El escudo del Papa Benedicto XVI
Lea la explicación muy personal de Benedicto XVI

Desde la Edad Media, los escudos de armas se hicieron de uso común para los
guerreros y para la nobleza; por eso, se fue desarrollando un lenguaje muy
articulado que regula y describe la heráldica civil. Paralelamente, también para
el clero se formó una heráldica eclesiástica, que sigue las reglas de la civil
para la composición y la definición del escudo, pero que inserta alrededor
símbolos e insignias de índole eclesiástica y religiosa, según los grados del
orden sagrado, de la jurisdicción y de la dignidad.
Es tradición, al menos desde hace ocho siglos, que también los Papas tengan su
propio escudo personal, así como simbolismos propios de la Sede apostólica. De
modo especial en el Renacimiento y en los siglos sucesivos, se solía decorar con
el escudo del Sumo Pontífice felizmente reinante todas las principales obras
realizadas por él. En efecto, los escudos papales aparecen en obras de
arquitectura, en publicaciones, en decretos y en documentos de diversos tipos.
A menudo los Papas adoptaban el escudo de su familia, si existía, o componían un
escudo con simbolismos que indicaban su ideal de vida, que hacían referencia a
hechos o experiencias pasadas, o que aludían a elementos vinculados a su
programa de pontificado. Con frecuencia aportaban alguna variante al escudo que
habían adoptado como obispos.
También el cardenal Joseph Ratzinger, que al ser elegido Papa tomó el nombre de
Benedicto XVI, ha escogido un escudo rico en simbolismos y significados, para
legar a la historia su personalidad y su pontificado.
Como es sabido, un escudo lleva en su interior algunos símbolos significativos y
está rodeado de elementos que indican la dignidad, el grado, el título, la
jurisdicción, etc. El escudo adoptado por el Papa Benedicto XVI es muy sencillo
en su composición: tiene figura de cáliz, que es la forma más utilizada
en la heráldica eclesiástica (otra forma es la de cabeza de caballo, como
la que adoptó Pablo VI).
En su interior, el escudo del Papa Benedicto XVI ha variado con respecto a su
escudo cardenalicio: ahora es de color rojo, con capas de color oro. En efecto,
el campo principal, que es rojo, lleva dos cantones laterales en los ángulos
superiores en forma de "capa", que son de color oro. La "capa" es un símbolo
de religión. Indica un ideal inspirado en la espiritualidad monástica y, más
típicamente, en la benedictina. Varias órdenes o congregaciones religiosas han
adoptado la forma con "capas" en su escudo, como por ejemplo los carmelitas y
los dominicos, aunque estos últimos lo llevaban sólo en una simbología más
primitiva que la actual. Benedicto XIII, Pietro Francesco Orsini (1724-1730), de
la Orden de Predicadores, adoptó el "vestido dominicano", que es blanco con una
capa de color negro.
El escudo del Papa Benedicto XVI contiene simbolismos que ya había introducido
en su escudo de arzobispo de Munich y Freising, y luego en el de cardenal. Sin
embargo en la nueva composición están ordenados de modo diverso. El campo
principal del escudo es el central, de color rojo.
En el punto más noble del escudo hay una gran concha de color oro, la
cual encierra una triple simbología. En primer lugar, tiene un significado
teológico: alude a la leyenda atribuida a san Agustín, el cual, al encontrar en
la playa a un niño que con una concha quería meter toda el agua del mar en un
agujero hecho en la arena, le preguntó qué hacía. El niño le explicó su vano
intento, y san Agustín comprendió la referencia a su inútil esfuerzo por tratar
de meter la infinitud de Dios en la limitada mente humana. Esa leyenda tiene un
evidente simbolismo espiritual, para invitar a conocer a Dios, aunque en la
humildad de la inadecuada capacidad humana, acudiendo a la inagotable doctrina
teológica.
