende erigir la propia perspectiva
incompleta en lectura universal. En realidad, todo sistema
filosófico, aun con respeto siempre de su integridad sin
instrumentalizaciones, debe reconocer la prioridad del pensar
filosófico, en el cual tiene su origen y al cual debe servir de
forma coherente.
En
este sentido es posible reconocer, a pesar del cambio de los tiempos
y de los progresos del saber, un núcleo de conocimientos filosóficos
cuya presencia es constante en la historia del pensamiento.
Piénsese, por ejemplo, en los principios de no contradicción, de
finalidad, de causalidad, como también en la concepción de la
persona como sujeto libre e inteligente y en su capacidad de conocer
a Dios, la verdad y el bien; piénsese, además, en algunas normas
morales fundamentales que son comúnmente aceptadas. Estos y otros
temas indican que, prescindiendo de las corrientes de pensamiento,
existe un conjunto de conocimientos en los cuales es posible
reconocer una especie de patrimonio espiritual de la humanidad. Es
como si nos encontrásemos ante una filosofía implícita por la cual
cada uno cree conocer estos principios, aunque de forma genérica y
no refleja. Estos conocimientos, precisamente porque son compartidos
en cierto modo por todos, deberían ser como un punto de referencia
para las diversas escuelas filosóficas. Cuando la razón logra intuir
y formular los principios primeros y universales del ser y sacar
correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden lógico y
deontológico, entonces puede considerarse una razón recta o, como la
llamaban los antiguos, orthòs logos, recta ratio.
5. La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de
la razón por alcanzar los objetivos que hagan cada vez más digna la
existencia personal. Ella ve en la filosofía el camino para conocer
verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al
mismo tiempo, considera a la filosofía como una ayuda indispensable
para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del
Evangelio a cuantos aún no la conocen.
Teniendo en cuenta iniciativas análogas de mis Predecesores, deseo
yo también dirigir la mirada hacia esta peculiar actividad de la
razón. Me impulsa a ello el hecho de que, sobre todo en nuestro
tiempo, la búsqueda de la verdad última parece a menudo oscurecida.
Sin duda la filosofía moderna tiene el gran mérito de haber
concentrado su atención en el hombre. A partir de aquí, una razón
llena de interrogantes ha desarrollado sucesivamente su deseo de
conocer cada vez más y más profundamente. Se han construido sistemas
de pensamiento complejos, que han producido sus frutos en los
diversos ámbitos del saber, favoreciendo el desarrollo de la cultura
y de la historia. La antropología, la lógica, las ciencias
naturales, la historia, el lenguaje..., de alguna manera se ha
abarcado todas las ramas del saber. Sin embargo, los resultados
positivos alcanzados no deben llevar a descuidar el hecho de que la
razón misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre
como sujeto, parece haber olvidado que éste está también llamado a
orientarse hacia una verdad que lo transciende. Sin esta referencia,
cada uno queda a merced del arbitrio y su condición de persona acaba
por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en
el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe
ser dominado por la técnica. Así ha sucedido que, en lugar de
expresar mejor la tendencia hacia la verdad, bajo tanto peso la
razón saber se ha doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras día,
incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a
alcanzar la verdad del ser. La filosofía moderna, dejando de
orientar su investigación sobre el ser, ha concentrado la propia
búsqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la
capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido
destacar sus límites y condicionamientos.
Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo,
que han llevado la investigación filosófica a perderse en las arenas
movedizas de un escepticismo general. Recientemente han adquirido
cierto relieve diversas doctrinas que tienden a infravalorar incluso
las verdades que el hombre estaba seguro de haber alcanzado. La
legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo
indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las
posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más
difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar
en el contexto actual. No se substraen a esta prevención ni siquiera
algunas concepciones de vida provenientes de Oriente; en ellas, en
efecto, se niega a la verdad su carácter exclusivo, partiendo del
presupuesto de que se manifiesta de igual manera en diversas
doctrinas, incluso contradictorias entre sí. En esta perspectiva,
todo se reduce a opinión. Se tiene la impresión de que se trata de
un movimiento ondulante: mientras por una parte la reflexión
filosófica ha logrado situarse en el camino que la hace cada vez más
cercana a la existencia humana y a su modo de expresarse, por otra
tiende a hacer consideraciones existenciales, hermenéuticas o
lingüísticas que prescinden de la cuestión radical sobre la verdad
de la vida personal, del ser y de Dios. En consecuencia han surgido
en el hombre contemporáneo, y no sólo entre algunos filósofos,
actitudes de difusa desconfianza respecto de los grandes recursos
cognoscitivos del ser humano. Con falsa modestia, se conforman con
verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas
radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida humana,
personal y social. Ha decaído, en definitiva, la esperanza de poder
recibir de la filosofía respuestas definitivas a tales preguntas.
6. La Iglesia, convencida de la competencia que le
incumbe por ser depositaria de la Revelación de Jesucristo, quiere
reafirmar la necesidad de reflexionar sobre la verdad. Por este
motivo he decidido dirigirme a vosotros, queridos Hermanos en el
Episcopado, con los cuales comparto la misión de anunciar
«abiertamente la verdad» (2 Co 4, 2), como también a los teólogos y
filósofos a los que corresponde el deber de investigar sobre los
diversos aspectos de la verdad, y asimismo a las personas que la
buscan, para exponer algunas reflexiones sobre la vía que conduce a
la verdadera sabiduría, a fin de que quien sienta el amor por ella
pueda emprender el camino adecuado para alcanzarla y encontrar en la
misma descanso a su fatiga y gozo espiritual.
Me
mueve a esta iniciativa, ante todo, la convicción que expresan las
palabras del Concilio Vaticano II, cuando afirma que los Obispos son
«testigos de la verdad divina y católica».3 Testimoniar
la verdad es, pues, una tarea confiada a nosotros, los Obispos; no
podemos renunciar a la misma sin descuidar el ministerio que hemos
recibido. Reafirmando la verdad de la fe podemos devolver al hombre
contemporáneo la auténtica confianza en sus capacidades
cognoscitivas y ofrecer a la filosofía un estímulo para que pueda
recuperar y desarrollar su plena dignidad.
Hay
también otro motivo que me induce a desarrollar estas reflexiones.
En la Encíclica Veritatis splendor he llamado la atención sobre
«algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el
contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas».4
Con la presente Encíclica deseo continuar aquella reflexión
centrando la atención sobre el tema de la verdad y de su fundamento
en relación con la fe. No se puede negar, en efecto, que este
período de rápidos y complejos cambios expone especialmente a las
nuevas generaciones, a las cuales pertenece y de las cuales depende
el futuro, a la sensación de que se ven privadas de auténticos
puntos de referencia. La exigencia de una base sobre la cual
construir la existencia personal y social se siente de modo notable
sobre todo cuando se está obligado a constatar el carácter parcial
de propuestas que elevan lo efímero al rango de valor, creando
ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de
la existencia. Sucede de ese modo que muchos llevan una vida casi
hasta el límite de la ruina, sin saber bien lo que les espera. Esto
depende también del hecho de que, a veces, quien por vocación estaba
llamado a expresar en formas culturales el resultado de la propia
especulación, ha desviado la mirada de la verdad, prefiriendo el
éxito inmediato en lugar del esfuerzo de la investigación paciente
sobre lo que merece ser vivido. La filosofía, que tiene la gran
responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de
la llamada continua a la búsqueda de lo verdadero, debe recuperar
con fuerza su vocación originaria. Por eso he sentido no sólo la
exigencia, sino incluso el deber de intervenir en este tema, para
que la humanidad, en el umbral del tercer milenio de la era
cristiana, tome conciencia cada vez más clara de los grandes
recursos que le han sido dados y se comprometa con renovado ardor en
llevar a cabo el plan de salvación en el cual está inmersa su
historia.
CAPITULO I
LA REVELACIÓN DE LA
SABIDURÍA DE DIOS
Jesús revela al Padre
7. En la base de toda la reflexión que la Iglesia
lleva a cabo está la conciencia de ser depositaria de un mensaje que
tiene su origen en Dios mismo (cf. 2 Co 4, 1-2). El conocimiento que
ella propone al hombre no proviene de su propia especulación, aunque
fuese la más alta, sino del hecho de haber acogido en la fe la
palabra de Dios (cf. 1 Ts 2, 13). En el origen de nuestro ser como
creyentes hay un encuentro, único en su género, en el que se
manifiesta un misterio oculto en los siglos (cf. 1 Co 2, 7; Rm 16,
25-26), pero ahora revelado. «Quiso Dios, con su bondad y sabiduría,
revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf.
Ef1, 9): por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu
Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la
naturaleza divina».5 Ésta es una iniciativa totalmente
gratuita, que viene de Dios para alcanzar a la humanidad y salvarla.
Dios, como fuente de amor, desea darse a conocer, y el conocimiento
que el hombre tiene de Él culmina cualquier otro conocimiento
verdadero sobre el sentido de la propia existencia que su mente es
capaz de alcanzar.
