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INDICE
INTRODUCCION
CAPÍTULO I. "MAESTRO,
¿QUÉ HE DE HACER DE BUENO...?" (Mt 19, 16) CRISTO Y LA RESPUESTA A
LA PREGUNTA MORAL
-
"Se le acercó uno..." (Mt 19,
16)
-
"Maestro, ¿qué he de hacer de
bueno para conseguir la vida eterna?" (Mt 19, 16)
-
"Uno solo es el Bueno" (Mt
19, 17)
-
"Si quieres entrar en la
vida, guarda los mandamientos" (Mt 19, 17)
-
"Si quieres ser perfecto" (Mt
19, 21)
-
"Ven, y sígueme" (Mt 19, 21)
-
"Para Dios todo es posible"
(Mt 19, 26)
-
"He aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20)
CAPÍTULO II. "NO OS
CONFORMEIS A LA MENTALIDAD DE ESTE MUNDO" (Rom 12, 2) LA IGLESIA Y
EL DISCERNIMIENTO DE ALGUNAS TENDENCIAS DE LA TEOLOGIA MORAL ACTUAL
I. LA LIBERTAD Y LA
LEY
II. CONCIENCIA Y VERDAD
III. LA ELECCION
FUNDAMENTAL Y LOS COMPORTAMIENTOS CONCRETOS
IV. EL ACTO MORAL
CAPÍTULO III. "PARA NO
DESVIRTUAR LA CRUZ DE CRISTO" (1 Cor 1, 17) EL BIEN MORAL PARA LA
VIDA DE LA IGLESIA Y DEL MUNDO
CONCLUSION
EL
ESPLENDOR DE LA VERDAD brilla en todas las obras del Creador y, de
modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios
(cf. Gén 1, 26), pues la verdad ilumina la inteligencia y modela la
libertad del hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y amar
al Señor. Por esto el salmista exclama: "¡Alza sobre nosotros la luz
de tu rostro, Señor!" (Sal 4, 7).
INTRODUCCION
JESUCRISTO, LUZ
VERDADERA QUE ILUMINA A TODO HOMBRE
1.
Llamados a la salvación mediante la fe en Jesucristo, "luz verdadera
que ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9), los hombres llegan a ser "luz
en el Señor" e "hijos de la luz" (Ef 5, 8), y se santifican
"obedeciendo a la verdad" (1 Pe 1, 22).
Mas esta
obediencia no siempre es fácil. Debido al misterioso pecado del
principio, cometido por instigación de Satanás, que es "mentiroso y
padre de la mentira" (Jn 8, 44), el hombre es tentado continuamente
a apartar su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a los
ídolos (cf. 1 Tes 1, 9), cambiando "la verdad de Dios por la
mentira" (Rom 1, 25); de esta manera su capacidad para conocer la
verdad queda ofuscada y debilitada su voluntad para someterse a
ella. Y así, abandonándose al relativismo y al escepticismo (cf. Jn
18, 38), busca una libertad ilusoria fuera de la verdad misma.
Pero las
tinieblas del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en el
hombre la luz de Dios Creador. Por esto, siempre permanece en lo más
profundo de su corazón la nostalgia de la verdad absoluta y la sed
de alcanzar la plenitud de su conocimiento. Lo prueba de modo
elocuente la incansable búsqueda del hombre en todo campo o sector.
Lo prueba aún más su búsqueda sobre el sentido de la vida. El
desarrollo de la ciencia y la técnica -testimonio espléndido de las
capacidades de la inteligencia y de la tenacidad de los hombres-, no
exime a la humanidad de plantearse los interrogantes religiosos
fundamentales, sino que más bien la estimula a afrontar las luchas
más dolorosas y decisivas, como son las del corazón y de la
conciencia moral.
2.
Ningún hombre puede eludir las preguntas fundamentales: ¿qué debo
hacer?, ¿cómo puedo discernir el bien del mal? La respuesta es
posible sólo gracias al esplendor de la verdad que brilla en lo más
íntimo del espíritu humano, como dice el salmista: "Muchos dicen:
"¿Quién nos hará ver la dicha?" Alza sobre nosotros la luz de tu
rostro, Señor!" (Sal 4, 7).
La luz del
rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de
Jesucristo, "imagen de Dios invisible" (Col 1, 15), "resplandor de
su gloria" (Heb 1, 3 ), "lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 14): El
es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6). Por esto la
respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a
sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún,
como recuerda el Concilio Vaticano II, la respuesta es la persona
misma de Jesucristo: "Realmente, el misterio del hombre sólo se
esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer
hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el
Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio
del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la grandeza de su vocación".
Jesucristo,
"luz de los pueblos", ilumina el rostro de su Iglesia, la cual es
enviada por El para anunciar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc
16, 15). Así la Iglesia, pueblo de Dios en medio de las naciones,
mientras mira atentamente a los nuevos desafíos de la historia y a
los esfuerzos que los hombres realizan en la búsqueda del sentido de
la vida, ofrece a todos la respuesta que brota de la verdad de
Jesucristo y de su Evangelio. En la Iglesia está siempre viva la
conciencia de su "deber permanente de escrutar a fondo los signos de
los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que,
de manera adecuada a cada generación, pueda responder a los
permanentes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida
presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas".
3.
Los Pastores de la Iglesia, en comunión con el Sucesor de Pedro,
están siempre cercanos de los fieles en este esfuerzo, los acompañan
y guían con su magisterio, hallando expresiones siempre nuevas de
amor y misericordia para dirigirse no sólo a los creyentes sino a
todos los hombres de buena voluntad. El Concilio Vaticano II sigue
siendo un testimonio privilegiado de esta actitud de la Iglesia que,
"experta en humanidad", se pone al servicio de cada hombre y de todo
el mundo.
La Iglesia
sabe que la cuestión moral incide profundamente en cada hombre;
implica a todos, incluso a quienes no conocen a Cristo, su Evangelio
y ni siquiera a Dios. Ella sabe que precisamente por la senda de la
vida moral está abierto a todos el camino de la salvación, como lo
ha recordado claramente el Concilio Vaticano II: "Los que sin culpa
suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a
Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la
gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les
dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna". Y
prosigue: "Dios en su Providencia tampoco niega la ayuda necesaria a
los que, sin culpa, todavía no han llegado a conocer claramente a
Dios pero se esfuerzan con su gracia en vivir con honradez. La
Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero que hay en ellos, como una
preparación al Evangelio y como un don de Aquel que ilumina a todos
los hombres para que puedan tener finalmente vida".
OBJETO DE LA PRESENTE
ENCICLICA
4.
Siempre, pero sobre todo en los dos últimos siglos, los Sumos
Pontífices, ya sea personalmente o junto con el Colegio Episcopal,
han desarrollado y propuesto una enseñanza moral sobre los múltiples
y diferentes ámbitos de la vida humana. En nombre y con la autoridad
de Jesucristo, han exhortado, denunciado, explicado; en fidelidad a
su misión, y comprometiéndose en la causa del hombre, han
confirmado, sostenido, consolado; con la garantía de la asistencia
del Espíritu de verdad han contribuido a una mejor comprensión de
las exigencias morales en los ámbitos de la sexualidad humana, de la
familia, de la vida social, económica y política. Su enseñanza,
dentro de la tradición de la Iglesia y de la historia de la
humanidad, representa una continua profundización del conocimiento
moral.
Sin embargo,
hoy se hace necesario reflexionar sobre el conjunto de la enseñanza
moral de la Iglesia, con el fin preciso de recordar algunas verdades
fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto actual
corren el riesgo de ser deformadas o negadas. En efecto, ha venido a
crearse una nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana,
en la que se difunden muchas dudas y objeciones de orden humano y
psicológico, social y cultural, religioso e incluso específicamente
teológico, sobre las enseñanzas morales de la Iglesia. Ya no se
trata de contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo
de determinadas concepciones antropológicas y éticas, se pone en
tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio moral.
