La Caridad de Cristo hacia los emigrantes
PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL
DE LOS EMIGRANTES E ITINERANTES
INSTRUCCIÓN
“ERGA MIGRANTES CARITAS CHRISTI”
(La caridad de Cristo hacia los emigrantes)
ÍNDICE
Presentación de la Instrucción
Introducción
EL FENÓMENO MIGRATORIO HOY
El desafío de la movilidad humana
Migraciones internacionales
Migraciones internas
Iª Parte
LAS MIGRACIONES,
SIGNO DE LOS TIEMPOS Y SOLICITUD DE LA IGLESIA
Visión de fe del fenómeno migratorio
Migraciones e historia de la salvación
Cristo "extranjero" y María icono vivo de la mujer emigrante
La Iglesia de Pentecostés
La solicitud de la Iglesia hacia el emigrante y el refugiado
La Exsul familia
El Concilio Ecuménico Vaticano II
La normativa canónica
Las líneas pastorales del Magisterio
Los organismos de la Santa Sede
IIª Parte
LOS EMIGRANTES Y LA PASTORAL DE ACOGIDA
"Inculturación" y pluralismo cultural y religioso
La Iglesia del Concilio Ecuménico Vaticano II
Acogida y solidaridad
Liturgia y religiosidad popular
Inmigrantes católicos
Inmigrantes católicos de rito oriental
Inmigrantes de otras Iglesias y Comunidades eclesiales
Inmigrantes de otras religiones, en general
Cuatro puntos a los que se debe prestar atención particular
Inmigrantes musulmanes
El diálogo interreligioso
IIIª Parte
AGENTES DE UNA PASTORAL DE COMUNIÓN
En las Iglesias emisoras y receptoras
El coordinador nacional de los capellanes/misioneros
El capellán/misionero de los inmigrantes
Presbíteros diocesanos/de la eparquía como capellanes/misioneros
Presbíteros y hermanos religiosos y religiosas comprometidos en favor de los
emigrantes
Laicos, asociaciones laicales y movimientos eclesiales: por un compromiso entre
los inmigrantes
IVª Parte
ESTRUCTURAS DE UNA PASTORAL MISIONERA
Unidad en la pluralidad: problemática
Estructuras pastorales
Pastoral de conjunto y ámbitos sectoriales
Las unidades pastorales
Conclusión
UNIVERSALIDAD DE MISIÓN
Semina Verbi (Semillas del Verbo)
Agentes de comunión
Pastoral dialogante y misionera
La Iglesia y los cristianos, signo de esperanza
ORDENAMIENTO JURÍDICO-PASTORAL
Premisa
Cap. I: Los fieles laicos
Cap. II: Los capellanes/misioneros
Cap. III: Los religiosos y las religiosas
Cap. IV: Las autoridades eclesiásticas
Cap. V: Las conferencias episcopales y las respectivas estructuras jerárquicas
de las Iglesias Orientales Católicas
Cap. VI: El Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes
PRESENTACIÓN DE LA INSTRUCCIÓN
Las actuales migraciones constituyen el movimiento humano más vasto de todos los
tiempos. En estos últimos decenios, tal fenómeno, que afecta en estos momentos a
cerca de doscientos millones de personas, se ha transformado en una realidad
estructural de la sociedad contemporánea, constituyendo un problema cada vez más
complejo, desde el punto de vista social, cultural, político, religioso,
económico y pastoral.
La Instrucción Erga migrantes caritas Christi pretende actualizar - teniendo en
cuenta los nuevos flujos miigratorios y sus características - la pastoral
migratoria, transcurridos, por lo demás, treinta y cinco años de la publicación
del Motu proprio del Papa Pablo VI Pastoralis migratorum cura y de la relativa
Instrucción de la Sagrada Congregación para los Obispos De pastorali migratorum
cura ("Nemo est").
ésta quiere ser una respuesta eclesial a las nuevas necesidades pastorales de
los migrantes, a fin de conducirlos, a su vez, a transformar la experiencia
migratoria, no sólo en ocasión de crecimiento de la vida cristiana, sino también
de nueva evangelización y de misión. El documento tiende, por otra parte, a una
aplicación puntual de la legislación contenida en el CIC y también en el CCEO, a
fin de responder en modo más adecuado a las particulares exigencias de los
fieles orientales emigrantes, hoy en día siempre más numerosos.
La composición de las migraciones actuales impone por lo demás la necesidad de
una visión ecuménica de dicho fenómeno, a causa de la presencia de muchos
emigrantes cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia Católica, y
del diálogo interreligioso, por el número siempre más consistente de emigrantes
de otras religiones, en particular de la musulmana, en tierras tradicionalmente
católicas, y viceversa. Una exigencia estrictamente pastoral se impone
finalmente, es decir, el deber de promover una acción pastoral fiel y, al mismo
tiempo, abierta a nuevas perspectivas, también por lo que respecta a nuestras
mismas estructuras pastorales, que deberán ser adecuadas y garantizar, al mismo
tiempo, la comunión entre los agentes pastorales específicos y la jerarquía
local de acogida, que es la instancia decisiva de la preocupación eclesial hacia
los inmigrantes.
El documento, tras una rápida reseña de algunas causas fundamentales del actual
fenómeno migratorio (el evento de la globalización, el cambio demográfico real,
sobre todo en los países industrializados, el aumento profundo de la desigualdad
entre Norte y Sur del mundo, la proliferación de conflictos y guerras civiles),
subraya los fuertes malestares que causa generalmente la migración en los
individuos, en particular en las mujeres y niños, sin olvidar a las familias.
Tal fenómeno plantea el problema ético de la búsqueda de un nuevo orden
económico internacional en vistas de una más justa distribución de los bienes de
la tierra, y de la visión de la comunidad internacional como familia de pueblos,
con aplicación del Derecho Internacional. La Instrucción traza pues un cuadro
preciso de referencia bíblico-teológica, insertando el fenómeno migratorio
dentro de la historia de la salvación, como "signo de los tiempos", y de la
presencia de Dios en la historia y en la comunidad de los hombres, en vista de
una comunión universal.
Un sintético excursus histórico manifiesta la preocupación de la Iglesia por el
migrante y el refugiado en los documentos eclesiales, es decir, desde la Exsul
Familia, al Concilio Ecuménico Vaticano II, a la Instrucción De Pastorali
migratorum cura y a la sucesiva normativa canónica. Tal lectura revela
importantes adquisiciones teológicas y pastorales. Aquí nos referimos a la
centralidad de la persona y a la defensa de los derechos del migrante, a la
dimensión eclesial y misionera de las migraciones, a la valoración de la
contribución pastoral de los laicos, de los Institutos de vida consagrada y de
las Sociedades de vida apostólica, al valor de las culturas en la obra de
evangelización, a la tutela y valoración de las minorías, también dentro de la
Iglesia local, a la importancia del diálogo intra y extra eclesial, y, por
último, a la contribución específica que la migración puede ofrecer a la paz
universal.
Otras urgencias - como la necesidad de la "inculturación", la visión de Iglesia
entendida como comunión, misión y Pueblo de Dios, la siempre actual importancia
de una pastoral específica para los migrantes, el empeño dialógico-misionero de
todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo y el consiguiente deber de una
cultura de acogida y de solidaridad en relación con los migrantes - introducen
el análisis de las específicas instancias pastorales con que responder tanto en
el caso de los migrantes católicos, sean de rito latino, sean de rito oriental,
como de aquellos que pertenecen a otras Iglesias y Comunidades eclesiales, a
otras religiones en general y al Islam en especial.
Ulteriormente viene precisada y recalcada la configuración, pastoral y jurídica,
de los agentes pastorales - en particular de los capellanes/misioneros y de sus
coordinadores nacionales, de los presbíteros diocesanos/eparquiales, de aquellos
religiosos, con sus respectivos hermanos, de las religiosas, de los laicos, de
sus asociaciones y de los movimientos eclesiales - cuyo empeño apostólico es
visto y considerado en la línea de una pastoral de comunión, de conjunto.
La integración de las estructuras pastorales (las ya adquiridas y las
propuestas) y la inserción eclesial de los migrantes en la pastoral ordinaria -
con pleno respeto de su legítima diversidad y de su patrimonio espiritual y
cultural, en vista también de la formación de una Iglesia concretamente católica
- suponen otra importante característica pastoral que la Instrucción proyecta y
propone a las Iglesias particulares. Tal integración es condición esencial para
que la pastoral, para y con los inmigrantes, pueda resultar expresión
significativa de la Iglesia universal y "missio ad gentes", encuentro fraterno y
pacífico, casa de todos, escuela de comunión aceptada y participada, de
reconciliación pedida y concedida, de mutua y fraterna acogida y solidariedad,
así como de auténtica promoción humana y cristiana.
Una puesta al día y un puntual "Ordenamiento jurídico-pastoral" es la conclusión
de la Instrucción, evocando, con apropiado lenguaje, las tareas, las
incumbencias y los roles de los agentes pastorales y de los varios organismos
eclesiales encargados de la pastoral migratoria.
Stephen Fumio Cardenal Hamao
Presidente
Agostino Marchetto
Arzobispo titular de Ecija
Secretario
Introducción
EL FENÓMENO MIGRATORIO HOY
El desafío de la movilidad humana
1. La caridad de Cristo hacia los emigrantes nos estimula (cfr. 2Cor 5,14) a
afrontar nuevamente sus problemas, que ahora ya conciernen al mundo entero. En
efecto, casi todos los países, por un motivo u otro, se enfrentan hoy con la
irrupción del fenómeno de las migraciones en la vida social, económica, política
y religiosa, un fenómeno que va adquiriendo, cada vez más, una configuración
permanente y estructural. Determinado muchas veces por la libre decisión de las
personas, y motivado con bastante frecuencia también por objetivos culturales,
técnicos y científicos, además de económicos, este fenómeno es, por lo demás, un
signo elocuente de los desequilibrios sociales, económicos y demográficos, tanto
a nivel regional como mundial, que impulsan a emigrar.
Dicho fenómeno tiene también sus raíces en el nacionalismo exacerbado y, en
muchos países, incluso en el odio o la marginación sistemática o violenta de las
poblaciones minoritarias o de los creyentes de religiones no mayoritarias, en
los conflictos civiles, políticos, étnicos y también religiosos que
ensangrientan todos los continentes. De ellos se alimentan oleadas crecientes de
refugiados y prófugos, que a menudo se mezclan con los flujos migratorios,
repercutiendo en sociedades donde se entrecruzan etnias, pueblos, lenguas y
culturas distintas, con el peligro de enfrentamientos y choques.
2. Las migraciones, sin embargo, favorecen el conocimiento recíproco y son una
ocasión de diálogo y comunión, e incluso de integración en distintos niveles,
como lo afirmaba de manera emblemática el Papa Juan Pablo II en el Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz de 2001: "Son muchas las civilizaciones que se han
desarrollado y enriquecido precisamente por las aportaciones de la inmigración.
En otros casos, las diferencias culturales de autóctonos e inmigrantes no se han
integrado, sino que han mostrado la capacidad de convivir, a través del respeto
recíproco de las personas y de la aceptación o tolerancia de las diferentes
costumbres".[1]
3. Las migraciones contemporáneas nos sitúan, pues, ante un desafío, que
ciertamente no es nada fácil, por su relación con las esferas económica, social,
política, sanitaria, cultural y de seguridad. Se trata de un desafío al que
todos los cristianos deben responder, más allá de la buena voluntad y el carisma
personal de algunos. En todo caso, no podemos olvidar la respuesta generosa de
muchos hombres y mujeres, de asociaciones y organizaciones que, ante el
sufrimiento de tantas personas causado por la emigración, luchan en favor de los
derechos de los emigrantes, ya sean forzosos o no, y en su defensa. Ese empeño
es fruto, especialmente, de aquella compasión de Jesús, Buen Samaritano, que el
Espíritu suscita en todas partes, en el corazón de los hombres de buena
voluntad, además de despertarla en la misma Iglesia, donde "revive una vez más
el misterio de su Divino Fundador, misterio de vida y de muerte".[2] De hecho,
la tarea de anunciar la Palabra de Dios, que el Señor confió a la Iglesia, desde
el inicio se ha entrelazado con la historia de la emigración de los cristianos.
Por tanto, hemos pensado en esta Instrucción, que se propone responder, sobre
todo, a las nuevas necesidades espirituales y pastorales de los emigrantes, y
transformar siempre más la experiencia migratoria en instrumento de diálogo y de
anuncio del mensaje cristiano. Este documento, además, aspira a satisfacer
algunas exigencias importantes y actuales. Nos referimos a la necesidad de tener
en debida cuenta la nueva normativa de los dos Códigos Canónicos vigentes,
latino y oriental, respondiendo también a las exigencias particulares de los
fieles emigrados de las Iglesias Orientales Católicas, cada vez más numerosos.
Existe, además, la necesidad de una visión ecuménica del fenómeno, debido a la
presencia, en los flujos migratorios, de cristianos que no están en plena
comunión con la Iglesia Católica, así como de una visión interreligiosa, a causa
del número siempre mayor de emigrantes de otras religiones, en particular de
religión musulmana. Habrá que promover, en fin, una pastoral abierta a nuevas
perspectivas en nuestras mismas estructuras pastorales que garantice, al mismo
tiempo, la comunión entre los agentes de esta pastoral específica y la jerarquía
local.
Migraciones internacionales
4. El fenómeno migratorio cada vez más amplio, constituye hoy un importante
elemento de la interdependencia creciente entre los estados-nación, que
contribuye a definir el evento de la globalización,[3] que ha abierto los
mercados pero no las fronteras, ha derrumbado las barreras a la libre
circulación de la información y de los capitales, pero no lo ha hecho en la
misma medida con las de la libre circulación de las personas. Y sin embargo,
ningún estado puede sustraerse a las consecuencias de alguna forma de migración,
a menudo extremamente vinculada a factores negativos, como el retroceso
demográfico que se da en los países industrializados desde antiguo, el aumento
de las desigualdades entre el norte y el sur del mundo, la existencia en los
intercambios internacionales de barreras de protección que impiden que los
países emergentes puedan colocar sus propios productos, en condiciones
competitivas, en los mercados de los países occidentales y, en fin, la
proliferación de conflictos y guerras civiles. Todas estas realidades seguirán
siendo, también en los años venideros, otros tantos factores de estímulo y
expansión de los flujos migratorios (Cfr. EEu 87, 115 y PaG 67), si bien la
irrupción del terrorismo en la escena internacional provocará reacciones, por
motivos de seguridad, que pondrán trabas al movimiento de los emigrantes que
sueñan con encontrar trabajo y seguridad en los países del así llamado
bienestar, y que, por lo demás, están necesitados de mano de obra.