8. Tomando casi al pie de la letra las enseñanzas
de la Constitución Dei Filius del Concilio Vaticano I y teniendo en
cuenta los principios propuestos por el Concilio Tridentino, la
Constitución Dei Verbum del Vaticano II ha continuado el secular
camino de la inteligencia de la fe, reflexionando sobre la
Revelación a la luz de las enseñanzas bíblicas y de toda la
tradición patrística. En el Primer Concilio Vaticano, los Padres
habían puesto en evidencia el carácter sobrenatural de la revelación
de Dios. La crítica racionalista, que en aquel período atacaba la fe
sobre la base de tesis erróneas y muy difundidas, consistía en negar
todo conocimiento que no fuese fruto de las capacidades naturales de
la razón. Este hecho obligó al Concilio a sostener con fuerza que,
además del conocimiento propio de la razón humana, capaz por su
naturaleza de llegar hasta el Creador, existe un conocimiento que es
peculiar de la fe. Este conocimiento expresa una verdad que se basa
en el hecho mismo de que Dios se revela, y es una verdad muy cierta
porque Dios ni engaña ni quiere engañar.6
9. El Concilio Vaticano I enseña, pues, que la
verdad alcanzada a través de la reflexión filosófica y la verdad que
proviene de la Revelación no se confunden, ni una hace superflua la
otra: «Hay un doble orden de conocimiento, distinto no sólo por su
principio, sino también por su objeto; por su principio,
primeramente, porque en uno conocemos por razón natural, y en otro
por fe divina; por su objeto también porque aparte aquellas cosas
que la razón natural puede alcanzar, se nos proponen para creer
misterios escondidos en Dios de los que, a no haber sido divinamente
revelados, no se pudiera tener noticia».7 La fe, que se
funda en el testimonio de Dios y cuenta con la ayuda sobrenatural de
la gracia, pertenece efectivamente a un orden diverso del
conocimiento filosófico. Éste, en efecto, se apoya sobre la
percepción de los sentidos y la experiencia, y se mueve a la luz de
la sola inteligencia. La filosofía y las ciencias tienen su puesto
en el orden de la razón natural, mientras que la fe, iluminada y
guiada por el Espíritu, reconoce en el mensaje de la salvación la
«plenitud de gracia y de verdad» (cf. Jn 1, 14) que Dios ha querido
revelar en la historia y de modo definitivo por medio de su Hijo
Jesucristo (cf. 1 Jn 5, 9: Jn5, 31-32).
10. En el Concilio Vaticano II los Padres,
dirigiendo su mirada a Jesús revelador, han ilustrado el carácter
salvífico de la revelación de Dios en la historia y han expresado su
naturaleza del modo siguiente: «En esta revelación, Dios invisible
(cf. Col 1, 15; 1 Tm 1, 17), movido de amor, habla a los hombres
como amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Ba
3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía. El plan de la
revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas;
las obras que Dios realiza en la historia de la salvación
manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las
palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y
explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvación
del hombre que transmite dicha revelación, resplandece en Cristo,
mediador y plenitud de toda la revelación».8
11. La revelación de Dios se inserta, pues, en el
tiempo y la historia, más aún, la encarnación de Jesucristo, tiene
lugar en la «plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4). A dos mil años de
distancia de aquel acontecimiento, siento el deber de reafirmar con
fuerza que «en el cristianismo el tiempo tiene una importancia
fundamental».9 En él tiene lugar toda la obra de la
creación y de la salvación y, sobre todo destaca el hecho de que con
la encarnación del Hijo de Dios vivimos y anticipamos ya desde ahora
lo que será la plenitud del tiempo (cf. Hb 1, 2).
La
verdad que Dios ha comunicado al hombre sobre sí mismo y sobre su
vida se inserta, pues, en el tiempo y en la historia. Es verdad que
ha sido pronunciada de una vez para siempre en el misterio de Jesús
de Nazaret. Lo dice con palabras elocuentes la Constitución Dei
Verbum: «Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de
muchas maneras por los profetas. «Ahora en esta etapa final nos ha
hablado por el Hijo» (Hb 1, 1-2). Pues envió a su Hijo, la Palabra
eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los
hombres y les contara la intimidad de Dios (cf. Jn 1, 1-18).
Jesucristo, Palabra hecha carne, «hombre enviado a los hombres»,
habla las palabras de Dios (Jn 3, 34) y realiza la obra de la
salvación que el Padre le encargó (cf. Jn 5, 36; 17, 4). Por eso,
quien ve a Jesucristo, ve al Padre (cf. Jn 14, 9); él, con su
presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y
milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el
envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la
revelación».10
La
historia, pues, es para el Pueblo de Dios un camino que hay que
recorrer por entero, de forma que la verdad revelada exprese en
plenitud sus contenidos gracias a la acción incesante del Espíritu
Santo (cf. Jn 16, 13). Lo enseña asimismo la Constitución Dei Verbum
cuando afirma que «la Iglesia camina a través de los siglos hacia la
plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las
palabras de Dios».11
12. Así pues, la historia es el lugar donde podemos
constatar la acción de Dios en favor de la humanidad. Él se nos
manifiesta en lo que para nosotros es más familiar y fácil de
verificar, porque pertenece a nuestro contexto cotidiano, sin el
cual no llegaríamos a comprendernos.
La
encarnación del Hijo de Dios permite ver realizada la síntesis
definitiva que la mente humana, partiendo de sí misma, ni tan
siquiera hubiera podido imaginar: el Eterno entra en el tiempo, el
Todo se esconde en la parte y Dios asume el rostro del hombre. La
verdad expresada en la revelación de Cristo no puede encerrarse en
un restringido ámbito territorial y cultural, sino que se abre a
todo hombre y mujer que quiera acogerla como palabra definitivamente
válida para dar sentido a la existencia. Ahora todos tienen en
Cristo acceso al Padre; en efecto, con su muerte y resurrección, Él
ha dado la vida divina que el primer Adán había rechazado (cf. Rm 5,
12-15). Con esta Revelación se ofrece al hombre la verdad última
sobre su propia vida y sobre el destino de la historia: «Realmente,
el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado», afirma la Constitución Gaudium et spes.12
Fuera de esta perspectiva, el misterio de la existencia personal
resulta un enigma insoluble.¿Dónde podría el hombre buscar la
respuesta a las cuestiones dramáticas como el dolor, el sufrimiento
de los inocentes y la muerte, sino no en la luz que brota del
misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo?
La razón ante el
misterio
13. De todos modos no hay que olvidar que la
Revelación está llena de misterio. Es verdad que con toda su vida,
Jesús revela el rostro del Padre, ya que ha venido para explicar los
secretos de Dios; 13 sin embargo, el conocimiento que
nosotros tenemos de ese rostro se caracteriza por el aspecto
fragmentario y por el límite de nuestro entendimiento. Sólo la fe
permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión
coherente.
El
Concilio enseña que «cuando Dios revela, el hombre tiene que
someterse con la fe».14 Con esta afirmación breve pero
densa, se indica una verdad fundamental del cristianismo. Se dice,
ante todo, que la fe es la respuesta de obediencia a Dios. Ello
conlleva reconocerle en su divinidad, trascendencia y libertad
suprema. El Dios, que se da a conocer desde la autoridad de su
absoluta trascendencia, lleva consigo la credibilidad de aquello que
revela. Desde la fe el hombre da su asentimiento a ese testimonio
divino. Ello quiere decir que reconoce plena e integralmente la
verdad de lo revelado, porque Dios mismo es su garante. Esta verdad,
ofrecida al hombre y que él no puede exigir, se inserta en el
horizonte de la comunicación interpersonal e impulsa a la razón a
abrirse a la misma y a acoger su sentido profundo. Por esto el acto
con el que uno confía en Dios siempre ha sido considerado por la
Iglesia como un momento de elección fundamental, en la cual está
implicada toda la persona. Inteligencia y voluntad desarrollan al
máximo su naturaleza espiritual para permitir que el sujeto cumpla
un acto en el cual la libertad personal se vive de modo pleno.15
En la fe, pues, la libertad no sólo está presente, sino que es
necesaria. Más aún, la fe es la que permite a cada uno expresar
mejor la propia libertad. Dicho con otras palabras, la libertad no
se realiza en las opciones contra Dios. En efecto,¿cómo podría
considerarse un uso auténtico de la libertad la negación a abrirse
hacia lo que permite la realización de sí mismo? La persona al creer
lleva a cabo el acto más significativo de la propia existencia; en
él, en efecto, la libertad alcanza la certeza de la verdad y decide
vivir en la misma.
Para ayudar a la razón, que busca la comprensión del misterio, están
también los signos contenidos en la Revelación. Estos sirven para
profundizar más la búsqueda de la verdad y permitir que la mente
pueda indagar de forma autónoma incluso dentro del misterio. Estos
signos si por una parte dan mayor fuerza a la razón, porque le
permiten investigar en el misterio con sus propios medios, de los
cuales está justamente celosa, por otra parte la empujan a ir más
allá de su misma realidad de signos, para descubrir el significado
ulterior del cual son portadores. En ellos, por lo tanto, está
presente una verdad escondida a la que la mente debe dirigirse y de
la cual no puede prescindir sin destruir el signo mismo que se le
propone.
