Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2008
«Los Medios:
en la encrucijada entre protagonismo y servicio.
Buscar la Verdad para compartirla»
Mensaje de Benedicto XVI
con motivo de la XLII Jornada Mundial d
e las Comunicaciones Sociales,
que se celebrará el 4 de mayo de 2008
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Queridos hermanos y hermanas
1. El tema de la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, «Los
medios: en la encrucijada entre protagonismo y servicio. Buscar la Verdad para
compartirla», señala la importancia del papel que estos instrumentos tienen en
la vida de las personas y de la sociedad. En efecto, no existe ámbito de la
experiencia humana -más aún si consideramos el amplio fenómeno de la
globalización- en el que los medios no se hayan convertido en parte constitutiva
de las relaciones interpersonales y de los procesos sociales, económicos,
políticos y religiosos. A ese respecto escribía en mi Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz del pasado 1 de enero: «los medios de comunicación social, por
las potencialidades educativas de que disponen, tienen una responsabilidad
especial en la promoción del respeto por la familia, en ilustrar sus esperanzas
y derechos, en resaltar su belleza» (n.5).
2. Gracias a una vertiginosa evolución tecnológica, estos medios han logrado
potencialidades extraordinarias, lo cual plantea al mismo tiempo nuevos e
inéditos interrogantes. Es innegable la aportación que pueden dar al flujo de
noticias, al conocimiento de los hechos y a la difusión del saber. Han
contribuido de manera decisiva, por ejemplo, a la alfabetización y la
socialización, como también al desarrollo de la democracia y al diálogo entre
los pueblos. Sin su aportación sería realmente difícil favorecer y mejorar la
comprensión entre las naciones, dar alcance universal a los diálogos de paz,
garantizar al hombre el bien primario de la información, asegurando a la vez la
libre circulación del pensamiento, en orden sobre todo a los ideales de
solidaridad y justicia social. Ciertamente, los medios en su conjunto no
solamente son medios para la difusión de las ideas, sino que pueden y deben ser
también instrumentos al servicio de un mundo más justo y solidario. No obstante,
existe el riesgo de que en vez de ello se transformen en sistemas dedicados a
someter al hombre a lógicas dictadas por los intereses dominantes del momento.
Éste es el caso de una comunicación usada para fines ideológicos o para la venta
de bienes de consumo mediante una publicidad obsesiva. Con el pretexto de
representar la realidad, se tiende de hecho a legitimar e imponer modelos
distorsionados de vida personal, familiar o social. Además, para ampliar la
audiencia, la llamada audience, a veces no se duda en recurrir a la trasgresión,
la vulgaridad y la violencia. Puede suceder también que a través de los medios
se propongan y sostengan modelos de desarrollo que, en vez de disminuir el
abismo tecnológico entre los países pobres y los ricos, lo aumentan.
3. La humanidad se encuentra hoy ante una encrucijada. También para los medios
es válido lo que escribí en la Encíclica Spe salvi sobre la ambigüedad del
progreso, que ofrece posibilidades inéditas para el bien, pero abre al mismo
tiempo enormes posibilidades de mal que antes no existían (cf. n.22). Por lo
tanto, es necesario preguntarse si es sensato dejar que los medios de
comunicación se subordinen a un protagonismo indiscriminado o que acaben en
manos de quien se vale de ellos para manipular las conciencias. ¿No se debería
más bien hacer esfuerzos para que permanezcan al servicio de la persona y del
bien común, y favorezcan «la formación ética del hombre, el crecimiento del
hombre interior»? (cf. ibíd.). Su extraordinaria incidencia en la vida de las
personas y de la sociedad es un dato ampliamente reconocido, pero hay que tomar
conciencia del viraje, diría incluso del cambio de rol que los medios están
afrontando. Hoy, de manera cada vez más marcada, la comunicación parece tener en
ocasiones la pretensión no sólo de representar la realidad, sino de determinarla
gracias al poder y la fuerza de sugestión que posee. Se constata, por ejemplo,
que sobre algunos acontecimientos los medios no se utilizan para una adecuada
función de informadores, sino para «crear» los eventos mismos. Este arriesgado
cambio en su papel es percibido con preocupación por muchos Pastores. Justamente
porque se trata de realidades que inciden profundamente en todas las dimensiones
de la vida humana (moral, intelectual, religiosa, relacional, afectiva,
cultural), poniendo en juego el bien de la persona, es necesario reafirmar que
no todo lo que es técnicamente posible es también éticamente realizable. El
impacto de los medios de comunicación en la vida de las personas contemporáneas
plantea, por lo tanto, interrogantes ineludibles y espera decisiones y
respuestas inaplazables.