Además, desde hace siglos, la concha se usa para representar al peregrino: un
simbolismo que Benedicto XVI quiere mantener vivo, siguiendo las huellas de Juan
Pablo II, gran peregrino por todo el mundo. La casulla que usó en la solemne
liturgia del inicio de su pontificado, el domingo 24 de abril, llevaba muy
evidente el dibujo de una gran concha.
La concha es también el símbolo que se halla en el escudo del antiguo monasterio
de Schotten, en Ratisbona (Baviera, Alemania), al que Joseph Ratzinger se siente
espiritualmente muy vinculado.
En la parte del escudo denominada "capa" hay también dos símbolos que proceden
de la tradición de Baviera, que Joseph Ratzinger, al ser nombrado arzobispo de
Munich y Freising, en 1977, introdujo en su escudo arzobispal. En el cantón
derecho del escudo (a la izquierda de quien lo contempla) hay una cabeza de
moro al natural (o sea, de color marrón), con labios, corona y collar rojos. Es
el antiguo símbolo de la diócesis de Freising, erigida en el siglo VIII, que se
convirtió en archidiócesis metropolitana con el nombre de Munich y Freising en
1818, después del concordato entre Pío VII y el rey Maximiliano José de Baviera
(5 de junio de 1817).
La cabeza de moro no es rara en la heráldica europea. Aparece aún hoy en muchos
escudos de Cerdeña y Córcega, así como en varios blasones de familias nobles.
También en el escudo del Papa Pío VII, Barnaba Gregorio Chiaramonti (1800-1823),
aparecían tres cabezas de moro. Pero el moro en la heráldica de Italia en
general lleva alrededor de la cabeza una banda blanca, que indica al esclavo ya
liberado, y no está coronado, mientras que sí lo está en la heráldica germánica.
En la tradición bávara, la cabeza de moro aparece con mucha frecuencia, y se
denomina caput ethiopicum o moro de Freising.
En el cantón izquierdo del escudo (a la derecha de quien lo contempla) hay un
oso, de color marrón (al natural), que lleva una carga en el lomo. Una antigua
tradición narra que el primer obispo de Freising, san Corbiniano (que nació
hacia el año 680 en Chartres, Francia, y murió el 8 de septiembre del 730), al
realizar un viaje a Roma a caballo, mientras atravesaba un bosque, fue atacado
por un oso, que mató a su caballo. El santo obispo no sólo logró amansar al oso,
sino que también lo cargó con su equipaje, obligándolo a acompañarle hasta Roma.
Por eso, el oso está representado con una carga en el lomo. La simbología es
fácil de interpretar: el oso domesticado por la gracia de Dios es el mismo
obispo de Freising, y la carga es el peso del episcopado que lleva sobre él.
Por eso, el escudo del emblema papal puede describirse ("blasonado") de acuerdo
con el lenguaje heráldico de la siguiente manera: "De color rojo, con capas de
color oro, y con una concha también de color oro; en la capa derecha, una cabeza
de moro al natural, con corona y un collar rojos; en la capa izquierda, un oso
al natural, de lampazo, con una carga de color rojo, atada con cintas negras".
Como hemos descrito, el escudo contiene en su interior los símbolos relacionados
con la persona a la que pertenece, con su ideal, con sus tradiciones, con su
programa de vida y con los principios que lo inspiran y guían. En cambio, los
diversos símbolos del grado, de la dignidad y de la jurisdicción de la persona
aparecen en torno al escudo.
Desde tiempo inmemorial, es tradición que el Sumo Pontífice lleve en su emblema,
alrededor del escudo, las dos llaves "cruzadas" (al estilo de la cruz de san
Andrés), una de color oro y otra de color plata. Varios autores las interpretan
como los símbolos de los poderes espiritual y temporal. Aparecen detrás del
escudo, o por encima de él, con cierto relieve.
El evangelio de san Mateo narra que Cristo dijo a Pedro: "A ti te daré las
llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los
cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt
16, 19). Así pues, las llaves son el símbolo típico del poder dado por Cristo a
san Pedro y a sus sucesores; y por eso con razón aparecen en todos los escudos
papales.