En la base se encuentra el influjo, más o menos velado, de
corrientes de pensamiento que terminan por erradicar la libertad
humana de su relación esencial y constitutiva con la verdad. Y así,
se rechaza la doctrina tradicional sobre la ley natural y sobre la
universalidad y permanente validez de sus preceptos; se consideran
simplemente inaceptables algunas enseñanzas morales de la Iglesia;
se opina que el mismo Magisterio no debe intervenir en cuestiones
morales más que para "exhortar a las conciencias" y "proponer los
valores" en los que cada uno basará después autónomamente sus
decisiones y opciones de vida.
Particularmente hay que destacar la discrepancia entre la respuesta
tradicional de la Iglesia y algunas posiciones teológicas
difundidas incluso en Seminarios y Facultades teológicas--sobre
cuestiones de máxima importancia para la Iglesia y la vida de fe de
los cristianos, así como para la misma convivencia humana. En
particular, se plantea la cuestión de si los mandamientos de Dios,
que están grabados en el corazón del hombre y forman parte de la
Alianza, son capaces verdaderamente de iluminar las opciones
cotidianas de cada persona y de la sociedad entera. ¿Es posible
obedecer a Dios y, por tanto, amar a Dios y al prójimo, sin respetar
en todas las circunstancias estos mandamientos? Está también
difundida la opinión que pone en duda el nexo intrínseco e
indivisible entre fe y moral, como si sólo en relación con la fe se
deban decidir la pertenencia a la Iglesia y su unidad interna,
mientras que se podría tolerar en el ámbito moral un pluralismo de
opiniones y de comportamientos, dejados al juicio de la conciencia
subjetiva individual o a la diversidad de condiciones sociales y
culturales.
5.
En un tal contexto -todavía actual- he tomado la decisión de
escribir como ya anuncié en la Carta apostólica Spíritus Dómini,
publicada el 1 de agosto de 1987 con ocasión del segundo centenario
de la muerte de San Alfonso María de Ligorio una Encíclica
destinada a tratar, "más amplia y profundamente, las cuestiones
referentes a los fundamentos mismos de la teología moral",
fundamentos que sufren menoscabo por parte de algunas tendencias
actuales.
Me dirijo a
vosotros, venerables Hermanos en el Episcopado, que compartís
conmigo la responsabilidad de custodiar la "sana doctrina" (2 Tim 4,
3), con la intención de precisar algunos aspectos doctrinales que
son decisivos para afrontar la que sin duda constituye una verdadera
crisis, por ser tan graves las dificultades derivadas de ella para
la vida moral de los fieles y para la comunión en la Iglesia, así
como para una existencia social justa y solidaria.
Si esta
Encíclica esperada desde hace tiempo --se publica precisamente
ahora, se debe también a que ha parecido conveniente que la
precediera el Catecismo de la Iglesia Católica, el cual contiene una
exposición completa y sistemática de la doctrina moral cristiana. El
Catecismo presenta la vida moral de los creyentes en sus fundamentos
y en sus múltiples contenidos como vida de "los hijos de Dios". En
él se afirma que "los cristianos, reconociendo en la fe su nueva
dignidad, son llamados a llevar en adelante una "vida digna del
Evangelio de Cristo" (Flp 1, 27). Por los sacramentos y la oración
reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu que les
capacitan para ello". Por tanto, al citar el Catecismo como "texto
de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina
católica", la Encíclica se limitará a afrontar algunas cuestiones
fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia, bajo la forma de
un necesario discernimiento sobre problemas controvertidos entre los
estudiosos de la ética y de la teología moral. Este es el objeto
específico de la presente Encíclica, la cual trata de exponer, sobre
los problemas discutidos, las razones de una enseñanza moral basada
en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia,
poniendo de relieve, al mismo tiempo, los presupuestos y
consecuencias de las contestaciones de que ha sido objeto tal
enseñanza.
CAPÍTULO I. "MAESTRO,
¿QUÉ HE DE HACER DE BUENO...?" (Mt 19, 16) CRISTO Y LA RESPUESTA A
LA PREGUNTA MORAL
"Se le acercó uno..." (Mt 19,
16)
6.
El diálogo de Jesús con el joven rico, relatado por san Mateo en el
capítulo 19 de su Evangelio, puede constituir un elemento útil para
volver a escuchar de modo vivo y penetrante su enseñanza moral: "Se
le acercó uno y le dijo: "Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para
conseguir la vida eterna?". El le dijo: "¿Por qué me preguntas
acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en
la vida, guarda los mandamientos". "¿Cuáles?" le dice él. Y Jesús
dijo: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás
falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu
prójimo como a ti mismo". Dícele el joven: "Todo eso lo he guardado;
¿qué más me falta?". Jesús le dijo: "Si quieres ser perfecto, anda,
vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en
los cielos; luego ven, y sígueme"(Mt 19, 16-21).
7.
"Se le acercó uno...". En el joven, que el Evangelio de Mateo no
nombra, podemos reconocer a todo hombre que, conscientemente o no,
se acerca a Cristo, Redentor del hombre, y le formula la pregunta
moral. Para el joven, más que una pregunta sobre las reglas que hay
que observar, es una pregunta de pleno significado para la vida. En
efecto, ésta es la aspiración central de toda decisión y de toda
acción humana, la búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la
libertad. Esta pregunta es, en última instancia, un llamamiento al
Bien absoluto que nos atrae y nos llama hacia sí; es el eco de la
llamada de Dios, origen y fin de la vida del hombre. Precisamente
con esta perspectiva, el Concilio Vaticano II ha invitado a
perfeccionar la teología moral, de manera que su exposición ponga de
relieve la altísima vocación que los fieles han recibido en Cristo,
única respuesta que satisface plenamente el anhelo del corazón
humano.
Para que los
hombres puedan realizar este "encuentro" con Cristo, Dios ha querido
su Iglesia. En efecto, ella "desea servir solamente para este fin:
que todo hombre pueda encontrar a Cristo, de modo que Cristo pueda
recorrer con cada uno el camino de la vida".
"Maestro, ¿qué he de
hacer de bueno para conseguir la vida eterna?" (Mt 19, 16)
8.
Desde la profundidad del corazón surge la pregunta que el joven rico
dirige a Jesús de Nazaret: una pregunta esencial e ineludible para
la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que
practicar y a la vida eterna. El interlocutor de Jesús intuye que
hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del
propio destino. El es un israelita piadoso que ha crecido, diríamos,
a la sombra de la Ley del Señor. Si plantea esta pregunta a Jesús,
podemos imaginar que no lo hace porque ignora la respuesta contenida
en la Ley. Es más probable que la fascinación por la persona de
Jesús haya hecho que surgieran en él nuevos interrogantes en torno
al bien moral. Siente la necesidad de confrontarse con aquel que
había iniciado su predicación con este nuevo y decisivo anuncio: "El
tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y
creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15).
Es necesario
que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de
El la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo. El es el
Maestro, el Resucitado que tiene en si mismo la vida y que está
siempre presente en su Iglesia y en el mundo. Es El quien desvela a
los fieles el libro de las Escrituras y, revelando plenamente la
voluntad del Padre, enseña la verdad sobre el obrar moral. Fuente y
culmen de la economía de la salvación, Alfa y Omega de la historia
humana (cf. Ap 1, 8; 21, 6; 22, 13), Cristo revela la condición del
hombre y su vocación integral. Por esto, "el hombre que quiere
comprenderse hasta el fondo a sí mismo --y no sólo según pautas y
medidas de su propio ser, que son inmediatas, parciales, a veces
superficiales e incluso aparentes--, debe, con su inquietud,
incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su
vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así,
entrar en El con todo su ser, debe "apropiarse" y asimilar toda la
realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí
mismo. Si se realiza en él este hondo proceso, entonces da frutos no
sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de si
mismo".
Si queremos,
pues, penetrar en el núcleo de la moral evangélica y comprender su
contenido profundo e inmutable, debemos escrutar cuidadosamente el
sentido de la pregunta hecha por el joven rico del Evangelio y, más
aún, el sentido de la respuesta de Jesús, dejándonos guiar por El.
