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El
secreto del amor, según Benedicto XVI
El Papa presenta la encíclica «Deus caritas est» a los lectores de la revista
«Famiglia Cristiana»
Rompiendo tradiciones, Benedicto XVI ha querido presentar personalmente su
encíclica «Deus caritas est» a los lectores de «Famiglia Cristiana», el
semanario de mayor tirada en Italia. El Papa escribió las líneas que ahora
publicamos aprovechando la decisión de los editores de la revista, el grupo
San Pablo, de regalar a sus lectores un ejemplar del documento junto al
ejemplar del 5 de febrero.
* * *
Queridos lectoras y lectores de Familia Cristiana
Me ha dado mucho gusto que «Famiglia Cristiana» les envié a casa el texto de
mi encíclica y me conceda la posibilidad de acompañarla con una palabras que
quieren facilitar la lectura de la misma. Al inicio, de hecho, el texto puede
parecer un poco difícil y teórico. Sin embargo, cuando uno se pone a leerlo,
resulta evidente que solamente he querido responder a un par de preguntas muy
concretas para la vida cristiana.
La primera pregunta es la siguiente: ¿es posible amar a Dios?; más aún: ¿puede
el amor ser algo obligado? ¿No es un sentimiento que se tiene o no se tiene?
La respuesta a la primera pregunta es: sí, podemos amar a Dios, dado que Él no
se ha quedado a una distancia inalcanzable sino que ha entrado y entra en
nuestra vida. Nos sale al paso de cada uno de nosotros: en los sacramentos a
través de los cuales actúa en nuestra existencia; con la fe de la Iglesia, a
través de la cual se dirige a nosotros; haciéndonos encontrar hombres, tocados
por Él, que nos trasmiten su luz; con las disposiciones a través de las cuales
interviene en nuestra vida; también con los signos de la creación que nos ha
regalado.
No sólo nos ha ofrecido el amor, ante todo lo ha vivido primero y toca a la
puerta de nuestro corazón en muchos modos para suscitar nuestra respuesta de
amor. El amor no es solamente un sentimiento, pertenecen a él también la
voluntad y la inteligencia. Con su palabra, Dios se dirige a nuestra
inteligencia, a nuestra voluntad y a nuestros sentimientos, de modo que
podamos aprender a amarlo «con todo el corazón y con toda el alma». El amor,
de hecho, no nos lo encontramos ya listo de repente, sino que madura; por así
decirlo, nosotros podemos aprender lentamente a amar de modo que el amor
comprometa todas nuestras fuerzas y nos abra el camino de una vida recta.
* * *
La segunda pregunta es la siguiente: ¿podemos de verdad amar al «prójimo»,
cuando nos resulta extraño o incluso antipático? Sí, podemos, si somos amigos
de Dios. Si somos amigos de Cristo. Si somos amigos de Cristo queda cada vez
más claro que Él nos ha amado y nos ama, aunque con frecuencia alejemos de Él
nuestra mirada y vivamos según otros criterios. Si, en cambio, la amistad con
Dios se convierte para nosotros en algo cada vez más importante y decisivo,
entonces comenzaremos a amar a aquellos a quienes Dios ama y que tienen
necesidad de nosotros. Dios quiere que seamos amigos de sus amigos y nosotros
podemos serlo, si estamos interiormente cerca de ellos.
* * *
Por último, se plantea también está pregunta: con sus mandamientos y sus
prohibiciones, ¿no nos amarga la Iglesia la alegría del «eros», de sentirnos
amados, que nos empuja hacia el otro y que busca transformarse en unión? En la
encíclica he intentado demostrar que la promesa más profunda del «eros» puede
madurar solamente cuando no sólo buscamos la felicidad transitoria y
repentina. Al contrario, encontramos juntos la paciencia de descubrir cada vez
más al otro en la profundidad de su persona, en la totalidad del cuerpo y del
alma, de modo que, finalmente, la felicidad del otro llegue a ser más
importante que la mía. Entonces, ya no sólo se quiere recibir algo, sino
entregarse, y en esta liberación del propio "yo" el hombre se encuentra a sí
mismo y se llena de alegría.
En la encíclica hablo de un camino de purificación y de maduración necesaria
para que la verdadera promesa del «eros» pueda cumplirse. El lenguaje de la
tradición de la iglesia ha llamado a este proceso «educación en la castidad»,
que, en definitiva, no significa otra cosa que aprender la totalidad del amor
en la paciencia del crecimiento y de la maduración.
* * *
En la segunda parte se habla de la caridad, el servicio del amor comunitario
de la Iglesia hacia todos los que sufren en el cuerpo o en el alma y tienen
necesidad del don del amor. Aquí surgen ante todo dos preguntas: ¿puede la
Iglesia dejar este servicio a las demás organizaciones filantrópicas? La
respuesta es no. La Iglesia no lo puede hacer. La Iglesia debe practicar el
amor hacia el prójimo incluso como comunidad, pues de lo contrario anunciaría
de modo incompleto e insuficiente al Dios del amor.
La segunda pregunta: ¿no sería mejor promover un orden de justicia en le que
no hubiera necesitados y la caridad se convirtiera en algo superfluo? La
respuesta es la siguiente: indudablemente la finalidad de la política es crear
un orden justo en la sociedad, donde a cada uno le sea reconocido lo propio y
donde nadie sufra a causa de la miseria. En este caso, la justicia es la
verdadera finalidad de la política, así como la paz no puede existir sin la
justicia. Por su propia naturaleza, la Iglesia no hace política en primera
persona, más bien respeta la autonomía del Estado y de sus instituciones.
La búsqueda de este orden de justicia corresponde a la razón común, así como
la política es algo que afecta a todos los ciudadanos. Con frecuencia, sin
embargo, la razón queda cegada por intereses y por la voluntad de poder. La fe
sirve para purificar la razón, para que pueda ver y decidir correctamente. Por
tanto, es tarea de la Iglesia curar la razón y reforzar la voluntad por hacer
el bien. En ese sentido, sin hacer política, la iglesia participa
apasionadamente en la batalla por la justicia. A los cristianos comprometidos
en el servicio público, corresponde, en la acción política, abrir siempre
nuevos caminos para la justicia.
Sin embargo, sólo he respondido a la primera mitad de nuestra pregunta. La
segunda mitad, que en la encíclica me interesa subrayar, dice así: La justicia
no hace nunca superfluo el amor. Más allá de la justicia, el hombre tendrá
siempre necesidad de amor, que es el único capaz de dar un alma a la justicia.
En un mundo tan profundamente herido, como el que conocemos en nuestros días,
esta afirmación no tiene necesidad de demostraciones. El mundo espera el
testimonio del amor cristiano que se inspira en la fe. En nuestro mundo, con
frecuencia tan oscuro, con este amor brilla la luz del Dios.
Benedicto XVI
(CIUDAD DEL VATICANO, martes, 7 febrero, 2006 (ZENIT.org).
)
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