4. El papel que los medios de comunicación han adquirido en la sociedad debe ser
considerado como parte integrante de la cuestión antropológica, que se plantea
como un desafío crucial del tercer milenio. De manera similar a lo que sucede en
el campo de la vida humana, del matrimonio y la familia, y en el ámbito de los
grandes temas contemporáneos sobre la paz, la justicia y la tutela de la
creación, también en el sector de la comunicación social están en juego
dimensiones constitutivas del ser humano y su verdad. Cuando la comunicación
pierde las raíces éticas y elude el control social, termina por olvidar la
centralidad y la dignidad inviolable del ser humano, y corre el riesgo de
incidir negativamente sobre su conciencia y sus opciones, condicionando así la
libertad y la vida misma de las personas. Precisamente por eso es indispensable
que los medios defiendan celosamente a la persona y respeten plenamente su
dignidad. Más de uno piensa que es necesaria en este ámbito una «info-ética»,
así como existe la bio-ética en el campo de la medicina y de la investigación
científica sobre la vida.
5. Se ha de evitar que los medios se conviertan en megáfono del materialismo
económico y del relativismo ético, verdaderas plagas de nuestro tiempo. Por el
contrario, pueden y deben contribuir a dar a conocer la verdad sobre el hombre
defendiéndola ante los que tienden a negarla o destruirla. Se puede decir
incluso que la búsqueda y la presentación de la verdad sobre el hombre son la
más alta vocación de la comunicación social. Utilizar para este fin todos los
lenguajes, cada vez más bellos y refinados, de los que los medios disponen, es
una tarea entusiasmante confiada, en primer lugar, a los responsables y
operadores del sector. Es una tarea que, sin embargo, nos corresponde en cierto
modo a todos, porque en esta época de globalización todos somos usuarios y a la
vez operadores de la comunicación social. Los nuevos medios, en particular la
telefonía e Internet, están modificando el rostro mismo de la comunicación y tal
vez ésta es una maravillosa ocasión para rediseñarlo y hacer más visibles, como
decía mi venerado predecesor Juan Pablo II, las líneas esenciales e
irrenunciables de la verdad sobre la persona humana (cf. Carta ap. El rápido
desarrollo, 10).
6. El hombre tiene sed de verdad, busca la verdad; así lo demuestran también la
atención y el éxito que tienen tantos productos editoriales y programas de
ficción de calidad en los que se reconocen y son adecuadamente representadas la
verdad, la belleza y la grandeza de la persona, incluyendo su dimensión
religiosa. Jesús dijo: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn
8,32). La verdad que nos hace libres es Cristo, porque sólo Él puede responder
plenamente a la sed de vida y de amor que existe en el corazón humano. Quien lo
ha encontrado y se apasiona por su mensaje, experimenta el deseo incontenible de
compartir y comunicar esta verdad: «Lo que existía desde el principio, lo que
hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos -escribe San Juan-, lo
que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de Vida [...], os lo
anunciamos para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el
Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestra alegría sea
completa» (1 Jn 1, 1-3).
Invoquemos al Espíritu Santo para que no falten comunicadores valerosos y
testigos auténticos de la verdad que, fieles al mandato de Cristo y apasionados
por el mensaje de la fe, «se hagan intérpretes de las actuales exigencias
culturales, comprometiéndose a vivir esta época de la comunicación no como
tiempo de alienación y extravío, sino como un tiempo oportuno para la búsqueda
de la verdad y el desarrollo de la comunión entre las personas y los pueblos»
(Juan Pablo II, Discurso al Congreso Parábolas mediáticas, 9 noviembre 2002, 2).
Con estos deseos os imparto con afecto mi bendición.
Vaticano, 24 de enero 2008, Fiesta de San Francisco de Sales.
BENEDICTUS PP. XVI