En efecto, Jesús, con delicada solicitud pedagógica, responde
llevando al joven como de la mano, paso a paso, hacia la verdad
plena.
"Uno solo es el Bueno"
(Mt 19, 17)
9.
Jesús dice: "¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es
el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos"
(Mt 19, 17). En las versiones de los evangelistas Marcos y Lucas la
pregunta viene formulada así:
-"¿Por qué
me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios" (Mc 10, 18; cf. Lc
18, 19).
Antes de
responder a la pregunta, Jesús quiere que el joven se aclare a si
mismo el motivo por el que lo interpela. El "Maestro bueno" indica a
su interlocutor --y a todos nosotros-- que la respuesta a la
pregunta, "¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida
eterna?", sólo puede encontrarse dirigiendo la mente y el corazón a
Aquel que "solo es el Bueno": "Nadie es bueno sino sólo Dios" (Mc
10, 18; cf. Lc 18, 19). Sólo Dios puede responder a la pregunta
sobre el bien, porque El es el Bien.
En efecto,
interrogarse sobre el bien significa en último término dirigirse a
Dios, que es plenitud de la bondad. Jesús muestra que la pregunta
del joven es en realidad una pregunta religiosa y que la bondad, que
atrae y al mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios,
más aún, es Dios mismo: Aquél que sólo es digno de ser amado "con
todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente" (cf. Mt 22,
37), Aquel que es la fuente de la felicidad del hombre. Jesús
relaciona la cuestión de la acción moralmente buena con sus raíces
religiosas, con el reconocimiento de Dios, única bondad, plenitud de
la vida, término último del obrar humano, felicidad perfecta.
10.
La Iglesia, iluminada por las palabras del Maestro, cree que el
hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo
y santificado por la presencia del Espíritu Santo, tiene como fin
último de su vida ser "alabanza de la gloria" de Dios (cf. Ef 1,
12), haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor.
"Conócete a ti misma, alma hermosa: tú eres la imagen de Dios
escribe san Ambrosio--. Conócete a ti mismo, hombre: tú eres la
gloria de Dios (1 Cor 11, 7). Escucha de qué modo eres su gloria.
Dice el profeta: Tu ciencia es misteriosa para mi (Sal 138, 6), es
decir: tu majestad es más admirable en mi obra, tu sabiduría es
exaltada en la mente del hombre. Mientras me considero a mí mismo, a
quien tú escrutas en los secretos pensamientos y en los sentimientos
íntimos, reconozco los misterios de tu ciencia. Por tanto, conócete
a ti mismo, hombre, lo grande que eres y vigila sobre ti...".
Aquello que
es el hombre y lo que debe hacer se manifiesta en el momento en el
cual Dios se revela a si mismo. En efecto, el Decálogo se fundamenta
sobre estas palabras: "Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado
del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti
otros dioses delante de mí" (Ex 20, 2-3). En las "diez palabras" de
la Alianza con Israel, y en toda la Ley, Dios se hace conocer y
reconocer como Aquél que "solo es bueno"; como Aquél que, a pesar
del pecado del hombre, continúa siendo el "modelo" del obrar moral,
según su misma llamada: "Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro
Dios, soy santo" (Lev 19, 2); como Aquél que, fiel a su amor por el
hombre, le da su Ley (cf. Ex 19, 9-24; 20, 18-21) para restablecer
la armonía originaria con el Creador y todo lo creado, y aún más,
para introducirlo en su amor: "Caminaré en medio de vosotros, y seré
vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo" (Lev 26, 12).
La vida
moral se presenta como la respuesta debida a las iniciativas
gratuitas que el amor de Dios multiplica en favor del hombre. Es una
respuesta de amor, según el enunciado del mandamiento fundamental
que hace el Deuteronomio: "Escucha, Israel: el Señor es nuestro
Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón
estos preceptos que yo te dicto hoy. Se los repetirás a tus hijos"
(Dt 6, 4-7). Así, la vida moral, inmersa en la gratuidad del amor de
Dios, está llamada a reflejar su gloria: "Para quien ama a Dios es
suficiente agradar a Aquel que él ama, ya que no debe buscarse
ninguna otra recompensa mayor al mismo amor; en efecto, la caridad
proviene de Dios de tal manera que Dios mismo es caridad".
11.
La afirmación de que "uno solo es el Bueno" nos remite así a la
"primera tabla" de los mandamientos, que exige reconocer a Dios como
Señor único y absoluto, y a darle culto solamente a El porque es
infinitamente santo (cf. Ex 20, 2-11). El bien es pertenecer a Dios,
obedecerle, caminar humildemente con El practicando la justicia y
amando la piedad (cf. Miq 6, 8). Reconocer al Señor como Dios es el
núcleo fundamental, el corazón de la Ley, del que derivan y al que
se ordenan los preceptos particulares. Mediante la moral de los
mandamientos se manifiesta la pertenencia del pueblo de Israel al
Señor, porque Dios solo es Aquél que es bueno. Este es el testimonio
de la Sagrada Escritura, cuyas páginas están penetradas por la viva
percepción de la absoluta santidad de Dios: "Santo, santo, santo,
Señor de los ejércitos" (Is 6, 3).
Pero si Dios
es el Bien, ningún esfuerzo humano, ni siquiera la observancia más
rigurosa de los mandamientos, logra "cumplir" la Ley, es decir,
reconocer al Señor como Dios y tributarle la adoración que a El solo
es debida (cf. Mt 4, 10). El "cumplimiento" puede lograrse sólo como
un don de Dios: es el ofrecimiento de una participación en la Bondad
divina que se revela y se comunica en Jesús, aquél que el joven rico
llama con las palabras "Maestro bueno" (Mc 10, 17; Lc 18, 18). Lo
que quizás en ese momento el joven logra solamente intuir será
plenamente revelado al final por Jesús mismo con la invitación "ven,
y sígueme" (Mt 19,21).
"Si quieres entrar en
la vida, guarda los mandamientos" (Mt 19, 17)
12.
Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien porque El es
el Bien. Pero Dios ya respondió a esta pregunta: lo hizo creando al
hombre y ordenándolo a su fin con sabiduría y amor, mediante la ley
inscrita en su corazón (cf. Rom 2, 15), la "ley natural". Esta "no
es más que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios.
Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe
evitar. Dios dio esta luz y esta ley en la creación". Después lo
hizo en la historia de Israel, particularmente con las "diez
palabras", o sea, con los mandamientos del Sinaí, mediante los
cuales El fundó el pueblo de la Alianza (cf. Ex 24) y lo llamó a ser
su "propiedad personal entre todos los pueblos", "una nación santa"
(Ex 19, 5-6), que hiciera resplandecer su santidad entre todas las
naciones (cf. Sab 18, 4; Ez 20, 41). La entrega del Decálogo es
promesa y signo de la Alianza Nueva, cuando la ley será escrita
nuevamente y de modo definitivo en el corazón del hombre (cf. Jer
31, 31-34), para sustituir la ley del pecado, que había desfigurado
aquel corazón (cf. Jer 17, 1). Entonces será dado "un corazón nuevo"
porque en él habitará "un espíritu nuevo", el Espíritu de Dios (cf.
Ez 36, 24-28).
Por esto, y
tras precisar que "uno solo es el Bueno", Jesús responde al joven:
"Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mt 19, 17).
De este modo, se enuncia una estrecha relación entre la vida eterna
y la obediencia a los mandamientos de Dios: los mandamientos indican
al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen. Por boca
del mismo Jesús, nuevo Moisés, los mandamientos del Decálogo son
nuevamente dados a los hombres; El mismo los confirma
definitivamente y nos los propone como camino y condición de
salvación. El mandamiento se vincula con una promesa: en la Antigua
Alianza el objeto de la promesa era la posesión de la tierra en la
que el pueblo gozaría de una existencia libre y según justicia (cf.