5. No sorprende, pues, que los flujos migratorios hayan producido y produzcan
innumerables desazones y sufrimientos a los emigrantes, a pesar de que, sobre
todo en la historia más reciente y en circunstancias determinadas, se les
animaba y favorecía para fomentar el desarrollo económico, tanto del país
receptor como de su propio país de origen (sobre todo con los envíos de dinero
de los inmigrantes). Muchas naciones, en verdad, no serían como las vemos hoy,
si no hubieran contado con la aportación de millones de inmigrados.
De forma especial, este sufrimiento alcanza a la emigración de los núcleos
familiares y a la femenina, siempre más numerosa. Contratadas con frecuencia
como trabajadoras no cualificadas (trabajadoras domésticas) y empleadas en el
trabajo irregular, las mujeres se ven, a menudo, despojadas de los derechos
humanos y sindicales más elementales, cuando no caen víctimas del triste
fenómeno conocido como "tráfico humano", que ya no exime ni siquiera a los
niños. Es un nuevo capítulo de la esclavitud.
Incluso cuando no se llega a estos extremos, hay que insistir en que los
trabajadores extranjeros no pueden ser considerados como una mercancía, o como
mera fuerza de trabajo, y que, por tanto, no deben ser tratados como un factor
de producción cualquiera. Todo emigrante goza de derechos fundamentales
inalienables que deben ser respetados en cualquier situación. La aportación de
los inmigrantes a la economía del país receptor va ligada, en realidad, a la
posibilidad de utilizar plenamente su inteligencia y habilidades, en el
desarrollo de su propia actividad.
6. A este respecto, la Convención internacional sobre la protección de los
derechos de todos los trabajadores emigrantes y los miembros de sus familias -
en vigor desde el 1 de julio de 2003 y cuya ratificación fue vivamente
recomendada por Juan Pablo II[4] - ofrece un compendio de derechos[5] que
permiten al inmigrante aportar dicha contribución; por consiguiente, lo que está
previsto en la Convención merece la adhesión, especialmente de los estados que
reciben mayores beneficios de la migración. Con tal fin, la Iglesia anima a la
ratificación de los instrumentos legales internacionales que garantizan los
derechos de los emigrantes, de los refugiados y de sus familias, proporcionando
también, a través de sus diversas instituciones y asociaciones competentes, esa
labor de intermediario (“advocacy”) que cada vez se hace más necesaria (centros
de atención para los inmigrantes, casas abiertas para ellos, oficinas de
servicios humanitarios, de documentación y "asesoramiento", etc.). En efecto,
los emigrantes son a menudo víctimas del reclutamiento ilegal y de contratos
precarios, en condiciones miserables de trabajo y de vida, y sufriendo abusos
físicos, verbales e incluso sexuales, ocupados durante largas horas de trabajo
y, con frecuencia, sin acceso a los beneficios de la atención médica y a las
formas normales de aseguración.
Esa situación de inseguridad de tantos extranjeros, que tendría que despertar la
solidaridad de todos, es, en cambio, causa de temores y miedos en muchas
personas que sienten a los inmigrados como un peso, los miran con recelo y los
consideran incluso un peligro y una amenaza. Lo que provoca con frecuencia
manifestaciones de intolerancia, xenofobia y racismo.[6]
7. La creciente presencia musulmana, así como, por lo demás, la de otras
religiones, en países con una población tradicionalmente de mayoría cristiana,
se coloca, en fin, en el capítulo más amplio y complejo del encuentro entre
culturas distintas y del diálogo entre las religiones. Existe, de cualquier
modo, una numerosa presencia cristiana en algunas naciones con una población, en
su gran mayoría, musulmana.
Ante un fenómeno migratorio tan generalizado, y con aspectos profundamente
distintos respecto al pasado, de poco servirían políticas limitadas únicamente
al ámbito nacional. Ningún país puede pensar hoy en solucionar por sí solo los
problemas migratorios. Más ineficaces aún resultarían las políticas meramente
restrictivas que, a su vez, producirían efectos todavía más negativos, con el
peligro de aumentar las entradas ilegales e incluso de favorecer la actividad de
organizaciones criminales.
8. Así pues, desde una reflexión global, las migraciones internacionales, son
consideradas como un importante elemento estructural de la realidad social,
económica y política del mundo contemporáneo, y su consistencia numérica hace
necesaria una más estrecha colaboración entre países emisores y receptores,
además de normativas adecuadas, capaces de armonizar las distintas disposiciones
legislativas. Todo ello, con el fin de salvaguardar las exigencias y los
derechos, tanto de las personas y de las familias emigradas, como de las
sociedades de llegada de los mismos.
El fenómeno migratorio, sin embargo, plantea, contemporáneamente, un auténtico
problema ético: la búsqueda de un nuevo orden económico internacional para
lograr una distribución más equitativa de los bienes de la tierra, que
contribuiría bastante a reducir y moderar los flujos de una parte numerosa de
los pueblos en situación precaria. De ahí también la necesidad de un trabajo más
incisivo para crear sistemas educativos y pastorales con vistas a una formación
a la "dimensión mundial", es decir, una nueva visión de la comunidad mundial
considerada como una familia de pueblos a la que, finalmente, están destinados
los bienes de la tierra, desde una perspectiva del bien común universal.
9. Las migraciones actuales, además, plantean a los cristianos nuevos
compromisos de evangelización y de solidaridad, llamándolos a profundizar en
esos valores, compartidos también por otros grupos religiosos o civiles,
absolutamente indispensables para garantizar una convivencia armoniosa. El paso
de sociedades monoculturales a sociedades multiculturales puede revelarse como
un signo de la viva presencia de Dios en la historia y en la comunidad de los
hombres, porque presenta una oportunidad providencial para realizar el plan de
Dios de una comunión universal.
El nuevo contexto histórico se caracteriza, de hecho, por los mil rostros del
otro; y la diversidad, contrariamente al pasado, se vuelve algo común en
muchísimos países. Los cristianos están llamados, por consiguiente, a
testimoniar y a practicar, además del espíritu de tolerancia, - que es un enorme
logro político, cultural y, desde luego, religioso - el respeto por la identidad
del otro, estableciendo, donde sea posible y conveniente, procesos de
coparticipación con personas de origen y cultura diferentes, con vistas también
a un "respetuoso anuncio" de la propia fe. Estamos todos llamados, por tanto, a
la cultura de la solidaridad[7], tan ardientemente invocada por el Magisterio,
para llegar juntos a una auténtica comunión de personas. Es el camino, nada
fácil, que la Iglesia invita a recorrer.
Migraciones internas
10. En estos últimos tiempos, también han aumentado notablemente las migraciones
internas en varios países, tanto voluntarias, por ejemplo, del campo a las
grandes ciudades, como forzosas; en este caso, se trata de los desplazados, de
los que huyen del terrorismo, de la violencia y del narcotráfico, sobre todo en
África y América Latina. Se calcula, en efecto, que, a escala mundial, la mayor
parte de los emigrantes se mueve dentro de la propia nación, incluso con ritmos
estacionales.
El fenómeno de dicha movilidad, en general abandonada a sí misma, ha fomentado
el desarrollo rápido y desordenado de centros urbanos sin condiciones para
recibir masas humanas tan grandes, y ha alimentado la formación de periferias
urbanas donde las condiciones de vida son precarias social y moralmente. Esta
situación obliga a los emigrantes a instalarse en ambientes con características
profundamente distintas de las del lugar de origen, creando notables
dificultades humanas y grandes peligros de desarraigo social, con graves
consecuencias para las tradiciones religiosas y culturales de las poblaciones.
Y a pesar de todo, las migraciones internas despiertan grandes esperanzas, a
menudo ilusorias e infundadas, en millones de personas, arrancándolas, sin
embargo, de los afectos familiares y dirigiéndolas a regiones distintas por el
clima y las costumbres, aunque con frecuencia lingüísticamente homogéneas. Si
más adelante regresan a su lugar de origen, lo hacen con otra mentalidad y con
estilos de vida diversos, y no pocas veces con otra visión del mundo, o
religiosa, y con actitudes morales distintas. También estas situaciones
representan desafíos para la acción pastoral de la Iglesia, Madre y Maestra.
11. En este campo, por consiguiente, la realidad actual exige también, a los
agentes pastorales y a las comunidades receptoras, en una palabra, a la Iglesia,
una diligente atención hacia las personas de la movilidad y a sus exigencias de
solidaridad y fraternidad. También a través de las migraciones internas, el
Espíritu lanza, con toda claridad y urgencia, el llamamiento a un renovado y
firme compromiso de evangelización y de caridad mediante formas articuladas de
acogida y de acción pastoral, constantes y capilares, lo más adecuadas posible a
la realidad y que respondan a las necesidades concretas y específicas de los
mismos emigrantes.
Iª Parte
LAS MIGRACIONES,
SIGNO DE LOS TIEMPOS Y SOLICITUD DE LA IGLESIA
Visión de fe del fenómeno migratorio
12. La Iglesia ha contemplado siempre en los emigrantes la imagen de Cristo que
dijo: "era forastero, y me hospedasteis" (Mt 25,35). Para ella sus vicisitudes
son interpelación a la fe y al amor de los creyentes, llamados, de este modo, a
sanar los males que surgen de las migraciones y a descubrir el designio que Dios
realiza a través suyo, incluso si nacen de injusticias evidentes.
Las migraciones, al acercar entre sí los múltiples elementos que componen la
familia humana, tienden, en efecto, a la construcción de un cuerpo social
siempre más amplio y variado, casi como una prolongación de ese encuentro de
pueblos y razas que, gracias al don del Espíritu en Pentecostés, se transformó
en fraternidad eclesial.
Si, por un lado, los sufrimientos que acompañan las migraciones son - de hecho -
la expresión de los ddolores de parto de una nueva humanidad, por el otro, las
desigualdades y los desequilibrios, de los que ellas son consecuencia y
manifestación, muestran la laceración introducida en la familia humana por el
pecado y constituyen, por tanto, un doloroso llamamiento a la verdadera
fraternidad.
13. Esta visión nos lleva a relacionar las migraciones con los eventos bíblicos
que marcan las etapas del arduo camino de la humanidad hacia el nacimiento de un
pueblo, por encima de discriminaciones y fronteras, depositario del don de Dios
para todos los pueblos y abierto a la vocación eterna del hombre. Es decir, la
fe percibe en ellas el camino de los Patriarcas que, sostenidos por la Promesa,
anhelaban la Patria futura, y el de los Hebreos que fueron liberados de la
esclavitud con el paso del Mar Rojo, con el éxodo que da origen al Pueblo de la
Alianza. La fe siempre encuentra en las migraciones, en cierto sentido, el
exilio que sitúa al hombre ante la relatividad de toda meta alcanzada y de nuevo
descubre en ellas el mensaje universal de los Profetas. Éstos denuncian como
contrarias al designio de Dios las discriminaciones, las opresiones, las
deportaciones, las dispersiones y las persecuciones, y las toman como punto de
partida para anunciar la salvación para todos los hombres, dando testimonio de
que incluso en la sucesión caótica y contradictoria de los acontecimientos
humanos, Dios sigue tejiendo su plan de salvación hasta la completa
recapitulación del universo en Cristo (cfr. Ef 1,10).
Migraciones e historia de la salvación
14. Por tanto, podemos considerar el actual fenómeno migratorio como un "signo
de los tiempos" muy importante, un desafío a descubrir y valorizar en la
construcción de una humanidad renovada y en el anuncio del Evangelio de la paz.
La Sagrada Escritura nos propone el sentido de todas las cosas. Israel tomó su
origen de Abraham, que obediente a la voz de Dios, salió de su tierra y se fue a
un país extranjero, llevando consigo la promesa divina de que iba a ser "padre
de un gran pueblo" (Gn 12,1-2). Jacob, de "arameo errante, que bajó a Egipto, y
se estableció allí como un forastero con unas pocas personas, se convirtió luego
en una nación grande, fuerte y numerosa" (Dt 26,5). Israel recibió la solemne
investidura de "Pueblo de Dios" después de la larga esclavitud en Egipto,
durante los cuarenta años de "éxodo" a través del desierto. La dura prueba de
las migraciones y deportaciones es, pues, fundamental en la historia del Pueblo
elegido en vista de la salvación de todos los pueblos: así sucede al regreso del
exilio (cfr. Is 42, 6-7; 49,5). Con esa memoria, se siente fortalecido en la
confianza en Dios, incluso en los momentos más oscuros de su historia (Sal 105
[104], 12-15; 106 [105], 45-47). En la Ley, además, se llega a dar, para las
relaciones con el extranjero que reside en el país, la misma orden impartida
para las relaciones con "los hijos de tu pueblo" (Lv 19,18), es decir, "lo
amarás como a ti mismo" (Lv 19,34).
Cristo "extranjero" y María icono vivo de la mujer emigrante
15 El cristiano contempla en el extranjero, más que al prójimo, el rostro mismo
de Cristo, nacido en un pesebre y que, como extranjero, huye a Egipto, asumiendo
y compendiando en sí mismo esta fundamental experiencia de su pueblo (cfr. Mt
2,13ss.). Nacido fuera de su tierra y procedente de fuera de la Patria (cfr, Lc
2,4-7), "habitó entre nosotros" (Jn 1,11.14), y pasó su vida pública como
itinerante, recorriendo "pueblos y aldeas" (cfr. Lc 13,22; Mt 9,35). Ya
resucitado, pero todavía extranjero y desconocido, se apareció en el camino de
Emaús a dos de sus discípulos que lo reconocieron solamente al partir el pan
(cfr. Lc 24,35). Los cristianos siguen, pues, las huellas de un viandante que
"no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8,20; Lc 9,58)”.[8]
María, la Madre de Jesús, siguiendo esta línea de consideraciones, se puede
contemplar también como icono viviente de la mujer emigrante.[9] Da a la luz a
su hijo lejos de casa (cfr. Lc 2,1-7) y se ve obligada a huir a Egipto (cfr. Mt
2,13-14). La devoción popular considera justamente a María como Virgen del
camino.