Podemos fijarnos, en cierto modo, en el horizonte sacramental de la
Revelación y, en particular, en el signo eucarístico donde la unidad
inseparable entre la realidad y su significado permite captar la
profundidad del misterio. Cristo en la Eucaristía está
verdaderamente presente y vivo, y actúa con su Espíritu, pero como
acertadamente decía Santo Tomás, «lo que no comprendes y no ves, lo
atestigua una fe viva, fuera de todo el orden de la naturaleza. Lo
que aparece es un signo: esconde en el misterio realidades
sublimes».16 A este respecto escribe el filósofo Pascal:
«Como Jesucristo permaneció desconocido entre los hombres, del mismo
modo su verdad permanece, entre las opiniones comunes, sin
diferencia exterior. Así queda la Eucaristía entre el pan común».17
El
conocimiento de fe, en definitiva, no anula el misterio; sólo lo
hace más evidente y lo manifiesta como hecho esencial para la vida
del hombre: Cristo, el Señor, «en la misma revelación del misterio
del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la grandeza de su vocación»,18 que
es participar en el misterio de la vida trinitaria de Dios.19
14. La enseñanza de los dos Concilios Vaticanos
abre también un verdadero horizonte de novedad para el saber
filosófico. La Revelación introduce en la historia un punto de
referencia del cual el hombre no puede prescindir, si quiere llegar
a comprender el misterio de su existencia; pero, por otra parte,
este conocimiento remite constantemente al misterio de Dios que la
mente humana no puede agotar, sino sólo recibir y acoger en la fe.
En estos dos pasos, la razón posee su propio espacio característico
que le permite indagar y comprender, sin ser limitada por otra cosa
que su finitud ante el misterio infinito de Dios.
Así
pues, la Revelación introduce en nuestra historia una verdad
universal y última que induce a la mente del hombre a no pararse
nunca; más bien la empuja a ampliar continuamente el campo del
propio saber hasta que no se dé cuenta de que no ha realizado todo
lo que podía, sin descuidar nada. Nos ayuda en esta tarea una de las
inteligencias más fecundas y significativas de la historia de la
humanidad, a la cual justamente se refieren tanto la filosofía como
la teología: San Anselmo. En su Proslogion, el arzobispo de
Canterbury se expresa así: «Dirigiendo frecuentemente y con fuerza
mi pensamiento a este problema, a veces me parecía poder alcanzar lo
que buscaba; otras veces, sin embargo, se escapaba completamente de
mi pensamiento; hasta que, al final, desconfiando de poderlo
encontrar, quise dejar de buscar algo que era imposible encontrar.
Pero cuando quise alejar de mí ese pensamiento porque, ocupando mi
mente, no me distrajese de otros problemas de los cuales pudiera
sacar algún provecho, entonces comenzó a presentarse con mayor
importunación [...]. Pero, pobre de mí, uno de los pobres hijos de
Eva, lejano de Dios,¿qué he empezado a hacer y qué he logrado?¿qué
buscaba y qué he logrado?¿a qué aspiraba y por qué suspiro? [...].
Oh Señor, tú no eres solamente aquel de quien no se puede pensar
nada mayor (non solum es quo maius cogitari nequit), sino que eres
más grande de todo lo que se pueda pensar (quiddam maius quam
cogitari possit) [...]. Si tu no fueses así, se podría pensar alguna
cosa más grande que tú, pero esto no puede ser».20
15. La verdad de la Revelación cristiana, que se
manifiesta en Jesús de Nazaret, permite a todos acoger el «misterio»
de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez que respeta la
autonomía de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la
trascendencia. Aquí la relación entre libertad y verdad llega al
máximo y se comprende en su totalidad la palabra del Señor:
«Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32).
La
Revelación cristiana es la verdadera estrella que orienta al hombre
que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista
y las estrecheces de una lógica tecnocrática; es la última
posibilidad que Dios ofrece para encontrar en plenitud el proyecto
originario de amor iniciado con la creación. El hombre deseoso de
conocer lo verdadero, si aún es capaz de mirar más allá de sí mismo
y de levantar la mirada por encima de los propios proyectos, recibe
la posibilidad de recuperar la relación auténtica con su vida,
siguiendo el camino de la verdad. Las palabras del Deuteronomio se
pueden aplicar a esta situación: «Porque estos mandamientos que yo
te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de
tu alcance. No están en el cielo, para que no hayas de decir: ¿Quién
subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los
pongamos en práctica? Ni están al otro lado del mar, para que no
hayas de decir ¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a
buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica? Sino que
la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón
para que la pongas en práctica» (30, 11-14). A este texto se refiere
la famosa frase del santo filósofo y teólogo Agustín: «Noli foras
ire, in te ipsum redi. In interiore homine habitat veritas».21
A la luz de estas consideraciones, se impone una primera conclusión:
la verdad que la Revelación nos hace conocer no es el fruto maduro o
el punto culminante de un pensamiento elaborado por la razón. Por el
contrario, ésta se presenta con la característica de la gratuidad,
genera pensamiento y exige ser acogida como expresión de amor. Esta
verdad relevada es anticipación, en nuestra historia, de la visión
última y definitiva de Dios que está reservada a los que creen en Él
o lo buscan con corazón sincero. El fin último de la existencia
personal, pues, es objeto de estudio tanto de la filosofía como de
la teología. Ambas, aunque con medios y contenidos diversos, miran
hacia este «sendero de la vida» (Sal 16 [15], 11), que, como nos
dice la fe, tiene su meta última en el gozo pleno y duradero de la
contemplación del Dios Uno y Trino.
CAPÍTULO II
CREDO UT INTELLEGAM
«La sabiduría todo lo
sabe y entiende»
(Sb 9, 11)
16. La Sagrada Escritura nos presenta con
sorprendente claridad el vínculo tan profundo que hay entre el
conocimiento de fe y el de la razón. Lo atestiguan sobre todo los
Libros sapienciales. Lo que llama la atención en la lectura, hecha
sin prejuicios, de estas páginas de la Escritura, es el hecho de que
en estos textos se contenga no solamente la fe de Israel, sino
también la riqueza de civilizaciones y culturas ya desaparecidas.
Casi por un designio particular, Egipto y Mesopotamia hacen oír de
nuevo su voz y algunos rasgos comunes de las culturas del antiguo
Oriente reviven en estas páginas ricas de intuiciones muy profundas.
No
es casual que, en el momento en el que el autor sagrado quiere
describir al hombre sabio, lo presente como el que ama y busca la
verdad: «Feliz el hombre que se ejercita en la sabiduría, y que en
su inteligencia reflexiona, que medita sus caminos en su corazón, y
sus secretos considera. Sale en su busca como el que sigue su
rastro, y en sus caminos se pone al acecho. Se asoma a sus ventanas
y a sus puertas escucha. Acampa muy cerca de su casa y clava la
clavija en sus muros. Monta su tienda junto a ella, y se alberga en
su albergue dichoso. Pone sus hijos a su abrigo y bajo sus ramas se
cobija. Por ella es protegido del calor y en su gloria se alberga»
(Si 14, 20-27).
Como se puede ver, para el autor inspirado el deseo de conocer es
una característica común a todos los hombres. Gracias a la
inteligencia se da a todos, tanto creyentes como no creyentes, la
posibilidad de alcanzar el «agua profunda» (cf. Pr 20, 5). Es verdad
que en el antiguo Israel el conocimiento del mundo y de sus
fenómenos no se alcanzaba por el camino de la abstracción, como para
el filósofo jónico o el sabio egipcio. Menos aún, el buen israelita
concebía el conocimiento con los parámetros propios de la época
moderna, orientada principalmente a la división del saber. Sin
embargo, el mundo bíblico ha hecho desembocar en el gran mar de la
teoría del conocimiento su aportación original.
¿Cuál es ésta? La peculiaridad que distingue el texto bíblico
consiste en la convicción de que hay una profunda e inseparable
unidad entre el conocimiento de la razón y el de la fe. El mundo y
todo lo que sucede en él, como también la historia y las diversas
vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver, analizar y
juzgar con los medios propios de la razón, pero sin que la fe sea
extraña en este proceso. Ésta no interviene para menospreciar la
autonomía de la razón o para limitar su espacio de acción, sino sólo
para hacer comprender al hombre que el Dios de Israel se hace
visible y actúa en estos acontecimientos. Así mismo, conocer a fondo
el mundo y los acontecimientos de la historia no es posible sin
confesar al mismo tiempo la fe en Dios que actúa en ellos. La fe
agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en
el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la
Providencia. Una expresión del libro de los Proverbios es
significativa a este respecto: «El corazón del hombre medita su
camino, pero es el Señor quien asegura sus pasos» (16, 9). Es decir,
el hombre con la luz de la razón sabe reconocer su camino, pero lo
puede recorrer de forma libre, sin obstáculos y hasta el final, si
con ánimo sincero fija su búsqueda en el horizonte de la fe. La
razón y la fe, por tanto, no se pueden separar sin que se reduzca la
posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al
mundo y a Dios.