Dt 6, 20-25); en la Nueva Alianza el objeto de la promesa es el
"reino de los cielos", tal como lo afirma Jesús al comienzo del
"Sermón de la Montaña" Discurso que contiene la formulación más
amplia y completa de la Ley Nueva (cf. Mt 5-7)--, en clara conexión
con el Decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. A
esta misma realidad del Reino se refiere la expresión "vida eterna",
que es participación en la vida misma de Dios; aquélla se realiza en
toda su perfección sólo después de la muerte, pero, desde la fe, se
convierte ya desde ahora en luz de la verdad, fuente de sentido para
la vida, incipiente participación de una plenitud en el seguimiento
de Cristo. En efecto, Jesús dice a sus discípulos después del
encuentro con el joven rico: "Todo aquel que haya dejado casas,
hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre,
recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna" (Mt 19, 29).
13.
La respuesta de Jesús no le basta todavía al joven, que insiste
preguntando al Maestro sobre los mandamientos que hay que observar:
"¿Cuáles?", le dice él" (Mt 19, 18). Le interpela sobre qué debe
hacer en la vida para dar testimonio de la santidad de Dios. Tras
haber dirigido la atención del joven hacia Dios, Jesús le recuerda
los mandamientos del Decálogo que se refieren al prójimo: "No
matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso
testimonio, honra a tu padre y a tu madre y amarás a tu prójimo como
a ti mismo". (Mt 19, 18-19).
Por el
contexto del coloquio y, especialmente, al comparar el texto de
Mateo con las perícopas paralelas de Marcos y de Lucas, aparece que
Jesús no pretende detallar todos y cada uno de los mandamientos
necesarios para "entrar en la vida" sino, más bien, indicar al joven
la "centralidad" del Decálogo respecto a cualquier otro precepto,
como interpretación de lo que para el hombre significa "Yo soy el
Señor tu Dios". Sin embargo, no nos pueden pasar desapercibidos los
mandamientos de la Ley que el Señor recuerda al joven: son
determinados preceptos que pertenecen a la llamada "segunda tabla"
del Decálogo, cuyo compendio (cf. Rom 13, 8-10) y fundamento es el
mandamiento del amor al prójimo: "Ama a tu prójimo como a ti mismo"
(Mt 19, 19; cf. Mc 12, 31). En este precepto se expresa precisamente
la singular dignidad de la persona humana, la cual es la "única
criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma". En
efecto, los diversos mandamientos del Decálogo no son más que la
refracción del único mandamiento que se refiere al bien de la
persona, como compendio de los múltiples bienes que connotan su
identidad de ser espiritual y corpóreo, en relación con Dios, con el
prójimo y con el mundo material. Como leemos en el Catecismo de la
Iglesia Católica, "los diez mandamientos pertenecen a la revelación
de Dios. Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera humanidad del
hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto,
indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la
naturaleza de la persona humana".
Los
mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor, están
destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a
través de la tutela de sus bienes particulares. El "no matarás, no
cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio",
son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los
preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia
indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas
en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena
fama.
Los
mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al
prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la
primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio.
"La primera libertad --dice san Agustín-- consiste en estar exentos
de crímenes... como serían el homicidio, el adulterio, la
fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos.
Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún
cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad,
pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad
perfecta...".
14.
Todo ello no significa que Cristo pretenda dar la precedencia al
amor al prójimo o, más aún, separarlo del amor a Dios. Esto lo
confirma su diálogo con el doctor de la Ley, el cual hace una
pregunta muy parecida a la del joven. Jesús le remite a los dos
mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo (cf. Lc 10,
25-27) y le invita a recordar que sólo su observancia lleva a la
vida eterna: "Haz eso y vivirás" (Lc 10, 28). Es pues significativo
que sea precisamente el segundo de estos mandamientos el que suscite
la curiosidad y la pregunta del doctor de la ley: "¿Quién es mi
prójimo?" (Lc 10, 29). El Maestro responde con la parábola del buen
samaritano, la parábola-clave para la plena comprensión del
mandamiento del amor al prójimo (cf. Lc 10, 30-37).
Los dos
mandamientos, de los cuales "penden toda la Ley y los Profetas" (Mt
22, 40), están profundamente unidos entre sí y se compenetran
recíprocamente. De su unidad inseparable da testimonio Jesús con sus
palabras y su vida: su misión culmina en la Cruz que redime (cf. Jn
3, 14-15), signo de su amor indivisible al Padre y a la humanidad
(cf. Jn 13, 1 ) .
Tanto el
Antiguo como el Nuevo Testamento son explícitos en afirmar que sin
el amor al prójimo, que se concreta en la observancia de los
mandamientos, no es posible el auténtico amor a Dios. San Juan lo
afirma con extraordinario vigor: "Si alguno dice: "Amo a Dios", y
aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,
20). El evangelista se hace eco de la predicación moral de Cristo,
expresada de modo admirable e inequívoco en la parábola del buen
samaritano (cf. Lc 10, 30-37) y en el "discurso" sobre el juicio
final (cf. Mt 25, 3 1-46).
15.
En el "Sermón de la Montaña", que constituye la carta magna de la
moral evangélica, Jesús dice: "No penséis que he venido a abolir la
Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento"
(Mt 5, 17). Cristo es la clave de las Escrituras: "Vosotros
investigáis las Escrituras, ellas son las que dan testimonio de mí"
(cf. Jn 5, 39); él es el centro de la economía de la salvación, la
recapitulación del Antiguo y del Nuevo Testamento, de las promesas
de la Ley y de su cumplimiento en el Evangelio; él es el vínculo
viviente y eterno entre la Antigua y la Nueva Alianza. Por su parte,
san Ambrosio, comentando el texto de Pablo en que dice: "el fin de
la ley es Cristo" (Rom 10, 4), afirma que es "fin no en cuanto
defecto, sino en cuanto plenitud de la ley; la cual se cumple en
Cristo (plenitudo legis in Christo est), desde el momento que El no
vino a abolir la ley, sino a darle cumplimiento. Al igual que aunque
existe un Antiguo Testamento toda verdad está contenida en el Nuevo,
así ocurre con la ley: la que fue dada por medio de Moisés es figura
de la verdadera ley. Por tanto, la mosaica es imagen de la verdad".
Jesús lleva
a cumplimiento los mandamientos de Dios -en particular, el
mandamiento del amor al prójimo-, interiorizando y radicalizando sus
exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que ama y que,
precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las mayores
exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser
entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino
como una senda abierta para un camino moral y espiritual de
perfección, cuyo impulso interior es el amor (cf. Col 3, 14). Así,
el mandamiento "No matarás", se transforma en la llamada a un amor
solícito que tutela e impulsa la vida del prójimo; el precepto que
prohíbe el adulterio, se convierte en la invitación a una mirada
pura, capaz de respetar el significado esponsal del cuerpo: "Habéis
oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate
será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se
encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal... Habéis
oído que se dijo: No cometerás adulterio, Pues yo os digo: Todo el
que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su
corazón" (Mt 5, 21-22. 27-28). Jesús mismo es el "cumplimiento" vivo
de la Ley ya que El realiza su auténtico significado con el don
total de sí mismo; El mismo se hace Ley viviente y personal, que
invita a su seguimiento, da, mediante el Espíritu, la gracia de
compartir su misma vida y su amor, e infunde la fuerza para dar
testimonio del amor en las decisiones y en las obras (cf. Jn 13,
34-35).
"Si quieres ser perfecto" (Mt
19, 21)
16.
La respuesta sobre los mandamientos no satisface al joven, que de
nuevo pregunta a Jesús: "Todo eso lo he guardado; ¿qué más me
falta?" (Mt 19, 20). No es fácil decir con la conciencia tranquila
"todo eso lo he guardado", si se comprende todo el alcance de las
exigencias contenidas en la Ley de Dios. Sin embargo, aunque el
joven rico sea capaz de dar una respuesta tal; aunque de verdad haya
puesto en práctica el ideal moral con seriedad y generosidad desde
la infancia, él sabe que aún está lejos de la meta; en efecto, ante
la persona de Jesús se da cuenta de que todavía le falta algo.