En la heráldica civil siempre hay por encima del escudo una prenda para cubrir
la cabeza, por lo general una corona. También en la heráldica eclesiástica
aparece normalmente una prenda para cubrir la cabeza, evidentemente de tipo
eclesiástico. En el caso del Sumo Pontífice, ya desde los tiempos antiguos,
aparece una "tiara". Al inicio era un tipo de "birrete" cerrado. En 1130 fue
acompañado por una corona, símbolo de la soberanía sobre los Estados de la
Iglesia. Bonifacio VIII, en el año 1301, en tiempos del enfrentamiento con el
rey de Francia Felipe el Hermoso, añadió una segunda corona para significar su
autoridad espiritual por encima de la civil. Y Benedicto XII, en el año 1342,
añadió una tercera corona, para simbolizar la autoridad moral del Papa sobre
todos los monarcas civiles y reafirmar la posesión de Aviñón. Con el tiempo, al
perder sus significados de carácter temporal, la tiara de plata con las tres
coronas de oro se usó para representar los tres poderes del Sumo Pontífice:
orden sagrado, jurisdicción y magisterio.
En los últimos siglos, los Papas usaron la tiara en los pontificales solemnes, y
especialmente en el día de la "coronación", al inicio de su pontificado.
Pablo VI utilizó para esa función una preciosa tiara que le regaló la diócesis
de Milán (esa misma diócesis le había regalado una a Pío XI), pero luego la
destinó a obras de beneficencia e inició la costumbre de usar una simple
"mitra", aunque a veces enriquecida con decoraciones o piedras preciosas. Sin
embargo, dejó la "tiara" juntamente con las llaves cruzadas como símbolo de la
Sede apostólica.
Con razón, la ceremonia con la que el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha iniciado
solemnemente su pontificado, el pasado domingo 24 de abril, no se ha llamado
"coronación", como se decía en el pasado, pues la plena jurisdicción del Papa
comienza en el momento de su aceptación de la elección hecha por los cardenales
en el Cónclave y no con una coronación, como sucede con los monarcas civiles.
Por eso, esa ceremonia se llama simplemente solemne inicio de su ministerio
petrino.
El Santo Padre Benedicto XVI decidió no poner ya la tiara en su emblema personal
oficial, sino sólo una simple mitra, que por tanto ya no tiene encima una
pequeña esfera y una cruz, como sucedía con la tiara. La mitra pontificia
representada en su escudo, como recuerdo del símbolo de la tiara, es de color
plata y tiene tres franjas de color oro (los tres poderes citados: orden,
jurisdicción y magisterio), unidos verticalmente entre sí en el centro para
indicar su unidad en la misma persona.
En cambio, un símbolo totalmente nuevo en el escudo del Papa Benedicto XVI es la
presencia del "palio". No es tradición, al menos reciente, que los Sumos
Pontífices lo representen en su escudo. Con todo, el palio es la típica insignia
litúrgica del Sumo Pontífice, y aparece con mucha frecuencia en antiguas
representaciones papales. Indica la misión de pastor del rebaño a él encomendada
por Cristo.
En los primeros siglos, los Papas usaban una verdadera piel de cordero sobre el
hombro. Luego se introdujo la costumbre de usar una banda de lana blanca, tejida
con pura lana de corderos criados con ese fin. La banda llevaba algunas cruces,
que en los primeros siglos eran de color negro, o a veces rojo. Ya en el siglo
IV el palio era una insignia litúrgica propia y típica del Papa.
La imposición del palio, por parte del Papa, a los arzobispos metropolitanos
comenzó en el siglo VI. La obligación que tenían estos de pedir el palio después
de su nombramiento está atestiguada desde el siglo IX. En la larga y famosa
serie iconográfica de los medallones que en la basílica de San Pablo extramuros
reproducen la efigie de todos los Papas de la historia (aunque en el caso de los
más antiguos sus rasgos están idealizados), muchísimos Sumos Pontífices están
representados con el palio, especialmente todos los que van del siglo V al XIV.