17. No hay, pues, motivo de competitividad alguna
entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene
su propio espacio de realización. El libro de los Proverbios nos
sigue orientando en esta dirección al exclamar: «Es gloria de Dios
ocultar una cosa, y gloria de los reyes escrutarla» (25, 2). Dios y
el hombre, cada uno en su respectivo mundo, se encuentran así en una
relación única. En Dios está el origen de cada cosa, en Él se
encuentra la plenitud del misterio, y ésta es su gloria; al hombre
le corresponde la misión de investigar con su razón la verdad, y en
esto consiste su grandeza. Una ulterior tesela a este mosaico es
puesta por el Salmista cuando ora diciendo: «Mas para mí, (qué
arduos son tus pensamientos, oh Dios, qué incontable su suma! (Son
más, si los recuento, que la arena, y al terminar, todavía estoy
contigo!» (139 [138], 17-18). El deseo de conocer es tan grande y
supone tal dinamismo que el corazón del hombre, incluso desde la
experiencia de su límite insuperable, suspira hacia la infinita
riqueza que está más allá, porque intuye que en ella está guardada
la respuesta satisfactoria para cada pregunta aún no resuelta.
18. Podemos decir, pues, que Israel con su
reflexión ha sabido abrir a la razón el camino hacia el misterio. En
la revelación de Dios ha podido sondear en profundidad lo que la
razón pretendía alcanzar sin lograrlo. A partir de esta forma de
conocimiento más profunda, el pueblo elegido ha entendido que la
razón debe respetar algunas reglas de fondo para expresar mejor su
propia naturaleza. Una primera regla consiste en tener en cuenta el
hecho de que el conocimiento del hombre es un camino que no tiene
descanso; la segunda nace de la conciencia de que dicho camino no se
puede recorrer con el orgullo de quien piense que todo es fruto de
una conquista personal; una tercera se funda en el «temor de Dios»,
del cual la razón debe reconocer a la vez su trascendencia soberana
y su amor providente en el gobierno del mundo.
Cuando se aleja de estas reglas, el hombre se expone al riesgo del
fracaso y acaba por encontrarse en la situación del «necio». Para la
Biblia, en esta necedad hay una amenaza para la vida. En efecto, el
necio se engaña pensando que conoce muchas cosas, pero en realidad
no es capaz de fijar la mirada sobre las esenciales. Ello le impide
poner orden en su mente (cf. Pr 1, 7) y asumir una actitud adecuada
para consigo mismo y para con el ambiente que le rodea. Cuando llega
a afirmar: «Dios no existe» (cf. Sal 14 [13], 1), muestra con
claridad definitiva lo deficiente de su conocimiento y lo lejos que
está de la verdad plena sobre las cosas, sobre su origen y su
destino.
19. El libro de la Sabiduría tiene algunos textos
importantes que aportan más luz a este tema. En ellos el autor
sagrado habla de Dios, que se da a conocer también por medio de la
naturaleza. Para los antiguos el estudio de las ciencias naturales
coincidía en gran parte con el saber filosófico. Después de haber
afirmado que con su inteligencia el hombre está en condiciones «de
conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos
[...], los ciclos del año y la posición de las estrellas, la
naturaleza de los animales y los instintos de las fieras» (Sb 7,
17.19-20), en una palabra, que es capaz de filosofar, el texto
sagrado da un paso más de gran importancia. Recuperando el
pensamiento de la filosofía griega, a la cual parece referirse en
este contexto, el autor afirma que, precisamente razonando sobre la
naturaleza, se puede llegar hasta el Creador: «de la grandeza y
hermosura de las criaturas, se llega, por analogía, a contemplar a
su Autor» (Sb 13, 5). Se reconoce así un primer paso de la
Revelación divina, constituido por el maravilloso «libro de la
naturaleza», con cuya lectura, mediante los instrumentos propios de
la razón humana, se puede llegar al conocimiento del Creador. Si el
hombre con su inteligencia no llega a reconocer a Dios como creador
de todo, no se debe tanto a la falta de un medio adecuado, cuanto
sobre todo al impedimento puesto por su voluntad libre y su pecado.
20. En esta perspectiva la razón es valorizada,
pero no sobrevalorada. En efecto, lo que ella alcanza puede ser
verdadero, pero adquiere significado pleno solamente si su contenido
se sitúa en un horizonte más amplio, que es el de la fe: «Del Señor
dependen los pasos del hombre: )cómo puede el hombre conocer su
camino?» (Pr 20, 24). Para el Antiguo Testamento, pues, la fe libera
la razón en cuanto le permite alcanzar coherentemente su objeto de
conocimiento y colocarlo en el orden supremo en el cual todo
adquiere sentido. En definitiva, el hombre con la razón alcanza la
verdad, porque iluminado por la fe descubre el sentido profundo de
cada cosa y, en particular, de la propia existencia. Por tanto, con
razón, el autor sagrado fundamenta el verdadero conocimiento
precisamente en el temor de Dios: «El temor del Señor es el
principio de la sabiduría» (Pr 1, 7; cf. Si 1, 14).
«Adquiere la
sabiduría, adquiere la inteligencia» (Pr 4, 5)
21. Para el Antiguo Testamento el conocimiento no
se fundamenta solamente en una observación atenta del hombre, del
mundo y de la historia, sino que supone también una indispensable
relación con la fe y con los contenidos de la Revelación. En esto
consisten los desafíos que el pueblo elegido ha tenido que afrontar
y a los cuales ha dado respuesta. Reflexionando sobre esta
condición, el hombre bíblico ha descubierto que no puede
comprenderse sino como «ser en relación»: con sí mismo, con el
pueblo, con el mundo y con Dios. Esta apertura al misterio, que le
viene de la Revelación, ha sido al final para él la fuente de un
verdadero conocimiento, que ha consentido a su razón entrar en el
ámbito de lo infinito, recibiendo así posibilidades de compresión
hasta entonces insospechadas.
Para el autor sagrado el esfuerzo de la búsqueda no estaba exento de
la dificultad que supone enfrentarse con los límites de la razón.
Ello se advierte, por ejemplo, en las palabras con las que el Libro
de los Proverbios denota el cansancio debido a los intentos de
comprender los misteriosos designios de Dios (cf. 30, 1.6). Sin
embargo, a pesar de la dificultad, el creyente no se rinde. La
fuerza para continuar su camino hacia la verdad le viene de la
certeza de que Dios lo ha creado como un «explorador» (cf. Qo 1,
13), cuya misión es no dejar nada sin probar a pesar del continuo
chantaje de la duda. Apoyándose en Dios, se dirige, siempre y en
todas partes, hacia lo que es bello, bueno y verdadero.
22. San Pablo, en el primer capítulo de su Carta a
los Romanos nos ayuda a apreciar mejor lo incisiva que es la
reflexión de los Libros Sapienciales. Desarrollando una
argumentación filosófica con lenguaje popular, el Apóstol expresa
una profunda verdad: a través de la creación los «ojos de la mente»
pueden llegar a conocer a Dios. En efecto, mediante las criaturas Él
hace que la razón intuya su «potencia» y su «divinidad» (cf. Rm 1,
20). Así pues, se reconoce a la razón del hombre una capacidad que
parece superar casi sus mismos límites naturales: no sólo no está
limitada al conocimiento sensorial, desde el momento que puede
reflexionar críticamente sobre ello, sino que argumentando sobre los
datos de los sentidos puede incluso alcanzar la causa que da lugar a
toda realidad sensible. Con terminología filosófica podríamos decir
que en este importante texto paulino se afirma la capacidad
metafísica del hombre.
Según el Apóstol, en el proyecto originario de la creación, la razón
tenía la capacidad de superar fácilmente el dato sensible para
alcanzar el origen mismo de todo: el Creador. Debido a la
desobediencia con la cual el hombre eligió situarse en plena y
absoluta autonomía respecto a Aquel que lo había creado, quedó
mermada esta facilidad de acceso a Dios creador.
El
Libro del Génesis describe de modo plástico esta condición del
hombre cuando narra que Dios lo puso en el jardín del Edén, en cuyo
centro estaba situado el «árbol de la ciencia del bien y del mal»
(2, 17). El símbolo es claro: el hombre no era capaz de discernir y
decidir por sí mismo lo que era bueno y lo que era malo, sino que
debía apelarse a un principio superior. La ceguera del orgullo hizo
creer a nuestros primeros padres que eran soberanos y autónomos, y
que podían prescindir del conocimiento que deriva de Dios. En su
desobediencia originaria ellos involucraron a cada hombre y a cada
mujer, produciendo en la razón heridas que a partir de entonces
obstaculizarían el camino hacia la plena verdad. La capacidad humana
de conocer la verdad quedó ofuscada por la aversión hacia Aquel que
es fuente y origen de la verdad. El Apóstol sigue mostrando cómo los
pensamientos de los hombres, a causa del pecado, fueron «vanos» y
los razonamientos distorsionados y orientados hacia lo falso (cf. Rm
1, 21-22). Los ojos de la mente no eran ya capaces de ver con
claridad: progresivamente la razón se ha quedado prisionera de sí
misma. La venida de Cristo ha sido el acontecimiento de salvación
que ha redimido a la razón de su debilidad, librándola de los cepos
en los que ella misma se había encadenado.