Jesús, en su última respuesta, se refiere a esa conciencia de que
aún falta algo: comprendiendo la nostalgia de una plenitud que
supere la interpretación legalista de los mandamientos, el Maestro
bueno invita al joven a emprender el camino de la perfección: "Si
quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los
pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme" (Mt
19, 21).
Al igual que
el fragmento anterior, también éste debe ser leído e interpretado en
el contexto de todo el mensaje moral del Evangelio y, especialmente,
en el contexto del Sermón de la Montaña, de las bienaventuranzas
(cf. Mt 5, 3-12), la primera de las cuales es precisamente la de los
pobres, los "pobres de espíritu", como precisa san Mateo (Mt 5, 3),
esto es, los humildes. En este sentido, se puede decir que también
las bienaventuranzas pueden ser encuadradas en el amplio espacio que
se abre con la respuesta que da Jesús a la pregunta del joven "¿qué
he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?". En efecto,
cada bienaventuranza, desde su propia perspectiva, promete
precisamente aquel "bien" que abre al hombre a la vida eterna; más
aún, que es la misma vida eterna.
Las
bienaventuranzas no tienen propiamente como objeto unas normas
particulares de comportamiento, sino que se refieren a actitudes y
disposiciones básicas de la existencia y, por consiguiente, no
coinciden exactamente con los mandamientos. Por otra parte, no hay
separación o discrepancia entre las bienaventuranzas y los
mandamientos: ambos se refieren al bien, a la vida eterna. El Sermón
de la Montaña comienza con el anuncio de las bienaventuranzas, pero
hace también referencia a los mandamientos (cf. Mt 5, 20-48).
Además, el Sermón muestra la apertura y orientación de los
mandamientos con la perspectiva de la perfección que es propia de
las bienaventuranzas. Estas son ante todo promesas de las que
también se derivan, de forma indirecta, indicaciones normativas para
la vida moral. En su profundidad original son una especie de
autorretrato de Cristo y, precisamente por esto, son tentaciones a
su seguimiento y a la comunión de vida con El.
17.
No sabemos hasta qué punto el joven del Evangelio comprendió el
contenido profundo y exigente de la primera respuesta dada por
Jesús: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos"; sin
embargo, es cierto que la afirmación manifestada por el joven de
haber respetado todas las exigencias morales de los mandamientos
constituye el terreno indispensable sobre el que puede brotar y
madurar el deseo de la perfección, es decir, la realización de su
significado mediante el seguimiento de Cristo. El coloquio de Jesús
con el joven nos ayuda a comprender las condiciones para el
crecimiento moral del hombre llamado a la perfección: el joven, que
ha observado todos los mandamientos, se muestra incapaz de dar el
paso siguiente sólo con sus fuerzas. Para hacerlo se necesita una
libertad madura ("si quieres") y el don divino de la gracia ("ven, y
sígueme").
La
perfección exige aquella madurez en el darse a sí mismo, a que está
llamada la libertad del hombre. Jesús indica al joven los
mandamientos como la primera condición irrenunciable para conseguir
la vida eterna; el abandono de todo lo que el joven posee y el
seguimiento del Señor asumen, en cambio, el carácter de una
propuesta: "Si quieres...". La palabra de Jesús manifiesta la
dinámica particular del crecimiento de la libertad hacia su madurez
y, al mismo tiempo, atestigua la relación fundamental de la libertad
con la ley divina. La libertad del hombre y la ley de Dios no se
oponen, sino, al contrario, se reclaman mutuamente. El discípulo de
Cristo sabe que la suya es una vocación a la libertad. "Hermanos,
habéis sido llamados a la libertad" (Gál 5, 13), proclama con
alegría y decisión el apóstol Pablo. Pero, a continuación, precisa:
"No toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al
contrario, servíos por amor los unos a los otros" (ibid. ). La
firmeza con la cual el Apóstol se opone a quien confía la propia
justificación a la Ley, no tiene nada que ver con la "liberación"
del hombre con respecto a los preceptos, los cuales, en verdad,
están al servicio del amor: "Pues el que ama al prójimo, ha cumplido
la ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no
codiciarás, y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Rom 13, 8-9). El mismo san
Agustín, después de haber hablado de la observancia de los
mandamientos como de la primera libertad imperfecta, prosigue así:
"¿Por qué, preguntará alguno, no perfecta todavía? Porque "siento en
mis miembros otra ley en conflicto con la ley de mi razón"...
Libertad parcial, parcial esclavitud: la libertad no es aún
completa, aún no es pura ni plena porque todavía no estamos en la
eternidad. Conservamos en parte la debilidad y en parte hemos
alcanzado la libertad. Todos nuestros pecados han sido borrados en
el bautismo, pero ¿acaso ha desaparecido la debilidad después de que
la iniquidad ha sido destruia? Si aquella hubiera desaparecido, se
viviría sin pecado en la tierra. ¿Quién osará afirmar esto sino el
soberbio, el indigno de la misericordia del liberador?... Mas, como
nos ha quedado alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida
en que sirvamos a Dios, somos libres, mientras que en la medida en
que sigamos la ley del pecado somos esclavos".
Quien "vive
según la carne" siente la ley de Dios como un peso, más aún, como
una negación o, de cualquier modo, como una restricción de la propia
libertad. En cambio, quien está movido por el amor y "vive según el
Espíritu" (Gál 5, 16), y desea servir a los demás, encuentra en la
ley de Dios el camino fundamental y necesario para practicar el amor
libremente elegido y vivido. Más aún, siente la urgencia interior
--una verdadera y propia "necesidad", y no ya una constricción-- de
no detenerse ante las exigencias mínimas de la ley sino de vivirlas
en su "plenitud". Es un camino todavía incierto y frágil mientras
estemos en la tierra, pero que la gracia hace posible al darnos la
plena "libertad de los hijos de Dios" (cf. Rom 8, 21) y,
consiguientemente, la capacidad de poder responder en la vida moral
a la sublime vocación de ser "hijos en el Hijo".
18.
Esta vocación al amor perfecto no está reservada de modo exclusivo a
una élite de personas. La invitación, "anda, vende lo que tienes y
dáselo a los pobres", junto con la promesa "tendrás un tesoro en los
cielos", se dirige a todos, porque es una radicalización del
mandamiento del amor al prójimo. De la misma manera, la siguiente
invitación "ven y sígueme" es la nueva forma concreta del
mandamiento del amor a Dios. Los mandamientos y la invitación de
Jesús al joven rico están al servicio de una única e indivisible
caridad, que espontáneamente tiende a la perfección, cuya medida es
Dios mismo: "Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro
Padre celestial" (Mt 5, 48). En el evangelio de Lucas, Jesús precisa
ulteriormente el sentido de esta perfección: "Sed misericordiosos,
como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 36).
"Ven, y sígueme" (Mt
19, 21)
19.
El camino y, a la vez, el contenido de esta perfección consiste en
la sequela Christi, en el seguimiento de Jesús, después de haber
renunciado a los propios bienes y a sí mismos. Precisamente ésta es
la conclusión del coloquio de Jesús con el joven: "luego ven, y
sígueme" (Mt 19, 21). Es una invitación cuya profundidad maravillosa
será entendida plenamente por los discípulos después de la
resurrección de Cristo, cuando el Espíritu Santo los guiará hasta la
verdad completa (cf. Jn 16, 13).
Es Jesús
mismo quien toma la iniciativa y llama a seguirle. La llamada está
dirigida sobre todo a aquellos a quienes confía una misión
particular, empezando por los Doce; pero también es cierto que la
condición de todo creyente es ser discípulo de Cristo (cf. Act 6,
1). Por esto, seguir a Cristo es el fundamento esencial y original
de la moral cristiana: como el pueblo de Israel seguía a Dios, que
lo guiaba por el desierto hacia la tierra prometida (cf. Ex 1 3, 2
1), así el discípulo debe seguir a Jesús, hacia el cual lo atrae el
mismo Padre (cf. Jn 6, 44).