La Iglesia de Pentecostés
16. Contemplando ahora a la Iglesia, vemos que nace de Pentecostés, cumplimiento
del misterio pascual y evento eficaz, y también simbólico, del encuentro entre
pueblos. Pablo puede, así, exclamar: “En este orden nuevo no hay distinción
entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas,
esclavos y libres” (Col 3,11). En efecto, Cristo ha hecho de los dos pueblos
“una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba" (Ef 2,14).
Por otra parte, seguir a Cristo significa ir tras Él y estar de paso en el
mundo, porque "no tenemos aquí ciudad permanente" (Heb 13,14). El creyente es
siempre un pároikos, un residente temporal, un huésped, dondequiera que se
encuentre (cfr. 1Pe 1,1; 2,11; Jn 17,14-16). Por eso, para los cristianos su
propia situación geográfica en el mundo no es tan importante[10] y el sentido de
la hospitalidad les es connatural. Los Apóstoles insisten en este punto (cfr.
Rom 12,13; Heb 13,2; 1Pe 4,9; 3Jn 5) y las Cartas pastorales lo recomiendan en
particular al episkopos (cfr. 1Tim 3,2 y Tit 1,8). Así en la Iglesia primitiva,
la hospitalidad era la costumbre con que los cristianos respondían a las
necesidades de los misioneros itinerantes, jefes religiosos exiliados o de paso,
y personas pobres de las distintas comunidades.[11]
17. Los extranjeros son, además, signo visible y recuerdo eficaz de ese
universalismo que es un elemento constitutivo de la Iglesia católica. Una
"visión" de Isaías lo anunciaba: "Al final de los días estará firme el monte de
la casa del Señor, en la cima de los montes … Hacia él confluirán los gentiles,
caminarán pueblos numerosos" (Is 2,2). En el Evangelio, Jesús mismo lo predice:
"Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en
el Reino de Dios" (Lc 13,29); y en el Apocalipsis se contempla "una muchedumbre
inmensa ... de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7,9). La Iglesia se
encuentra, ahora, en el arduo camino hacia esa meta final,[12] y de esta
muchedumbre, las migraciones pueden ser como una llamada y prefiguración del
encuentro final de toda la humanidad con Dios y en Dios.
18. El camino de los emigrantes puede transformarse, de este modo, en signo vivo
de una vocación eterna, impulso continuo hacia esa esperanza que, al indicar un
futuro más allá del mundo presente, insiste en su transformación en la caridad y
en la superación escatológica. Las peculiaridades de los emigrantes se vuelven
llamamiento a la fraternidad de Pentecostés, donde las diferencias se ven
armonizadas por el Espíritu y la caridad se hace auténtica en la aceptación del
otro. Las vicisitudes migratorias pueden ser, pues, anuncio del misterio
pascual, por el que la muerte y la resurrección tienden a la creación de la
humanidad nueva, en la que ya no hay ni esclavos ni extranjeros (cfr. Gal 3,28).
La solicitud de la Iglesia hacia el emigrante y el refugiado
19. El fenómeno migratorio del siglo pasado fue un desafío para la pastoral de
la Iglesia, articulada en parroquias territoriales estables. Si en un principio,
el clero solía acompañar a los grupos que colonizaban nuevas tierras, para
continuar esa cura pastoral, ya desde mediados del siglo XIX, con frecuencia se
confió a diversas congregaciones religiosas la asistencia a los emigrantes[13].
En 1914, se dio una primera definición del clero encargado de la asistencia a
los emigrantes, mediante el Decreto Ethnografica studia,[14] que subrayaba la
responsabilidad de la Iglesia autóctona de asistir a los inmigrantes y
aconsejaba una preparación específica lingüística, cultural y pastoral del Clero
indígena. El Decreto Magni semper, de 1918,[15] después de la promulgación del
Código de Derecho Canónico, confiaba a la Congregación Consistorial los
procedimientos de autorización al clero para la asistencia a los emigrantes.
Durante la segunda post-guerra, en el siglo pasado, la realidad migratoria se
volvió aún más dramática, no sólo por las destrucciones causadas por el
conflicto, sino también porque se agudizó el fenómeno de los refugiados
(especialmente provenientes de los Países denominados del Este), entre los
cuales no pocos eran fieles de diversas Iglesias Orientales Católicas.
La Exsul familia
20. Se sentía, entonces, la necesidad de un documento que reuniera la riqueza
heredada de los anteriores ordenamientos y disposiciones y orientara hacia una
pastoral orgánica. La respuesta oportuna fue la Constitución apostólica Exsul
familia,[16] publicada por Pío XII el 1º de agosto de 1952, y considerada la
carta magna del pensamiento de la Iglesia sobre las migraciones. Es el primer
documento oficial de la Santa Sede que delinea, de modo global y sistemático,
desde un punto de vista histórico y canónico, la pastoral de los emigrantes.
Después de un amplio análisis histórico, sigue en la Constitución una parte
propiamente normativa muy articulada. Se afirma allí la responsabilidad primaria
del Obispo diocesano local en la cura pastoral de los emigrantes, aunque se
solicite todavía a la Congregación Consistorial la correspondiente organización.
El Concilio Ecuménico Vaticano II
21. Más adelante, el Concilio Vaticano II elaboró importantes líneas directrices
sobre esa pastoral específica, invitando ante todo a los cristianos a conocer el
fenómeno migratorio (cfr. GS 65-66) y a darse cuenta de la influencia que tiene
la emigración en la vida. Se insiste en el derecho a la emigración (cfr. GS
65),[17] en la dignidad del emigrante (cfr. GS 66), en la necesidad de superar
las desigualdades del desarrollo económico y social (cfr. GS 63) y de responder
a las exigencias auténticas de la persona (cfr. GS 84). El Concilio, además, en
un contexto particular, reconoció a la autoridad pública, el derecho de
reglamentar el flujo migratorio (cfr. GS 87).
El Pueblo de Dios - según la exhortación conciliar - debe garantizar un aporte
generoso en lo que respecta a la emigración, y se pide a los laicos cristianos,
sobre todo, que extiendan su colaboración a los campos más variados de la
sociedad (cfr. AA 10), haciéndose también "prójimos" del emigrante (cfr. GS 27).
Los Padres conciliares dedican especial atención a los fieles que, "por
determinadas circunstancias, no pueden aprovecharse suficientemente del cuidado
pastoral común y ordinario de los párrocos o carecen totalmente de él. Este es
el caso de la mayoría de los emigrantes, exiliados y prófugos, hombres del mar y
del aire, nómadas y otros parecidos. Es necesario promover métodos pastorales
adecuados para favorecer la vida espiritual de los que van de vacaciones a otras
regiones. Las Conferencias episcopales, sobre todo las nacionales, han de
ocuparse cuidadosamente de los problemas más urgentes de las personas
mencionadas. Con instituciones y medios adecuados han de cuidar y favorecer su
asistencia religiosa, en unidad de objetivos y de esfuerzos. En todo ello han de
tener en cuenta, sobre todo, las normas dadas o que dará la Sede Apostólica y
adaptarlas convenientemente a las condiciones de tiempos, lugares y
personas".[18]
22. El Concilio Vaticano II marca, por consiguiente, un momento decisivo para la
cura pastoral de los emigrantes y los itinerantes, dando particular importancia
al significado de la movilidad y la catolicidad, así como al de las Iglesias
particulares, al sentido de la Parroquia y a la visión de la Iglesia como
misterio de comunión. Por todo lo cual, ésta aparece y se presenta como "el
pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (LG 4).
La acogida al extranjero, que caracteriza a la Iglesia naciente, es, pues, sello
perenne de la Iglesia de Dios. Por otro lado está marcada por una vocación al
exilio, a la diáspora, a la dispersión entre las culturas y las etnias, sin
identificarse nunca completamente con ninguna de ellas; de lo contrario, dejaría
de ser, precisamente, primicia y signo, fermento y profecía del Reino universal,
y comunidad que acoge a todo ser humano sin preferencias de personas ni de
pueblos. La acogida al extranjero es inherente, por tanto, a la naturaleza misma
de la Iglesia y testimonia su fidelidad al Evangelio.[19]
23. En continuidad y cumplimiento de la enseñanza conciliar, el Papa Pablo VI
emanó el Motu proprio Pastoralis migratorum cura (1969),[20] promulgando la
Instrucción De Pastorali migratorum cura[21]. Luego, en 1978, la Comisión
Pontificia para la Pastoral de las Migraciones y del Turismo, Organismo
encargado entonces de la atención a los emigrantes, publicó la Carta a las
Conferencias Episcopales Iglesia y movilidad humana[22], que ofrecía una lectura
del fenómeno migratorio, puesta al día en ese momento, con una precisa y propia
interpretación y aplicación pastoral. Al desarrollar el tema de la acogida a los
emigrantes por parte de la Iglesia local, el documento subrayaba la necesidad de
una colaboración intraeclesial para una pastoral sin fronteras y reconocía, en
fin, valorizándolo, el papel específico de los laicos, de los religiosos y de
las religiosas.
La normativa canónica
24. El nuevo Código de Derecho Canónico para la Iglesia Latina, siempre a la luz
del Concilio y como confirmación, recomienda al párroco una especial diligencia
hacia los que están lejos de su patria (c. 529, §1), sosteniendo, no obstante,
la oportunidad y la obligación, en la medida de lo posible, de ofrecerles una
atención pastoral específica (c. 568). Contempla así, tal como lo hace también
el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, la constitución de
parroquias personales (CIC c. 518; CCEO c. 280, §1) y de las misiones con cura
de almas (c. 516), así como la figura de sujetos pastorales específicos, como el
vicario episcopal (c. 476) y el capellán de los emigrantes (c. 568).
El nuevo Código prevé, además, en su actuación conciliar (cfr. PO 10; AG 20,
nota 4; 27, nota 28), la institución de otras estructuras pastorales específicas
previstas en la legislación y en la praxis de la Iglesia.[23]
25. Puesto que en la movilidad humana los fieles de las Iglesias Orientales
Católicas de Asia, del Oriente medio y de Europa central y oriental, que se
dirigen hacia los Países del Occidente, actualmente son legión, se plantea, como
es evidente, el problema de su atención pastoral, siempre en el ámbito de la
responsabilidad de decisión del ordinario del lugar de acogida. Es urgente,
pues, ponderar las consecuencias pastorales y jurídicas de su presencia, siempre
más consistente, fuera de los territorios tradicionales, así como de los
contactos que se van estableciendo a distintos niveles, oficiales o privados,
individuales o colectivos, entre las comunidades y entre sus miembros. Y la
correspondiente normativa específica, que permite a la Iglesia católica respirar
ya, en cierto sentido, con dos pulmones,[24] está contenida en el CCEO.[25]
26. Dicho Código, en efecto, contempla la constitución de Iglesias sui iuris
(CCEO, cc. 27-28,147), recomienda la promoción y la observancia de los "ritos de
las Iglesias Orientales, como patrimonio de la Iglesia universal de Cristo" (c.
39; cfr. también los cc. 40-41) y establece una normativa precisa sobre las
leyes litúrgicas y disciplinarias (c. 150). Obliga al obispo de la eparquía a
asistir también a los fieles cristianos "de cualquier edad, condición, nación, o
Iglesia sui iuris, ya sea que vivan en el territorio de la eparquía, o que
permanezcan allí temporalmente" (c. 192, §1), y a cuidar de que los fieles
cristianos de otra Iglesia sui iuris a él confiados "mantengan el rito de la
propia Iglesia" (c. 193, §1), si es posible "mediante presbíteros y párrocos de
la misma Iglesia sui iuris" (c. 193, §2). El Código recomienda, en fin, que la
parroquia sea territorial, sin excluir aquellas personales, si lo exigen
condiciones particulares (cfr. c. 280, §1).
En el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales se prevé también la
existencia del Exarcado, definido como "una porción del pueblo de Dios que, por
circunstancias especiales, no se erige como Eparquía y que, circunscrita en un
territorio, o calificada con otros criterios, se confía a la cura pastoral del
exarca" (CCEO c. 311, §1).
Las líneas pastorales del Magisterio
27. Junto a la normativa canónica, una lectura atenta de los documentos y
disposiciones que la Iglesia ha emanado hasta ahora sobre el fenómeno
migratorio, lleva a subrayar algunos importantes desarrollos teológicos y
pastorales, a saber: la centralidad de la persona y la defensa de los derechos
del hombre y de la mujer emigrantes y de los de sus hijos; la dimensión eclesial
y misionera de las migraciones; la revalorización del Apostolado seglar; el
valor de las culturas en la obra de evangelización; la tutela y la valoración de
las minorías, incluso dentro de la Iglesia; la importancia del diálogo intra y
extra eclesial; la aportación específica de la emigración para la paz universal.
Dichos documentos indican, además, la dimensión pastoral del compromiso en favor
de los emigrantes. En la Iglesia, en efecto, todos deben encontrar "su propia
patria":[26] ella es el misterio de Dios entre los hombres, misterio del Amor
manifestado por el Hijo Unigénito, especialmente en su muerte y resurrección,
para "dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud" (Jn 10,10); todos
han de encontrar la fuerza para superar cualquier división y hacer que las
diferencias no lleven a rupturas, sino a la comunión, a través de la acogida del
otro en su diversidad legítima.