23. La relación del cristiano con la filosofía,
pues, requiere un discernimiento radical. En el Nuevo Testamento,
especialmente en las Cartas de san Pablo, hay un dato que sobresale
con mucha claridad: la contraposición entre «la sabiduría de este
mundo» y la de Dios revelada en Jesucristo. La profundidad de la
sabiduría revelada rompe nuestros esquemas habituales de reflexión,
que no son capaces de expresarla de manera adecuada.
El
comienzo de la Primera Carta a los Corintios presenta este dilema
con radicalidad. El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento
histórico contra el cual se estrella todo intento de la mente de
construir sobre argumentaciones solamente humanas una justificación
suficiente del sentido de la existencia. El verdadero punto central,
que desafía toda filosofía, es la muerte de Jesucristo en la cruz.
En este punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre a
pura lógica humana está destinado al fracaso. «¿Dónde está el sabio?
¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no
entonteció Dios la sabiduría del mundo?» (1 Co 1, 20) se pregunta
con énfasis el Apóstol. Para lo que Dios quiere llevar a cabo ya no
es posible la mera sabiduría del hombre sabio, sino que se requiere
dar un paso decisivo para acoger una novedad radical: «Ha escogido
Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios [...].
lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es,
para reducir a la nada lo que es» (1 Co 1, 27-28). La sabiduría del
hombre rehúsa ver en la propia debilidad el presupuesto de su
fuerza; pero san Pablo no duda en afirmar: «pues, cuando estoy
débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Co 12, 10). El hombre no
logra comprender cómo la muerte pueda ser fuente de vida y de amor,
pero Dios ha elegido para revelar el misterio de su designio de
salvación precisamente lo que la razón considera «locura» y
«escándalo». Hablando el lenguaje de los filósofos contemporáneos
suyos, Pablo alcanza el culmen de su enseñanza y de la paradoja que
quiere expresar: «Dios ha elegido en el mundo lo que es nada para
convertir en nada las cosas que son» (1 Co 1, 28). Para poner de
relieve la naturaleza de la gratuidad del amor revelado en la Cruz
de Cristo, el Apóstol no tiene miedo de usar el lenguaje más radical
que los filósofos empleaban en sus reflexiones sobre Dios. La razón
no puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa, mientras
que ésta puede dar a la razón la respuesta última que busca. No es
la sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la Sabiduría lo que
san Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de salvación.
La
sabiduría de la Cruz, pues, supera todo límite cultural que se le
quiera imponer y obliga a abrirse a la universalidad de la verdad,
de la que es portadora. (Qué desafío más grande se le presenta a
nuestra razón y qué provecho obtiene si no se rinde! La filosofía,
que por sí misma es capaz de reconocer el incesante transcenderse
del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede abrirse a acoger
en la «locura» de la Cruz la auténtica crítica de los que creen
poseer la verdad, aprisionándola entre los recovecos de su sistema.
La relación entre fe y filosofía encuentra en la predicación de
Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede
naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el océano
sin límites de la verdad. Aquí se evidencia la frontera entre la
razón y la fe, pero se aclara también el espacio en el cual ambas
pueden encontrarse.
CAPÍTULO III
INTELLEGO UT CREDAM
Caminando en busca de
la verdad
24. Cuenta el evangelista Lucas en los Hechos de
los Apóstoles que, en sus viajes misioneros, Pablo llegó a Atenas.
La ciudad de los filósofos estaba llena de estatuas que
representaban diversos ídolos. Le llamó la atención un altar y
aprovechó enseguida la oportunidad para ofrecer una base común sobre
la cual iniciar el anuncio del kerigma: «Atenienses CdijoC, veo que
vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la
divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados,
he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta
inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, lo que adoráis sin
conocer, eso os vengo yo a anunciar» (Hch 17, 22-23). A partir de
este momento, san Pablo habla de Dios como creador, como Aquél que
transciende todas las cosas y que ha dado la vida a todo. Continua
después su discurso de este modo: «El creó, de un sólo principio,
todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la
tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar
donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad,
para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se
encuentra lejos de cada uno de nosotros» (Hch 17, 26-27).
El
Apóstol pone de relieve una verdad que la Iglesia ha conservado
siempre: en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y
la nostalgia de Dios. Lo recuerda con énfasis también la liturgia
del Viernes Santo cuando, invitando a orar por los que no creen, nos
hace decir: «Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los
hombres para que te busquen, y cuando te encuentren, descansen en
ti».22 Existe, pues, un camino que el hombre, si quiere,
puede recorrer; inicia con la capacidad de la razón de levantarse
más allá de lo contingente para ir hacia lo infinito.
De
diferentes modos y en diversos tiempos el hombre ha demostrado que
sabe expresar este deseo íntimo. La literatura, la música, la
pintura, la escultura, la arquitectura y cualquier otro fruto de su
inteligencia creadora se convierten en cauces a través de los cuales
puede manifestar su afán de búsqueda. La filosofía ha asumido de
manera peculiar este movimiento y ha expresado, con sus medios y
según sus propias modalidades científicas, este deseo universal del
hombre.
25. «Todos los hombres desean saber» 23
y la verdad es el objeto propio de este deseo. Incluso la vida
diaria muestra cuán interesado está cada uno en descubrir, más allá
de lo conocido de oídas, cómo están verdaderamente las cosas. El
hombre es el único ser en toda la creación visible que no sólo es
capaz de saber, sino que sabe también que sabe, y por eso se
interesa por la verdad real de lo que se le presenta. Nadie puede
permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si
descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su
verdad, se siente satisfecho. Es la lección de san Agustín cuando
escribe: «He encontrado muchos que querían engañar, pero ninguno que
quisiera dejarse engañar».24 Con razón se considera que
una persona ha alcanzado la edad adulta cuando puede discernir, con
los propios medios, entre lo que es verdadero y lo que es falso,
formándose un juicio propio sobre la realidad objetiva de las cosas.
Este es el motivo de tantas investigaciones, particularmente en el
campo de las ciencias, que han llevado en los últimos siglos a
resultados tan significativos, favoreciendo un auténtico progreso de
toda la humanidad.
No
menos importante que la investigación en el ámbito teórico es la que
se lleva a cabo en el ámbito práctico: quiero aludir a la búsqueda
de la verdad en relación con el bien que hay que realizar. En
efecto, con el propio obrar ético la persona actuando según su libre
y recto querer, toma el camino de la felicidad y tiende a la
perfección. También en este caso se trata de la verdad. He
reafirmado esta convicción en la Encíclica Veritatis splendor: «No
existe moral sin libertad [...]. Si existe el derecho de ser
respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún
antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad
y seguirla una vez conocida».25
Es,
pues, necesario que los valores elegidos y que se persiguen con la
propia vida sean verdaderos, porque solamente los valores verdaderos
pueden perfeccionar a la persona realizando su naturaleza. El hombre
encuentra esta verdad de los valores no encerrándose en sí mismo,
sino abriéndose para acogerla incluso en las dimensiones que lo
transcienden. Ésta es una condición necesaria para que cada uno
llegue a ser sí mismo y crezca como persona adulta y madura.
26. La verdad se presenta inicialmente al hombre
como un interrogante: ¿tiene sentido la vida? ¿hacia dónde se
dirige? A primera vista, la existencia personal podría presentarse
como radicalmente carente de sentido. No es necesario recurrir a los
filósofos del absurdo ni a las preguntas provocadoras que se
encuentran en el libro de Job para dudar del sentido de la vida. La
experiencia diaria del sufrimiento, propio y ajeno, la vista de
tantos hechos que a la luz de la razón parecen inexplicables, son
suficientes para hacer ineludible una pregunta tan dramática como la
pregunta sobre el sentido.26 A esto se debe añadir que la
primera verdad absolutamente cierta de nuestra existencia, además
del hecho de que existimos, es lo inevitable de nuestra muerte.
Frente a este dato desconcertante se impone la búsqueda de una
respuesta exhaustiva. Cada uno quiere Cy debeC conocer la verdad
sobre el propio fin. Quiere saber si la muerte será el término
definitivo de su existencia o si hay algo que sobrepasa la muerte:
si le está permitido esperar en una vida posterior o no. Es
significativo que el pensamiento filosófico haya recibido una
orientación decisiva de la muerte de Sócrates que lo ha marcado
desde hace más de dos milenios. No es en absoluto casual, pues, que
los filósofos ante el hecho de la muerte se hayan planteado de nuevo
este problema junto con el del sentido de la vida y de la
inmortalidad.
27. Nadie, ni el filósofo ni el hombre corriente,
puede substraerse a estas preguntas. De la respuesta que se dé a las
mismas depende una etapa decisiva de la investigación: si es posible
o no alcanzar una verdad universal y absoluta. De por sí, toda
verdad, incluso parcial, si es realmente verdad, se presenta como
universal. Lo que es verdad, debe ser verdad para todos y siempre.