No se trata
aquí solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un
mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona
misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su
obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre. El discípulo de
Jesús, siguiendo, mediante la adhesión por la fe, a aquél que es la
Sabiduría encarnada, se hace verdaderamente discípulo de Dios (cf.
Jn 6, 45). En efecto, Jesús es la luz del mundo, la luz de la vida
(cf. Jn 8, 12); es el pastor que guía y alimenta a las ovejas (cf.
Jn 10, 11-16), es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6), es
aquél que lleva hacia el Padre, de tal manera que verle a él, el
Hijo, es ver al Padre (cf. Jn 14, 6-10). Por tanto imitar al Hijo,
que es "imagen de Dios invisible" (Col 1, 15), significa imitar al
Padre.
20.
Jesús pide que le sigan y le imiten en el camino del amor, de un
amor que se da totalmente a los hermanos por amor de Dios: "Este es
el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he
amado" (Jn 15, 12). Este "como" exige la imitación de Jesús, la
imitación de su amor, cuyo signo es el lavatorio de los pies: "Pues
si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros
también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado
ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con
vosotros" (Jn 13, 14-15) . El modo de actuar de Jesús y sus
palabras, sus acciones y sus preceptos constituyen la regla moral de
la vida cristiana. En efecto, estas acciones suyas y, de modo
particular, el acto supremo de su pasión y muerte en la cruz, son la
revelación viva de su amor al Padre y a los hombres. Este es el amor
que Jesús pide que imiten cuantos le siguen. Es el mandamtento
"nuevo": "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los
otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los
unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos:
si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13, 34-35).
Este "como"
indica también la medida con la que Jesús ha amado y con la que
deben amarse sus discípulos entre sí. Después de haber dicho: "Este
es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os
he amado" (Jn 15, 12), Jesús prosigue con las palabras que indican
el don sacrificial de su vida en la cruz, como testimonio de un amor
"hasta el extremo" (Jn 13, 1): "Nadie tiene mayor amor que el que da
su vida por sus amigos" (Jn 15, 13).
Jesús, al
llamar al joven a seguirle en el camino de la perfección, le pide
que sea perfecto en el mandamiento del amor, en "su" mandamiento:
que se inserte en el movimiento de su donación total, que imite y
reviva el mismo amor del Maestro "bueno", de aquél que ha amado
"hasta el extremo". Esto es lo que Jesús pide a todo hombre que
quiere seguirlo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16, 24).
21.
Seguir a Cristo no es una imitación exterior, porque afecta al
hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús
significa hacerse conforme a El, que se hizo servidor de todos hasta
el don de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2, 5-8). Mediante la fe,
Cristo habita en el corazón del creyente (cf. Ef 3, 17), el
discípulo se asemeja a su Señor y se configura con El; lo cual es
fruto de la gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en
nosotros.
Inserido en
Cristo, el cristiano se convierte en miembro de su Cuerpo, que es la
Iglesia (cf. 1 Cor 12, 13. 27). Bajo el impulso del Espíritu, el
Bautismo configura radicalmente al fiel con Cristo en el misterio
pascual de la muerte y resurrección, lo "reviste" de Cristo (cf. Gál
3, 27): "Felicitémonos y demos gracias --dice san Agustín
dirigiéndose a los bautizados--: hemos llegado a ser no solamente
cristianos sino el propio Cristo ( . . . ) . Admiraos y regocijaos:
¡hemos sido hechos Cristo!". El bautizado, muerto al pecado, recibe
la vida nueva (cf. Rom 6, 3-11): viviendo por Dios en Cristo Jesús,
es llamado a caminar según el Espíritu y a manifestar sus frutos en
la vida (cf. Gál 5, 16-25). La participación sucesiva en la
Eucaristía, sacramento de la Nueva Alianza (cf. 1 Cor 11, 23-29), es
el culmen de la asimilación a Cristo, fuente de "vida eterna" (cf.
Jn 6, 51-58), principio y fuerza del don total de sí mismo, del cual
Jesús según el testimonio dado por Pablo --manda hacer memoria en la
celebración y en la vida: "Cada vez que coméis este pan y bebéis
esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga" (I Cor
11, 26).
"Para Dios todo es posible" (Mt
19, 26)
22.
La conclusión del coloquio de Jesús con el joven rico es amarga: "Al
oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía
muchos bienes" (Mt 19, 22). No sólo el hombre rico, sino también los
mismos discípulos se asustan de la llamada de Jesús al seguimiento,
cuyas exigencias superan las aspiraciones y las fuerzas humanas: "Al
oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: "Entonces,
¿quién se podrá salvar?"" (Mt 19, 25) . Pero el Maestro pone ante
los ojos el poder de Dios: "Para los hombres eso es imposible, mas
para Dios todo es posible" (Mt 19, 26).
En el mismo
capítulo del Evangelio de Mateo (19, 3-10), Jesús, interpretando la
Ley mosaica sobre el matrimonio, rechaza el derecho al repudio,
apelando a un "principio" más originario y autorizado respecto a la
Ley de Moisés: el designio primordial de Dios sobre el hombre, un
designio al que el hombre se ha incapacitado después del pecado:
"Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os
permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así"
(Mt 19, 8). La apelación al "principio" asusta a los discípulos, que
comentan con estas palabras: "Si tal es la condición del hombre
respecto de su mujer, no trae cuenta casarse" (Mt 19, 10). Y Jesús,
refiriéndose específicamente al carisma del celibato "por el Reino
de los Cielos" (Mt 19, 12), pero enunciando ahora una ley general,
remite a la nueva y sorprendente posibilidad abierta al hombre por
la gracia de Dios: "El les dijo: "No todos entienden este lenguaje,
sino aquéllos a quienes se les ha concedido"" (Mt 19, 11).
Imitar y
revivir el amor de Cristo no es posible para el hombre con sus solas
fuerzas. Se hace capaz de este amor sólo gracias a un don recibido.
Lo mismo que el Señor Jesús recibe el amor de su Padre, así, a su
vez, lo comunica gratuitamente a los discípulos: "Como el Padre me
amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor" (Jn
15, 9). k-l don de Cristo es su Espíritu, cuyo primer "fruto" (cf.
Gál 5, 22) es la caridad: "El amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rom
5, 5). San Agustín se pregunta: "¿Es el amor el que nos hace
observar los mandamientos, o bien es la observancia de los
mandamientos la que hace nacer el amor?". Y responde: "Pero ¿quién
puede dudar de que el amor precede a la observancia? En efecto,
quien no ama está sin motivaciones para guardar los mandamientos".
23.
"La ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la
ley del pecado y de la muerte" (Rm 8, 2). Con estas palabras el
apóstol Pablo nos introduce a considerar en la perspectiva de la
historia de la salvación que se cumple en Cristo la relación entre
la Ley (antigua) y la gracia (Ley nueva). El reconoce la función
pedagógica de la Ley, la cual, al permitirle al hombre pecador
valorar su propia impotencia y quitarle la presunción de la
autosuficiencia, lo abre a la invocación y a la acogida de la "vida
en el Espíritu". Sólo en esta vida nueva es posible practicar los
mandamientos de Dios. En efecto, es por la fe en Cristo como somos
hechos justos (cf. Rom 3, 28): la "justicia" que la Ley exige, pero
que ella no puede dar, la encuentra todo creyente manifestada y
concedida por el Señor Jesús. De este modo san Agustín sintetiza
admirablemente la dialéctica paulina entre ley y gracia: "Por esto,
la Ley ha sido dada para que se implorase la gracia; la gracia ha
sido dada para que se observase la ley".
El amor y la
vida según el Evangelio no pueden proponerse ante todo bajo la
categoría de precepto, porque lo que exigen supera las fuerzas del
hombre. Sólo son posibles como fruto de un don de Dios, que sana,
cura y transforma el corazón del hombre por medio de su gracia:
"Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad
nos han llegado por Jesucristo" (Jn 1, 17). Por esto, la promesa de
la vida eterna está vinculada al don de la gracia, y el don del
Espíritu que hemos recibido es ya "prenda de nuestra herencia" (Ef
1, 14).