28. En la Iglesia se ha valorizado nuevamente el papel de los institutos de vida
consagrada y de las sociedades de vida apostólica en su aportación específica a
la cura pastoral de los emigrantes.[27] La responsabilidad, a este respecto, de
los obispos diocesanos y de las eparquías, se reafirma de manera inequívoca, y
esto vale tanto para la Iglesia de origen como para la Iglesia de acogida. En
esa misma responsabilidad están implicadas las Conferencias Episcopales de los
distintos países y las respectivas estructuras de las Iglesias Orientales. La
atención pastoral a los emigrantes, en efecto, conlleva la acogida, el respeto,
la tutela, la promoción y el amor auténtico a cada persona en sus expresiones
religiosas y culturales.
29. Las intervenciones pontificias más recientes han destacado y ampliado los
horizontes y las perspectivas pastorales en relación con el fenómeno migratorio,
dentro de la línea del hombre, camino de la Iglesia.[28] Desde el pontificado
del Papa Pablo VI, y luego en el de Juan Pablo II, sobre todo en sus Mensajes
con ocasión de la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado,[29] se
reafirman derechos fundamentales de la persona, en particular el derecho a
emigrar, para un mejor desarrollo de las propias capacidades y aspiraciones, y
de los proyectos de cada uno[30]. Al mismo tiempo se corrobora el derecho de
todo País de practicar una política migratoria que corresponda al bien común,
así como el derecho a no emigrar, es decir, a tener la posibilidad de realizar
los propios derechos y exigencias legítimas en el país de origen.[31]
El Magisterio, además, ha denunciado siempre, los desequilibrios
socioeconómicos, que son, en la mayoría de los casos, la causa de las
migraciones, los peligros de una globalización indisciplinada, en la que los
emigrantes resultan víctimas más que protagonistas de sus vicisitudes
migratorias, y el grave problema de la inmigración irregular, sobre todo cuando
el emigrante se transforma en objeto de tráfico y explotación por parte de
bandas criminales.[32]
30. El Magisterio ha insistido en la urgencia de una política que garantice a
todos los emigrantes la seguridad del derecho, "evitando cuidadosamente toda
posible discriminación",[33] al subrayar una amplia gama de valores y
comportamientos (la hospitalidad, la solidaridad, el compartir) y la necesidad
de rechazar todo sentimiento y manifestación de xenofobia y racismo por parte de
quienes los reciben.[34] Tanto en referencia a la legislación como a la praxis
administrativa de los distintos países, se presta una gran atención a la unidad
familiar y a la tutela de los menores, tantas veces entorpecida por las
migraciones,[35] así como a la formación, por medio de las migraciones, de
sociedades multiculturales.
La pluralidad cultural anima al hombre contemporáneo al diálogo y a interrogarse
acerca de las grandes cuestiones existenciales, como el sentido de la vida y de
la historia, del sufrimiento y de la pobreza, del hambre, de las enfermedades y
de la muerte. La apertura a las distintas identidades culturales no significa,
sin embargo, aceptarlas todas indiscriminadamente, sino respetarlas - por ser
inherentes a las personas - y eventualmente apreciarlas en su diversidad. La
"relatividad" de las culturas fue subrayada, además, por el Concilio Vaticano II
(Cfr. GS 54, 55, 56, 58). La pluralidad es riqueza y el diálogo es ya
realización, aunque imperfecta y en continua evolución, de aquella unidad
definitiva a la que la humanidad aspira y está llamada.
Los organismos de la Santa Sede
31. La solicitud constante de la Iglesia en favor de la asistencia religiosa,
social y cultural a los emigrantes, testimoniada por el Magisterio, viene
acreditada también por los organismos especiales que la Santa Sede ha instituido
a tal objeto.
Su inspiración original se halla en el memorial Pro emigratis catholicis, del
Beato Giovanni Battista Scalabrini, que, consciente de las dificultades
despertadas en el extranjero por los varios nacionalismos europeos, propuso a la
Santa Sede la institución de una Congregación (o Comisión) pontificia para todos
los emigrantes católicos. La finalidad de tal Congregación, formada por
representantes de varias naciones, debía ser la de proporcionar "asistencia
espiritual a los emigrantes en las distintas situaciones y en los diferentes
momentos del fenómeno, especialmente en las Américas, y mantener viva en sus
corazones la fe católica".[36]
Dicha intuición se fue concretando gradualmente. En 1912, después de la reforma
de la Curia Romana realizada por San Pío X, fue creada la primera Oficina para
los problemas de las migraciones en el seno de la Congregación Consistorial. En
1970, el Papa Pablo VI instituyó la Comisión Pontificia para la Pastoral de las
Migraciones y del Turismo que, en 1988, con la Constitución apostólica Pastor
Bonus, se transformó en el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes
e Itinerantes. A éste se le solicitó que atendiera a "los que se han visto
obligados a dejar su patria o carecen totalmente de ella: prófugos, exiliados,
emigrantes, nómadas, gente del circo, marinos, tanto en el mar como en los
puertos, todos los que se encuentran fuera de su propio domicilio y los que
trabajan en los aeropuertos o en los aviones".[37]
32. El Consejo Pontificio tiene, pues, la tarea de suscitar, promover y animar
las oportunas iniciativas pastorales en favor de quienes, por su propia
voluntad, o por necesidad, dejan el lugar de su residencia habitual, y seguir
con atención las cuestiones sociales, económicas y culturales que suelen ser la
causa de esos desplazamientos.
Directamente, el Consejo Pontificio se dirige a las conferencias episcopales y a
los consejos regionales correspondientes, a las respectivas estructuras
jerárquicas de las Iglesias Orientales Católicas interesadas y a los
obispos/jerarcas, individualmente, para animarles, dentro del respeto de las
responsabilidades de cada cual, a la realización de una pastoral específica para
los que están implicados en el fenómeno, siempre más amplio, de la movilidad
humana, adoptando las medidas que requieren las situaciones cambiantes.
En los últimos tiempos, también se ha contemplado la dimensión migratoria en las
relaciones ecuménicas y, por tanto, se multiplican los primeros contactos al
respecto con otras Iglesias y Comunidades eclesiales. Se considera, igualmente,
con atención, el diálogo interreligioso. El mismo Consejo Pontificio, en fin,
con sus superiores y oficiales, está presente, algunas veces, en los foros
internacionales, en representación de la Santa Sede, con ocasión de las
reuniones de organismos multilaterales.
33. Entre las principales organizaciones católicas dedicadas a la asistencia a
los emigrantes y refugiados no podemos olvidar, en este contexto, la creación,
en 1951, de la Comisión Católica Internacional para las Migraciones. El apoyo
que en estos primeros cincuenta años la Comisión ha brindado, con espíritu
cristiano, a los gobiernos y organismos internacionales, y su aportación a la
búsqueda de soluciones duraderas para los emigrantes y refugiados en todo el
mundo, constituyen un gran mérito para la misma. El servicio que la Comisión ha
prestado, y aún presta, "está trabado por una doble fidelidad: a Cristo ... y a
la Iglesia" - como ha afirmado Juan Pablo II.[38] Su obra "ha sido un elemento
muy fecundo de cooperación ecuménica e interreligiosa".[39]
En fin, no podemos olvidar el gran empeño de las distintas Caritas, y de otros
organismos de caridad y solidaridad, en el servicio que prestan también a los
emigrantes y a los refugiados.
IIª Parte
LOS EMIGRANTES Y LA PASTORAL DE ACOGIDA
"Inculturación" y pluralismo cultural y religioso
34. Siendo Sacramento de unidad, la Iglesia supera las barreras y las divisiones
ideológicas o raciales, y proclama a todos los hombres y a todas las culturas la
necesidad de encaminarse hacia la verdad, desde una perspectiva de justa
confrontación, de diálogo y de mutua acogida. Las diversas identidades
culturales deben abrirse, así, a una lógica universal, sin desmentir las propias
características positivas, más bien poniéndolas al servicio de toda la
humanidad. Esta lógica, al mismo tiempo que compromete a cada Iglesia
particular, pone de relieve y manifiesta esa unidad en la diversidad que se
contempla en la visión trinitaria, que, a su vez, vincula la comunión de todos a
la plenitud de la vida personal de cada uno.
Desde esta perspectiva, la situación cultural actual, en su dinámica global,
representa un desafío sin precedentes, para una encarnación de la única fe en
las distintas culturas, un auténtico kairós que interpela al Pueblo de Dios
(cfr. EEu 58).
35. Podemos decir que nos encontramos ante un pluralismo cultural y religioso
que nunca ha sido experimentado de forma tan consciente como ahora. Por un lado,
se marcha a grandes pasos hacia una apertura mundial, facilitada por la
tecnología y los medios de comunicación, - que llega a poner en contacto, o
incluso a introducir el uno en el otro -, universos culturales y religiosos
tradicionalmente distintos y ajenos entre sí; mientras, por el otro lado,
renacen las exigencias de identidad local que encuentran en el carácter
específico de la cultura de cada uno el instrumento de su realización.
36. Esta fluidez cultural hace aún más indispensable la "inculturación", porque
no se puede evangelizar sin entrar en profundo diálogo con las culturas. Junto
con pueblos de raíces distintas, otros valores y modelos de vida golpean a
nuestras puertas. Mientras cada cultura tiende, de este modo, a pensar el
contenido del Evangelio en el propio ámbito de vida, es tarea del Magisterio de
la Iglesia guiar ese intento juzgando su validez.
La "inculturación" comienza con la escucha, es decir, con el conocimiento de
aquellos a quienes se anuncia el Evangelio. Esa escucha y ese conocimiento
llevan, en efecto, a juzgar mejor los valores positivos y las características
negativas presentes en su cultura, a la luz del misterio pascual de muerte y de
vida. En este caso no es suficiente la tolerancia, se requiere la simpatía, el
respeto, en la medida de lo posible, de la identidad cultural de los
interlocutores. Reconocer sus aspectos positivos y apreciarlos, porque preparan
a la acogida del Evangelio, es un preámbulo necesario para el éxito del anuncio.
Sólo así nacen el diálogo, la comprensión y la confianza. La atención al
Evangelio se transforma, de este modo, en atención a las personas, a su dignidad
y libertad. Promoverlas en su integridad exige un compromiso de fraternidad,
solidaridad, servicio y justicia. El amor de Dios, en efecto, mientras dona al
hombre la verdad y le manifiesta su altísima vocación, promueve también su
dignidad y hace nacer la comunidad alrededor del anuncio acogido e
interiorizado, celebrado y vivido[40].
La Iglesia del Concilio Ecuménico Vaticano II
37. En la visión del Concilio Ecuménico Vaticano II, la Iglesia realiza su
ministerio pastoral, fundamentalmente, mediante tres modalidades:
- Como comunión, da valor a las legítimas particularidades de las comunidades
católicas, conjugándolas con la universalidad. La unidad de Pentecostés no anula
las distintas lenguas y culturas, sino que las reconoce en su identidad,
abriéndolas, sin embargo, a la alteridad, a través del amor universal que en
ellas obra. La única Iglesia Católica está, pues, constituida por y en las
Iglesias particulares, así como las Iglesias particulares están constituidas en
y por la Iglesia universal (cfr. LG 13).[41]
- Como misión, el ministerio eclesial se dirige hacia otros sitios para
comunicar su propio tesoro y enriquecerse con nuevos dones y valores. Ese
carácter misionero se desarrolla también dentro de la misma Iglesia particular,
ya que la misión consiste ante todo en irradiar la gloria de Dios, y la Iglesia
necesita "saber proclamar las grandezas de Dios ... y ser nuevamente convocada y
reunida por Él" (EN 15).
- Como Pueblo y Familia de Dios, misterio, sacramento, Cuerpo místico y templo
del Espíritu, la Iglesia se hace historia de un Pueblo en camino que, partiendo
del misterio de Cristo y de las experiencias de los individuos y de los grupos
que la componen, está llamada a construir una nueva historia, don de Dios y
fruto de la libertad humana. En la Iglesia, pues, también los emigrantes están
convocados a ser protagonistas con todo el Pueblo de Dios peregrino en la tierra
(cfr. RMi 32, 49, 71).
38. Concretamente, las opciones pastorales específicas para la acogida a los
emigrantes se pueden delinear del siguiente modo:
- atención a un determinado grupo étnico o de rito, para promover un verdadero
espíritu católico (cfr. LG 13);
- necesidad de salvaguardar la universalidad y la unidad sin entrar en conflicto
con la pastoral específica que, cuando sea posible, confía los emigrantes a
presbíteros de su mismo idioma, de una iglesia sui iuris, o a presbíteros que
les sean afines, desde un punto de vista lingüístico-cultural (cfr. DPMC 11);
- gran importancia, por tanto, de la lengua materna de los emigrantes, a través
de la que expresan mentalidad, forma de pensar, cultura y rasgos de su vida
espiritual y de las tradiciones de sus Iglesias de origen (cfr. DPMC 11).
Dicha pastoral específica se sitúa en el contexto del fenómeno migratorio que,
al reunir a personas de distinta nacionalidad, etnia y religión, contribuye a
hacer visible la auténtica fisonomía de la Iglesia (cfr. GS 92) y valoriza la
importancia ecuménica y de diálogo misionero de las migraciones.[42] También a
través de ellas, en efecto, se realizará entre las gentes el designio salvífico
de Dios (cfr. Act 11,19-21).[43] Por eso es necesario hacer crecer en los
emigrantes la vida cristiana, llevándola hasta la madurez, por medio de un
apostolado "evangelizador" y "catequético" (cfr. CD 13-14 y DPMC 4).
Esa tarea del diálogo misionero corresponde a todos los miembros del Cuerpo
místico; por eso los emigrantes mismos deben realizarla en la triple función de
Cristo, Sacerdote, Rey y Profeta. Por consiguiente, habrá que edificar y hacer
crecer en ellos y con ellos la Iglesia, para redescubrir juntos los valores
cristianos y revelarlos, y para formar una auténtica comunidad sacramental de
fe, de culto, de caridad[44] y de esperanza.