Además de esta universalidad, sin embargo, el hombre busca un
absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su
búsqueda. Algo que sea último y fundamento de todo lo demás. En
otras palabras, busca una explicación definitiva, un valor supremo,
más allá del cual no haya ni pueda haber interrogantes o instancias
posteriores. Las hipótesis pueden ser fascinantes, pero no
satisfacen. Para todos llega el momento en el que, se quiera o no,
es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida
como definitiva, que dé una certeza no sometida ya a la duda.
Los
filósofos, a lo largo de los siglos, han tratado de descubrir y
expresar esta verdad, dando vida a un sistema o una escuela de
pensamiento. Más allá de los sistemas filosóficos, sin embargo, hay
otras expresiones en las cuales el hombre busca dar forma a una
propia «filosofía». Se trata de convicciones o experiencias
personales, de tradiciones familiares o culturales o de itinerarios
existenciales en los cuales se confía en la autoridad de un maestro.
En cada una de estas manifestaciones lo que permanece es el deseo de
alcanzar la certeza de la verdad y de su valor absoluto.
Diversas facetas de la
verdad en el hombre
28. Es necesario reconocer que no siempre la
búsqueda de la verdad se presenta con esa trasparencia ni de manera
consecuente. El límite originario de la razón y la inconstancia del
corazón oscurecen a menudo y desvían la búsqueda personal. Otros
intereses de diverso orden pueden condicionar la verdad. Más aún, el
hombre también la evita a veces en cuanto comienza a divisarla,
porque teme sus exigencias. Pero, a pesar de esto, incluso cuando la
evita, siempre es la verdad la que influencia su existencia; en
efecto, él nunca podría fundar la propia vida sobre la duda, la
incertidumbre o la mentira; tal existencia estaría continuamente
amenazada por el miedo y la angustia. Se puede definir, pues, al
hombre como aquél que busca la verdad.
29. No se puede pensar que una búsqueda tan
profundamente enraizada en la naturaleza humana sea del todo inútil
y vana. La capacidad misma de buscar la verdad y de plantear
preguntas implica ya una primera respuesta. El hombre no comenzaría
a buscar lo que desconociese del todo o considerase absolutamente
inalcanzable. Sólo la perspectiva de poder alcanzar una respuesta
puede inducirlo a dar el primer paso. De hecho esto es lo que sucede
normalmente en la investigación científica. Cuando un científico,
siguiendo una intuición suya, se pone a la búsqueda de la
explicación lógica y verificable de un fenómeno determinado, confía
desde el principio que encontrará una respuesta, y no se detiene
ante los fracasos. No considera inútil la intuición originaria sólo
porque no ha alcanzado el objetivo; más bien dirá con razón que no
ha encontrado aún la respuesta adecuada.
Esto mismo es válido también para la investigación de la verdad en
el ámbito de las cuestiones últimas. La sed de verdad está tan
radicada en el corazón del hombre que tener que prescindir de ella
comprometería la existencia. Es suficiente, en definitiva, observar
la vida cotidiana para constatar cómo cada uno de nosotros lleva en
sí mismo la urgencia de algunas preguntas esenciales y a la vez
abriga en su interior al menos un atisbo de las correspondientes
respuestas. Son respuestas de cuya verdad se está convencido,
incluso porque se experimenta que, en sustancia, no se diferencian
de las respuestas a las que han llegado otros muchos. Es cierto que
no toda verdad alcanzada posee el mismo valor. Del conjunto de los
resultados logrados, sin embargo, se confirma la capacidad que el
ser humano tiene de llegar, en línea de máxima, a la verdad.
30. En este momento puede ser útil hacer una rápida
referencia a estas diversas formas de verdad. Las más numerosas son
las que se apoyan sobre evidencias inmediatas o confirmadas
experimentalmente. Éste es el orden de verdad propio de la vida
diaria y de la investigación científica. En otro nivel se encuentran
las verdades de carácter filosófico, a las que el hombre llega
mediante la capacidad especulativa de su intelecto. En fin están las
verdades religiosas, que en cierta medida hunden sus raíces también
en la filosofía. Éstas están contenidas en las respuestas que las
diversas religiones ofrecen en sus tradiciones a las cuestiones
últimas.27
En
cuanto a las verdades filosóficas, hay que precisar que no se
limitan a las meras doctrinas, algunas veces efímeras, de los
filósofos de profesión. Cada hombre, como ya he dicho, es, en cierto
modo, filósofo y posee concepciones filosóficas propias con las
cuales orienta su vida. De un modo u otro, se forma una visión
global y una respuesta sobre el sentido de la propia existencia. Con
esta luz interpreta sus vicisitudes personales y regula su
comportamiento. Es aquí donde debería plantearse la pregunta sobre
la relación entre las verdades filosófico-religiosas y la verdad
revelada en Jesucristo. Antes de contestar a esta cuestión es
oportuno valorar otro dato más de la filosofía.
31. El hombre no ha sido creado para vivir solo.
Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo
en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias
tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación
cultural, sino también muchas verdades en las que, casi
instintivamente, cree. De todos modos el crecimiento y la maduración
personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en
duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del
pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades
sean «recuperadas» sobre la base de la experiencia llevada que se ha
tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en
la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más
numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. En
efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables
resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna?
¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que
día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan
en línea de máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría
reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los
cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de
religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es
pues también aquél que vive de creencias.
32. Cada uno, al creer, confía en los conocimientos
adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una tensión
significativa: por una parte el conocimiento a través de una
creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe
perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda
personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta más rica
desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque
incluye una relación interpersonal y pone en juego no sólo las
posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical
de confiar en otras personas, entrando así en una relación más
estable e íntima con ellas.
Se
ha de destacar que las verdades buscadas en esta relación
interpersonal no pertenecen primariamente al orden fáctico o
filosófico. Lo que se pretende, más que nada, es la verdad misma de
la persona: lo que ella es y lo que manifiesta de su propio
interior. En efecto, la perfección del hombre no está en la mera
adquisición del conocimiento abstracto de la verdad, sino que
consiste también en una relación viva de entrega y fidelidad hacia
el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena
certeza y seguridad. Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia,
que se funda sobre la confianza interpersonal, está en relación con
la verdad: el hombre, creyendo, confía en la verdad que el otro le
manifiesta.
(Cuántos ejemplos se podrían poner para ilustrar este dato! Pienso
ante todo en el testimonio de los mártires. El mártir, en efecto, es
el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe
que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su
vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza. Ni el
sufrimiento ni la muerte violenta lo harán apartar de la adhesión a
la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el
testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido
hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de
su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene
necesidad de largas argumentaciones para convencer, desde el momento
en que habla a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como
verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir
suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros
ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos tener la
fuerza de expresar.
33. Se puede ver así que los términos del problema
van completándose progresivamente. El hombre, por su naturaleza,
busca la verdad. Esta búsqueda no está destinada sólo a la conquista
de verdades parciales, factuales o científicas; no busca sólo el
verdadero bien para cada una de sus decisiones. Su búsqueda tiende
hacia una verdad ulterior que pueda explicar el sentido de la vida;
por eso es una búsqueda que no puede encontrar solución si no es en
el absoluto.28 Gracias a la capacidad del pensamiento, el
hombre puede encontrar y reconocer esta verdad. En cuanto vital y
esencial para su existencia, esta verdad se logra no sólo por vía
racional, sino también mediante el abandono confiado en otras
personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la
verdad misma. La capacidad y la opción de confiarse uno mismo y la
propia vida a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos
antropológicamente más significativos y expresivos.
No
se ha de olvidar que también la razón necesita ser sostenida en su
búsqueda por un diálogo confiado y una amistad sincera. El clima de
sospecha y de desconfianza, que a veces rodea la investigación
especulativa, olvida la enseñanza de los filósofos antiguos, quienes
consideraban la amistad como uno de los contextos más adecuados para
el buen filosofar.
De
todo lo que he dicho hasta aquí resulta que el hombre se encuentra
en un camino de búsqueda, humanamente interminable: búsqueda de
verdad y búsqueda de una persona de quien fiarse. La fe cristiana le
ayuda ofreciéndole la posibilidad concreta de ver realizado el
objetivo de esta búsqueda. En efecto, superando el estadio de la
simple creencia la fe cristiana coloca al hombre en ese orden de
gracia que le permite participar en el misterio de Cristo, en el
cual se le ofrece el conocimiento verdadero y coherente de Dios Uno
y Trino. Así, en Jesucristo, que es la Verdad, la fe reconoce la
llamada última dirigida a la humanidad para que pueda llevar a cabo
lo que experimenta como deseo y nostalgia.
34. Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo,
no está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando.
Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su
plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de
la razón humana, expresado en el principio de no contradicción. La
Revelación da la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios
creador es también el Dios de la historia de la salvación. El mismo
e idéntico Dios, que fundamenta y garantiza que sea inteligible y
racional el orden natural de las cosas sobre las que se apoyan los
científicos confiados,29 es el mismo que se revela como
Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta unidad de la verdad, natural
y revelada, tiene su identificación viva y personal en Cristo, como
nos recuerda el Apóstol: «Habéis sido enseñados conforme a la verdad
de Jesús» (Ef 4, 21; cf. Col 1, 15-20). Él es la Palabra eterna, en
quien todo ha sido creado, y a la vez es la Palabra encarnada, que
en toda su persona 30 revela al Padre (cf. Jn 1, 14.18).