24.
De esta manera, se manifiesta el rostro verdadero y original del
mandamiento del amor y de la perfección a la que está ordenado; se
trata de una posibilidad abierta al hombre exclusivamente por la
gracia, por el don de Dios, por su amor. Por otra parte,
precisamente la conciencia de haber recibido el don, de poseer en
Jesucristo el amor de Dios, genera y sostiene la respuesta
responsable de un amor pleno hacia Dios y entre los hermanos, como
recuerda con insistencia el apóstol Juan en su primera Carta:
"Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo
el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha
conocido a Dios, porque Dios es Amor... Queridos, si Dios nos amó de
esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros...
Nosotros amemos, porque él nos amó primero" (1 Jn 4, 7-8. 11. 19).
Esta
relación inseparable entre la gracia del Señor y la libertad del
hombre, entre el don y la tarea, ha sido expresada en términos
sencillos y profundos por san Agustín, que oraba de esta manera: "Da
quod iubes et iube quod vis" (Da lo que mandas y manda lo que
quieras).
El don no
disminuye, sino que refuerza la exigencia moral del amor: "Este es
su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y
que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó" (1 Jn 3, 23). Se
puede "permanecer" en el amor sólo bajo la condición de que se
observen los mandamientos, como afirma Jesús: "Si guardáis mis
mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los
mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor" (Jn 15, 10).
Resumiendo
lo que constituye el núcleo del mensaje moral de Jesús y de la
predicación de los Apóstoles, y volviendo a ofrecer en admirable
síntesis la gran tradición de los Padres de Oriente y de Occidente
en particular san Agustín , santo Tomás afirma que la Ley Nueva es
la gracia del Espíritu Santo dada mediante la fe en Cristo. Los
preceptos externos, de los que también habla el Evangelio, preparan
para esta gracia o desplegan sus efectos en la vida. En efecto, la
Ley Nueva no se contenta con decir lo que se debe hacer, sino que
otorga también la fuerza para "obrar la verdad" (cf. Jn 3, 21). Al
mismo tiempo, san Juan Crisóstomo observa que la Nueva Ley fue
promulgada precisamente cuando el Espíritu Santo bajó del cielo el
día de Pentecostés y que los Apóstoles "no bajaron del monte
llevando, como Moisés, tablas de piedra en sus manos, sino que
volvían llevando al Espíritu Santo en sus corazones..., convertidos,
mediante su gracia, en una ley viva, en un libro animado".
"He aquí que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20)
25.
El coloquio de Jesús con el joven rico continúa, en cierto sentido,
en cada época de la historia; también hoy. La pregunta: "Maestro,
¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?" brota en
el corazón de todo hombre, y es siempre y sólo Cristo quien ofrece
la respuesta plena y definitiva. El Maestro que enseña los
mandamientos de Dios, que invita al seguimiento y da la gracia para
una vida nueva, está siempre presente y operante en medio de
nosotros, según su promesa: "He aquí que yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). La contemporaneidad de
Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el cuerpo vivo
de la Iglesia. Por esto el Señor prometió a sus discípulos el
Espíritu Santo, que les "recordaría" y les haría comprender sus
mandamientos (cf. Jn 14, 26), y, al mismo tiempo, sería el principio
fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3, 5-8; Rom 8, 1-13).
Las
prescripciones morales, impartidas por Dios en la Antigua Alianza y
perfeccionadas en la Nueva y Eterna en la persona misma del Hijo de
Dios hecho hombre, deben ser custodiadas fielmente y actualizadas
permanentemente en las diferentes culturas a lo largo de la
historia. La tarea de su interpretación ha sido confiada por Jesús a
los Apóstoles y a sus sucesores, con la asistencia especial del
Espíritu de la verdad: "Quien a vosotros os escucha, a mí me
escucha" (Lc 10, 16). Con la luz y la fuerza de este Espíritu, los
Apóstoles cumplieron la misión de predicar el Evangelio y señalar el
"camino" del Señor (cf. Act 18, 25), enseñando ante todo el
seguimiento y la imitación de Cristo: "Para mí la vida es Cristo"
(Flp 1, 21).
26.
En la catequesis moral de los Apóstoles, junto a exhortaciones e
indicaciones relacionadas con el contexto histórico y cultural, hay
una enseñanza ética con precisas normas de comportamiento. Es cuanto
emerge en sus Cartas, que contienen la interpretación --bajo la guía
del Espíritu Santo-- de los preceptos del Señor que hay que vivir en
las diversas circunstancias culturales (cf. Rom 12, 15; 1 Cor 11-14;
Gál 5-6; Ef 4-6; Col 3-4; 1 Pe y Sant). Encargados de predicar el
Evangelio, los Apóstoles, en virtud de su responsabilidad pastoral,
vigilaron, desde los orígenes de la Iglesia, sobre la recta conducta
de los cristianos, a la vez que vigilaron sobre la pureza de la fe y
la transmisión de los dones divinos mediante los sacramentos. Los
primeros cristianos, provenientes tanto del pueblo judío como de la
gentilidad, se diferenciaban de los paganos no sólo por su fe y su
liturgia, sino también por el testimonio de su conducta moral,
inspirada en la Ley Nueva. En efecto, la Iglesia es a la vez
comunión de fe y de vida; su norma es "la fe que actúa por la
caridad" (Gál 5, 6).
Ninguna
laceración debe atentar contra la armonía entre la fe y la vida: la
unidad de la Iglesia es herida no sólo por los cristianos que
rechazan o falsean la verdad de la fe, sino también por aquéllos que
desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio
(cf. 1 Cor 5, 9-13). Los Apóstoles rechazaron con decisión toda
disociación entre el compromiso del corazón y las acciones que lo
expresan y demuestran (cf. 1 Jn 2, 3-6). Y desde los tiempos
apostólicos, los Pastores de la Iglesia han denunciado con claridad
los modos de actuar de aquéllos que eran instigadores de divisiones
con sus enseñanzas o sus comportamientos.
27.
Promover y custodiar, en la unidad de la Iglesia, la fe y la vida
moral es la misión confiada por Jesús a los Apóstoles (cf. Mt 28,
19-20), la cual se continúa en el ministerio de sus sucesores. Es
cuanto se encuentra en la Tradición viva, mediante la cual --como
afirma el Concilio Vaticano II-- "la Iglesia con su enseñanza, su
vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y
lo que cree. Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia
con la ayuda del Espíritu Santo". En el Espíritu, la Iglesia acoge y
transmite la Escritura como testimonio de las "maravillas" que Dios
ha hecho en la historia (cf. Lc 1, 49), confiesa la verdad del Verbo
hecho carne con los labios de los Padres y de los Doctores, practica
sus preceptos y la caridad en la vida de los Santos y de las Santas,
y en el sacrificio de los Mártires, celebra su esperanza en la
Liturgia. Mediante la Tradición los cristianos reciben "la voz viva
del Evangelio", como expresión fiel de la sabiduría y de la voluntad
divina.
Dentro de la
Tradición se desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la
interpretación auténtica de la ley del Señor. El mismo Espíritu, que
está en el origen de la Revelación, de los mandamientos y de las
enseñanzas de Jesús, garantiza que sean custodiados santamente,
expuestos fielmente y aplicados correctamente en el correr de los
tiempos y las circunstancias. Esta "actualización" de los
mandamientos es signo y fruto de una penetración más profunda de la
Revelación y de una comprensión de las nuevas situaciones históricas
y culturales bajo la luz de la fe. Sin embargo, aquélla no puede más
que confirmar la validez permanente de la revelación e insertarse en
la estela de la interpretación que de él da la gran Tradición de
enseñanzas y vida de la Iglesia, de lo cual son testigos la doctrina
de los Padres, la vida de los Santos, la liturgia de la Iglesia y la
enseñanza del Magisterio.
Además, como
afirma de modo particular el Concilio, "el oficio de interpretar
auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido
encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo
ejercita en nombre de Jesucristo". De este modo, la Iglesia, con su
vida y su enseñanza, se presenta como "columna y fundamento de la
verdad" (1 Tim 3, 15), también de la verdad sobre el obrar moral. En
efecto, "compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los
principios morales, incluso los referentes al orden social, así como
dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en
que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la
salvación de las almas".
Precisamente
sobre los interrogantes que caracterizan hoy la discusión moral y en
torno a los cuales se han desarrollado nuevas tendencias y teorías,
el Magisterio, en fidelidad a Jesucristo y en continuidad con la
tradición de la Iglesia, siente más urgente el deber de ofrecer el
propio discernimiento y enseñanza, para ayudar al hombre en su
camino hacia la verdadera libertad.
CAPÍTULO II. "NO OS
CONFORMEIS A LA MENTALIDAD DE ESTE MUNDO" (Rom 12, 2) LA IGLESIA Y
EL DISCERNIMIENTO DE ALGUNAS TENDENCIAS DE LA TEOLOGIA MORAL ACTUAL
Enseñar lo que es
conforme a la sana doctrina (cf. Tit 2, 1 )
28.
La meditación del diálogo entre Jesús y el joven rico nos ha
permitido recoger los contenidos esenciales de la revelación del
Antiguo y del Nuevo Testamento sobre el comportamiento moral.
Aquéllos son: la subordinación del hombre y de su obrar a Dios,
aquel que "sólo El es bueno"; la relación entre el bien moral de los
actos humanos y la vida eterna, el seguimiento de Cristo, que abre
al hombre la perspectiva del amor perfecto; y finalmente, el don del
Espíritu Santo, fuente y fuerza de la vida moral de la "nueva
criatura" (cf. 2 Cor 5, 17).
La Iglesia,
en su reflexión moral, siempre ha tenido presente las palabras que
Jesús dirigió al joven rico. En efecto, la Sagrada Escritura es la
fuente siempre viva y fecunda de la doctrina moral de la Iglesia,
como ha recordado el Concilio Vaticano II: "El Evangelio (es)...
fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta". La
Iglesia ha custodiado fielmente lo que la Palabra de Dios enseña no
sólo sobre las verdades de fe, sino también sobre el comportamiento
moral, es decir, el comportamiento que agrada a Dios (cf. 1 Tes 4, 1
), llevando a cabo un desarrollo doctrinal análogo al que se ha dado
en el ámbito de las verdades de fe. La Iglesia, asistida por el
Espíritu Santo que la guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13),
no ha dejado, ni puede dejar nunca de escrutar el "misterio del
Verbo encarnado", pues sólo en él "se esclarece el misterio del
hombre".
29.
La reflexión moral de la Iglesia, hecha siempre a la luz de Cristo,
el "Maestro bueno", se ha desarrollado también en la forma
específica de la ciencia teológica llamada teología moral; ciencia
que acoge e interpela la divina Revelación y responde a la vez a las
exigencias de la razón humana. La teología moral es una reflexión
que concierne la "moralidad", o sea, el bien y el mal de los actos
humanos y de la persona que los realiza, y en este sentido está
abierta a todos los hombres; pero es también teología, en cuanto
reconoce el principio y el fin del comportamiento moral en Aquel que
"sólo El es bueno" y que, dándose al hombre en Cristo, le ofrece las
bienaventuranzas de la vida divina.
El Concilio
Vaticano II invitó a los estudiosos a poner "una atención especial
en perfeccionar la teología moral, su exposición científica,
alimentada en mayor grado con la doctrina de la Sagrada Escritura,
ha de iluminar la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo
y su obligación de producir frutos en el amor para la vida del
mundo". El mismo Concilio invitó a los teólogos a observar los
métodos y exigencias propios de la ciencia teológica, y "a buscar
continuamente un modo más adecuado de comunicar la doctrina a los
hombres de su tiempo, porque una cosa es el depósito mismo de la fe,
es decir, las verdades, y otra el modo en que se formulan,
conservando su mismo sentido y significado". De ahí la ulterior
invitación dirigida a todos los fieles, pero de manera particular a
los teólogos: "Los fieles deben vivir estrechamente unidos a los
demás hombres de su tiempo y procurar comprender perfectamente su
forma de pensar y sentir, lo cual se expresa por medio de la
cultura".
El esfuerzo
de muchos teólogos, alentados por el Concilio, ya ha dado sus frutos
con interesantes y útiles reflexiones sobre las verdades de fe que
hay que creer y aplicar en la vida, presentadas de manera más
adecuada a la sensibilidad y a los interrogantes de los hombres de
nuestro tiempo. La Iglesia y particularmente los Obispos, a los
cuales Cristo ha confiado ante todo el servicio de enseñar, acogen
con gratitud este esfuerzo y alientan a los teólogos a un ulterior
trabajo, animado por un profundo y auténtico temor del Señor, que es
el principio de la sabiduría (cf. Prov 1, 7).
Al mismo
tiempo, en el ámbito de las discusiones teológicas postconciliares
se han dado, sin embargo, algunas interpretaciones de la moral
cristiana que no son compatibles con la "doctrina sana" (2 Tim 4,
3). Ciertamente el Magisterio de la Iglesia no desea imponer a los
fieles ningún sistema teológico particular y menos filosófico, sino
que, para "custodiar celosamente y explicar fielmente" la palabra de
Dios, tiene el deber de declarar la incompatibilidad de ciertas
orientaciones del pensamiento teológico y de algunas afirmaciones
filosóficas con la verdad revelada.
30.
Al dirigirme con esta Encíclica a vosotros, Hermanos en el
Episcopado, deseo enunciar los principios necesarios para el
discernimiento de lo que es contrario a la "doctrina sana",
recordando aquellos elementos de la enseñanza moral de la Iglesia
que hoy parecen particularmente expuestos al error, a la ambigüedad
o al olvido. Por otra parte, son elementos de los cuales depende la
"respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana que, hoy
como ayer, conmueven íntimamente los corazones: ¿Qué es el hombre?
¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué
el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor? ¿Cuál es el camino
para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio
y la retribución después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, ese
misterio último e inefable que abarca nuestra existencia, del que
procedemos y hacia el que nos dirigirnos?" .
Estos y
otros interrogantes, como ¿qué es la libertad y cuál es su relación
con la verdad contenida en la ley de Dios? ¿cuál es el papel de la
conciencia en la formación de la concepción moral del hombre? ¿cómo
discernir, de acuerdo con la verdad sobre el bien, los derechos y
deberes concretos de la persona humana?, se pueden resumir en la
pregunta fundamental que el joven del Evangelio hizo a Jesús:
"Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida
eterna?". Enviada por Jesús a predicar el Evangelio y a "hacer
discípulos a todas las gentes..., enseñándoles a guardar todo lo"
que él ha mandado (cf. Mt 28, 19-20), la Iglesia propone nuevamente,
todavía hoy, la respuesta del Maestro. Esta tiene una luz y una
fuerza capaces de resolver incluso las cuestiones más discutidas y
complejas. Esta misma luz y fuerza interpelan a la Iglesia a
desarrollar constantemente la reflexión no sólo dogmática, sino
también moral en un ámbito interdisciplinar, y en la medida en que
sea necesario para afrontar los nuevos problemas.
Es siempre
bajo esta misma luz y fuerza que el Magisterio de la Iglesia realiza
su obra de discernimiento, acogiendo y aplicando la exhortación que
el apóstol Pablo dirigía a Timoteo: "Te conjuro en presencia de Dios
y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su
Manifestación y por su Reino: Proclama la Palabra, insiste a tiempo
y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y
doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán
la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se
buscarán una multitud de maestros por el prurito de oír novedades;
apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en
cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos,
realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu
ministerio" (2 Tim, 4, 1-5; cf. Tit 1, 10.13-14).
"Conoceréis la verdad
y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32)
31.
Los problemas humanos más debatidos y resueltos de manera diversa en
la reflexión m |