La situación particular en que se llegan a encontrar los capellanes/misioneros,
así como los agentes pastorales laicos, en relación con la jerarquía y con el
clero local, les impone una conciencia viva de la necesidad de ejercer su
ministerio en estrecha unión con el obispo diocesano, o con el jerarca, y con su
clero (cfr. CD 28-29; AA 10 y PO 7). La dificultad y la importancia de lograr
ciertos objetivos, tanto a nivel comunitario como individual, servirán de
estímulo a los capellanes/misioneros de los emigrantes para buscar la más amplia
y justa colaboración de religiosos y religiosas (cfr. DPMC 52-55) y de laicos
(cfr. DPMC 56-61). [45]
Acogida y solidaridad
39. Las migraciones constituyen, por tanto, un hecho que afecta también a la
dimensión religiosa del hombre, y ofrecen a los emigrantes católicos la
oportunidad privilegiada, aunque a menudo dolorosa, de lograr un mayor sentido
de pertenencia a la Iglesia universal, más allá de la particularidad.
Con tal fin, es importante que las comunidades no consideren agotado su deber
hacia los inmigrantes simplemente con gestos de ayuda fraterna o apoyando leyes
sectoriales que promuevan una digna inserción en la sociedad, que respete la
identidad legítima del extranjero. Los cristianos deben ser los promotores de
una verdadera cultura de la acogida (cfr. EEu 101 y 103), que sepa apreciar los
valores auténticamente humanos de los demás, más allá de todas las dificultades
que implica la convivencia con quienes son distintos de nosotros (cfr. EEu, 85 y
112, y PaG 65).
40. Los cristianos realizarán todo esto mediante una acogida auténticamente
fraterna, respondiendo a la invitación de S. Pablo: "Acogeos mutuamente como
Cristo os acogió, para gloria de Dios" (Rom 15,7). [46]
El simple llamamiento, por altamente inspirado y apremiante que sea, no da,
cierto, una respuesta automática y concreta a lo que nos agobia día tras día; no
elimina, por ejemplo, el temor generalizado o la inseguridad de la gente; no
garantiza el debido respeto de la legalidad y la salvaguardia de la comunidad
receptora. Pero el espíritu auténticamente cristiano de acogida dará el estilo y
el valor para afrontar estos problemas y sugerirá las formas concretas de
superarlos en la vida diaria de nuestras comunidades cristianas (cfr. EEu 85 y
111).
41. Por tanto, toda la Iglesia del país receptor debe sentirse involucrada y
movilizada en favor de los inmigrantes. En las Iglesias particulares, habrá que
reexaminar y programar la pastoral, para ayudar a los fieles a vivir una fe
auténtica en el actual nuevo contexto multicultural y multirreligioso.[47] Por
eso, es tan necesario, con la ayuda de los agentes sociales y pastorales, dar a
conocer a las poblaciones autóctonas los complejos problemas de las migraciones
y contrarrestar los recelos infundados y los prejuicios ofensivos hacia los
extranjeros.
En la enseñanza de la religión y en la catequesis habrá que buscar la manera
adecuada de crear, en la conciencia cristiana, el sentido de acogida,
especialmente hacia los más pobres y marginados, como son con frecuencia los
emigrantes: una acogida fundada en el amor a Cristo, seguros de que el bien
hecho al prójimo, en particular al más necesitado, por amor de Dios, lo hacemos
a Él mismo. Esta catequesis tampoco podrá dejar de referirse a los graves
problemas que preceden y acompañan el fenómeno migratorio, como son la cuestión
demográfica, el trabajo y sus condiciones (fenómeno del trabajo negro), la
atención a los numerosos ancianos, la criminalidad organizada, la explotación y
el tráfico y contrabando de seres humanos.
42. En cuanto a la acogida, será útil y correcto distinguir los conceptos de
asistencia en general (o primera acogida, más bien limitada en el tiempo), de
acogida propiamente dicha (que se refiere más bien a proyectos a más largo
plazo) y de integración (objetivo a largo plazo, que se ha de perseguir
constantemente y en el sentido correcto de la palabra).
Los agentes de pastoral que poseen una competencia específica para la
intermediación cultural - agentes de cuyo servicio deben proveerse también
nuestras comunidades católicas - están llamados a ayudar a conjugar la exigencia
legítima de orden, legalidad y seguridad social con la realización concreta de
la vocación cristiana a la acogida y a la caridad. Será importante lograr que
todos se den cuenta de las ventajas, no sólo económicas, que puede aportar a los
países industrializados el flujo migratorio reglamentado y que, al mismo tiempo,
adquieran conciencia, cada vez más, de que a la necesidad de brazos responden
aquellos que los tienen: personas, es decir, hombres, mujeres y enteros núcleos
familiares con niños y ancianos.
43. En todo caso, será siempre muy importante la actividad de asistencia o
"primera acogida" (por ej., las "casas de los emigrantes", especialmente en los
países de tránsito hacia los países receptores), para responder a las
emergencias que conlleva el movimiento migratorio: comedores, dormitorios,
consultorios, ayuda económica, centros de escucha. Son igualmente importantes
las intervenciones de acogida propiamente dicha, para lograr una progresiva
integración y autosuficiencia del extranjero inmigrante. Recordemos, en
especial, el empeño en favor de la reunión familiar, la educación de los hijos,
la vivienda, el trabajo, el asociacionismo, la promoción de los derechos civiles
y las distintas formas de participación de los inmigrantes en las sociedades de
llegada. Las asociaciones religiosas, socio-caritativas y culturales de
inspiración cristiana tendrán que pensar, además, en hacer participar a los
inmigrantes en sus propias estructuras.
Liturgia y religiosidad popular
44. Los fundamentos eclesiológicos de la pastoral migratoria ayudarán también a
tender hacia una liturgia más atenta a la dimensión histórica y antropológica de
las migraciones, para que la celebración litúrgica sea la expresión viva de
comunidades de fieles que caminan hic et nunc por los caminos de la salvación.
Se presenta, así, la cuestión de la relación de la liturgia con la índole, la
tradición y el genio de los distintos grupos culturales, y el problema de cómo
responder a situaciones sociales y culturales particulares, en el ámbito de una
pastoral que asuma una específica formación y animación litúrgica (cfr. SC 23),
promoviendo también una más amplia participación de los fieles en la Iglesia
particular (cfr. EEu 69-72 y 78-80).
45. Debido, también, a la escasez de sus fuerzas, los presbíteros tendrán además
que valorizar a los laicos en los ministerios no ordenados. Desde esta
perspectiva, hay que considerar la posibilidad, en los lugares donde falten
presbíteros disponibles, también en las comunidades de inmigrantes, de realizar
las asambleas dominicales sin sacerdote (cfr. CIC c. 1248, §2), donde se ora, se
proclama la Palabra y se distribuye la Eucaristía (cfr. PaG 37) bajo la guía de
un diácono o de un laico que ha sido legítimamente destinado a tal fin.[48] La
escasez de sacerdotes para los emigrantes se puede de hecho suplir, en parte,
encomendando algunas funciones de servicio en la parroquia a laicos
especialmente preparados, conforme al CIC (cfr. cc. 228, §1; 230, §3 y 517, §2).
Por lo demás, habrá que atenerse a las normas generales ya impartidas por la
Santa Sede y recordadas en la Carta Apostólica Dies Domini, que reza: "La
Iglesia, considerando el caso de la imposibilidad de la celebración eucarística,
recomienda convocar asambleas dominicales en ausencia del sacerdote, según las
indicaciones y directrices de la Santa Sede y cuya aplicación se confía a las
Conferencias Episcopales".[49]
En ese mismo contexto, los presbíteros procurarán crear en el Pueblo de Dios una
mayor conciencia de la necesidad, en la vida de cada Iglesia particular, de
auténticas vocaciones al sacerdocio ministerial y de promover, también en el
ambiente de los emigrantes, una intensa pastoral vocacional para el ministerio
ordenado (cfr. EE 31-32 y PaG 53-54).
46. Merece una atención particular la religiosidad popular,[50] puesto que
caracteriza a muchas comunidades de inmigrantes. Además de reconocer que "cuando
está bien orientada, sobre todo mediante una pedagogía de evangelización,
contiene muchos valores" (EN 48), habrá que tener presente, que para muchos
inmigrantes se trata de un elemento fundamental de unión con la Iglesia de
origen y con maneras precisas de comprender y de vivir la fe. Habrá que
realizar, en este caso, una profunda obra de evangelización, y además dar a
conocer y hacer apreciar a la comunidad local católica algunas formas de
devoción de los inmigrantes, para que ella las pueda comprender. De esta unión
espiritual podrá nacer también una liturgia más participada, más integrada y más
rica espiritualmente.
Esto mismo se puede decir en lo referente al vínculo con las diversas Iglesias
Orientales Católicas. La Sagrada Liturgia, celebrada en el rito de la propia
Iglesia sui iuris, es importante, en efecto, porque salvaguarda la identidad
espiritual de los emigrantes católicos de Oriente, así como el uso de sus
lenguas, en las sagradas funciones religiosas.[51]
47. Debido a la particular condición de vida de los emigrantes, la pastoral debe
dar, igualmente, mucho espacio, siempre desde una perspectiva litúrgica, a la
familia como "iglesia doméstica", a la oración comunitaria, a los grupos
bíblicos familiares, a los comentarios, en familia, del año litúrgico (cfr. EEu
78). Merecen una atenta consideración, asimismo, las formas de bendiciones
familiares que ofrece el Ritual de las bendiciones.[52]
Se asiste, hoy, además, a un nuevo empeño por involucrar a las familias en la
pastoral de los Sacramentos, que puede dar una nueva vitalidad a las comunidades
cristianas. Muchos jóvenes (cfr. PaG 53) y adultos redescubren por ese camino el
significado y el valor de itinerarios que les ayudan a fortalecer la fe y la
vida cristiana.
48. Un especial peligro para la fe se desprende, entre otras cosas, del
pluralismo religioso actual, entendido como relativismo y sincretismo en materia
religiosa. Para evitarlo, es necesario preparar nuevas iniciativas pastorales
que permitan afrontar adecuadamente ese fenómeno, que se presenta como uno de
los problemas pastorales más graves, junto con el pulular de las sectas.[53]
Inmigrantes católicos
49. Por lo que se refiere a los inmigrantes católicos, la Iglesia contempla una
pastoral específica, requerida por la diversidad de idioma, origen, cultura,
etnia y tradición, o por la pertenencia a una determinada Iglesia sui iuris, con
rito propio, que obstaculizan, a menudo, una plena y rápida inserción de los
inmigrantes en las parroquias territoriales locales, y que se deben tener
presentes en vista de la erección de parroquias o de una jerarquía propia para
los fieles de determinadas Iglesias sui iuris. A los muchos desarraigos (de la
tierra de origen, de la familia, de la lengua, etc.), a los que expone
forzosamente la expatriación, no se debería agregar el del rito o de la
identidad religiosa del emigrante.
50. Los grupos particularmente numerosos y homogéneos de inmigrantes han de ser
estimulados para que mantengan la propia, específica, tradición católica. En
particular, habrá que tratar de proporcionarles la asistencia religiosa en forma
organizada, con sacerdotes del mismo idioma, cultura y rito de los inmigrantes,
eligiendo la figura jurídica más adecuada entre las que prevén el CIC y el CCEO.
En todo caso, nunca será suficiente insistir en la necesidad de una profunda
comunión entre las misiones lingüísticas o rituales y las parroquias
territoriales, y será importante, asimismo, llevar a cabo una acción que tienda
al conocimiento recíproco, aprovechando todas las ocasiones que proporciona la
atención pastoral ordinaria para hacer participar a los inmigrantes en la vida
de las Parroquias (cfr. EEu 28).
Si la escasez del número de fieles no consiente una específica asistencia
religiosa organizada, la Iglesia particular de llegada deberá ayudarles a
superar los inconvenientes del desarraigo de la comunidad de origen y las graves
dificultades de inserción en la comunidad de llegada. De todos modos, en los
centros con menos inmigrantes, será preciosa una formación sistemática,
catequística y de animación litúrgica, realizada por los agentes de pastoral,
religiosos y laicos, en estrecha colaboración con el capellán/misionero (cfr.
EEu 51, 73 y además PaG 51).
51. Vale la pena recordar aquí la necesidad de una asistencia pastoral
específica para los técnicos, profesionales y estudiantes extranjeros que
residen temporalmente en Países con mayoría musulmana o de otra religión.
Abandonados a sí mismos y sin una guía espiritual, en vez de dar un testimonio
cristiano, podrían ser causa de juicios erróneos sobre el Cristianismo. Decimos
esto independientemente de la influencia benéfica que miles y miles de
cristianos ejercen en esos mismos países, dando un auténtico testimonio, o del
regreso al lugar de origen con minoría cristiana de antiguos emigrantes de otra
religión que proceden de zonas intensamente católicas.
Inmigrantes católicos de rito oriental
52. Los inmigrantes católicos de rito oriental, hoy siempre más numerosos,
merecen una atención pastoral particular. Recordemos, ante todo, por lo que a
ellos se refiere, la obligación jurídica de observar en todas partes - cuando
sea posible - el rito propio, entendido como patrimonio litúrgico, teológico,
espiritual y disciplinario (cfr. CCEO c. 28, §1; EEu 118 y PaG 72).
Por consiguiente, aunque estén encomendados a la cura del jerarca o del párroco
de otra Iglesia sui iuris, permanecen adscriptos a su propia Iglesia sui iuris
(cfr. CCEO c. 38); aún más, la costumbre, por prolongada que sea, de recibir los
sacramentos según el rito de otra Iglesia sui iuris, no implica la adscripción a
ésta (cfr. CIC c. 112, §2). Existe, en efecto, la prohibición de cambiar de rito
sin la aprobación de la Sede Apostólica (cfr. CCEO c. 32 y CIC c. 112, §1).
Los inmigrantes católicos orientales, aunque queda establecido para ellos el
derecho y el deber de observar el propio rito, tienen también el derecho de
participar activamente en las celebraciones litúrgicas de cualquier Iglesia sui
iuris y, por tanto, también de la Iglesia Latina, según las prescripciones de
los libros litúrgicos (cfr. CCEO c. 403, §1).