Así pues, el palio no sólo es símbolo de la jurisdicción papal; también es signo
explícito y fraterno de compartir esta jurisdicción con los arzobispos
metropolitanos y, mediante estos, con sus obispos sufragáneos. Por tanto, es
signo visible de la colegialidad y de la subsidiariedad. También varios
patriarcas orientales usan una forma antiquísima, muy semejante al palio,
llamada omophorion.
En la heráldica en general, tanto civil como eclesiástica (especialmente en los
grados inferiores) es costumbre poner bajo el escudo una banda o un pergamino
que lleva un lema, o divisa. Con una palabra, o con pocas, expresa un ideal o un
programa de vida. El cardenal Joseph Ratzinger tenía en su escudo arzobispal y
cardenalicio el lema: "Cooperatores Veritatis". Esa sigue siendo su aspiración
y programa personal, pero ya no aparece en el escudo papal, según la común
tradición de los escudos de los Sumos Pontífices en los últimos siglos. Todos
recordamos cómo Juan Pablo II citaba a menudo su lema: "Totus tuus", aunque no
figurara en su escudo papal. La falta de un lema en el escudo del Papa no
significa falta de programa, sino una apertura sin exclusión a todos los ideales
que derivan de la fe, de la esperanza y de la caridad.
Mons. Andrea CORDERO LANZA DI
MONTEZEMOLO
Nuncio apostólico
Lea también la interpretación propia de Benedicto XVI con ocasión de sus visita a Alemania.
Saludo y oración
ante la Mariensäule
(Columna de la Virgen)
en la Marienplatz
(9 de septiembre de 2006)
Señora Canciller y Señor Primer Ministro,
Mis hermanos Cardenales y Obispos,
Distinguidos damas y caballeros.
Queridos hermanos y hermanas!
Es muy conmovedor para mí estar una vez más en esta hermosa plaza al pie de la Mariensäule , en un lugar que fue testigo ya de otros dos momentos decisivos en mi vida. Aquí, hace casi 30 años, los fieles me dieron la bienvenida con alegría como a su nuevo Arzobispo: Y luego empecé mi ministerio con una oración a la Madre de Dios. Aquí también, cinco años después, luego de ser llamado a Roma por el Papa, me despedí de mi Diócesis y una vez más dirigí una oración a la Patrona Bavariae, confiándole “mi” ciudad y tierra natal a su protección. Hoy estoy de nuevo, esta vez como el Sucesor de Pedro.
Agradezco al Primer Ministro, Dr. Edmund Stoiber, por sus cordiales palabras de bienvenida en nombre del gobierno regional de Baviera. Asimismo agradezco a mi sucesor como Pastor de a Arquidiócesis de Munich y Freising, Cardenal Friedrich Wetter, por su caluroso recibimiento en nombre de los fieles de la Arquidiócesis. Saludo a la Canciller, Dra. Angela Merkel, y a todas las autoridades políticas, civiles y militares que participan en esta breve ceremonia de bienvenida y oración. Quisiera ofrecer un saludo especial a los sacerdotes, especialmente a aquellos con quienes trabajé en mi antigua Diócesis de Munich y Freising. Finalmente, saludo a todos ustedes con gran amor, mis queridos compatriotas y amigos, que se han congregado en esta plaza para demostrar su cariño! Les agradezco su calurosa bienvenida, y pienso particularmente en todos aquellos que han trabajado para preparar este encuentro y todo mi viaje.