Lo que la razón humana busca «sin conocerlo» (Hch 17, 23), puede ser
encontrado sólo por medio de Cristo: lo que en Él se revela, en
efecto, es la «plena verdad» (cf. Jn 1, 14-16) de todo ser que en Él
y por Él ha sido creado y después encuentra en Él su plenitud (cf.
Col 1, 17).
35. Sobre la base de estas consideraciones
generales, es necesario examinar ahora de modo más directo la
relación entre la verdad revelada y la filosofía. Esta relación
impone una doble consideración, en cuanto que la verdad que nos
llega por la Revelación es, al mismo tiempo, una verdad que debe ser
comprendida a la luz de la razón. Sólo en esta doble acepción, en
efecto, es posible precisar la justa relación de la verdad revelada
con el saber filosófico. Consideramos, por tanto, en primer lugar la
relación entre la fe y la filosofía en el curso de la historia.
Desde aquí será posible indicar algunos principios, que constituyen
los puntos de referencia en los que basarse para establecer la
correcta relación entre los dos órdenes de conocimiento.
CAPITULO IV
RELACIÓN ENTRE LA FE Y
LA RAZÓN
Etapas más
significativas en el encuentro entre la fe y la razón
36. Según el testimonio de los Hechos de los
Apóstoles, el anuncio cristiano tuvo que confrontarse desde el
inicio con las corrientes filosóficas de la época. El mismo libro
narra la discusión que san Pablo tuvo en Atenas con «algunos
filósofos epicúreos y estoicos» (17, 18). El análisis exegético del
discurso en el Areópago ha puesto de relieve repetidas alusiones a
convicciones populares sobre todo de origen estoico. Ciertamente
esto no era casual. Los primeros cristianos para hacerse comprender
por los paganos no podían referirse sólo a «Moisés y los profetas»;
debían también apoyarse en el conocimiento natural de Dios y en la
voz de la conciencia moral de cada hombre (cf. Rm 1, 19-21; 2,
14-15; Hch 14, 16-17). Sin embargo, como este conocimiento natural
había degenerado en idolatría en la religión pagana (cf. Rm 1,
21-32), el Apóstol considera más oportuno relacionar su
argumentación con el pensamiento de los filósofos, que desde siempre
habían opuesto a los mitos y a los cultos mistéricos conceptos más
respetuosos de la trascendencia divina.
En
efecto, uno de los mayores esfuerzos realizados por los filósofos
del pensamiento clásico fue purificar de formas mitológicas la
concepción que los hombres tenían de Dios. Como sabemos, también la
religión griega, al igual que gran parte de las religiones cósmicas,
era politeísta, llegando incluso a divinizar objetos y fenómenos de
la naturaleza. Los intentos del hombre por comprender el origen de
los dioses y, en ellos, del universo encontraron su primera
expresión en la poesía. Las teogonías permanecen hasta hoy como el
primer testimonio de esta búsqueda del hombre. Fue tarea de los
padres de la filosofía mostrar el vínculo entre la razón y la
religión. Dirigiendo la mirada hacia los principios universales, no
se contentaron con los mitos antiguos, sino que quisieron dar
fundamento racional a su creencia en la divinidad. Se inició así un
camino que, abandonando las tradiciones antiguas particulares, se
abría a un proceso más conforme a las exigencias de la razón
universal. El objetivo que dicho proceso buscaba era la conciencia
crítica de aquello en lo que se creía. El concepto de la divinidad
fue el primero que se benefició de este camino. Las supersticiones
fueron reconocidas como tales y la religión se purificó, al menos en
parte, mediante el análisis racional. Sobre esta base los Padres de
la Iglesia comenzaron un diálogo fecundo con los filósofos antiguos,
abriendo el camino al anuncio y a la comprensión del Dios de
Jesucristo.
37. Al referirme a este movimiento de acercamiento
de los cristianos a la filosofía, es obligado recordar también la
actitud de cautela que suscitaban en ellos otros elementos del mundo
cultural pagano, como por ejemplo la gnosis. La filosofía, en cuanto
sabiduría práctica y escuela de vida, podía ser confundida
fácilmente con un conocimiento de tipo superior, esotérico,
reservado a unos pocos perfectos. En este tipo de especulaciones
esotéricas piensa sin duda san Pablo cuando pone en guardia a los
Colosenses: «Mirad que nadie os esclavice mediante la vana falacia
de una filosofía, fundada en tradiciones humanas, según los
elementos del mundo y no según Cristo» (2, 8). Qué actuales son las
palabras del Apóstol si las referimos a las diversas formas de
esoterismo que se difunden hoy incluso entre algunos creyentes,
carentes del debido sentido crítico. Siguiendo las huellas de san
Pablo, otros escritores de los primeros siglos, en particular san
Ireneo y Tertuliano, manifiestan a su vez ciertas reservas frente a
una visión cultural que pretendía subordinar la verdad de la
Revelación a las interpretaciones de los filósofos.
38. El encuentro del cristianismo con la filosofía
no fue pues inmediato ni fácil. La práctica de la filosofía y la
asistencia a sus escuelas eran para los primeros cristianos más un
inconveniente que una ayuda. Para ellos, la primera y más urgente
tarea era el anuncio de Cristo resucitado mediante un encuentro
personal capaz de llevar al interlocutor a la conversión del corazón
y a la petición del Bautismo. Sin embargo, esto no quiere decir que
ignorasen el deber de profundizar la comprensión de la fe y sus
motivaciones. Todo lo contrario. Resulta injusta e infundada la
crítica de Celso, que acusa a los cristianos de ser gente «iletrada
y ruda».31 La explicación de su desinterés inicial hay
que buscarla en otra parte. En realidad, el encuentro con el
Evangelio ofrecía una respuesta tan satisfactoria a la cuestión,
hasta entonces no resulta, sobre el sentido de la vida, que el
seguimiento de los filósofos les parecía como algo lejano y, en
ciertos aspectos, superado.
Esto resulta hoy aún más claro si se piensa en la aportación del
cristianismo que afirma el derecho universal de acceso a la verdad.
Abatidas las barreras raciales, sociales y sexuales, el cristianismo
había anunciado desde sus inicios la igualdad de todos los hombres
ante Dios. La primera consecuencia de esta concepción se aplicaba al
tema de la verdad. Quedaba completamente superado el carácter
elitista que su búsqueda tenía entre los antiguos, ya que siendo el
acceso a la verdad un bien que permite llegar a Dios, todos deben
poder recorrer este camino. Las vías para alcanzar la verdad siguen
siendo muchas; sin embargo, como la verdad cristiana tiene un valor
salvífico, cualquiera de estas vías puede seguirse con tal de que
conduzca a la meta final, es decir, a la revelación de Jesucristo.
Un
pionero del encuentro positivo con el pensamiento filosófico, aunque
bajo el signo de un cauto discernimiento, fue san Justino, quien,
conservando después de la conversión una gran estima por la
filosofía griega, afirmaba con fuerza y claridad que en el
cristianismo había encontrado «la única filosofía segura y
provechosa».32 De modo parecido, Clemente de Alejandría
llamaba al Evangelio «la verdadera filosofía»,33 e
interpretaba la filosofía en analogía con la ley mosaica como una
instrucción propedéutica a la fe cristiana 34 y una
preparación para el Evangelio.35 Puesto que «esta es la
sabiduría que desea la filosofía; la rectitud del alma, la de la
razón y la pureza de la vida. La filosofía está en una actitud de
amor ardoroso a la sabiduría y no perdona esfuerzo por obtenerla.
Entre nosotros se llaman filósofos los que aman la sabiduría del
Creador y Maestro universal, es decir, el conocimiento del Hijo de
Dios».36 La filosofía griega, para este autor, no tiene
como primer objetivo completar o reforzar la verdad cristiana; su
cometido es, más bien, la defensa de la fe: «La enseñanza del
Salvador es perfecta y nada le falta, por que es fuerza y sabiduría
de Dios; en cambio, la filosofía griega con su tributo no hace más
sólida la verdad; pero haciendo impotente el ataque de la sofística
e impidiendo las emboscadas fraudulentas de la verdad, se dice que
es con propiedad empalizada y muro de la viña».37
39. En la historia de este proceso es posible
verificar la recepción crítica del pensamiento filosófico por parte
de los pensadores cristianos. Entre los primeros ejemplos que se
pueden encontrar, es ciertamente significativa la figura de
Orígenes. Contra los ataques lanzados por el filósofo Celso,
Orígenes asume la filosofía platónica para argumentar y responderle.
Refiriéndose a no pocos elementos del pensamiento platónico,
comienza a elaborar una primera forma de teología cristiana. En
efecto, tanto el nombre mismo como la idea de teología en cuanto
reflexión racional sobre Dios estaban ligados todavía hasta ese
momento a su origen griego. En la filosofía aristotélica, por
ejemplo, con este nombre se referían a la parte más noble y al
verdadero culmen de la reflexión filosófica. Sin embargo, a la luz
de la Revelación cristiana lo que anteriormente designaba una
doctrina genérica sobre la divinidad adquirió un significado del
todo nuevo, en cuanto definía la reflexión que el creyente realizaba
para expresar la verdadera doctrina sobre Dios. Este nuevo
pensamiento cristiano que se estaba desarrollando hacía uso de la
filosofía, pero al mismo tiempo tendía a distinguirse claramente de
ella. La historia muestra cómo hasta el mismo pensamiento platónico
asumido en la teología sufrió profundas transformaciones, en
particular por lo que se refiere a conceptos como la inmortalidad
del alma, la divinización del hombre y el origen del mal.
40. En esta obra de cristianización del pensamiento
platónico y neoplatónico, merecen una mención particular los Padres
Capadocios, Dionisio el Areopagita y, sobre todo, san Agustín. El
gran Doctor occidental había tenido contactos con diversas escuelas
filosóficas, pero todas le habían decepcionado. Cuando se encontró
con la verdad de la fe cristiana, tuvo la fuerza de realizar aquella
conversión radical a la que los filósofos frecuentados anteriormente
no habían conseguido encaminarlo. El motivo lo cuenta él mismo: «Sin
embargo, desde esta época empecé ya a dar preferencia a la doctrina
católica, porque me parecía que aquí se mandaba con más modestia, y
de ningún modo falazmente, creer lo que no se demostraba Cfuese
porque, aunque existiesen las pruebas, no había sujeto capaz de
ellas, fuese porque no existiesenC, que no allí, en donde se
despreciaba la fe y se prometía con temeraria arrogancia la ciencia
y luego se obligaba a creer una infinidad de fábulas absurdísimas
que no podían demostrar».38 A los mismos platónicos, a
quienes mencionaba de modo privilegiado, Agustín reprochaba que, aun
habiendo conocido la meta hacia la que tender, habían ignorado sin
embargo el camino que conduce a ella: el Verbo encarnado.39
El Obispo de Hipona consiguió hacer la primera gran síntesis del
pensamiento filosófico y teológico en la que confluían las
corrientes del pensamiento griego y latino. En él además la gran
unidad del saber, que encontraba su fundamento en el pensamiento
bíblico, fue confirmada y sostenida por la profundidad del
pensamiento especulativo. La síntesis llevada a cabo por san Agustín
sería durante siglos la forma más elevada de especulación filosófica
y teológica que el Occidente haya conocido. Gracias a su historia
personal y ayudado por una admirable santidad de vida, fue capaz de
introducir en sus obras multitud de datos que, haciendo referencia a
la experiencia, anunciaban futuros desarrollos de algunas corrientes
filosóficas.
41. Varias han sido pues las formas con que los
Padres de Oriente y de Occidente han entrado en contacto con las
escuelas filosóficas. Esto no significa que hayan identificado el
contenido de su mensaje con los sistemas a que hacían referencia. La
pregunta de Tertuliano: «¿Qué tienen en común Atenas y Jerusalén?
¿La Academia y la Iglesia?»,40 es claro indicio de la
conciencia crítica con que los pensadores cristianos, desde el
principio, afrontaron el problema de la relación entre la fe y la
filosofía, considerándolo globalmente en sus aspectos positivos y en
sus límites. No eran pensadores ingenuos. Precisamente porque vivían
con intensidad el contenido de la fe, sabían llegar a las formas más
profundas de la especulación. Por consiguiente, es injusto y
reductivo limitar su obra a la sola transposición de las verdades de
la fe en categorías filosóficas. Hicieron mucho más. En efecto,
fueron capaces de sacar a la luz plenamente lo que todavía
permanecía implícito y propedéutico en el pensamiento de los grandes
filósofos antiguos.41 Estos, como ya he dicho, habían
mostrado cómo la razón, liberada de las ataduras externas, podía
salir del callejón ciego de los mitos, para abrirse de forma más
adecuada a la trascendencia. Así pues, una razón purificada y recta
era capaz de llegar a los niveles más altos de la reflexión, dando
un fundamento sólido a la percepción del ser, de lo trascendente y
de lo absoluto.
Justamente aquí está la novedad alcanzada por los Padres. Ellos
acogieron plenamente la razón abierta a lo absoluto y en ella
incorporaron la riqueza de la Revelación. El encuentro no fue sólo
entre culturas, donde tal vez una es seducida por el atractivo de
otra, sino que tuvo lugar en lo profundo de los espíritus, siendo un
encuentro entre la criatura y el Creador. Sobrepasando el fin mismo
hacia el que inconscientemente tendía por su naturaleza, la razón
pudo alcanzar el bien sumo y la verdad suprema en la persona del
Verbo encarnado. Ante las filosofías, los Padres no tuvieron miedo,
sin embargo, de reconocer tanto los elementos comunes como las
diferencias que presentaban con la Revelación. Ser conscientes de
las convergencias no ofuscaba en ellos el reconocimiento de las
diferencias.
42. En la teología escolástica el papel de la razón
educada filosóficamente llega a ser aún más visible bajo el empuje
de la interpretación anselmiana del intellectus fidei. Para el santo
Arzobispo de Canterbury la prioridad de la fe no es incompatible con
la búsqueda propia de la razón. En efecto, ésta no está llamada a
expresar un juicio sobre los contenidos de la fe, siendo incapaz de
hacerlo por no ser idónea para ello. Su tarea, más bien, es saber
encontrar un sentido y descubrir las razones que permitan a todos
entender los contenidos de la fe. San Anselmo acentúa el hecho de
que el intelecto debe ir en búsqueda de lo que ama: cuanto más ama,
más desea conocer. Quien vive para la verdad tiende hacia una forma
de conocimiento que se inflama cada vez más de amor por lo que
conoce, aun debiendo admitir que no ha hecho todavía todo lo que
desearía: «Ad te videndum factus sum; et nondum feci propter quod
factus sum».42 El deseo de la verdad mueve, pues, a la
razón a ir siempre más allá; queda incluso como abrumada al
constatar que su capacidad es siempre mayor que lo que alcanza. En
este punto, sin embargo, la razón es capaz de descubrir dónde está
el final de su camino: «Yo creo que basta a aquel que somete a un
examen reflexivo un principio incomprensible alcanzar por el
raciocinio su certidumbre inquebrantable, aunque no pueda por el
pensamiento concebir el cómo de su existencia [...]. Ahora bien,
¿qué puede haber de más incomprensible, de más inefable que lo que
está por encima de todas las cosas? Por lo cual, si todo lo que
hemos establecido hasta este momento sobre la esencia suprema está
apoyado con razones necesarias, aunque el espíritu no pueda
comprenderlo, hasta el punto de explicarlo fácilmente con palabras
simples, no por eso, sin embargo, sufre quebranto la sólida base de
esta certidumbre. En efecto, si una reflexión precedente ha
comprendido de modo racional que es incomprensible (rationabiliter
comprehendit incomprehensibile esse)» el modo en que la suprema
sabiduría sabe lo que ha hecho [...], ¿quién puede explicar cómo se
conoce y se llama ella misma, de la cual el hombre no puede saber
nada o casi nada».43
Se
confirma una vez más la armonía fundamental del conocimiento
filosófico y el de la fe: la fe requiere que su objeto sea
comprendido con la ayuda de la razón; la razón, en el culmen de su
búsqueda, admite como necesario lo que la fe le presenta.
Novedad
perenne del pensamiento de santo Tomás de Aquino
43. Un puesto singular en este largo camino
corresponde a santo Tomás, no sólo por el contenido de su doctrina,
sino también por la relación dialogal que supo establecer con el
pensamiento árabe y hebreo de su tiempo. En una época en la que los
pensadores cristianos descubrieron los tesoros de la filosofía
antigua, y más concretamente aristotélica, tuvo el gran mérito de
destacar la armonía que existe entre la razón y la fe. Argumentaba
que la luz de la razón y la luz de la fe proceden ambas de Dios; por
tanto, no pueden contradecirse entre sí.44
Más
radicalmente, Tomás reconoce que la naturaleza, objeto propio de la
filosofía, puede contribuir a la comprensión de la revelación
divina. La fe, por tanto, no teme la razón, sino que la busca y
confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la
perfecciona,45 así la fe supone y perfecciona la razón.
Esta última, iluminada por la fe, es liberada de la fragilidad y de
los límites que derivan de la desobediencia del pecado y encuentra
la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del misterio de
Dios Uno y Trino. Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural
de la fe, el Doctor Angélico no ha olvidado el valor de su carácter
racional; sino que ha sabido profundizar y precisar este sentido. En
efecto, la fe es de algún modo «ejercicio del pensamiento»; la razón
del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a
los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una
opción libre y consciente.46
Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo
Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de
hacer teología. En este contexto, deseo recordar lo que escribió mi
predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, con ocasión del séptimo
centenario de la muerte del Doctor Angélico: «No cabe duda que santo
Tomás poseyó en grado eximio audacia para la búsqueda de la verdad,
libertad de espíritu para afrontar problemas nuevos y la honradez
intelectual propia de quien, no tolerando que el cristianismo se
contamine con la filosofía pagana, sin embargo no rechaza a priori
esta filosofía. Por eso ha pasado a la historia del |