La jerarquía deberá preocuparse porque aquellos que tienen relaciones frecuentes
con fieles de otro rito lo conozcan y lo veneren (cfr. CCEO c. 41) y velará
porque ninguno de ellos se sienta limitado en su libertad, en razón de la lengua
o del rito (cfr. CCEO c. 588).
53. El Concilio Ecuménico Vaticano II (CD 23), de hecho, establece igualmente
que "donde haya fieles de diverso rito, provea el obispo diocesano a sus
necesidades espirituales por sacerdotes o parroquias del mismo rito o por un
vicario episcopal, dotado incluso del carácter episcopal o que se desempeñe por
el mismo el oficio de ordinario de los diversos ritos". Más adelante añade: "el
Obispo puede nombrar uno o más vicarios episcopales, que ... con relación a los
fieles de diverso rito, tienen de derecho la misma facultad que el derecho común
confiere al vicario general" (CD 27).
54. Conforme al dictamen conciliar, el CIC (c. 383, §2) establece que el obispo,
"si hay en su diócesis fieles de otro rito, provea a sus necesidades
espirituales mediante sacerdotes o parroquias de ese rito, o mediante un vicario
episcopal". Este, según el c. 476 del CIC, "tiene la misma potestad ordinaria
que por derecho universal compete al Vicario general", también con relación a
los fieles de un determinado rito. El CIC, después de haber enunciado el
principio de la territorialidad de la parroquia, establece, en efecto, que
"donde convenga, se constituirán parroquias personales, en razón del rito" (c.
518).
55. En caso de que así se proceda, dichas parroquias serán jurídicamente parte
integrante de la diócesis latina, y los párrocos del mismo rito serán miembros
del presbiterio diocesano del obispo latino. Hay que notar, sin embargo, que si
bien los fieles, en la hipótesis prevista por los cánones arriba mencionados, se
hallan en el ámbito de jurisdicción del obispo latino, es oportuno que éste,
antes de crear parroquias personales o designar un presbítero como asistente o
párroco, o incluso un vicario episcopal, se ponga en contacto tanto con la
Congregación para las Iglesias Orientales, como con la respectiva jerarquía, y
en particular con el patriarca.
Cabe recordar, aquí, que el CCEO (c. 193, §3) prevé, en caso de que los obispos
de una eparquía instituyan este tipo de presbíteros, de párrocos o vicarios
episcopales para atender a los fieles cristianos de las Iglesias patriarcales,
que se pongan en contacto con los patriarcas correspondientes y, si éstos lo
aprueban, hagan uso de su propia autoridad informando al respecto, lo más pronto
posible, a la Sede Apostólica; si los patriarcas, por el contrario, disienten
por cualquier motivo, el asunto ha de ser presentado al examen de la Sede
Apostólica.[54] Aunque en el CIC falte una mención expresa a este tema, la
disposición debería valer, por analogía, también para los obispos diocesanos
latinos.
Inmigrantes de otras Iglesias y Comunidades eclesiales
56. La presencia, siempre más numerosa, de inmigrantes cristianos que no están
en plena comunión con la Iglesia Católica, ofrece a las Iglesias particulares
nuevas posibilidades de vivir la fraternidad ecuménica en lo concreto de la vida
diaria y de establecer, lejos de fáciles irenismos y del proselitismo, una mayor
comprensión recíproca entre Iglesias y Comunidades eclesiales. Se trata de
poseer ese espíritu de caridad apostólica que, por un lado, respeta la
conciencia del otro y reconoce los bienes que allí encuentra, pero que, por
otro, puede esperar también la oportunidad para transformarse en instrumento de
un encuentro más profundo entre Cristo y el hermano. Los fieles católicos no
deben olvidar que es también un servicio, y un signo de amor grande, acoger a
los hermanos en la plena comunión con la Iglesia. En todo caso, "si los
sacerdotes, ministros o comunidades que no están en plena comunión con la
Iglesia católica no tienen un lugar, ni los objetos litúrgicos necesarios para
celebrar dignamente sus ceremonias religiosas, el obispo diocesano puede
permitirles que utilicen una iglesia o un edificio católico e incluso prestarles
los objetos necesarios para su culto. En circunstancias análogas, se les puede
permitir la celebración de entierros y oficios religiosos en los cementerios
católicos".[55]
57. Hay que recordar aquí la legitimidad, en determinadas circunstancias, para
los no católicos, de recibir la Eucaristía junto con los católicos, según lo que
afirma también la reciente Encíclica Ecclesia de Eucharistia. En efecto, "si en
ningún caso es legítima la concelebración si falta la plena comunión, no ocurre
lo mismo con respecto a la administración de la Eucaristía, en circunstancias
especiales, a personas pertenecientes a Iglesias o Comunidades eclesiales que no
están en plena comunión con la Iglesia católica. En efecto, en este caso, el
objetivo es satisfacer una grave necesidad espiritual para la salvación eterna
de los fieles, singularmente considerados, pero no realizar una intercomunión,
que no es posible mientras no se hayan restablecido del todo los vínculos
visibles de la comunión eclesial. En ese sentido se orientó el Concilio Vaticano
II, fijando el comportamiento que se ha de tener con los Orientales que,
encontrándose de buena fe separados de la Iglesia católica, están bien
dispuestos y piden espontáneamente recibir la Eucaristía del ministro católico
(cfr. OE 27). Este modo de actuar ha sido ratificado después por ambos Códigos,
en los que también se contempla, con las oportunas adaptaciones, el caso de los
otros cristianos no orientales que no están en plena comunión con la Iglesia
católica (cfr. CIC c. 844, §§3-4 y CCEO c. 671, §§3-4)".[56]
58. De todos modos, habrá que observar un recíproco y especial respeto por los
respectivos ordenamientos, tal como lo recomienda el Directorio para la
Aplicación de los Principios y Normas sobre el Ecumenismo: "Los católicos deben
demostrar un sincero respeto por la disciplina litúrgica y sacramental de las
otras Iglesias y Comunidades eclesiales: éstas están invitadas a mostrar el
mismo respeto por la disciplina católica".[57]
Dichas disposiciones y el "ecumenismo de la vida diaria" (PaG 64), en el caso de
los emigrantes, no dejarán de producir efectos benéficos. Momentos destacados de
empeño ecuménico podrán ser, en cualquier caso, las grandes fiestas litúrgicas
de las distintas Confesiones, las tradicionales Jornadas mundiales de la paz,
del emigrante y el refugiado, y la Semana anual de oración por la unidad de los
cristianos.
Inmigrantes de otras religiones, en general
59. En estos últimos tiempos, se ha ido incrementado cada vez más, en los países
de antigua tradición cristiana, la presencia de inmigrantes no cristianos,
respecto a los cuales ofrecen una sólida orientación varios documentos del
Magisterio, en especial la Encíclica Redemptoris Missio,[58] así como la
Instrucción Diálogo y anuncio.[59]
La Iglesia se empeña también en favor de los inmigrantes no cristianos, mediante
la promoción humana y el testimonio de la caridad, que conlleva ya de por sí un
valor evangelizador, propicio para abrir los corazones al anuncio explícito del
Evangelio, realizado con la debida prudencia cristiana y el total respeto de la
libertad. Los inmigrantes que pertenecen a otra religión han de ser apoyados en
toda circunstancia, en la medida de lo posible, para que conserven la dimensión
trascendente de la vida.
La Iglesia por tanto, está llamada a entrar en diálogo con ellos, "diálogo [que]
debe ser conducido y llevado a término con la convicción de que la Iglesia es el
camino ordinario de salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de
salvación" (RMi 55; cfr. también PaG 68).
60. Esto exige que las comunidades católicas de acogida aprecien cada vez más su
propia identidad, reafirmen su fidelidad a Cristo y conozcan bien los contenidos
de la fe, redescubran la dimensión misionera y, por tanto, se comprometan a dar
testimonio de Jesucristo, el Señor, y de su Evangelio. Es una condición
necesaria para que exista una disponibilidad a un diálogo sincero, abierto y
respetuoso con todos, pero que no sea ingenuo ni improvisado (cfr. PaG 64 y 68).
En particular es tarea de los cristianos ayudar a los inmigrantes a insertarse
en el tejido social y cultural del país que los recibe, aceptando sus leyes
civiles (cfr. PaG 72). Con el testimonio de vida, sobre todo, los cristianos
están llamados a denunciar ciertos rasgos que se presentan como valores en los
países industrializados y ricos (materialismo y consumismo, relativismo moral e
indiferentismo religioso), y que podrían hacer mella en las convicciones
religiosas de los inmigrantes.
Más aún, es de desear que dicho compromiso en favor de los inmigrantes no sea
sólo obra de los cristianos, considerados individualmente, o de las
tradicionales organizaciones de ayuda y socorro, sino que forme parte también
del programa general de los movimientos eclesiales y asociaciones laicales (cfr.
CfL 29).
Cuatro puntos a los que se debe prestar atención particular
61. Para evitar, en todo caso, malentendidos y confusiones, considerando las
diferencias que reconocemos mutuamente, por respeto a los propios lugares
sagrados y también a la religión del otro, no estimamos oportuno que los
espacios que pertenecen a los católicos - iglesias, capillas, lugares de culto,
locales reservados a las actividades específicas de evangelización y de pastoral
- se pongan a la disposición de las personas pertenecientes a religiones no
cristianas, ni mucho menos que sean utilizados para obtener la aprobación de
reivindicaciones dirigidas a las autoridades públicas. En cambio, los espacios
de carácter social - para el tiempo libre, el recreo y otros momentos de
socialización - podrían y deberían permannecer abiertos a las personas
pertenecientes a otras religiones, dentro del respeto de las normas que se
siguen en dichos espacios. La socialización que en ellos se lleva a cabo podría
ser una ocasión para favorecer la integración de los recién llegados y preparar
mediadores culturales capaces de ayudar a superar las barreras culturales y
religiosas, promoviendo así un adecuado conocimiento recíproco.
62. Las escuelas católicas (cfr. EEu 59 y PaG 52), además, no deben renunciar a
sus características peculiares y al propio proyecto educativo de orientación
cristiana, cuando en ellas se reciben a los hijos de inmigrantes de otras
religiones.[60] Se informará al respecto con toda claridad a los padres que
quieran inscribir a sus hijos. Asimismo, ningún niño será obligado a participar
en las liturgias católicas o a cumplir gestos contrarios a sus propias
convicciones religiosas.
Por su parte, las horas de religión previstas en el plan de estudios, si se
realizan con fines de enseñanza escolástica, podrían, libremente, servir a los
alumnos para conocer una creencia distinta de la propia. En cualquier caso, en
estas horas se educará a todos al respeto, sin relativismos, hacia las personas
que tienen una distinta convicción religiosa.
63. Por lo que se refiere al matrimonio entre católicos y inmigrantes no
cristianos, habrá que desaconsejarlo, aunque con distintos grados de intensidad,
según la religión de cada cual, con excepción de casos especiales, según las
normas del CIC y del CCEO. Habrá que recordar, en efecto, con las palabras del
Papa Juan Pablo II, que "En las familias en las que ambos cónyuges son
católicos, es más fácil que ellos compartan la propia fe con los hijos. Aun
reconociendo con gratitud aquellos matrimonios mixtos que logran alimentar la
fe, tanto de los esposos como de los hijos, la Iglesia anima los esfuerzos
pastorales que se proponen fomentar los matrimonios entre personas que tienen la
misma fe".[61]
64. Por último, en las relaciones entre cristianos y personas que se adhieren a
otras religiones tiene gran importancia el principio de la reciprocidad,
entendida no como una actitud meramente reivindicativa, sino como una relación
fundada en el respeto mutuo y en la justicia, en los tratamientos
jurídico-religiosos. La reciprocidad es también una actitud del corazón y del
espíritu que nos hace capaces de vivir, todos juntos, en todas partes, con
iguales derechos y deberes. Una sana reciprocidad impulsa a todos a ser
"abogados" de los derechos de las minorías allí donde la propia comunidad
religiosa es mayoritaria. Piénsese, en este caso, también en los numerosos
emigrantes cristianos que se hallan en Países donde la mayoría de la población
no es cristiana y el derecho a la libertad religiosa se ve seriamente limitado o
atropellado.
Inmigrantes musulmanes
65. A este propósito, se destaca, hoy, con porcentajes elevados o en aumento en
algunos países, la presencia de inmigrantes musulmanes hacia los que este
Consejo Pontificio extiende también su cuidado.
El Concilio Vaticano II indica, al respecto, la actitud evangélica que se ha de
asumir e invita a purificar la memoria de las incomprensiones del pasado, a
cultivar los valores comunes, y a definir y respetar las diversidades sin
renunciar a los principios cristianos.[62] Por lo tanto, se recomienda a las
comunidades católicas el discernimiento. Se trata de distinguir, en las
doctrinas y prácticas religiosas y en las leyes morales del Islam, lo que es
posible compartir, y lo que no lo es.
66. La creencia en Dios Creador y Misericordioso, la oración diaria, el ayuno,
la limosna, la peregrinación, la ascesis para dominar las pasiones, la lucha
contra la injusticia y la opresión, son todos ellos valores comunes, presentes
también en el Cristianismo, aunque tengan expresiones y manifestaciones
distintas. Junto a estas convergencias, se presentan también divergencias,
algunas de las cuales están relacionadas con los logros legítimos de la
modernidad. Teniendo en cuenta especialmente los derechos humanos, aspiramos,
por tanto, a que se produzca en nuestros hermanos y hermanas musulmanes una
creciente toma de conciencia sobre el carácter imprescindible del ejercicio de
las libertades fundamentales, de los derechos inviolables de la persona, de la
igual dignidad de la mujer y del hombre, del principio democrático en el
gobierno de la sociedad y de la correcta laicidad del estado. Habrá, asimismo,
que llegar a una armonía entre la visión de fe y la justa autonomía de la
creación.[63]
67. Si se presenta, entonces, una solicitud de matrimonio de una mujer católica
con un musulmán - permaneciendo invariado lo que se ha afirmado en el nº 63, y
teniendo siempre en cuenta los juicios pastorales locales - debido también a los
resultados de amargas experiencias, habrá que realizar una preparación muy
esmerada y profunda durante la cual se ayudará a los novios a conocer y a
"asumir", con toda conciencia, las profundas diversidades culturales y
religiosas que tendrán que afrontar, tanto entre ellos, como con las familias y
el ambiente de origen de la parte musulmana, al cual posiblemente tendrán que
regresar después de una estancia en el exterior.
Si se presenta el caso de transcripción del matrimonio en el consulado del
estado de origen, islámico, la parte católica tendrá que abstenerse de
pronunciar o de firmar documentos que contengan la shahada (profesión de
creencia musulmana).
Los matrimonios entre católicos y musulmanes, si se celebran a pesar de todo,
necesitarán, además de la dispensa canónica, el apoyo de la comunidad católica,
antes y después del matrimonio. Uno de los servicios importantes del
asociacionismo, del voluntariado y de los consultorios católicos será la ayuda a
esas familias en la educación de los hijos y, posiblemente, el apoyo a la parte
menos tutelada de la familia musulmana, es decir, a la mujer, para que conozca y
haga valer sus propios derechos.
68. Para concluir, por lo que se refiere al bautismo de los hijos, las normas de
las dos religiones, como es bien sabido, se oponen fuertemente. Es necesario,
pues, plantear el problema con toda claridad durante la preparación al
matrimonio, y la parte católica tendrá que comprometerse a todo lo que exige la
Iglesia.
La conversión y la solicitud del Bautismo, por parte de musulmanes adultos,
requieren también una ponderada atención, tanto por la naturaleza particular de
la religión musulmana, como por las consecuencias que se derivan.
El diálogo interreligioso
69. Las sociedades actuales, cada vez más variadas, desde un punto de vista
religioso, debido también a los flujos migratorios, exigen a los católicos una
disponibilidad convencida hacia el verdadero diálogo interreligioso (cfr. PaG
68). Con tal fin, en las Iglesias particulares habrá que garantizar a los
fieles, y a los mismos agentes de pastoral, una sólida formación e información
sobre las otras religiones para eliminar prejuicios, superar el relativismo
religioso y evitar obstrucciones y temores injustificados que frenan el diálogo
y levantan barreras, provocando incluso violencia e incomprensiones. Las
Iglesias locales procurarán incluir esta formación en los programas educativos
de los seminarios y de las escuelas y parroquias.
El diálogo entre las religiones no debe entenderse, sin embargo, solamente como
una búsqueda de puntos comunes para construir juntos la paz, sino sobre todo
para recuperar las dimensiones comunes dentro de las respectivas comunidades.
Nos referimos a la oración, el ayuno, la vocación fundamental del hombre, la
apertura al Trascendente, la adoración a Dios, la solidaridad entre las naciones
[64].
Pero debe permanecer firme para nosotros el anuncio irrenunciable, explícito o
implícito, según las circunstancias, de la salvación en Cristo, único mediador
entre Dios y los hombres, hacia el cual tiende toda la obra de la Iglesia, de
tal manera que ni el diálogo fraterno, ni el intercambio y el compartir los
valores "humanos" puedan menoscabar el compromiso eclesial de la evangelización
(cfr. Rmi 10-11 y PaG 30).
IIIª Parte
AGENTES DE UNA PASTORAL DE COMUNIÓN
En las Iglesias emisoras y receptoras
70. Para que la pastoral de los emigrantes sea una pastoral de comunión (es
decir, que nace de la eclesiología de comunión y tiende a la espiritualidad de
comunión), es indispensable que se establezca entre las Iglesias emisoras y
receptoras una intensa colaboración, que se origine, en primer lugar, de la
información recíproca sobre todo aquello que tiene un común interés pastoral.
Sería impensable que no mantengan un diálogo y un intercambio sistemático, con
encuentros periódicos, sobre los problemas que interesan a miles de emigrantes.
Para lograr una mayor coordinación de todas las actividades pastorales en favor
de los inmigrantes, las Conferencias episcopales la confiarán a una Comisión
especial y nombrarán un director nacional que animará las correspondientes
Comisiones diocesanas. Si no hubiese la posibilidad de crear esta Comisión, la
coordinación del cuidado pastoral a los inmigrantes estará confiada, por lo
menos, a un Obispo Encargado o Promotor. Así se demostrará que la asistencia
espiritual a los que están lejos de su patria es un compromiso efectivamente
eclesial, una tarea pastoral que no se puede confiar únicamente a la generosidad
individual, de los presbíteros, religiosos/religiosas o laicos, sino que ha de
ser apoyada por las Iglesias locales, incluso materialmente (cfr. PaG 45).
71. Las conferencias episcopales se preocuparán, igualmente, por confiar a las
facultades universitarias católicas de su territorio la tarea de profundizar en
los varios aspectos de las migraciones mismas, en beneficio del servicio
pastoral concreto en favor de los emigrantes. Se podrán programar al respecto
cursos obligatorios de especialización teológica.
En los seminarios no podrá faltar tampoco una formación que tenga en cuenta el
fenómeno migratorio, que ya ha alcanzado una escala planetaria. Así, "las
universidades y los seminarios, aún eligiendo libremente la orientación
programática y metodológica, ofrecerán el conocimiento de temas fundamentales,
como las distintas formas migratorias (definitivas o estacionales,
internacionales e internas), las causas de los movimientos, las consecuencias,
las grandes líneas de una acción pastoral adecuada, el estudio de los documentos
pontificios y de las Iglesias particulares".[65]
En todo caso, "los Cuadernos universitarios del Consejo Pontificio [entonces
Comisión] para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, junto con la revista
[People] on the Move, además de las publicaciones de los documentos del
Magisterio sobre el tema, podrán constituir, por lo menos en un principio, una
válida ayuda para la enseñanza de la temática migratoria".[66]
La Exhortación Apostólica postsinodal Pastores dabo vobis recuerda expresamente
que las experiencias pastorales de los seminaristas tendrán que estar orientadas
también hacia los nómadas y los emigrantes.[67]
72. La celebración anual de la Jornada (o semana) mundial del Emigrante y del
Refugiado será también la ocasión de un compromiso cada vez más intenso, y de
una atención diligente hacia el tema específico que presenta cada año el Sumo
Pastor en un Mensaje especial. Este Consejo Pontificio propone que dicha Jornada
se celebre universalmente en una única fecha fija, con el fin de ayudar a vivir
todos juntos, ante Dios, - también en el mismo espacio temporal -, un día de
oración, acción y sacrificio en favor de la causa del emigrante y del refugiado.
Podrá asumir gran relevancia, además de dicha Jornada, un encuentro anual del
obispo/eparca, posiblemente en la catedral, con los distintos grupos étnicos
presentes en la diócesis/eparquía. En algunos lugares, donde ya se celebra, ese
acontecimiento es llamado "fiesta de los pueblos".
El coordinador nacional para los capellanes/misioneros
73. Entre los agentes de la pastoral al servicio de los inmigrantes, destaca el
papel del coordinador nacional, creado más como ayuda para los
capellanes/misioneros de una determinada lengua o de un país, que para los
inmigrantes mismos; de suyo, es más bien la expresión de la Iglesia ad quam en
favor de los capellanes/misioneros mismos, sin que se le considere su
representante. El coordinador está al servicio de los capellanes/misioneros que
reciben la "declaración de idoneidad" - es decir, el rescripto que da la
Conferencia episcopal a qua (cfr. DPMC 36,2) - en los países con un gran número
de inmigrantes procedentes de una determinada nación.
74. El coordinador nacional desempeña funciones de fraterna vigilancia con los
capellanes/misioneros, como moderador y coordinador entre las distintas
comunidades. No tiene, en cambio, competencia directa con relación a los
inmigrantes; éstos, en virtud del domicilio o del cuasi domicilio, dependen de
la jurisdicción de los ordinarios/jerarcas de las iglesias particulares o de las
eparquías. Tampoco tiene potestad de jurisdicción sobre los
capellanes/misioneros; éstos, por lo que se refiere a las facultades y al
ejercicio del ministerio, dependen del ordinario/jerarca del lugar, del que
reciben las relativas facultades. El coordinador nacional tendrá que actuar, por
consiguiente, en estrecha relación con los directores nacionales y diocesanos de
la pastoral migratoria.
El capellán/misionero de los emigrantes
75. En continuidad con los anteriores documentos eclesiales,[68] queremos
subrayar aquí, ante todo, la necesidad de una preparación particular para la
pastoral específica de los emigrantes (cfr. PaG 72), que implica una auténtica
dimensión misionera y tiene un fin eminentemente espiritual. Dicha preparación
se efectúa en comunión y bajo la responsabilidad también del ordinario/jerarca
local del país emisor.
76. En dicho contexto, es preciso subrayar que "la complejidad y la frecuente
evolución que se registra en los fenómenos del movimiento migratorio hace
necesaria, para la orientación de la pastoral, la obra de instituciones
complementarias destinadas a seguir tales fenómenos y a dar valoraciones
objetivas de los mismos. Se trata de centros pastorales para grupos étnicos,
pero sobre todo de centros de estudio interdisciplinarios que reúnan las
materias necesarias para la elaboración y la realización de la pastoral" (cfr.
CMU 40). Estas investigaciones deberían también orientar los estudios en los
seminarios, en los institutos de formación y en los centros pastorales, y ser
utilizadas directamente para la preparación de los agentes de la pastoral de la
emigración.
77. Ser capellán/misionero de los inmigrantes eiusdem sermonis (de la misma
lengua) no significa, sin embargo, permanecer encerrado dentro de los límites de
un único modo exclusivo, nacional, de vivir y expresar la fe. Si, por un lado,
es preciso subrayar la urgencia de una pastoral específica, fundada en la
necesidad de transmitir el mensaje cristiano utilizando un vehículo cultural que
responda a la formación y a la justa exigencia del destinatario, por el otro, es
importante reafirmar que dicha pastoral específica exige una apertura a un mundo
nuevo y un esfuerzo para insertarse en él, hasta llegar a la participación plena
de los inmigrantes en la vida diocesana.
En este camino el capellán/misionero tendrá que ser el hombre-puente, que pone
en comunicación la comunidad de los inmigrantes con la comunidad receptora. Él
está con ellos para hacer Iglesia, en comunión ante todo con el obispo diocesano
o de la eparquía, y con los hermanos en el sacerdocio, en particular con los
párrocos que tienen a su cargo la misma cura pastoral (cfr. DPMC 30,3). Por eso
es necesario que conozca y aprecie la cultura del lugar adonde ha sido llamado a
ejercer su ministerio, domine el idioma, sepa dialogar con la sociedad donde
vive y haga estimar y respetar el país receptor, hasta llegar a amarlo y
defenderlo. El capellán/misionero de los inmigrantes, aunque se base, para su
pastoral, en el aspecto étnico o lingüístico, sabe muy bien que la atención a
los inmigrantes debe traducirse también en construcción de una Iglesia con una
aspiración ecuménica y misionera (cfr. RMi 10-11; DPMC 30,2).
78. Los responsables de la pastoral de la emigración, por consiguiente, deberán
ser suficientemente expertos en comunicación intercultural, característica que
deben procurar también los responsables locales de la pastoral, pues todos los
que llegan del exterior no pueden realizar por sí solos esa mediación cultural.
Entre las tareas principales del agente de la pastoral de la migración están,
sobre todo, las siguientes:
- la tutela de la identidad étnica, cultural, lingüística y ritual del
inmigrante, ya que para él será impensable una acción pastoral eficaz que no
respete y valorice el patrimonio cultural de los inmigrantes, y que debe
naturalmente entrar en diálogo con la Iglesia y la cultura local para responder
a las nuevas y futuras exigencias;
- la guía en el camino de una justa integración que evita el gueto cultural y
lucha, al mismo tiempo, contra la simple asimilación de los inmigrantes a la
cultura local;
- la encarnación de un espíritu misionero y evangelizador que comparte las
situaciones y condiciones de los inmigrantes, con capacidad de adaptación y de
contactos personales, en un ambiente de auténtico testimonio de vida.
Presbíteros diocesanos/de la eparquía como capellanes/misioneros
79. Los capellanes/misioneros pueden ser presbíteros diocesanos/de una eparquía
(que permanecen, por lo general, incardinados en su propia diócesis/eparquía y
van al extranjero para ejercer temporalmente la cura pastoral de los
emigrantes), o presbíteros religiosos. Uno y otro, tanto el presbítero
diocesano/de la eparquía, como el religioso, asumen una misma misión, desde sus
vocaciones peculiares, distintas y complementarias.
Los presbíteros diocesanos/de una eparquía que ejercen la cura pastoral en una
diócesis/eparquía donde no están incardinados, quedan integrados en ella, de
hecho, de modo que forman parte, con todo derecho, del presbiterio diocesano/de
la eparquía,[69] situación por lo demás, en que se encuentra también el
religioso. Por tanto, no se insistirá nunca lo suficiente en la necesidad de que
los capellanes/misioneros permanezcan unidos en fraterna concordia, además de
estarlo con el ordinario/jerarca local y con el clero de la diócesis/eparquía
que los recibe, sobre todo con los párrocos. Con este objeto, podrá ser útil la
participación en las reuniones sacerdotales y en los encuentros diocesanos/de la
eparquía, así como una constante presencia en las sesiones de estudio en materia
social, moral, litúrgica y pastoral, condición sine qua non para realizar una
auténtica pastoral dentro de una mutua colaboración, solidaridad y
corresponsabilidad (cfr. DPMC 42). Será necesaria una unidad en la acción, para
que tenga eficacia entre los inmigrantes y los autóctonos. Dicha solidaridad de
intenciones y de obras ofrecerá así un óptimo ejemplo de adaptación y de
colaboración y se obtendrá, de tal modo, un conocimiento recíproco y el respeto
por el patrimonio cultural de cada cual.
Presbíteros y hermanos religiosos y religiosas
comprometidos en favor de los emigrantes
80. En la pastoral migratoria, los religiosos y las religiosas han tenido
siempre un papel muy importante. Por eso la Iglesia ha confiado y sigue
confiando mucho en su aportación. A este respecto, la comunidad católica
reconoce la vocación religiosa como don particular del Espíritu, que la Iglesia
acoge, conserva e interpreta para hacerlo crecer y desarrollar según su propio
dinamismo.[70] Ese mismo Espíritu ha suscitado, en el transcurso de la historia,
institutos cuya finalidad específica es el apostolado con los emigrantes,[71]
con su propia organización.
Nos parece un deber recordar, al respecto, el apostolado de las religiosas, muy
a menudo comprometidas en la pastoral entre los emigrantes, con carismas y obras
específicas y de gran importancia pastoral, que tienen presente, en particular,
lo que afirma la Exhortación Apostólica postsinodal Vita consecrata: "También el
futuro de la nueva evangelización, como de las otras formas de acción misionera,
es impensable sin una renovada aportación de las mujeres, especialmente de las
mujeres consagradas" (n. 57). Y además: "Urge por tanto dar algunos pasos
concretos, comenzando por abrir espacios de participación a las mujeres en
diversos sectores y en todos los niveles, incluidos aquellos procesos en que se
elaboran las decisiones, especialmente en los asuntos que las conciernen más
directamente".[72]
81. Además de los que se han mencionado, también otros institutos religiosos,
aunque no tengan ese objetivo específico, están cordialmente invitados a asumir
una parte de esta responsabilidad. En efecto, "será siempre oportuno y loable
que se dediquen a la cura espiritual de esta categoría de fieles, atendiendo
especialmente a las obras que responden mejor a su particular índole y
finalidad" (DPMC 53,2). Es la aplicación concreta de una directriz conciliar que
dice: "sobretodo, tendiendo a las necesidades urgentes de las almas y la escasez
del clero diocesano, los institutos religiosos no dedicados a la mera
contemplación pueden ser llamados por el obispo para que ayuden en los varios
ministerios pastorales, teniendo en cuenta, sin embargo, la índole propia de
cada instituto. Para prestar esta ayuda, los superiores han de estar dispuestos,
según sus posibilidades, para recibir también el encargo parroquial, incluso
temporalmente" (CD 35).
82. Si todos los institutos religiosos, pues, están invitados, a tener en cuenta
el fenómeno de la movilidad humana en su pastoral, deben igualmente considerar
con generosidad la posibilidad de designar a algunos religiosos o religiosas
para trabajar en el campo de las migraciones. Muchos de ellos, en efecto, son
capaces de hacer una notable aportación en la asistencia a los emigrantes porque
disponen de religiosos con una formación diversificada, procedentes de varias
naciones, que pueden, con relativa facilidad trasladarse a naciones distintas de
la propia.
Es en el campo de las migraciones donde, a nuestro entender, destaca de forma
particular el papel que atribuye a los religiosos la Exhortación Apostólica
Evangelii nuntiandi. En efecto, "ellos son por su vida signo de total
disponibilidad para con Dios, la Iglesia, los hermanos. Por esto, asumen una
importancia especial en el marco del testimonio que ... es primordial en la
evangelización. Este testimonio silencioso de pobreza y de desprendimiento, de
pureza y de transparencia, de abandono en la obediencia puede ser a la vez que
una interpelación al mundo y a la Iglesia misma, una predicación elocuente,
capaz de tocar incluso a los no cristianos de buena voluntad, sensibles a
ciertos valores" (EN 69).
83. La Instrucción conjunta del 25 de marzo de 1987, sobre el compromiso
pastoral en favor de los emigrantes y refugiados, publicada por la Congregación
para los Religiosos y los Institutos Seculares y por la Comisión Pontificia para
la Pastoral de las Migraciones y del Turismo, y dirigida a todos los Superiores
y Superioras generales, subraya, precisamente, esta exigencia de atención
pastoral. El llamamiento a los religiosos para que asuman un compromiso
particular con los emigrantes y refugiados encuentra motivaciones profundas en
una especie de correspondencia entre las esperanzas íntimas de estos
desarraigados de su tierra y la vida religiosa; son esperanzas, con frecuencia
no expresadas, de pobres sin perspectivas de seguridad, de marginados, a menudo
frenados en su anhelo de fraternidad y comunión. La solidaridad hacia ellos,
ofrecida voluntariamente por quienes han elegido vivir pobres, castos y
obedientes, además de ser un apoyo en su difícil condición, constituye también
un testimonio de valores capaces de despertar la esperanza en situaciones
sumamente tristes (cfr. n. 8). Es de aquí que nace una invitación apremiante a
todos los institutos de vida consagrada y a las sociedades de vida apostólica,
para que extiendan con generosidad los límites de su compromiso propio mediante
una auténtica dimensión misionera, que debería ser tomada en consideración
especialmente por las congregaciones religiosas con un específico propósito
misionero.[73]
84. Desde luego, muchos institutos religiosos son cada vez más conscientes de
que el problema migratorio interpela, más o menos directamente, su carisma. Pero
para que esa disposición de ánimo y las peticiones del Magisterio se traduzcan
en un compromiso concreto, deseamos sugerir aquí a los Superiores y Superioras
generales que presten una generosa colaboración a los agentes de la pastoral
para los inmigrantes y refugiados, designando a algunos religiosos para trabajar
en ese sector, con la solidaridad y la colaboración de toda la comunidad
religiosa. Se podría también pensar en dejar disponible con este intención, en
forma estable o periódica, algún local inutilizado en los edificios de su
instituto.
Se solicita, igualmente, que en las cartas circulares a sus hermanos y hermanas
religiosos y en los encuentros comunitarios los Superiores den importancia, de
vez en cuando, a la urgencia del problema de los inmigrantes y refugiados,
señalando la atención sobre los correspondientes documentos de la Iglesia y
sobre la palabra del Sumo Pontífice. A este respecto, habría que introducir
también este tema con ocasión de los capítulos generales y provinciales y en los
cursos de puesta al día y de formación permanente. Igualmente, los futuros
presbíteros tendrían por lo menos que considerar la posibilidad de prepararse a
ejercer su ministerio, o parte de él, entre los emigrantes[74].
85. Por lo que se refiere a la vida concreta de los religiosos y las religiosas
comprometidos en el servicio a los emigrantes, es útil subrayar, como criterio
fundamental, la necesidad de que la vida religiosa sea tutelada y valorizada en
su inspiración y en sus formas particulares. Ella es, en sí misma, la imagen de
la perfecta caridad, un carisma cuyas riquezas aprovechan a toda la comunidad.
La pastoral de los emigrantes necesita, ciertamente, de las comunidades
religiosas, pero es preciso que ellas estén en las condiciones de vivir y de
actuar dentro de la observancia y la adhesión a sus propias normas
constitucionales. Lo pone de relieve el documento Mutuae relationes: "Es
necesario por lo mismo que en las actuales circunstancias de evolución cultural
y de renovación eclesial, la identidad de cada instituto sea asegurada de tal
manera que pueda evitarse el peligro de la imprecisión con que los religiosos
sin tener suficientemente en cuenta el modo de actuar propio de su índole, se
insertan en la vida de la Iglesia de manera vaga y ambigua" (MR 11).
Laicos, asociaciones laicales y movimientos eclesiales:
por un compromiso entre los inmigrantes
86. En la Iglesia y en la sociedad, los laicos, las asociaciones laicales y los
movimientos eclesiales, aun dentro de la diversidad de carismas y ministerios,
están llamados a cumplir con el compromiso de testimonio cristiano y de
servicio, también entre los inmigrantes.[75] Pensamos, en especial, en los
colaboradores pastorales y en los catequistas, en los animadores de grupos de
jóvenes o de adultos, del mundo del trabajo y del servicio social y caritativo
(cfr. PaG 51).
En una Iglesia que se esfuerza por ser enteramente misionera-ministerial,
impulsada por el Espíritu, se debe poner de relieve el respeto por los dones de
todos. En relación con esto, los fieles laicos ocupan espacios de justa
autonomía, pero asumen también tareas típicas de diaconía, como en la visita a
los enfermos, el apoyo a los ancianos, la guía de grupos juveniles y la
animación de asociaciones familiares, el compromiso en la catequesis y en los
cursos de formación profesional, en la escuela y en las tareas administrativas
y, además, en el servicio litúrgico y en los centros de escucha, así como en los
encuentros de oración y de meditación de la Palabra de Dios.
87. Otros compromisos, incluso más específicos, de intervención de los laicos
pueden ser el sindicato y el ambiente de trabajo, el asesoramiento y la
participación en la elaboración de leyes cuya finalidad es facilitar la reunión
familiar de los inmigrantes y la igualdad de derechos y oportunidades. Entre
éstos se encuentran el acceso a los bienes esenciales, al trabajo y al salario,
a la casa, a la escuela y a la participación del inmigrante en la vida de la
comunidad civil (elecciones, asociaciones, actividades recreativas, etc.).
En el campo eclesial, se podría pensar más específicamente en la posibilidad de
crear un ministerio especial (no ordenado) de acogida, cuya función sería la de
acercarse a los inmigrantes y refugiados e introducirlos progresivamente en la
comunidad civil y eclesial, o ayudarles con miras a un posible retorno a la
patria. Se prestará especial atención, en este contexto, a los estudiantes
extranjeros.
88. Por todo ello será precisa, también para los laicos, una formación
sistemática (cfr. PaG 51), que suponga no una simple transmisión de ideas y de
conceptos, sino sobre todo una ayuda, también intelectual naturalmente, con
vistas a un auténtico testimonio de vida cristiana. Asimismo, las comunidades
étnico-lingüísticas están llamadas a ser educadoras, antes que ser centros de
organización. Con esta visión cada vez más amplia, se abrirá el campo para una
formación permanente y sistemática.
Por lo demás, el testimonio cristiano de los laicos en la construcción del Reino
de Dios está, desde luego, en la punta de ángulo de varias cuestiones
importantes, como las relaciones Iglesia-mundo, fe-vida y caridad-justicia.
IVª Parte
ESTRUCTURAS DE UNA PASTORAL MISIONERA
Unidad en la pluralidad: problemática
89. Son muchos los motivos que exigen una integración siempre más profunda de la
atención específica a los inmigrantes en la pastoral de las Iglesias
particulares (cfr. DPMC 42), de la que el primer responsable es el obispo
diocesano/de la eparquía, en el pleno respeto de la diversidad y del patrimonio
espiritual y cultural de los inmigrantes, superando el cerco de la uniformidad
(cfr. PaG 65 y 72), y distinguiendo la cura de almas de carácter territorial, de
aquella radicada en al pertenencia étnica, lingüística, cultural y de rito.
En dicho contexto, las Iglesias receptoras están llamadas a integrar la realidad
concreta de las personas y de los grupos que las componen, poniendo en comunión
los valores de cada uno, al estar todos llamados a formar una Iglesia
concretamente católica: "Se realiza así en la Iglesia local la unidad en la
pluralidad, o sea, aquella unidad que no es uniformidad sino armonía, en la cual
todas las legítimas diversidades quedan asumidas en la común tensión unitaria"
(CMU 19).
De este modo, la Iglesia particular contribuirá a la creación en el Espíritu de
Pentecostés de una nueva sociedad en la que las distintas lenguas y culturas ya
no constituirán límites insuperables, como después de Babel, sino en la cual,
precisamente en esa diversidad, es posible realizar una nueva manera de
comunicación y de comunión (cfr. PaG 65).
En esta realidad, la pastoral de los inmigrantes es un servicio eclesial para
los fieles de idioma y cultura distintos de aquellos del país que los acoge y,
al mismo tiempo, garantiza una aportación específica de las colectividades
extranjeras para la construcción de una Iglesia que ha de ser signo e
instrumento de unidad, con miras a una humanidad renovada. Es ésta una visión
que se ha de profundizar y asimilar, incluso para evitar posibles tensiones
entre parroquias autóctonas y capellanías para los inmigrantes, entre
presbíteros autóctonos y capellanes/misioneros. En este mismo contexto, hay que
considerar la clásica distinción entre primera, segunda y tercera generación de
inmigrantes, cada cual con sus propias características y problemas específicos.
90. El problema de la inserción eclesial de los inmigrantes se plantea, sobre
todo, en dos niveles: uno que llamaríamos canónico-estructural y el otro
teológico-pastoral.
El carácter planetario que tiene ahora el fenómeno de la movilidad humana
implica la superación a largo plazo de una pastoral generalmente mono-étnica
que, en el fondo, ha caracterizado hasta ahora tanto las capellanías/misiones
extranjeras, como las parroquias territoriales de los países receptores, esto
con miras a una pastoral fundada en el diálogo y en una constante y mutua
colaboración.
Por lo que se refiere a las capellanías/misiones de lengua y cultura distinta,
constatamos que la fórmula clásica de la Missio cum cura animarum estaba
fundamentalmente vinculada a una inmigración provisional o en fase de
adaptación. Dicha solución ya no debería ser hoy la fórmula casi exclusiva de la
intervención pastoral para las colectividades de inmigración, que presentan
distintos niveles de integración en el país receptor. Es necesario, por tanto,
pensar en nuevas estructuras que, por un lado, sean más "estables", con una
conveniente configuración jurídica en las Iglesias particulares, y que, por el
otro, sigan siendo flexibles y abiertas a una inmigración móvil o temporal. No
es nada fácil, pero éste parece ser el desafío del futuro.
Estructuras pastorales
91. Teniendo siempre en cuenta que los inmigrantes deben ser los principales
protagonistas de la pastoral, se podrían contemplar así soluciones adecuadas,
tanto en el ámbito de la pastoral étnico-lingüística como en el de la pastoral
de conjunto (cfr. PaG 72).
Por lo que se refiere al primero, queremos ante todo indicar aquí algunas
dinámicas y estructuras pastorales, comenzando por la Missio cum cura animarum,
fórmula clásica para las comunidades en formación que se aplica a los grupos
étnicos nacionales o de un determinado rito, aún no estabilizados. También en
estas capellanías/misiones habrá que insistir cada vez más en las relaciones
interétnicas e interculturales.
Se prevé, en cambio, la parroquia personal étni