Espero me permitan recordar en esta ocasión algunos pensamientos que puse por escrito en unas breves memorias respecto a mi designación como Arzobispo de Munich y Freising. Me convertí en el Sucesor de San Corbiniano. Desde mi niñez me tocó mucho la historia del oso que atacó y mató el caballo en el que el santo cabalgaba en un viaje a Roma. Según la leyenda, el santo castigó al oso colocando sobre sus espaldas la carga que el caballo había estado cargando. Así, el oso tenía que llevar esta carga a través de los Alpes todo el camino a Roma, y solo allí el santo lo dejó libre. En 1977, cuando tuve que enfrentar la difícil decisión de aceptar o no mi designación como Arzobispo de Munich y Freinsing, sabiendo que ello me alejaría de mi amado trabajo en la universidad, este oso con su pesado fardo me hizo recordar la interpretación de San Agustín de los versículos 22 y 23 del Salmo 73. El salmista, preguntando por qué los amigos de Dios sufren, dice: “Yo fui un necio y no entendí, parado ante ti como un tonto animal. Sin embargo, estoy continuamente contigo”. Agustín, viendo en la palabra “animal” una referencia a las bestias de carga usadas por los campesinos para el trabajo agrícola, vio aquí una imagen de sí mismo, cargado por su ministerio episcopal, sarcina episcopalis . El había escogido la vida académica, y Dios lo había llamado a convertirse en una “bestia de carga”, un animal cargado, un buen buey arando en el campo de Dios, este mundo. Pero aquí el Salmo le da luz y consuelo: así como la bestia de carga es la que más cerca permanece al agricultor y, bajo su dirección, lleva el pesado trabajo confiado a ella, así el Obispo está muy cerca de Dios, porque lleva un importante servicio para su Reino.
Con estas palabras del Obispo de Hipona en mente, siempre he hallado en el oso de San Corbiniano constante valor para llevar adelante mi ministerio con confianza y alegría –hace treinta años, y nuevamente hoy en mi cargo– y para pronunciar mi "Sí" cotidiano a Dios: Me he hecho por ti una "bestia de carga", pero como tal, "estoy siempre contigo" (Sal 73,23). El oso de San Corbiniano fue liberado en Roma. En mi caso, el Señor decidió de otro modo. Y así me encuentro nuevamente al pie de la Mariensäule , implorando la intercesión y bendición de la Madre de Dios, esta vez no sólo para la ciudad de Munich y por Baviera, sino por la Iglesia Universal y por todas las personas de buena voluntad.
Oración
¡Santa Madre del Señor!
Nuestros ancestros, en un tiempo de problemas, erigieron aquí tu estatua, en el mismo corazón de Munich, y confiaron la ciudad y el país a tu cuidado. Ellos quisieron encontrarse contigo una y otra vez a la largo de los caminos de su vida cotidiana, y para aprender de ti el recto camino para vivir, para encontrar a Dios y para vivir en armonía. Ellos te dieron una corona y un cetro, que en aquel tiempo fueron símbolos de dominio sobre el país, porque sabían que el poder y dominio están así en buenas manos, en las manos de una Madre.
Tu Hijo, justo antes de despedirse de su discípulos, les dijo: “Quien quiera ser grande entre ustedes debe ser su siervo, y quien quiera ser el primero entre ustedes debe esclavo de todos” ( Mc 10, 43-44). En esta hora decisiva de tu propia vida, tú dijiste: “He aquí la sierva del Señor” ( Lc 1,38). Viviste toda tu vida como servicio. Y continúas haciéndolo así a través de nuestra historia. En Caná, intercediste silencia y discretamente por los esposos, y así continúas haciéndolo. Tú tomas sobre ti las necesidades y preocupaciones de las personas y las conduces ante el Señor, ante tu Hijo. Tu poder es bondad. Tu poder es servicio.
Enséñanos –a grandes y pequeños– a asumir y llevar adelante nuestras responsabilidades de la misma manera. Ayúdanos a encontrar la fuerza para ofrecer reconciliación y perdón. Ayúdanos a hacernos pacientes y humildes, pero también libres y valientes, tal como lo fuiste a la hora de la Cruz. En tus brazos está también el Señor del mundo. Sosteniendo al Niño que nos bendice, tú misma te haces bendición. ¡Bendícenos, a esta ciudad y a este país! ¡Muéstranos a Jesús, el fruto bendito de tu vientre! Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén".